A 4 manos

Canticle of Saint Eulalia oil on canvas, 20 x 16 in, 2014

T i h t c h e v

Recibió el segundo bolígrafo a vuelta de correos. Había ordenado solo uno. Su primer pensamiento fue devolverlo, pero recordó un par de ocasiones anteriores cuando, frustrado ante una situación similar con la mercancía recibida, intentó devolverla. Deliberadamente extrajo el bolígrafo y escondió el envoltorio entre los restos de comida y envases de cartón estrujados en la basura: le avergonzaba que su esposa supiese que había robado.

Colocó el objeto junto al otro y prosiguió con su día. En la noche creyó ver a los pies de su cama una figura tensa y encorvada que se inclinaba para mirarlo. Se incorporó de súbito. Allí no había nadie. Lo único tangible era la queda respiración de su esposa. Volvió a acostarse y, con la intranquilidad que sigue a las pesadillas, se durmió.

Al día siguiente le era imposible concentrarse en lo que hacía; caminaba de aquí para allá, farfullando en voz baja, convenciéndose de la realidad de aquella visita. Creía conocer el rostro azafrán que lo había estado espiando en la penumbra y que huyó cuando él se incorporó asustado.

A los sobresaltos de su trabajo —era columnista en el periódico de su ciudad— se sumaba este último. Durante la cena apenas habló, ofuscado en recordar el origen del rostro. Tenía la seguridad de haber visto esa faz no una, sino varias veces. Por algún motivo la asociaba con las matemáticas o al menos con el mundo de las cuentas: había en su rostro una cifra, aun cuando no podía aseverar si tatuada o tan solo un número destacado, tal vez en un gorro; estaba seguro de esto, o pensaba que lo estaba, o le tranquilizaba pretenderlo.

La esposa recogió los platos y echó los restos de comida en la basura. Mirándola, le cruzó una idea absurda. Esperó a que ella saliera a fumar y entonces hurgó en el cesto de los desperdicios. Involuntariamente pensó en las heces de su perro cada mañana, cuando lo sacaba a caminar, y se dio cuenta de que le era más fácil registrar entre los despojos si se miraba a sí mismo desde fuera, intentando no reparar en su situación.

Le acometió un revolverse de tripas cuando el otro, con objetiva frialdad, hundió los dedos en la podredumbre. Adivinó un hueso de pollo intacto ahogado en un nudo de fideos; cáscaras de naranja a medio fermentar; raspas de huevos rellenas de un fango de borras de café, frijoles, arroz y pellejos de tomates pisoteados bajo el peso acumulado en el diario desahogar de los platos; servilletas aún enteras que obstaculizaban el paso de los dedos en la informe topografía contenida en el cesto plástico. No acababa de dar con el sobre, cuando creyó palpar algo. Contuvo la respiración, como si temiera deshacerlo a un mínimo movimiento de los dedos, y lo extrajo con recelo quirúrgico: tan solo un trozo de papel amarillo con su nombre y las primeras dos palabras de la dirección postal. Buscó con ansiedad y sacó un pedazo más pequeño que se deshizo en el acto. Desenterró la mano.

El envoltorio había dejado de ser. A lo mejor nunca había sido, pretendió con fingida resolución frente al espejo, mientras se lavaba las manos, intentando no pensar en el segundo bolígrafo. La sola visualización del objeto le negaba la consoladora mentira. Era solo un bolígrafo, ¿a qué, pues, tanta intranquilidad? De repente recordó que el rostro tenía barba; lo recordó, sí, aunque fuera solo el mentón poblado por una barba corta y cerrada que ascendía hasta las patillas. Una barba oscura, no amarilla. Aunque le parecía amarilla. Se secó las manos y pasó el resto de la noche perseguido por el nuevo atisbo. Solo logró dormir luego de darse cuenta de que involuntariamente esperaba volver a verlo.

Lo vio en el patio, a la mañana siguiente, mientras cortaba tomates, y fue una visión tan fugaz como la que le había precedido treinta y tres horas antes, aunque esta vez le bastó para corroborar el color de la barba —¿por qué le seguía pareciendo amarilla?— y unos ojos —¿amarillos?— que lo miraban con severidad.

Tuvo la impresión de que el hombre iba a pegarle: tenía algo en las manos y lo abalanzaba —o parecía hacerlo— hacia él. Los tomates cayeron al suelo. El no hizo por recogerlos. Continuaba mirando el vacío donde había creído verlo, moviendo los labios como si dialogara consigo mismo. Involuntariamente tanteó el bolígrafo en su bolsillo junto a la libreta de notas; fue consciente de que debía terminar un artículo para la semana entrante, pero desde hacía dos días no le era posible escribir una palabra.

Entró a la casa y fue directo al cuarto. Sacó el bolígrafo de la gaveta, lo destrozó y lo tiró al cesto de papeles como quien arroja lejos una maldición. Su mujer lo llamaba desde la entrada de la casa; tenía en sus manos un sobre de correos y se disculpaba por haberlo abierto, puesto que era una carta dirigida a él donde se excusaban por el envío de un producto y solicitaban su devolución. La mujer le extendió el sobre. Él no la escuchaba. Miraba el rectángulo amarillo que ella le ofrecía. La estampilla azafrán apenas se destacaba sobre el papel, rematada por un cuño. Sus ojos la enfocaban, agrandándola; el sobre se ensanchaba en la medida que sus cuatro lados crecían.

La estampilla alcanzó el tamaño de una persona parada frente a él. El grabado representaba un hombre sentado, de mirada severa y barba corta y tupida; sostenía un violoncello entre sus piernas; no tocaba: lo miraba desde el papel. Enmarcadas en el grabado aparecían estas palabras:

In Memoriam Biser Tihtchev, (1938-2001) cellist,75 ¢, Bulgaria.

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Leonardo Cuervo-pintor

Leonardo Cuervo es un pintor de realismo fantástico interesado en explorar la figura humana y sacar a relucir su lado inquietante. Su trabajo está impregnado de todo lo fantástico y esotérico, haciéndonos alejarnos de la realidad de la sociedad para explorar el mundo irreal en nuestra imaginación y luego, sutilmente, traernos de regreso. En palabras de Artillery Magazine, “inusual y provocativo en estilo, la habilidad técnica de Cuervo en el realismo también es exquisita”.

Para conocer su obra visita:

https://www.leonardocuervo.com/

Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

Rodrigo Alaniz
Rodrigo Alaniz

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

Donceles

Donceles

Cuando entró a la librería sintió alivio y sensación de nostalgia. El olor a libro viejo y la lluvia que caía lo obligó a entrar en el primer puesto de antiguas letras. Una de esas librerías que se extienden desde Allende hasta República de Brasil. La lluvia tiene esa virtud de pintar el paisaje con su gama de grises que a Joaquín le provoca una melancolía adictiva; se deja seducir por esos tonos.

De todas las calles del Centro Histórico prefería Donceles. Ahí se conjuntan sus dos pasiones, los libros y la fotografía. Podía pasarse horas en la acera sur mirando los anaqueles de cámaras, impresoras, filtros, carretes, lentes, y luego cruzarse a la acera norte para entrar a husmear los estantes con libros de hojas amarillas y olor a benzaldehído.

Recorrió un par de pasillos con la vista. Miró sin buscar un título específico. Alzó la cámara y tomó un par de fotos del marco que daba a la calle. Un primer plano de libros en un fondo de ventanas y personas con sombrillas en barrido. Las gotas deformaban el plano general a medida que la tromba arreciaba. Caminó entre los pasadizos. Títulos de ciencia y superación personal no le despertaban interés absoluto. A punto de irse a refugiar, mejor, en la acera de las cámaras, el ruido de una escalera lo llevó a la parte trasera y oculta de la librería. En la escalera una enorme cabellera le hizo recorrer el rollo de 36 exposiciones de su Canon y apuntó con el visor hacia la fusión de letras y melena lacia que llegaba a la cintura de la mujer. El sonido del disparador hizo que volteara a verlo.

—¿Por qué estás haciendo fotos? —preguntó con amabilidad y sorpresa.

—Perdona, pero me gustó mucho la imagen de tu cabello fundida entre tantos títulos de libros.

—¡Ah! muy bien. ¿Entonces la foto me la tomaste a mí?, pero ni siquiera me conoces.

—Eso se resuelve pronto. ¿Cómo te llamas? Además, siendo completamente honesto, la foto que tomé fue en parte a ti y otra a los libros —dijo Joaquín con descaro.

—Pues por haberlo hecho, ahora vas a decirme ¿cómo te llamas tú? Y luego vas a tener que traerme una impresión de esa foto. Yo me llamo Mariana.

La sonrisa de ella le dio cierto confort de no haber incomodado; descendió de la escalera y siguió con el juego del interrogatorio. Afuera la lluvia parecía que arreciaba, porque el ruido los hacía acercarse cada vez más. La plática fue tomando un rumbo entre Sebastiao Salgado y el Marqués de Sade.

—¿Qué tipo de lectura es la que prefiere un fotógrafo?

—No sé a los demás, a mí me gustan las novelas de Saramago o la poesía de Gonzalo Rojas.

—Me encanta ese autor.

Joaquín tomó un libro y leyó un verso de Gonzalo:

…juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

A mitad del poema ella le dibujó un corazón con la lengua en los labios y la mano izquierda de él tomó un primer paso de reconocimiento de yemas y nudillos hasta sortear los senderos del cuello y la espalda baja. El fuego entre las piernas se había encendido. Joaquín soltó el libro de la mano derecha, las metió por debajo del pantalón y con la punta le araño las nalgas. La vieja mesa de páginas y carátulas se convirtió en una cama de letras que iban soltando el perfume de almendras y vainilla que tienen los viejos libros. El bálsamo se les arremolinaba en la nariz, él lo aspiraba como una droga mientras todo iba perdiendo existencia. Uno que otro trueno rugía y flasheaba en el interior de la sala de novelas, devolviéndoles la noción del espacio.  Ella fantaseaba con la imagen cenital desde el candelabro: dos cuerpos desnudos sobre una mesa de pastas verdes en medio de un cubo de lomos de letras doradas. Ese sacrilegio la excitaba aún más. Las manos de ambos siguieron la ruta húmeda de sus deseos. La blusa transparente de tirantes de Mariana tenía expuesta la protuberancia aurea de sus pechos. Joaquín afanó sus dientes con pequeños mordiscos, para después recorrer con la nariz y la lengua el camino de vellos que anuncian remolinos de placer. Saboreó sus grietas y succionó la semilla agridulce. Mariana entonó un canto de versos deformados en gemidos. Los cuerpos contonearon una danza sin música al ritmo de una coreografía disonante que subía, bajaba y se dibujaba en la penumbra. Relámpago y lluvia confundieron el sonido de la primer cascada tibia que explotó desde las entrañas de ella. Las letras comenzaron a derretirse entre sus piernas. Un sonido de pasos arrebató el trance y ambos corrieron a esconderse para vestirse. Él salió corriendo a hurtadillas sin despedirse. El viento en la cara y la brisa que le soplaba en los ojos lo hizo llorar de placer.

Lo quemaba la ansiedad de llegar al cuarto oscuro y revelar el rollo que le daría el perfecto pretexto para ir a buscarla. Mientras encarretaba el celuloide, el agua tibia y la memoria de sus dedos lo regresaban a la librería. El dibujo de la impresora sobre el Ilford le dio la certeza. Era cuestión de horas; correr a llevarle la copia. Se encaminó sin esperar a que el papel fotográfico secara del todo.

Salió del metro. Sintió la nube gris que se posó sobre él como una señal. Vuelta en Eje Central.  Corrió sobre la acera del Teatro de la Ciudad.  Siguió entre baldosas enormes, puertas rojas y antiguas ventanas. Al llegar a República de Chile, el corazón punzaba con ganas. A lo lejos, la marquesina naranja Librería Inframundo le entrecortó el aliento. Respiró profundo, se limpió el sudor y caminó más sereno. Llegó a la puerta gritando con los ojos. Sacó la foto, entró sin saludar a la anciana que custodiaba la caja registradora. Caminó cada uno de los pasillos hasta llegar a la sala de novelas. La mesa repleta de portadas verdes le regresó la imagen. Ella no estaba. Guardó la foto con un dolor entre la garganta y las piernas y a punto de cruzar el marco de la entrada, la voz de la anciana lo detuvo:

—¿Por qué tardaste tanto en traer la foto?

Christian Palma
Christian Palma

Christian Palma

Fotógrafo, editor y productor audiovisual mexicano, que hace 20 años se enamoró de la fotografía y comenzó su carrera en torno a la imagen, inicialmente como fotoperiodista, para después incursionar en la cinefotografía. Le apasiona trabajar retratando, contando y creando historias.

En el cine

Me gusta el turno de la mañana. A esa hora suelen ir lo mismo cinéfilos solitarios que parejas interesadas en otra trama. Corto escasos boletos y me sumerjo en la oscuridad de la sala. Recargada en la pared del fondo le doy un par de caladas al casi inoloro vape de THC. Escucho las bocinas funcionar apropiadamente, el foco del lente, los subtítulos encuadrados. La proyección convierte a los espectadores en sombras que poco a poco voy perdiendo de vista.

Sé de memoria los primeros cinco minutos, tal vez hoy pueda llegar hasta los besos. Es lunes, no viene el gerente. Me aseguraron que la famosa escena de sexo empieza un cuarto de hora después de que se apagan las luces. La última vez calculé mal los tiempos, terminé descubriendo al asesino. Jamás puedo quitarme de la cabeza la revelación de un final.

Han pasado diez minutos sin que suene mi radio. Bajo el volumen, estoy a un click de apagarlo. Me emociona llegar al minuto quince. La gente se arremolina en sus asientos, se pone nerviosa, tose. Juntos presenciamos un momento de intimidad ajeno. Imagino que los espío por una rendija. Espero noten mi presencia.

Camino hasta recargarme en la última fila. La marquesina presume ser la sala más grande de la ciudad. Contengo la respiración. Ahí están las pieles lisas, curvas perfectas en posiciones inverosímiles contra la pared, en el aire, en el piso. Los gemidos, la música. No hay secreciones molestas, caídas inesperadas ni risas nerviosas.

El calor de una presencia a mis espaldas me crispa la piel. Una mano se desliza entre mis piernas hasta las nalgas. Un temor, más parecido al deseo, me paraliza. Intento voltear la cabeza. La otra mano la regresa suave hacia el frente. Besa mi nuca. Los ágiles dedos apartan la ropa interior, se hunden en un cuerpo que ya no me pertenece. Obedezco sin palabras. Abro las piernas. Otros dedos exprimen mi seno derecho, pellizcan el pezón. Entrecierro los ojos, no quiero perderme la secuencia, me agacho sobre la butaca. Mis jadeos se confunden con los de la actriz. Las piernas tiemblan, convulsionan de ganas porque los asistentes prefieran el espectáculo vivo.

La mano tira de la coleta que recogí esta mañana. Los balazos del thriller opacan mi grito. Un bombeo tibio supura placer, se desborda. El radio me devuelve a la realidad llamándome desde el suelo. Lo busco a tientas. Respondo con la voz entrecortada.

—Adeeelante

—¿Dónde te metes? Te necesito en la taquilla.

Levanto la cabeza; solo sombras, no alcanzo a ver a nadie. Me abotono la blusa. Otro día sin terminar de ver la película. No importa, ya sé quién es el asesino.

Los hijos de la Violencia / José Gabriel Acuna Acuña

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga del caso, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cusquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de la Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. La nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como años atrás había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ése que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de nada. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, lealtades, proyectos. Y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error cometido, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

Foto de Andreina García

LIMBO

“¿Me estás escuchando?”, era la pregunta que él siempre le hacía cuando se daba cuenta de su mirada perdida y sus balbuceos como interlocutora. Su cuerpo estaba ahí, pero claramente su cabeza no. Ella le respondía que sí y le repetía la última frase que él había dicho para que no sospechara nada, mientras entraba lentamente en el limbo.

A este lugar llegan todos los que sueñan despiertos o necesitan evadir la realidad. Seguramente tú también has pasado algún tiempo aquí, a menos que seas un monje budista o practiques mindfulness.

Después de varios años entrando y saliendo del limbo a voluntad ya había hecho muchos amigos. Seguro era miércoles, pensó cuando se cruzó con Julián en un pasillo. Julián llegaba al limbo cada que vez que tenía clases de cálculo avanzado. Dio algunos pasos más y vio a Marina con su pareja sentada en un sofá. Lo más probable es que estuvieran en su terapia semanal con el psicoanalista. Y en este momento pensó que quizá era hora de llamar a su psicóloga para seguir explorando sus traumas infantiles. Siguió caminando y vio a un personaje con el que nunca se había topado y le llamó la atención. La única regla que existe en el limbo es “no les digas que están en el limbo”, ellos deben darse cuenta por sí mismos, de otra manera regresan de inmediato a la realidad y puede costarles mucho tiempo volver. Por lo general, las personas que se encuentran en el limbo no se conocen en la vida real. Vamos, es un lugar tan grande que las probabilidades son bastante bajas.

¿Quién era este hombre?, ¿por qué me sentía atraída hacia él?, pensaba mientras escuchaba la voz de su esposo a lo lejos.

¡Aló!, ¿me estás escuchando?, llevo diez minutos hablando solo, fue su cable a tierra. Esta vez no pudo repetir su última frase, se había enfocado demasiado en este misterioso personaje del limbo. Moría de ganas por regresar y descubrir quién era, pero antes debía terminar su conversación en el mundo real y decidir qué iban a preparar de cena.

Andreina García
Andreina García

Caraqueña viviendo en Ciudad de México. Publicista y fotógrafa amateur. Me gusta echar cuentos y a veces los escribo.

Cita a Ciegas

Cinco dieciséis de la mañana, suena la alarma. Fernando se levanta con esa sonrisa que debería ser estudiada por la ciencia; no es normal que un ser humano de sesenta y siete años sea así de positivo y risueño un lunes por la madrugada. Él cree ciegamente en las inexactitudes, o como prefiere llamarlas: “imperfecciones afortunadas”. Tanto cree en esto, que cada que hay oportunidad repite: “la perfección es el juicio miedoso y aburrido que esconde la exquisita aventura de lo imperfecto”.

Fernando llega sin prisa al trabajo. Toma asiento y espera a que el teléfono suene para atender a su primer cliente. Sí, en plena era digital su única herramienta de trabajo es un teléfono de escritorio. Fernando lleva treinta y cinco años siendo el mejor vendedor de una reconocida agencia internacional de viajes. Así que nadie cuestiona su método.

Ha pasado ya la mañana y por fin suena el teléfono.

—Expedia, buenas tardes. Le atiende Fernando Oribe. ¿Con quién tengo el gusto?

—Hola, con Olivia.

—Gracias, señorita Olivia. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Pues…, transfirieron mi llamada con usted.

—Ah, entiendo. Tiene duda de qué destino elegir para su próximo viaje.

—Sí, así es —responde sorprendida.

—Muy bien. Sonará extraño lo que voy a pedirle, pero, por favor, confíe en mí y en unos minutos sabrá con seguridad qué lugar es el ideal para usted —Fernando hace una pausa y da la indicación—. Cierre sus ojos.

—Ok —aunque dudosa y un poco desconcertada, Olivia sigue la instrucción.

—Para elegir su próximo destino dejaremos fuera del juego a sus ojos. Ellos están acostumbrados a enfocarse en lo conocido y se dejan seducir por fotografías perfectas. ¿Ya están cerrados sus ojos?

—Sí

—Ahora escuche su respiración. ¿Qué oye? ¿Un viento que mece praderas? ¿Unas olas que van y vienen? ¿El eco que resuena en una montaña? Dígame, ¿a qué suena su respiración?

—¡A un bosque que respira! —responde emocionada Olivia después de unos segundos de pausa.

—¿Qué otros sonidos hay en ese bosque? Agudice el oído de su imaginación.

—Unos pájaros. Sonidos de animales. Al fondo se escucha una caída de agua, puede ser una cascada —describe con rapidez ella.

—Estire su mano y, sin tocar nada, intente percibir la temperatura de todo lo que la rodea en ese bosque. ¿Puede sentirlo?

—¡Sí! Puedo sentir la humedad.

—Imagine que no tiene zapatos, sus pies tocan la tierra y el viento le avisa de una lluvia que refrescará ese calor húmedo. No estaba planeado, pero será increíble vivirlo. Sentir las gotas, recibir ese baño del cielo y después caminar hacia una cabaña que la espera con una fogata y su libro preferido. ¿Puede verlo sin ver?

—Sí puedo, y es increíble —Olivia está emocionada.

—Bueno, muy despacio abra sus ojos. Ya está lista para elegir su destino. Le haré llegar varias recomendaciones que se ajustan perfecto a su descripción. Le espera un gran viaje que eligió con los ojos cerrados, o como digo yo: “confiar en lo que llega”.

—¡Es verdad! ¡Muchísimas gracias! —agradecida, se despide Olivia.

Fernando busca con su mano izquierda el aparato telefónico para poder colgar. Después con su mano derecha encuentra a tientas su bastón guía. Es la una con veinte minutos de la tarde, un momento imperfecto para ir a desayunar.

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Luis Guillén
Luis Guillén

Sobre el autor:

Bailarín sin ritmo, músico con talento desafinado, yogui inflexible, escritor de pocas palabras. Por otra parte, gran oyente de lo ajeno, inventor de lenguajes de lo inanimado, extraordinario espectador de la naturaleza, insistente encuestador de los misterios de la vida y tímido fisgón de los tropiezos humanos.

Osiris Gaona

Magnolia Tango

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

El gran Gonzo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.