A 4 manos

Donceles

Donceles

Cuando entró a la librería sintió alivio y sensación de nostalgia. El olor a libro viejo y la lluvia que caía lo obligó a entrar en el primer puesto de antiguas letras. Una de esas librerías que se extienden desde Allende hasta República de Brasil. La lluvia tiene esa virtud de pintar el paisaje con su gama de grises que a Joaquín le provoca una melancolía adictiva; se deja seducir por esos tonos.

De todas las calles del Centro Histórico prefería Donceles. Ahí se conjuntan sus dos pasiones, los libros y la fotografía. Podía pasarse horas en la acera sur mirando los anaqueles de cámaras, impresoras, filtros, carretes, lentes, y luego cruzarse a la acera norte para entrar a husmear los estantes con libros de hojas amarillas y olor a benzaldehído.

Recorrió un par de pasillos con la vista. Miró sin buscar un título específico. Alzó la cámara y tomó un par de fotos del marco que daba a la calle. Un primer plano de libros en un fondo de ventanas y personas con sombrillas en barrido. Las gotas deformaban el plano general a medida que la tromba arreciaba. Caminó entre los pasadizos. Títulos de ciencia y superación personal no le despertaban interés absoluto. A punto de irse a refugiar, mejor, en la acera de las cámaras, el ruido de una escalera lo llevó a la parte trasera y oculta de la librería. En la escalera una enorme cabellera le hizo recorrer el rollo de 36 exposiciones de su Canon y apuntó con el visor hacia la fusión de letras y melena lacia que llegaba a la cintura de la mujer. El sonido del disparador hizo que volteara a verlo.

—¿Por qué estás haciendo fotos? —preguntó con amabilidad y sorpresa.

—Perdona, pero me gustó mucho la imagen de tu cabello fundida entre tantos títulos de libros.

—¡Ah! muy bien. ¿Entonces la foto me la tomaste a mí?, pero ni siquiera me conoces.

—Eso se resuelve pronto. ¿Cómo te llamas? Además, siendo completamente honesto, la foto que tomé fue en parte a ti y otra a los libros —dijo Joaquín con descaro.

—Pues por haberlo hecho, ahora vas a decirme ¿cómo te llamas tú? Y luego vas a tener que traerme una impresión de esa foto. Yo me llamo Mariana.

La sonrisa de ella le dio cierto confort de no haber incomodado; descendió de la escalera y siguió con el juego del interrogatorio. Afuera la lluvia parecía que arreciaba, porque el ruido los hacía acercarse cada vez más. La plática fue tomando un rumbo entre Sebastiao Salgado y el Marqués de Sade.

—¿Qué tipo de lectura es la que prefiere un fotógrafo?

—No sé a los demás, a mí me gustan las novelas de Saramago o la poesía de Gonzalo Rojas.

—Me encanta ese autor.

Joaquín tomó un libro y leyó un verso de Gonzalo:

…juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

A mitad del poema ella le dibujó un corazón con la lengua en los labios y la mano izquierda de él tomó un primer paso de reconocimiento de yemas y nudillos hasta sortear los senderos del cuello y la espalda baja. El fuego entre las piernas se había encendido. Joaquín soltó el libro de la mano derecha, las metió por debajo del pantalón y con la punta le araño las nalgas. La vieja mesa de páginas y carátulas se convirtió en una cama de letras que iban soltando el perfume de almendras y vainilla que tienen los viejos libros. El bálsamo se les arremolinaba en la nariz, él lo aspiraba como una droga mientras todo iba perdiendo existencia. Uno que otro trueno rugía y flasheaba en el interior de la sala de novelas, devolviéndoles la noción del espacio.  Ella fantaseaba con la imagen cenital desde el candelabro: dos cuerpos desnudos sobre una mesa de pastas verdes en medio de un cubo de lomos de letras doradas. Ese sacrilegio la excitaba aún más. Las manos de ambos siguieron la ruta húmeda de sus deseos. La blusa transparente de tirantes de Mariana tenía expuesta la protuberancia aurea de sus pechos. Joaquín afanó sus dientes con pequeños mordiscos, para después recorrer con la nariz y la lengua el camino de vellos que anuncian remolinos de placer. Saboreó sus grietas y succionó la semilla agridulce. Mariana entonó un canto de versos deformados en gemidos. Los cuerpos contonearon una danza sin música al ritmo de una coreografía disonante que subía, bajaba y se dibujaba en la penumbra. Relámpago y lluvia confundieron el sonido de la primer cascada tibia que explotó desde las entrañas de ella. Las letras comenzaron a derretirse entre sus piernas. Un sonido de pasos arrebató el trance y ambos corrieron a esconderse para vestirse. Él salió corriendo a hurtadillas sin despedirse. El viento en la cara y la brisa que le soplaba en los ojos lo hizo llorar de placer.

Lo quemaba la ansiedad de llegar al cuarto oscuro y revelar el rollo que le daría el perfecto pretexto para ir a buscarla. Mientras encarretaba el celuloide, el agua tibia y la memoria de sus dedos lo regresaban a la librería. El dibujo de la impresora sobre el Ilford le dio la certeza. Era cuestión de horas; correr a llevarle la copia. Se encaminó sin esperar a que el papel fotográfico secara del todo.

Salió del metro. Sintió la nube gris que se posó sobre él como una señal. Vuelta en Eje Central.  Corrió sobre la acera del Teatro de la Ciudad.  Siguió entre baldosas enormes, puertas rojas y antiguas ventanas. Al llegar a República de Chile, el corazón punzaba con ganas. A lo lejos, la marquesina naranja Librería Inframundo le entrecortó el aliento. Respiró profundo, se limpió el sudor y caminó más sereno. Llegó a la puerta gritando con los ojos. Sacó la foto, entró sin saludar a la anciana que custodiaba la caja registradora. Caminó cada uno de los pasillos hasta llegar a la sala de novelas. La mesa repleta de portadas verdes le regresó la imagen. Ella no estaba. Guardó la foto con un dolor entre la garganta y las piernas y a punto de cruzar el marco de la entrada, la voz de la anciana lo detuvo:

—¿Por qué tardaste tanto en traer la foto?

Christian Palma
Christian Palma

Christian Palma

Fotógrafo, editor y productor audiovisual mexicano, que hace 20 años se enamoró de la fotografía y comenzó su carrera en torno a la imagen, inicialmente como fotoperiodista, para después incursionar en la cinefotografía. Le apasiona trabajar retratando, contando y creando historias.

En el cine

Me gusta el turno de la mañana. A esa hora suelen ir lo mismo cinéfilos solitarios que parejas interesadas en otra trama. Corto escasos boletos y me sumerjo en la oscuridad de la sala. Recargada en la pared del fondo le doy un par de caladas al casi inoloro vape de THC. Escucho las bocinas funcionar apropiadamente, el foco del lente, los subtítulos encuadrados. La proyección convierte a los espectadores en sombras que poco a poco voy perdiendo de vista.

Sé de memoria los primeros cinco minutos, tal vez hoy pueda llegar hasta los besos. Es lunes, no viene el gerente. Me aseguraron que la famosa escena de sexo empieza un cuarto de hora después de que se apagan las luces. La última vez calculé mal los tiempos, terminé descubriendo al asesino. Jamás puedo quitarme de la cabeza la revelación de un final.

Han pasado diez minutos sin que suene mi radio. Bajo el volumen, estoy a un click de apagarlo. Me emociona llegar al minuto quince. La gente se arremolina en sus asientos, se pone nerviosa, tose. Juntos presenciamos un momento de intimidad ajeno. Imagino que los espío por una rendija. Espero noten mi presencia.

Camino hasta recargarme en la última fila. La marquesina presume ser la sala más grande de la ciudad. Contengo la respiración. Ahí están las pieles lisas, curvas perfectas en posiciones inverosímiles contra la pared, en el aire, en el piso. Los gemidos, la música. No hay secreciones molestas, caídas inesperadas ni risas nerviosas.

El calor de una presencia a mis espaldas me crispa la piel. Una mano se desliza entre mis piernas hasta las nalgas. Un temor, más parecido al deseo, me paraliza. Intento voltear la cabeza. La otra mano la regresa suave hacia el frente. Besa mi nuca. Los ágiles dedos apartan la ropa interior, se hunden en un cuerpo que ya no me pertenece. Obedezco sin palabras. Abro las piernas. Otros dedos exprimen mi seno derecho, pellizcan el pezón. Entrecierro los ojos, no quiero perderme la secuencia, me agacho sobre la butaca. Mis jadeos se confunden con los de la actriz. Las piernas tiemblan, convulsionan de ganas porque los asistentes prefieran el espectáculo vivo.

La mano tira de la coleta que recogí esta mañana. Los balazos del thriller opacan mi grito. Un bombeo tibio supura placer, se desborda. El radio me devuelve a la realidad llamándome desde el suelo. Lo busco a tientas. Respondo con la voz entrecortada.

—Adeeelante

—¿Dónde te metes? Te necesito en la taquilla.

Levanto la cabeza; solo sombras, no alcanzo a ver a nadie. Me abotono la blusa. Otro día sin terminar de ver la película. No importa, ya sé quién es el asesino.

Los hijos de la Violencia / José Gabriel Acuna Acuña

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga del caso, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cusquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de la Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. La nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como años atrás había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ése que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de nada. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, lealtades, proyectos. Y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error cometido, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

Foto de Andreina García

LIMBO

“¿Me estás escuchando?”, era la pregunta que él siempre le hacía cuando se daba cuenta de su mirada perdida y sus balbuceos como interlocutora. Su cuerpo estaba ahí, pero claramente su cabeza no. Ella le respondía que sí y le repetía la última frase que él había dicho para que no sospechara nada, mientras entraba lentamente en el limbo.

A este lugar llegan todos los que sueñan despiertos o necesitan evadir la realidad. Seguramente tú también has pasado algún tiempo aquí, a menos que seas un monje budista o practiques mindfulness.

Después de varios años entrando y saliendo del limbo a voluntad ya había hecho muchos amigos. Seguro era miércoles, pensó cuando se cruzó con Julián en un pasillo. Julián llegaba al limbo cada que vez que tenía clases de cálculo avanzado. Dio algunos pasos más y vio a Marina con su pareja sentada en un sofá. Lo más probable es que estuvieran en su terapia semanal con el psicoanalista. Y en este momento pensó que quizá era hora de llamar a su psicóloga para seguir explorando sus traumas infantiles. Siguió caminando y vio a un personaje con el que nunca se había topado y le llamó la atención. La única regla que existe en el limbo es “no les digas que están en el limbo”, ellos deben darse cuenta por sí mismos, de otra manera regresan de inmediato a la realidad y puede costarles mucho tiempo volver. Por lo general, las personas que se encuentran en el limbo no se conocen en la vida real. Vamos, es un lugar tan grande que las probabilidades son bastante bajas.

¿Quién era este hombre?, ¿por qué me sentía atraída hacia él?, pensaba mientras escuchaba la voz de su esposo a lo lejos.

¡Aló!, ¿me estás escuchando?, llevo diez minutos hablando solo, fue su cable a tierra. Esta vez no pudo repetir su última frase, se había enfocado demasiado en este misterioso personaje del limbo. Moría de ganas por regresar y descubrir quién era, pero antes debía terminar su conversación en el mundo real y decidir qué iban a preparar de cena.

Andreina García
Andreina García

Caraqueña viviendo en Ciudad de México. Publicista y fotógrafa amateur. Me gusta echar cuentos y a veces los escribo.