A 4 manos

Hellena de Todas Partes

Gabriela por el laberinto para salvar a Hellena

(cómo escribí Hellena de Todas Partes)

Creo, hoy más firmemente que nunca, que las obras que escribimos quienes confiamos aún en este oficio macabro y dulce ya vivían dentro de una transparente célula adosada como Plecostomus a los muros interminables e incorregibles de un laberinto. Allí obran la infinitud del tiempo, la deslealtad de las horas y una impenetrable magia que hace verdaderas las historias.

Hellena comenzó a caminar las calles de Roma en las Navidades de 2016, cuando yo misma conocí la hermosa metrópolis de evocaciones imperiales, la verdadera ciudad donde la luz inunda los mármoles históricos y la conciencia del universo, que es la conciencia de la poesía. Como Hellena, yo venía de París, de ver a Agnès, e iba hacia ninguna parte buscando algo que nunca supe. La encontré caminando a orillas de Tíber, mientras los árboles rociaban de flores moradas las orillas acerosas. Juntas recorrimos los íntimos callejones empedrados de esculturas y pasado, visitamos El Vaticano, La Basílica de Saint Pietro y por supuestos las ruinas de aquella gloria remota y bárbara.

Hellena regresó conmigo a París. Pero en la alborada de 2017, yo volví a México y ella se embarcó en un pesquero a velas por los mares del África. Conoció el amor y la desgracia, y cruzó, como los viejos descubridores, el Cabo de Buena Esperanza, todavía llena de ilusiones.

Pasaron grandes sucesos en el tiempo de escribirla, en mi vida y en la de Hellena. Los míos quedan guardados en otro laberinto, el de la memoria, que a cada tanto se cruza en sus pabellones con el de la creación. En el de Hellena pasó el suceso mordaz y magnífico de conocer el continente negro, sus rutas pesqueras, sus arrecifes y colores. También sus miserias y guerras. Allí Hellena, embarazada y enamorada, descubre el milagro de Makar, un niño soldado con el que va a ligarla algo más profundo que la lástima, el desamparo.  

En ese tiempo yo aprendía a nivelar los túneles del desamparo propio, en casa de mis amigos Annia y Raúl, donde una vez más me daban cobijo y amor, y algo que resultó entrañable, un agujero negro en la cocina de Annia, en el que los derroteros de Hellena y su amigo Tassos iban a encontrar abrevaderos comunes.

Algunos versos memorables de Annia pasaron a ser parte de la historia, y una amiga común con el mismo nombre alumbró los días de Tassos mientras la incertidumbre de conocer a Hellena se aproximaba sin asideros.

La novela termina en Grecia, eso no es misterio, sino lo que allí ocurre. Era mediados del año 2019. Yo fantaseaba con ir a Atenas y conocer las calles donde mis personajes soñaban el encuentro. Tassos es de una de esas islas del Egeo donde se fueron a acurrucar las orfandades y tragedias de dioses y mitos.

Por esa época yo corría maratones y escribía un libro sobre mis impresiones espirituales en el cosmos de los deportes de aventuras. Fue en una de esas veladas de agujero negro que Annia me avisó, con las pupilas brillosas, que el Maratón de Atenas, el original, se corría el 10 de noviembre. En septiembre yo debía estar en España para la promoción de Los amores prohibidos de la muerte, que ese año publicó editorial Huso. Mi primera antología de cuentos había tardado diez años en salir. Todo encontraba respuesta en los caminos de Marathon a Atenas. Las estrellas de una constelación llamada Hellena se agrupaban sobre mi cabeza, elevando el sueño de lo ignoto a sus peligrosas cumbres.

Sorprendente fue que en pocas semanas Annia se había unido a la aventura. Nos encontraríamos al final de mi gira en el Barajas de Madrid para llegar como las diosas, por el cielo, a donde Hellena debía encontrar sus verdades, si es que las había. 

El 10 de noviembre, siguiendo la antiquísima ruta del soldado Filípides, Annia y yo corríamos el maratón original, The Authentic.

Al día siguiente, agobiadas de cansancio y gloria, tomamos un ferry para conocer las aguas milenarias del Egeo. Allí, en una verde campiña de pistaches en la isla de Aegina, a la sombra de la luna y los gatos, escribí el final de Hellena de Todas Partes.

El personaje era mío entonces, como Tassos y Makar. Como Constantino. Ahora, debo confesar, estoy triste. Han dejado de pertenecerme para explorar otros laberintos aún más indescifrables, los de sus lectores. Los dejo ir, pero siento que siempre serán un poco míos, aunque en Gabriela no tengan más oportunidad que ocupar su lugar en los frágiles esqueletos de la memoria.

Breve compilación de poemas José Carlos Cataño

Poeta, narrador, ensayista, abanderado de altas causas como “la cultura” o “la denuncia del antisemitismo”, involucrando hasta los huesos en sus derroteros…, el canario José Carlos Cataño nos entrega con esta, su primera “breve compilación de poemas” para los lectores de A4manos, la magia del alma cuando sabe poner la vida en versos, honrándonos así con las estrofas que no son, sino de un grande poeta…

 

MI COPA DE VINO (FRAGMENTO)

 

ALGUIEN,

Si alguna vez, tan intensamente

Fue, como el recuerdo gime,

Arde tan lejos que ya lo creo

Verdadero en la distancia.

 

Quise arder sobrevivo de su cuerpo

Que no fue. Mas mi empeño, de dañarlo,

¿No sería una extraña forma

De amor? ¿No sería acaso el deseo,

Arder distantes

En la memoria?

 

Deslízate en mis labios que no siento,

Pues me colma

Tu inexistencia.

 

***

 

LIGERO COMO EL CANTO que no acaba

Se ondula tu recuerdo en el verbero.

Regresa y es el mismo.

Despierto y no es un sueño,

A tu vuelta inocente encadenado.

La voz no sabe lo que canta.

Tallas mi vida y no lo advierto.

Hablo,

Y siempre ignoro de quién hablo.

 

***

 

NUBES EN LA NOCHE

 

NUBES vanas en la noche,

Así pasan las palabras

Por la aurora irreversible de las cosas.

 

Todo pensar se declina

En el grito oscuro de lo pleno.

 

Y yo entre las vorágines te buscaba

Como si así pudiera con tu rescate

Cumplir un luminoso pasado.

 

***

 

PADRE

 

Solo después de muerto

Y solo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

MÁS SOBRE JOSÉ CARLOS CATAÑO

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Carlos_Cata%C3%B1o

 

Portada El otro Damian

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

(Tomado del libro: El otro Damian, cortesía del autor)*

 

escucha llegar la madrugada

como se escucha esa llave del baño descompuesta

que no deja de llorar

La madrugada entra

lo mismo que la mirada por el ojo de la cerradura

Lo ve como una causa perdida,

una alimaña acorralada, a contrapelo del sueño,

a merced de sus garras

Lo sorprende adolorido

esperándola/soñando huir de ella

El llanto lo despierta sin percatarse

El barro del amanecer no lo deja respirar

 

Se imagina la estática del televisor

aún suspendida en el cuarto,

las voces de fondo

de una multitud en silencio,

el vestigio de unos perros que ladran,

apagándose

conforme se apaga también la oscuridad

Ahí

en esa trinchera, cansado,

bulímico de sueño,

ahora que tarde o temprano es de día

 

(El deseo es una gotera en la cabeza,

que no se repara y lo inunda todo

El remordimiento es un coyote,

una ciudad que no duerme

El amanecer, un timbre

que no puede retractarse de sonar)

 

***

Pensalo bien, así es la vida:

No importa cuánto apretés los ojos para dormirte

y te escondás bajo las sábanas,

las manos de la realidad

igual te jalarán los pies

al llegar la madrugada

 

* Rodrigo Zúñiga nació en Pococí (Limón, Costa Rica) en 1982. Es escritor, psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. Perteneció al Taller Literario Poiesis de 2009 al 2014. En el 2013, su poemario Souvenirs y noticias de amor obtuvo el primer lugar en el Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos poemarios: Deshojar el reloj (EUNED, 2013) y El otro Damián (EUNED, 2016).

Muelle solitario al atardecer

VIAJES

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

El capitán dio la orden. Levaron anclas sin dejar de mirar las cadenas chorreantes; largos trozos de algas lagrimeaban enredados en los eslabones. La tripulación tenía prohibido despedirse. El Golondrina ondeó majestuoso sus velas y, contoneándose, zarpó cuando empezaba la lluvia.

El viejo capitán agitó su pañuelo empapado y luego se alejó tierra adentro, arrastrando los pies cansados en los sucios tablones del muelle.

Circe

Los efluvios de Circe

Recordaba haberla conocido como se descubre una obra maestra: un Botticelli de cabellera oscura, pavonado de conchas y colmado de persistencias marinas. Como suele sucederles a los hombres, se enamoró viéndola reaccionar ante las cosas que él le contaba. Cuando la besó por primera vez, sintió que se adentraba en una ciénaga radiante que lo había estado esperando desde el inicio del tiempo. A partir de ese momento, se embelesó con el país inagotable de su cuerpo, y la amó como solo puede amarse un panorama que sentimos nuestro, abierto a la exploración, pero también proclive al reposo. Viendo su rostro, fue testigo del modo en que el amor transforma nuestros ojos, revelando la vulnerabilidad más profunda. Así, se asomó a un abismo que lleva a algunos a la dominación y, a veces, incluso al desprecio.

Poco a poco, insidiosamente, la realidad vino a mezclarse en las charlas y caricias cotidianas. Descubrió sus miedos, sus insatisfacciones, los desórdenes congénitos que perturbaban sus entrañas y descoloraban su buena disposición. Se asomó a la falta de sueño que la invadía por las noches y a las pesadillas que le hacían extrañar el insomnio durante el día. No pudo evitar darse cuenta de que, aun en lo más profundo de esos pantanales, su amor permanecía fijo.

Al cabo de un tiempo, fue ella quien dejó de amarlo, pero no lo abandonó. Seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire, colgando la ropa interior en el toallero del baño, poniendo a hervir el agua para el té vespertino. Por las tardes, se concentraba en los proyectos que su imaginación le imponía, y en el trabajo que ejecutaba con una pulcritud perfeccionada por el odio. Luego cerraba la puerta de su habitación para tratar de conciliar el sueño, mientras él se empeñaba en imaginarla del otro lado de la puerta. De vez en cuando, le daba el presente magnífico de quedarse dormida entre sus brazos, pues un cansancio misterioso solía invadirla cuando estaba con él.

Un día llegó y puso un pequeño frasco en la repisa junto a la cual se habían besado por primera vez. Volteó a verlo y sus ojos, que ya no mostraban ninguna vulnerabilidad, parecían querer transmitirle algo, pero él no entendió si era una advertencia o simplemente un mandato. Nada cambió, pero a partir de ese momento el frasco y su contenido llenaban la habitación con un palpitar recóndito.

Pronto, se encontró dando vueltas alrededor de la repisa. Tomaba el frasco entre sus manos y sopesaba el contenido, que parecía denso y aceitoso. Luego lo dejaba en su lugar, cuidando supersticiosamente que pareciera que nadie lo había tocado. Sobre los ruidos variopintos del acontecer cotidiano, el frasco se destacaba con un estrépito silencioso que desviaba su atención, normalmente enfocada en los despojos de un amor cuya esencia lo evadía cada vez más.

Ella, por su parte, se iba recogiendo en el interior de sí misma. La imaginaba transitando desnuda por los pasillos de aquello que algunos llamaban el ego, en un esfuerzo por simplificar lo inasible, lo irreparablemente complejo.

Una tarde, mientras ella descansaba del otro lado de la puerta, el gato del vecino se introdujo en la casa, subió a la repisa y estuvo a punto de hacer que el frasco cayera. Él alcanzó a impedirlo, cargó al felino, se quedó con el frasco entre los dedos y fue a sentarse al sillón. Mientras acariciaba la sedosa pelambre, el animal se quedó dormido entre sus brazos. Sintió su respiración acompasada y escuchó el áspero ronronear que sincopaba la herencia de toda una especie.

Entonces, tomó el frasco y de una vez por todas se dispuso a apurar su destino.

¿HABRÍAN PODIDO LOS CHINOS DESCUBRIR AMÉRICA?

El descubrimiento del mundo, contado desde una perspectiva muy diferente a la que conocemos.

Entre 1421 y 1423, los chinos habrían rodeado África, atravesado el Atlántico, descubierto América, cruzado el estrecho de Magallanes y circunnavegado por vez primera el orbe. Eso plantea el libro 1421, el año en que China descubrió el mundo.

La obra del chino Gavin Menzies se basa en pruebas (cuestionables o no), obtenidas en 15 años de navegar el globo para demostrar que, mucho antes de que los conquistadores europeos llegaran al Nuevo Mundo, los chinos ya lo habrían hecho.

Según este antiguo oficial de la Royal Navy británica, Cristóbal Colón conocía el Atlántico y sabía cómo llegar a las Islas de las Especies antes de iniciar sus viajes. El almirante, ansioso de gloria, convencería a los Reyes Católicos de que la vía rápida era hacia el Oeste. Estos ignoraban la existencia de mapas de 1428, en manos de los portugueses, que el genovés sí conocía. Por su parte, los portugueses estaban a punto de abrir la ruta oficial hacia la India, doblando el cabo de Buena Esperanza.

Así, los hermanos (Cristóbal y Bartolomé) Colón habrían robado propiedad intelectual del gobierno portugués: el mapa de 1428 elaborado por los chinos, quienes ya habrían circunnavegado el planeta.

“Todos los exploradores europeos (Bartolomé Díaz, James Cook, Vasco de Gama, Pedro Álvarez Cabral,Fernando de Magallanes, Cristóbal Colón) –plantea el autor chino– tenían mapas que les mostraron sus caminos”; se los debían a los primeros exploradores chinos de la dinastía Ming. Contenían información de los cartógrafos de esas pioneras flotas y sus épicos viajes.

Para el autor exmarino, todo parece ser obra de los chinos. Encontró objetos y artesanías chinas de ese periodo durante su travesía, así como plantas, animales y especies endémicas de China.

Cierto es que esa civilización poseía una rica y antigua tradición marítima, siglos de exploración oceánica y navegación mediante la astronomía, y sus juncos eran más resistentes que cualquier embarcación europea.

Alrededor del año 1400, el emperador Yongle de la dinastía Ming había mandado construir la flota armada comercial más grande jamás vista: más de 300 barcos, algunos de más de 100 metros de eslora y 50 manga (ancho): “la Flota del Tesoro”.

En estos barcos, Zheng He realizaría, a partir de 1405, cinco campañas navales. Conocía el mar de Arabia, el golfo Pérsico, el Mar Rojo y el océano Índico hasta Mogadiscio (Somalia). La armada china buscaba la forma de ubicarse en alta mar, más allá de los límites conocidos, para establecer un sistema de latitud austral, cuando habría recibido la orden de llegar al “fin de la Tierra”.

La teoría no es exclusiva del autor de 1421, el año en que… Historias, pruebas y suposiciones anteriores hablaban ya de la posible presencia china en África, por ejemplo, pero sin los documentos necesarios que la validen. En somalí, “jirafa” se dice geri, más o menos como se dice en chino; ¿podría ser acaso una evidencia?

¿Nos quedamos con la probabilidad de que los enviados del emperador chino habrían realizado tal periplo alrededor de la Tierra, recorrido los 5 continentes y, en 1423, 7 de los 107 juncos (con los sobrevivientes) habrían regresado a China? ¿Por qué no?

 

Publicado originalmente en:

http://www.comofunciona.com.mx/historia/8112-habrian-podido-los-chinos-descubrir-america/

El conejo y el león, Augusto Monterroso

LLevo años tratando de escribir un cuento como aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el donosaurio todavía estaba allí”. No lo he logrado, porque no cualquiera puede escribir cuentos como los de este escritor hondureño-guatemalteco. Hoy me llegó como recomendación de Ciudad Seva otro de sus cuentos, y me pareció genial para empezar un miércoles. Se los comparto, pues. 

El conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

Ver original en:

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/el_conejo_y_el_leon.htm

EL ASESINATO DE TROTSKY

Uno de los asesinatos más célebres del siglo 20, el de León Trotsky, fascina aún a historiadores y aficionados. ¿Qué lleva a un hombre a matar a otro?

Es agosto 20 de l940. León Trotsky, quizás el personaje vivo más respetado del comunismo internacional, lee confiado en su casa de Coyoacán. A sus espaldas,  Ramón Mercader, catalán entrenado por el Kremlin, calcula nervioso. Trotsky voltea y, antes de ver el arma que le quitará la vida, un piolet se encaja en su cabeza. El grito de dolor quedará en el recuerdo del asesino hasta la hora de su propia muerte, y en las páginas de la historia del siglo 20.

El relato pormenorizado del asesinato de Trotsky ha sido llevado a la literatura una y otra vez; en la última década, en dos importantes novelas: El grito de Trotsky: Ramón Mercader, el asesino de un mito, de José Ramón Garmabella, y El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. En su conjunto, acarrean una pregunta: ¿qué lleva a un hombre a asesinar a otro? ¿Son tan fuertes o ciegas las convicciones ideológicas como para conducir al homicidio?

Mercader fue entrenado durante los mejores años de su juventud para un objetivo que transformó su existencia en pesadilla. Al salir de la prisión en México, 20 años después, estaba trastornado y lo ahogaba el silencio. Enfermo y lejos de su tierra, era acosado por el recuerdo de un grito.

Para Garmabella, Mercader fue producto fiel de una época. “Todo era fidelidad ciega, absoluta, a la URSS”. Español de nacimiento, Mercader sabía que los soviéticos fueron el sostén de armas de la República Española. Por otra parte, en algunos círculos se veía a Trotsky como aliado del fascismo, o eso creyó Mercader.

¿Se supuso destinado para una obra noble? Sólo así un hombre es capaz de poner la vida a disposición de una causa. Mercader fue entrenado especialmente por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD). Los servicios de seguridad soviéticos han sido reconocidos mundialmente por su eficacia. Este caso no fue la excepción.

Padura recrea lo que presume sucedía en la conciencia y sentimientos del español mientras era adiestrado. Llega el instante, incluso, en que se confunde con sus entrenados alter egos, que no sabe con exactitud quién es, cuál es su misión y por qué. Aún con el despliegue de imaginación del autor de El hombre que amaba a los perros, no es difícil pensar, con el conocimiento de lo que significaron el comunismo soviético y el estalinismo, que una mente ejercitada para matar en nombre de una convicción debió ser una mente perturbada. Mercader fue sólo un medio para un fin, un instrumento del poderosísimo aparato estalinista.

¿Qué hace a este crimen más aterrador que los miles o millones de asesinatos bajo el régimen de Stalin? ¿El piolet, herramienta para escalar montañas, considerada anticuada como arma blanca; las dudas de Mercader, presumidas por sus biógrafos, ante la misión de quitarle la vida al mayor enemigo del implacable dictador; la desaparición física de Trotsky?

¿Habría sobrevivido Mercader de haberse negado a ejecutar la orden? Nos queda el enigma de lo que callaron los protagonistas. Mercader cargó solo con el peso de esa muerte y el alarido final, repetido luego en tantas páginas. Pagó un precio muy alto: soledad y juicio de un siglo mordaz. ¿Lo comprendió antes de morir? No es imposible que haya intentado todo lo contrario.

Originalmente publicado en

http://www.comofunciona.com.mx/historia/7071-el-asesinato-de-trotsky/

Ver también:

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2014/01/el-hombre-que-amaba-a-los-perros-leonardo-padura/

 

 

POR QUÉ HOY

¿Por qué hoy, esta noche, allá arriba o allá abajo, con ilustres parpadeos, las estrellas lanzan tantas señales siderales, y por qué ese viento universal, ingrávido y frío, particular, lo empuja a interrogar tanto a su propio corazón y le revuelve con tanto temblor las tripas del estómago?

¿No le alcanzan sus tres mil libros a entera disposición, de cualquier género, drama, comedia, poesía, ciencia-ficción, eróticos, fantásticos, policíacos, cuentos, novelas, ensayos además, para llenar noches de pesadillas y aflicciones, así como también la gruesa, documentada y selectiva biblioteca médica?

¿Y la hermosa Cloe, ojos de terciopelo y aterciopelado mirar, boca de fresa, manos de acariciar, con lengua de anguila o águila y salivas y dientecillos de animal doméstico, no logra ya traer calma a su pecho, aun cuando el amor sigue, continúa sin dudas y sin treguas, animando la sangre?

¿Su amada Cloe, como antaño, como siempre, como ayer, no puede con besos-mordidas o beso-succión o besote-picotazo, de esos apresurados y lentos en que es artífice, extraerle el veneno amarillo de su desazón y aliviar provisionalmente las borrascas de cabeza, arrancarlas de ahí, de un tirón, concediéndole algún sosiego más para hallar las causas invisibles que golpean el ánimo y la totalidad del ser?

¿!Eh, qué, carajo, por qué!? ¿Por qué aquel martes en que, según los papeles y almadraques, la suerte estaba sentada de su parte y el biorritmo iba en ascenso, debía invadirlo una racha de añoranzas y nostalgias tan arrasadora y las morriñas se aferraban como serpientes al cuello y las paredes caían derrumbadas en su regazo, y la melancolía metía profundo pico, seguido y constante, hasta sacarle afuera antiquísimos recuerdos y olvidos, olvidos y recuerdos venideros?

¿Mentía, una vez más, con toda fuerza, el maldito horóscopo, o las aspas de su reciente agonía eran capaces de retar y vencer a los astros en movimiento desde hacía tanto tiempo? ¿Sería fraude, eh, otro fraude del mundo, del papel oficinesco sacado de computadoras, a partir de una fecha de nacimiento, que dice que en octubre 20 tus energías físicas, emocionales y mentales, van a subir a tope, descuartizando mediocridades y desvelos, o sucedía que el mal improvisado olas podía derrotar ese destino personal que se asienta en vasos linfáticos y jarras sanguíneas desde hace 300 mil generaciones?

 

¿Además de las fuerzas desconocidas y conocidas que rigen el universo, hay otras aún más anónimas, misteriosas, enigmáticas, irreverentes, provocadoras y tiránicas, que tiran al suelo cálculos y prevenciones racionales y hasta ciertas intuiciones y creencias generalizadas?

¿Aquel dolor pegado a la raíz de los cabellos era un mal físico, o la neuralgia atroz provenía de fuentes ocultas, de meandros remotos, de escondrijos del alma?

¿Qué, qué, qué coño? ¿La luna aquella, redonda como analgésico, primeriza y colmada, atiborrada de luz, reinando en el descampado, semejante astro cenital en imperceptible rotación, viajera preeminente del firmamento sujeto a expansiones, sería acaso parte del embrujo que engarrotaba pies y sembraba garfios y alfileres en sus sienes?

¿Semejante luna embrujada, sevillana y gitana, era hueco o el abismo que le ordenaba saltar al barranco?

¿Por qué el rostro perdía color y en la lengua se instalaba de súbito un nefasto sabor a fruta podrida, y en sus fosas nasales el aire se negaba a entrar fluido y daba tropezones con pólipos y corales muertos?

¿Ese frío que le secaba la garganta, qué era: amígdalas sumándose al complot, garras de bestias invisibles llegando no se sabe de qué submundo ignominioso?

¿Luchar cómo contra tantos extravíos y dolores, resistir cómo a la daga que insensible la madrugada hundía en su rechoncho cuello, entre clavículas, como si alguien en algún paraje decidiera escarmentar sus pecados o falta de pecados, pensamientos lascivos y la inamovilidad espiritual y laboral que lo tironeaba?

¿Y luego respirar con esa estaca ahí, tan parecida al asma metálica que no logra aplacar ninguna píldora o spray?

Pero ¿castigarlo a él, al él, a un hombre, hombrecito, al que previamente la vida impidió el acceso a grandes pecados, privó desde el inicio de imprescindibles alcances y carismas, los mínimos, para sortear vados, ajenos, gruesos o ingruesos, a veces tan intangibles y remotos, donde mucho aguarda para ser disfrutado por elegidos: inmensos placeres, orgiásticos disfrutes, inefables pecados de la carne o del poder?

¿A él, a él, circunscrito a poco terruño, lector infatigable, contemplador de estrellas, compasivo criador de aves y reptiles, gatos y batracios, hijo noble, amante sensiblero y conmovedor, criatura andariega de montañas y ríos siempre no muy lejanos ni caudalosos?

¿A él, por qué a él, porqué siempre a él y a las mismas horas y en el mismo lecho?

 

¿A él, Athos Núñez, hijo de Athos el herrero, nieto del Athos diestro espadachín y mosquetero audaz, bisnieto del Athos que se resignó a la hoguera para no dejar que ardieran sus verdades, tataranieto de Athos El Viejo, hombre también reducido al mínimo esplendor, a la economía de fuerzas y hermosuras, gentes todas ellas que se fatigaron en tareas de pasar inadvertidos por los senderos, aun cuando no lo lograran, misión que él, él, había heredado sin más ni más y cumplía con el menor sufrimiento posible y tratando de extraer a sus experiencias la mayor humildad y resignación, así como la máxima satisfacción?

Si ahora, ahorita, solo hace l5 minutos, Cloe le había proporcionado goces de amor, sexo de piernas escarranchadas y sexo oral humedecido con lengua hasta dejarlo repleto de goces y vacío de deseos, y hace apenas un minuto se embebía todavía en una impecable selección de versos, escritos en los siglos XVIII, XIX y XX, y él mismo, en persona y de su puño y letra, había escrito octosílabos rimados, como resultado de numerosas vivencias agolpadas y mezcladas, ¿por qué ahora se desgarraba y lloraba sin lágrimas, y sin sombra, y parecía hundirse en el insondable pantano, tragando pestilencia inenarrables?

¿Su cruz era padecer luego de libar mieles y padecer cien veces entre una libación y otra? ¿Por qué le molestaba tanto este sombrero de liviana pajilla y el ligero chaleco de poplín, por qué parece oprimir sus costillas, si antes lo escogió con refinamiento por la suave comodidad y el contacto cariñoso?

¿Lo atormenta el hecho de que, ¿es eso, Jesús? De que desde hace 3 generaciones, los enanos dominan infranqueables su familia. ¿También un retoñito tiernísimo de él y la espigada Cloe, su amada Blanca Nieves y su entrañable Bella Durmiente, continuaría nutriendo el mundo de enanos y perpetuando la maldición que se mide en centímetros y que cuanto más pequeña, resulta mayor la maldición y más grande y lacerante?

¿Debe arriesgarse a tener descendencia, y si no debe arriesgar, por qué cada día se acuesta erecto sobre Cloe y la penetra con avidez insana, cavando y cavando hondo, haciendo pozo hacia el centro de la carne, como buscando rostros al amor y una salida al ciego topo de su erotismo?

¿Cuándo llegarán respuestas para sofocar estas incertidumbres que me atenazan a diario? Oh. ¿Por qué la soledad, ataviada de cuerdas y…?

Athos sollozaba. Y no sollozaba. Luna exige gárgaras y asfixias y atención cenital. Los astros allá afuera, desprendiendo chispas, reclamaban una sustancia inmaterial y un debe y haber indefinidos, rutilantes y obscureceres y deslumbrantes y cegadoras a un tiempo.

Sí. Otras mil preguntas sobrevendrían.

Pero antes, para no dar oportunidad a garfios y alfileres , se deshace de sombrero y chaleco, además del resto de la ropa, incluyendo anillo romancero, con falsas esmeraldas, que lo ataba a Cloe. Y saltó y corrió en estampida, conejo perseguido por lobos fantasmales. Como alimaña virginal que a su vez persigue águilas enormes y puntiagudas.

Se perdió en la arboleda. Va hacia el bosque a través de frondosos almácigos y escuálidos eucaliptos, que en la noche brillan barnizados por las incandescencias de allá arriba.

 

ELOCUENCIA DE LA MUERTE

En los escenarios de comienzos del siglo XXI, la muerte encuentra

contextos originales. Y exhibe además algunos saldos inéditos.

Son mensajes trascendentes anotados en las paredes del tiempo.

Por ejemplo: La Muerte de Nelson Mandela nos obliga espiritual,

ideológica y éticamente a algunas reflexiones.

Es una muerte sin precedentes. Un fallecimiento ya esperado, en un

reparto igual para todos los seres vivos, pero que igual conmocionó la

opinión pública mundial. Eso sin dudas y como nunca antes visto.

Desaparecía el primer ser humano de este siglo de comienzos de III

Milenio que permitía coincidir en sus funerales a las diversas latitudes

extremas del planeta y todas las pieles humanas. Cualquier ser humano

de cualquier preferencia sexual o género, obrero, profesional,

campesino, artístico, intelectual, científico o político que acompañó al

difunto, lo hizo con sincero pesar. Cualquier credo religioso, sin tapujos,

pudo acompañar aquellos restos mortales hasta su última habitación.

¿Es un caso de imparcialidad o neutralidad, la ejecutoria de Mandela,

que por no tocar a nadie, permitió a todos derramar en público sin

molestia o hipocresía sus lágrimas o palabras de dolor?

¿Fue apolítica su mesura y respeto, su actitud risueña o su talante

ideológico desprejuiciado y abierto?

Mandela fue líder de una lucha estigmatizada, aguerrida, sangrienta,

dolorosa y muy prolongada, a veces hasta silenciosa. Y el líder soportó

sin quejas aparentes, contra infames intolerancias y discriminaciones

raciales, políticas, culturales y sociales. Y hasta humanas.

Su prisión fue monumento permanente de la resistencia, donde odio o

rencor no eclipsó el sentimiento liberador de amar a todos.

Sus razonamientos fueron mezcla de sabiduría y comprensión, así como

de estremecimientos ideológicos, pocas veces vistos antes en la Historia

de la Humanidad.

Entonces, me pregunto y pregunto a cualquiera persona en cualquier

recodo remoto o no del planeta Tierra:

-¿Es posible pasar por alto la idea de que, con este acontecimiento

funeral, fin de la vida de un hombre grande, sería ya suficiente para que

discriminación o segregación de cualquier apariencia entre seres

humanos reciba su última estocada mortal?

-¿A partir del suceso, definitivamente, cualquier prejuicio de esa pinta

maligna no resultará ya un acto irresponsable, irracional y

tremendamente inhumano, que denigrará mil veces al victimario?

 

POEMAS DE LA SANGRE COTIDIANA

HABANA. ENERO DE 2014.