A 4 manos

Tres deseos...

TRES DESEOS A LA LUNA DE AGOSTO

(Fragmentos de una novela que nunca verá la luz)

De aquellos tiempos solo me queda el silencio. Vivíamos nuestro propio mundo, éramos la noche plena y como vampiros negábamos el sol durmiendo. Yo no era ni mejor ni peor que los otros. Y ellos, a quienes los años han desdibujado de algún ingrato modo, fueron mi único espejo.

Anduvimos juntos desde chicos. A los once o doce resultábamos ser el terror de Villa Inflamable. A los dieciséis La Colorada cargaba una 45 en la cintura y dos abortos. Polaco y Gaspar tendrían la misma edad, yo era el menor. No tardamos mucho en meternos en problemas serios, o tal vez, por nuestro estilo, tardamos demasiado. Polaco coleccionaba dos muertes, Gaspar y yo estábamos ansiosos por alcanzarlo. Era la Colo quien nos mantenía unidos y a la vez con sospechas. Cada uno pensaba que los otros habían tenido algo con ella, y ella nos hacía creer que quien no lo hubiera hecho ya, terminaría (al menos una vez) entre sus piernas. Era la jefa.

 Me consiguió la primera 45. El arma pesaba más que mi vida.

— ¿Tenés revólver vos? —preguntó con voz áspera, clavando los ojos de caramelo en los míos. Iba a mentirle diciendo que lo tenía que ir a buscar, pero por inexperiencia o instinto dije que no. Entonces ella aseguró que lo solucionaría enseguida. Delante de mí se bajó los pantalones, llevaba una tanga negra con un dibujo de Kitty al frente y el culo dividido por un hilo casi invisible. Se puso una minifalda negra que dejaba ver sus piernas algo golpeadas pero bonitas. Luego le hizo un nudo a la remera dejando el ombligo al aire, se ató el pelo y se maquilló.

— Ya vengo.

Me quedé pensando cómo sería tocar ese cuerpo. Encendí un cigarrillo y me tiré sobre los restos del sillón; el relleno de los almohadones apolillados sobresalía; varias pulgas iban del tapizado a mis brazos, dejaban pequeñas ronchas, seguían rumbo al piso y saltaban otra vez al sillón. Me acaricié sobre el pantalón, saqué la pija algo dura y comencé a masturbarme pensando en las tetas de La Colorada, acabar sobre esos pezones pálidos… Acabé y me limpié con una parte de la manta.

Todavía estaba agitado cuando ella volvió con una botella de tinto. Me miró, puso su mano en la espalda y sacó la 45.

— Tomá, dijo y la arrojó a mi estómago. Me sorprendí. Sonrió y se desmoronó sobre el colchón que estaba junto a la pared.

— ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Pensaste que no la iba a conseguir? —negué con la cabeza— ¿Viste? Y todo con esta boquita —echó un trago, se acomodó y siguió—. Fui hasta lo del Tano, tiene en el aguantadero a dos rati que liquidaron a un tipo de guita mientras lo afanaban. Se la chupé a un tal Miguel y me pagó con el caño y la botella. ¿Imaginate si le entrego el culo? ¿Sabés lo que me podría dar si se lo dejo todo para él? Me quedo con la 4 x 4 que tiene el tipo —rió— Pero no, todavía no nació el que se ganó este culo.

Metió la mano bajo el colchón y sacó una bolsita con un par de fasos de marihuana. Prendió uno y lo compartimos. No podía dejar de mirarle las tetas, ni los labios, ni imaginar cómo sería su concha. En medio del humo dulce dejé la pistola a un lado y me le acerqué para besarla. No solo esquivó mi boca, sino que manoteó la 45 y la puso en mi sien.

— Escuchá pendejo, a mí, escuchá, aprendé, a mí me tocan cuando yo quiero, ¿entendés? —afirmé con la cabeza— ¿Está claro? No te escucho. —Dijo y preparó el arma para disparar.

Las piernas me temblaron.

— Perdoname, loca.

Tiró de mi pelo con fuerza y me entregó el arma. Enmudecido, la guardé en la cintura. La Colo estaba furiosa. Puteaba y escupía. Se paró junto a la puerta, brazos cruzados y cara de asco, no hizo falta que dijera nada. Era hora de irme. Al pasar a su lado la empujé contra el marco y la besé. Fue un segundo. Ni siquiera le pude meter la lengua en la boca. Pero esta vez no tuvo tiempo de morderme o tirar una patada. 

MARCELO RUBIO PRESENTA LO QUE TRAE LA NIEBLA

“Lo que trae la niebla” o el campeón que no quiere la corona

Marcelo Rubio, argentino, conductor del programa radial Kriminal Mambo, AM350, autor de varios libros de cuentos, presentó su primera novela el pasado mes de junio, publicada por Indómita Luz. La historia está atravesada por la política, el humor delirante y una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. Fractura, suplemento literario de APU, estuvo presente en el lanzamiento. Esta crónica se publicó originalmente en www.agenciapacourondo.com.ar, escrita por Claudia Sobico, y hoy ambos, la agencia y Claudia, lo comparten con A4manos. Y A4manos lo comparte con sus lectores porque es un relato que hay que leer, sobre una novela que hay que leer: LO QUE TRAE LA NIEBLA.

 

 

Lo que trae la niebla

Lo que trae la niebla

 

La cita fue el 16 de junio a las 21 en El Emergente Bar Cultural, ubicado en Gallo 333. Llego diez minutos tarde. Una pareja amiga me recibe con una sonrisa y un tinto en la mano a modo de festejo por adelantado. Sigo caminando, se suman los abrazos, somos varios. Encuentro a Marcelo Rubio y a modo de saludo me muestra su bufanda verde a tono con la camisa, marca de su elegancia y sensibilidad ajustada a lo que acontece en este invierno verde de nuestro país. Yo llevo el pañuelo atado a mi cartera. Reímos cómplices.

Marcelo está a punto de presentar Lo que trae la niebla, su primera novela.  Entramos. Hay una mesita pegada a la puerta con el libro en venta y ejemplares rojos de Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me gusta. Hay mucha gente y me cuesta avanzar. Sobre el escenario el micrófono luce tres banderas, la del aborto, la del orgullo y la de la lucha contra el cierre de los profesorados. Banderas como marco a las voces que se alzarán en unos minutos. Detrás, un contrabajo y un teclado.

La lectura de los primeros párrafos de la novela abre la velada. Escuchamos sobre Oscar Raimondi, periodista de “Segundos afuera” quien acepta “sin rezongar” cualquier tipo de cobertura por temor a ser uno más en la oleada de despidos. Esta vez lo mandan a un pueblo lejano a entrevistar a Ruiz, un boxeador que abandona una pelea a punto de vencer a Muhammad Alí hace ¡cuarenta años!

Después llegan las voces que presentan, más lecturas y música, todo como un coro que dirige Rubio con su dedo índice cuan director de orquesta, con la misma simpleza y precisión con que escribe su obra. El escritor Diego Meret dice: “Con Lo que trae la niebla, el autor practica la concentración y una determinada modestia que creo es también para Marcelo una metodología de trabajo. Si bien su prosa es rítmica y trabajada, se nota en el texto la presencia de una modestia que no es pose, porque tampoco hay alarde. Es una simpleza natural, una forma de escribir que acaba formando lo que podemos llamar un estilo propio y con el golpe de un escritor de verdad”.

Nuestro protagonista, Raimondi, es también un periodista “de verdad”. Desde el momento en que sale a la ruta con su Renault precario se centra en la tarea y lucha contra esa niebla que no le permite siquiera encontrar a Ruiz. ¿Hay complicidad entre la gente del pueblo de Laguna Profunda? ¿Qué le ocultan? ¿Qué pasó con el agua? ¿Cuándo viene el barco?  ¿Se burlan de él acaso?

La escritora Silvina Gruppo cuenta algunas de las contingencias que tendrá que atravesar Raimondi: “No hay laguna, ni Internet, ni señal de teléfono, ni agua, ni alimento que no sea a base de conejo, ni dinero, claro. Los oficios originales de ese pueblo fueron mutando. Por ejemplo, el periodista pide un remís y cuando sale a la puerta del hotel, está el patrullero y el comisario se presenta y le dice que bueno, que la cosa está difícil, que suba nomás, que está haciendo una changa con el móvil. Y así pasa con todos, la bruja ahora hace artesanías, la puta mantiene una jardinería de cotillón, los cazadores perdieron la licencia y nuestro periodista, no le queda otra, en lugar de investigar a Ruiz, se vuelve el narrador de esta historia”.

Lo que trae la niebla planta ya en el primer párrafo, lo que atravesará toda la novela: humor delirante y al mismo tiempo, una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. “Voy a confesar que la risa que se me dibujaba mientras leía era amarga. Sabía que me reía por el absurdo mismo al que nos obliga la supervivencia. En el uso de esta risa rancia, Marcelo construye una novela fuertemente política que exhibe e interpela la realidad cíclica de crisis que vivimos en Argentina”, expresa Gruppo.

Después el editor Iván Ardiles describe a la editorial que tiene un costado  político potente. No es casual que Rubio haya elegido publicar su libro por Indómita Luz, editorial que forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular.

Marcelo cierra la velada con agradecimientos y la promesa de no silenciar la voz nunca. “No vamos a callarnos”, dice. Siguen los aplausos, la firma de ejemplares, la foto grupal, más abrazos y una cena que nos tendrá compartiendo charlas y risas en una pizzería de Corrientes hasta muy tarde. Nadie parece tener ganas de irse aunque haga frío y nos envuelva la niebla.

Biografía:

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempoNueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN:

http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/lo-que-trae-la-niebla-o-el-campeon-que-no-quiere-la-corona

 

Ginger no baila con Fred

Te habían enviado a trabajar ya no recuerdo a dónde (eso también lo quemé entre tantas otras cosas).  La paga apenas daba para un hotel cuyo mayor mérito era tener luz hasta las diez de la noche, luego decías que para leer o escribir tenías que encender velas. Nunca me contaste si entre esas líneas imaginabas mi sonrisa o si en las sombras que argumentaban las velas podías verme estirar los brazos para abrazarte.

No podías desayunar allí, ese era otro verbo que aquel hotel no conjugaba. (¡Cómo reía cuando leía eso!). Entonces, creo recordar, salías temprano rumbo a la estación de tren, acomodabas la valija con todo el material a tu lado y en un bar del andén pedías el primer café del día. Estoy segura de que lo revolvías con esa paciencia que solo conocí en vos. ¿Ahí fue que escribiste aquel poema? Trozos de tu alma decías que contenía, al menos así lo contabas en la carta que lo trajo.

Estaba escrito en una servilleta de bar, de esas que se pliegan en tres y se meten en servilleteros plásticos. Cuánto esfuerzo para que tu lapicera no rasgara el papel. (Un esfuerzo que no tuviste conmigo). Si los poetas supieran que los fuegos encendidos por las palabras pueden terminar incendiando la propia obra, quizá tendrían más decoro al escribir.

A mí, en esos años, sólo me importaba esperar la llegada del cartero. (Ahora soy yo la que no conjuga ninguno de esos verbos, como otros tantos). Cuando tu letra prolija golpeaba mi buzón, me escurría hasta el cuarto, para leerte. Egoísta, dirían las enfermeras que me veían pasar corriendo, pero no quería compartirte, eran nuestros minutos de soledad, el instante en que las distancias desaparecían. No estabas en aquel hotel, no estaba en ese cuarto, estábamos en el mundo que exclusivamente vos y yo conocíamos.

Acariciaba las letras como si fueran tus labios, estrujaba la carta contra mi pecho, así te abrazaba. ¿Nunca te dije que repasaba cada correspondencia mientras esperaba una nueva? Lo hacía, sí, tanto que algunas las sabía de memoria. Es que no eran palabras en papel, era tu voz la que venía en ellas. La misma voz de aquella tarde de lluvia, cuando me contabas de tu admiración por Fred Astaire, su aire de señor, la elegancia de los movimientos, la habilidad para mover los pies como si no tocaran la tierra. Soñaba con la mañana en que te viera imitando a Fred bajo mi ventana. Sería una Ginger Rogers enamorada como esa Julieta del balcón, bajando las escaleras para bailar nuestra música. ¿Y cuándo me contaste de Evita? Sí, así, en diminutivo la nombrabas, sin darle apellido, porque no lo necesitaba. La reunión en los jardines de la Casa de Gobierno, con ella paseando elegante y hablando y moviendo las manos. Vos contabas de Evita y yo la veía, la sentía allí, entre nosotros. Si hasta me parece oír, todavía hoy, cómo ella te indicó la importancia de la cultura, del cine, del teatro; y vos, silencioso, la contemplabas. Enamorado de Evita, me confesaste así, con esas palabras, y yo no me enojé, cómo iba a hacerlo si ella era todas nosotras juntas.

No me arrepiento de aquello; algunos lo creerán tiempo perdido, yo no. ¿Te habrás disgustado de haber escrito ese poema? ¿O de todas esas promesas que la rutina de hoy volvió ronca como los besos perdidos en el aire que se marchitan sin ser correspondidos?

Pasaba las tardes pintando mariposas en papel celofán, las pegaba en las paredes y el techo del cuarto; durante las noches les hablaba de vos. A veces tomaba una, besaba sus alas, abría la ventana y la arrojaba al viento pidiéndole que te buscara.

Los domingos iba al cine a ver esas películas en blanco y negro, iguales a las que vos llevabas en la enorme valija y que procurabas vender a hombres desinteresados por el arte pero sí por saber cuántos asistirían a la sala. ¿Habrás vendido muchas de esas cintas o todavía te quedarán guardadas? Paramaun, decías sin importarte que algunos te creyeran torpe. Sé que era tu manera de enviarles mensajes a los gringos, que no iban a comprarte por más que trabajaras para ellos.

Los de la Paramaun no sabían de nuestros días pasados juntos ni del baile desnudos bajo los ojos de la luna; desconocían tu poesía, mi sed de tu boca. No fue la Paramaun quien terminó con nosotros, vos y yo sabemos bien en qué nos equivocamos.

Ya no hay películas en blanco y negro ni poetas que escriban en los bares. Los enamorados de Evita temen decirlo. No espero tus cartas. Todo se está quemando en esta noche vieja. Fred nunca vino a bailar bajo mi ventana. ¿Vos viste llorar a Ginger? Yo sí.