A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Tiburón Ballena / Foto: Gabriela Guerra

Viajes del viajero

Volver a ser pez

Yo que siempre me he preciado de ser nativa del mar, isleña, hija bastarda de Yemayá, pez en las aguas y alga en los océanos, insignificante como todas las criaturas; yo que he pretendido conocer todos los mares, y nadar en sus corrientes, apenas había descubierto “La Paz”.
El agua se corta fría sobre la frente. La luz penetra la superficie en forma de cono y estimula todas las luminiscencias que para el ojo humano son mágicas; para las criaturas del mar, seguro parte de su profunda cotidianidad. Miro hacia abajo, me impulso de unas aletas para las que, por falta de costumbre, soy torpe. Intento respirar ordenadamente a través del esnórquel, y de evitar que me entre agua en la careta, que de todas formas penetra por algún resquicio invisible.
Debajo de mi cuerpo, a nunca más cerca que un metro de distancia (porque esa es la indicación de los guías), nada un animal gris, pintado, moteado, rayado, biselado, magnífico. Su ojo izquierdo, pequeñísimo, parece mirarme cuando me le acerco por ese costado. Se voltea con sus varios metros de longitud y toneladas de peso sobre mí, o yo creo que se voltea hacia mí. Trato de no perder la calma, de que el agua no entre mal, de que la respiración mantenga el ritmo, de que las burbujas, que en mis movimientos lerdos provoco, no me tapen la mejor imagen que mis ojos, estos que la tierra han de tragar, han observado jamás. Un tiburón ballena nada junto a mí en el Mar de Cortés, en la Baja California Sur. Yo pienso en lo afortunada que soy, y en lo afortunado que son, acaso, los miles de turistas que cada año pasan por aquellas aguas. Muy cerca, perviven delfines, ballenas jorobadas, lobos marinos, alcatraces, peces de colores, garzas grises, marlines, mantarrayas y toda una fauna marina fascinante. Entonces sí, de veras, me siento heredera del océano, retoño de sus líquidos, liquen de sus profundidades.
Muchas más fueron las experiencias de unos días en que atravesamos velozmente Los Cabos, y hasta La Paz, para regresar a San José por la ruta prohibida, la que solo acepta aventureros dispuestos a descubrir los arroyuelos tibios y las piedras lisas y brillosas bajo el sol de finales de invierno. Nos sentimos eso: viajeros, arriesgados, todo nos provocaba vivir, todo nos llenaba las células entumecidas por las rutinas citadinas. Nada, sin embargo, nada, se compara hoy a la experiencia inolvidable de haber compartido minutos de la existencia con una criatura divina, gris, mansa, hermosísima, como casi nada que ojos humanos puedan haber visto.
Solo allí, en las templadas aguas del norte, en el mar Bermejo, pude volver a ser pez.