A 4 manos

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Bailarina de verde

En familia

La primera vez que entré a un club como este mi mamá se estaba meando. Ante la puerta verde con luces de neón dudó por un instante, pero el cuerpo pudo más que su prudencia.

El guardián nos detuvo, cerbero inmutable:

‒Sabes las reglas. La niña no puede entrar.

‒Pues no la voy a dejar aquí afuera sola y con este frío. Es una emergencia ‒la voz confirma las palabras, el gesto apuntala la urgencia del momento‒. No va a dar ningún problema y de verdad, de verdad, me estoy meando.

Le ofreció un billete y redobló la angustia del rostro. El hombre dudó medio segundo, agarró el papel y se hizo a un lado. Mi madre me colocó junto al marco interior, hincó rodilla en tierra y me dijo al oído:

‒No te muevas de aquí por nada del mundo. Regreso enseguida.

He pensado mucho en esa noche y no entiendo por qué me dejó allí. Quizá le preocupaba más el espectáculo del baño, ocultaba un secreto que se haría frágil en el lavatorio, o ‒simplemente‒ no se le ocurrió llevarme con ella. ¿Quién sabe? Cuando uno “de verdad, de verdad” se está meando no piensa con claridad. A mí también me pasa.

Desde mi estatura de cuatro navidades, veía el lugar donde nacía la música. Sobre una mesa de tamaño exagerado, bailaba una mujer. Gorro rojo de borde y pompón blancos, traje verde bañado de lentejuelas doradas. La debí encontrar encantadora, porque pensé “Parece una mariposa” y en ese entonces adoraba a las mariposas.

Cuando mi mamá regresó, le dije, convencida:

‒Ya sé lo que quiero ser cuando sea grande.

‒Ah, ¿sí? ¿Y qué quieres ser?

‒Mariposa bailarina ‒respondí, levantando mi mano, índice en ristre.

Ella se echó a reír.

‒Vámonos de aquí, es tarde y tengo que hacer la cena.

Mientras cocinaba un pollo flaco y pálido, repetía:

‒La Navidad es para pasarla en familia.

A mí no me interesaba el pollo y del concepto Navidad solo entendía que ese día venía con regalos.

‒Para la siguiente quiero un traje de bailarina ‒dije, con el oso de peluche de aquel año entre mis brazos.

‒Ya veremos.

La siguiente Navidad, y las de otra década completa, se mantuvo la tradición de reunir a la familia. Toda ella. O sea, mi madre y yo en un país extraño, sin nadie más con quien compartir el mustio pollo. Cada año yo repetía la petición, inmutable en mi propósito. Mi madre ‒ojos en blanco‒ maldecía su vejiga.

Tenía quince cuando me regaló el gorro. Salté como resorte.

‒Es idéntico, es idéntico, es… ‒repetí hasta quedarme sin aliento.

Con él en la cabeza, bailé al ritmo de una música desdibujada en el recuerdo. Vino acompañado de una barba, anacrónica en mi fantasía. Mi madre insistió en que era más apropiada en estas fechas que un traje de tela escasa y corte ajustado. La amarré a mi cintura, imitación de minifalda. Estaba segura de que el gorro mágico me hacía flotar en el aire y concedía a mis movimientos una gracia inigualable. La ondulación de mis caderas peludas confirmaba la ilusión.

Cualquier sueño era posible. Esperanzada, pensé que quizá ‒si demostraba mi talento‒ al año siguiente se completaría el ajuar. Tendría que dedicar un rato cada día a ensayar las sinuosas convulsiones. Así lo hice, sin faltar ni una sola vez a la rutina autoimpuesta. Mi madre no estaba impresionada y enflaquecía a ritmo alarmante. Yo la veía más bonita, más elegante. Ella maldecía más que de costumbre y ‒cada tanto‒ pateaba las paredes.

Con la fragilidad que suele acompañar las ilusiones y la rudeza con que despierta la inocencia, llegó la siguiente Navidad. Ese año no hubo traje, ni baile, ni pollo, ni cena en dueto familiar. El club era un detalle intrascendente; la danza, una rutina sin sentido; la fecha, un día más de ese año absurdo. Pasamos la noche tomadas de las manos, rogando por un regalo milagroso. Que se fuera a la mierda el tumor aferrado a su vejiga. Ofendido por tantas maldiciones, el órgano había tomado venganza.

Hoy de nuevo es 24 de diciembre. Solo somos yo y el pollo flaco, que malcocino en memoria de mi madre, mientras repito en voz alta, con los pies clavados en el piso:

‒La Navidad es para pasarla en familia.

La frase se me atora en la garganta. Decido que, sin importar mis habilidades culinarias, no quiero cenar sola. Tampoco quiero comer un pollo amargo, espejismo de una tradición que ya no existe. Lo meto en una bolsa. Camino por las calles. Encuentro a un vagabundo que conversa con su perro. Otra familia de dos miembros perdida en una ciudad indiferente. Les entrego la bolsa y me alejo. Me alcanza un “Gracias, muchas gracias”. Asiento de gesto y lamento ser tan mala cocinera.

No soy consciente de mi rumbo hasta llegar a una puerta verde. Esta vez nadie impide mi entrada. Creo que el gorro desgastado me regala la edad que necesito. Me paro en el mismo lugar de aquella noche. La mesa se ha encogido, la música dejó de ser alegre, las luces iluminan con desgana. Sin embargo, la bailarina sigue allí. Podría jurar que viste la misma ropa, marca pasos idénticos, repite cada giro, intocada por el tiempo. Mi corazón se acelera.

Me acerco y la mariposa se deshace. Ahora puedo ver un rostro triste, ojos cansados, el hastío esponjando la piel, borrando su tersura. Lo que de lejos parecía una sonrisa, es una mueca contenida. El olor fuerte, enrarecido, mezcla inusual de cebollas con alcoholes. El traje bordado de remiendos, las lentejuelas sostenidas por hilachas. Quiero gritarle que se detenga, que pare la burda pantomima, que busquemos un lugar donde las mariposas vuelen adorables, etéreas, intangibles. Le quiero pedir que huya conmigo a un lugar amable y silencioso donde esperar, juntas, la siguiente Navidad. En familia.

María

María

Repartiendo el corazón como único pan posible para matar la muerte

Waldo Leyva

María era puta. Siempre lo fue, desde el primer recuerdo hasta hoy. Y cuando hablo de María, decir puta no es una ofensa ni un reproche. Es una verdad suave, irrebatible. Es solo otro adjetivo. Es como decir que era rubia y bajita, algo rechoncha pero de carnes firmes. De una edad indefinida entre la adolescencia y la madurez. Con ojos vivos y fugaces, incapaces de posarse por más de dos segundos. De risa escandalosa, contagiosa sin remedio. Vestida entre el impudor y la desgana, con todos los colores en cuerpo y rostro. Con evidente alegría de estar viva.

Podría inventar ahora una historia, digna del mejor tango, para mover a la comprensión y la indulgencia hasta a los más estrictos moralistas. Pero eso sería una traición, una falacia, incluso una injusticia. María no tuvo una infancia agonizante ni vivió jamás en la penuria. No abusó de ella su padrastro. Tampoco quedó huérfana y abandonada en este mundo. No la traicionó su primer novio, ni la convenció con promesas incumplidas.

María, simplemente, escogió lo que quería ser en esta vida y era feliz con ese oficio antiguo que muchos censuran en público, pero atesoran en privado. Disfrutaba cada momento; cada caricia; cada cuerpo ansioso, apremiante o demasiado relajado; cada noche; cada susto; cada terror de los novatos, que al final siempre salían victoriosos. Sí, era feliz, con esa felicidad calma y profunda, nacida del agradecimiento que queda luego del ejercicio del amor.

María nació con ese don, como otros nacen dotados para la música, la pintura, o para predecir el futuro o las desgracias. Nació con la habilidad de adivinarle al hombre hasta sus últimos deseos, los más inconfesables, y jamás asustarse ni ofenderse con ninguna petición por descabellada que pudiera parecer a oídos inexpertos.

Sería por ese regocijo, que sentía en cada acto compartido, que nunca entendió que le pagasen. No podía comprender la razón de intercambiar dinero por semejante fiesta. Claro, entenderlo y aceptarlo eran cosas diferentes. Miraba el dinero o los presentes con ojos asombrados, pícaros y golosos, y con risa chillona agradecía. Nunca le faltó nada, ni a quien socorrer en caso de apuros. Más de uno, hombre o mujer, tocó de noche a su puerta, oculto en la penumbra o en su propia vergüenza, para pedir prestado; rara vez obtuvo un no como respuesta.

Sí, María era puta, y en ella era casi una virtud. Por eso todos quedamos sorprendidos cuando Facundo se empecinó en hacerla su esposa, y más sorprendidos cuando ella aceptó. Nunca supimos con qué argumentos, ruegos o amenazas logró llevarla ante el altar. Para escándalo de muchos, pero sobre todo muchas, se casaron en la iglesia de ese mismo pueblo donde había sido, hasta horas antes, lecho y consuelo de casi todos los hombres permanentes o de paso.

Allí estuvo, de largo por primera vez en su vida. Enfundada en un vestido de un blanco sucio, ajeno a sus mejores días, que a todas luces le quedaba estrecho. Los ojos, posados por vez primera, no se despegaron del suelo mientras duró la ceremonia. En su boca, pálida, no asomó ni un atisbo de sonrisa. Las manos aferradas una a otra, náufragos en busca de consuelo, sin saber qué hacer ante el vacío.

No hubo luna de miel ni casa nueva. A María no volvimos a verla en el mercado ni en la plaza ni en el parque. No se escuchó más su risa invitadora ni su charla sin sentido. Solo se la veía en la iglesia los domingos, de mañana, sola. No era la María de siempre. No quedaba nada de la ropa atrevida, los labios rojos, los ojos voraces, las manos inquietas, la sonrisa repartida. Se desvaneció la urgencia con que devoraba al mundo.

Estaba, creo, más delgada y puedo apostar que envejecía. Los años, que nadie pudo contarle antes y que ella escondía divertida, la asaltaron sin piedad. María se estaba apagando, diluyendo y, aunque sería más romántico, no creo que se consumiera de amor. Todos la observábamos entre el asombro y el escándalo, entre la preocupación y el desencuentro. Por más que lo intentamos, no podíamos imaginar las razones que tuvo para torcer un camino que parecía definitorio, inapelable.

Facundo era el único que no lo notaba, o el único al que quizás no le importaba. Los demás sentíamos que algo faltaba, como si se hubieran robado la plaza, el hospital, la escuela o el mercado. Sin nuestra María, Pueblo Ciego estaba incompleto, absurdo, mutilado. Hasta el cura le dijo un día, persignándose:

-Hija, en este mundo, para que sea mundo, tiene que haber virtud y pecado. No vaya en contra del lugar que en él le toca. ¡Dios me perdone!

Sólo él conocía la historia que llevó a la mujer a dejar de repartir amor como si fuera pan tibio y perfumado, a huir de las miradas de la gente, a esquivar el contacto y el saludo, a recluirse. Sólo él sabía de la obsesión de Facundo, de sus sueños imposibles, de su necesidad de posesión, de su rabia contenida, de su espíritu torcido. El secreto de confesión pesaba como pesan la vergüenza ajena, la culpa compartida, la impotencia.

Facundo pasó varios años observando a María desde lejos, sin atreverse a dirigirle la palabra o mirarla a los ojos. Su rutina diaria incluía salir del trabajo, esconderse en las cercanías de la casa prohibida y observar a cada visitante como si fuera un ladrón, un asesino. Esperaba cada noche hasta que se marchaba el último. Soñaba con aplastar ese rostro ajeno, sonriente, satisfecho. Se sentía protector frustrado, salvador inmóvil, merecedor ignorado.

Tocar a la puerta de María era una fantasía recurrente. Una tarde triste y polvorienta decidió hacerla realidad. El cielo cerró nubes en un intento vano por no ver qué sucedía. Llegó a al final del día. Quería ser el último en sonreír. En tono de ruego le dijo “Sé mi novia”. Ella le ofreció una sonrisa sincera y respondió “Seré tu novia”. En la respuesta de la mujer estaba implícito el “por un rato”; en la petición de Facundo había otra temporalidad.

El hombre temblaba y con manos torpes intentaba deshacerse de la ropa. Ella le tomó el rostro entre las manos y le besó los párpados despacio, la frente, la barbilla. Le acarició el cabello con un gesto similar al que se usa para consolar a un niño asustado. Le susurró lo que susurran las mujeres a sus hombres. Lo llevó de la mano por dos horas hasta el final de un camino que Facundo solo imaginaba que existía.

Al día siguiente regresó temprano en la mañana. María aún dormía. El toque persistente de la puerta la sacó de la modorra.  

-Cásate conmigo -dijo sin gastar aliento en siquiera un “buenos días”.

La risa fue estentórea. A Facundo se le desencajaron rostro y alma.

-No tienes más opción.

-¿Y eso por qué?

-Yo no puedo con otras y tú, después de anoche, contagiarás a todo el que metas en tu cama.

El hombre sintió un placer turbio al mentirle, al detallarle con adjetivos truculentos el futuro, la soledad del cuerpo y el espíritu, las llagas, los dolores, la ceguera, la locura.

-No tendrás de qué vivir y el pueblo entero te mirará con asco. Todos menos yo.

Con la ingenuidad de la escasa educación y la vida sin tapujos, María le creyó. El dinero no importaba, siempre podría hacer otra cosa. Pero imaginar su cuerpo en calma, sin temblores, las manos ociosas, la boca quieta, la ausencia del eco masculino; eso no podría soportarlo. Que hubiera un único hombre a su lado cada noche le pareció la mejor de dos pésimas opciones.

Una semana después de la boda, descubrió que la pasión de Facundo venía de lo prohibido y terminaba en su propio cuerpo, ahora mustio. Que este hombre estaba vacío, roto. En las noches la hostigaba, verdugo de la memoria y el pasado. Con un morbo triste y desabrido, quería saber de sus orgasmos intensos, la lujuria desmedida y las posiciones insólitas. Ella se negaba a responderle. Él palidecía.

No volvió a tocarla. Si ella se acercaba, la miraba con desprecio, rencor, rabia contenida. Llegaba a casa tarde en la noche, casi siempre borracho. Dormía en el sofá, sobre la alfombra, en cualquier lugar que no fuera la cama. Le hablaba solo si era imprescindible o para criticar la sopa, una camisa, el orden de la sala. Usaba tan pocas palabras que a veces María se preguntaba si en realidad había dicho algo o lo había imaginado.

Una mañana de misa, el padre dijo una frase que quedó resonando en su cabeza “La peor soledad es la que se siente en compañía”. Dos días después, Facundo la encontró sobre la cama. Las venas abiertas, como su boca, como sus piernas. Sin más ropa que la piel y aquellas bragas transparentes que muchos extrañamos todavía.

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