A 4 manos

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¡Una vez yo fui de izquierda!

Una vez, hace mucho tiempo, yo fui de izquierda. Pertenecía a esa izquierda cubana que éramos todos, en la que creíamos a rajatablas, porque la alternativa era el “capitalismo feroz”. Como si el capitalismo solo pudiera ser de derecha y el socialismo de izquierda…

El tema es, para nuestro mundo actual, tan relevante como ser ateo, católico, musulmán o judío. Pareciera que de eso depende el tipo de persona que eres y la esencia de la que estás hecho.

Sin embargo, aunque históricamente los hombres y mujeres “de bien”  se identificaban con la izquierda, es relevante que después de los complejos procesos que ha vivido el mundo en las últimas décadas, avistemos un resurgimiento de las derechas y las extremas derechas. ¡Algo han de estar haciendo muy mal las izquierdas para que “la gente de bien” también vote por los terribles enemigos del pueblo! …Son comentarios no tan esporádicos en el mundillo de la política, donde en realidad ocurren pocas cosas buenas relevantes, más allá de ideologías o partidos.

Quizás vale recordar que los procesos más terribles y sangrientos de discriminación humana, al menos en Asia y Europa, han surgido de partidos “socialistas”. Quizás vale recordar que no por ello el capitalismo se salva de la gravedad de poner al poder y al dinero como centro de explotación de los hombres, esencia en la que hemos basado nuestra civilización.

Hace aproximadamente una década que vivo en México y he visto a mucha gente ilusionada con la posibilidad de que por fin la izquierda tomara el poder. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) —escuela de casi todos los políticos, incluido el actual presidente de México—, bloque de poder surgido de la Revolución Mexicana, representó durante la mayor parte del siglo XX a una aparente izquierda, y en algún momento devino derecha de forma natural. Entonces el más joven Partido de la Revolución Democrática (PRD) se convirtió en la izquierda. Obrador era entonces perredista.

Hace poco más de un lustro, Andrés Manuel formó filas y constituyó Morena (Movimiento de Regeneración Nacional). Esta es hoy la izquierda mexicana, a la que, desgraciadamente, he tenido la oportunidad de conocer. Como dijo el gran poeta y pensador cubano, José Martí: “He vivido en el monstruo y le conozco las entrañas”. A esta izquierda, debo confesar —a pesar de saber que en política nunca hay verdades ni la razón está en ninguna parte— no le encuentro diferencias con los gobiernos anteriores (PAN y PRI), o sí, la del populismo, la de escudarse bajo de un discurso que no dice nada y resuelve menos.

Veo a mi México adentrarse en el final de sus primeras dos décadas del nuevo milenio mucho peor que como yo lo conocí. No me importa lo que digan las estadísticas, que tampoco son halagüeñas. Hablo del pulso social, de ser gente de a pie, trabajador, de ver cómo crece la violencia, los crímenes, la inseguridad.

Seguí, por una amiga profesora, la huelga de la Universidad Autónoma de México (UAM), que duró tres meses porque Gobierno y sindicato no se ponían de acuerdo en diferencias menores para el primero, pero trascendentales para los trabajadores. Veo el cierre de presupuestos por aquí y por allá, en la ciencia, la educación y la cultura; en el turismo que tantos beneficios nos deja. Y veo un país que se va paralizando, que no crece, que grita desesperado, cuando los políticos siguen viviendo exactamente con la misma buena vida de siempre.

¿Esta era la lucha contra la corrupción de que nos habló AMLO? ¿Era a estas áreas a donde había que quitarle dineros o ser más restrictivos para evitar el “despilfarro”? ¿Este el México del acelerado crecimiento, trabajo y oportunidades para todos? ¿Eran de verdad estos los resultados que esperábamos a medio año de la tan anhelada izquierda? Las frases de esperanzas se han trastocado en desasosiego: “¡Y nos quedan cinco años y medio aún!”.

Hace tiempo escribí, y hoy lo acuño: cuando conozco a las izquierdas modernas, a la izquierda mexicana, me dan deseos de ser de ultraderecha. Es entonces que tengo que comenzar a elaborar mis propios estandartes para que el pesimismo no me lastre los ánimos de intentar hacer que nuestro paso por la Tierra deje una esquela memorable para la historia de la humanidad. ¡Hoy me siento políticamente huérfana! ¡No sé en qué o quién creer! Lo peor es que no estoy sola.

ontse Ordoñez presenta Luz en la piel de Gabriela Guerra

Una poeta que me habla: Montse Ordóñez sobre mi “Luz en la piel”

En el mes de septiembre tuve el gozo de presentar en Barcelona mi más reciente novela: Luz en la piel. Cinco voces de mujer. Allá, en la librería Documenta, una poeta extraordinaria, Montse Ordóñez, me recibió para hablar de mi novela y de esto que es el derecho a ser mujer y a ser mujer en el siglo XXI. A continuación les comparto las palabras que Montse escribió y dijo, una apertura con la que me quedo siempre adentro: “Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que…”.

Presentación Montse Ordóñez: Luz en la piel, de Gabriela Guerra Rey

Gabriela Guerra visita de nuevo Barcelona y en esta ocasión nos trae una novela en la que la emoción palpita en los márgenes a través de las historias de cinco mujeres que a día de hoy aún andan buscando su lugar e identidad en el mundo. Esta es una novela escrita por una mujer dirigida a ambos sexos, a la mujer porque sirve en ocasiones de espejo y al hombre porque ofrece una visión que él mismo, en muchas ocasiones, desconoce, el sentir emocional de la mujer. Aquí no hay vencedores ni vencidos, hay solo víctimas de unas sociedades que arrastran el atraso de los siglos. La condición humana tal parece condenada a no entenderse entre ambos sexos. El papel de la mujer tan traído y tan llevado en estos tiempos, es el que es, y dar a conocer la miseria de la entraña femenina es también una manera de alzar la voz, de gritar un basta. De renacer y volver a crear un camino. Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que solo ponen el foco en el grito del que clama y dice basta.

 

Montse Ordóñez, Barcelona 1974. Gestora cultural. Creadora del proyecto cultural Cuban Rapshody, donde se aglutinan varias disciplinas artísticas y literarias de la cultura cubana. En 2013 colabora junto al fotógrafo David Pujadó en la edición de la exposición “Fotografiant Gil de Biedma” que se realiza en la Biblioteca de Terrasa, Barcelona, que posteriormente se expone en el Instituto Cervantes de Belgrado. Colabora en la edición y prólogo del libro de Ariel B. Acosta, La balada de los suicidas, publicado en USA por Eriginal Books. En 2014, colabora en la edición y prólogo del libro del poeta cubano Delfín Prats, El esplendor de las palabras, publicado en España por Ediciones Cumbres. En 2015, presenta dos lineas editoriales en el CCE de Miami, USA. En 2016, imparte un taller de poesía y narrativa en Barcelona e impulsa el proyecto de la Libroterapia.

 

Reminiscencias mojadas en ternura

Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,

querido Juan, has muerto finalmente.

De nada te valieron tus pedazos

mojados en ternura.

Gotán, 1962; Juan Gelman

Hoy, muchos años después, recuerdo aquella temporada que pasé en lo que denominábamos escuela al campo en la isla, siendo adolescente, cuando mi padre me llevó el domingo una carta hermosa que decía algo como: “Desde que te fuiste los días parecen semanas y las semanas meses, y entonces hace como un siglo que no te veo…”. Obvio, abuso de la memoria; es mi padre mucho mejor poeta y con su carta hizo llorar a todo el campamento, que pasó por mi cubículo, uno por uno, a leer aquella carta milagrosa de llantos.

De alguna forma rara esa anécdota viene hoy a la memoria, encontrada con muchos sentimientos entre los que siempre pervive de soslayo la nostalgia. Esta, sin embargo, ha sido de esas semanas felices en las que pasa casi una vida dentro. He vuelto a trabajar en esa Historia inconfesable, que amenaza con convertirse en una nueva novela que, de seguro, me dará también muchos dolores de cabeza. Esta semana del otro lado del mar, de la España, llegó la noticia de que Bahía de Sal se iba a imprenta, y de que pronto habrá que presentarla, y de que trae una portada hermosa, de un pintor segoviano, Amadeo.

Además, este proyecto nuestro, de Jorge y mío, de echar a andar una maquinaria cuyos motores se mueven con técnicas narrativas como el storytelling, da pasos seguros, que requieren esfuerzos pero dejan complacencias en el alma.

A mediados de semana la sorpresa me atrapó en New Orleans, una ciudad loca, donde sentí que las cosas pasaban diferentes a otros destinos norteamericanos. Conocí el río Mississippi, corrí por sus orillas, atravesé sus aguas, y me regalé un par de lindas carreras por el French Quarter, donde la gente me miraba estupefacta, borrachas ya de alcohol y de música, mientras yo me afanaba en darle a una pierna tras otras a más de 30 grados de temperatura. Al final…, unos minutos de recuperación de yoga en la azotea de un rascacielos (mi hotel), y a mis pies la hermosa ciudad de músicas, hombres y mujeres de todas partes, carteles iluminados y el fondillo de una trompeta, un trombón o un saxo, que recordaban una tonada triste de la historia de estas ciudades templos.

Una noche fui a The Spotted Cat, a escuchar a la banda de ocasión, y fue magnífico ver que en esta metrópolis, pequeña y por momentos peligrosa, la gente baila el jazz como yo bailo la salsa. Era imposible, por el ambiente y por la gente misma, no imaginarme dentro de una película viejita que ocurría más de medio siglo atrás en el sur de la Louisiana: un asiático y una negra con todo el estilo; un gringo con una mujer de rostro posiblemente árabe; un músico trasnochado con una chica que podría ser de cualquier parte… Al final de la escena yo, esta cubano-mexicana, convertida en muchas cosas y en ninguna, observando como espectadora de una vida que no parecía ser la mía propia…

El último día de la semana me sorprendió en la Ciudad de México, esta loca urbe a la que ya pertenezco irremediablemente, después de casi siete años de haber cruzado el mar, y corriendo por el Paseo de la Reforma para terminar, armoniosamente, mi quinto medio maratón y mi décima medalla desde que empecé a dar los primeros pasos en este mundo solitario y maravilloso de las carreras. Me acompañé de viejos amigos y amigas, con los que he corrido muchas veces y que siempre dejan cosas buenas en cada jornada con aquello de ser un equipo. ¡Qué inevitable esto de pertenecer a un grupo, querer y dejar que te quieran!

Cuando la semana casi termina, para dar entrada a otro ciclo que, por fortuna, no espero menos intenso, me encuentro rebuscando en la memoria aquellas líneas extraviadas de mi viejo y unos versos de Juan Gelman que dicen: “Tu cuerpo era el único país donde me derrotaban”. Una amiga querida me escribe desde las montañas y anuncia su próxima llegada. Desde la ventana de mi estudio, un atardecer revienta detrás de los edificios que me han construido y obstaculizan mi vista. En el cielo, un avión surca el azul, porque a las aves no les gusta la contaminación de esta cité. Otros amigos llegan con noticias gratas vía mail, y yo no entiendo bien cómo se juntan tantas cosas buenas en tan pocos segundos. Han de ser las dopaminas de la carrera que están haciendo sus efectos en este cuerpo de mujer, que todavía no se deja derrotar.

 

Comala

Largo viaje a Comala

Libro: Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá iba a encontrar la inspiración que llevaba buscando ya tantos años, cuando leí, por la adolescencia, las historias de un tal Pedro Páramo, creación de otro tal Juan Rulfo. Yo ya era una buena lectora y los relatos de un pueblo por cuyo polvo murmullaban los fantasmas, y se fabulaban en vidas que a veces eran no más que apariciones, me laceraban cada poro de piel, compadecida por aquellos personajes que se me antojaban reales. Entonces no tenía idea de esta magia rara en la que un libro puede cambiarte la vida. Pero Pedro Páramo ya estaba haciendo sus estragos en mis entrañas de escritora diletante.

Aquella realidad cruenta y a la vez real, en donde descansa la historia de un país que por adopción me cambió luego los destinos, fue lo que me hizo atravesar los mares y, en un andar que no acaba, buscar la Comala de mis sueños. No me puedo imaginar la vida de un escritor sin haber bebido de los pozos secos donde don Pedro dejó sus vástagos; y yo, antes de cargar siquiera la mochila o algún libro de cabecera, me eché al lomo la certeza de que había nacido para escritora.

Al salir a mi exilio definitivo, con la conciencia del no regreso, los derroteros del camino me trajeron a esta tierra mexicana a la que aprendí a querer desde las páginas de un libro, por las que transitaban cerros yertos y cielos vacíos. Entonces estaba ya inexorablemente ligada a Comala. Yo había sufrido mis propios Comalas en la isla —Cuba—; entendía aquellos parajes inclementes, y por mis venas fluían, sin saber cómo llegaron allí, los fantasmas vivientes de hombres y mujeres que habían merodeado los plantíos desiertos de los altos de Colima. Pero sobre todo, mi pluma revivía los pasajes de aquellas memorias que me reventaban dentro, tan fuertes, como goterones en el polvo de los agros baldíos.

Un día, dispuesta a desafiar mi romántica alma con historias de aparecidos, el camino me llevó finalmente a ese pueblo donde nacieron los personajes de Rulfo, porque su escenario, ya había comprendido, era el de las vastas serranías mexicanas, donde el sol y el campo yermo transforman a su gente, hasta convertirlas en ánimas.

En la Comala de hoy, con muchos años de peregrinaje a cuestas, encontré un pueblo caliente, donde las cenizas del volcán han provocado la apostura de las flores y la fecundidad de los cultivos; por cuyas calles coloridas se pasea el gentío y las comaltecas, que, aseguran, son las mujeres más bellas. “Si Rulfo volviera a vivir, en estos cien años de su nacimiento, tendría que escribir otra novela, caray”, pensé. Pero casi inmediatamente me di cuenta de que era yo quien ahora estaba investida de tal suerte.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo vine a Comala por la encomienda que me diera el hijo de don Pedro, de describir, pretensiosamente escribir, la vida de un país en el que no nací, pero que ya está ligado a mi corazón por hebras de acero. La danza onírica de las ánimas rulfianas me acompaña, aunque mi pluma sea demasiado frágil para los encumbrados anhelos a los que me siento obligada. Sin embargo, me aprehendo al principio de que el autor debe estar, al menos, en la misma ladera de montaña que su obra, y continúo este camino solitario atada a la certidumbre de reconstruir esos “paraísos” con los que algunos grandes maestros lograron trastocar el viaje de los nobles mortales, acaso quijotes de sueños imposibles, como hoy me siento.

 

El mejor regalo para comenzar abril

Acuérdate de abril…

Fotos: Beto Coyote

Subimos la escarpada montaña, estamos llegando al kilómetro 12, donde nos anunciaron, siete kilómetros atrás, que estaría el siguiente punto de hidratación. El sol está impertérrito sobre nuestras cabezas, el agotamiento nos amenaza, caminamos, porque en este punto se nos hace imposible correr, pero por dentro seguimos corriendo, seguimos dejando el corazón en un peñasco.

Rouse, así la llamo, es una amiga reciente de estas aventuras y no sé bien su nombre, viene detrás de mí. Está haciendo los primeros 18 kilómetros de su vida, más tarde me entero de eso, y ¡en el Cañón del Paraíso!, que buena elección. Está agotada, pero me sigue sin chistar. A veces soy un poco loca en la montaña, o cuando corro, y me olvido que el mundo existe, sola estoy contra el mejor paisaje del universo y eso me sobrecoge de una forma enceguecedora. Pero Rouse se ha quedado conmigo cuando un calambre me tiró al suelo unos kilómetros atrás. La solidaridad de la montaña nos une por esas horas. Me acuerdo de mi amiga Agustina, cuando me habla del montañismo, y me dice que allí, en las cimas del mundo, lo que más importa es saber que estás acompañada, porque el sentido de grupo en este medio naturalmente salvaje, es imprescindible.

Rouse ha sido mi pequeño grupo, pero adelante y atrás viene el grupo grande, el que me acompaña cada fin de semana, el que sueña junto a mí cada día en las carreras que vamos a correr, los obstáculos que vamos a superar y los paisajes que nuestros ojos se han de tragan, antes de que la tierra se los trague a ellos.

“Mira Rouse, mira esto que tenemos delante, esto es lo que nos vamos a llevar”, le digo para darle ánimos mientras observamos atónitas una pared inmensa de cañón, de tonos marrones, donde los siglos de la piedra se van cortando en dibujos de cierta uniformidad, hasta romper su estructura al final de una ladera, con vista al vacío.

Es el mejor regalo para empezar abril, me dice ella. Y yo ya tengo esta crónica en la cabeza, con el título que Rouse acaba de regalarme. Es cierto, abril está comenzando y de qué manera tan hermosa… Le aviso que ya tengo título, y me pregunta, “¿en serio?”. Yo asiento. Entonces todo cobra sentido. Estamos allí para recorrer las canteras duras, para recrear unos parajes que ojalá pudieran mis manos dibujar, porque describir es un acto ilusorio; estamos allí, porque allí todo tiene sentido: la vida, la fundación, el amor, y eso que hacemos, en grupo grande, con tanta pasión: el deporte, la aventura…, soñar…

Peña de Bernal, aventureros de FNC

 

Unas horas más tarde, un grupo mugroso, hambriento, adolorido, pero pleno, avanza el último kilómetro y medio de piedra hosca para llegar al coche que nos llevará de la montaña queretana a la Peña de Bernal, un pueblito mágico en cuyo centro yace el monolito más grande de México y el tercero del planeta. En tanto la roca íntegra descansa cerca, nuestras almas aventureras, agotadas por la jornada, devoran los platillos del lugar, entre risas e historias que acabamos de vivir, pero que, sabemos, nos van a guiar siempre, ahora a nuevas montañas. Calificamos de 10 la carrera, terminamos la chela y nos disponemos a emprender el viaje de regreso. En el camino, el fotógrafo del grupo me hace llegar algunas fotos, que le he pedido para esta crónica. Me revienta el cuerpo de cansancio y el corazón de felicidad, la crónica sola se ha escrito. Ahora la comparto con ustedes. Llegan a mi cabeza las notas de esa canción de un poeta de mi tierra, Acuérdate de abril:

Acuérdate de abril, recuerda

la limpia palidez de sus mañanas;

no sea que el invierno vuelva

y el frío te desgaje el alma.

 

Y pienso: caray, nos ha llegado la primavera… aún me tiembla la montaña en los ojos.

Las intermitencias del tiempo

A veces tú, tan cercano

Y a veces tan distante

Que no puedo rozarte ni con el pétalo

No de una rosa, de la imaginación

 

A veces, yo toda de ti…

Otras, tan sola, tan sola

Como abandonado el mar

En el remanso de los intensos crepúsculos

 

Quedo, entonces, despojada de todo

Huérfana, miserable

Ardiendo de pasión no consumada

Con las viejas penas atragantándome las sienes

La garganta, las mucosas y las glándulas de querer

 

Camino así, sola, en la noche

Con las vestiduras de haber llegado al mundo

Y me pierdo en los tiempos de nadie

En los tiempos que nunca fueron míos

A esperar que el sol regrese al horizonte

 

Pienso, temo, imagino que volverás

A este amor que quema las entrañas

A esta mujer abierta a seducciones

A estas tardes frívolas y devastadas, sin ti

Y se hizo la luz, y la luz era Roma

Fotos: Gabriela Guerra Rey (tomadas de celular)

Cada hombre es del tamaño de su jaula…

Cada hombre es del tamaño de su jaula. Hoy he empujado los barrotes hasta hacerlos retroceder tanto, que he viajado en el tiempo. He ido a la Roma antigua, entre cuyas piedras, hombres y bestias se destrozaban en enfrentamientos sin equivalente, dentro de la obra más magnífica construida por los mismos hombres. La crueldad y la estupidez humana no tienen memoria ni tiempo, de eso no cabe dudas.

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He descubierto en Roma, a Roma… He atrapado, si eso es posible, la luz de esta ciudad. Durante las dos o tres inaugurales horas pensé que se trataba de eso, del momento del día, uno especial que hacía que la luz penetrara por los mosaicos, las columnas, entre los contornos de las estatuas esculpidas en mármol. Pero no, con el transcurrir de la primera jornada romana, vi que la luz llega siempre y enceguece un paisaje que no podría ser dibujado. Siempre un rayo de sol atraviesa el firmamento y convierte en imagen difuminada la belleza inaccesible de la pomposa ciudad.

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Roma suena a campanas, a música clásica, a Ave María y a hombres anónimos que se desarman con las notas de Doménico Modugno, en un “Volaré, Cantaré, Oh oh oh…” o con las estrofas de Sting, “Englishman in New York”, tratando de cautivar al viajero presuroso. Estas melodías me sorprendieron en las veras del inaugural paisaje, que me llevó de la Plaza de San Pedro, por el camino del Tíber, hasta la Plaza Navona, en cuyas esculturas blancas nacen los ríos y se hace definitivamente esa luz de la que hablo.

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He descubierto allí cuánto he cambiado, al presentirme viajera impávida, aunque doliente, ante toda la belleza que mis ojos atesoran. Me ha dolido descubrir la magnificencia, pero sin angustias, así, lento y lacerante, como duelen los verdaderos amores. Me he enamorado de Roma a muy pocas horas de haber llegado, y tengo la sospecha irreparable de que es para siempre.

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A unas contadísimas cuadras de la Plaza Navona, el Panteón se armó con su derroche de antigüedad que yo creía imposible (118 a 125 años después de Cristo), en la Plaza de la Rotonda. Pareciera que te va a caer encima la historia del mundo, cuando bajo sus imperiales columnas y columnatas descubres el templo de paz que fue Roma, mientras no lejos los hombres se batían hasta la sangre y la muerte para deleite de sus emperadores.

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Andando, siempre andando, porque solo así hay que tratar de conocerla a Roma, se alza la blanca y reluciente Piazza Venezia. Detrás, escondidas al pasante, perviven las ruinas de lo antiguo: El Foro romano, el Coliseo, Palatino, en un paseo que al principio parece poco por el precio de una sola entrada, pero que no se recorre en menos de tres horas. Si es la primera vez que visitas Roma no podrás detenerte hasta que tus ojos hayan consumido todo lo que tus piernas te permitan. La grandilocuencia de la tradición se escribe en esas ruinas, en los pasadizos laberínticos donde las fieras engullían prisioneros y los gladiadores conquistaban la oportunidad de pelear las grandes batallas de la antigüedad.

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De regreso, todo el camino del Tíber, pasando los puentes desde el Palatino, con un alto en la Isola Tiberina, hasta S. Angelo, donde se impone el castillo del mismo nombre, y a cuya izquierda vuelve a estar, incólume, la Plaza y la Basílica de San Pedro. En Roma, desde ahora la verdadera ciudad luz, destronando a París de este inmerecido título (que por supuesto ostenta por otras razones menos naturales pero bien justificas), pareciera que todo lo que ocurre es lo más importante del mundo.

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Cuando la noche anterior, sin tiempo para más, puse los pies en la Piazza St. Pietro, y vi el nacimiento gigante, que por las fechas navideñas figura en medio de la plaza, sentí eso, que casi todo lo que ocurre acá es, al menos, lo más importante del mundo cristiano. Esta mañana la peregrinación del Angelus ocupó la plaza para recibir la bendición del papa. ¿Qué otros seres en el universo religioso de nuestro planeta tienen ese privilegio un domingo cualquiera?

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Cada hombre es del tamaño de su jaula. El papa es del tamaño de su religión, que nace en San Pedro, Ciudad del Vaticano, y alcanza distantes confines y eras. Los hombres comunes son de esta u otras ciudades. Los emperadores romanos, del gigante imperio que construyeron, oficialmente desde el Atlántico hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico; desde el Sahara hasta las tierras boscosas a orillas del Rin y del Danubio y en la frontera con Caledonia. Alrededor de 6.5 millones de kilómetros cuadrados, según la enciclopedia.

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Es por esta razón que hoy es posible encontrar columnatas romanas, y hasta templos, en muchas ciudades de Europa. A diferencia de estas, en donde cualquier trozo de mármol o piedra antigua es venerada, en Roma la antigüedad convive con la modernidad en una armonía asombrosa. Si no está marcada en los mapas y las guías turísticas, nadie se detiene a mirar una piedra dura de larguísimos siglos de existencia. Yacen ahí, las ruinas, como si no existieran, desapercibidas para los naturales y los viajeros veloces, interesados más en la foto junto a la imagen vendida que en los verdaderos orígenes de este imperio fenecido.

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Hoy yo he sido del tamaño del tiempo, he luchado contra los barrotes, las cárceles, contra la ignorancia y la infinita estupidez humana. He visto, a través de la luz, las partículas de piedra que la historia ha puesto a mis pies. He temblado, me he conmovido y, aunque eso parecía extraviado en los vericuetos del corazón, he vuelto a enamorarme. Hágase pues, la luz, y rómpanse las cadenas en esta alma peregrina.

París… el reencuentro

Foto: Gabriela Guerra Rey

Esta mañana, mi quinto día en Francia, y como todas las anteriores, amaneció lloviendo. Yo había decidido ya que me iba al Louvre, lloviera, tronara o relampagueara, expresión que usamos en Cuba, donde todas estas cosas ocurren frecuentemente.

Agarré mi bolsa, mi cámara, mis guantes, mi gorro, mi abrigo, mi sombrilla, un mapa y una botella de agua -además de mi fatiga-, dispuesta a emprender la travesía que fuera bajo la lluvia. Y bien que no me equivoqué. Hice una cola aproximada de dos horas y media bajo el agua, luego de hacer el trayecto bajo el agua, para entrar al museo bajo el agua.

Los amantes de Sabina recordarán aquella canción tan linda que dice: “Yo no quiero París con aguacero, ni Venecia sin ti”. Por esa rola mi madre me enseñó hace años la de Charles Asnavour, Venecia sin ti, una triste melodía que termina: “Solo queda el adiós / Que no puedo olvidar / Hoy Venecia sin ti / Que triste y sola está. Pues hoy entendí la primera línea citada de Sabina, la de París con aguacero, y por romántico que parezca, no es bueno, créanme. París es hermoso de cualquier manera, pero en días como hoy, los aguaceros le van sobrando.

Sin embargo, después de caminar por los vastos corredores del Louvre, de quedarme fascinada con obras que no había tenido la oportunidad de ver, de acariciar el frío mármol del arte y la historia, y conmoverme ante las ya viejas pinturas de franceses e italianos, empecé a sentir algún ahogo bajo los abrigos y las bufandas y los gorros y guantes. Me había perdido tanto en la búsqueda insaciable de los ojos, que no solo me había olvidado de comer, sino que me había enajenado del mundo.

Casi a la hora de cerrar, exhausta ya por las horas de cola, las de recorrido y la pesada bolsa, débil y agotada, me extravié entre varias salas griegas que ya no me interesaba ver. Se me hacía tortuosa la salida, porque la fatiga me alcanzaba, cuando descubrí los carteles de “Sortie”. Y allá seguí sin miramientos, para encontrar entre los magníficos edificios del Louvre la única cosa que a esa altura del día ya no esperaba: el sol.

Qué ánimos, qué bríos me llegaron con los primeros rayos en tantos días. Me senté en una esquina de Rivolí a comer algo, y luego anduve, anduve, y volví al lugar de mis nostalgias en París -porque ya mis nostalgias se desperdigan también por este mundo-: el Sena. De ahí a Chatelet, no hice más que entrecerrar los ojos, respirar y comerme el sol con toda la fuerza de mis pulmones.

Camino de la estación a la casa, descubrí que Lagny-sur-Marne es un lugar sublime, que los cisnes blancos y apacibles a la orilla del río, cuando cae el sol, parecen otros muy diferentes a esos que yo vi ayer bajo la lluvia, y que se morían de pena y frío. Fue la magia de este día lo que me despertó. Por fin, casi una semana después de mi llegada, me había reencontrado con París.

 

Una mañana en familia

Hoy tuvimos un amanecer caótico en Lagny-sur-Marne. Mi cuñada había salido temprano, hasta París, porque necesitaba buscar unas cosas que le habían traído de Cuba, y las 8:30 am era la única hora posible para encontrar a su contacto. Al regresar a casa, se dio cuenta de que no podía entrar porque había extraviado la llave. Tocó el timbre y Agnés se sobresaltó con el ruido, y yo también, pero los adultos debemos hacerle creer a los niños que esas nimiedades no nos dan miedo.

Como no nos dimos por aludidas al sonido del intercomunicador, me habló por teléfono para decirme que estaba afuera. Su llave la encontré colgada en la puerta. Ella llegaba bajo la lluvia, cargada, húmeda, fría y con hambre.

Para ese entonces Agnés y yo llevábamos una crisis matutina a sus peores consecuencias, porque ella amaneció en el modo “mi mamá no hace las cosas así”, y yo ya estaba desesperada, sin poder vestirla, asearla, darle de desayunar. El resultado había sido un castigo sobre la cama, sin poder bajarse porque no quería ponerse las medias y el pantalón. Al tiempo, sosteníamos una conversación filosófica y en lenguaje amable, donde yo trataba de entender por qué una niña de 4 años dice que se va a portar bien y no lo hace. Obviamente la del problema filosófico soy yo, para ella todo es muy sencillo. Ayer le dije mientras tocaba rumba con unos palos sobre una lata: “¿por qué no dejas de hacer ruido?”, y me respondió: “yo no estoy haciendo ruido, estoy haciendo música”. La verdad, me fue imposible encontrar un argumento válido para replicar.

Luego empezó la incidencia del cargador de la laptop. Desde que llegué a Francia mi cuñada y yo estamos pensando cómo resolver el problema, porque mi lap tiene norma americana, y por tanto suele conectarse a 110v. Aquí todo es 220v. Mientras yo me ponía histérica, mi cuñada buscaba en internet si hoy, además día feriado, habría alguna tienda en París donde pudiéramos comprar un transformador de corriente para trabajar, leer, comunicarme con el mundo, etc. Transformador que iba a costarme al menos la entrada a dos o tres museos.

Después de revisar mil sitios de internet donde tener alguna noticia sobre mi Dell, o mi cargador, o una tienda, o un transformador, o un regulador, o lo que fuera, y con los últimos minutos de batería que le quedaban a la lap, le hablé a un viejo amigo, al que pronto iré a visitar a Madrid, y en dos minutos echó por tierra todas mis preocupaciones sobre la física, la electrónica y la economía. “El 99.99% de las laptops recientes son autovolts”, dice, igual los móviles y demás. Ahora veo que con el celular no tuve tanto escrúpulo y lo colgué a la primera toma que encontré a mi llegada sin consecuencias negativas.

Afortunadamente, para ese momento Agnés y yo habíamos hecho las paces, y ella intentaba darnos de desayunar unos “huehuitos” hechos con plastilinas de colores, y un agua que por alguna razón quería calentar. Mi cuñada veía en la tele un show de comedias y al mismo tiempo respondía una solicitud por internet de algo importante. Yo empezaba a escribir esta crónica, que debía detener cada tanto por una cucharada de huevos de plastilina, o por un chiste simpático en la tele, o un comentario de mi cuñada, o un grito de Agnés sobre alguno de los temas de la existencia cotidiana. Imploraba por dos minutos de silencio, que apenas acaban de llegar; así que termino este relato antes de que comiencen las crisis de la tarde. Esas ya se las contaré mañana.

Cuántas veces en mis soledades diarias he ansiado un caos como el de esta mañana. ¡Nada como la familia!

Otra vez la luz

Foto de la tía

En vísperas de un largo viaje

 

Hace casi un año de aquel encuentro en la Ciudad de la luz, a la que, confieso, no creí regresar tan pronto. Pero pasaron tantas cosas en ese casi un año, que cuando hago el recuento mental no me parece posible.

Cerraron los dos proyectos profesionales más importantes en los que he trabajado. Uno la revista Inversionista, porque fue mi hijo primero y el que me forjó como editora; el segundo, la revista Cómo Funciona, porque es el que más me ha gustado. Cerraron conmigo a dos magníficos equipos de trabajo, amigos y compañeros junto a los que fui feliz, y junto a los que pasé los mejores momentos y también los terribles días de la incertidumbre.

Alguien tuvo la osadía de romperme el corazón y dejarme malherida, en un proceso de sanación de esos que nunca se sabe cuánto dura. Despedí nuevamente a buenos y entrañables amigos, que se llevaron un pedacito de sol. Escribí algunas líneas más. Me escribieron algunos versos magníficos. Volví sobre los pasos de ese libro que garabateo hace años y nunca está del todo listo. Se me ahogaron en la garganta un suspiro y dos, y volví a decir aquella frase que es mi vida: “hay que seguir andando”.

México me aceptó definitivamente como residente, y los anhelos de viajera han vuelto a mis pies, como si fuera la primera vez, como el preámbulo de aquel viaje nunca realizado, que me espera a las puertas de un avión y al contacto de los ojos con realidades, conocidas o ajenas, pero que mis pasos ansían.

Ha sido un año largo, si me dispensan esa pequeña licencia literaria. Ha sido un año muy largo, que se me fue entre las manos. Lloré, pero reí; grité, pero canté; aguanté la respiración y cerré los ojos, esperando que el dolor pasara, pero fui inimaginablemente feliz; conocí gente fea, pero también alguna gente hermosa de la que hace descubrir en la vida el idilio.

Mañana parto a la Ciudad de la luz, y espero que a otras ciudades nuevas. Me llevo un par de libros, la poca ropa que mi prima me concedió meter a la maleta, con el fin de que me quepan también los recuerdos del camino, un par de recuerdos recientes y muy bellos de esta ciudad ya mía, y el deseo de encontrar lo abandonado. Me llevo la magia desgarradora de vislumbrar algunas de esas alegrías perdidas, de reencontrar la luz. Y la luz está en la pupila de una niña de cuatro años que en unas horas más espera mi llegada a París.