A 4 manos

Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

Lunaridades

Sí, lo ves ahí, redondo, colorado. Sería un lunar perfecto -pensás- si no estuviera rodeado de la nada, si alrededor y por debajo tuviera piel que lo dotara de ese mínimo relieve que tiene todo lunar que se respete. Querés ser diminuto para posar tus manos sobre él y abrazarlo, o recostar tu cabeza sobre su suave superficie y acurrucarte en sus delgadísimas arrugas.

De pronto ves salir jirones de piel a lo largo de su circunferencia. Te frotás los ojos como para quitarte el asombro de la mirada. Aquel punto ciego, que antes parecía el mínimo espacio donde comenzó el universo, ahora está rodeado de formas a ratos indefinidas, a ratos oblicuas, curvaturas que tienden al círculo antes de desmoronarse, temblar un segundo y desenrollarse como alfombras mágicas.

Desearías ser más ligero para precipitarte sobre aquellas extensiones trémulas de piel como en un tobogán. Pero una nueva redondez te saca de aquel viaje imaginario para ponerte al frente un pecho liso, impoluto, hasta que una pequeña imperfección se anilla en su parte más alta y forma un pezón. Pensás que no has visto un defecto tan maravilloso en tu vida hasta que otra tira de piel nace a un costado de aquella milagrosa formación y se enrolla justo a su lado, para ascender hasta volverse un nuevo pecho con su respectiva imperfección coronándolo en su cima.

Nueva piel sigue saliendo del lunar para tomar formas inusitadas. Dos enormes trazos se transmutan en unas piernas que no son como las tuyas. Estas tienen una curva por detrás de la pantorrilla que te produce un placer extraño en el vientre. Intentás disimular la erección, como si hubiera alguien más alrededor aparte de vos y ese lunar que se ha vuelto loco escupiendo piel por todos lados.

Ves que entre las piernas recién formadas un trozo minúsculo se enrolla hasta formar un clítoris. De nuevo querés ser más pequeño para abarcarlo con tus brazos y apretarlo contra vos, pero solo atinás a acercarlo torpemente a tu boca y probarlo con ese divertido miedo a lo desconocido.

De pronto, recordás el lunar con el que todo empezó, y levantás la vista para ver hacia dónde se ha ido. Entonces ves que otras curvaturas han encontrado su forma definitiva en una boca, unos brazos, orejas, nariz, cabellos, ojos… Aquellos ojos miel que ahora te miran ensimismado en su clítoris. Ahora querés ser más grande para tatuarte todo contra su cuerpo, aquel cuerpo que recién ha nacido en algún lugar del espacio-tiempo.

Ella te mira, se miran… Y ya no querés ser más pequeño, ni más grande, ni más ligero. Tan solo querés tener la dimensión indefinida de sus ojos, y entrar en ellos y quedarte ahí, del tamaño justo de la felicidad.