A 4 manos

Échale un vistazo a ese caminante

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

El lugar donde encallan los barcos

Sin entender exactamente por qué o para qué, el día cinco de julio de mil novecientos ochenta y uno me encontraba en una sala del aeropuerto de la Ciudad de México. Un amigo de mi padre, entusiasta, lo había persuadido de la oportunidad que significaría para un muchacho citadino participar en un campamento donde, además de los deportes, aprendería algo sobre el régimen socialista. Por supuesto, a mí me importaba un cuerno Fidel, la Bahía de los Cochinos, la guerra fría, el bloqueo norteamericano o el ejercicio. De cualquier modo mi padre, no siendo especial partidario de Castro y sordo a las objeciones filiales (también mi hermana se opuso) y conyugales, inició los trámites en la embajada de Cuba. Tal vez imaginaba que un poco de movimiento atenuaría mi complexión adiposa: tenía doce años —yo, no mi ascendiente— y mi estatura, conforme a las tablas médicas más verosímiles, debía al peso unos diez centímetros (1.40 m – 50 kg). Recuerdo que entonces la erección matinal estaba más asociada a una milanesa con papas que a panoramas femeninos; confieso que el entendimiento posterior de este asunto —el de la erección matinal— tampoco tuvo un carácter muy científico: hasta hace poco, no sé si en descrédito propio o de las clases de la primaria que debieron orientarnos, descubrí en un libro de psicopatologías sexuales que la vejiga es la responsable: en la noche, el mentado órgano bombea líquidos a las fosas cavernosas.

            Conforme a la ruta de vuelo, debíamos aterrizar en La Habana. Sin embargo, una tempestad provocó una serie de vueltas improvisadas y un presuroso descenso en Varadero. Aunque ese era nuestro auténtico destino, cuando mejoraron las condiciones climatológicas, luego de cinco horas de espera, retomamos el rumbo. Previamente habíamos hecho al capitán piloto la solicitud de que nos dejara en Varadero, pues ahí y no a otro lado necesitábamos llegar. La respuesta: “Las líneas de comercio y de transporte, chavales, operan bajo normas de estricta observancia” (pensé que el capitán piloto era muy burro: la palabra correcta sería “mirada”, no “observancia”). En La Habana nos informaron que los choferes responsables de llevarnos al campamento habían regresado, imaginándonos quizá lo suficiente astutos para alegar con quien fuera que si estábamos en Varadero y luego iríamos a La Habana para volver a Varadero, ¿por qué diablos no quedarse de una buena vez en el primer sitio? Una especie de victoria del sentido común sobre el derecho aeronáutico. El número de horas que estuvimos aplastados y quejándonos en los pasillos no difirió gran cosa de la espera inicial. Salía del sanitario subiéndome la bragueta y examinando con desconfianza mis manos, en el instante en que un hombre daba instrucciones a los compañeros: otro camión —parece que al primero, de nuevo hacia La Habana, se le poncharon las llantas— nos llevaría a un albergue estudiantil en Guanabacoa, sólo para pasar la noche. “No hay habitaciones libres —notificó la administradora del albergue José Martí—, pero les invito a cenar y, si no les causa molestia, pueden dormir en el piso de esta oficina”. Mi primer alimento en Cuba fue un plato servido por la hija de la administradora (Artemisa, se llamaba la hija, y Ana María la madre): moros con cristianos. En medio de fervorosas cucharadas cometí mi primer tropiezo histórico político cultural: Ariel, uno de esos mejor preparado que uno, sí, el típico pedante de doce años que en vez de preocuparse por saber si el balón Tango del próximo campeonato de futbol tendrá vivos en rojo o en negro y blanco, intenta aprenderse la fecha en que ejecutaron a Luis XVI…; Ariel, tras afirmar que nunca había paladeado unos frijoles con arroz tan suculentos, lo que le valió un segundo plato y a nosotros una madrugada insufrible, comentó que le encantaría conocer la URSS. Se me ocurrió que, en efecto, visitar un sitio con tan bajas temperaturas no estaría mal. Y lo dije. Dije que estaba de acuerdo en ir, cuando fuera más grande, a Rusia. “No se llama Rusia”, me refutó. “Esa denominación —continuó mientras yo fijaba iracundo la vista en una cáscara de frijol atrapada en sus brackets— pertenece a una funesta etapa de la historia. Es como si dijeras que vives en Nueva España. ¿Te gustaría?”. Traté de defenderme, claro —Artemisa era una mujer de nada malos bigotes—, pero, como en el box, la técnica pudo más que el coraje. Ana María, conciliadora, apuntó: “Por favor laven sus platos: que descansen, yo me retiro”.

            A la mañanana siguiente, Ariel pronunciaba un discurso que incluía palabras como: “hermandad fraterna, gesto inolvidable, revolución mundial y Che Guevara”. Ana María, sin despabilarse bien aún, intentó sonreír: “Andale, gracias eh, feliz estancia”. Un señor alto, gordo, pelirrojo y con barba se acercó a la oficina de la administración. Afuera estaba un autobús con el motor en marcha. “Ustedes son del grupo B de México, ¿verdad?”. Pensé en mi grupo de primaria: sexto B. Por fortuna, permanecí en silencio. “¿A qué se refiere?”, aventuró David, uno de mis compañeros. “Sí, porque ustedes no son del CREA ni del Estado de Michoacán”. Agregó: “Yo soy Leo y seré su guía temporalmente. No se preocupen. Hoy partimos a Varadero”. Ariel intervino con una autoridad tan desconcertante como atribuida por sí mismo: “En efecto, formamos parte de una compaginación sui géneris, no afiliada…”. “Bueno, bueno —interrumpió Leo—, hagan el favor de apurarse, súbanse que ya casi no hay cupo”. A la altura del tercer o cuarto peldaño cayó un gargajo: junto al volante, desafiándonos (incluso al conductor), un joven tan morucho y recio como un tronco, el creador de aquella obra, Emilio, se carcajeó. Era el jefe, algo así como nuestro Ariel, de la delegación de Morelia. Reconozco mi pavor. David susurró: “Perro que ladra no muerde”. En ese instante conocí a mi amigo mexicano en Cuba. Todavía temblaba en el asiento más lejano a Emilio cuando un tufo, precursor de los entonces soviéticos, me ocasionó una peculiar congestión nasal. “¡Qué asco!”, observó David. Los búlgaros poseían su propio aunque no tan temible concepto del baño. Fueron los últimos en acomodarse. “¡Mira qué guapa!”, me codeó mi amigo mexicano en Cuba. Tenía razón.

            En menos de treinta y seis horas viajamos dos veces al lugar donde encallan los barcos. En esta ocasión, salvo los paseos de ida y vuelta en el mismo día (por ejemplo, a la célebre playa Girón, en la Bahía de Cochinos, o al Castillo de Jagua, en la provincia de Cienfuegos), permaneceríamos un mes en el Campamento Internacional de Pioneros 26 de Julio. Sus edificios, flanqueados por una cerca bien pintada que no disimulaba del todo la fachada de correccional, consistían en cuatro bloques de concreto: una estructura cuadrangular y, en el centro, una piscina de veinticinco metros con un pequeño trampolín. Cada bloque se dividía en tres pisos y cada piso en unos veinte cuartos. En cada uno de ellos: seis literas. Construcciones anexas: el comedor y la heladería, separadas entre sí y del conjunto principal por una breve distancia. Teníamos prohibido salir del vallado protector de los costados y la parte delantera; la parte trasera desembocaba en la arena, fina y clara, y la arena en un mar apacible, tanto que, en una tarde de excéntrica lluvia (una nube recorría el cielo abierto mojando la porción de tierra sobre la que pasaba), nos permitió rebasar a pie las boyas de seguridad.

            Ser miembro del grupo B de México o grupo México especial representaba ciertas (a juicio de nuestro caudillo Ariel) desventajas. Eramos un quinteto —David, Víctor, Ariel, Enrique y yo— incluido a última hora en el programa de actividades. Las solicitudes de admisión enviadas por diversos países y respondidas por los funcionarios caribeños no habían agotado la capacidad de las instalaciones. El gobierno cubano ofreció más lugares para que jóvenes independientes, no inscritos en alguna asociación, pudieran participar en el campamento. No sé si la premura con que se difundió la noticia y se cerraron las listas definitivas fue el motivo de que el total de nuevos peticionarios proviniéramos del Distrito Federal. Llegamos, al igual que el resto de los mexicanos, los del CREA y los que mandaba Michoacán, encabezados por el sátrapa de Emilio, y al igual que otras delegaciones: Etiopía, Bulgaria, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania Democrática, después de la ceremonia de apertura. Salvo en nuestro caso, la visita de todos ellos había sido dispuesta desde el principio, y cada delegación —la mexicana parcialmente— tenía asignado un guía o instructor; y digo parcialmente pues el guía Ferrero se limitaba a la vigilancia de los del CREA y los de Michoacán. Para hacerse cargo de nosotros cinco, se comisionó a Leo, maestro de trovas y burácrata en una oficina de censos. Las náuseas, producto de despertarse tras una broma de dormitorio, al ritmo de Un nuevo sol te iluminó, es el dibujo divino… aquí hay ambiente, aquí es otra gente, la humanidad quiere paz, ¡viva la libertad!, viva hoy… melodía diseñada para que los hombres del futuro, reunidos en Cuba, abandonaran la pereza en las literas y ejecutaran, con asesoría forzosa del instructor, sus ejercicios matinales en los pasillos…; las náuseas, lo empujaron a implorar una sustitución. Leo se fue y nos transformamos o afirmamos en chinos libres, en beach boys con reservas latinoamericanas (carecíamos de tablas surf y otros adminículos). Nadar y retozar todo el día, menos a las horas del potaje y los helados, despreciando cursos y talleres. A Ariel, a quien no le gustaba ser chino libre o beach boy latinoamericano y sí asistir a los talleres y cursos, debemos, hay que reconocerlo, las escasas intervenciones en los paseos: él nos hizo entender la vergüenza que era jugar voleibol en vez de ir al Castillo de Jagua. No cabe duda, ser miembro del grupo B de México representaba sus (des) ventajas.

            Un deporte, más que el voleibol o el futbol, destacaba en mi arsenal de entretenimientos: el ping-pong. Buenos reflejos, antes que musculaturas insólitas (la inexistencia de esto último me valió la décima posición en una competencia de nado) y, sobre todo, ocio, mucho ocio. Un etíope, Zabek, fue mi maestro. “Es que estoy gordo”, le decía decepcionado mientras miraba botar la pelota en el rellano de la escalera, al fondo del segundo piso de uno de los edificios. “No es cosa de peso —me replicaba en excelente castellano—, es cosa de paciencia”. Por cierto, paciencia fue lo que le faltó a Zabek cuando Emilio, encorajinado por una derrota (Zabek era el campeón indiscutible en cualquier categoría), arrojó un escupitajo sobre la mesa. El negro se encaminó contra el morucho y colocó, uno en cada lado, el pulgar y el índice en los cachetes agresores; luego apretó, hasta que los dedos hicieron contacto. ¡Emilio lloró! Lágrimas a cuentagotas, muy distantes a las que brotaron de mis ojos al ver un aguamala extendida en mi rodilla, pero lágrimas al fin. ¡Era soberbio ese Zabek! Sus enseñanzas me redituaron el tercer sitio en el torneo del campamento.

            La edad tope para asistir a Varadero, se leía en la convocatoria, era dieciséis años. A nadie sorprenden las excepciones: el soviético más alto y apestoso tenía veinte; Poccuya Manyeba, la búlgara guapa del camión, dieciocho… ¡Pero el Franchute…! ¡Veintisiete! Su apodo, un nuevo nombre, ya que toda persona se dirigía a él de esta manera, funcionaba como señal de alerta para ocultar el patrimonio personal; bribón y alcohólico, el Franchute representaba, solo, a Francia. ¡Había que verlo izar la bandera de su patria!, una de las pocas obligaciones, esta, la de izar la bandera, con la que cumplíamos. En un principio le pedía a un par de chilenos que le ayudaran a extenderla y amarrarla a la cuerda del asta, temprano, y a desamarrarla y doblarla, al anochecer. Fastidiado de solemnidades, acabó pagándoles a los sudamericanos para que se encargaran por completo del asunto. Las ceremonias cívicas se efectuaban en domingo y en fechas importantes. Mi relación con el francés, fuera de las extorsiones para ahorrarme la molestia de deslizar con la punta de la lengua un peso cubano que aguardaba en el piso, resultó cordial. Enrique, siempre díscolo a la hora de cubrir la cuota de seguridad y poseedor del récord de distancia transitada por un peso cubano, solía decirle que era un imbécil. El Franchute, acaso demasiado esporádicamente, sacaba a relucir su lado generoso: “Tú dedicación al ping-pong —me psicoanalizaba en atisbos de inglés— es un escándalo; no te vayas a convertir en malviviente”. Y al decir malviviente no se refería en sentido estricto al vago, sino, más bien, al opuesto del bon vivant. Su consejo o reproche se fundaba en un favor que me había hecho: con el propósito de romper un compromiso con Poccuya Manyeba o Rosie o la primera mujer que me besó en la boca con mi consentimiento (Reina, una doméstica que en determinada época demostró gran afición por los relojes familiares, ya había explorado mis colmillos de leche) (los besos de Reina generaban un escozor similar a los besos de la tía Gacha; rascarse no parecía ser remedio suficiente); con ese propósito, le rogué al Franchute que se apersonara en el cuarto de los búlgaros, donde Poccuya esperaba mi visita, y justificara mi ausencia alegando que un conglomerado de cerumen, tan sólido como imprevisto, fruto del exceso de agua de mar, me había desviado a la enfermería. La que efectivamente había acudido al local médico esa mañana, griposa, era Rosie. Para contrarrestar el legendario virus le recetaron reposo absoluto, obvio impedimento para salir de una habitación en la que, a esa hora, cinco de la tarde, estarían presentes, escuchando a todo volumen una grabadora, los demás representantes de Bulgaria. Panorama devastador. Y si bien el mensajero se hizo cargo de la diligencia, en la noche, cuando nos vimos de vuelta, me aconsejó o reprochó lo ya anotado: “Un gesto de solidaridad con una mujer —añadió— merece anteponerse a un rato de pseudotenis”.

            El cuarto o quinto día de mi estancia: Víctor y yo regresábamos de la playa lanzándonos un balón y gritando incoherencias con acento cubano. “¡Eh, chico, mira, pásala! ¡Ah te va, ah te va!”. Después del baño iríamos al comedor, para merendar. En sentido contrario, avanzaban las búlgaras. Seis en total. Probablemente se dirigían a ver la puesta del sol. Nos saludamos en inglés y nosotros seguimos adelante. Gritaron algo y volteamos. Le pidieron a Víctor que se acercara. Lo rodearon y, para sorpresa mía, retomaron el camino rumbo al edificio central. Víctor, que fingía mucha seriedad, se les unió; al pasar me guiñó un ojo. “Ahí te hablan”. Rosie, de pie frente a mí, preguntó si querría ir a la playa, para esas horas, desierta. En mi memoria se configuraron todas las escenas de violación que había visto en el cine. Le respondí que sí, con trabajo; mis labios: hechos grietas; el paladar: reseco; el pecho: arrítmico. Nos sentamos sobre un montoncito de arena; medio metro entre los dos. “¿Acércate”, me sugirió. “¿Ya viste cuántos colores tiene el mar? ¿Te doy miedo?”. Me esforzaba por mirarla directo, al rostro. En un intento, percibí un aroma salado, fuerte. La punta de su nariz golpeó la mía. Ataqué, pero los nervios me hicieron errar el tiro hacia un pómulo. La mujer del autobús retrocedió divertida y envolvió con sus manos mi cara.

            Sin sospecharlo, me convertí en una especie de autoridad: en un padrote; claro que sin las más remotas funciones del padrote. Los de mi grupo, aun el morucho Emilio y uno que otro del CREA, me felicitaron. “¿Cómo le hiciste?”, inquirían. “Casi te dobla la edad y, no te ofendas, la estatura”. El Franchute iba más al grano: “¿Ya se la metiste?”. Víctor opinó: “Está muy buena”. Inauguraba pues, mi carrera de novio o compañero o amante. “¡Amante no!”, se exasperaba el Franchute: “Amante, hasta que se la metas”. Para su decepción ­—la del Franchute—, mi currículum en estos asuntos era nulo y mi lascivia, como ya puntualicé, transitaba con lentitud de las milanesas con papas al ping-pong y de este, también con rémoras, a Rosie. Pese a la prepubertad y sus misterios (por ejemplo: ¿el semen es verde, blanco o transparente?, ¿sale solito o hay que tomarse algo?…), la idea de ser un hombre de respeto, un novio, me entusiasmó sobremanera. Ahora, ignorando burlas proferidas hasta por Ariel, me levantaba al escuchar Un nuevo sol te iluminó… y en el pasillo hacía los ejercicios obedeciendo las indicaciones del disciplinado instructor búlgaro. Ella sonreía y mis rótulas temblaban doblemente al hacer las flexiones. Terminábamos y cada quien volvía a su cuarto. En el mío, David, Vctor y Enrique, semidespiertos, entonaban Estar enamorado es, descubrir lo bella que es la vida…, me arrojaban calcetines y hacían bromas: “Fuit fuíu, tararararará, tararararara”. Más tarde, nos dirigíamos al comedor; las charolas: con divisiones para los guisos. Nuestra mesa quedaba lejos de la de los búlgaros, así que durante el desayuno me contentaba con mirarla. De nuevo en las habitaciones, los mexicanos comenzábamos, a juicio de muchos extranjeros, un rito exótico: el cepillado de dientes.

            De acuerdo con el reglamento, mujeres y varones de la misma o distinta nacionalidad debían dormir en alcobas separadas. Esto lo supimos cuando Tania, una niña del CREA, irrumpió en la oficina del director, un tal Velasco, exigiendo que castigaran a Julio, del mismo CREA; Julio, so pretexto de haber visto a Belcebú en la superficie de lámina de la puerta del cuarto de niños, se había saltado la barda (los aposentos se interconectaban por pequeñas terrazas en la parte trasera) y metido en la cama de Tania. Al parecer, Belcebú hizo de las suyas y desapareció los calzones del muchacho, quien, además, sufría una tumefacción en medio de las piernas; tumefacción atemperada con rasguños, baladros y un cubetazo de agua dispuesta para jalar el retrete. Pero aparte de Tania, era difcil que a alguien le preocupara esta norma. Después del cepillado de dientes y de acicalarme, tocaba la puerta de mis vecinas las búlgaras; los vecinos de mis vecinas, los búlgaros, solían amanecer en el dormitorio de mis vecinas, sin que esto hiciera prueba de algún contacto sexual (ni, por supuesto, de alguna abstinencia) entre ellos y ellas. No era extraño que Stanislaus abriera y me saludara —le caía bien a ese Stanislaus— y gritara frases incomprensibles antes de hacerme pasar. Poccuya o Rosie estaría recostada leyendo un libro o una revista, o en el baño, o afuera en la terraza, caso en que era innecesario el trámite descrito y entraba por atrás, desde mi cuarto. Nos decíamos ternezas, antes de besarnos en los labios. Me explicaba su programa de actividades. Si tenía la mañana libre íbamos a nadar a la alberca o a la playa. Si no, quedábamos en reunirnos más tarde; a las dos postmeridiano, invariablemente, acudíamos juntos a la heladería, un paraíso: cuantas veces y los sabores que quisiéramos. Esa construcción, anexa al edificio central, era también el escenario nocturno de nuestro deleite. Allí, solos, más besos y uno que otro roce; hasta las diez, momento en que apagaban las luces, señal y término para irse a dormir. Antes, a la hora del crepúsculo, caminábamos sobre la arena y sus partículas, frescas o tibias, según el vaivén del agua, formaban surcos, remolinos y cráteres alrededor de nuestros tobillos. El fin de las charlas y lanzamientos de conchitas y piedras lo marcaban los zancudos, tan feroces, que era más fácil, tras untarse sustancias repelentes, conseguir una dermatitis que disuadirlos de su acometida.

            “Dinos la verdad”, me arrinconó el Franchute, aburrido de martirizar a Enrique, quien en esta ocasión había hecho una suerte más complicada: al tiempo de arrastrar un peso cubano con la lengua, sostuvo con el labio superior un billete enrollado a manera de mostacho; en el lavamanos, el mártir tallaba la palanca con jabón, mentaba madres y amenazaba al Franchute con destazarlo algún día. “Anda, dínosla”, insistió. Salvo Ariel, que había ido a intercambiar unos paliacates o timbres de correo, y el protagonista del espectáculo reseñado, ocupábamos unos banquitos en la terraza del francés que, como las búlguras, era nuestro vecino; curiosamente, también era el único morador de una recámara tan rancia como su persona. Platicábamos y bebíamos Havana Club de tres años. “¿Eh, ya se la metiste?”. “¿Qué carajos te importa?”, contestó David, quien a expensas de una ceja abierta empezaba a obtener un ápice de respeto galo. “¡Oh, vamos, lo pregunto por el bien del chico!”. El chico, o sea yo, reprimió la idea de salvaguardar la intimidad vía golpes, no tanto por lo animal sino por los posibles resultados. “¡Eres un cerdo!”, gritó David. “¡Un puto cerdo!”. Víctor y David, como quien dice, pasaron a retirarse; luego salió del cuarto Enrique, azotando la puerta. Me quedé solo. “La verdad, no se la he metido”. “¡Ajajá, lo sabía, lo sabía!”, repitió satisfecho el Franchute. “No te aflijas —analizó en voz alta, con aire paternal—, no te aflijas”. Me quedé mirando la botella y unos dedos amarillos por el tabaco la rodearon y sirvieron en mi vaso. Dio un largo trago, directo del Havana, y dijo: “El tuyo es un típico problema de localización. ¿Cómo —continuó— vas a meter algo que no sabes dónde se mete? Te diré lo que haremos. ¿Tienes un cepillo?”.

            Saltamos los pequeños muros que mediaban entre las terrazas. Sola, Rosie dormía la siesta en la cama superior de una litera. Se encontraba en ropa íntima, acostada boca abajo. Uno de sus brazos, arriba de su cabeza, descansando sobre la almohada; el otro se extendía al lado del torso, más allá de la cadera: esta mano, cautiva de la bragadura blanca de encaje florido. El calor arreciaba y en algunos puntos de las piernas, sobre todo detrás de los muslos y rodillas, se habían formado gotitas de sudor. El Franchute picoteó con el mango del cepillo las plantas de los pies de la búlgara. Víctima de jadeos y arrimando el área pélvica contra una pata de la litera, ordenó: “Mira, ven”. Valiéndose del cepillo como los profesores de las varitas que señalan la anotación correspondiente en la pizarra, me aclaró cuestiones técnicas: “Esta es la vulva, este, imagínatela volteada, es el monte de Venus; los labios menores están, lógico, dentro de este como ostión y, por ello, los mayores son los que tocan la tela del calzoncillo. Más hacia el ombligo, insisto, imagínatela al revés, tienen una especie de pito, más corto que el nuestro, claro, y sin agujero para mear. Te confieso —prosiguió acezoso el Franchute— que nunca he entendido por dónde echan los orines”. De súbito, para rascarse, Rosie se llevó la mano prisionera a la punta de la nariz. “¡Shhh!”, me previno el tutor, atribuyendo a mi cara de pánico el motivo de la inquietud de la durmiente. “¡Y tú! —alzó la voz, poseído— ¡y tú… se la tienes que meter aquí!”. El cepillo salió volando y el poseso arrancó la prenda e introdujo medio dedo cordial en la vagina. “¡Da ti eva maikata!”, pronunció la mujer del autobús. Da ti eva maikata, me enseñó un día el amable Stanislaus, equivalía, más o menos, a fuck your mother. El sopapo que la ofendida asestó en la oreja del violador acabó de aumentar mi espanto. Tenía ganas de salir corriendo, pero el que lo hizo dejó un camino de líquido blanco que recorría el piso hasta el muro de la terraza. El modo de mirarme de Rosie demandaba, naturalmente, una explicación. Se la dí lo mejor que pude.

            Un día de la etapa final de mi estancia, la búlgara me propuso dormir con ella en la habitación de los chilenos, recién desocupada. Sus amigos se encargarían de que el asunto no llegara a oídos del instructor y nosotros, a medianoche, nos deslizaríamos con cuidado por los corredores. Pese a la claridad de la luna, ejecutamos el plan. Dentro, se desnudó, despojándome posteriormente de un short que constituía mi única indumentaria. Nos acostamos. Me quedé atónito al palpar el centro duro y abultado del seno. Me pareció increíble que en su vida diaria Rosie portara debajo de camisas, camisetas, bikinis o brasieres, esas protuberancias coronadas de piel oscura: las células en relieve y formando líneas irregulares. Comenzó a frotarme los hombros, la espalda, el vientre y, con un muslo, la entrepierna. Me apretujó. Cerré con fuerza los ojos y luego los abrí. Hundí la cabeza entre sus pechos. Colocó su palma sobre mi pene. Dijo que lo entendía, que no debíamos sentirnos mal, y abrazó el cuerpo desmadejado de un niño con taquicardia.

            A la madrugada siguiente, los ronquidos de mis compañeros y un escozor insoportable me despertaron. La típica broma. En el baño, tallé las zonas embadurnadas de pasta dental. Ayer, a estas horas, sudoroso y asustado, tanteaba un organismo con pelos y redondeces tan fantásticos como su lengua materna. “¡Cobarde!”, pensé. “¡La hubiera hecho mía!”, añadí, sin contener la risa al recordar la telenovela que suministraba esta nostálgica oración. Fijé la mirada en un lunar de la pelvis. Acaso tres o cuatro manifestaciones pilosas, aisladas cual ermitaños. Recurriendo a la diestra y a la esperanza, lo agité para producir un flotamiento de sustancia de vida o nata mágica (palabras del Franchute) sobre el agua del retrete. Lo único que flotó, reflejándose descompuesta, fue una cara escudriñadora.

            A un paso de conseguirlo, de ganarle un juego a Zabek, Ariel me comunicó, con sus brackets y suficiencia característicos, que el director necesitaba saber si nos iríamos pasado mañana o dentro de cinco días. Tocamos la puerta. Frente al escritorio, en dos sillas, estaban David y Enrique; a un lado, de pie, Víctor. Velasco hojeaba nuestros pasaportes. Preguntó: “¿Ustedes son los de México especial?”. Afirmaciones. “Escojan la fecha de su regreso. El fallo —aclaró— debe ser conjunto”. Organizamos una rápida y democrática ceremonia de votación. Por extraño que se lea, Ariel fue un tenaz oponente a emprender el retorno al término del plazo más largo. Le inquietaba que nuestros permisos migratorios vencían justo en dos días. “¡Bah! —replicó el director—, eso se puede solucionar”. Evidentemente, optamos por más vacaciones.

            Pensaba que la quinta noche sería el momento ideal para un ataque, redentor y definitivo. Me correspondería ahora reformular la propuesta búlgara como si fuera iniciativa propia. Pero las cosas se presentaron de tal modo que invalidaron mis cálculos. Pasado mañana se diluyó en tiempo vigente y Leo, reaparecido, ordenó que preparáramos nuestros equipajes. ¡Las tres últimas noches las pasaríamos en Guanabacoa! Frente al camión, le advertí a Leo que no subiría, hasta resolver un asunto pendiente; que deberíamos tramitar una autorización para quedarme en Varadero. Un brazo amistoso rodeó mi espalda. “Tú sabes que eso es imposible”. Bajé la cabeza y contemplé el suelo pedregoso de la explanada. Me erguí. Arriba, despejado, el cielo del adiós. Una silueta corredora que aumentaba de tamaño ocupó mi campo visual. Rosie me apretó con ganas, diciendo lo que se dice en estos casos: te amo, y para siempre, sin ti no podré vivir, ya te extraño, escribe, es sólo un hasta luego, te llevo en mí… Y yo contesté, antes de mi llanto, lo que se contesta (o tradicionalmente se debe contestar) en las despedidas. Suscribimos un pacto cuyo cumplimiento, más que de nuestras voluntades, dependería del destino. En 1986, ella, he olvidado la razón o el pretexto, me encontraría en México.

            La segunda visita al albergue José Martí me pareció perpetua. Ariel, platicando las impresiones del viaje. Ana María, sirviéndole una y otra vez moros con cristianos; Artemisa, noviando en mis narices (los clavos sacan otros clavos sólo si al precipitar el martillo los tenemos entre los dedos). Por fin, una aeromoza de Mexicana ordenó abrocharse los cinturones y aterrizamos en la ciudad más grande del planeta. Entre chiste y chiste mis familiares hicieron que me percatara del color costeño genuino de mi piel y de los cien dólares que habían tenido que pagar a la embajada cubana por el vencimiento de nuestras visas. También comentaron algo sobre mis incisivos y la dentadura de los roedores (el futuro me preparaba la maldición de la ortodoncia y su efecto más notorio: la sonrisa metálica de Ariel). En 1986, se celebró en México el mundial de futbol número XIII. Yo asistí al encuentro en que Bulgaria empató a dos tantos con Corea.

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(Relato incluido en Unos niños inundaron la casa. México: Cal y Arena, 1999; Ficticia, 2019).

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Sobre el autor:

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Publicó su primer libro de relatos en 1999: Unos niños inundaron la casa (reeditado en 2019), al que le han seguido Día franco (2016), Quién recuerda a doña Olvido (2012), Madrid al través (2003) y Mercurio y otros relatos (2003). También es autor de seis novelas: Paraíso en casa (2018), Blanco Trópico (2014), Vikingos (2012), A bocajarro (2008), El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en 2000 en España y reeditada en 2008 en México). Además, tiene tres volúmenes de ensayos: Avistamientos críticos (2016), Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX (2010) y Novela española y boom hispanoamericano (2006). Ha sido incluido en numerosas antologías: La X en la frente, Día de muertos, 20 años de narrativa FONCA, Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Cuentos perversos, entre otras. Reside en Mérida, Yucatán.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Ilustración: Victor Argüelles

Arlequín [Fragmento]

Son tiempos crueles, el cielo entristecido cubre cada rincón de la tierra. Todas las noches, las criaturas acuden al solar, para ver el espectáculo que ahí se representa –es la única alegría, si cabe decirlo–. El reconocimiento para los actores es una sonrisa amarga, una estría sujetada por los labios apretados de los asistentes; el trabajo envilecido no produce otra cosa que la apatía por la función y, a pesar de todo, la gente acude.

El cuarto del fondo de la casucha se ilumina por los rayos del sol. La luz se introduce vieja, carente de brillo, moribunda, como lo es la vida; alumbra un rostro blanco pintarrajeado sin armonía. Unas líneas delgadas se escapan del rostro y se impregnan en las paredes, nadie podría decir quién las originó, sólo que atraviesan al payaso tumbado en el vértice de la galera, al lado de un cuadrado cartográfico, arriba de lo que fue un taburete, debajo de lo que parece un artilugio de locos y casi tocando la laguna que se extiende de una garrafa desmayada del otro lado de la habitación, en donde también se halla una portezuela cerrada que esconde las voces de los dueños del espectáculo.

Una puerta separa la felicidad de las criaturas. Una puerta es lo que se necesita para cerrar o abrir los cerrojos de un alma perdida. Los patrones lo saben bien, son los únicos que bailan llegando el anochecer, los que contemplan el sol, los que sonríen, aunque su sonrisa sea una mueca siniestra. Los dueños se apropiaron de todo, por eso son los dueños. Amos de la comida –nuestra sed–, los ríos –nuestro trabajo–, la tierra –nuestras decisiones– y del cielo que nos mira.

En el amanecer del payaso se dibujan las ilusiones del resto de los seres que divagan con caminar allende del páramo, por las planicies coquetas frente a sus ojos. Todas las criaturas encerradas se escudriñan de reojo y esquivan el contacto visual. Los holanes sin sentido del traje variopinto del payaso se pasean por el aire que entra vestido de hojas secas a través de la puerta de telaraña. El letargo se profundiza, nada lo rompe. El payaso está empeñado en lo que se encuentra más allá de su vista. Es un cobarde, pero un buen soñador. Le tiene miedo a correr, a salir de una vez y por todas de aquel encierro que lo llena de más garabatos. Es un maestro de la ilusión y un desdichado de sus anhelos. Observa el cuadro cartográfico, memorizando los lugares a los que podría ir si se atreviera a cruzar la puertecilla que lo separa del espectáculo tan lamentable que ofrece a la hora del ocaso. Gira la cabeza hacia el otro lado, hacia la puerta de los patrones, rechaza la idea relámpago y se concentra en la telaraña de enfrente que deja entrar otra ráfaga de aire.

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Sobre Ana Matías Rendón

Sin origen ni destino. Es una errante sin remedio. A la fecha ha tenido más de 60 empleos. Escribe, porque le gusta más que hablar. Tuvo (mucha) suerte y estudió Filosofía y Literatura. Es ensayista y narradora. Ha publicado algunos libros y textos en diferentes diarios y revistas. Le fascina la Filosofía Posmodernista y la Literatura Fantástica, pues cree fervientemente que tienen mucho en común.

El vendedor de agonías 2

El vendedor de agonías 2

Parpadeó en mi memoria lo ya vivido un año atrás, y que ahora evocaba como en un sueño odioso y recurrente. La misma sensación de extrañeza al descubrir el cartel de Agonías, los frasquitos de colores expuestos en anaqueles como una vulgar selección de perfumes y cremas faciales. Alguna que otra cadenita con medallón dorado como parte de una biyuterí. Nada emparentado con la muerte, a excepción de la Bersa 9 milímetros que, a diferencia de la primera vez, ahora llevaba en el bolsillo de mi campera.

   Traspuse la puerta de madera rústica, delatado por un quejido de bisagra que parecía servir de alarma. El mismo perfume pegajoso y dulzón de aquel día. El mostrador al frente, el mismo viejito de anteojos, la sonrisa empotrada en su boca, como la de esos muñecos de plástico a los que muchos niños arrancan la cabeza de puro fastidio.

   -Qué gusto verlo de nuevo -exclamó, con un tono jovial que me sonó a burla.

   No perdí tiempo en sacar el arma y apuntarle justo sobre el entrecejo.

   -Se acuerda de mí? -desafié.

   -Por supuesto -respondió sin inmutarse-. Usted es el que se casó con la paralítica. Porque al final se casó, ¿verdad?

   Mis palabras salieron como escupitajos.

   -¡Me casé! ¡Por su culpa!

   -Yo nunca lo obligué. Usted tomó la decisión. Y no me va a negar que eso lo salvó de sufrir mis agonías.

   -Agonía es lo que estoy viviendo ahora, por seguir su consejo.

   Supurada mi primera carga de resentimiento, tomé un largo sorbo de aire y bajé el arma.

   -No, no -dijo él, sorpresivamente-. Siga apuntándome. Nada más estimulante que una amenaza de muerte.

   Elevé a medias el caño de la Bersa, confuso, como un niño que obedece la orden de su padre sin por eso entenderla. El viejito apoyó los codos sobre el mostrador generando cercanía. Parecía un almacenero amable que aceptaba la devolución de una conserva en mal estado.

   -Y ahora explíqueme cuál es su reclamo -quiso saber, aunque sospeché que ya lo sabía.

   Cambié de mano la pistola y refugié la otra en el bolsillo.

   -Hace un año le conté mi historia, mi tragedia. No puedo creer que la haya olvidado.

   -Nunca olvido una historia, de las muchas que me cuentan aquí. Había una mujer enamorada, pero usted no le correspondía. Le dijo la triste verdad cuando iban en su auto. Ella se largó a llorar, usted quiso consolarla, una imperdonable distracción, y una mala maniobra que terminó en accidente. Ella quedó paralítica.

   Asentí lentamente. Mi desgraciada historia relatada en pocas palabras resultó más que vívida, fue como si el tiempo nunca hubiese transcurrido desde aquel fatídico choque en la autopista. El mismo dolor naciendo en la boca de mi estómago. La misma tortura al verla enclaustrada en esa silla, con los ojos tristes de quien vela sueños muertos.

   -Exacto -reafirmó el viejito, con su exasperante hábito de adivinar pensamientos-. Recuerdo cuando vino usted aquí esa primera vez. Recuerdo su expresión de hombre vencido, dispuesto a comprarme cualquier brebaje con que envenenarse paulatinamente, solo para que ella tuviera el consuelo de verlo sufrir hasta el infinito, expiando la culpa de no haberla amado.

   Sacudí la cabeza, algo en las palabras del viejo me irritaba.

   -No necesito compasión  –rezongué-. Y menos esa perorata cursi.

   -La cursilería es la esencia misma de la vida, antes de ser desmantelada por la razón. Pero no quiero importunarlo con estas frases de autoayuda doméstica, tal como lo definiría usted con ironía.

   -Escuche…

-Déjeme terminar. –Se sacó los lentes para masajearse un ojo con los nudillos-. Hace un año usted estaba dispuesto a terminar con su vida, no sin antes conocer el infierno sobre la Tierra, por eso vino a mí, para que yo le proveyera de una agonía terminal. La purgación perfecta para el mayor de sus pecados. Pero estalló en alivio y felicidad cuando le sugerí que casarse con ella sería el mayor de los castigos, evitándose el tormento de una muerte dolorosa. Pensó en reparar el daño causado entregando nada menos que su propia libertad como moneda de cambio. Y eso funcionó por un tiempo, ¿verdad?

   -Por un tiempo.

   -Luego empezaron las demandas de ella al presentir que su amor no era auténtico. Con cada demanda crecía su resentimiento. Como usted mismo lo predijo, empezó a odiarla. Al punto que hasta le sedujo la idea de asesinarla.

   -Fue justamente por eso que compré esta pistola. Para matarla, o suicidarme.

   -Pero no hizo nada de eso. ¿Por qué?

   -No lo sé. Nunca me animé a comprar las balas.

   Me encogí de hombros y dejé la pistola sobre el mostrador, como quien se deshace de un cacharro inútil. El viejito la miró con sorna y la hizo girar como un trompo, igual que en esos juegos mortales al estilo de la ruleta rusa. El caño dejó de girar, apuntándome. De inmediato me interpelaron sus ojos, ávidos, de alguna manera, bestiales.

   -¿Y ahora qué? -inquirió.

   -¿Ahora? -Y dejé que todo el peso de mi cuerpo descansara sobre la mano apoyada en el mostrador-. Ahora estoy igual que antes, o peor. Me muero de culpa solo por pensar en matarla.

   -Tampoco se ha suicidado.

   -Si lo hago, ella sentiría que algo de culpa tuvo en mi decisión. No, prefiero una muerte lenta, culpar a una enfermedad terminal nos libera a los dos. Es por eso que vine. Esta vez sí, voy a comprarle una agonía.

   Él meneo la cabeza. Parecía decepcionado. Como un jugador que descubre la fragilidad deportiva de su contendiente.

   -La agonía está bien para el final. Pero aún no agotó sus posibilidades.

   -¿Posibilidades de qué?

   -De seguir buscando una salida menos… trágica.

   -No me ilusione. Yo sé que no hay otra salida.

   -Siempre hay otra salida, hasta que ya no la hay

   Una secreta, intrusiva esperanza, me quitó de las manos la soga fantasmal que estaba anudando a mi cuello.

   -¿A qué se refiere? –musité.

   -Una de las armas para combatir esa trampa de odio y culpa es la distracción. Me refiero a producir un hecho convulsivo que desvíe la atención del foco central, como hacen muchos gobiernos.

   -Perdón, pero no lo entiendo.

   -Cómo explicarle. A ver… -Abrió un cajón bajo el mostrador, revolvió un rato lo que por el sonido serían unos blisters, y por fin sacó uno-. Tenga -dijo ofreciéndomelo. Bajo la transparencia, esta vez, había una pastilla grande y marrón. La miré con desconfianza.

  -¿Qué es?

   -La salida. Vamos, anímese.

   Me resultaba sacrílego negarme a seguir la sugerencia de alguien que me miraba a través de sus lentes con la convicción de un médico especialista. Extraje la pastilla y dejé que mi lengua la atrapara. Me sorprendió el sabor dulce, intensamente familiar.

   -¡Muy rica! -aprobé-. ¿Es de chocolate?

   -Uno de los ingredientes es chocolate.

   La pastilla se deshacía con rapidez en la boca, extasiando mi paladar.

   -¿Y usted cree que con esto…?

   -Tenga paciencia. Pronto sentirá el efecto.

   -¿Efecto? -me alarmé-. ¿Qué clase de efecto?

   -Ya le dije, una distracción. Lo que usted ha tomado es un súper purgante.

   Tragué saliva junto con el diminuto resto de pastilla.

   -¿Cómo un purgante? No entiendo… ¿para qué?

   -Justamente para purgar la culpa acantonada en su vientre. Verá, esto lo tendrá un tiempo ocupado en el baño, despidiendo heces históricas, y gases, y también maldiciones.

   -Pero… esto es ridículo. Yo no sufro de estreñimiento.

   -De alguna manera, sí.  Pero no importa, usted obtendrá grandes beneficios con esto. Los retorcijones no lo dejarán pensar en su culpa, y mucho menos en matar a su esposa. Y cuando todo pase se sentirá tan fresco y livianito que la vida le parecerá maravillosa.

   -¿Me lo dice en serio?

   -Este proceso durará una semana. Luego, sus males pueden recrudecer, entonces podrá tomar otra pastilla y repetir la experiencia. Y si al cabo de unos meses la intensidad de su culpa no mejora, entonces sí, pensaremos en una agonía que valga la pena.

   En ese momento sentí un retorcijón a la altura media del vientre. Al principio leve, pero que fue creciendo hasta presagiar una procesión fastuosa a todo lo largo de mis intestinos.

   -Uuyuy… -gemí, al tiempo que mi cuerpo se arqueaba sobre el mostrador.

   Él se limitó a sonreír celebrando mi pequeño martirio con orgullo profesional.

   -Buena la pastilla, ¿verdad?

   -Uyyyyyyy… déjeme pasar al baño.

   -Lo siento, pero está ocupado. Mi esposa tomó a la mañana una de estas pastillas y todavía sigue ahí.

   -Uyyyyyyyyyyyyyyyy…

   -Espere… ¿A dónde va? Ya le dije que el baño está ocup… ¡No entre! ¡Oiga! Pero… Perdón, querida… es un cliente y… ¡Salga de ahí, cretino! ¡Basta! ¡Suelte a mi esposa! ¡Por favor! ¡Dejen de pelear por el maldito inodoro!

Quieren besarse

Terremoto

EL —De tanto escuchar se creen sabias.

ELLA —¿Quiénes?

EL —Las paredes. Presta atención a sus susurros.

ELLA —Sólo crujen

EL —No crujen. Se han llenado. Las fisuras escurren recuerdos de otros tiempos.

ELLA —Tal vez sean los niños.

EL —¿Qué niños?

ELLA —Se sabe que en estos claustros sepultaban a los recién nacidos entre el adobe.

EL —No. Son las paredes. Ahora que lo dices podrían estar pidiendo más sacrificios. Para mí que se cansaron de escuchar lamentos. Hasta yo suelo venir a desahogarme.

ELLA —¿Por qué aquí?

EL —Creía que era Dios quien me escuchaba. Ahora lo sé. Son las paredes.

ELLA —Pensé que venías a hablar conmigo.

EL —¿Por qué habría de querer tu consejo?

ELLA —¿Por qué no?

EL —¡Shh! Ahora entiendo. Están hartas de mirarse en paralelo. Quieren tocarse.

El viejo retrato de su madre cae al piso.

EL —¡¿Qué te han hecho? ¿Cómo es que no las escuchas? ¿Qué te pasa? ¡Háblame!

La imagen de la foto abre los ojos asustada.

ELLA —Tenías razón. ¡Quieren besarse! El techo está furioso. ¡Corre!

Cuchilladas

ELLA: ¿Qué hiciste, flaco? ¡Lo mataste!

EL: ¿A quién?

ELLA: ¿Cómo a quién? ¡A ese tipo! ¡El que está tirado al lado tuyo!

EL: Ah… ¿Ese? No, no está muerto.

ELLA: ¿Cómo que no? A ver. (LO EXAMINA) ¡No tiene pulso, no respira y está lleno de sangre! ¡Está remuerto!

EL: Pucha. ¿Qué le habrá pasado?

ELLA: ¡Vos sabés lo que le pasó! ¡Todavía tenés el cuchillo en la mano!

EL: Ah, sí. Es un cuchillo artesanal. Me lo regalaron para el día del amigo.

ELLA: ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataste?

EL: Yo no lo maté.

ELLA: Pero si tenés el pantalón salpicado de sangre. ¡Lo acuchillaste!

EL: Lo acuchillé, sí. Pero eso no quiere decir que lo haya matado.

ELLA: ¿Qué estás diciendo?

EL: Muy simple. Yo lo acuchillé, pero la decisión de morirse fue de él.

ELLA: ¡Vas a ir en cana, flaco!

EL: ¿Por qué? Te digo que fue su decisión morirse. Es el típico razonamiento burgués. “Si me acuchillan agarro y me muero, así el otro se siente culpable”.

ELLA: ¿Qué?

EL: ¿Cómo reaccionaría alguien de nuestro Partido si lo acuchillan? Se va a los barrios pobres a repartir comida a los chicos, con el cuchillo clavado y todo. ¡Eso es militancia!

ELLA: Flaco… vos terminás en la cárcel. O en el manicomio. A vos te falla la cabeza.

EL: Y a vos te falla la ideología.

El humito

No sé cómo terminamos en aquel departamento frente al cementerio municipal, pero ignoro tantas cosas que esto es lo de menos. Congelados en los inviernos, cocinados a fuego lento en los veranos, así era vivir entre esas cuatro paredes del cuarto piso. Un pequeño balcón oficiaba como escape de uno del otro, tanto como cuando las discusiones nos consumían o para disfrutar un cigarrillo en soledad. Afortunadamente el poco espacio de ese mono ambiente nos quitó la peregrina idea de formar una familia. Para el otoño del 98 ya llevábamos dos años de convivencia, y fue en ese momento que comenzó a funcionar el crematorio, justo delante de nuestra ventana; en verdad, cuando se inició la construcción, pensamos que se trataba de una extensión de la zona de los nichos, pero al elevarse la chimenea, no dejó dudas de lo que se estaba armando. La inauguración fue muy austera, con una delgada cinta blanca, rematada en un moño que el intendente cortó torpemente usando unas tijeras de acero. Hubo algunos aplausos y una rápida recorrida por las instalaciones con la presencia del director de Cementerios, y algunos políticos invitados. Al día siguiente, un 3 de mayo, comenzó su tarea. Nunca voy a olvidar esa fecha, será imposible no recordar aquel olor a rancio que el humo le arrancaba a los huesos muertos aferrados a la carne chamuscada. Una semana después, Susana y yo descubrimos lo que era capaz de transmitir el humito del crematorio. La primera prueba la hicimos un sábado, tomamos características del humo, color, forma de expandirse y contraerse, olor, resistencia al viento, la intensidad de la textura. Todo aquello nos permitió saber quién era el muerto, edad, causa del deceso. Adjunté cada dato que recopilamos y el lunes por la mañana me dirigí a la dependencia de cementerio de la municipalidad. Allí constaté la exactitud de la información, de una precisión increíble. Orgulloso con el logro, me obsesioné más y más con mis investigaciones. Susana, indignada, envió carta tras carta al municipio para pedir el cierre del crematorio. Yo dejé mi trabajo y me aboqué de lleno a la investigación.

Sin darnos cuenta el humo comenzó a ser parte de nuestras vidas, comíamos con él, dormíamos con él, nos amábamos con él, y también empezamos a odiarnos con él.

Generé una serie de gráficos, y tejí todo tipo de variables, perfeccionando la lectura de datos. Llegué a detectar mínimos errores o confusiones en las actas de defunción, tales como  fechas de nacimiento incorrectas, o nombres mal anotados. En algunos casos me atreví a solicitar las correcciones, tan sólo para honrar al muerto, y enorgullecerme de mi tarea. En el pequeño departamento organicé un fichero, con una increíble estadística y pergeñé una forma de contrastar datos por fecha de nacimiento, de muerte, causas de la misma, sexo, edad, y hasta por signo zodiacal. Poco me importó que Susana un día decidiera marcharse. Yo sentía que aquello era el trabajo mas preciso y necesario de toda mi vida.

Una tarde calurosa de enero, me encontraba analizando el humo de un hombre de 34 años, llamado Gustavo Núñez, sin causa de muerte. Revisé todas las tablas, las variables, por horas busqué en mis archivos; estaba seguro de que existía alguna falla en mis observaciones. No era ataque cardíaco, no era accidente, ni siquiera cáncer. Mis tablas arrojaban una y otra vez error. Luego de una noche entera de análisis de datos, decidí recurrir una vez más a la Municipalidad. Como es claro por la cantidad de veces que visitaba la dependencia de Cementerios, ya era conocido, a punto tal que habitualmente me recibía el Sr. Gabriel Eme, director del área, quien se ocupaba de canalizar mis dudas y correcciones de los errores a fin de evitar incomodar al personal. El director era un hombre flaco, alto, de cara huesuda, barba rala y ojos de un negro intenso. Aquel día nos sentamos en su despacho, me invitó una limonada y oyó mi historia. Inmediatamente el hombre llamó a su secretaria y pidió el libro de cremaciones,  mis datos eran más que precisos. Gustavo Núñez estaba anotado como “muerte: causa desconocida”. El director propuso colocar ataque cardíaco, falla respiratoria, pico de presión, pero yo me negué a cualquier opción. Cada causa tenía una característica propia, inconfundible y yo no  iba a tirar por la borda toda mi tarea, simplemente para no  complicar la burocracia municipal.  Me retiré de la dependencia amenazando con una acción legal si alguien se animaba a modificar el mínimo dato de Núñez. Volví al departamento para seguir mi tarea diaria sin apartar mi pensamiento del extraño hecho. La realidad era que había una sola conclusión, difícil de demostrar si no existiera todo aquel trabajo de tablas y variables. Núñez no tenía causa de deceso, porque la muerte se había equivocado, es decir, había decidido llevarse a una persona que debía seguir viva. El siguiente paso era justificar la hipótesis, fue una tarea de meses, descubrí una relación matemática que era una suerte de cadena numerológica, una constante sin modificaciones, absolutamente cíclica, que cada x tiempo constante volvía a iniciar la proyección, y que, lógicamente, tenía un inexplicable quiebre, el día de la muerte de Núñez. Ahora, ¿cómo convencería al director de Cementerios de que mi teoría era correcta? Me avalaban todos los aciertos con los que había colaborado con la dependencia, pero eso no era demasiado. Traté de resumir la cadena-cíclica-numérica, que, si bien resultaba clara, era imposible aseverar que no existiese otro orden diferente al observado. Se me escapaba una duda sencilla, si Núñez no tenía que morir, ¿a quién le tocaba ocupar su lugar? Desesperado, comencé a trabajar en esa nueva etapa de la investigación. Era la medianoche, sólo una lámpara sobre mi mesa de trabajo rompía en parte la oscuridad. Mi ansiedad era absoluta. De entre las sombras escuché la voz que me paralizó.

—Fernández –dijo– no busque más.

Era el director de Cementerio, Gabriel Eme.

—No me mire así, Fernández, entre, como todos los días. Usted siempre descubrió cada detalle, pensé que este error lo pasaría por alto, pero su obsesión pudo más –se acercó a la mesa apoyándose en ella y continuó–. Su precisión me puede causar problemas en el trabajo. En mi profesión no se puede dar marcha atrás, Fernández. Aquella vez de Núñez, el desgraciado que debía ocupar su lugar era usted. Pero, dígame: ¿Cómo iba yo a matar a un colaborador tan eficiente? Llevo siglos haciendo esta tarea y nadie, jamás, se tomó una labor tan seria como la realizada por usted. Venga –dijo.

Apoyó su mano en mi hombro, recorrimos el pequeño departamento, devenido en archivo. Las paredes grises parecían de una cripta, los vidrios acumulaban el hollín del humito, los espejos eran cadáveres de lo que alguna vez habían sido. Toda mi vida ya no existía, no tenía familia, esperanza, trabajo, futuro. Todo lo había dedicado en mi empresa de observar el crematorio.

—Fernández, trabaje para mí, al fin y al cabo, a nosotros dos lo único que nos aterra es la vida.

Niños autodefensas

Sin rumbo

Voy caminando sin rumbo

El cielo nublándose está

El frío que hiela mis manos

Y tú que a mi lado no estás.

“Sin rumbo”. Sensación musical.

Los hilos dibujaban una línea punteada. La velocidad de la aguja y perfección de los zurcidos seguían emocionando a Erika como el primer día. El resto de los empleados no parecían notarlo, se habían mimetizado con la maquinaria. Erika volteó a verlos, le dio la impresión de estar rodeada de robots que trabajaban al mismo compás sin descanso.

Se concentró en sus prendas, no podía cometer errores y perder el empleo. En los vestidores solía escuchar quejas: no había puertas en los baños, carecían de asistencia médica para accidentes, las batas eran demasiado grandes. Erika no agregaba nada a las conversaciones, para ella eran asuntos menores. La recolección de goma de opio le había endurecido la piel y el carácter. Al menos ahora permanecía sentada la mayor parte de su jornada y no tenía que cubrirse la piel del inclemente sol.

Sonó el timbre que anunciaba la hora de descanso. Caminaba por el pasillo hacia el comedor cuando vio a decenas de compañeros de trabajo amontonarse junto al televisor. Erika se abrió paso entre la gente que pedía silencio. El conductor de un noticiario local daba avances sobre el reporte de un tiroteo en la escuela primaria Niños Héroes, al occidente de la ciudad.

Sintió un jalón en el brazo. —Es la escuela de los niños —exclamó Betty con una voz de terror que Erika no conocía.

—También de mis hijos —escuchó decir a alguien más.

—Vámonos —gritó otra.

Las madres desesperadas corrieron hacia la puerta sin checar su salida.

—Nunca vamos a llegar en camión —escuchó decir a una mujer que no conocía.

—Vénganse, yo las llevo —les gritó un señor que escuchaba las noticias desde una pickup. Ocho mujeres entraron a la camioneta sin pensárselo, tres en la cabina y las demás en la parte de atrás, incluida Erika.

***

Esa mañana había transcurrido como casi todas las anteriores desde su llegada a Ciudad Juárez. Erika despertó primero, estaba acostumbrada a levantarse al alba para irse al campo. Se vistió a oscuras, calentó la olla de frijoles y frió un par de tortillas. Betty la alcanzó para hacer un café de olla. Ya era diciembre, por primera vez se puso medias. No creyó que algún día extrañaría el calor de Guerrero. Ambas tenían la misma talla e intercambiaban blusas y faldas para no tener que comprar más.

—Este suéter era de Angélica —le dijo Betty tapándole cariñosamente la espalda.

—Aparte de que uso su cama, ora me pongo su ropa.

—A ella le gustaría.

—¿Tú crees que ya no va a volver?

—Aquí nadie regresa cuando te llevan. Ni siquiera me dejaron denunciarla como desaparecida, que porque no soy familiar, pero pos cómo los encuentro. Si ni un teléfono tengo. Ya fui hasta al Semefo —suspiró—, no sabes qué horrible. Ya pegué carteles, pero ni para las copias me alcanza. Y pos ya mejor me ocupo de ver por el Yustin. El pobre chamaco no tiene a nadie. Nomás de pensar en mi Oliver que se quedó allá del otro lado.

—Al menos está Tomás. — y Erika le acarició el hombro.

***

Todavía era verano cuando salió de la sierra de Guerrero. Una tierra fértil, ocupada por el narcotráfico y olvidada por Dios. Tuvo que fugarse de noche con su hijo de diez años casi a rastras. No podía dejar que tomara las armas para convertirse en un autodefensa. Pasó semanas escudriñando cada rincón de su pequeña casa de techo de lámina, hasta que encontró el escondite de su marido.

Crescencio fue abonando el dinero que ganaba como acordeonista de la banda Sensación Musical detrás de un ladrillo suelto. Erika agradeció al cielo que no se lo hubiera gastado en alcohol, como le había hecho pensar durante esos años en los que la mandaba a trabajar a los campos de amapola para mantenerlos.

Cosió los billetes en sus ropas y metió otros pocos al monedero que ajustó al brasier. Planeó cautelosamente el escape. De haberse enterado, ni sus padres ni sus vecinos la hubieran dejado marcharse. No permitiría que ellos decidieran el destino de su hijo como habían hecho con el suyo.

Cuando las llantas del autobús entraron por fin a un camino pavimentado, Erika suspiró aliviada. Era libre. Miró a Pedro que dormía acurrucado en su morral.  Su cara reflejaba la inocencia de un niño, pero ella sabía que tenía el alma cargada de venganza y desolación. Era el único de sus cinco embarazos que se había logrado. No podía perderlo. En ese pueblo solo encontrarían la muerte.

***

Raúl, el novio de Betty, se había quedado esa noche. A Erika no le gustaba, los hombres tatuados le recordaban a los asesinos de su esposo. Ella podría no saber muchas cosas, pero conocía el significado de los tatuajes de lágrimas de ese hombre que la miraba con desdén.

Sin embargo, no tenía nada que reprocharle, era más servicial que Crescencio y a Pedro se le veía contento en su compañía. Raúl se llevaba a los niños cada vez que podía a pasear por la ciudad y les había enseñado a llegar a la escuela y a cuidarse entre ellos. Ahora era Pedro quien se encargaba de acompañar a Yustin a todas partes, como si fuera su hermano mayor.

Esa madrugada, como todas las anteriores, las mujeres caminaron cuatro largas calles en la penumbra. La cantina de la esquina acababa de cerrar y un par de borrachos que no lograron llegar a sus casas les silbaron al pasar. Subieron al transporte que las llevaría a la maquila. Betty recargó la cabeza en la ventana y se quedó dormida enseguida. Erika repasó fragmentos de su vida. Extrañó el olor del campo, el zumbido de los grillos, el canto del gallo.

Al pensar en su pueblo le vino a la cabeza la imagen de su hijo pecho tierra con un fusil en las manos, junto a los demás niños de su comunidad. Todos los días le rogaba a Pedro que no fuera al entrenamiento, que se alejara de las armas; pero no la escuchaba, tenía sembrada la semilla de venganza en la frente. En cuanto Los Ardillos supieran que los pobladores estaban entrenando hasta a los niños, no tardarían en regresar a reclamar obediencia. Era cuestión de tiempo para que el pueblo entero ardiera, igual que la camioneta en donde quemaron vivo a su marido y al resto de Sensación Musical.

—¡Súbanle al radio por favor! —sollozó una mujer. Al acelerar, las llantas levantaron una nube de polvo en la que se perdieron los rostros de otras trabajadoras que salían de la planta. Erika se esforzaba por escuchar al reportero que narraba la escena caótica.  

Estamos aquí en la escuela primaria Niños Héroes. Podemos ver en estos momentos cómo van saliendo los niños y maestras completamente aterrorizados. La única ambulancia que ha llegado al lugar está atendiendo a los heridos…  Vamos a tratar de acercarnos más… nos confirman que se siguen escuchando balazos al interior de la primaria… 

Erika sintió una punzada en el estómago. ¿Le habría servido a Pedro el entrenamiento militar para ponerse a salvo? Recordó el brillo que despedían sus ojos cuando tenía una pistola entre las manos. ¿Y si fue él? ¿Habrá conseguido un arma? Volteó al cielo, lágrimas negras de mugre rodaban por su rostro sin que pudiera detenerlas. “¡Te saqué demasiado tarde del puto pueblo! ¡Malditos sean Ardillos!”— ahogó un gritó entre sollozos. Nadie la consoló. Cada mujer cargaba su propio rosario de preocupaciones.

***

Los dos días que tardaron en recorrer el país desde Guerrero a Chihuahua, Pedro apenas habló. Le reprochaba a su madre que no le hubiera permitido quedarse a defender a su pueblo. Era el mejor tirador del grupo y se sentía respetado. Lo que para Erika había sido un acto de valentía, para Pedro era la peor de las cobardías.

Tres años atrás, cuando Sensación Musical comenzó a cobrar fuerza, un grupo de hombres armados se plantó en casa del líder de los músicos para exigirle una parte de sus ganancias. Además, en cada gira que la agrupación hiciera, debía transportar droga, especialmente si se dirigían a Acapulco.

Los músicos se entregaron a su público sin sospechar que sería su último viaje. Podían contar el éxito en botellas y mujeres. Estaban de suerte y decidieron probarla en un casino ilegal del puerto, donde se embriagaron con destilados baratos. Perdieron lo que habían ganado y una parte de lo que no era suyo. Una felicidad fugaz como su propia vida.

***

El camino hacia la escuela fue más largo de lo que recordaban. Las mujeres rogaban a Dios por sus hijos, la más desesperada pegaba sobre el techo de la cabina y gritaba que fueran más deprisa. La camioneta cruzó a toda velocidad por avenidas vacías, que se fueron congestionando, obligando al conductor a reducir la velocidad hasta detenerse por completo. La mujer que golpeaba la lámina bajó sin dar las gracias y echó a correr.

—Se me hace que cerraron las calles estos pendejos. No va a quedar de otra más que caminar —les dijo el hombre en tono de disculpa.

Erika bajó de un salto y siguió a la líder que parecía conocer el camino. De pronto tuvo un presentimiento, algo que nunca podría explicar. Supo que el corazón de Pedro ya no latía. Se tiró al piso destrozada, Betty la levantó de un jalón y continuaron corriendo sin hablarse. Sabían que iban en la ruta correcta porque a cada paso encontraban más gente afuera de sus casas y negocios cuchicheando.

—Pos que sí era un chamaco tú.

—¿Y ya se lo torcieron?

—Ya se lo han de haber echado los milicos, porque los putos municipales ni entraron.

—Escuchó decir a unos hombres que platicaban tranquilos en un puesto de tacos callejero.

“Y ahora qué voy a hacer sin ti… Ya estarás con tu padre que tanto querías… Y ahora para quién voy a vivir si ya se me fue Crescencio también”, se decía Erika, quien ya no sabía si mantener el paso o quedarse ahí a maldecir su destino.

—¡Ya falta poco! —la animó Betty unos pasos adelante. Algo más dijo, pero el agónico llanto de las sirenas apagó su voz.

Al doblar la siguiente esquina encontraron por fin la escuela. Sortearon el camino repleto de curiosos, ambulancias, policías, cámaras de televisión y decenas de padres de familia que rompían los cercos para buscar a sus hijos.

Erika vio salir a una maestra con un cuerpo ensangrentado en brazos.

—¡Pedro! —gritó atormentada. Y corrió a su auxilio para encontrarse con el rostro apagado de una niña. Caminó en contracorriente abriéndose paso entre un grupo de infantes que salían en estampida liderados por el profesor de deportes. Dobló por un pasillo que llevaba al patio principal. Espesas lágrimas le nublaron la vista y resbaló en un charco de sangre. Betty se arrodilló junto a ella para abrazar al cuerpo sin vida de Manuelito, un niño con el que solía jugar Yustin.

—¿Qué hacen aquí estas viejas?  ¡Sáquenlas de aquí! —espetó un hombre robusto vestido de militar.

***

Para Erika, Betty había sido muy valiente desde chica. Quedó huérfana de madre a los doce años y prefirió marcharse con su hermano Tomás a Acapulco antes de quedarse a cuidar a su abusivo padre y a sus hermanos pequeños. Hizo de todo: trencitas, pulseras, masajes, hasta que un novio la convenció para irse de mojados. Nunca perdieron el contacto. Erika era lo único que a Betty le importaba de aquel caluroso pueblo.

Tomás regresó primero cada mes, después tres veces por año, hasta que sólo se aparecía para el cumpleaños de su abuela. El muchacho llevaba dinero para ayudar con la manutención de sus hermanos menores y aprovechaba los viajes para entregarle a Erika las cartas que le enviaba Betty. Las misivas iban religiosamente acompañadas de dulces de tamarindo, que Erika disfrutaba mientras trataba de descifrar las palabras mal escritas y uno que otro dibujo, que describían las aventuras de su amiga.

Cuando Betty llegó a Estados Unidos se las ingenió para hacerle llegar las cartas por correspondencia. Los relatos, repletos de faltas de ortografía, le habían alegrado los días de intenso trabajo en el campo. Labraba la tierra pensando en lo que estaría haciendo su amiga en ese momento. La imaginó trabajando en una gran mansión como las que salían en las telenovelas. Crescencio tenía la fantasía de volverse famoso, viajaría por el mundo y podría llevarla a visitar a su amiga a cambio de que fuera una buena mujer y lo atendiera bien.

Los campos de amapola la veían sonreír cuando soñaba despierta con estar en una sala de conciertos viendo a su esposo tocar el acordeón, con su Pedro en las piernas y Betty a su lado.

El día que por fin se abrazaron le contó la verdad. Antes de que le crecieran los senos, Betty se había tenido que prostituir. Ella no volvió al pueblo porque sólo los hombres podían salir de la ciudad. Cruzó la frontera para fugarse de sus captores llevando a un niño en el vientre, que le sembró algún extranjero casado. Cuando la detuvo la migra no pudo si quiera despedirse de él. En Ciudad Juárez conoció a Angélica en la Feria del Trabajo, donde ambas llenaron solicitudes. Angélica recibió a Betty en un departamento en tierra de nadie, donde vivía junto a su hijo Yustin. Su nueva amiga tomó el turno vespertino para llevar al niño a la escuela. Cuando Betty regresaba se encontraba a Yustin jugando a la pelota, a veces con otros niños, pero casi siempre con una pandilla de salvadoreños que frecuentemente eran deportados de Estados Unidos. Betty pensó que ellos las cuidarían, pero un día Angélica no volvió.

***

Un grupo de padres de familia se abalanzó contra los militares para buscar a sus hijos entre los muertos. Las amigas aprovecharon para escabullirse del guardia que las perseguía y lograron entrar al patio principal de la primaria. Yustin amagaba a un niño más grande que él con un fusil sobre su cabeza. Arrodillado, el joven rogaba por su vida, mientras un grupo de soldados los rodeaban apuntando sus largos rifles hacia el chico armado.

—Perdón, perdón. ¡Tu mamá era una santa! —aulló el muchacho. Yustin notó la presencia de Betty y le sonrió. El soldado aprovechó el momento de distracción del menor para disparar.

El metal ardiente de la bala perforó el cráneo del pequeño y cayó sobre Pedro, que yacía muerto a sus pies.

Tienda de Agonías

EL VENDEDOR DE AGONÍAS

Es casi una regla general que las cosas no sean como uno previamente las imagina. Incluso, que resulten ser exactamente lo opuesto. Por eso no me sorprendió descubrir que ese extraño negocio anidara muy lejos de un callejón oscuro en los suburbios, indemne a la mirada curiosa de algún policía dispuesto a transar con lo prohibido. De hecho, parecía un comercio respetable, de esos que se agolpan en la avenida Cabildo, en el barrio de Belgrano. Entre zapaterías y locales de ropa interior femenina, el discreto cartel de “Agonías” insinuaba una inocente venta de perfumes exóticos, o a lo sumo un festival de biyuterí. Pero yo sabía muy bien de qué se trataba.

   Admito que ni bien traspuse la puerta empecé a desconfiar de la cordura de mi amigo, y a creer que su entusiasta recomendación no era más que un delirio abonado en su lecho de muerte. El tipo tras el mostrador se veía muy lejos de ser el sicario que me describió. Más bien, se asemejaba al viejito que atendía el kiosco frente a la casa donde nací.

 —En qué puedo ayudarlo? –fue lo primero que dijo, con un tono tan cálido que estuve a punto de retirarme, convencido de que había equivocado la dirección—. Sí, es aquí –agregó, con una sonrisa amable y, a mi parecer, misteriosa.

   Eché un vistazo a la gran cantidad de frasquitos multicolores ordenados en los estantes. Había un olor dulzón en el ambiente, algo pegajoso para mi gusto. “Es nomás una puta perfumería”, pensé.

   —¿Lo dice por los frasquitos? –pareció divertirse el viejo.

   Sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer?

   —Me adivinó el pensamiento –dije.

   —Es que usted piensa en voz alta, aunque no hable.

   Siempre odié ese tipo de frases que parecen extraídas de alguna filosofía oriental, pero que en el fondo no significan una mierda.

   —Mire… –rezongué, con la paciencia en cero—. Es obvio que mi amigo me dio la dirección equivocada. Así que…

   —Ah, su amigo –me interrumpió—. Lo recuerdo. Un abogado que usa bisoñé, ¿verdad?

   Debí haber bizqueado por algunos segundos, porque su imagen se me hizo oblicua. Sacudí la cabeza para enderezar el mundo.

   —Sí, mi amigo Tomás –atiné a decir—. Pero… ¿cómo lo supo?

   El viejo lanzó una risita.

   —Habilidades que uno tiene, y un poco de suerte. A propósito, ¿le fue bien? Digo, a su amigo.

   —Murió ayer, de fiebre tifoidea.

   —Me alegro por él. Muy buen cliente.

   Sentí la necesidad de acercarme para hablar en confidencia, como si no me percatara de que estábamos solos.

   —Él me dijo que usted vende muertes.

   El viejo pareció ofendido, negó con la cabeza.

   —¿Muertes? No, claro que no. La muerte es algo salvaje y primitivo. La consigue con un tiro en la cabeza, o tirándose bajo un tren. Mi especialidad es más bien artesanal, le diría, artística. Lo que yo vendo son agonías.

   La palabra “agonía” en su boca me provocó una inquietud cercana al vértigo, no por su promesa de un sufrimiento atroz, sino por la enorme atracción que ejercía sobre mí.

   El viejito se aburrió de mi silencio.

   —¿Va a comprar o no?

   —Yo… -titubeé-. En realidad no sé lo que hago aquí.

   —¿No sabe? ¿O teme saberlo?

   Otra vez con esas frases de libro de autoayuda. Tuve ganas de pegarle en la cara y hacerle volar los lentes.

   —No tiene por qué ser agresivo –sentenció, adivinando otra vez. O quizás por la simple observación del fastidio en mis ojos—. Tranquilo, voy a ayudarlo –y apoyó los codos sobre el mostrador, acercándose-. A usted lo tortura la culpa.

   Me estaba hartando ese viejo.

   —¡Chocolate por la noticia! –me burlé—. ¿Por qué otra cosa quisiera uno agonizar?

   —¿Una mujer? –dijo sin inmutarse.

   Largué el aliento. Eso ya parecía un tango.

   —Hay muchos que deciden agonizar para no sentir el dolor del abandono –comentó—. Pero no creo que sea su caso.

   Volví a mirar los frasquitos, y me sentí un idiota al pensar que alguno de ellos podría mitigar mi tormento. Sin proponérmelo, dejé que se me aflojara la lengua.

   —Ella estaba enamorada de mí, pero yo iba a dejarla por otra. Ibamos en mi auto cuando se lo dije. Lloró, gritó. Me puse muy tenso y en una mala maniobra choqué. Yo no me hice nada, pero ella se lastimó la columna. Quedó paralítica de la cintura para abajo. Nunca va a poder caminar. ¿Se da cuenta? Le arruiné la vida.

   —Y por lo que veo, también la suya.

   —No hay una noche en que no me obsesione con su amargura, con la angustia que debe sentir por renunciar a sus sueños.

   —Y por eso viene a comprar una enfermedad mortal, para sufrir por ella.

   —Quiero sufrir más que ella, darle el consuelo de verme gritar de dolor. Quiero morir sufriendo como un perro.

   —Puedo venderle moquillo.

   Lo miré. Escondí una lágrima bajo un gesto de odio.

   —¿Me está cargando?

   —Un poco, sí –respondió, con su proverbial sonrisa de buda para principiantes—. Mire, yo soy vendedor, pero tengo mi ética. Usted no necesita una enfermedad larga y mortal.

   —¿Ah, no? ¿Y qué necesito? –desafié.

   —Casarse con ella.

   Vi entrechocar mis propias manos en una plegaria violenta.

   —¿De qué habla? –gruñí.

   —Lo que dije, cásese con ella.

   —Pero… ¡qué consejo más estúpido! Ya le dije que no la amo. Si lo hago terminaría odiándola.

   —Correcto. ¿Y qué es peor para usted? ¿El odio o la culpa?

   Fue como un golpe a la barbilla, pero que lejos de lastimar me despertaba. Por primera vez sentí que algo en mis entrañas empezaba a relajarse. Quizás, sólo quizás, había una salida que no fuera una muerte horrible.

   —O sea… —balbuceé—. Quiero decir… que el casamiento sería la mayor de mis expiaciones. El autocastigo apropiado.

   —Mucho mejor que la fiebre hemorrágica.

   Asentí con profundo alivio, como alguien que se está ahogando y de pronto descubre que muy cerca flota un salvavidas.

   —Gracias –le dije. Quise expresarle más cosas, pero sólo me salió un vulgar— me alegro de haber venido.

   El viejo sonrió, comprensivo. Abrió un cajón bajo el mostrador y extrajo un blíster.

   —Tenga –dijo—. Llévese esta muestra.

   —¿Qué es? –pregunté sin desconfianza. Había una pastillita verde bajo la transparencia.

   —Un simple resfrío. Ideal para las tardes de otoño.

   —Le agradezco, pero…

   —Pruébela, es gratis.

   No quise desairarlo, de modo que saqué la pastilla y la puse en mi boca. Tenía un agradable sabor a menta.

   —¿Y? –preguntó-. ¿Qué le parece?

   —Rico. Atchisss.

   —Son muy buenas y no tienen conservantes. –Estrechó mi mano, cálidamente—. Ya sabe. Cualquier cosa que necesite, aquí estoy.

   —Atchisss.