A 4 manos

Los hijos de la Violencia / José Gabriel Acuna Acuña

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga del caso, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cusquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de la Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. La nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como años atrás había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ése que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de nada. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, lealtades, proyectos. Y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error cometido, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

MACABRA NAVIDAD

El comisario Aldújar baja del coche frente a la puerta de la casona. Se afina los bigotes encanecidos, los tornea con sus nudillos. Una acción minúscula, dilatoria; una pausa efímera que brinda un respiro a la ansiedad. Escupe el piso, pero el viento desvía el gargajo hacia su pantalón. Putea, claro. Saca un pañuelo y se limpia. “Esto empieza mal”, predice, con una risita que muere casi al nacer.

     Camina sobre la alfombra oscura que proyecta la casona, cuyo lado opuesto debería estar empapado en luna llena. Antes de que logre divisar el timbre, se acercan tres tipos que parecen extraídos de un casting para sicarios. Lo pechean. Lo arrinconan. No parece importarles la credencial ni la culata de la Browning que nerviosamente exhibe el comisario en su cintura. Sólo uno de ellos, de aspecto oriental, es el que lleva la voz cantante. Y no precisamente para cantar, sino para lanzar una metralla de preguntas que parecen provenir de la Uzi que lleva colgada del cuello. ¿Quién mierda sos? ¿Quién te manda? ¿Qué querés aquí?

     Aldújar no sabe si responder sumisamente a cualquier pregunta de la que pueda agarrarse, o sacar el arma y hacer pesar su condición de policía, con el riesgo de exponerse a un tiroteo claramente desigual. La suerte le ahorra ese debate interno. Una voz metálica vibra en el portero eléctrico. Una voz suave, sin asperezas pero a la vez autoritaria, como la de un animador de fiestas infantiles. La orden desactiva los malos modales de los sicarios. Se transforman en mayordomos atentos que le franquean la puerta con una sonrisa de compromiso, no sin pedirle cortesmente que deje la pistola antes de entrar. “Reglas de la casa”, le informan. Y puesto que no porta una orden de allanamiento, el comisario accede.

     Un largo jardín precede a esa única edificación erigida en la manzana. A continuación, otra puerta se abre como por arte de magia, al ritmo de una chicharra. Una multitud de lucecitas intermitentes, que provienen de un frondoso árbol de Navidad, escoltan su paso por el living. El propio general Reverde viene a recibirlo. De unos cincuenta años, barba casi enteramente blanca que contrasta con el delantal, también blanco, pero con grandes manchones rojos. El general adivina la impresión que ese detalle provoca en el comisario.

   —Sí, es sangre –aclara—. Estoy trozando los pollos para cocinarlos en Navidad.

   —Entiendo –dice Aldújar.

     Luego de estrecharse la mano, el comisario carraspea.

   —Me envía el jefe de policía –explica—. Tengo orden de apoyarlo en… eso dijo, apoyarlo. Pero no me explicitó en qué tema.

   —¿Cómo qué tema? Pero, comisario. Todo el mundo habla de eso. Los malditos golpistas.

     Aldújar frunce el entrecejo, desconcertado.

   —¿Golpistas?

   —Usted sabe que soy el presidente de la sociedad de fomento del barrio. Lo sabe, ¿verdad?

   —Mno… La verdad que…

   —El problema es que unos cuantos vecinos se han confabulado para derrocarme. Revanchistas. Vendidos. No toleran mi éxito en la gestión. Dicen que no he colocado ni una sola cloaca en el barrio. Como si las cloacas fueran tan importantes.

   —Pero, ¿lo han amenazado? ¿Lo han atacado o invadido su propiedad?

   —¡Jamás se animarían esos cobardes! Pero hacen algo peor. Murmuran. Murmuran en contra mío. Murmuran tan fuerte que los oigo desde mi dormitorio. Toda la noche murmuran. ¿Cómo puede ayudarme?

     El comisario se rasca la cabeza, perplejo.

   —Es que, si no hay nada concreto que hayan hecho…

     El general mira su reloj.

   —Se me hace tarde. Tengo muchos pollos que faenar. ¿Me acompaña?

     Y sin esperar respuesta, se introduce en un pasillo. Aldújar no tiene el menor interés en seguirlo, pero sabe que el jefe de policía está pendiente de ese encuentro. Su obsecuencia policial lo lleva hasta una sala refrigerada. El aire gélido le produce un escalofrío, pero no es la temperatura lo que le hace temblar las piernas, sino lo que ve. Sobre una mesa metálica, el cuerpo inerte de un hombre, desnudo, con el vientre abierto y las vísceras a medio salir. El general toma un cuchillo grande, de esos que se usan para cortar un costillar, y sigue abriendo el cuerpo hasta separarlo en dos hemisferios. La sangre chisporrotea al paso del filo.

   —Caramba –dice Reverde observando con sorna al comisario—. Se me ha puesto pálido.

   —Yo… yo no sabía que usted… hacía trabajos forenses. Me refiero a… bueno… una autopsia en su propia casa.

   —¿Autopsia? –El general lanza una carcajada—. Tiene un gran sentido del humor, comisario. –Y repite meneando la cabeza—: Autopsia.

     Aldújar siente que le sobreviene una oleada de náusea, la misma náusea que le provoca subirse a un bote; con esfuerzo logra controlarla. Suspira y el olor pútrido de la sangre lo impresiona aún más. Reverde puede adivinar cada una de las sensaciones de su interlocutor.

   —No sé por qué se impresiona tanto, comisario. ¿Nunca antes había visto faenar un pollo?

     El policía lo mira entre sorprendido y asqueado.

   —¿Pollo? ¿Llama usted pollo al cadáver de un hombre?

   —¿Se refiere a esto? Ah, sí. Esto fue un hombre. Ahora es un pollo.

     Aldújar estalla sin proponérselo.

   —¿De qué habla, loco de mierda?

   —Tranquilo, comisario. Déjeme explicarle. Este cuerpo corresponde al que fuera uno de mis vecinos más intolerantes. El que más fuerte murmuraba. Eso hacía, antes de que se convirtiera en pollo.

     El policía extrae con mano temblorosa su celular, y trata infructuosamente de embocar los números que lo conecten con la brigada. Su intensión es pedir un móvil para arrestar al general y sus sicarios.

   —No se moleste comisario. Aquí no hay señal.

     Aldújar casi pierde el equilibrio al notar que el general está muy cerca de él, apuntándole a la cara con una birome.

   —¿Sabe lo que es esto, comisario? ¿Sabe lo que es?

   —Una… birome –atina a balbucear Aldújar.

   —Correcto. Una birome, con un poder mágico. Me la trajo un pajarito en un día de sol intenso, un día de brillo resplandeciente, de esos que presagian el nacimiento de la patria grande indo europea. Pero no entremos en detalles. Le decía que es una birome mágica. ¿Me entiende?

   —Sí… Sí, claro.

   —Si lo toco a usted con la punta de la misma, si le marco un poco de su tinta, usted se convierte de inmediato en un pollo. Y yo no tendría más remedio que faenarlo.

     Justo en ese momento el comisario descubre que la otra mano de Reverde sostiene el cuchillo que casi le roza el vientre. El brillo de la hoja parpadea bajo la potente luz del techo. El efecto en el comisario es devastador. Su cuerpo se paraliza, se congela, al punto que su propia respiración le resuena como el estallido de un volcán.

     El general se descascara de risa y coloca un capuchón a la birome.

   —Tranquilo, Aldújar. Si a usted lo manda el jefe de policía para ayudarme, significa que usted es de los nuestros.

   —Sí sí. Soy de los nuestros. Digo… soy de ustedes.

     Ni aun la amable aceptación de Reverde logra relajar el cuerpo balcanizado del comisario, que aun tiembla por partes, desbordado, sin el menor atisbo de control. El general lo toma del hombro y lo va llevando hacia una puerta de metal.

   —Escuche, comisario –le dice, afable, como quien le habla a un viejo amigo—. Todo lo que necesito de usted es que vea la forma de justificar la granja.

     Aldújar sólo entiende la palabra “granja”, pero no tiene idea de lo que pueda significar en boca de Reverde. No tiene voluntad siquiera para preguntar. Sólo se deja llevar hacia el interior del cuarto tras la puerta de metal. Y, curiosamente, el cuadro que se le revela ni siquiera lo impresiona. Ver esos cuerpos humanos colgados como reses de unos ganchos carniceros le parece tan natural como ir al supermercado a comprar medio kilo de osobuco. Sus sentidos están anestesiados por el horror. El miedo a terminar siendo una de esas reses, o pollos, como los llama Reverde, le bloquean todo razonamiento crítico. Ya no es un policía. Ni siquiera el hombre que fue antes de ser policía.

     Al notar la cara inanimada del comisario, Reverde siente la necesidad de ser más claro.

   —En concreto, lo único que pido de usted es que invente algo, un accidente, no sé, algo que explique la desaparición de estas expersonas. Para que a los familiares no les de por hinchar en los medios. Pueden ser muy fastidiosos. ¿Me explico?

     El comisario apenas puede asentir con la cabeza, su boca entreabierta le dan un aspecto casi bovino.

   —¡Muy bien! –festeja Reverde—. Ahora vaya a su casa, ni bien tenga un plan de acción me llama. Y no se preocupe. Lo voy a recomendar con el jefe de policía para una promoción. Ya verá, soy muy generoso con los nuestros.

   —Sí… de ustedes… –alcanza a decir Aldújar.

     Y cuando ya se está retirando lo detiene la voz del general.

   —¡Espere! ¡Llévese esto! —El comisario se deja poner una bolsita entre las manos. Reverde sonríe—. Para la cena de Nochebuena, disfrútelo con su familia.

     Aldújar observa a través del plástico transparente una mano humana, regordeta, aún con pelos en la base de cada dedo, y algo de tierra bajo las uñas. Se le ocurre que sería muy rica con papitas al horno.

Dios-y-el-futbol

Amanecer de un día sagrado

Año 1908

Si alguien lo hubiese visto arrugarse la sotana para trepar el alambrado hubiera pensado, sin dudarlo, que se trataba de un ladrón de gallinas disfrazado de cura. Pero no. Lorenzo Massa no hacía más que seguir esa voz profunda y amorosa que venía convocándolo desde el día anterior.

   —¿Quién? ¿Quién? —No hacía más que repetir, mientras se internaba en esa chacra desconocida con temor a ser descubierto por sus moradores—. ¿Quién me llama?

   “Yo”, dijo la voz. “Ven, Lorenzo”.

El cura miró hacia la casa del fondo y tragó saliva. Saltó un surco que llevaba el agua a un jardín de gladiolos, y caminó por el ancho espacio verde hasta ocultarse tras unos árboles frutales. Sacó un pañuelo y secó su frente.

   —Esto es una locura —se dijo—. Mejor me voy o termino en un calabozo.

En eso estalló un sonoro chistido. Lorenzo miró a su izquierda y vio algo que lo dejó paralizado. A pocos metros, en un claro alfombrado por una tierra amarillenta y seca, una zarza ardiente. Lorenzo se acercó, atónito, porque la zarza ardía y ardía, pero no llegaba siquiera a chamuscarse.

   —Esto es cosa de mandinga –balbuceó.

   “La competencia nada tiene que ver en esto”, dijo la voz. “Vamos, descálzate que estás en tierra sagrada”.

Con la obediencia que requieren los eventos metafísicos, Lorenzo se sacó las alpargatas. Febrilmente, repasó en su memoria todos los evangelios y el Primer Testamento completo, más un comentario de Santo Tomás.

   —¡Señor! ¿Eres Tú?

   “¿Y quién otro se te aparece en zarzas? Vamos, Lorenzo. Dale crédito a tus sentidos. Soy el que Soy.

   —Pero… Tú sólo te apareciste frente a Moisés.

   “También lo hice ante Freud, y me quiso convencer de que Yo era su delirio místico. En realidad, me he presentado ante muchas personas pero todos han dudado de mi autenticidad. Hasta he pensado en hacerlo junto a un escribano”.

   —Yo te creo, lo juro por Ti.

   “Bueno, tranquilo. Yo sólo vine a felicitarte por tu obra con don Bosco. Y también con los Forzosos de Almagro.

Lorenzo se rascó la nuca, sorprendido.

   —No sabía que te interesaba el fútbol, mi Señor.

   “¿Que si me interesa? ¿Quién crees que inventó el fútbol? ¿Los ingleses? No, Lorenzo. Fue una de mis grandes inspiraciones. Un deporte sencillo y económico para que todos puedan practicarlo. Una fuente de vida, de salud física y mental. La manera más divertida de bajar el colesterol.

   —¿El qué?

   “No importa. El caso es que Satanás, rabioso de celos, ha encontrado la manera de destruir mi obra”.

   —Disculpa, mi Señor, pero… me parece difícil que el demonio pueda destruir el fútbol.

   “Lo ha hecho. Inventó la FIFA”.

   —¡Vade retro!!!

   “Es por eso necesito reforzar este deporte con equipos nuevos que lleven a la gloria el arte de la gambeta. Te necesito a ti, Lorenzo”.

El cura quedó con la boca abierta.

   —¿A mí?

   “Quiero que fundes un equipo en base a los Forzosos de Almagro, que lo bautices con una marca registrada que deberá recorrer el mundo entero sembrando admiración y goles. ¿Se te ocurre algún nombre?”.

   —Nombre… nombre… —murmuró Lorenzo tomándose la barbilla.

   “Que tenga que ver con la santidad”.

   —Y… ¿qué más santidad que esta comunicación que sostengo Contigo? ¿Qué mayor   bendición que una charla en vivo y en directo con mi único Dios? Comprendo entonces que… para llegar a Ti necesito hablarte… Mi nexo son las palabras como vehículos de fe… ergo, mi boca se vuelve sagrada… Eso es… mi boca… Boca… Ese es el nombre… ¡Bocaaaaaaaa…!!!

   “Detente, eso lo están inventando en otro barrio. Sigue participando”.

   —Tengo otra idea. Tu palabra es el viento sagrado que limpia nuestros corazones, que barre con nuestras impurezas. Un viento que lo sana todo, ciclónico, glorioso, arrasador. Puede ser un… huracán. Eso, ahí está. ¡Huracán para todo el mundo!!!

   “¡Ay ay ay! Estás agarrando para los tomates, Lorenzo. Eres tan modesto que no puedes ver tu propio nombre. No importa. Yo me encargo del tema. Y ahora ve saliendo de la chacra. La familia Onetto va a despertar y puedes tener un gran lío.”

Lorenzo miró hacia todos lados, desorientado.

   —Como digas, mi Señor. Pero, ¿por dónde salgo?

   “Sigue derecho por aquel sendero y llegas a la Avenida La Plata al 1700.”

   —¿Avenida qué…?

   “Hablo del futuro, Lorenzo. Ya te dije que no te preocupes, todo queda en Mis santas manos”.

Cinderella

CENICIENTA

Había una vez una muchacha triste llamada Cenicienta. No triste porque sí, como deporte, sino más bien porque vivía con dos hermanastras que siempre la trataban mal, y también con una madrastra que se la pasaba dándole órdenes con cara de limón ofendido.

  “¡Cenicienta, limpia la escalera!”, le decía. “¡Cenicienta, plánchame el vestido!” exigía luego. “¡Cenicienta, sírveme el té!”.

   Y era así que la pobre muchacha se la pasaba trabajando todo el santo día, sin tiempo para ir a pasear o para mirar la telenovela de las cuatro, cosa que hacían las otras mientras ensuciaban el piso comiendo pochoclo. ¡Pobre Cenicienta! ¡Qué cansada se acostaba por las noches! ¡Cuánta tristeza la invadía en ese cuarto solitario, metida en un pijamas viejo y lleno de agujeritos de polilla!

   Un día, la madrastra llegó entusiasmada de la calle para dar una gran noticia. El príncipe había decidido invitar a todas las chicas del reino a un baile en palacio, con el fin de escoger a la más bella como esposa y futura reina. Había también un premio consuelo para las finalistas que consistía en dos pasajes a Disneyworld, pero las hermanastras, que a ojo de buen cubero resultaban bastante lindas, empezaron a soñar con la boda real que le tocaría a cualquiera de ellas.

   “¡A mí! ¡Yo seré la princesa!”, decía una.

   “¡No! ¡La princesa seré yo!”, respondía la otra.

   “¿Y yo?”, preguntó la inocente Cenicienta.

   Las hermanastras rieron de buena gana y luego se burlaron con saña.

   “¡No seas tonta, Cenicienta!”, intervino la madrastra. “¿Cómo ha de fijarse un príncipe en una fregona como tú, que ni siquiera tiene E-mail?”.

   Rieron aun más fuerte las hermanastras, y Cenicienta, humillada, se dedicó a pasarle el plumero al gato mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

   Llegó la noche del baile y las tres perversas mujeres salieron rumbo a la pachanga real. Cenicienta las vio partir, con algo de envidia y mucho de dolor. Había empezado a llorar amargamente cuando de pronto se le apareció un hada. Cenicienta, sorprendida, le preguntó quién era. El hada le mostró su credencial del Sindicato de Hadas y le propuso que concurriese a palacio.

   “¡A palacio!”, exclamó Cenicienta. “¿Yo? ¿Cómo podría ir yo con estos harapos?”.

   “No te preocupes. Mira, ¿ves esa tapita de gaseosa que hay en el suelo?”.

   “La veo”, dijo Cenicienta.

   El hada movió su varita y la tapita se convirtió en la más hermosa remera y un jean de marca. Cenicienta no podía creer lo que veían sus ojos, y de inmediato, alentada por el hada, empezó a vestirse con esa ropa moderna que le quedó maravillosamente bien. Pero había un problema, Cenicienta estaba descalza.

  “Mira”, dijo el hada comprensiva. “¿Ves ese trozo de pan que quedó en el piso?”.

   Y con otro movimiento de la varita el pan se convirtió en un hermoso par de botitas, que vistiendo los pies de Cenicienta le dieron un look moderno y elegante. Aun así todavía faltaba la locomoción para ir a palacio, el cual no estaba para nada cerca.

   “Mira”, sonrió el hada. “¿Ves esa oruga grande que hay en el rincón? ¿Sabes lo que significa?”.

   “¿Que cada vez limpio peor?”.

   “No, Cenicienta. Que ya tienes cómo viajar a palacio”.

   Dicho esto tomó la oruga y la llevó a la calle. Un agitar de varita y el insecto se transformó en una moderna boca de subterráneo, con escalera mecánica y todo.

   “Vas a ir en subterráneo”, dijo orgullosa el hada. “Es más rápido que la carroza”.

   Finalmente, le dio unas monedas para el boleto, sin dejar de advertirle que la magia duraría sólo hasta las doce de la noche. A esa hora debería regresar si no quería terminar vestida con una tapita de gaseosa.

   Cenicienta puso su despertador en una cartera y tomó el subte para llegar rapidísimo a palacio. Subió los largos escalones que daban al salón principal y una vez allí deslumbró a todos con su presencia. Las hermanastras, que no la reconocieron, se atragantaron con canapés de pura envidia. El príncipe dejó de bailar la conga y pidió al discjokey que pasara un vals para sacar a Cenicienta. Fue así que danzaron y danzaron. La gente los admiraba en silencio y ellos no hacían más que mirarse a los ojos, embelesados, enamorados. No les hacía falta hablar. Ni siquiera de futbol. La noche fue transcurriendo sin que la pareja dejara de girar por todo el salón. Y cuando ya estaban algo mareados, sonó de pronto la alarma del despertador.

   “¡Las doce!”, se asustó ella. “¡Las doce!”.

   “¡Feliz año nuevo!”, exclamó despistado el príncipe.

   “¡No! ¡Me tengo que ir!”.

   Y salió presurosa del lugar. El príncipe, sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que seguir bailando el vals por sí solo.

   En el apuro por alcanzar la salida, Cenicienta tropezó y rodó por los 57 escalones del palacio, pero como estaba acostumbrada a los golpes de la vida no se hizo nada. Sólo que perdió una de sus botitas. Sin prestar atención a ese detalle, Cenicienta subió rengueando al subte. Fue un viaje muy corto, ya que el vagón desapareció y la pobre muchacha se encontró de pronto montada sobre la oruga. La remera y el jean de marca habían vuelto a ser una tapita, y ella se encontraba en ropa interior. En lugar de la bota tenía un trozo de pan sobre el pie. Luego de dos horas, al darse cuenta de que sólo había avanzado diez centímetros, se bajó de la oruga y volvió corriendo a casa.

   Al día siguiente, las hermanastras no hacían más que quejarse y protestar contra esa extraña que había llegado al baile para robarse el corazón del príncipe. Cenicienta escuchaba con una sonrisa, mientras le pasaba el cepillo de dientes al armario. La madrastra también echaba maldiciones. No podía creer que ninguna de sus adorables hijitas fuera a convertirse en princesa. De pronto, dos secos golpes en la puerta de calle.

  “¿Otra vez se descompuso el portero eléctrico?”, chilló la mujer, para en seguida ordenar:    “¡Abre la puerta, Cenicienta!”.

   Cenicienta obedeció para dejar entrar a un pomposo cortesano que venía con un bando real, anunciando que aquella muchacha a quien le calzara cierta botita extraviada la noche anterior, sería la esposa del príncipe.

   “¡¡¡Dónde está la bota!!!”, exclamaron entusiasmadas las hermanastras mientras se sacaban los zapatos.

   “Hay un problema”, se excusó el cortesano. “Recién se la probamos a una muchacha de pie robusto, y se le atrancó”.

   “¿Y cómo se la probamos a mis hijas?”, se impacientó la madrastra.

   El cortesano chasqueó los dedos y entraron cuatro hombres trayendo en una silla a la muchacha de pie robusto, aún con la bota atrancada.

   “Que apoyen la planta del pie sobre la suela. La que calce perfecto es la ganadora”.

   Probó la primera hermana y su pie sobrepasó la suela por medio centímetro. La segunda hermana, en cambio, se quedó corta por un centímetro. La desazón de las malvadas se transformó en burla cuando Cenicienta ofreció su pie para la prueba. Y, ¡oh sorpresa!, calce perfecto. El príncipe apareció de pronto para abrazar a la ganadora.

   “¡Eras tú, mi Cenicienta! ¡Mi princesa! ¡Ídola! Ya mismo nos casamos”.

   “No, no”, lo frenó la muchacha. “No podemos casarnos ahora, casi no nos conocemos. Además, antes de casarme quiero tener novio”.

   El príncipe acordó en que Cenicienta tenía razón, no había que apresurarse con la boda. Así que decidieron ser novios esa tarde y casarse recién a la noche.

   ¿Y las hermanastras?, fueron muy felices con el premio consuelo de dos pasajes a Disney.

El campo de batalla

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

OTROS CUENTOS DE EDUARDO GOLDMAN:

BRIGITTE

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

Nació un día en el reino de Segovia una princesa muy bella a la que dieron en llamar Clodovea.

Se cuenta que en la fiesta de su bautismo un hada medio chifladita la obsequió con una extraña profecía. “Algún día te harás una despiadada cazadora de dragones”, dijo el hada, para luego agregar a manera de post/data: “y entonces hallarás el más grande de los tesoros”. Por supuesto, nadie tomó en serio tales palabras. Nadie, a excepción de la reina madre, quien hizo jurar a cada cortesano de palacio que jamás recordaría las extrañas palabras del hada chifladita.

Sin embargo, el día en que Clodovea cumplía siete años, la reina madre tuvo la sospecha de que algún sirviente había informado a la princesita acerca de la vieja profecía, ya que Clodovea comenzó a decir que sus pasatiempos favoritos eran coleccionar figuritas brillantes, ponerse zapatos de taco alto y matar dragones.

“No, no, no”, decía el rey tentado de risa cada vez que escuchaba a Clodovea. “Está bien lo de las figuritas y los tacos altos, pero una princesa no debe ni pensar en matar dragones”.

“Algún día mataré uno”, afirmaba la princesita. “Y ese día pronto llegará”.

Al cumplir los 18 años, Clodovea sintió que ese día había llegado. Encaró a su padre, el rey, y le pidió permiso para partir hacia el bosque de la Espesura para cazar un dragón. El rey, que en ese momento estaba tomando mate, casi se atraganta con la bombilla.

 

REY: (tose) ¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero de qué estás hablando, hija mía?

CLODOVEA: Te lo dije, padre… Ya cumplí los 18, es tiempo de que me des la llave del palacio. Y me dejes ir a matar mi primer dragón.

REY: No puedes hablar en serio.

 

Pero Clodovea hablaba muy en serio. Más aún, le mostró a su padre el arco y las flechas con las que pensaba atravesar el corazón de alguno de los dragones que, según se decía, moraban en el temido bosque de la Espesura.

 

REY: ¡Estás loca! ¿Pero cómo piensas cazar un dragón con eso??? ¿Acaso no sabes que te enfrentarías a un animal monstruoso, que escupe fuego y tiene dientes enormes???

CLODOVEA: Y tiene muy mal aliento, ya lo sé.

REY: ¿Pero… por qué??? ¿Por qué tienes que hacer semejante locura???

CLODOVEA: Padre… oí decir que hay una vieja profecía. Voy a ser una despiadada cazadora de dragones… y entonces hallaré el más grande de los tesoros.

REY: ¡Tonterías! ¡Tú no necesitas más tesoros! ¿Por qué mejor no te quedas en palacio viendo telenovelas???

CLODOVEA: (enojada) ¡Odio las telenovelas!!!

 

Ruido de portazo.

 

REY: ¡Clodovea! ¿A dónde vas? ¡Clodovea! (suspira, murmura) Qué carácter tiene la petisa.

 

La princesa Clodovea montó su caballo blanco y, armada de su arco y cinco flechas, se dirigió al bosque de la Espesura dispuesta a cumplir con su destino. La reina madre lloraba desconsolada al ver confirmado sus más terribles temores.

“La va a cocinar”, gemía desesperada. “Ese dragón malvado va a cocinar a mi hija con su fuego”.

Pero el rey, ladino y precavido, secretamente envió a su guardia personal para que siguiera y protegiese a la princesa sin que ella lo advirtiese. La guardia personal estaba compuesta por dieciséis mil jinetes armados, treinta mil infantes de marina, cuarenta y ocho cañones y un submarino.

La princesa avanzaba lentamente por el tenebroso bosque. El silencio era casi total, sólo se escuchaba el lamento de un búho anunciando la cercanía del anochecer, y el cansino paso del caballo sobre un colchón de hojas secas. Clodovea no imaginaba que era seguida por la guardia personal del rey, su caballo tampoco. Y no se hubieran percatado jamás de esta circunstancia de no ser porque uno de los soldados…

 

SOLDADO: Atchíssss…

 

Estornudó.

 

CLODOVEA: ¿Eh??? ¿Quién anda ahí??? ¿Quién está siguiéndome???

 

El joven capitán Matasiete dudó un instante, pero luego espoleó a su caballo para acercarse con respeto a la princesa.

 

CAPITAN: Soy el capitán Matasiete… y comando la guardia de tu padre, el rey.

CLODOVEA: ¿Por qué me sigues?

CAPITAN: El rey me ha enviado a protegerte.

CLODOVEA: No necesito protección, puedo matar al dragón yo sola.

 

De pronto, un tremendo rugido sacudió el bosque.

 

DRAGON: (lejano) Aaaaaaagggggrrrrrrr…

CLODOVEA: (risita nerviosa) Aunque… pensándolo bien… Siempre es lindo tener una persona con quien charlar.

CAPITAN: Somos cuarenta y seis mil soldados.

CLODOVEA: Bueno… siempre es lindo tener cuarenta y seis mil personas con quienes charlar.

 

La bella princesa Clodovea, ahora acompañada por todo un ejército, siguió su valiente marcha en busca del monstruoso ser que dominaba la Espesura. Por momentos, el camino se volvía tan estrecho debido a los árboles y la maleza que los soldados debían contener el aliento para no rasgarse el uniforme con las filosas ramas. Fue así que en el camino quedaron atascados los cañones, y también el submarino, cuyos tripulantes se cansaron de tanto intentar navegar por la tierra.

Así y todo, avanzaban confiados los valientes. Se sabían el ejército más poderoso de la región. Sabían que su poder de fuego podía desafiar al más colosal de los animales. Eran la mayor fuerza armada sobre la tierra dispuesta a ofrendar la vida al servicio de su princesita. Sin embargo, volvió a escucharse otro rugido.

 

DRAGON: (algo más fuerte) Aaahhhhgggrrrrrrrrr….

 

Y todos salieron corriendo. El capitán Matasiete, al ver huir a su tropa, desesperó.

 

MATASIETE: ¡No huyan!!! ¡Vuelvan aquí, cobardes!!! ¡No pueden abandonar a la princesa!!! ¡Vuelvaaaaannn!!!

 

Pero fue imposible evitar la desbandada. El capitán y la princesa quedaron solos en medio de ese paraje infernal.

 

MATASIETE: Se han ido, princesa. Nos han abandonado a nuestra suerte.

CLODOVEA: Le diré a mi padre que se los descuente del sueldo.

MATASIETE: No entiendes… debemos irnos también… El dragón está muy cerca… Si nos encuentra es seguro que nos comerá de un bocado.

CLODOVEA: Jamás… Soy la princesa Clodovea… ¡la despiadada matadragones!

MATASIETE: Pero…

CLODOVEA: ¡Basta! Si tienes miedo puedes irte también. Cazaré al dragón por mí misma… y se cumplirá la profecía.

 

(Ruido de caballo que se aleja)

 

MATASIETE: No te vayas así… Por favor… Princesa…

CLODOVEA: (voz más lejana) No te preocupes. Te mando una postaaaalll.

 

El joven capitán la vio marcharse con admiración, y no pudo menos que murmurar: “Qué carácter tiene la petisa”. Fue así que su naciente amor pudo más que el miedo, y galopó hacia la princesa dispuesto a jamás dejarla sola.

Al verlo llegar, la princesa suspiró.

 

CLODOVEA: (con admiración) Capitán…

 

El capitán suspiró.

 

CAPITAN: (con admiración) Princesa…

 

Los caballos suspiraron. (Relincho de dos caballos)

 

Y juntos marcharon hacia el final del camino. Hacia el lugar de la Espesura donde esperaba hambrienta, la bestia asesina.

 

DRAGON: ¡Aaaaaaggggghhh…!!!

 

(Pausa, pasos lentos de dos caballos)

 

PRINCESA: Hace calor… ¿Ya es verano?

CAPITAN: Temo que no, princesa. Sin duda el fuego que sale de las fauces del dragón es lo que ha elevado la temperatura. Eso significa que está muy cerca.

PRINCESA: ¡Ay, no! ¡Mira eso!!!

 

Ante sus ojos apareció la descomunal figura del dragón que los miraba con fiereza.

 

DRAGON: (más fuerte que antes) ¡Agggrrrrrr….!!!

CAPITAN: ¡Cuidado! ¡Va a lanzar su fuego!

 

(Ruido de lanzallamas)

 

Por fortuna, los rápidos reflejos del capitán le permitieron apartar a los caballos y buscar protección tras una roca.

 

CLODOVEA: ¡Me has salvado, capitán!

CAPITAN: ¡Casi nos quema vivos! Por favor, princesa… Huyamos mientras podamos.

CLODOVEA: ¡Jamás!

 

Y dicho esto se bajó de su caballo y avanzó temerariamente hacia el dragón mientras preparaba una flecha en su arco.

 

CLODOVEA: ¡Voy a atravesar tu corazón, bestia del infierno!

CAPITAN: ¡No, princesa! ¡Nooooo!!!

 

El joven capitán, tras un instante de duda, siguió a la princesa y dispuesto a enfrentarse a la bestia desenvainó su espada mágica, pero pensándolo mejor, sacó su ametralladora y una Magnum para apuntar directamente a la cabeza del dragón.

 

CAPITAN: (furioso) ¡No te muevas, dragón pulguiento!

 

El dragón asustado levantó sus manos. “No tiren”, dijo con voz temblorosa. “No tengo dinero”.

 

CLODOVEA: ¡No venimos a robarte sino a cazarte, cretino!

CAPITAN: Aprovecha que lo tengo dominado, princesa. Vamos. Lanza una flecha a su corazón y mátalo de una vez.

DRAGON: Ay, no. A mí las flechas al corazón me caen mal.

CLODOVEA: ¡Silencio y no te muevas! ¡No puedo apuntarte bien!

DRAGON: (triste) Okey… Okey… pero antes de que me maten… déjenme escribirle una carta de despedida a mi tío Pepe. Vive en Escocia, ¿saben? Es el famoso monstruo del Loch Ness. Y a mi primo Nahuelito… el monstruo del lago Nahuel Huapi, en Argentina… (llora) Van a extrañarme… Buaaaaa….

 

Aunque no lo admitiera, el capitán se encontraba conmovido por el llanto del monstruo. Y también la princesa, quien de pronto tuvo una brillante idea.

 

CLODOVEA: ¿Pero qué te pasa, dragón tonto? Nadie va a dispararte. Este es un safari fotográfico.

DRAGON: Pero… ¿entonces no me van a matar?

CLODOVEA: Claro que no. Sólo quiero tomarte una foto.

DRAGON: (emocionado) Ay, sí… Cómo no… Esperen que me peino.

 

Y fue así que la princesa dio por terminada su carrera de despiadada matadragones, pero la profecía se había cumplido. Clodovea encontró el más valioso de los tesoros, el de la compasión. Había aprendido a conmoverse por el sufrimiento del otro, aunque ese otro fuera un dragón pulguiento. Y por eso, cuando años más tarde fue coronada como reina, inició el más benigno reinado que el mundo entero haya conocido.

Se cuenta que finalmente se casó con el capitán, quien fue designado rey consorte. Y en las noches frías junto al fuego, ambos contemplaban la foto colgada en uno de los murales del castillo. En la misma se veía a Clodovea junto al dragón, ambos sonriendo a cámara. Y si algún invitado preguntaba qué era esa bestia que posaba a su lado, Clodovea simplemente respondía: “Es mi amigo el dragón”.

Mientras tanto, en una cueva del bosque de la Espesura, el dragón mostraba a sus dragones amigos la misma foto. Y si alguno de ellos le preguntaba: “Ay, ¿qué es ese monstruito insignificante que posa a tu lado?”. Nuestro dragón simplemente contestaba: “Es mi amiga Clodovea, pero cuidado, ¡tiene un carácter la petisa!”.

tango-moderno

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Bajé del taxi en la calle Agüero, cerca del Abasto. Me habían informado que el hombre frecuentaba ese lugar, y a juzgar por los compases de La Cumparsita que llegaban desde el interior, mi fuente resultaba fidedigna. Subí por una escalera metálica ornamentada con
indolentes manchones de óxido. Llegué a un amplísimo salón. Todo a media luz. No el tango sino la iluminación del lugar. Varias mesas, sólo unas pocas ocupadas. La barra de un bar. Un mozo aburrido apoyaba la espalda sobre el mostrador, la bandeja que pendía de sus manos parecía servirle de gran taparrabos. Un pequeño escenario, vacío. Un bafle mediano que vibraba con las notas bajas. Y lo más importante, cinco parejas bailando, cada una con su peculiar nivel de destreza en esa danza que, como en el fútbol, sólo puede jugarse en equipo.
No tardé en reconocerlo. Su barba y melena eran blancas, espumosas, tal como lo había visto en todos sus retratos. Saco también blanco. Unos anteojos oscuros le colgaban de la nariz y parecían a punto de saltar por el aire con cada uno de los cortes y quebradas. Lo observé, conmovido. No bailaba mal para su edad. La hermosa joven de vestido rojo lo seguía sin vacilar en todos los pasos y cadencias. Los amagues y firuletes que enriquecen el ritual de la danza. En un momento, la joven siguió bailando sola, en dirección al baño. El hombre dio unos pasos sin seguir el ritmo y, levemente encorvado, más por la edad que por el cansancio, se sentó en una de las mesas y retomó un vaso de tintillo a medio tomar. Aproveché la oportunidad para acercarme.
“Perdón…”, dije. “¿El señor Marx? ¿Karl Marx? ¿El padre del socialismo?”.
Él sonrió con los ojos. Me invitó a sentarme con una seña que parecía de truco, dispuesto a mi reportaje. Le concedí un sorbo del tintillo antes de comenzar, y luego encendí mi pequeña grabadora.
PERIODISTA: Señor Marx. Ante todo quiero informarle, por una cuestión de honestidad ideológica, que yo no soy marxista.
MARX: Yo tampoco.
PERIODISTA: ¿Cómo que usted tampoco?
MARX: Yo nunca quise fundar un Partido ni nada por el estilo. Lo que yo quería era tomarme una cervecita y charlar de economía con gente que pensaba como yo, como Federico Engels y mi esposa, en ese orden.
PERIODISTA: Pero hubo muchos países que se hicieron socialistas en su nombre. ¿Qué me dice de los rusos, cuando eran soviéticos? Y los chinos, y los cubanos.
MARX: Por favor, estuve a punto de demandar a los soviéticos por uso indiscriminado de marca. Esos no eran socialistas. A lo sumo, eran burócratas elegantes. Recién ahora que se hicieron francamente capitalistas están un poquito más cerca del socialismo.
PERIODISTA: Chávez decía ser socialista. ¿Qué opina de él?
MARX: Chávez era como mi tía Ruth. Se la pasaba hablando bien de mí, pero nunca supe lo que pensaba. En cuanto a Maduro, si él es socialista yo soy Michael Jackson.
PERIODISTA: ¿Y los chinos?
MARX: Esos son los que van a dar el gran golpe al capitalismo.
PERIODISTA: ¿Exportando la revolución maoísta?
MARX: No, fabricando más computadoras, y más baratas.
PERIODISTA: Quedan los cubanos.
MARX: Muy ricos con dulce de leche.
PERIODISTA: Me refiero a los de Cuba, señor Marx.
MARX: Se lo diré sin tapujos. Para mí el verdadero socialismo promueve tanto el bienestar colectivo como la libertad individual, y esto implica la libre expresión de las ideas.
PERIODISTA: Fidel hablaba libremente, sin pelos en la lengua.
MARX: Lo cual es toda una proeza para los que usamos barba. Mire, críticas para hacer no me faltan, pero concuerdo en que los cubanos han obtenido enormes logros. Ahora veamos si Raulito puede mejorar las condiciones del pueblo, pero sin ser comido por el consorcio de al lado.
PERIODISTA: Y ya que menciona a los Estados Unidos. ¿Cómo ve al capitalismo de hoy?
MARX: Tal como lo predije, el capitalismo termina convirtiéndose en el poder de los monopolios, que se lleva a las patadas con el pensamiento liberal que dio origen al capitalismo. Es como volver al feudalismo pero sin el romanticismo del rey Arturo.
PERIODISTA: Desde ese punto de vista, teniendo en cuenta las contradicciones ideológicas en el seno de la sociedad norteamericana, sumada a los movimientos aislacionistas dentro de la comunidad europea, ¿dónde colocaría a Donald Trump?
MARX: En el manicomio. Pero no solo, hay muchos candidatos para acompañarlo.
PERIODISTA: En cierta oportunidad usted se ha declarado discípulo de Hegel. ¿Siente que en todos estos años ha variado el eje de su pensamiento?
MARX: No mucho, aunque en un principio no concordaba demasiado con él. Lo fui degustando de a poco, como este tintillo.
PERIODISTA: ¿Qué recuerda de sus lecturas de juventud?
MARX: Yo de joven me la pasaba leyendo, por supuesto, a Hegel, y también a Feuerbach, Demócrito, Epicuro, Spinoza, Adam Smith…
PERIODISTA: Y en la actualidad, ¿qué es lo que lee?
MARX: Playboy. Es una asignatura que me quedó pendiente. Por supuesto, lo compro por los artículos.
PERIODISTA: Hay una frase suya que es como su marca de fábrica, esa que dice “la religión es el opio de los pueblos”. ¿Sigue pensando así?
MARX: Ya no. Míreme. A esta edad y bailando tango con esa flor de mina. Es un milagro de Dios.
PERIODISTA: ¿Algún consejo para la Argentina, señor Marx?
MARX: Sí, apliquen la dialéctica.
PERIODISTA: ¿Perdón?
MARX: Acá nadie se pone de acuerdo porque cada uno se aferra a la primera parte de la dialéctica. Es decir, no resuelven las contradicciones. Por ejemplo, uno dice “el gobierno hace todo mal”, y el otro dice “el gobierno hace todo bien”. No hay una síntesis que resuelva esa contradicción (hasta que surja otra) diciendo “bueno, el gobierno ha hecho esto bien y esto mal”. No quiere decir que todos estén de acuerdo acerca de qué es lo que hizo bien o mal, pero al menos no van a estar aferrados a antinomias y peleando como perro y gato. ¿Me entiende?
PERIODISTA: Ese instrumento que usted llama materialismo dialéctico, ¿le sirve para entender la realidad argentina?
MARX: La realidad argentina no la entiende nadie. Yo sólo hago mi mejor esfuerzo.
PERIODISTA: Pero, ¿cómo aplica la dialéctica en un tema tan obvio como los cortes de calles o rutas?
MARX: ¿Qué tiene de obvio?
PERIODISTA: Bueno, está muy claro que es fruto de la prepotencia. Hoy día cualquiera quiere resolver los conflictos tomando a la gente como rehén.
MARX: ¿Ve? Usted ha expuesto una tesis. “Los que cortan las calles son prepotentes”. ¿Cuál sería la antítesis. “Los cortes de ruta surgieron por la desesperación de la gente ante la falta de trabajo, ante la sensación de impotencia por autoridades que no les daban ni la hora”. ¿Cuál es la verdad?
PERIODISTA: ¿Cuál?
MARX: Ambas. Porque lo que empieza como una lucha legítima, motivada por la desesperación, esto es, la convicción de que se toma esa medida injusta porque no queda otro camino, se transforma en prepotencia cuando se pierde la desesperación. ¿Entiende?
PERIODISTA: Ni ahí.
MARX: Los que cortan legítimamente lo hacen porque antes lo intentaron todo. Están desesperados, pero eso no les impide solidarizarse con el sufrimiento de otros. El día que un corte de ruta no permitió pasar a una ambulancia con alguien en grave estado, bueno, ese día nació la prepotencia.
PERIODISTA: Me acuerdo de unos piqueteros que golpeaban el coche de un hombre, y en su interior había un niño llorando.
MARX: La desesperación estaba en el niño, ya no en esos piqueteros.
PERIODISTA: De acuerdo, entiendo su punto. Pero entre esa tesis y antítesis, que es una gran problemática para nuestro país, ¿cuál sería la síntesis?
MARX: ¿No pretenderá que se la busque yo? Esa es tarea de todos los argentinos.
El reportaje fue interrumpido por una espectacular rubia que se nos acercó a los saltitos. Le dio un beso a Marx en la mejilla. El filósofo me guiñó un ojo.
“Charly”, dijo la rubia. “Están pasando Margot. Me lo prometiste. Este tango es mío”.
Marx se paró de un salto sorprendentemente ágil, para tomar la mano y la cintura de la rubia.
“Por supuesto que es tuyo”, le respondió. “El tango es de quien lo baila”.
“¡Ay, Charly! ¡Me matás con esas frases!”.
Y salieron danzando hacia el centro del salón. Me quedé sentado, observando a la extraña pareja. El creador del materialismo dialéctico parecía revitalizado porque no paró de dibujar figuras tangueras de todo tipo, seguido por la entusiasmada rubia que cada tanto levantaba su puño y exclamaba: “Viva la revolución, ¿viste?”. Apagué mi grabadora y, antes de levantarme, eché una mirada al vaso con el resto de tintillo. Me lo bebí de un trago. No pensé que eso molestase al señor Marx. Después de todo, él es socialista.

La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.

 

 

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

Caminaba con martillo en mano por el patio de mi casa. Llegué hasta el rincón donde descansaba mi perro (un bóxer llamado Hamlet), me agaché para acariciarle el lomo. Fue entonces que descubrí el cadáver, el cuerpo inmóvil de una pulga colgada de un pelo en la oreja del animal. La tomé entre mis dedos y me puse a examinarla. Estaba seca, como si le hubieran chupado la sangre o lo que fuese que tuvieran dentro esos bichos. Por un momento pensé que se trataría de un fenómeno biológicamente normal, que las pulgas se secaban cuando dormían la siesta. Para salir de dudas, le apreté suavemente la cabecita con una paja de escoba; no vi que se moviera. Le busqué el pulso pero no se lo encontré por ningún lado.

Ya había decidido realizar un solemne y rápido funeral tirándola al inodoro, cuando descubrí otro cuerpo a la altura de los cachetes del perro. Eso fue suficiente para alarmarme. Dos muertes en un mismo día, eso descartaba la posibilidad de accidente o suicidio. Empecé a investigar, removiendo cuidadosamente el corto pelo del bóxer. Con lágrimas en los ojos fui encontrando dos, cinco, nueve cadáveres. A cada pasaje de mi dedo descubría más cuerpecitos colgados. Una verdadera catástrofe. Inexplicable. Sin causa aparente. ¿Intoxicación por sangre en mal estado? ¿Rascada feroz por parte de mi perro? ¿Crímenes seriales desatados por una pulga loca?

Por fin, con inocultable alegría, divisé una pulga que caminaba por entre la espesura capilar. La agarré. Se movió sobre mis dedos tambaleando, como borracha, sin poder dar un salto, hasta que tropezó precipitándose al vacío sin decir ni ay. Vi en el espejo de la pared mi propia cara tornarse sombría. Epidemia. La peste negra pulguera. Urgente llevé a Hamlet al veterinario; el tipo lo subió a una camilla, lo revisó, le palpó la panza, le puso un termómetro en la cola (normal, murmuró acariciándose la pera), me interrogó sobre si se rascaba mucho, si vomitaba, si hacía caca blanda, etc., etc., etc. Yo a todo dije que no. Por último, me preguntó qué era entonces lo que le pasaba al perro.

-Al perro nada –contesté-. A las pulgas. ¡Se me mueren, sálvelas doctor!

El veterinario me miró como si yo fuese un canguro rabioso. Se le puso la cara roja y empezó a gritar que si yo no tenía otra cosa que hacer que andar jodiendo a la gente y que mejor me fuera o iba a sacarme a patadas. Ahí pasé a explicarle, sin perder la calma, lo importante que para mí era pulga sana en perro sano y “que no tiene por qué faltarme el respeto porque yo vengo por su consejo profesional y usted tiene la obligación de escucharme porque soy miembro de esta comunidad y…”. De pronto, el veterinario dijo que todo estaba bien, que atendería el caso. Sin duda impresionado por mis ardorosos y justos argumentos había cambiado su actitud negativa. Después de todo, era realmente un caballero. Entonces lo solté del cuello y empezó a examinar el pelaje del animal.

Pasado un rato dijo que posiblemente las pulgas murieron anémicas y me preguntó cada cuánto bañaba al perro. Yo le dije: una vez al año con Sarnol. Movió la cabeza negativamente y recomendó que probase con Baby Johnson y también que masajeara el lomo del perro para mejorar la circulación sanguínea, eso facilitaría la alimentación de las pulgas.

-Vuelva en tres años para ver cómo siguen –dijo despidiéndome desde la puerta.

Fueron meses de sacrificio, levantándome a las cuatro de la mañana para agarrar a Hamlet dormido y meterlo en una palangana con Baby Johnson, masajeándolo hasta despellejarme los dedos, dándole a cada rato vitaminas para la sangre, tejiéndole un sweater para que las pulgas no pasaran frío en invierno. Pero el esfuerzo no fue en vano. Por fin llegó la primavera. Las pulgas desbordaban salud. Fuertes, ágiles, saltarinas. Yo estaba excitado. Fui con Hamlet al patio, -échese- ordené, y él obedeció. El corazón palpitándome con fuerza. Me senté en el piso. Removí el pelo hasta encontrar una pulga. Fue difícil, ya dije que andaban muy ágiles, pero al final la pude cazar. Sentí que me moría de placer. La coloqué cuidadosamente sobre una baldosa, y la reventé de un martillazo. Empecé a buscar una nueva presa, silbando alegremente. Todo volvía a la normalidad.

Brigitte Bardot

BRIGITTE

Del libro Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio). Ediciones de La Flor.

 

Recuerdo que al salir del colegio corría hasta mi casa y aprovechando que los viejos casi nunca estaban me tendía sobre la alfombra del living para dar rienda suelta a mi desbocada, afiebrada imaginación. Lo curioso, lo tierno y curioso, es que no me daba por fantasear orgías ni adulterios ni violaciones. No. Lo mío era una historia de amor, una historia donde la protagonista era nada menos que Brigitte Bardot, la gran diosa del cine francés.
La trama se repetía como estampada en celuloide: yo era un joven turista argentino que recorría París; caminaba por la veredita que bordea la orilla derecha del Sena, y al llegar a la altura del Pont des invalides (había aprovechado las clases de Geografía para dotar a mi historia de un máximo de realismo), digo que a la altura de ese conocido puente se detenía junto a mí un imponente Cadillac negro. Yo lo miraba fingiendo sorpresa, simulando curiosidad por saber quién viajaba en su interior. Hasta que el vidrio polarizado de la ventanilla trasera empezaba a bajar con misteriosa lentitud, y poco a poco se descubría el rostro de ella. Hermosa. Tan deslumbrante como en sus películas. Con sus ojazos color Francia.
-¿Qué haces aquí, tan solo, jovencito? –me preguntaba B.B.
-Esperándote –era mi invariable respuesta, que había aprendido de una vieja telenovela.
-¿Quieres subir, moncheri?
Ella abría la puerta. Yo entraba para acomodarme en el mullido asiento, muy cerca de sus mullidos pechos. Brigitte accionaba una botonera sobre su puerta y un vidrio opaco emergía del respaldo delantero aislándonos del chofer.
-Ahora estamos solos –decía ella, sacando de no sé dónde dos copas heladas que desbordaban champagne.
Después de beber, ella me besaba los labios, hurgándome la comisura con su lengua; luego se bajaba un bretel del vestido negro con una sonrisa felina, para enseguida improvisar un lujurioso streap-tease dedicado a mí. Entonces la temperatura subía, parecíamos arder, nos tocábamos, nos sentíamos, y por fin, hacíamos el amor mientras el Cadillac atravesaba a todo orgasmo la arquitectura gloriosa del Arco del Triunfo.
Al paso de los años fui abandonando esa fantasía, como quien empieza a olvidar a su primera novia. Conocí chicas, me enamoré y terminé casándome para formar una familia. De Brigitte no me quedaba ni el recuerdo. Era lógico, cuando uno se sume en el loquero del trabajo y las horas extras para pagar el plasma, el equipo de música, la computadora, el aire acondicionado, las cuotas del coche, etc. etc. etc., bueno, cuando uno entra en la rueda de lo que todos suponen es vivir, ya no queda tiempo para los recuerdos. Ni siquiera para Brigitte.
Sin embargo, algo sucedió hace tres o cuatro noches. Mi esposa y mis hijos salieron rumbo a una celebración familiar a la que me excusé de ir, y quedé en casa, solo. Solo, como cuando era jovencito y volvía corriendo del colegio, solo, la casa desierta y la más sexi de mis fantasías. Y sin siquiera proponérmelo, con los nervios de quien va a reencontrarse con su primer amor, me tendí sobre la alfombra y cerré los ojos, respiré agitadamente y… otra vez caminaba por la orilla del Sena. Otra vez alcanzaba el viejo Pont des Invalides, mi olvidado puente. Busqué ansioso en la calle. Ahí estaba, como después de una larga espera: el Cadillac negro. El vidrio de la ventanilla bajando poco a poco. El rostro de ella, quizás no tan joven como antes, pero eternamente hermoso. Con esos ojazos llenos de ciudad luz.
-Veo que has crecido, moncheri –fue lo primero que dijo Brigitte.
-Ahora soy un hombre –respondí haciéndome el recio.
-Ha pasado mucho tiempo –suspiró ella.
-Es cierto. ¿Me dejás entrar?
-No.
La miré sin entender.
-¿Cómo que no? Se supone que yo ahora entro, tomamos champagne y hacemos el amor.
-No puedo, moncheri. Estoy con el período.
-¿Qué período? Los sueños no tienen período.
-Pero yo no soy un sueño, sino una mujer con la que sueñas.
Fue entonces que perdí la paciencia.
-¡No me vengas con eso! ¡Aquí se hace lo que yo quiero! ¡Esta es mi fantasía!
-Te equivocas. Es nuestra fantasía.
-¿Cómo que nuestra?
Brigitte se pasó una mano por el cabello, delicada, tímidamente sensual, deslizando una onda rubia que había empezado a inquietarle la frente. Luego me miró, como quien se mira en un espejo.
-Hace mucho tiempo –pareció evocar-, cuando tú me soñabas a mí, yo te soñaba a ti. –Su mirada se fue deslizando hacia el río-. En ese entonces mi trabajo de actriz, o peor aún, de estrella, era tan agobiante que no podía o no quería soportarlo. Necesitaba un escape, una fantasía. Y en esa fantasía siempre hacía el amor con un jovencito extranjero –de nuevo sus ojos, ahora cálidos-. Ese jovencito eras tú.
Yo casi no podía creerlo. ¿Brigitte Bardot? ¿La gran B.B. soñando conmigo?
-Pero… entonces –titubeé-. Eso quiere decir que… ¿vos también?
-Yo también.
-¿Me soñaste?
-Y fue hermoso.
-¡Es fantástico! ¡No puedo creerlo! ¡Entonces no es pura paja! ¡Realmente tenemos un romance!
Ella se puso seria.
-Tuvimos –buscó aclarar-. Hace tiempo que lo nuestro ha terminado.
Pero las pérdidas nunca habían sido mi fuerte.
-¿Cómo que terminado? –protesté-. ¡Yo no quiero que se termine! ¿Por qué tiene que terminar?
-Porque ya no estoy para estos trotes, moncheri. Hacer el amor en un coche me hace doler la cintura. Ya no somos jóvenes.
-¡Pero seguís siendo la mujer más hermosa del mundo! Vamos… –insistí, o supliqué-. ¡Una vez más! ¡Aunque sea por última vez!
Hizo un gesto de impaciencia que terminó en un mohín tierno; en seguida uno de sus finos dedos vino a apoyarse sobre mis labios, como pidiéndome cordura.
-Ya no me necesitas –susurró.
-¡Sí que te necesito! ¡Te necesito! ¡Me diste los momentos más ardientes de mi vida! Yo con vos… sentí lo que nunca voy a sentir con ninguna otra mujer.
-Te equivocas otra vez –dijo, usando un tono muy suave, casi maternal-. Lo que sentiste por mí no es más que tu propio deseo.
-¿De qué hablás?
-Es tu sentimiento, y lo puedes sentir otra vez, en cualquier instante, con quien lo desees –hizo un gesto entre pícaro y dulzón-. Aún con tu esposa -añadió.
-No exageres.
-Es la verdad. Si tan sólo te lo permitieras.
Presentí algo de cierto en todo aquello. Pero una parte de mí aún se sentía herida, rechazada.
-Y si no querés hacer el amor conmigo… –dije, resentido-. Entonces… ¿a qué viniste?
Brigitte me buscó los ojos y sonrió con tristeza.
-A saludar a un viejo amigo, moncheri –extendió la mano hasta mi cara y, atrayéndola, me besó en los labios a manera de adiós-. Realmente… veo que has crecido –suspiró, dejando que la ventanilla subiese hasta reflejar mi propia desolada imagen. Luego el Cadillac inició su marcha para perderse lentamente en la bruma parisina.
Imaginé a Brigitte una vez más, recostada en el mullido y solitario asiento del coche, con una copa de champagne a medio tomar, su mirada melancólica sobre las calles de París. “Veo que has crecido”, me había dicho. Y supe que ya nunca la volvería a ver.