A 4 manos

Sagradas escrituras

«El mundo es un libro, y quienes

no viajan leen solo una página»


Agustín de Hipona

Tengo un mapa del mundo colgado sobre el respaldo de mi cama. Sus placas tectónicas son de corcho, y los movimientos telúricos, frenesí.

Los países visitados tienen un alfiler de cabeza perlada clavado dentro de sus territorios. No es acupuntura porque, al igual que los matasanos, carezco del don de curar. Tampoco practico el rito de una magia negra vudú: este lugar ya está maldito.

Sólo sigo su consejo. Recorro las ajadas páginas absorto en la lectura, construyendo el epitafio de mi capítulo final.

El Héroe

El héroe

Siempre es extraño regresar. Me desespera ver todas las cruces idénticas, perfectamente formadas, más que blancas y viendo hacia el risco.

El risco solo revive en mi cabeza imágenes de hombres en llamas, ya sin piel, dejando un rastro de sangre, retazos de piel chamuscada hasta el borde, donde saltan buscando una muerte pronta, idénticos a los modelos de la maestra de anatomía cuando estudiábamos la musculatura del ser humano; hubiera sido divertido prenderle fuego al muñeco de la maestra, y a la maestra. La maldita nos golpeaba las manos con una regla de madera si no conocíamos la respuesta: ¿Dónde está el trapecio? ¿El macetero? ¿Los laterales cruzados? Intentaba recordarlo cuando entre mis brazos caía un compañero con las tripas afuera, le cerraba los trapecios con los laterales cruzados, y sentía como si la maestra me golpeara las manos, chas, chas, y yo solo amarraba los trapos colgantes cuyo nombre no recordaba, chas, chas, y no sabía dónde carajos estaba el orbital y yo amarraba, como agujetas, y como cuando era niño, terminaban por desatarse. Todos morían… Murieron.

     Cada año nos reunimos como si fuéramos mejores amigos. Se les olvida que ninguno me quiso desde el principio, ni me llegó a querer. No los culpo, con cientos de miradas agonizantes y salpicados más veces por la sangre que por el agua, quién puede querer algo. El sabor amargo siempre está en la lengua, todo sabe a mierda. Olvidan y cada año se saludan, con lágrimas en los ojos, sonríen: ¿Cómo has estado? Te ves muy bien, has perdido peso. Y se olvidan de que todos usamos pañales, sufrimos agruras, e incluso que el mismo olvido, a veces, es involuntario.

Cada año nos reunimos como si fuéramos mejores amigos, olvidan que ninguno me quiso. Me llaman héroe y me abrazan prolongadamente, me empujan de mi silla y me obligan a decir lo que he dicho en los últimos años y por los que quedamos: los que sobrevivimos no somos héroes; cada cruz blanca que encara el risco, cada número y cada nombre que está inscrito en las placas de acero, los que han muerto, son los únicos héroes, nosotros solo somos sangre vieja en un cuerpo que se pudre en vida. Entre toses y flemas amarillentas me aplauden y vitorean mientras los buitres vuelan en círculos por encima de sus cabezas, probablemente descendientes de los animales que se alimentaron con los retazos de los ahora enterrados.

     Todos son abuelos tiernos, asesinos, padres cariñosos, torturadores expertos, fieles esposos, violadores saciados, aseados, hombres honestos, ladrones, héroes condecorados. La nación esta en deuda con ellos. Con nosotros. Caminamos entre las desesperantes cruces. Es inevitable que un rostro aparezca en nuestra mente después de leer el nombre en alguna placa, y nos acordamos, y lloramos, no por el caído en combate, sino por los que huimos, por lo cobardes que fuimos todos, por lo que hicimos, por lo que permitimos.

     Siempre es extraño regresar. Ver diferentes caras con los mismos nombres, el paso del tiempo, el castigo divino. Todos viejos, perfectamente bien formaditos, con la cabeza

 más que blanca y viendo todos hacia el risco. La escena solo revive en mi mente la imagen de todos corriendo en dirección opuesta al borde.

Me llaman con las manos, patéticas, blancuzcas, llenas de arrugas, transparentes, melancólicas, un cuadro tierno, digno de la publicidad de cualquier hospital geriátrico. Héroe, héroe, gritan ahora, mientras algunos se acomodan el pañal.

¿Qué es un héroe? ¿Podría mencionar un héroe? La maestra de historia pregunta y el sudor frío recorre mi espalda, ahora también siento frío en la espalda, por el cañón de la escopeta. Héroe, héroe. ¿Qué es un héroe? ¿Podría mencionar un héroe?  El macetero es el músculo más fuerte y se encarga del movimiento de la mandíbula, lo sé porque rompí unos cuantos; el trapecio queda en algún lugar entre la cabeza de mi compañero y el cuerpo que está dos metros más adelante, se unen por esa cinta blanca, parecida a un percebe, entre su nuca y lo que sobresale de lo que queda del cuello. Sabía que de nada servía la anatomía.

 Héroe, héroe, ahora gritan y agitan la mano. El que más grita tiene cinco hijos y doce nietos. Más a la derecha está uno que tiene una hija con retraso mental. El otro nunca tuvo hijos pero lleva cincuenta y cinco años de casado. El que parece idiota tiene Alzheimer. Todos son veteranos, todos quieren ser héroes; los que han muerto son los únicos héroes, nosotros solo somos carne vieja. Todos quieren ser héroes, chas, chas, no sé donde está el lateral cruzado. ¿Qué es un héroe? Ya no siento frío en la espalda, ahora me arden las manos, chas-chas, chas-chas, ahora todos son héroes.

Biografía

Diego Morones es empresario de oficio, escritor y poeta de closet, tallerista de novela, chef en Gracias-comedor, incansable e insaciable descubridor de emociones. Esta es su primera publicación en A4manos.

Loba que aúlla

La loba

Después de alguna decepción que estaba muy lejos de ser la primera en su vida, y tampoco sería la última, Juliana decidió seguir el consejo y las enseñanzas de Tata Nieves. Tata Nieves era su abuela materna, quién murió el mismo día y a la misma hora de su nacimiento. Sin embargo Juliana no podía decir que no la hubiera conocido. Tata Nieves la visitaba en sueños con frecuencia desde que tenía memoria. A lo largo de los años le había contado bastante de su vida, con sufrimientos y sorpresas incluidos. Le había explicado que de todos los lugares del universo, conocidos y desconocidos por el hombre, era justo el hombre el mayor peligro. También le había hablado de su relación cercana con los dioses negros, de su bondad intrínseca y su severo sentido de justicia. Le había enseñado, poco a poco y sin asustarla, a comunicarse con ellos, a invocar sus favores y a pedir protección en casos de necesidad extrema. Pero, probablemente, la enseñanza más repetida por Tata era aquella de: “mantén cerca solo a los que amas y te aman”.

Así que esa mañana Juliana se levantó con el espíritu claro y puso su cuerpo a tono bañándolo profusamente con agua lluvia recién recogida y un jabón hecho con hierbas y raíces, que reservaba para los días realmente importantes. Dejó que el agua se evaporara de su cuerpo con paciencia, sin ensuciar el proceso con toallas ni ninguna otra cosa. Luego metió cabeza y hombros en un vestido blanco y con los pies descalzos y las partes más íntimas libres caminó despacio hasta la cocina, el centro mismo de su casa, desde donde además podía verse la ceiba del patio. Habló en silencio con los dioses, pidiendo consejo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al paso de dos horas, o dos siglos (el tiempo de los dioses es así de irreverente), se puso de pie con el alma limpia y repleta de una paz que solo viene cuando finalmente decides hacer lo que sabes que siempre fue tu destino.

Tomó los ingredientes necesarios, incluyendo la colección de piedras rojas que le dejó Tata Nieves como herencia. Salió de casa con la determinación de los justos, realizó todos los conjuros necesarios y con las piedras hizo un círculo alrededor de la casa. Todo el tiempo que duró la acción murmuraba entre dientes palabras de sentido misterioso y la frase: “que solo entren los que amo más que a mí misma”. No se sabe si fue a propósito o sin darse cuenta que consideró únicamente medio consejo de la abuela. Esa noche durmió como hacía mucho. Tata Nieves la visitó, pero la miró fijo con ojos inquisitivos y no dijo nada.

A la mañana siguiente estaba lista para ver cómo cambiaba su vida, cómo el número de personas que la visitaban disminuían. Para su sorpresa siguieron viniendo los mismos de siempre, atravesaban el círculo de piedras sin inmutarse, sin preguntarse siquiera el porqué de esa novedad. Esperó una semana completa, dos, tres, cuatro… Al cabo de dos meses se convenció de que seguramente algo había estado mal con sus conjuros. Repitió todo el proceso, dejando las mismas piedras en su sitio, pero cambió un poco la parte inteligible del murmullo, ahora decía: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman”. Esa noche, Tata Nieves medio sonreía, pero seguía sin decir nada.

En los días siguientes el flujo de amigos quedó reducido aproximadamente a la mitad. Juliana se sentía bien, el conjuro parecía funcionar y el panorama era menos solitario de lo que había previsto. Conforme con el resultado, se sentía complacida con las dimensiones de su círculo cercano, de su manada. Pero la mente humana no da tregua. Sopesando con cuidado sus palabras durante las nuevas noches de desvelo, se dio cuenta de que su reclamo no había sido equilibrado. Decidió entonces jugarse el todo por el todo. Repitió la ceremonia, las palabras cambiadas por otras aún más contundentes: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman incondicionalmente”. Tata Nieves se veía medio borrosa esa noche, pero Juliana podía jurar que lloraba, un llanto callado y lastimero. Decía algo, estaba segura, pero no entendía las palabras. Al despertar estaba convencida de que Tata le advertía, dividida entre el espanto y la ternura: “los lobos también tienen que comer”. Saltó de la cama algo asustada, se persignó varias veces seguidas y cerró los ojos un instante para intentar ver otra vez el rostro arrugado de la Tata. No tuvo éxito.

Esta vez los días pasaron lentamente. Dichoso, el perro tuerto que tuvo desde siempre, ya viejo y algo cojo, era el único que entraba y salía del círculo virtuoso, donde las piedras estaban cambiando sospechosamente de color. Ante cualquier ruido alentador, Juliana se asomaba a la ventana, esperando el milagro de algún rostro conocido. Nadie venía. Perdió el apetito, la sonrisa y muchos kilos. Lo bueno fue que también perdió el insomnio. Cada noche dormía un poco más que la anterior y también un poco más profundo. A lo mejor era que necesitaba volver a encontrar a Tata Nieves. Pero la testaruda no venía, desde la noche de su llanto no había vuelto a aparecer. Los días de Juliana se hicieron cortos, muy cortos, estaba en pie ya solo unos momentos, los necesarios para darle de comer a Dichoso y mirar de reojo a la ventana. La ceiba había perdido muchas hojas y las piedras estaban completamente grises.

Juliana era de voluntad fuerte, así que continuaba empeñada en encontrar a Tata en algún rincón de sus sueños. No se daba cuenta de que las larguísimas horas de búsqueda y ayuno la habían debilitado más allá de lo que un cuerpo humano puede tolerar. Un buen día ya no se levantó, el sueño se hacía más y más profundo. Finalmente vio a lo lejos a una Tata que, apoyada en un bastón, se dolía en su caminar y sonreía, las lágrimas corriendo por su rostro desolado. La Tata se acercaba, Juliana no podía creer su buena suerte. La vista tan débil como el resto de su cuerpo le debía estar jugando una mala pasada. La veía atravesar una y otra vez el círculo de piedras rojas, intentaba leer sus labios para saber lo que decía. Finalmente lo entendió: “el lobo solo al final muere de hambre”.

Pasados muchos meses encontraron a Juliana y a Dichoso. Una sobre la cama con apariencia de momia y un gesto indefinido entre sonrisa y mueca. El otro a los pies de la cama, con una piedra roja en la boca y la cuenca del único ojo bueno apuntando hacia su dueña.

ontse Ordoñez presenta Luz en la piel de Gabriela Guerra

Una poeta que me habla: Montse Ordóñez sobre mi “Luz en la piel”

En el mes de septiembre tuve el gozo de presentar en Barcelona mi más reciente novela: Luz en la piel. Cinco voces de mujer. Allá, en la librería Documenta, una poeta extraordinaria, Montse Ordóñez, me recibió para hablar de mi novela y de esto que es el derecho a ser mujer y a ser mujer en el siglo XXI. A continuación les comparto las palabras que Montse escribió y dijo, una apertura con la que me quedo siempre adentro: “Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que…”.

Presentación Montse Ordóñez: Luz en la piel, de Gabriela Guerra Rey

Gabriela Guerra visita de nuevo Barcelona y en esta ocasión nos trae una novela en la que la emoción palpita en los márgenes a través de las historias de cinco mujeres que a día de hoy aún andan buscando su lugar e identidad en el mundo. Esta es una novela escrita por una mujer dirigida a ambos sexos, a la mujer porque sirve en ocasiones de espejo y al hombre porque ofrece una visión que él mismo, en muchas ocasiones, desconoce, el sentir emocional de la mujer. Aquí no hay vencedores ni vencidos, hay solo víctimas de unas sociedades que arrastran el atraso de los siglos. La condición humana tal parece condenada a no entenderse entre ambos sexos. El papel de la mujer tan traído y tan llevado en estos tiempos, es el que es, y dar a conocer la miseria de la entraña femenina es también una manera de alzar la voz, de gritar un basta. De renacer y volver a crear un camino. Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que solo ponen el foco en el grito del que clama y dice basta.

 

Montse Ordóñez, Barcelona 1974. Gestora cultural. Creadora del proyecto cultural Cuban Rapshody, donde se aglutinan varias disciplinas artísticas y literarias de la cultura cubana. En 2013 colabora junto al fotógrafo David Pujadó en la edición de la exposición “Fotografiant Gil de Biedma” que se realiza en la Biblioteca de Terrasa, Barcelona, que posteriormente se expone en el Instituto Cervantes de Belgrado. Colabora en la edición y prólogo del libro de Ariel B. Acosta, La balada de los suicidas, publicado en USA por Eriginal Books. En 2014, colabora en la edición y prólogo del libro del poeta cubano Delfín Prats, El esplendor de las palabras, publicado en España por Ediciones Cumbres. En 2015, presenta dos lineas editoriales en el CCE de Miami, USA. En 2016, imparte un taller de poesía y narrativa en Barcelona e impulsa el proyecto de la Libroterapia.

 

Un cuento que me contaron en la escuela-Luciano Walter. Foto tomada de internet.

Un cuento que me enseñaron en la escuela

Él hizo, a instancias de su padre, de su tumba un cenotafio,

ascendiendo y confirmando, para asombro de todos, su presagio.

 

Si lo oyes, desconfiado, atacado de escepticismo y te suena a ficción;

no lo dudes, compañero; él, aquel barbudo, te fundó una religión.

 

Me pregunto atribulado y perplejo, a riesgo de que me traten de pendejo

¿No podría este loco lindo, se me ocurre, haberse salvado el pellejo?

 

No se ofusquen, no me agredan, ni me acusen de ingrato

pero creer en estos cuentos; che, amigo, se me hace de novato.

 

Más aún si en la teoría, el pobre de José nunca la tocó a María.

Si esto a tu madre le hubiera pasado, dime, ¿quién carajo le creería?

 

Los más raro es verlo a Pancho, vistiendo de blanco,  siempre tan ufano.

Mil abusos condenando, muy orondo, en su pequeño trono del Vaticano.

 

Como si sus largas y aburridas peroratas enfermas de ceguera,

fueran a rescatar a todas aquellas brujitas que quemaron en la hoguera.

 

Mientras tanto, en su parroquia, el cura cumple con el ancestral rito:

“¡Che, purrete! Basta de lágrimas, hacedme caso ¡y tocadme el pajarito!”.

 

 

Oda a las mujeres que no

(Tomado del poemario Venus en Acuario, Kintsugi Editora, 2016).

 

Eso que te quiera decir como bailar,
de lo que te rías;
que si te ponés la pollera
corta, el jean
ajustado
o la remera muy
apretadita.

Ley 26.485, Marie Gouric

 

 

Linda,

sin saber

elegiste un guardián

que guarde la llave de

esa cueva que

no te atrevés

a morar.

 

Venerás a ese varón.

 

Entonces: la pertenencia.

 

Como si solo a través de

un varón puente

lograras alcanzar

el ansiado placer

sexual.

 

Ya sé que mamá dijo que

la mano de ahí

saqués.

¡Y si hoy

te tocás

de una vez!

Animate a frotar

ese borde que,

a pesar de

propio

solo ofrecés a alguien más.

 

Enarbolemos la paja

femenina.

 

Hacéte cargo de

tu fisiología.

Que el chico venga

solo si

te fascina.

Nada de

necesitar que

te cojan, che.

 

Quiero,

como Evita con el voto

y con el Papanicolaou, Tita

perdurar en la memoria

como la que

alentó la

masturbación masiva de mujeres,

el amor libre,

el sexo porque sí,

porque se me antoja.

 

Hoy

con vos,

 

hoy

con vos,

 

hoy

con vos.

 

Y así.

 

Claudia Sobico, Pcia de Buenos Aires, Argentina, 1973. Actualmente escribe para FRACTURA, suplemento literario de la Agencia Paco Urondo; integra INSURRECTA, concierto poético en vivo a cuatro voces, y es miembro de la colectiva feminista de escritoras, nP (Nosotras Proponemos – Literatura). Es autora también de La Grafa, (Alto Pogo, 2015) (nouvelle).

 

MARCELO RUBIO PRESENTA LO QUE TRAE LA NIEBLA

“Lo que trae la niebla” o el campeón que no quiere la corona

Marcelo Rubio, argentino, conductor del programa radial Kriminal Mambo, AM350, autor de varios libros de cuentos, presentó su primera novela el pasado mes de junio, publicada por Indómita Luz. La historia está atravesada por la política, el humor delirante y una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. Fractura, suplemento literario de APU, estuvo presente en el lanzamiento. Esta crónica se publicó originalmente en www.agenciapacourondo.com.ar, escrita por Claudia Sobico, y hoy ambos, la agencia y Claudia, lo comparten con A4manos. Y A4manos lo comparte con sus lectores porque es un relato que hay que leer, sobre una novela que hay que leer: LO QUE TRAE LA NIEBLA.

 

 

Lo que trae la niebla

Lo que trae la niebla

 

La cita fue el 16 de junio a las 21 en El Emergente Bar Cultural, ubicado en Gallo 333. Llego diez minutos tarde. Una pareja amiga me recibe con una sonrisa y un tinto en la mano a modo de festejo por adelantado. Sigo caminando, se suman los abrazos, somos varios. Encuentro a Marcelo Rubio y a modo de saludo me muestra su bufanda verde a tono con la camisa, marca de su elegancia y sensibilidad ajustada a lo que acontece en este invierno verde de nuestro país. Yo llevo el pañuelo atado a mi cartera. Reímos cómplices.

Marcelo está a punto de presentar Lo que trae la niebla, su primera novela.  Entramos. Hay una mesita pegada a la puerta con el libro en venta y ejemplares rojos de Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me gusta. Hay mucha gente y me cuesta avanzar. Sobre el escenario el micrófono luce tres banderas, la del aborto, la del orgullo y la de la lucha contra el cierre de los profesorados. Banderas como marco a las voces que se alzarán en unos minutos. Detrás, un contrabajo y un teclado.

La lectura de los primeros párrafos de la novela abre la velada. Escuchamos sobre Oscar Raimondi, periodista de “Segundos afuera” quien acepta “sin rezongar” cualquier tipo de cobertura por temor a ser uno más en la oleada de despidos. Esta vez lo mandan a un pueblo lejano a entrevistar a Ruiz, un boxeador que abandona una pelea a punto de vencer a Muhammad Alí hace ¡cuarenta años!

Después llegan las voces que presentan, más lecturas y música, todo como un coro que dirige Rubio con su dedo índice cuan director de orquesta, con la misma simpleza y precisión con que escribe su obra. El escritor Diego Meret dice: “Con Lo que trae la niebla, el autor practica la concentración y una determinada modestia que creo es también para Marcelo una metodología de trabajo. Si bien su prosa es rítmica y trabajada, se nota en el texto la presencia de una modestia que no es pose, porque tampoco hay alarde. Es una simpleza natural, una forma de escribir que acaba formando lo que podemos llamar un estilo propio y con el golpe de un escritor de verdad”.

Nuestro protagonista, Raimondi, es también un periodista “de verdad”. Desde el momento en que sale a la ruta con su Renault precario se centra en la tarea y lucha contra esa niebla que no le permite siquiera encontrar a Ruiz. ¿Hay complicidad entre la gente del pueblo de Laguna Profunda? ¿Qué le ocultan? ¿Qué pasó con el agua? ¿Cuándo viene el barco?  ¿Se burlan de él acaso?

La escritora Silvina Gruppo cuenta algunas de las contingencias que tendrá que atravesar Raimondi: “No hay laguna, ni Internet, ni señal de teléfono, ni agua, ni alimento que no sea a base de conejo, ni dinero, claro. Los oficios originales de ese pueblo fueron mutando. Por ejemplo, el periodista pide un remís y cuando sale a la puerta del hotel, está el patrullero y el comisario se presenta y le dice que bueno, que la cosa está difícil, que suba nomás, que está haciendo una changa con el móvil. Y así pasa con todos, la bruja ahora hace artesanías, la puta mantiene una jardinería de cotillón, los cazadores perdieron la licencia y nuestro periodista, no le queda otra, en lugar de investigar a Ruiz, se vuelve el narrador de esta historia”.

Lo que trae la niebla planta ya en el primer párrafo, lo que atravesará toda la novela: humor delirante y al mismo tiempo, una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. “Voy a confesar que la risa que se me dibujaba mientras leía era amarga. Sabía que me reía por el absurdo mismo al que nos obliga la supervivencia. En el uso de esta risa rancia, Marcelo construye una novela fuertemente política que exhibe e interpela la realidad cíclica de crisis que vivimos en Argentina”, expresa Gruppo.

Después el editor Iván Ardiles describe a la editorial que tiene un costado  político potente. No es casual que Rubio haya elegido publicar su libro por Indómita Luz, editorial que forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular.

Marcelo cierra la velada con agradecimientos y la promesa de no silenciar la voz nunca. “No vamos a callarnos”, dice. Siguen los aplausos, la firma de ejemplares, la foto grupal, más abrazos y una cena que nos tendrá compartiendo charlas y risas en una pizzería de Corrientes hasta muy tarde. Nadie parece tener ganas de irse aunque haga frío y nos envuelva la niebla.

Biografía:

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempoNueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN:

http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/lo-que-trae-la-niebla-o-el-campeon-que-no-quiere-la-corona

 

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

Travis Loui- Miss Mery Olmstead

La llave

T. Arzate

Tomó la llave como siempre. El mismo lugar, vigas viejas rechinantes, humedad salina que pintaba los labios. Abrió la puerta y el olor a viejo le causó cierta melancolía.

No había luz. Los sonidos de la madera y el chillar de la silla que jaló hasta la ventana cortó de tajo la oscuridad; sus ojos punzantes percibían intensos colores verdosos, la vista se acostumbraba a la negrura humeante del cuarto.

Tiró su cuerpo en el asiento mirando por la ventana en forma impasible.

Ella no había llegado.

—¡Descanse, caballero! —dijo una extraña voz con tono de sombra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó el joven, asustado.

—Oh, tonto, soy tu compañero de cuarto. Nadie más pudiera ser que tu compañero.

—Disculpe, señor, pero… mi habitación no la comparto, de haber sabido que usted estaba aquí no hubiera entrado.

—No pierdas tiempo. Tal vez se fue mientras discutías y no la volviste a ver.

Se levantó de un salto y le dijo:

—Maldito, cobarde. Aléjese de ella, usted jamás podrá separarnos. Era mía antes de que fuera de usted. Dejémonos de tonterías y peleemos, lo espero afuera. Un desgraciado como usted no es digno de llevar una de mis balas en su cuerpo, pero no puedo permitir que esto siga así.

—Tranquilo… No soy quien tú piensas. Soy lo que tú quieras ser. Demonio cual espectro vaga por la tierra como triste condenado debido a tu causa.

—Exijo que muestre la cara. Cobarde es quien se escuda en las tinieblas.

—Todo a su tiempo, hombre iracundo. Piensas en ella todas las noches. La buscas entre las sábanas y en la cama no encuentras consuelo más que soñándola. Tu error fue haber pensado que ella era diferente; te carcome el corazón y ahora, seco, ya no puedes hacer nada. Cada vez que piensas haberla visto todo se desmorona como un pan duro.

—Si la conoce… ¡Le suplico que me diga dónde está!

—Está en ti.

—Señor, ¡se lo ruego!, dígame y seré capaz de arrastrarme cual perro.

—Pobre muchacho. Tu error fue grande. Ella está casada, tiene hijos y, aunque su esposo sea un imbécil, le pertenece. Te fijaste en la mujer ajena. Mientras piensas en sus caricias, ella está desnudándose frente a él. Mientras la sueñas, ella está pariendo. Mientras la besas en el recuerdo de su imagen, ella piensa en su mascota, que por azares del destino, lleva tu nombre tal vez como recuerdo, como una forma de no olvidarte o por simple burla.

—¿Por qué me habla así? —contestó melancólico—. Muéstrese, ¡lo exijo!

—Me siento tan mal como tú. La única diferencia entre nosotros es que yo no puedo llorar más.

—Déjeme… la extraño tanto.

—¿Todavía no sabes quién soy?

—No.

—¿Qué día es?

—El día de ella.

—¿Quién viene todos los años a esperarla en esta habitación, a la misma hora y el mismo día en que consumaron su amor? ¿Quién creyó en la promesa de que asesinaría a su marido y regresaría un año después a buscarte para ser felices?, ¿Quién más podría ser que la única persona que estaría aquí? ¿Y… todavía no sabes? Sé que eres joven pero no estúpido.

—Eres… ¿yo?

El anciano mostró su cabeza sin pelo, los ojos inundados por una masa blanca mientras sonreía con su boca casi sin dientes.

—Hemos muerto hoy —dijo el anciano con el rostro afligido.

Se tocaron la cara, uno para verlo con el tacto, el otro para imaginarse cómo sería en unos años.

—Antes de morir, pedí saber en qué había fallado y la respuesta está aquí. En esta habitación. En esta fecha. En este lugar. En esta maldita llave. Todos los años me pasaba sufriendo cuando la recordaba. En este día. En este minuto… Ella jamás fue nuestra. Cuando nos enterraron teníamos en la mano, apretando con una fuerza tan endemoniada, esta maldita llave. Pensábamos que algún día ella regresaría. Llegamos a creer que estaba muerta, pero cuando nos enteramos de que estaba por tener su cuarto hijo supimos que era feliz. Se piensa que al haber una tragedia romántica un pedazo de alma del amante se desprende y se queda en ese lugar. Eso nos pasó. ¿Cómo llegar al cielo si no tenemos alma? Ella terminó con nosotros. Con todos nosotros. Ahora solo nos queda consolarnos mutuamente.

Los demás hombres salieron de la oscuridad. Se descifraba por la vestimenta, el cabello y sobre todo la piel, el año del que provenían. Todos gemían con lágrimas en la cara intentando dar consuelo al más cercano. La habitación era un cuarto atemporal lleno de él, del que fue y del que sería. En ese momento alguien, tal vez ella, cerró la puerta con una llave tan pesada como una lápida.

La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.