A 4 manos

Epitafios

Epitafios

Ella y Él

Ella disparó con sus pechos. Él pidió que lo matara de nuevo.

La hoja

Cayó a tierra soñando con ser árbol en el Jardín del Edén.

En la tumba del poeta

“Querida vida, no te olvido”.

Valle de los Reyes

Nefertiti aún provoca sobresaltos en la momia de Akenatón.

Olvido

La mujer se miró al espejo. No estaba allí su rostro.

Dinosaurio

Él murió de amor en el Mesozoico: ella aún lo espera entre los fósiles.

Transacción poética

El poeta, para pagar su estancia en el más allá, abrió una cuenta con poemas.

Génesis

Eva envió la manzana por whatsapp. Adán la mordió en el Paraíso.

Prevención

Él le pidió entrar en su corazón: ella cerró sus piernas.

Resurrección

El muerto corrió la losa de su tumba y solo vio nubes en el cielo.

Comienzo de los tiempos

No existía el coito, pero después que el atardecer penetró en la noche, nació la mañana.

Un  amigo

Murió con la palabra en la boca. La palabra está viva todavía.

En la tumba de él

No sabía resucitar. Aprendí para verla.

Nacimiento de la palabra

La palabra cielo ya venía azul antes de salir por la boca.

Elogio de los pies

A la Vía Láctea aún no había llegado la luz. Los pies inventaron el camino

La gallina y el huevo

Los dos, al verse, aparecieron a la vez. Ahora discuten quién se enamoró primero.

La jirafa coqueta

Carecía de cuello. Lo estiró para ver el mundo desde la pasarela.

El espejo

Él creía que la miraba verse. Ella lo miraba a él.

El uno para el otro

Cuando él le mostró su espada, ella lo sedujo con su herida.

La inmortalidad

Los abrazos no tienen epitafios. 

Froilán Escobar

El hombre que fue nadie

El escritor cubano Froilán Escobar escribió su experiencia de lectura sobre el relato de Andrey Araya, titulado En medio de ninguna parte, y que recientemente A4manos publicó en este espacio: 

Para Andrey, por su relato

Tu frente chocó con algo, con algún  pedazo de realidad que te recordaba el peso o la sensación de orfandad que te dejaba en los ojos la noche después de muchos intentos por ver eso que la gente llama estrellas. Porque siempre lo habías intentado. Siempre has tenido esa experiencia, desde que te quedaste solo en aquella penumbra dolorosa, en que no sabías ver el aire porque no habías conocido el jadeo tibio de alguien a tu lado, de alguien que te permitiera agarrarte de algo, de algún pedacito de eso que la gente que no sabe lo que es quedarse en lo oscuro llama luz, de un impulso mínimo, quiero decir, que te  permitiera alargar la mano para tocarle a una persona a tu lado la respiración. Hubo tanto tanteo. Con tus pies. Con tus brazos. Con tus vísceras, incluso. Con tus ojos que los pusiste a ponerse largos de miradas para tener, aunque fuera únicamente un tantico así, la sensación de que había un alguien a tu lado. Ah, qué de cosas. Cuánta estrella extraviada en su luz. Cuánto tu querer llegar a un alguien cercano a ti que hiciera posible ese ansiado acto, que disipara la nada. Hubo hasta intentos de pedir abrazos prestados, ruiditos humanos que te permitieran  caminar bajo la noche en pos de los que pasaban. Porque el mar, que tanto ansiabas tocar, también estaba solo a lo lejos. Ah, que absurdo que haya que buscar la luz en la oscuridad. Buscar presencias donde no estuvo nadie. Buscar caminos donde no hubo pasos. Cómo pedirle al mundo, que anda perdido por la Vía Láctea, que vuelva a venir con la mañana. Cómo carajo pedirle un mendrugo de palabra a tu boca  que haga posible abolir ese vacío donde uno queda cuando no hay nadie a quien quererle, aunque sea de perfil (como intentó Vallejo),  la ternura, aunque sea de soslayo la presencia en un retrato compartido. Hubo tanta noche entonces, tanto todo sin color en aquella penumbra en que te quedaste sin que tú mismo te vieras, sin que pudieras percatarte entonces de que eras un niño cuando te dejaron.

En medio de ninguna parte

Historia de tres

El breve círculo de tres largas historias

Dos hombres asediaban a una misma mujer. Desde que eran niños. Desde que Juan se detuvo una vez para mirarla a los ojos y Pedro descubrió sus pies desnudos. Ella caminaba por el patio de su casa. Los dos estuvieron pendientes de sus atributos hasta que, siguiendo los pensares y los azares, en esos alargamientos con que el tiempo dobla por las esquinas, produjo un tal vez que dio vueltas y revueltas inclinando la balanza hacia uno y luego hacia el otro. Juan siguió creyendo en la mirada de sus ojos; Pedro aprovechó el caminar de sus pies desnudos por el patio para dejarle caer un papelito en el que, torpemente, con falta de ortografía, la llamaba Mi nobia. El tal vez de la historia tomó entonces un solo camino y después de muchas vueltas y revueltas, Pedro y ella se casaron y tuvieron cuatro hijos. El tiempo pareció bifurcarse: Juan, desde la distancia, continuó amándola; Pedro, desde la cercanía, dejó de amarla. Pero el tal vez producido se alejó por distintos rumbos, se estiró tanto que hasta hizo que se desdoblara la vida con todos sus despuesitos y despueses. Pero, en ese ínterin, por tanto estirarse, llegó a un punto en que, con un trechonazo brusco, se contrajo, se encogió: volvió a atrás, al momento en que ella miró a Juan con la mirada de sus ojos pero fue a acercarse a Pedro con sus pies desnudos. El quizás tuvo otro entonces: Juan fue a buscarla y le habló de su amor por ella poniéndole en el pelo algunas de las flores que caían de la mata de mamey que dividía el patio; Pedro hizo cuanto pudo, hasta tiró una alfombra de palabras para que pasaran sus pies desnudos y, así, en  las muchas vueltas y revueltas del tal vez, se enredó en la mata de mamey, y ella, ahí, se juntó con Juan. Pedro caminó largo su camino sin poder olvidarla. Vivió sus crucialidades hasta ya bien entrada la vejez en que, producto de un tropezón, estuvo a punto de caer yéndose en múltiples pasos para atrás. Fue tanto en retroceso, que fue a dar de bruces al patio por donde caminaba ella con sus pies desnudos. Se levantó de un tirón y, sin fijarse en las magulladuras de la caída, le declaró su amor sin papelito. Volvió a crecer el cielo sobre sus cabezas como la hierba sobre los potreros. Entonces, producto del tal vez, volvieron a cambiar las cosas, y ella y Pedro vivieron el mismo casarse, hicieron el sexo con apuro y tuvieron nuevamente los mismos muchos hijos. Pero duró poco aquel tan largo amor. Pedro tuvo, para mantener aquella prole de bocas, que irse a trabajar lejos. Muy lejos. A otra provincia en los orientes del país. Ella lo esperó con el papelito en la mano y los hijos agarrados del vestido. Ahí el tal vez volvió a dar otro giro brusco y a ella la empezó a merodear un hombre. No se parecía ni a Pedro ni a Juan. No miró sus ojos ni sus pies descalzos. No tuvo que hacerlo. Ella se puso desnuda para que la viera. Para que la viviera. Para que la tuviera. Y cuando el tal vez trajo nuevamente a Juan y a Pedro, ya ella no estaba en el tiempo donde la dejaron. Ya no estaban tampoco el patio ni la mata de mamey, ni el cielo aquel donde el azul crecía como la hierba en los potreros. El tal vez que los reunió con sus vueltas y revueltas se había ido. Y ellos, Pedro y Juan, a pesar de que nada pudo borrarles la mirada de sus ojos ni la blancura de sus pies desnudos, no lograron nunca más que el tal vez los llevara a ella. Ah, a ella, la vida le dio un largo giro sin ningún amor y, al final, en un acto desesperado, no le quedó otra salida que, en un salto de sus pies desnudos y del mirar grande de sus ojos, lanzarse en el hondo abismo de un espejo para, con este acto desesperado, ir a buscarlos, allá donde aún podían verse, borrosos, el patio y la mata de mamey, que agitaba enloquecidamente sus ramas hacia el suelo como si también buscara alcanzar sus raíces.

 

Poeta Félix Guerra

Félix Guerra: el invitado al éxtasis de la mirada

El poeta es sin duda el que mira, el que lleva sus ojos a ver. Desde  las Metamorfosis de Ovidio para acá, el poeta ha sido el invitado a verse a sí mismo, a contemplarse en las aguas detentadoras del mundo, sin que —no siempre—, lograra atisbar el mundo. Pero en este trayecto de siglos aprendió a botar la cáscara, a librarse de la erótica seducción con que alguna vez se disfrazó de nenúfar blanco. Dejó de ser el simple merodeador acuático que se contagia con el  inaccesible reflejo que aparece en la fuente. Trastocó la mirada mítica en la búsqueda encarnadora de una conciencia de sí mismo más que en el regodeo de una imagen propia. Esto le permitió desculpabilizarse del error, declararse libre, metamorfosear la soledad de su visión e ir más allá, salir fuera de sí: salir de la locura narcisista, lo cual hizo posible que renaciera como poeta. Fue su salto mayor, porque encontrarse con los demás, fue encontrar nuevamente su voz, saberse parte de un universo humano que se expande, adentrarse por fin en su realidad esencial.

 

Ese tránsito de dos mil años en la poesía de occidente se ha convertido el narcisismo en una mala palabra. Sin embargo, Félix Guerra, en el poemario El invitado soy yo, lo asume y resume de un plumazo, reivindicando así, sin complejos, el acto de la creación de apariencias como fundamento necesario del arte. Qué alivio, la poesía existe. Desde el primer poema, El invitado… no tiene a menos reconocer que viene de ahí, de esa agua discursiva, de esa imagen huidiza que, en su caída, luego de una extraña resurrección, se metamorfoseó  en la flor.

 

                        nací

de una silenciosa flor,

de pausadas cáscaras

oscuras: en cada derrumbe descubrí

recientes huesos míos creciendo

entre las ruinas, como hojas

de paisaje todavía

sin árbol primordial.

 

Solo que la fuente a la que él ha sido invitado, no es aquí punto a donde se llega, sino impulso primigenio del cual se parte en este libro extraordinario, dador de hermosura. Félix parte de esa mirada que él recupera y trasciende. La hace suya. Pero, al mismo tiempo, hace algo inusitado: convoca a todas las miradas.  Como no siente vergüenza de ninguna, ensancha con la hereje la pupila, mira incluso a contracorriente, vuelve atento el ojo, como antes Valéry, Gide, Mallarmé, a las delicias introspectivas del inagotable Yo, para llegar, en apoteosis, a ese fuera con el cual, en tanto que ve, establece un fructífero intercambio, y en tanto que le posibilita verse, entraña el reconocimiento de que el otro (o la otra) es la representación de sí mismo.

 

       Cuesta

admitirme como soy.

Sin el espejo no veo la nariz, que

desvía al sur. No veo el Sur

justo cuando cruza sobre el eje de mi cuerpo.

Un ojo no ve el ojo hermano compañero.

 

Intercambio. Apasionado trasiego de lo visible y lo invisible. Asume la mirada sin ningún tipo de remilgos,  pues tal éxtasis le concede la gracia de salir al yo, al tú o al universo “con un proyecto de pulmón ajeno”. Es decir, valiéndose del otro, va, realizado, “en busca de suspiros propios”. Para él no hay culpa ni engaño. Su poesía no se debate entre la verdad y la representación de ese reflejo originario. Lo que está delante, invitándolo, es el mundo, que le permite, por un lado, gozar de la soledad y, por otro, de la compañía de todos los seres y cosas que pueblan el planeta. Y como para que no quede ningún rescoldo de ambigüedad, en el poema “Por si llegara”, lo declara categóricamente.

 

Soy parte, pues, de algo

considerablemente mayor. Cambio del

yo al tú y además movimientos de

alfiles por una diagonal.

 

No hay fronteras. Es un vaivén. Cada poema es un ir y venir por el hallazgo. La palabra rivaliza con el ojo cuando se realiza el paso de lo interior a lo exterior, o viceversa. Félix mira con la palabra, oye, hace guiños, salta, la pone a reír, a darse prisa, a cantar entre sus dedos, le pone zapatos para que camine a paso lento, anteojos para que le ponga más rápido asunto al mundo o para que, en apretada sinopsis poética, como si hiciera un zoom, alcance la plenitud por medio del humor:

 

Son rirriquísimas

las tototortas

del tartamudo.

 

O mediante sutiles paradojas:

 

Para cada abismo

un bastón diferente

de candor

 

O con  furiosas antítesis:

 

A menudo ella es más rápida

con el puñal

que yo con las heridas.

 

Son jalones de una identidad mayor. Con ellos desafía la condena con que acaba el mito de Ovidio y los valores consagrados. No hay dudas de que, como otrora Narciso se asomara a la fuente, Félix Guerra se asoma a la palabra con el fin de dar el paso completo de la mirada a la forma.

 

En el líquido percibí

imágenes que deletreaban:

aquí escribieron

río

con  agua muy larga.

 

Froilán Escobar, de pie, a la par de Eloy Machado, uno de los personajes de la novela, y de Labios, su mujer, en La Habana.

“Antes solo escribía poesía en versos, ahora la narro”

Conocí a Froilán, ¿cuándo? Cuando era una niña, seguramente desde el nacimiento, porque él y mi viejo ya llevaban años trabajando juntos, subiendo montañas, ideando libros y pagando castigos injustos. Pero mis recuerdos se remontan a los primeros años de vida, quizás, cuando mi hermano y yo correteábamos por su casa de Subirana y jugábamos con sus hijas postizas. O de los tiempos en que teníamos que estarnos calladitos porque él y mi padre entrevistaban, con una vieja grabadora de cintas, a Freddy Ilanga, el traductor de Swahili del Che en el Congo. Aquellas entrevistas se convertirían en un libro muy importante: El año que estuvimos en ninguna parte, que revelaba la travesía del Che en aquel país africano, y que desplegaría enorme polémica. Aquel libro nos generó no pocos dolores de cabeza a nuestras respectivas familias por la triste decisión de compartirlo con el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, historia nunca revelada pero que marcó duramente nuestros años de Periodo Especial en la isla.

Abolida la infancia, pasado el tiempo, ya emigrante él y en Cuba nosotros, nos volvimos a encontrar una tarde mi padre, Froilán y yo en el Opus Bar del teatro Amadeo Roldán. Yo era una jovencita con aspiraciones de escritora. Ese día me llevaron a conocer a Cintio Vitier y a Fina García Marruz, dos de los más grandes escritores que dio el siglo XX cubano. Así, su recuerdo para mi está ligado a momentos excepcionales.

Hace unos pocos años, envuelta yo también en mis destinos emigrantes, nos reencontramos vía mail, skype y los modernos medios electrónicos. Casi podría asegurar que ese reencuentro cambió mi vida de escritora. Froilán se leyó mis libros y yo me leí sus libros. Nos dedicamos largos ratos de reflexión, de compartir imágenes bellas que nos cruzaban por los ojos y la vida. Froilán recomendó mi novela Bahía de Sal a la editorial española que ahora nos publica a ambos: Ediciones Huso. Y fue de las primeras personas a las que escribí cuando me llamaron del INBA para decirme que mi obra había ganado el Premio Juan Rulfo de primera novela en 2016. ¡Cómo no estarle agradecida! Él fue uno de los primeros que me dijo que era una verdadera escritora, y no ha parado de darme aliento.

Hoy conozco buena parte de su obra. Creo conocerlo un poco más, además de como lejano (en el tiempo) amigo de campañas de mi viejo, como escritor, poeta, artista y como humanista. Confío en sus palabras y abrazo su amistad. Espero que estos poco detalles de una vida rica y compleja le den al lector una idea de ese universo que lo habita y que para mí ha sido un mundo paralelo donde a veces me es muy grato refugiarme.

 

Entrevista con Froilán Escobar

 

Naciste del periodismo y eres un académico, ¿Qué inspira a Froilán?

La poesía y el mundo. Es un viejo sueño que no he parado de soñar. Que viene desde que oía a mi padre leer el Cantar de los cantares o Las mil y una noches. Me buscaba en esas palabras que él leía. Me hechizaban esas palabras que él leía. Las palabras y el mundo crean en mí un ritmo secreto de realidades y resonancias, que engendran un eco y un desciframiento.

 

Tres en una taza es tu última novela publicada. Ahora se comienza a hablar y a escribir sobre algunas épocas de la Cuba revolucionaria, pero tú la ves a través de un cristal diferente, tú inventas un viaje antes del viaje con elementos tan preciosos de la cultura cubana como Lezama Lima. Háblanos de tu sentir.

Tres en una taza es un viaje alucinado por La Habana de los años 70. Una guagua, un ómnibus, recorre la novela, pero no va por las calles sino por dentro de las casas. Metáfora del absurdo que me permite expresar el absurdo de la realidad. Además del personaje central, un joven periodista al que sacan de la prensa, subo al ómnibus a muchos personajes, reales e imaginados. Figuras como la de José Lezama Lima, que asiste a su propio entierro; Guillermo Rosales, al borde ya de su Boarding home; el poeta negro Eloy Machado, que pasó de mendigo a poeta; los trágicos gemelos Yo y Tú, que son el mismo personaje, pero viven escindidos, separados: uno en el pasado y otro en el presente; una mujer de fosforescente belleza que lo llena todo en un momento en que faltaba todo; y un montón más. Con este apretado cúmulo de historias y personajes, busco mostrar lo hermoso y lo terrible de esa década. No oblitero nada. No dejo a nadie fuera. Reúno a los que disienten y a los que chisporrotean por el júbilo. Es un contrapunto proliferante de contrarios. El desastre y la alegría. Solo así podía ser fiel a lo que yo viví. Solo así podía salirme de lo encapsulado, de lo unilateral, para mostrar, a la vez, un mundo donde la realidad perturbadora se mezcla con el delirio hasta el punto de crear dimensiones esquizofrénicas, inesperadas, inquietantes.

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2016/08/tres-en-una-taza/

 

Froilán pinta también. ¿Es un pasatiempos, una necesidad, otra forma de expresarte?

La palabra y la imagen juntan sus vislumbres, atrapo así figuraciones, sentidos que busco.

Tejiendo la historia de su padre. Froilán Escobar. Acrílico sobre lienzo.

Tejiendo la historia de su padre. Froilán Escobar. Acrílico sobre lienzo.

 

¿Cómo escribes? ¿Cuándo? ¿Cuál es la rutina? ¿Qué tipo de escritor crees ser?

Yo diría que mi método es subjuntivo, porque tiene que ver con el deseo: con que mis palabras expresen, así mediante, un querer ir más allá. Vislumbro, adivino, abro un paraguas no para que empiece a llover, sino para empezar a soñar con la lluvia. Practico, mediante las palabras, la taumaturgia. Las palabras son los signos de un misterio.

 

¿Qué viene en camino?

Travesía, una novela que cuenta dos historias de dos personajes: uno llega a España como judío esclavo desde el pasado remoto de Babilonia, y va en esa travesía, a medida que se acerca a los reyes católicos y a Cristóbal Colón, hacia el otro personaje, que también lo busca por otra vía y que también va a su encuentro desde Costa Rica. Es una suerte de anagnórisis que los junta en el tiempo y en la novela.

 

Me dijo un poeta cubano que alguna vez hiciste poemas. ¿Nos podrías compartir alguno? ¿Todavía escribes versos?

Nunca he dejado de escribir poesía. No sé expresarme de otra manera. Antes solo la escribía en versos: ahora la narro. Asumo en mis novelas las formas antes reservadas a lo poético. De cuando en vez, escribo versos. Tengo un poemario inédito: La puerta de los besos.

Aquí te va uno:

La ventana

La ventana ya estaba ahí

colgando como un cuadro más

en la pared.

Cumplía estrictamente sus funciones de ventana

al traernos

por las tardes el mundo.

La ventana ya estaba ahí.

Yo la veía vivir

para que viéramos.

Era mucho más que un sueño

con paisajes nunca vistos de mujer.

Un pájaro anidaba allá lejos

sobre el oscuro dintel del horizonte.

Habría que regalarle ventanas a la gente.

Cómo hay azul afuera

apoyándose sobre tu hombro.

Cómo hay también estalactitas tuyas

que convidan a la inocencia,

y al que huye por aquel lado

donde una vez pasaste.

Nada es comparable a mirar desde aquí

el árbol que da sombra a tu rostro.

Yo dibujo los techos de las casas

y después las habito con mis manos

del cielo para arriba.

Aún quedan joyas,

el naipe se encabrita

cuando trae sobre tus ancas

nuestra suerte.

Cada vez que me asomo veo venir

tus pasos seguidos de una columna dórica.

Por aquel camino viene el día.

Asómate para que veas.

Esta ventana da incluso al cementerio,

da al bosque aquel que fue nuestro una vez.

Esta ventana me acompaña siempre.

Sin ella nada sabría de las noches.

Sin ella la vida sería invisible para mí.

No te quedes sola con el cielo.

Asómate conmigo

para que veas sobre el polvo

la huella que dejan nuestros pies.

 

Las futuras generaciones de escritores “diletantes” tienen una pregunta eterna para los escritores “profesionales”; ¿Qué hay que tener para llegar a ser uno de ellos?

Querer hacer.

 

¿Martí a flor de labios es uno de tus primeros libros. Muchos años después, vuelves a la figura de Martí ¿Qué buscas?

Tocar al ser humano, acercarme al hombre metido hasta el corazón en sus circunstancias.

 

Cuba, luego Costa Rica… ¿Qué cambia en tu propia travesía y qué nunca cambia?

Antes estaba parado en una isla, ahora estoy parado en el planeta. Antes y ahora, sigo viendo en el cielo cómo la nebulosa de Orión, luego de un estallido descomunal, se convierte en mariposa.

Nebulosa de Orión

Nebulosa de Orión

La metamorfosis continúa…

Fragmento de Tres en una taza, Froilán Escobar

A Lezama, los enfermeros tampoco podían sacarlo de su casa por la puerta, porque: hinchado por la fiebre y porque los riñones no le drenaban, estaba lleno de líquidos y de presagios oscuros. Ni siquiera Lezama entendía cómo aquello de lo que él había sido parte, ahora lo abandonaba. Cómo los amigos habían dejado de venir a verlo. Él, el viajero inmóvil, a pesar de su experiencia de solitario, no podía lograr que los opuestos se resolvieran en forma de cercanía para darle un sentido a lo perdido. Su verdad ya no podía ser conversada. Las cosas que se hablaban de él eran, ahora, un enemigo rumor que crecía. Por eso cuando su esposa le preguntó: Ay, Joseíto, ¿qué podemos hacer? El dijo: Tranquila, María Luisa, tranquila, porque no tenía otra respuesta. Ninguna de las eras imaginarias era suficiente para sostener su débil columna de humo. El viento aciclonado, que se lo llevaba todo, se lo estaba llevando también a él. Trastabillaba por la sala. Se sentaba en su sillón y le daba vueltas al tabaco como si descifrara la metamorfosis de la noche insular, hasta que el humo, que trepaba como enredadera, lo envolvía y lo dejaba en sus jardines invisibles. Podía verse, en el claroscuro de su casa, cuando chupaba el tabaco dándole vueltas entre sus dedos de manera acezante como si se ahogara, que el humo, en su acumulación, lo borraba del sillón, se lo tragaba. Ay, Joseíto, le decía María Luisa, la mujer, no sigas fumando así que ya casi no te veo. Pero después volvía a aparecer con una nueva imagen y se reía. No temas. La metamorfosis continúa. La única realidad es la transformación constante. Entonces saboreaba de nuevo otra bocanada haciendo girar el tabaco, y hacía gala de la ambigüedad de sus expresiones para dejar atrás cualquier significación directa. Y concluía: Parece que estamos leyendo el Libro de los Muertos, porque ya siento en la boca el sabor de los pasteles de azafrán.

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Tres en una taza

Tres en una taza, ¿o cuatro?

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¿— la desaparición de la memoria en

un país que invoca su historia con la misma insistencia que

la niega?

Luis Manuel García

 

Insisto: el protagonista de las obras de Froilán Escobar sigue siendo el lenguaje. Puede que la novela Tres en una taza-que acaba de publicar Ediciones Bagua, en Madrid-, trasmita un matiz ensayístico; quizá la incursión en el inconsciente, que implica ese desdoblamiento de sí mismo en dos vertientes,la conviertan en una pieza sicológica; algunos pensarían que la apoteosis definitiva de ese viaje en “guagua” que une a tres personajes en un debate de identidades, es portadora de varios elementos del thriller;otros recibirán el hilo del relato como un texto biográfico; la mayoría, creo, la va a tomar como un ejercicio literario de gran alcance en el cual conviven la poesía y la prosa tanto como lo hacen Tú, Yo, B, en términos que a veces recuerdan la crónica y otras hacen uso del más poético monólogo interior o muestran los vericuetos reflexivos en sus variados planos.

Pero al margen de cualquier clasificación, encasillamiento tal vez, Tres en una taza es una escritura libre y lo que la hace libre es el lenguaje. Sólo él puede trasmitir con tal intensidad sentimientos y emociones ligados a hechos reales, tanto como irrealidades y fantasías vinculados a la imaginación. Sólo ese particular lenguaje, que ya es estilo en Froilán,es capaz de penetrar el laberinto sicológico que se abre en dos protagonistas enfrentados en un combate por la inspiración-mujer que desean ambos amantes, y, adicionalmente, incorporar a la “guagua” como un mirador humano, inasible para los censores, desde el cual se contempla el deterioro contextual y se asumen los dolores de las despedidas. Un recorrido por la ciudad de calles íntimas, incrustadas en ese sistema circulatorio que nos mantiene despiertos frente a la lectura.

El lenguaje funciona entonces como un factor adictivo que engancha al lector hasta el final, para saber qué pasa con estos tres, incluso cuatro. El lenguaje obliga a disfrutar la descripción de los últimos momentos de Lezama, su tránsito hacia la muerte, con un desenfado que evade las lamentaciones, tal como él habría querido.

Novela de homenajes y de críticas. Saldo de una generación que hoy ha tomado el deber de preservar, incluso rescatar, la memoria; retomarla, para legar el testimonio de su experiencia a quienes habrán de juzgar lo que pasó, lo que nos pasó, sin haberlo vivido.

Novela de pensamiento y de expresión de esa necesidad de mirar la realidad desde varios ángulos para poder recuperarla, completarla, finalmente comprenderla, porque sin hacerlo hay una generación, la del autor, que no podría seguir su camino. Porque de lo que se trata es de encontrar respuesta a las mayores preguntas que muchos nos hacemos: ¿Por qué hicimos lo que hicimos? ¿Porqué nos entregamos, gozamos, creímos, convocamos, participamos, luchamos, construimos, disfrutamos, amamos, militamos, soportamos? ¿Por qué fracasamos? ¿Renunciamos? ¿Por qué?

Estos personajes responden a algunas de esas preguntas. Uno desde la realidad, el otro a partir de lo imaginado. La verdadera metáfora yace en B, la inalcanzable B, la soñada, ¿será una mujer?, ¿será la inspiración?, ¿una causa?, ¿o todo a un tiempo? La B que este autor nos pone delante tiene la posibilidad de ser creada, porque se trata de la quimera particular de cada quien. Su enigma,añade a la novela una puerta a la participación del lector en ese recorrido provocador que se proyecta al describir,en el diálogo continuo de los dos ramajes de su protagonista, los variados ángulos de un mismo camino. El intercambio establece las diferencias al tiempo que ilustra la observación de la realidad sufrida y la realidad imaginada,para arrojar una visión que se completa en un punto único: B.

Ese punto B que encarna lo imposible y, pese al clímax del ayuntamiento definitivo, es depositario de la frustración y el dolor ante lo que fue inalcanzable. Ese punto, que en su reflexivo silencio intenta descifrar la injusticia frente a una condena sin causa; porque el propio autor se niega a aceptar, por inverosímil, un pecado que sólo es explicable en la apología, el culto a la personalidad, la condición del intocable. Y el Yo escritor es acorralado en ese rincón adónde van a parar “los criminales que no han cometido ningún crimen”, tal cual dejó dicho el gran Vasili Grossman en ese tratado sobre el totalitarismo que es su novela Vida y destino.

Lectura para todos, pero imprescindible para aquellos que creen que olvidar es más sano, cuando lo verdaderamente curativo es recordar. Porque sólo la memoria hará útil la experiencia vivida como parte de esa historia integral que debemos recuperar entre todos, sin omisiones, sin ausencias, sin censura.

 

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Tres en una taza

Tres en una taza

En los años sesenta en Cuba, tras el triunfo de la Revolución, creció una generación de intelectuales, artistas y escritores, cuyas obras, publicadas o no, marcaron una etapa fundamental en la literatura y la cultura cubanas y latinoamericanas. Con el despertar artístico, llegaron las censuras, los errores, las partidas, las migraciones; resultado de un proceso que no estaba destinado a salir bien, porque no tenía modelo que seguir. Hoy esa generación está dispersa, como todas las que le sucedieron; dispersa en el mundo y dispersa en el recuerdo.

 

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