A 4 manos

Sagradas escrituras

«El mundo es un libro, y quienes

no viajan leen solo una página»


Agustín de Hipona

Tengo un mapa del mundo colgado sobre el respaldo de mi cama. Sus placas tectónicas son de corcho, y los movimientos telúricos, frenesí.

Los países visitados tienen un alfiler de cabeza perlada clavado dentro de sus territorios. No es acupuntura porque, al igual que los matasanos, carezco del don de curar. Tampoco practico el rito de una magia negra vudú: este lugar ya está maldito.

Sólo sigo su consejo. Recorro las ajadas páginas absorto en la lectura, construyendo el epitafio de mi capítulo final.

Un cuento que me contaron en la escuela-Luciano Walter. Foto tomada de internet.

Un cuento que me enseñaron en la escuela

Él hizo, a instancias de su padre, de su tumba un cenotafio,

ascendiendo y confirmando, para asombro de todos, su presagio.

 

Si lo oyes, desconfiado, atacado de escepticismo y te suena a ficción;

no lo dudes, compañero; él, aquel barbudo, te fundó una religión.

 

Me pregunto atribulado y perplejo, a riesgo de que me traten de pendejo

¿No podría este loco lindo, se me ocurre, haberse salvado el pellejo?

 

No se ofusquen, no me agredan, ni me acusen de ingrato

pero creer en estos cuentos; che, amigo, se me hace de novato.

 

Más aún si en la teoría, el pobre de José nunca la tocó a María.

Si esto a tu madre le hubiera pasado, dime, ¿quién carajo le creería?

 

Los más raro es verlo a Pancho, vistiendo de blanco,  siempre tan ufano.

Mil abusos condenando, muy orondo, en su pequeño trono del Vaticano.

 

Como si sus largas y aburridas peroratas enfermas de ceguera,

fueran a rescatar a todas aquellas brujitas que quemaron en la hoguera.

 

Mientras tanto, en su parroquia, el cura cumple con el ancestral rito:

“¡Che, purrete! Basta de lágrimas, hacedme caso ¡y tocadme el pajarito!”.

 

 

El campo de batalla

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

OTROS CUENTOS DE EDUARDO GOLDMAN:

BRIGITTE

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

MARCELO RUBIO PRESENTA LO QUE TRAE LA NIEBLA

“Lo que trae la niebla” o el campeón que no quiere la corona

Marcelo Rubio, argentino, conductor del programa radial Kriminal Mambo, AM350, autor de varios libros de cuentos, presentó su primera novela el pasado mes de junio, publicada por Indómita Luz. La historia está atravesada por la política, el humor delirante y una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. Fractura, suplemento literario de APU, estuvo presente en el lanzamiento. Esta crónica se publicó originalmente en www.agenciapacourondo.com.ar, escrita por Claudia Sobico, y hoy ambos, la agencia y Claudia, lo comparten con A4manos. Y A4manos lo comparte con sus lectores porque es un relato que hay que leer, sobre una novela que hay que leer: LO QUE TRAE LA NIEBLA.

 

 

Lo que trae la niebla

Lo que trae la niebla

 

La cita fue el 16 de junio a las 21 en El Emergente Bar Cultural, ubicado en Gallo 333. Llego diez minutos tarde. Una pareja amiga me recibe con una sonrisa y un tinto en la mano a modo de festejo por adelantado. Sigo caminando, se suman los abrazos, somos varios. Encuentro a Marcelo Rubio y a modo de saludo me muestra su bufanda verde a tono con la camisa, marca de su elegancia y sensibilidad ajustada a lo que acontece en este invierno verde de nuestro país. Yo llevo el pañuelo atado a mi cartera. Reímos cómplices.

Marcelo está a punto de presentar Lo que trae la niebla, su primera novela.  Entramos. Hay una mesita pegada a la puerta con el libro en venta y ejemplares rojos de Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me gusta. Hay mucha gente y me cuesta avanzar. Sobre el escenario el micrófono luce tres banderas, la del aborto, la del orgullo y la de la lucha contra el cierre de los profesorados. Banderas como marco a las voces que se alzarán en unos minutos. Detrás, un contrabajo y un teclado.

La lectura de los primeros párrafos de la novela abre la velada. Escuchamos sobre Oscar Raimondi, periodista de “Segundos afuera” quien acepta “sin rezongar” cualquier tipo de cobertura por temor a ser uno más en la oleada de despidos. Esta vez lo mandan a un pueblo lejano a entrevistar a Ruiz, un boxeador que abandona una pelea a punto de vencer a Muhammad Alí hace ¡cuarenta años!

Después llegan las voces que presentan, más lecturas y música, todo como un coro que dirige Rubio con su dedo índice cuan director de orquesta, con la misma simpleza y precisión con que escribe su obra. El escritor Diego Meret dice: “Con Lo que trae la niebla, el autor practica la concentración y una determinada modestia que creo es también para Marcelo una metodología de trabajo. Si bien su prosa es rítmica y trabajada, se nota en el texto la presencia de una modestia que no es pose, porque tampoco hay alarde. Es una simpleza natural, una forma de escribir que acaba formando lo que podemos llamar un estilo propio y con el golpe de un escritor de verdad”.

Nuestro protagonista, Raimondi, es también un periodista “de verdad”. Desde el momento en que sale a la ruta con su Renault precario se centra en la tarea y lucha contra esa niebla que no le permite siquiera encontrar a Ruiz. ¿Hay complicidad entre la gente del pueblo de Laguna Profunda? ¿Qué le ocultan? ¿Qué pasó con el agua? ¿Cuándo viene el barco?  ¿Se burlan de él acaso?

La escritora Silvina Gruppo cuenta algunas de las contingencias que tendrá que atravesar Raimondi: “No hay laguna, ni Internet, ni señal de teléfono, ni agua, ni alimento que no sea a base de conejo, ni dinero, claro. Los oficios originales de ese pueblo fueron mutando. Por ejemplo, el periodista pide un remís y cuando sale a la puerta del hotel, está el patrullero y el comisario se presenta y le dice que bueno, que la cosa está difícil, que suba nomás, que está haciendo una changa con el móvil. Y así pasa con todos, la bruja ahora hace artesanías, la puta mantiene una jardinería de cotillón, los cazadores perdieron la licencia y nuestro periodista, no le queda otra, en lugar de investigar a Ruiz, se vuelve el narrador de esta historia”.

Lo que trae la niebla planta ya en el primer párrafo, lo que atravesará toda la novela: humor delirante y al mismo tiempo, una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. “Voy a confesar que la risa que se me dibujaba mientras leía era amarga. Sabía que me reía por el absurdo mismo al que nos obliga la supervivencia. En el uso de esta risa rancia, Marcelo construye una novela fuertemente política que exhibe e interpela la realidad cíclica de crisis que vivimos en Argentina”, expresa Gruppo.

Después el editor Iván Ardiles describe a la editorial que tiene un costado  político potente. No es casual que Rubio haya elegido publicar su libro por Indómita Luz, editorial que forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular.

Marcelo cierra la velada con agradecimientos y la promesa de no silenciar la voz nunca. “No vamos a callarnos”, dice. Siguen los aplausos, la firma de ejemplares, la foto grupal, más abrazos y una cena que nos tendrá compartiendo charlas y risas en una pizzería de Corrientes hasta muy tarde. Nadie parece tener ganas de irse aunque haga frío y nos envuelva la niebla.

Biografía:

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempoNueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN:

http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/lo-que-trae-la-niebla-o-el-campeon-que-no-quiere-la-corona

 

tango-moderno

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Bajé del taxi en la calle Agüero, cerca del Abasto. Me habían informado que el hombre frecuentaba ese lugar, y a juzgar por los compases de La Cumparsita que llegaban desde el interior, mi fuente resultaba fidedigna. Subí por una escalera metálica ornamentada con
indolentes manchones de óxido. Llegué a un amplísimo salón. Todo a media luz. No el tango sino la iluminación del lugar. Varias mesas, sólo unas pocas ocupadas. La barra de un bar. Un mozo aburrido apoyaba la espalda sobre el mostrador, la bandeja que pendía de sus manos parecía servirle de gran taparrabos. Un pequeño escenario, vacío. Un bafle mediano que vibraba con las notas bajas. Y lo más importante, cinco parejas bailando, cada una con su peculiar nivel de destreza en esa danza que, como en el fútbol, sólo puede jugarse en equipo.
No tardé en reconocerlo. Su barba y melena eran blancas, espumosas, tal como lo había visto en todos sus retratos. Saco también blanco. Unos anteojos oscuros le colgaban de la nariz y parecían a punto de saltar por el aire con cada uno de los cortes y quebradas. Lo observé, conmovido. No bailaba mal para su edad. La hermosa joven de vestido rojo lo seguía sin vacilar en todos los pasos y cadencias. Los amagues y firuletes que enriquecen el ritual de la danza. En un momento, la joven siguió bailando sola, en dirección al baño. El hombre dio unos pasos sin seguir el ritmo y, levemente encorvado, más por la edad que por el cansancio, se sentó en una de las mesas y retomó un vaso de tintillo a medio tomar. Aproveché la oportunidad para acercarme.
“Perdón…”, dije. “¿El señor Marx? ¿Karl Marx? ¿El padre del socialismo?”.
Él sonrió con los ojos. Me invitó a sentarme con una seña que parecía de truco, dispuesto a mi reportaje. Le concedí un sorbo del tintillo antes de comenzar, y luego encendí mi pequeña grabadora.
PERIODISTA: Señor Marx. Ante todo quiero informarle, por una cuestión de honestidad ideológica, que yo no soy marxista.
MARX: Yo tampoco.
PERIODISTA: ¿Cómo que usted tampoco?
MARX: Yo nunca quise fundar un Partido ni nada por el estilo. Lo que yo quería era tomarme una cervecita y charlar de economía con gente que pensaba como yo, como Federico Engels y mi esposa, en ese orden.
PERIODISTA: Pero hubo muchos países que se hicieron socialistas en su nombre. ¿Qué me dice de los rusos, cuando eran soviéticos? Y los chinos, y los cubanos.
MARX: Por favor, estuve a punto de demandar a los soviéticos por uso indiscriminado de marca. Esos no eran socialistas. A lo sumo, eran burócratas elegantes. Recién ahora que se hicieron francamente capitalistas están un poquito más cerca del socialismo.
PERIODISTA: Chávez decía ser socialista. ¿Qué opina de él?
MARX: Chávez era como mi tía Ruth. Se la pasaba hablando bien de mí, pero nunca supe lo que pensaba. En cuanto a Maduro, si él es socialista yo soy Michael Jackson.
PERIODISTA: ¿Y los chinos?
MARX: Esos son los que van a dar el gran golpe al capitalismo.
PERIODISTA: ¿Exportando la revolución maoísta?
MARX: No, fabricando más computadoras, y más baratas.
PERIODISTA: Quedan los cubanos.
MARX: Muy ricos con dulce de leche.
PERIODISTA: Me refiero a los de Cuba, señor Marx.
MARX: Se lo diré sin tapujos. Para mí el verdadero socialismo promueve tanto el bienestar colectivo como la libertad individual, y esto implica la libre expresión de las ideas.
PERIODISTA: Fidel hablaba libremente, sin pelos en la lengua.
MARX: Lo cual es toda una proeza para los que usamos barba. Mire, críticas para hacer no me faltan, pero concuerdo en que los cubanos han obtenido enormes logros. Ahora veamos si Raulito puede mejorar las condiciones del pueblo, pero sin ser comido por el consorcio de al lado.
PERIODISTA: Y ya que menciona a los Estados Unidos. ¿Cómo ve al capitalismo de hoy?
MARX: Tal como lo predije, el capitalismo termina convirtiéndose en el poder de los monopolios, que se lleva a las patadas con el pensamiento liberal que dio origen al capitalismo. Es como volver al feudalismo pero sin el romanticismo del rey Arturo.
PERIODISTA: Desde ese punto de vista, teniendo en cuenta las contradicciones ideológicas en el seno de la sociedad norteamericana, sumada a los movimientos aislacionistas dentro de la comunidad europea, ¿dónde colocaría a Donald Trump?
MARX: En el manicomio. Pero no solo, hay muchos candidatos para acompañarlo.
PERIODISTA: En cierta oportunidad usted se ha declarado discípulo de Hegel. ¿Siente que en todos estos años ha variado el eje de su pensamiento?
MARX: No mucho, aunque en un principio no concordaba demasiado con él. Lo fui degustando de a poco, como este tintillo.
PERIODISTA: ¿Qué recuerda de sus lecturas de juventud?
MARX: Yo de joven me la pasaba leyendo, por supuesto, a Hegel, y también a Feuerbach, Demócrito, Epicuro, Spinoza, Adam Smith…
PERIODISTA: Y en la actualidad, ¿qué es lo que lee?
MARX: Playboy. Es una asignatura que me quedó pendiente. Por supuesto, lo compro por los artículos.
PERIODISTA: Hay una frase suya que es como su marca de fábrica, esa que dice “la religión es el opio de los pueblos”. ¿Sigue pensando así?
MARX: Ya no. Míreme. A esta edad y bailando tango con esa flor de mina. Es un milagro de Dios.
PERIODISTA: ¿Algún consejo para la Argentina, señor Marx?
MARX: Sí, apliquen la dialéctica.
PERIODISTA: ¿Perdón?
MARX: Acá nadie se pone de acuerdo porque cada uno se aferra a la primera parte de la dialéctica. Es decir, no resuelven las contradicciones. Por ejemplo, uno dice “el gobierno hace todo mal”, y el otro dice “el gobierno hace todo bien”. No hay una síntesis que resuelva esa contradicción (hasta que surja otra) diciendo “bueno, el gobierno ha hecho esto bien y esto mal”. No quiere decir que todos estén de acuerdo acerca de qué es lo que hizo bien o mal, pero al menos no van a estar aferrados a antinomias y peleando como perro y gato. ¿Me entiende?
PERIODISTA: Ese instrumento que usted llama materialismo dialéctico, ¿le sirve para entender la realidad argentina?
MARX: La realidad argentina no la entiende nadie. Yo sólo hago mi mejor esfuerzo.
PERIODISTA: Pero, ¿cómo aplica la dialéctica en un tema tan obvio como los cortes de calles o rutas?
MARX: ¿Qué tiene de obvio?
PERIODISTA: Bueno, está muy claro que es fruto de la prepotencia. Hoy día cualquiera quiere resolver los conflictos tomando a la gente como rehén.
MARX: ¿Ve? Usted ha expuesto una tesis. “Los que cortan las calles son prepotentes”. ¿Cuál sería la antítesis. “Los cortes de ruta surgieron por la desesperación de la gente ante la falta de trabajo, ante la sensación de impotencia por autoridades que no les daban ni la hora”. ¿Cuál es la verdad?
PERIODISTA: ¿Cuál?
MARX: Ambas. Porque lo que empieza como una lucha legítima, motivada por la desesperación, esto es, la convicción de que se toma esa medida injusta porque no queda otro camino, se transforma en prepotencia cuando se pierde la desesperación. ¿Entiende?
PERIODISTA: Ni ahí.
MARX: Los que cortan legítimamente lo hacen porque antes lo intentaron todo. Están desesperados, pero eso no les impide solidarizarse con el sufrimiento de otros. El día que un corte de ruta no permitió pasar a una ambulancia con alguien en grave estado, bueno, ese día nació la prepotencia.
PERIODISTA: Me acuerdo de unos piqueteros que golpeaban el coche de un hombre, y en su interior había un niño llorando.
MARX: La desesperación estaba en el niño, ya no en esos piqueteros.
PERIODISTA: De acuerdo, entiendo su punto. Pero entre esa tesis y antítesis, que es una gran problemática para nuestro país, ¿cuál sería la síntesis?
MARX: ¿No pretenderá que se la busque yo? Esa es tarea de todos los argentinos.
El reportaje fue interrumpido por una espectacular rubia que se nos acercó a los saltitos. Le dio un beso a Marx en la mejilla. El filósofo me guiñó un ojo.
“Charly”, dijo la rubia. “Están pasando Margot. Me lo prometiste. Este tango es mío”.
Marx se paró de un salto sorprendentemente ágil, para tomar la mano y la cintura de la rubia.
“Por supuesto que es tuyo”, le respondió. “El tango es de quien lo baila”.
“¡Ay, Charly! ¡Me matás con esas frases!”.
Y salieron danzando hacia el centro del salón. Me quedé sentado, observando a la extraña pareja. El creador del materialismo dialéctico parecía revitalizado porque no paró de dibujar figuras tangueras de todo tipo, seguido por la entusiasmada rubia que cada tanto levantaba su puño y exclamaba: “Viva la revolución, ¿viste?”. Apagué mi grabadora y, antes de levantarme, eché una mirada al vaso con el resto de tintillo. Me lo bebí de un trago. No pensé que eso molestase al señor Marx. Después de todo, él es socialista.

Brigitte Bardot

BRIGITTE

Del libro Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio). Ediciones de La Flor.

 

Recuerdo que al salir del colegio corría hasta mi casa y aprovechando que los viejos casi nunca estaban me tendía sobre la alfombra del living para dar rienda suelta a mi desbocada, afiebrada imaginación. Lo curioso, lo tierno y curioso, es que no me daba por fantasear orgías ni adulterios ni violaciones. No. Lo mío era una historia de amor, una historia donde la protagonista era nada menos que Brigitte Bardot, la gran diosa del cine francés.
La trama se repetía como estampada en celuloide: yo era un joven turista argentino que recorría París; caminaba por la veredita que bordea la orilla derecha del Sena, y al llegar a la altura del Pont des invalides (había aprovechado las clases de Geografía para dotar a mi historia de un máximo de realismo), digo que a la altura de ese conocido puente se detenía junto a mí un imponente Cadillac negro. Yo lo miraba fingiendo sorpresa, simulando curiosidad por saber quién viajaba en su interior. Hasta que el vidrio polarizado de la ventanilla trasera empezaba a bajar con misteriosa lentitud, y poco a poco se descubría el rostro de ella. Hermosa. Tan deslumbrante como en sus películas. Con sus ojazos color Francia.
-¿Qué haces aquí, tan solo, jovencito? –me preguntaba B.B.
-Esperándote –era mi invariable respuesta, que había aprendido de una vieja telenovela.
-¿Quieres subir, moncheri?
Ella abría la puerta. Yo entraba para acomodarme en el mullido asiento, muy cerca de sus mullidos pechos. Brigitte accionaba una botonera sobre su puerta y un vidrio opaco emergía del respaldo delantero aislándonos del chofer.
-Ahora estamos solos –decía ella, sacando de no sé dónde dos copas heladas que desbordaban champagne.
Después de beber, ella me besaba los labios, hurgándome la comisura con su lengua; luego se bajaba un bretel del vestido negro con una sonrisa felina, para enseguida improvisar un lujurioso streap-tease dedicado a mí. Entonces la temperatura subía, parecíamos arder, nos tocábamos, nos sentíamos, y por fin, hacíamos el amor mientras el Cadillac atravesaba a todo orgasmo la arquitectura gloriosa del Arco del Triunfo.
Al paso de los años fui abandonando esa fantasía, como quien empieza a olvidar a su primera novia. Conocí chicas, me enamoré y terminé casándome para formar una familia. De Brigitte no me quedaba ni el recuerdo. Era lógico, cuando uno se sume en el loquero del trabajo y las horas extras para pagar el plasma, el equipo de música, la computadora, el aire acondicionado, las cuotas del coche, etc. etc. etc., bueno, cuando uno entra en la rueda de lo que todos suponen es vivir, ya no queda tiempo para los recuerdos. Ni siquiera para Brigitte.
Sin embargo, algo sucedió hace tres o cuatro noches. Mi esposa y mis hijos salieron rumbo a una celebración familiar a la que me excusé de ir, y quedé en casa, solo. Solo, como cuando era jovencito y volvía corriendo del colegio, solo, la casa desierta y la más sexi de mis fantasías. Y sin siquiera proponérmelo, con los nervios de quien va a reencontrarse con su primer amor, me tendí sobre la alfombra y cerré los ojos, respiré agitadamente y… otra vez caminaba por la orilla del Sena. Otra vez alcanzaba el viejo Pont des Invalides, mi olvidado puente. Busqué ansioso en la calle. Ahí estaba, como después de una larga espera: el Cadillac negro. El vidrio de la ventanilla bajando poco a poco. El rostro de ella, quizás no tan joven como antes, pero eternamente hermoso. Con esos ojazos llenos de ciudad luz.
-Veo que has crecido, moncheri –fue lo primero que dijo Brigitte.
-Ahora soy un hombre –respondí haciéndome el recio.
-Ha pasado mucho tiempo –suspiró ella.
-Es cierto. ¿Me dejás entrar?
-No.
La miré sin entender.
-¿Cómo que no? Se supone que yo ahora entro, tomamos champagne y hacemos el amor.
-No puedo, moncheri. Estoy con el período.
-¿Qué período? Los sueños no tienen período.
-Pero yo no soy un sueño, sino una mujer con la que sueñas.
Fue entonces que perdí la paciencia.
-¡No me vengas con eso! ¡Aquí se hace lo que yo quiero! ¡Esta es mi fantasía!
-Te equivocas. Es nuestra fantasía.
-¿Cómo que nuestra?
Brigitte se pasó una mano por el cabello, delicada, tímidamente sensual, deslizando una onda rubia que había empezado a inquietarle la frente. Luego me miró, como quien se mira en un espejo.
-Hace mucho tiempo –pareció evocar-, cuando tú me soñabas a mí, yo te soñaba a ti. –Su mirada se fue deslizando hacia el río-. En ese entonces mi trabajo de actriz, o peor aún, de estrella, era tan agobiante que no podía o no quería soportarlo. Necesitaba un escape, una fantasía. Y en esa fantasía siempre hacía el amor con un jovencito extranjero –de nuevo sus ojos, ahora cálidos-. Ese jovencito eras tú.
Yo casi no podía creerlo. ¿Brigitte Bardot? ¿La gran B.B. soñando conmigo?
-Pero… entonces –titubeé-. Eso quiere decir que… ¿vos también?
-Yo también.
-¿Me soñaste?
-Y fue hermoso.
-¡Es fantástico! ¡No puedo creerlo! ¡Entonces no es pura paja! ¡Realmente tenemos un romance!
Ella se puso seria.
-Tuvimos –buscó aclarar-. Hace tiempo que lo nuestro ha terminado.
Pero las pérdidas nunca habían sido mi fuerte.
-¿Cómo que terminado? –protesté-. ¡Yo no quiero que se termine! ¿Por qué tiene que terminar?
-Porque ya no estoy para estos trotes, moncheri. Hacer el amor en un coche me hace doler la cintura. Ya no somos jóvenes.
-¡Pero seguís siendo la mujer más hermosa del mundo! Vamos… –insistí, o supliqué-. ¡Una vez más! ¡Aunque sea por última vez!
Hizo un gesto de impaciencia que terminó en un mohín tierno; en seguida uno de sus finos dedos vino a apoyarse sobre mis labios, como pidiéndome cordura.
-Ya no me necesitas –susurró.
-¡Sí que te necesito! ¡Te necesito! ¡Me diste los momentos más ardientes de mi vida! Yo con vos… sentí lo que nunca voy a sentir con ninguna otra mujer.
-Te equivocas otra vez –dijo, usando un tono muy suave, casi maternal-. Lo que sentiste por mí no es más que tu propio deseo.
-¿De qué hablás?
-Es tu sentimiento, y lo puedes sentir otra vez, en cualquier instante, con quien lo desees –hizo un gesto entre pícaro y dulzón-. Aún con tu esposa -añadió.
-No exageres.
-Es la verdad. Si tan sólo te lo permitieras.
Presentí algo de cierto en todo aquello. Pero una parte de mí aún se sentía herida, rechazada.
-Y si no querés hacer el amor conmigo… –dije, resentido-. Entonces… ¿a qué viniste?
Brigitte me buscó los ojos y sonrió con tristeza.
-A saludar a un viejo amigo, moncheri –extendió la mano hasta mi cara y, atrayéndola, me besó en los labios a manera de adiós-. Realmente… veo que has crecido –suspiró, dejando que la ventanilla subiese hasta reflejar mi propia desolada imagen. Luego el Cadillac inició su marcha para perderse lentamente en la bruma parisina.
Imaginé a Brigitte una vez más, recostada en el mullido y solitario asiento del coche, con una copa de champagne a medio tomar, su mirada melancólica sobre las calles de París. “Veo que has crecido”, me había dicho. Y supe que ya nunca la volvería a ver.