A 4 manos

Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

Rodrigo Alaniz
Rodrigo Alaniz

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

Donceles

Donceles

Cuando entró a la librería sintió alivio y sensación de nostalgia. El olor a libro viejo y la lluvia que caía lo obligó a entrar en el primer puesto de antiguas letras. Una de esas librerías que se extienden desde Allende hasta República de Brasil. La lluvia tiene esa virtud de pintar el paisaje con su gama de grises que a Joaquín le provoca una melancolía adictiva; se deja seducir por esos tonos.

De todas las calles del Centro Histórico prefería Donceles. Ahí se conjuntan sus dos pasiones, los libros y la fotografía. Podía pasarse horas en la acera sur mirando los anaqueles de cámaras, impresoras, filtros, carretes, lentes, y luego cruzarse a la acera norte para entrar a husmear los estantes con libros de hojas amarillas y olor a benzaldehído.

Recorrió un par de pasillos con la vista. Miró sin buscar un título específico. Alzó la cámara y tomó un par de fotos del marco que daba a la calle. Un primer plano de libros en un fondo de ventanas y personas con sombrillas en barrido. Las gotas deformaban el plano general a medida que la tromba arreciaba. Caminó entre los pasadizos. Títulos de ciencia y superación personal no le despertaban interés absoluto. A punto de irse a refugiar, mejor, en la acera de las cámaras, el ruido de una escalera lo llevó a la parte trasera y oculta de la librería. En la escalera una enorme cabellera le hizo recorrer el rollo de 36 exposiciones de su Canon y apuntó con el visor hacia la fusión de letras y melena lacia que llegaba a la cintura de la mujer. El sonido del disparador hizo que volteara a verlo.

—¿Por qué estás haciendo fotos? —preguntó con amabilidad y sorpresa.

—Perdona, pero me gustó mucho la imagen de tu cabello fundida entre tantos títulos de libros.

—¡Ah! muy bien. ¿Entonces la foto me la tomaste a mí?, pero ni siquiera me conoces.

—Eso se resuelve pronto. ¿Cómo te llamas? Además, siendo completamente honesto, la foto que tomé fue en parte a ti y otra a los libros —dijo Joaquín con descaro.

—Pues por haberlo hecho, ahora vas a decirme ¿cómo te llamas tú? Y luego vas a tener que traerme una impresión de esa foto. Yo me llamo Mariana.

La sonrisa de ella le dio cierto confort de no haber incomodado; descendió de la escalera y siguió con el juego del interrogatorio. Afuera la lluvia parecía que arreciaba, porque el ruido los hacía acercarse cada vez más. La plática fue tomando un rumbo entre Sebastiao Salgado y el Marqués de Sade.

—¿Qué tipo de lectura es la que prefiere un fotógrafo?

—No sé a los demás, a mí me gustan las novelas de Saramago o la poesía de Gonzalo Rojas.

—Me encanta ese autor.

Joaquín tomó un libro y leyó un verso de Gonzalo:

…juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

A mitad del poema ella le dibujó un corazón con la lengua en los labios y la mano izquierda de él tomó un primer paso de reconocimiento de yemas y nudillos hasta sortear los senderos del cuello y la espalda baja. El fuego entre las piernas se había encendido. Joaquín soltó el libro de la mano derecha, las metió por debajo del pantalón y con la punta le araño las nalgas. La vieja mesa de páginas y carátulas se convirtió en una cama de letras que iban soltando el perfume de almendras y vainilla que tienen los viejos libros. El bálsamo se les arremolinaba en la nariz, él lo aspiraba como una droga mientras todo iba perdiendo existencia. Uno que otro trueno rugía y flasheaba en el interior de la sala de novelas, devolviéndoles la noción del espacio.  Ella fantaseaba con la imagen cenital desde el candelabro: dos cuerpos desnudos sobre una mesa de pastas verdes en medio de un cubo de lomos de letras doradas. Ese sacrilegio la excitaba aún más. Las manos de ambos siguieron la ruta húmeda de sus deseos. La blusa transparente de tirantes de Mariana tenía expuesta la protuberancia aurea de sus pechos. Joaquín afanó sus dientes con pequeños mordiscos, para después recorrer con la nariz y la lengua el camino de vellos que anuncian remolinos de placer. Saboreó sus grietas y succionó la semilla agridulce. Mariana entonó un canto de versos deformados en gemidos. Los cuerpos contonearon una danza sin música al ritmo de una coreografía disonante que subía, bajaba y se dibujaba en la penumbra. Relámpago y lluvia confundieron el sonido de la primer cascada tibia que explotó desde las entrañas de ella. Las letras comenzaron a derretirse entre sus piernas. Un sonido de pasos arrebató el trance y ambos corrieron a esconderse para vestirse. Él salió corriendo a hurtadillas sin despedirse. El viento en la cara y la brisa que le soplaba en los ojos lo hizo llorar de placer.

Lo quemaba la ansiedad de llegar al cuarto oscuro y revelar el rollo que le daría el perfecto pretexto para ir a buscarla. Mientras encarretaba el celuloide, el agua tibia y la memoria de sus dedos lo regresaban a la librería. El dibujo de la impresora sobre el Ilford le dio la certeza. Era cuestión de horas; correr a llevarle la copia. Se encaminó sin esperar a que el papel fotográfico secara del todo.

Salió del metro. Sintió la nube gris que se posó sobre él como una señal. Vuelta en Eje Central.  Corrió sobre la acera del Teatro de la Ciudad.  Siguió entre baldosas enormes, puertas rojas y antiguas ventanas. Al llegar a República de Chile, el corazón punzaba con ganas. A lo lejos, la marquesina naranja Librería Inframundo le entrecortó el aliento. Respiró profundo, se limpió el sudor y caminó más sereno. Llegó a la puerta gritando con los ojos. Sacó la foto, entró sin saludar a la anciana que custodiaba la caja registradora. Caminó cada uno de los pasillos hasta llegar a la sala de novelas. La mesa repleta de portadas verdes le regresó la imagen. Ella no estaba. Guardó la foto con un dolor entre la garganta y las piernas y a punto de cruzar el marco de la entrada, la voz de la anciana lo detuvo:

—¿Por qué tardaste tanto en traer la foto?

Christian Palma
Christian Palma

Christian Palma

Fotógrafo, editor y productor audiovisual mexicano, que hace 20 años se enamoró de la fotografía y comenzó su carrera en torno a la imagen, inicialmente como fotoperiodista, para después incursionar en la cinefotografía. Le apasiona trabajar retratando, contando y creando historias.

En el cine

Me gusta el turno de la mañana. A esa hora suelen ir lo mismo cinéfilos solitarios que parejas interesadas en otra trama. Corto escasos boletos y me sumerjo en la oscuridad de la sala. Recargada en la pared del fondo le doy un par de caladas al casi inoloro vape de THC. Escucho las bocinas funcionar apropiadamente, el foco del lente, los subtítulos encuadrados. La proyección convierte a los espectadores en sombras que poco a poco voy perdiendo de vista.

Sé de memoria los primeros cinco minutos, tal vez hoy pueda llegar hasta los besos. Es lunes, no viene el gerente. Me aseguraron que la famosa escena de sexo empieza un cuarto de hora después de que se apagan las luces. La última vez calculé mal los tiempos, terminé descubriendo al asesino. Jamás puedo quitarme de la cabeza la revelación de un final.

Han pasado diez minutos sin que suene mi radio. Bajo el volumen, estoy a un click de apagarlo. Me emociona llegar al minuto quince. La gente se arremolina en sus asientos, se pone nerviosa, tose. Juntos presenciamos un momento de intimidad ajeno. Imagino que los espío por una rendija. Espero noten mi presencia.

Camino hasta recargarme en la última fila. La marquesina presume ser la sala más grande de la ciudad. Contengo la respiración. Ahí están las pieles lisas, curvas perfectas en posiciones inverosímiles contra la pared, en el aire, en el piso. Los gemidos, la música. No hay secreciones molestas, caídas inesperadas ni risas nerviosas.

El calor de una presencia a mis espaldas me crispa la piel. Una mano se desliza entre mis piernas hasta las nalgas. Un temor, más parecido al deseo, me paraliza. Intento voltear la cabeza. La otra mano la regresa suave hacia el frente. Besa mi nuca. Los ágiles dedos apartan la ropa interior, se hunden en un cuerpo que ya no me pertenece. Obedezco sin palabras. Abro las piernas. Otros dedos exprimen mi seno derecho, pellizcan el pezón. Entrecierro los ojos, no quiero perderme la secuencia, me agacho sobre la butaca. Mis jadeos se confunden con los de la actriz. Las piernas tiemblan, convulsionan de ganas porque los asistentes prefieran el espectáculo vivo.

La mano tira de la coleta que recogí esta mañana. Los balazos del thriller opacan mi grito. Un bombeo tibio supura placer, se desborda. El radio me devuelve a la realidad llamándome desde el suelo. Lo busco a tientas. Respondo con la voz entrecortada.

—Adeeelante

—¿Dónde te metes? Te necesito en la taquilla.

Levanto la cabeza; solo sombras, no alcanzo a ver a nadie. Me abotono la blusa. Otro día sin terminar de ver la película. No importa, ya sé quién es el asesino.

Cita a Ciegas

Cinco dieciséis de la mañana, suena la alarma. Fernando se levanta con esa sonrisa que debería ser estudiada por la ciencia; no es normal que un ser humano de sesenta y siete años sea así de positivo y risueño un lunes por la madrugada. Él cree ciegamente en las inexactitudes, o como prefiere llamarlas: “imperfecciones afortunadas”. Tanto cree en esto, que cada que hay oportunidad repite: “la perfección es el juicio miedoso y aburrido que esconde la exquisita aventura de lo imperfecto”.

Fernando llega sin prisa al trabajo. Toma asiento y espera a que el teléfono suene para atender a su primer cliente. Sí, en plena era digital su única herramienta de trabajo es un teléfono de escritorio. Fernando lleva treinta y cinco años siendo el mejor vendedor de una reconocida agencia internacional de viajes. Así que nadie cuestiona su método.

Ha pasado ya la mañana y por fin suena el teléfono.

—Expedia, buenas tardes. Le atiende Fernando Oribe. ¿Con quién tengo el gusto?

—Hola, con Olivia.

—Gracias, señorita Olivia. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Pues…, transfirieron mi llamada con usted.

—Ah, entiendo. Tiene duda de qué destino elegir para su próximo viaje.

—Sí, así es —responde sorprendida.

—Muy bien. Sonará extraño lo que voy a pedirle, pero, por favor, confíe en mí y en unos minutos sabrá con seguridad qué lugar es el ideal para usted —Fernando hace una pausa y da la indicación—. Cierre sus ojos.

—Ok —aunque dudosa y un poco desconcertada, Olivia sigue la instrucción.

—Para elegir su próximo destino dejaremos fuera del juego a sus ojos. Ellos están acostumbrados a enfocarse en lo conocido y se dejan seducir por fotografías perfectas. ¿Ya están cerrados sus ojos?

—Sí

—Ahora escuche su respiración. ¿Qué oye? ¿Un viento que mece praderas? ¿Unas olas que van y vienen? ¿El eco que resuena en una montaña? Dígame, ¿a qué suena su respiración?

—¡A un bosque que respira! —responde emocionada Olivia después de unos segundos de pausa.

—¿Qué otros sonidos hay en ese bosque? Agudice el oído de su imaginación.

—Unos pájaros. Sonidos de animales. Al fondo se escucha una caída de agua, puede ser una cascada —describe con rapidez ella.

—Estire su mano y, sin tocar nada, intente percibir la temperatura de todo lo que la rodea en ese bosque. ¿Puede sentirlo?

—¡Sí! Puedo sentir la humedad.

—Imagine que no tiene zapatos, sus pies tocan la tierra y el viento le avisa de una lluvia que refrescará ese calor húmedo. No estaba planeado, pero será increíble vivirlo. Sentir las gotas, recibir ese baño del cielo y después caminar hacia una cabaña que la espera con una fogata y su libro preferido. ¿Puede verlo sin ver?

—Sí puedo, y es increíble —Olivia está emocionada.

—Bueno, muy despacio abra sus ojos. Ya está lista para elegir su destino. Le haré llegar varias recomendaciones que se ajustan perfecto a su descripción. Le espera un gran viaje que eligió con los ojos cerrados, o como digo yo: “confiar en lo que llega”.

—¡Es verdad! ¡Muchísimas gracias! —agradecida, se despide Olivia.

Fernando busca con su mano izquierda el aparato telefónico para poder colgar. Después con su mano derecha encuentra a tientas su bastón guía. Es la una con veinte minutos de la tarde, un momento imperfecto para ir a desayunar.

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Luis Guillén
Luis Guillén

Sobre el autor:

Bailarín sin ritmo, músico con talento desafinado, yogui inflexible, escritor de pocas palabras. Por otra parte, gran oyente de lo ajeno, inventor de lenguajes de lo inanimado, extraordinario espectador de la naturaleza, insistente encuestador de los misterios de la vida y tímido fisgón de los tropiezos humanos.

Osiris Gaona

Magnolia Tango

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

El gran Gonzo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.

La inspiración y yo

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.

El lugar donde encallan los barcos

Sin entender exactamente por qué o para qué, el día cinco de julio de mil novecientos ochenta y uno me encontraba en una sala del aeropuerto de la Ciudad de México. Un amigo de mi padre, entusiasta, lo había persuadido de la oportunidad que significaría para un muchacho citadino participar en un campamento donde, además de los deportes, aprendería algo sobre el régimen socialista. Por supuesto, a mí me importaba un cuerno Fidel, la Bahía de los Cochinos, la guerra fría, el bloqueo norteamericano o el ejercicio. De cualquier modo mi padre, no siendo especial partidario de Castro y sordo a las objeciones filiales (también mi hermana se opuso) y conyugales, inició los trámites en la embajada de Cuba. Tal vez imaginaba que un poco de movimiento atenuaría mi complexión adiposa: tenía doce años —yo, no mi ascendiente— y mi estatura, conforme a las tablas médicas más verosímiles, debía al peso unos diez centímetros (1.40 m – 50 kg). Recuerdo que entonces la erección matinal estaba más asociada a una milanesa con papas que a panoramas femeninos; confieso que el entendimiento posterior de este asunto —el de la erección matinal— tampoco tuvo un carácter muy científico: hasta hace poco, no sé si en descrédito propio o de las clases de la primaria que debieron orientarnos, descubrí en un libro de psicopatologías sexuales que la vejiga es la responsable: en la noche, el mentado órgano bombea líquidos a las fosas cavernosas.

            Conforme a la ruta de vuelo, debíamos aterrizar en La Habana. Sin embargo, una tempestad provocó una serie de vueltas improvisadas y un presuroso descenso en Varadero. Aunque ese era nuestro auténtico destino, cuando mejoraron las condiciones climatológicas, luego de cinco horas de espera, retomamos el rumbo. Previamente habíamos hecho al capitán piloto la solicitud de que nos dejara en Varadero, pues ahí y no a otro lado necesitábamos llegar. La respuesta: “Las líneas de comercio y de transporte, chavales, operan bajo normas de estricta observancia” (pensé que el capitán piloto era muy burro: la palabra correcta sería “mirada”, no “observancia”). En La Habana nos informaron que los choferes responsables de llevarnos al campamento habían regresado, imaginándonos quizá lo suficiente astutos para alegar con quien fuera que si estábamos en Varadero y luego iríamos a La Habana para volver a Varadero, ¿por qué diablos no quedarse de una buena vez en el primer sitio? Una especie de victoria del sentido común sobre el derecho aeronáutico. El número de horas que estuvimos aplastados y quejándonos en los pasillos no difirió gran cosa de la espera inicial. Salía del sanitario subiéndome la bragueta y examinando con desconfianza mis manos, en el instante en que un hombre daba instrucciones a los compañeros: otro camión —parece que al primero, de nuevo hacia La Habana, se le poncharon las llantas— nos llevaría a un albergue estudiantil en Guanabacoa, sólo para pasar la noche. “No hay habitaciones libres —notificó la administradora del albergue José Martí—, pero les invito a cenar y, si no les causa molestia, pueden dormir en el piso de esta oficina”. Mi primer alimento en Cuba fue un plato servido por la hija de la administradora (Artemisa, se llamaba la hija, y Ana María la madre): moros con cristianos. En medio de fervorosas cucharadas cometí mi primer tropiezo histórico político cultural: Ariel, uno de esos mejor preparado que uno, sí, el típico pedante de doce años que en vez de preocuparse por saber si el balón Tango del próximo campeonato de futbol tendrá vivos en rojo o en negro y blanco, intenta aprenderse la fecha en que ejecutaron a Luis XVI…; Ariel, tras afirmar que nunca había paladeado unos frijoles con arroz tan suculentos, lo que le valió un segundo plato y a nosotros una madrugada insufrible, comentó que le encantaría conocer la URSS. Se me ocurrió que, en efecto, visitar un sitio con tan bajas temperaturas no estaría mal. Y lo dije. Dije que estaba de acuerdo en ir, cuando fuera más grande, a Rusia. “No se llama Rusia”, me refutó. “Esa denominación —continuó mientras yo fijaba iracundo la vista en una cáscara de frijol atrapada en sus brackets— pertenece a una funesta etapa de la historia. Es como si dijeras que vives en Nueva España. ¿Te gustaría?”. Traté de defenderme, claro —Artemisa era una mujer de nada malos bigotes—, pero, como en el box, la técnica pudo más que el coraje. Ana María, conciliadora, apuntó: “Por favor laven sus platos: que descansen, yo me retiro”.

            A la mañanana siguiente, Ariel pronunciaba un discurso que incluía palabras como: “hermandad fraterna, gesto inolvidable, revolución mundial y Che Guevara”. Ana María, sin despabilarse bien aún, intentó sonreír: “Andale, gracias eh, feliz estancia”. Un señor alto, gordo, pelirrojo y con barba se acercó a la oficina de la administración. Afuera estaba un autobús con el motor en marcha. “Ustedes son del grupo B de México, ¿verdad?”. Pensé en mi grupo de primaria: sexto B. Por fortuna, permanecí en silencio. “¿A qué se refiere?”, aventuró David, uno de mis compañeros. “Sí, porque ustedes no son del CREA ni del Estado de Michoacán”. Agregó: “Yo soy Leo y seré su guía temporalmente. No se preocupen. Hoy partimos a Varadero”. Ariel intervino con una autoridad tan desconcertante como atribuida por sí mismo: “En efecto, formamos parte de una compaginación sui géneris, no afiliada…”. “Bueno, bueno —interrumpió Leo—, hagan el favor de apurarse, súbanse que ya casi no hay cupo”. A la altura del tercer o cuarto peldaño cayó un gargajo: junto al volante, desafiándonos (incluso al conductor), un joven tan morucho y recio como un tronco, el creador de aquella obra, Emilio, se carcajeó. Era el jefe, algo así como nuestro Ariel, de la delegación de Morelia. Reconozco mi pavor. David susurró: “Perro que ladra no muerde”. En ese instante conocí a mi amigo mexicano en Cuba. Todavía temblaba en el asiento más lejano a Emilio cuando un tufo, precursor de los entonces soviéticos, me ocasionó una peculiar congestión nasal. “¡Qué asco!”, observó David. Los búlgaros poseían su propio aunque no tan temible concepto del baño. Fueron los últimos en acomodarse. “¡Mira qué guapa!”, me codeó mi amigo mexicano en Cuba. Tenía razón.

            En menos de treinta y seis horas viajamos dos veces al lugar donde encallan los barcos. En esta ocasión, salvo los paseos de ida y vuelta en el mismo día (por ejemplo, a la célebre playa Girón, en la Bahía de Cochinos, o al Castillo de Jagua, en la provincia de Cienfuegos), permaneceríamos un mes en el Campamento Internacional de Pioneros 26 de Julio. Sus edificios, flanqueados por una cerca bien pintada que no disimulaba del todo la fachada de correccional, consistían en cuatro bloques de concreto: una estructura cuadrangular y, en el centro, una piscina de veinticinco metros con un pequeño trampolín. Cada bloque se dividía en tres pisos y cada piso en unos veinte cuartos. En cada uno de ellos: seis literas. Construcciones anexas: el comedor y la heladería, separadas entre sí y del conjunto principal por una breve distancia. Teníamos prohibido salir del vallado protector de los costados y la parte delantera; la parte trasera desembocaba en la arena, fina y clara, y la arena en un mar apacible, tanto que, en una tarde de excéntrica lluvia (una nube recorría el cielo abierto mojando la porción de tierra sobre la que pasaba), nos permitió rebasar a pie las boyas de seguridad.

            Ser miembro del grupo B de México o grupo México especial representaba ciertas (a juicio de nuestro caudillo Ariel) desventajas. Eramos un quinteto —David, Víctor, Ariel, Enrique y yo— incluido a última hora en el programa de actividades. Las solicitudes de admisión enviadas por diversos países y respondidas por los funcionarios caribeños no habían agotado la capacidad de las instalaciones. El gobierno cubano ofreció más lugares para que jóvenes independientes, no inscritos en alguna asociación, pudieran participar en el campamento. No sé si la premura con que se difundió la noticia y se cerraron las listas definitivas fue el motivo de que el total de nuevos peticionarios proviniéramos del Distrito Federal. Llegamos, al igual que el resto de los mexicanos, los del CREA y los que mandaba Michoacán, encabezados por el sátrapa de Emilio, y al igual que otras delegaciones: Etiopía, Bulgaria, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania Democrática, después de la ceremonia de apertura. Salvo en nuestro caso, la visita de todos ellos había sido dispuesta desde el principio, y cada delegación —la mexicana parcialmente— tenía asignado un guía o instructor; y digo parcialmente pues el guía Ferrero se limitaba a la vigilancia de los del CREA y los de Michoacán. Para hacerse cargo de nosotros cinco, se comisionó a Leo, maestro de trovas y burácrata en una oficina de censos. Las náuseas, producto de despertarse tras una broma de dormitorio, al ritmo de Un nuevo sol te iluminó, es el dibujo divino… aquí hay ambiente, aquí es otra gente, la humanidad quiere paz, ¡viva la libertad!, viva hoy… melodía diseñada para que los hombres del futuro, reunidos en Cuba, abandonaran la pereza en las literas y ejecutaran, con asesoría forzosa del instructor, sus ejercicios matinales en los pasillos…; las náuseas, lo empujaron a implorar una sustitución. Leo se fue y nos transformamos o afirmamos en chinos libres, en beach boys con reservas latinoamericanas (carecíamos de tablas surf y otros adminículos). Nadar y retozar todo el día, menos a las horas del potaje y los helados, despreciando cursos y talleres. A Ariel, a quien no le gustaba ser chino libre o beach boy latinoamericano y sí asistir a los talleres y cursos, debemos, hay que reconocerlo, las escasas intervenciones en los paseos: él nos hizo entender la vergüenza que era jugar voleibol en vez de ir al Castillo de Jagua. No cabe duda, ser miembro del grupo B de México representaba sus (des) ventajas.

            Un deporte, más que el voleibol o el futbol, destacaba en mi arsenal de entretenimientos: el ping-pong. Buenos reflejos, antes que musculaturas insólitas (la inexistencia de esto último me valió la décima posición en una competencia de nado) y, sobre todo, ocio, mucho ocio. Un etíope, Zabek, fue mi maestro. “Es que estoy gordo”, le decía decepcionado mientras miraba botar la pelota en el rellano de la escalera, al fondo del segundo piso de uno de los edificios. “No es cosa de peso —me replicaba en excelente castellano—, es cosa de paciencia”. Por cierto, paciencia fue lo que le faltó a Zabek cuando Emilio, encorajinado por una derrota (Zabek era el campeón indiscutible en cualquier categoría), arrojó un escupitajo sobre la mesa. El negro se encaminó contra el morucho y colocó, uno en cada lado, el pulgar y el índice en los cachetes agresores; luego apretó, hasta que los dedos hicieron contacto. ¡Emilio lloró! Lágrimas a cuentagotas, muy distantes a las que brotaron de mis ojos al ver un aguamala extendida en mi rodilla, pero lágrimas al fin. ¡Era soberbio ese Zabek! Sus enseñanzas me redituaron el tercer sitio en el torneo del campamento.

            La edad tope para asistir a Varadero, se leía en la convocatoria, era dieciséis años. A nadie sorprenden las excepciones: el soviético más alto y apestoso tenía veinte; Poccuya Manyeba, la búlgara guapa del camión, dieciocho… ¡Pero el Franchute…! ¡Veintisiete! Su apodo, un nuevo nombre, ya que toda persona se dirigía a él de esta manera, funcionaba como señal de alerta para ocultar el patrimonio personal; bribón y alcohólico, el Franchute representaba, solo, a Francia. ¡Había que verlo izar la bandera de su patria!, una de las pocas obligaciones, esta, la de izar la bandera, con la que cumplíamos. En un principio le pedía a un par de chilenos que le ayudaran a extenderla y amarrarla a la cuerda del asta, temprano, y a desamarrarla y doblarla, al anochecer. Fastidiado de solemnidades, acabó pagándoles a los sudamericanos para que se encargaran por completo del asunto. Las ceremonias cívicas se efectuaban en domingo y en fechas importantes. Mi relación con el francés, fuera de las extorsiones para ahorrarme la molestia de deslizar con la punta de la lengua un peso cubano que aguardaba en el piso, resultó cordial. Enrique, siempre díscolo a la hora de cubrir la cuota de seguridad y poseedor del récord de distancia transitada por un peso cubano, solía decirle que era un imbécil. El Franchute, acaso demasiado esporádicamente, sacaba a relucir su lado generoso: “Tú dedicación al ping-pong —me psicoanalizaba en atisbos de inglés— es un escándalo; no te vayas a convertir en malviviente”. Y al decir malviviente no se refería en sentido estricto al vago, sino, más bien, al opuesto del bon vivant. Su consejo o reproche se fundaba en un favor que me había hecho: con el propósito de romper un compromiso con Poccuya Manyeba o Rosie o la primera mujer que me besó en la boca con mi consentimiento (Reina, una doméstica que en determinada época demostró gran afición por los relojes familiares, ya había explorado mis colmillos de leche) (los besos de Reina generaban un escozor similar a los besos de la tía Gacha; rascarse no parecía ser remedio suficiente); con ese propósito, le rogué al Franchute que se apersonara en el cuarto de los búlgaros, donde Poccuya esperaba mi visita, y justificara mi ausencia alegando que un conglomerado de cerumen, tan sólido como imprevisto, fruto del exceso de agua de mar, me había desviado a la enfermería. La que efectivamente había acudido al local médico esa mañana, griposa, era Rosie. Para contrarrestar el legendario virus le recetaron reposo absoluto, obvio impedimento para salir de una habitación en la que, a esa hora, cinco de la tarde, estarían presentes, escuchando a todo volumen una grabadora, los demás representantes de Bulgaria. Panorama devastador. Y si bien el mensajero se hizo cargo de la diligencia, en la noche, cuando nos vimos de vuelta, me aconsejó o reprochó lo ya anotado: “Un gesto de solidaridad con una mujer —añadió— merece anteponerse a un rato de pseudotenis”.

            El cuarto o quinto día de mi estancia: Víctor y yo regresábamos de la playa lanzándonos un balón y gritando incoherencias con acento cubano. “¡Eh, chico, mira, pásala! ¡Ah te va, ah te va!”. Después del baño iríamos al comedor, para merendar. En sentido contrario, avanzaban las búlgaras. Seis en total. Probablemente se dirigían a ver la puesta del sol. Nos saludamos en inglés y nosotros seguimos adelante. Gritaron algo y volteamos. Le pidieron a Víctor que se acercara. Lo rodearon y, para sorpresa mía, retomaron el camino rumbo al edificio central. Víctor, que fingía mucha seriedad, se les unió; al pasar me guiñó un ojo. “Ahí te hablan”. Rosie, de pie frente a mí, preguntó si querría ir a la playa, para esas horas, desierta. En mi memoria se configuraron todas las escenas de violación que había visto en el cine. Le respondí que sí, con trabajo; mis labios: hechos grietas; el paladar: reseco; el pecho: arrítmico. Nos sentamos sobre un montoncito de arena; medio metro entre los dos. “¿Acércate”, me sugirió. “¿Ya viste cuántos colores tiene el mar? ¿Te doy miedo?”. Me esforzaba por mirarla directo, al rostro. En un intento, percibí un aroma salado, fuerte. La punta de su nariz golpeó la mía. Ataqué, pero los nervios me hicieron errar el tiro hacia un pómulo. La mujer del autobús retrocedió divertida y envolvió con sus manos mi cara.

            Sin sospecharlo, me convertí en una especie de autoridad: en un padrote; claro que sin las más remotas funciones del padrote. Los de mi grupo, aun el morucho Emilio y uno que otro del CREA, me felicitaron. “¿Cómo le hiciste?”, inquirían. “Casi te dobla la edad y, no te ofendas, la estatura”. El Franchute iba más al grano: “¿Ya se la metiste?”. Víctor opinó: “Está muy buena”. Inauguraba pues, mi carrera de novio o compañero o amante. “¡Amante no!”, se exasperaba el Franchute: “Amante, hasta que se la metas”. Para su decepción ­—la del Franchute—, mi currículum en estos asuntos era nulo y mi lascivia, como ya puntualicé, transitaba con lentitud de las milanesas con papas al ping-pong y de este, también con rémoras, a Rosie. Pese a la prepubertad y sus misterios (por ejemplo: ¿el semen es verde, blanco o transparente?, ¿sale solito o hay que tomarse algo?…), la idea de ser un hombre de respeto, un novio, me entusiasmó sobremanera. Ahora, ignorando burlas proferidas hasta por Ariel, me levantaba al escuchar Un nuevo sol te iluminó… y en el pasillo hacía los ejercicios obedeciendo las indicaciones del disciplinado instructor búlgaro. Ella sonreía y mis rótulas temblaban doblemente al hacer las flexiones. Terminábamos y cada quien volvía a su cuarto. En el mío, David, Vctor y Enrique, semidespiertos, entonaban Estar enamorado es, descubrir lo bella que es la vida…, me arrojaban calcetines y hacían bromas: “Fuit fuíu, tararararará, tararararara”. Más tarde, nos dirigíamos al comedor; las charolas: con divisiones para los guisos. Nuestra mesa quedaba lejos de la de los búlgaros, así que durante el desayuno me contentaba con mirarla. De nuevo en las habitaciones, los mexicanos comenzábamos, a juicio de muchos extranjeros, un rito exótico: el cepillado de dientes.

            De acuerdo con el reglamento, mujeres y varones de la misma o distinta nacionalidad debían dormir en alcobas separadas. Esto lo supimos cuando Tania, una niña del CREA, irrumpió en la oficina del director, un tal Velasco, exigiendo que castigaran a Julio, del mismo CREA; Julio, so pretexto de haber visto a Belcebú en la superficie de lámina de la puerta del cuarto de niños, se había saltado la barda (los aposentos se interconectaban por pequeñas terrazas en la parte trasera) y metido en la cama de Tania. Al parecer, Belcebú hizo de las suyas y desapareció los calzones del muchacho, quien, además, sufría una tumefacción en medio de las piernas; tumefacción atemperada con rasguños, baladros y un cubetazo de agua dispuesta para jalar el retrete. Pero aparte de Tania, era difcil que a alguien le preocupara esta norma. Después del cepillado de dientes y de acicalarme, tocaba la puerta de mis vecinas las búlgaras; los vecinos de mis vecinas, los búlgaros, solían amanecer en el dormitorio de mis vecinas, sin que esto hiciera prueba de algún contacto sexual (ni, por supuesto, de alguna abstinencia) entre ellos y ellas. No era extraño que Stanislaus abriera y me saludara —le caía bien a ese Stanislaus— y gritara frases incomprensibles antes de hacerme pasar. Poccuya o Rosie estaría recostada leyendo un libro o una revista, o en el baño, o afuera en la terraza, caso en que era innecesario el trámite descrito y entraba por atrás, desde mi cuarto. Nos decíamos ternezas, antes de besarnos en los labios. Me explicaba su programa de actividades. Si tenía la mañana libre íbamos a nadar a la alberca o a la playa. Si no, quedábamos en reunirnos más tarde; a las dos postmeridiano, invariablemente, acudíamos juntos a la heladería, un paraíso: cuantas veces y los sabores que quisiéramos. Esa construcción, anexa al edificio central, era también el escenario nocturno de nuestro deleite. Allí, solos, más besos y uno que otro roce; hasta las diez, momento en que apagaban las luces, señal y término para irse a dormir. Antes, a la hora del crepúsculo, caminábamos sobre la arena y sus partículas, frescas o tibias, según el vaivén del agua, formaban surcos, remolinos y cráteres alrededor de nuestros tobillos. El fin de las charlas y lanzamientos de conchitas y piedras lo marcaban los zancudos, tan feroces, que era más fácil, tras untarse sustancias repelentes, conseguir una dermatitis que disuadirlos de su acometida.

            “Dinos la verdad”, me arrinconó el Franchute, aburrido de martirizar a Enrique, quien en esta ocasión había hecho una suerte más complicada: al tiempo de arrastrar un peso cubano con la lengua, sostuvo con el labio superior un billete enrollado a manera de mostacho; en el lavamanos, el mártir tallaba la palanca con jabón, mentaba madres y amenazaba al Franchute con destazarlo algún día. “Anda, dínosla”, insistió. Salvo Ariel, que había ido a intercambiar unos paliacates o timbres de correo, y el protagonista del espectáculo reseñado, ocupábamos unos banquitos en la terraza del francés que, como las búlguras, era nuestro vecino; curiosamente, también era el único morador de una recámara tan rancia como su persona. Platicábamos y bebíamos Havana Club de tres años. “¿Eh, ya se la metiste?”. “¿Qué carajos te importa?”, contestó David, quien a expensas de una ceja abierta empezaba a obtener un ápice de respeto galo. “¡Oh, vamos, lo pregunto por el bien del chico!”. El chico, o sea yo, reprimió la idea de salvaguardar la intimidad vía golpes, no tanto por lo animal sino por los posibles resultados. “¡Eres un cerdo!”, gritó David. “¡Un puto cerdo!”. Víctor y David, como quien dice, pasaron a retirarse; luego salió del cuarto Enrique, azotando la puerta. Me quedé solo. “La verdad, no se la he metido”. “¡Ajajá, lo sabía, lo sabía!”, repitió satisfecho el Franchute. “No te aflijas —analizó en voz alta, con aire paternal—, no te aflijas”. Me quedé mirando la botella y unos dedos amarillos por el tabaco la rodearon y sirvieron en mi vaso. Dio un largo trago, directo del Havana, y dijo: “El tuyo es un típico problema de localización. ¿Cómo —continuó— vas a meter algo que no sabes dónde se mete? Te diré lo que haremos. ¿Tienes un cepillo?”.

            Saltamos los pequeños muros que mediaban entre las terrazas. Sola, Rosie dormía la siesta en la cama superior de una litera. Se encontraba en ropa íntima, acostada boca abajo. Uno de sus brazos, arriba de su cabeza, descansando sobre la almohada; el otro se extendía al lado del torso, más allá de la cadera: esta mano, cautiva de la bragadura blanca de encaje florido. El calor arreciaba y en algunos puntos de las piernas, sobre todo detrás de los muslos y rodillas, se habían formado gotitas de sudor. El Franchute picoteó con el mango del cepillo las plantas de los pies de la búlgara. Víctima de jadeos y arrimando el área pélvica contra una pata de la litera, ordenó: “Mira, ven”. Valiéndose del cepillo como los profesores de las varitas que señalan la anotación correspondiente en la pizarra, me aclaró cuestiones técnicas: “Esta es la vulva, este, imagínatela volteada, es el monte de Venus; los labios menores están, lógico, dentro de este como ostión y, por ello, los mayores son los que tocan la tela del calzoncillo. Más hacia el ombligo, insisto, imagínatela al revés, tienen una especie de pito, más corto que el nuestro, claro, y sin agujero para mear. Te confieso —prosiguió acezoso el Franchute— que nunca he entendido por dónde echan los orines”. De súbito, para rascarse, Rosie se llevó la mano prisionera a la punta de la nariz. “¡Shhh!”, me previno el tutor, atribuyendo a mi cara de pánico el motivo de la inquietud de la durmiente. “¡Y tú! —alzó la voz, poseído— ¡y tú… se la tienes que meter aquí!”. El cepillo salió volando y el poseso arrancó la prenda e introdujo medio dedo cordial en la vagina. “¡Da ti eva maikata!”, pronunció la mujer del autobús. Da ti eva maikata, me enseñó un día el amable Stanislaus, equivalía, más o menos, a fuck your mother. El sopapo que la ofendida asestó en la oreja del violador acabó de aumentar mi espanto. Tenía ganas de salir corriendo, pero el que lo hizo dejó un camino de líquido blanco que recorría el piso hasta el muro de la terraza. El modo de mirarme de Rosie demandaba, naturalmente, una explicación. Se la dí lo mejor que pude.

            Un día de la etapa final de mi estancia, la búlgara me propuso dormir con ella en la habitación de los chilenos, recién desocupada. Sus amigos se encargarían de que el asunto no llegara a oídos del instructor y nosotros, a medianoche, nos deslizaríamos con cuidado por los corredores. Pese a la claridad de la luna, ejecutamos el plan. Dentro, se desnudó, despojándome posteriormente de un short que constituía mi única indumentaria. Nos acostamos. Me quedé atónito al palpar el centro duro y abultado del seno. Me pareció increíble que en su vida diaria Rosie portara debajo de camisas, camisetas, bikinis o brasieres, esas protuberancias coronadas de piel oscura: las células en relieve y formando líneas irregulares. Comenzó a frotarme los hombros, la espalda, el vientre y, con un muslo, la entrepierna. Me apretujó. Cerré con fuerza los ojos y luego los abrí. Hundí la cabeza entre sus pechos. Colocó su palma sobre mi pene. Dijo que lo entendía, que no debíamos sentirnos mal, y abrazó el cuerpo desmadejado de un niño con taquicardia.

            A la madrugada siguiente, los ronquidos de mis compañeros y un escozor insoportable me despertaron. La típica broma. En el baño, tallé las zonas embadurnadas de pasta dental. Ayer, a estas horas, sudoroso y asustado, tanteaba un organismo con pelos y redondeces tan fantásticos como su lengua materna. “¡Cobarde!”, pensé. “¡La hubiera hecho mía!”, añadí, sin contener la risa al recordar la telenovela que suministraba esta nostálgica oración. Fijé la mirada en un lunar de la pelvis. Acaso tres o cuatro manifestaciones pilosas, aisladas cual ermitaños. Recurriendo a la diestra y a la esperanza, lo agité para producir un flotamiento de sustancia de vida o nata mágica (palabras del Franchute) sobre el agua del retrete. Lo único que flotó, reflejándose descompuesta, fue una cara escudriñadora.

            A un paso de conseguirlo, de ganarle un juego a Zabek, Ariel me comunicó, con sus brackets y suficiencia característicos, que el director necesitaba saber si nos iríamos pasado mañana o dentro de cinco días. Tocamos la puerta. Frente al escritorio, en dos sillas, estaban David y Enrique; a un lado, de pie, Víctor. Velasco hojeaba nuestros pasaportes. Preguntó: “¿Ustedes son los de México especial?”. Afirmaciones. “Escojan la fecha de su regreso. El fallo —aclaró— debe ser conjunto”. Organizamos una rápida y democrática ceremonia de votación. Por extraño que se lea, Ariel fue un tenaz oponente a emprender el retorno al término del plazo más largo. Le inquietaba que nuestros permisos migratorios vencían justo en dos días. “¡Bah! —replicó el director—, eso se puede solucionar”. Evidentemente, optamos por más vacaciones.

            Pensaba que la quinta noche sería el momento ideal para un ataque, redentor y definitivo. Me correspondería ahora reformular la propuesta búlgara como si fuera iniciativa propia. Pero las cosas se presentaron de tal modo que invalidaron mis cálculos. Pasado mañana se diluyó en tiempo vigente y Leo, reaparecido, ordenó que preparáramos nuestros equipajes. ¡Las tres últimas noches las pasaríamos en Guanabacoa! Frente al camión, le advertí a Leo que no subiría, hasta resolver un asunto pendiente; que deberíamos tramitar una autorización para quedarme en Varadero. Un brazo amistoso rodeó mi espalda. “Tú sabes que eso es imposible”. Bajé la cabeza y contemplé el suelo pedregoso de la explanada. Me erguí. Arriba, despejado, el cielo del adiós. Una silueta corredora que aumentaba de tamaño ocupó mi campo visual. Rosie me apretó con ganas, diciendo lo que se dice en estos casos: te amo, y para siempre, sin ti no podré vivir, ya te extraño, escribe, es sólo un hasta luego, te llevo en mí… Y yo contesté, antes de mi llanto, lo que se contesta (o tradicionalmente se debe contestar) en las despedidas. Suscribimos un pacto cuyo cumplimiento, más que de nuestras voluntades, dependería del destino. En 1986, ella, he olvidado la razón o el pretexto, me encontraría en México.

            La segunda visita al albergue José Martí me pareció perpetua. Ariel, platicando las impresiones del viaje. Ana María, sirviéndole una y otra vez moros con cristianos; Artemisa, noviando en mis narices (los clavos sacan otros clavos sólo si al precipitar el martillo los tenemos entre los dedos). Por fin, una aeromoza de Mexicana ordenó abrocharse los cinturones y aterrizamos en la ciudad más grande del planeta. Entre chiste y chiste mis familiares hicieron que me percatara del color costeño genuino de mi piel y de los cien dólares que habían tenido que pagar a la embajada cubana por el vencimiento de nuestras visas. También comentaron algo sobre mis incisivos y la dentadura de los roedores (el futuro me preparaba la maldición de la ortodoncia y su efecto más notorio: la sonrisa metálica de Ariel). En 1986, se celebró en México el mundial de futbol número XIII. Yo asistí al encuentro en que Bulgaria empató a dos tantos con Corea.

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(Relato incluido en Unos niños inundaron la casa. México: Cal y Arena, 1999; Ficticia, 2019).

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Sobre el autor:

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Publicó su primer libro de relatos en 1999: Unos niños inundaron la casa (reeditado en 2019), al que le han seguido Día franco (2016), Quién recuerda a doña Olvido (2012), Madrid al través (2003) y Mercurio y otros relatos (2003). También es autor de seis novelas: Paraíso en casa (2018), Blanco Trópico (2014), Vikingos (2012), A bocajarro (2008), El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en 2000 en España y reeditada en 2008 en México). Además, tiene tres volúmenes de ensayos: Avistamientos críticos (2016), Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX (2010) y Novela española y boom hispanoamericano (2006). Ha sido incluido en numerosas antologías: La X en la frente, Día de muertos, 20 años de narrativa FONCA, Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Cuentos perversos, entre otras. Reside en Mérida, Yucatán.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.