A 4 manos

Échale un vistazo a ese caminante

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

El vendedor de agonías 2

El vendedor de agonías 2

Parpadeó en mi memoria lo ya vivido un año atrás, y que ahora evocaba como en un sueño odioso y recurrente. La misma sensación de extrañeza al descubrir el cartel de Agonías, los frasquitos de colores expuestos en anaqueles como una vulgar selección de perfumes y cremas faciales. Alguna que otra cadenita con medallón dorado como parte de una biyuterí. Nada emparentado con la muerte, a excepción de la Bersa 9 milímetros que, a diferencia de la primera vez, ahora llevaba en el bolsillo de mi campera.

   Traspuse la puerta de madera rústica, delatado por un quejido de bisagra que parecía servir de alarma. El mismo perfume pegajoso y dulzón de aquel día. El mostrador al frente, el mismo viejito de anteojos, la sonrisa empotrada en su boca, como la de esos muñecos de plástico a los que muchos niños arrancan la cabeza de puro fastidio.

   -Qué gusto verlo de nuevo -exclamó, con un tono jovial que me sonó a burla.

   No perdí tiempo en sacar el arma y apuntarle justo sobre el entrecejo.

   -Se acuerda de mí? -desafié.

   -Por supuesto -respondió sin inmutarse-. Usted es el que se casó con la paralítica. Porque al final se casó, ¿verdad?

   Mis palabras salieron como escupitajos.

   -¡Me casé! ¡Por su culpa!

   -Yo nunca lo obligué. Usted tomó la decisión. Y no me va a negar que eso lo salvó de sufrir mis agonías.

   -Agonía es lo que estoy viviendo ahora, por seguir su consejo.

   Supurada mi primera carga de resentimiento, tomé un largo sorbo de aire y bajé el arma.

   -No, no -dijo él, sorpresivamente-. Siga apuntándome. Nada más estimulante que una amenaza de muerte.

   Elevé a medias el caño de la Bersa, confuso, como un niño que obedece la orden de su padre sin por eso entenderla. El viejito apoyó los codos sobre el mostrador generando cercanía. Parecía un almacenero amable que aceptaba la devolución de una conserva en mal estado.

   -Y ahora explíqueme cuál es su reclamo -quiso saber, aunque sospeché que ya lo sabía.

   Cambié de mano la pistola y refugié la otra en el bolsillo.

   -Hace un año le conté mi historia, mi tragedia. No puedo creer que la haya olvidado.

   -Nunca olvido una historia, de las muchas que me cuentan aquí. Había una mujer enamorada, pero usted no le correspondía. Le dijo la triste verdad cuando iban en su auto. Ella se largó a llorar, usted quiso consolarla, una imperdonable distracción, y una mala maniobra que terminó en accidente. Ella quedó paralítica.

   Asentí lentamente. Mi desgraciada historia relatada en pocas palabras resultó más que vívida, fue como si el tiempo nunca hubiese transcurrido desde aquel fatídico choque en la autopista. El mismo dolor naciendo en la boca de mi estómago. La misma tortura al verla enclaustrada en esa silla, con los ojos tristes de quien vela sueños muertos.

   -Exacto -reafirmó el viejito, con su exasperante hábito de adivinar pensamientos-. Recuerdo cuando vino usted aquí esa primera vez. Recuerdo su expresión de hombre vencido, dispuesto a comprarme cualquier brebaje con que envenenarse paulatinamente, solo para que ella tuviera el consuelo de verlo sufrir hasta el infinito, expiando la culpa de no haberla amado.

   Sacudí la cabeza, algo en las palabras del viejo me irritaba.

   -No necesito compasión  –rezongué-. Y menos esa perorata cursi.

   -La cursilería es la esencia misma de la vida, antes de ser desmantelada por la razón. Pero no quiero importunarlo con estas frases de autoayuda doméstica, tal como lo definiría usted con ironía.

   -Escuche…

-Déjeme terminar. –Se sacó los lentes para masajearse un ojo con los nudillos-. Hace un año usted estaba dispuesto a terminar con su vida, no sin antes conocer el infierno sobre la Tierra, por eso vino a mí, para que yo le proveyera de una agonía terminal. La purgación perfecta para el mayor de sus pecados. Pero estalló en alivio y felicidad cuando le sugerí que casarse con ella sería el mayor de los castigos, evitándose el tormento de una muerte dolorosa. Pensó en reparar el daño causado entregando nada menos que su propia libertad como moneda de cambio. Y eso funcionó por un tiempo, ¿verdad?

   -Por un tiempo.

   -Luego empezaron las demandas de ella al presentir que su amor no era auténtico. Con cada demanda crecía su resentimiento. Como usted mismo lo predijo, empezó a odiarla. Al punto que hasta le sedujo la idea de asesinarla.

   -Fue justamente por eso que compré esta pistola. Para matarla, o suicidarme.

   -Pero no hizo nada de eso. ¿Por qué?

   -No lo sé. Nunca me animé a comprar las balas.

   Me encogí de hombros y dejé la pistola sobre el mostrador, como quien se deshace de un cacharro inútil. El viejito la miró con sorna y la hizo girar como un trompo, igual que en esos juegos mortales al estilo de la ruleta rusa. El caño dejó de girar, apuntándome. De inmediato me interpelaron sus ojos, ávidos, de alguna manera, bestiales.

   -¿Y ahora qué? -inquirió.

   -¿Ahora? -Y dejé que todo el peso de mi cuerpo descansara sobre la mano apoyada en el mostrador-. Ahora estoy igual que antes, o peor. Me muero de culpa solo por pensar en matarla.

   -Tampoco se ha suicidado.

   -Si lo hago, ella sentiría que algo de culpa tuvo en mi decisión. No, prefiero una muerte lenta, culpar a una enfermedad terminal nos libera a los dos. Es por eso que vine. Esta vez sí, voy a comprarle una agonía.

   Él meneo la cabeza. Parecía decepcionado. Como un jugador que descubre la fragilidad deportiva de su contendiente.

   -La agonía está bien para el final. Pero aún no agotó sus posibilidades.

   -¿Posibilidades de qué?

   -De seguir buscando una salida menos… trágica.

   -No me ilusione. Yo sé que no hay otra salida.

   -Siempre hay otra salida, hasta que ya no la hay

   Una secreta, intrusiva esperanza, me quitó de las manos la soga fantasmal que estaba anudando a mi cuello.

   -¿A qué se refiere? –musité.

   -Una de las armas para combatir esa trampa de odio y culpa es la distracción. Me refiero a producir un hecho convulsivo que desvíe la atención del foco central, como hacen muchos gobiernos.

   -Perdón, pero no lo entiendo.

   -Cómo explicarle. A ver… -Abrió un cajón bajo el mostrador, revolvió un rato lo que por el sonido serían unos blisters, y por fin sacó uno-. Tenga -dijo ofreciéndomelo. Bajo la transparencia, esta vez, había una pastilla grande y marrón. La miré con desconfianza.

  -¿Qué es?

   -La salida. Vamos, anímese.

   Me resultaba sacrílego negarme a seguir la sugerencia de alguien que me miraba a través de sus lentes con la convicción de un médico especialista. Extraje la pastilla y dejé que mi lengua la atrapara. Me sorprendió el sabor dulce, intensamente familiar.

   -¡Muy rica! -aprobé-. ¿Es de chocolate?

   -Uno de los ingredientes es chocolate.

   La pastilla se deshacía con rapidez en la boca, extasiando mi paladar.

   -¿Y usted cree que con esto…?

   -Tenga paciencia. Pronto sentirá el efecto.

   -¿Efecto? -me alarmé-. ¿Qué clase de efecto?

   -Ya le dije, una distracción. Lo que usted ha tomado es un súper purgante.

   Tragué saliva junto con el diminuto resto de pastilla.

   -¿Cómo un purgante? No entiendo… ¿para qué?

   -Justamente para purgar la culpa acantonada en su vientre. Verá, esto lo tendrá un tiempo ocupado en el baño, despidiendo heces históricas, y gases, y también maldiciones.

   -Pero… esto es ridículo. Yo no sufro de estreñimiento.

   -De alguna manera, sí.  Pero no importa, usted obtendrá grandes beneficios con esto. Los retorcijones no lo dejarán pensar en su culpa, y mucho menos en matar a su esposa. Y cuando todo pase se sentirá tan fresco y livianito que la vida le parecerá maravillosa.

   -¿Me lo dice en serio?

   -Este proceso durará una semana. Luego, sus males pueden recrudecer, entonces podrá tomar otra pastilla y repetir la experiencia. Y si al cabo de unos meses la intensidad de su culpa no mejora, entonces sí, pensaremos en una agonía que valga la pena.

   En ese momento sentí un retorcijón a la altura media del vientre. Al principio leve, pero que fue creciendo hasta presagiar una procesión fastuosa a todo lo largo de mis intestinos.

   -Uuyuy… -gemí, al tiempo que mi cuerpo se arqueaba sobre el mostrador.

   Él se limitó a sonreír celebrando mi pequeño martirio con orgullo profesional.

   -Buena la pastilla, ¿verdad?

   -Uyyyyyyy… déjeme pasar al baño.

   -Lo siento, pero está ocupado. Mi esposa tomó a la mañana una de estas pastillas y todavía sigue ahí.

   -Uyyyyyyyyyyyyyyyy…

   -Espere… ¿A dónde va? Ya le dije que el baño está ocup… ¡No entre! ¡Oiga! Pero… Perdón, querida… es un cliente y… ¡Salga de ahí, cretino! ¡Basta! ¡Suelte a mi esposa! ¡Por favor! ¡Dejen de pelear por el maldito inodoro!

Sagradas escrituras

«El mundo es un libro, y quienes

no viajan leen solo una página»


Agustín de Hipona

Tengo un mapa del mundo colgado sobre el respaldo de mi cama. Sus placas tectónicas son de corcho, y los movimientos telúricos, frenesí.

Los países visitados tienen un alfiler de cabeza perlada clavado dentro de sus territorios. No es acupuntura porque, al igual que los matasanos, carezco del don de curar. Tampoco practico el rito de una magia negra vudú: este lugar ya está maldito.

Sólo sigo su consejo. Recorro las ajadas páginas absorto en la lectura, construyendo el epitafio de mi capítulo final.

Cuchilladas

ELLA: ¿Qué hiciste, flaco? ¡Lo mataste!

EL: ¿A quién?

ELLA: ¿Cómo a quién? ¡A ese tipo! ¡El que está tirado al lado tuyo!

EL: Ah… ¿Ese? No, no está muerto.

ELLA: ¿Cómo que no? A ver. (LO EXAMINA) ¡No tiene pulso, no respira y está lleno de sangre! ¡Está remuerto!

EL: Pucha. ¿Qué le habrá pasado?

ELLA: ¡Vos sabés lo que le pasó! ¡Todavía tenés el cuchillo en la mano!

EL: Ah, sí. Es un cuchillo artesanal. Me lo regalaron para el día del amigo.

ELLA: ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataste?

EL: Yo no lo maté.

ELLA: Pero si tenés el pantalón salpicado de sangre. ¡Lo acuchillaste!

EL: Lo acuchillé, sí. Pero eso no quiere decir que lo haya matado.

ELLA: ¿Qué estás diciendo?

EL: Muy simple. Yo lo acuchillé, pero la decisión de morirse fue de él.

ELLA: ¡Vas a ir en cana, flaco!

EL: ¿Por qué? Te digo que fue su decisión morirse. Es el típico razonamiento burgués. “Si me acuchillan agarro y me muero, así el otro se siente culpable”.

ELLA: ¿Qué?

EL: ¿Cómo reaccionaría alguien de nuestro Partido si lo acuchillan? Se va a los barrios pobres a repartir comida a los chicos, con el cuchillo clavado y todo. ¡Eso es militancia!

ELLA: Flaco… vos terminás en la cárcel. O en el manicomio. A vos te falla la cabeza.

EL: Y a vos te falla la ideología.

El humito

No sé cómo terminamos en aquel departamento frente al cementerio municipal, pero ignoro tantas cosas que esto es lo de menos. Congelados en los inviernos, cocinados a fuego lento en los veranos, así era vivir entre esas cuatro paredes del cuarto piso. Un pequeño balcón oficiaba como escape de uno del otro, tanto como cuando las discusiones nos consumían o para disfrutar un cigarrillo en soledad. Afortunadamente el poco espacio de ese mono ambiente nos quitó la peregrina idea de formar una familia. Para el otoño del 98 ya llevábamos dos años de convivencia, y fue en ese momento que comenzó a funcionar el crematorio, justo delante de nuestra ventana; en verdad, cuando se inició la construcción, pensamos que se trataba de una extensión de la zona de los nichos, pero al elevarse la chimenea, no dejó dudas de lo que se estaba armando. La inauguración fue muy austera, con una delgada cinta blanca, rematada en un moño que el intendente cortó torpemente usando unas tijeras de acero. Hubo algunos aplausos y una rápida recorrida por las instalaciones con la presencia del director de Cementerios, y algunos políticos invitados. Al día siguiente, un 3 de mayo, comenzó su tarea. Nunca voy a olvidar esa fecha, será imposible no recordar aquel olor a rancio que el humo le arrancaba a los huesos muertos aferrados a la carne chamuscada. Una semana después, Susana y yo descubrimos lo que era capaz de transmitir el humito del crematorio. La primera prueba la hicimos un sábado, tomamos características del humo, color, forma de expandirse y contraerse, olor, resistencia al viento, la intensidad de la textura. Todo aquello nos permitió saber quién era el muerto, edad, causa del deceso. Adjunté cada dato que recopilamos y el lunes por la mañana me dirigí a la dependencia de cementerio de la municipalidad. Allí constaté la exactitud de la información, de una precisión increíble. Orgulloso con el logro, me obsesioné más y más con mis investigaciones. Susana, indignada, envió carta tras carta al municipio para pedir el cierre del crematorio. Yo dejé mi trabajo y me aboqué de lleno a la investigación.

Sin darnos cuenta el humo comenzó a ser parte de nuestras vidas, comíamos con él, dormíamos con él, nos amábamos con él, y también empezamos a odiarnos con él.

Generé una serie de gráficos, y tejí todo tipo de variables, perfeccionando la lectura de datos. Llegué a detectar mínimos errores o confusiones en las actas de defunción, tales como  fechas de nacimiento incorrectas, o nombres mal anotados. En algunos casos me atreví a solicitar las correcciones, tan sólo para honrar al muerto, y enorgullecerme de mi tarea. En el pequeño departamento organicé un fichero, con una increíble estadística y pergeñé una forma de contrastar datos por fecha de nacimiento, de muerte, causas de la misma, sexo, edad, y hasta por signo zodiacal. Poco me importó que Susana un día decidiera marcharse. Yo sentía que aquello era el trabajo mas preciso y necesario de toda mi vida.

Una tarde calurosa de enero, me encontraba analizando el humo de un hombre de 34 años, llamado Gustavo Núñez, sin causa de muerte. Revisé todas las tablas, las variables, por horas busqué en mis archivos; estaba seguro de que existía alguna falla en mis observaciones. No era ataque cardíaco, no era accidente, ni siquiera cáncer. Mis tablas arrojaban una y otra vez error. Luego de una noche entera de análisis de datos, decidí recurrir una vez más a la Municipalidad. Como es claro por la cantidad de veces que visitaba la dependencia de Cementerios, ya era conocido, a punto tal que habitualmente me recibía el Sr. Gabriel Eme, director del área, quien se ocupaba de canalizar mis dudas y correcciones de los errores a fin de evitar incomodar al personal. El director era un hombre flaco, alto, de cara huesuda, barba rala y ojos de un negro intenso. Aquel día nos sentamos en su despacho, me invitó una limonada y oyó mi historia. Inmediatamente el hombre llamó a su secretaria y pidió el libro de cremaciones,  mis datos eran más que precisos. Gustavo Núñez estaba anotado como “muerte: causa desconocida”. El director propuso colocar ataque cardíaco, falla respiratoria, pico de presión, pero yo me negué a cualquier opción. Cada causa tenía una característica propia, inconfundible y yo no  iba a tirar por la borda toda mi tarea, simplemente para no  complicar la burocracia municipal.  Me retiré de la dependencia amenazando con una acción legal si alguien se animaba a modificar el mínimo dato de Núñez. Volví al departamento para seguir mi tarea diaria sin apartar mi pensamiento del extraño hecho. La realidad era que había una sola conclusión, difícil de demostrar si no existiera todo aquel trabajo de tablas y variables. Núñez no tenía causa de deceso, porque la muerte se había equivocado, es decir, había decidido llevarse a una persona que debía seguir viva. El siguiente paso era justificar la hipótesis, fue una tarea de meses, descubrí una relación matemática que era una suerte de cadena numerológica, una constante sin modificaciones, absolutamente cíclica, que cada x tiempo constante volvía a iniciar la proyección, y que, lógicamente, tenía un inexplicable quiebre, el día de la muerte de Núñez. Ahora, ¿cómo convencería al director de Cementerios de que mi teoría era correcta? Me avalaban todos los aciertos con los que había colaborado con la dependencia, pero eso no era demasiado. Traté de resumir la cadena-cíclica-numérica, que, si bien resultaba clara, era imposible aseverar que no existiese otro orden diferente al observado. Se me escapaba una duda sencilla, si Núñez no tenía que morir, ¿a quién le tocaba ocupar su lugar? Desesperado, comencé a trabajar en esa nueva etapa de la investigación. Era la medianoche, sólo una lámpara sobre mi mesa de trabajo rompía en parte la oscuridad. Mi ansiedad era absoluta. De entre las sombras escuché la voz que me paralizó.

—Fernández –dijo– no busque más.

Era el director de Cementerio, Gabriel Eme.

—No me mire así, Fernández, entre, como todos los días. Usted siempre descubrió cada detalle, pensé que este error lo pasaría por alto, pero su obsesión pudo más –se acercó a la mesa apoyándose en ella y continuó–. Su precisión me puede causar problemas en el trabajo. En mi profesión no se puede dar marcha atrás, Fernández. Aquella vez de Núñez, el desgraciado que debía ocupar su lugar era usted. Pero, dígame: ¿Cómo iba yo a matar a un colaborador tan eficiente? Llevo siglos haciendo esta tarea y nadie, jamás, se tomó una labor tan seria como la realizada por usted. Venga –dijo.

Apoyó su mano en mi hombro, recorrimos el pequeño departamento, devenido en archivo. Las paredes grises parecían de una cripta, los vidrios acumulaban el hollín del humito, los espejos eran cadáveres de lo que alguna vez habían sido. Toda mi vida ya no existía, no tenía familia, esperanza, trabajo, futuro. Todo lo había dedicado en mi empresa de observar el crematorio.

—Fernández, trabaje para mí, al fin y al cabo, a nosotros dos lo único que nos aterra es la vida.

Tienda de Agonías

EL VENDEDOR DE AGONÍAS

Es casi una regla general que las cosas no sean como uno previamente las imagina. Incluso, que resulten ser exactamente lo opuesto. Por eso no me sorprendió descubrir que ese extraño negocio anidara muy lejos de un callejón oscuro en los suburbios, indemne a la mirada curiosa de algún policía dispuesto a transar con lo prohibido. De hecho, parecía un comercio respetable, de esos que se agolpan en la avenida Cabildo, en el barrio de Belgrano. Entre zapaterías y locales de ropa interior femenina, el discreto cartel de “Agonías” insinuaba una inocente venta de perfumes exóticos, o a lo sumo un festival de biyuterí. Pero yo sabía muy bien de qué se trataba.

   Admito que ni bien traspuse la puerta empecé a desconfiar de la cordura de mi amigo, y a creer que su entusiasta recomendación no era más que un delirio abonado en su lecho de muerte. El tipo tras el mostrador se veía muy lejos de ser el sicario que me describió. Más bien, se asemejaba al viejito que atendía el kiosco frente a la casa donde nací.

 —En qué puedo ayudarlo? –fue lo primero que dijo, con un tono tan cálido que estuve a punto de retirarme, convencido de que había equivocado la dirección—. Sí, es aquí –agregó, con una sonrisa amable y, a mi parecer, misteriosa.

   Eché un vistazo a la gran cantidad de frasquitos multicolores ordenados en los estantes. Había un olor dulzón en el ambiente, algo pegajoso para mi gusto. “Es nomás una puta perfumería”, pensé.

   —¿Lo dice por los frasquitos? –pareció divertirse el viejo.

   Sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer?

   —Me adivinó el pensamiento –dije.

   —Es que usted piensa en voz alta, aunque no hable.

   Siempre odié ese tipo de frases que parecen extraídas de alguna filosofía oriental, pero que en el fondo no significan una mierda.

   —Mire… –rezongué, con la paciencia en cero—. Es obvio que mi amigo me dio la dirección equivocada. Así que…

   —Ah, su amigo –me interrumpió—. Lo recuerdo. Un abogado que usa bisoñé, ¿verdad?

   Debí haber bizqueado por algunos segundos, porque su imagen se me hizo oblicua. Sacudí la cabeza para enderezar el mundo.

   —Sí, mi amigo Tomás –atiné a decir—. Pero… ¿cómo lo supo?

   El viejo lanzó una risita.

   —Habilidades que uno tiene, y un poco de suerte. A propósito, ¿le fue bien? Digo, a su amigo.

   —Murió ayer, de fiebre tifoidea.

   —Me alegro por él. Muy buen cliente.

   Sentí la necesidad de acercarme para hablar en confidencia, como si no me percatara de que estábamos solos.

   —Él me dijo que usted vende muertes.

   El viejo pareció ofendido, negó con la cabeza.

   —¿Muertes? No, claro que no. La muerte es algo salvaje y primitivo. La consigue con un tiro en la cabeza, o tirándose bajo un tren. Mi especialidad es más bien artesanal, le diría, artística. Lo que yo vendo son agonías.

   La palabra “agonía” en su boca me provocó una inquietud cercana al vértigo, no por su promesa de un sufrimiento atroz, sino por la enorme atracción que ejercía sobre mí.

   El viejito se aburrió de mi silencio.

   —¿Va a comprar o no?

   —Yo… -titubeé-. En realidad no sé lo que hago aquí.

   —¿No sabe? ¿O teme saberlo?

   Otra vez con esas frases de libro de autoayuda. Tuve ganas de pegarle en la cara y hacerle volar los lentes.

   —No tiene por qué ser agresivo –sentenció, adivinando otra vez. O quizás por la simple observación del fastidio en mis ojos—. Tranquilo, voy a ayudarlo –y apoyó los codos sobre el mostrador, acercándose-. A usted lo tortura la culpa.

   Me estaba hartando ese viejo.

   —¡Chocolate por la noticia! –me burlé—. ¿Por qué otra cosa quisiera uno agonizar?

   —¿Una mujer? –dijo sin inmutarse.

   Largué el aliento. Eso ya parecía un tango.

   —Hay muchos que deciden agonizar para no sentir el dolor del abandono –comentó—. Pero no creo que sea su caso.

   Volví a mirar los frasquitos, y me sentí un idiota al pensar que alguno de ellos podría mitigar mi tormento. Sin proponérmelo, dejé que se me aflojara la lengua.

   —Ella estaba enamorada de mí, pero yo iba a dejarla por otra. Ibamos en mi auto cuando se lo dije. Lloró, gritó. Me puse muy tenso y en una mala maniobra choqué. Yo no me hice nada, pero ella se lastimó la columna. Quedó paralítica de la cintura para abajo. Nunca va a poder caminar. ¿Se da cuenta? Le arruiné la vida.

   —Y por lo que veo, también la suya.

   —No hay una noche en que no me obsesione con su amargura, con la angustia que debe sentir por renunciar a sus sueños.

   —Y por eso viene a comprar una enfermedad mortal, para sufrir por ella.

   —Quiero sufrir más que ella, darle el consuelo de verme gritar de dolor. Quiero morir sufriendo como un perro.

   —Puedo venderle moquillo.

   Lo miré. Escondí una lágrima bajo un gesto de odio.

   —¿Me está cargando?

   —Un poco, sí –respondió, con su proverbial sonrisa de buda para principiantes—. Mire, yo soy vendedor, pero tengo mi ética. Usted no necesita una enfermedad larga y mortal.

   —¿Ah, no? ¿Y qué necesito? –desafié.

   —Casarse con ella.

   Vi entrechocar mis propias manos en una plegaria violenta.

   —¿De qué habla? –gruñí.

   —Lo que dije, cásese con ella.

   —Pero… ¡qué consejo más estúpido! Ya le dije que no la amo. Si lo hago terminaría odiándola.

   —Correcto. ¿Y qué es peor para usted? ¿El odio o la culpa?

   Fue como un golpe a la barbilla, pero que lejos de lastimar me despertaba. Por primera vez sentí que algo en mis entrañas empezaba a relajarse. Quizás, sólo quizás, había una salida que no fuera una muerte horrible.

   —O sea… —balbuceé—. Quiero decir… que el casamiento sería la mayor de mis expiaciones. El autocastigo apropiado.

   —Mucho mejor que la fiebre hemorrágica.

   Asentí con profundo alivio, como alguien que se está ahogando y de pronto descubre que muy cerca flota un salvavidas.

   —Gracias –le dije. Quise expresarle más cosas, pero sólo me salió un vulgar— me alegro de haber venido.

   El viejo sonrió, comprensivo. Abrió un cajón bajo el mostrador y extrajo un blíster.

   —Tenga –dijo—. Llévese esta muestra.

   —¿Qué es? –pregunté sin desconfianza. Había una pastillita verde bajo la transparencia.

   —Un simple resfrío. Ideal para las tardes de otoño.

   —Le agradezco, pero…

   —Pruébela, es gratis.

   No quise desairarlo, de modo que saqué la pastilla y la puse en mi boca. Tenía un agradable sabor a menta.

   —¿Y? –preguntó-. ¿Qué le parece?

   —Rico. Atchisss.

   —Son muy buenas y no tienen conservantes. –Estrechó mi mano, cálidamente—. Ya sabe. Cualquier cosa que necesite, aquí estoy.

   —Atchisss.

Friedrich Hölderlin

Entrevista a Scardanelli

   Terminada la breve reunión con el director de la revista, cerré la puerta de su despacho y me quedé un rato del lado de afuera, aferrado al picaporte, con la mirada perdida en los nudos de la madera. No podía dar crédito a su propuesta.
 

   Quiroz me preguntó, sin pestañear siquiera, si estaría dispuesto a viajar a Alemania para entrevistar a Hölderlin. Lo primero que pensé fue que se trataría de algún lejano descendiente del poeta. Pero al manifestarle esta suposición, su respuesta fue desconcertante: “no, quiero que vayas a hablar con Johann Christian Friedrich Hölderlin”.

   Mis más que justificadas objeciones, donde me extralimité con un, “¿está usted borracho?” —eso sí, dicho con mucho respeto—; junto a un escepticismo cargado de ironía, fueron debidamente acallados con un cheque de seis cifras más viáticos. Y todo aquello, reforzado por la circunstancia de que el pago era por anticipado y sin cláusulas: no había forma de que me exigieran un reembolso si el disparatado encargo terminaba siendo un fiasco. Así que decidí, sin dejar de sentirme un poco ridículo, aceptar el trabajo de entrevistar a un fantasma.

   Tres meses después de aquel encuentro con Quiroz, un 22 de julio, aterrizaba en Stuttgart donde me esperaba un chofer para llevarme, a través de cuarenta y cinco kilómetros de autobahn, a la ciudad erigida a la vera del río Neckar, Tubinga.

   En la zona de arribos, Sebastian sostenía un cartel improvisado en hoja A4 donde se leía, mal escrito y en apurado garabato, mi nombre: “Mr. Fernandes”. 

How was your trip? —preguntó el rubio grandote. 

— Nicht schlecht —contesté en un rústico alemán. El tipazo me devolvió una sonrisa repleta de dientes. 

   Salimos del aeropuerto y caminamos hacia uno de los estacionamientos más alejados. De entrada, Iba a llevarme la primera gran sorpresa del viaje. Lo supe, en seguida, cuando llegamos al auto: un Delorean gris. 

   Ahora bien, me imagino lo que el lector estará pensando en este momento… ¿cómo llegó un auto americano de los setentas al Baden-Wutemberg del siglo XXI? A mí también me desconcertó.

   Minutos después dejamos atrás el flughafen y emprendimos la marcha hacia nuestro destino. Por alguna razón que no llegaba a comprender en ese momento, y a pesar de que transitábamos sobre una autopista sin límites de velocidad, Sebastian estaba muy pendiente del tablero. Cada vez que la aguja del velocímetro se aproximaba a las 88 mph, levantaba el pie del acelerador. Además, simultáneamente, en un gesto casi automático, miraba para atrás, adonde centelleaba una especie de circuito luminoso en forma de ”Y”.

   Después de treinta minutos de viaje, tras una serie de curvas y contracurvas, divisamos la silueta de Tubinga recortada sobre el cielo ocre de aquel caluroso atardecer. El río y sus meandros que nos acompañaran en los últimos kilómetros reapareció en forma de canal dentro de la ciudad, franqueado por edificios angostos de colores alegres y no más de cuatro o cinco pisos de altura. De pronto, ya rodeados de autos, transeúntes y ciclistas, sin mediar advertencia alguna, el chofer puso todo el peso de su pierna derecha sobre el pedal y mi espalda se fundió contra el asiento. Solté, en acto reflejo, una queja espasmódica, y en medio de la brusca maniobra, quise decirle algo en alemán, pero me trabé y lancé un difónico chorro de improperios: “¡¿qué haces, trastornado?!”, “¡Ay, mierda!”. Revoleando los brazos en busca de un apoyo adicional, le clavé las uñas en el antebrazo derecho y, de reojo, atiné a mirar la aguja en el tablero que, ni bien tocó las 88 mph, justo antes de chocar contra una panadería, emitió una luz blanca de intenso brillo que lo cubrió todo: sentí arenisca dentro de los ojos. De inmediato, una brusca desaceleración me despegó del asiento y tuve que usar las dos manos para evitar que mi cara terminara dentro de la guantera. La fugaz, pero también interminable, tortura culminó con un estruendo que me tañó los tímpanos con crueldad. Cuando recobré la visión, circulábamos por un camino de tierra, más bien una huella. No había rastros del cartel gigante en forma de bretzel que casi nos llevamos por delante. El asfalto, los autos y semáforos habían desaparecido y pude constatar, al borde del colapso, que la ciudad se había reducido a un puñado de viviendas, poco más que un caserío.

   Minutos después, todavía aturdido, el traqueteo del auto sobre una calle de adoquines disimulaba mi propio temblor. Nos detuvimos frente a una casa de estilo medieval. Sebastian salió del auto, hizo un rodeo, levantó la puerta ala de gaviota y, señalándome la entrada a la torre, me dijo: ”Hölderlin lo espera”.

Tubinga

   El anfitrión, un viejo orondo de nariz colorada como su camisa a cuadros, que calzaba botas de cuero altas y tiradores, me invitó a pasar y dijo que me anunciaría. Me quedé mirando un hacha enorme colgada en la chimenea del hogar. Al cabo de unos minutos, volvió y me indicó el camino a la habitación del poeta. 

   Recorrí un largo pasillo de paredes austeras y piso de madera, una efímera peregrinación si se tiene en cuenta que estaba a punto de conocer a Scardanelli. “La tercera”, gritó el leñador desde la otra punta del pasillo. Golpeé dos veces y me indicaron desde adentro que pasara. El cuarto era amplio y tenía tres ventanas rectangulares. Estaba atiborrado de muebles que hacían las veces de anaqueles. No había uno que no sostuviera varias pilas de libros. El único objeto libre del peso de las palabras era un piano de cola negro.

   Hölderlin, que sostenía un violín como a un niño de abeto parido por un lutier, y miraba hacia fuera junto a una de las ventanas, giró sobre sus talones y con grandes y ruidosas zancadas se acercó a estrecharme la mano. 

   Después de las presentaciones de rigor me preguntó dónde quedaba Buenos Aires. Le contesté: “en un mapa que todavía no se trazó”. 

   Ya sentados uno frente al otro, prendí mi grabadora y comencé con las preguntas. Mejor dicho, iniciamos después de que hubo examinado por largos minutos al aparato y yo le mostrara los principios básicos de funcionamiento.

Fernández: ¿Cómo se siente? Escuché que ha sufrido ataques de pánico.

Hölderlin: ¿Dónde escuchó tal cosa? 

F: —Dudé un segundo antes de responder—. Lo leí en una biografía suya. 

H: Todos los pasajeros que trae Sebastian me hablan de biografías— protestó resignado—. Sí, al parecer padezco de un trastorno mental que se manifiesta esporádicamente. El asunto es que pierdo la consciencia durante estos ataques, con lo que para mí solo existen en la mirada turbada de los testigos cuando vuelvo del viaje delirante de los trances.

F: ¿Cree que esta dolencia tenga algo que ver con Susette Gontard? —Diottima en sus poemas—. 

H: Vaya, esa biografía ha de ser bastante indiscreta. Creo que es difícil soportar la desgracia, pero mucho más lo es soportar la felicidad. Ahora, respondiendo a su pregunta: no, no creo que tenga nada que ver con ella. 

F: Si bien la estancia está colmada de libros, se puede ver el paso del tiempo en sus tapas cubiertas de polvo ¿Es que acaso no los lee?

H: Me dedico a la música, a tocar el piano y el violín… he dejado de escribir y leer. De hecho, he desarrollado cierta aversión a la lectura. La encuentro demasiado racional ¿Qué son las acciones y los pensamientos de los hombres a lo largo de los siglos frente a un solo instante de amor? 

F: ¿No se aburre?

H: No, todo está en nosotros. 

F: Usted dijo alguna vez: “Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable…” ¿Sigue pensando así? 

   Hölderlin se levanta, se sienta frente al piano y comienza a tocar una melodía que enseguida reconozco: la Novena Sinfonía de Ludwin. Cierro los ojos y disfruto de su brillante interpretación, aunque un pensamiento me perturba, “¿no estaré muerto?”. En eso estaba, peleando contra esa idea, en el momento en que yerra unas notas, y mis manos se enrollan como cuando una tiza patina chirriante sobre el pizarrón. Lo que al principio pareció una torpeza, se transformó en un aporreo sistemático a puño cerrado. El lustroso rostro negro del piano se sacudió ante cada puñetazo: la imperturbable víctima perdió algunos de sus dientes de marfil, y en los altos cielorrasos de la estancia reverberó la súplica desafinada de su tortura. Hölderlin gemía y tiraba de los blancos cannolis que se agrupaban de a tres a los costados de su plateada peluca, que terminó por arrancarse. El casero entró y lo abrazó con fuerza desde atrás; entonces, comenzó a repetir un mantra mientras se balanceaba con el otro haciendo de pesada mochila: “El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. El hermoso consuelo…”. Fueron unos minutos de sufrida incertidumbre, pero el poeta-pugilista, que arrodillado en el suelo con el gordo encima parecía un inmenso caracol, fue aminorando el pendular movimiento de su angustia hasta quedar quieto con la mirada clavada en el suelo.

   Ya había recogido mis cosas y, apurado, traspasé el umbral de la puerta. Me estremecí por su gutural declamación: “¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

   Atrás quedó Tubinga, y el camino de tierra transmutó en autopista después de que el Delorean alcanzara la velocidad precisa de 88 mph. Desafortunadamente, la reciente experiencia viajando a través del tiempo no moderó mis padecimientos, aunque esta vez me cuidé de no insultar al teutón. Sebastian me dejó en el aeropuerto para luego ir, según me contó, a visitar a un tal von Thaler que necesitaba su ayuda para sacar clandestinamente de Alemania a un amigo judío llamado Jacobi y a su esposa Eva. Tenía un largo viaje hasta el Berlín de… 1942.

   De vuelta en Buenos Aires, como habría de esperarse, la charla con Hölderlin pobló las horas de mis días; la revivía una y otra vez. Me tomó tiempo volver a tener un sueño sereno, una dieta normal, una rutina. A veces, me pasaba largas horas del día en los bosques de Palermo, abrazado a los árboles, sin pensar en nada…

MACABRA NAVIDAD

El comisario Aldújar baja del coche frente a la puerta de la casona. Se afina los bigotes encanecidos, los tornea con sus nudillos. Una acción minúscula, dilatoria; una pausa efímera que brinda un respiro a la ansiedad. Escupe el piso, pero el viento desvía el gargajo hacia su pantalón. Putea, claro. Saca un pañuelo y se limpia. “Esto empieza mal”, predice, con una risita que muere casi al nacer.

     Camina sobre la alfombra oscura que proyecta la casona, cuyo lado opuesto debería estar empapado en luna llena. Antes de que logre divisar el timbre, se acercan tres tipos que parecen extraídos de un casting para sicarios. Lo pechean. Lo arrinconan. No parece importarles la credencial ni la culata de la Browning que nerviosamente exhibe el comisario en su cintura. Sólo uno de ellos, de aspecto oriental, es el que lleva la voz cantante. Y no precisamente para cantar, sino para lanzar una metralla de preguntas que parecen provenir de la Uzi que lleva colgada del cuello. ¿Quién mierda sos? ¿Quién te manda? ¿Qué querés aquí?

     Aldújar no sabe si responder sumisamente a cualquier pregunta de la que pueda agarrarse, o sacar el arma y hacer pesar su condición de policía, con el riesgo de exponerse a un tiroteo claramente desigual. La suerte le ahorra ese debate interno. Una voz metálica vibra en el portero eléctrico. Una voz suave, sin asperezas pero a la vez autoritaria, como la de un animador de fiestas infantiles. La orden desactiva los malos modales de los sicarios. Se transforman en mayordomos atentos que le franquean la puerta con una sonrisa de compromiso, no sin pedirle cortesmente que deje la pistola antes de entrar. “Reglas de la casa”, le informan. Y puesto que no porta una orden de allanamiento, el comisario accede.

     Un largo jardín precede a esa única edificación erigida en la manzana. A continuación, otra puerta se abre como por arte de magia, al ritmo de una chicharra. Una multitud de lucecitas intermitentes, que provienen de un frondoso árbol de Navidad, escoltan su paso por el living. El propio general Reverde viene a recibirlo. De unos cincuenta años, barba casi enteramente blanca que contrasta con el delantal, también blanco, pero con grandes manchones rojos. El general adivina la impresión que ese detalle provoca en el comisario.

   —Sí, es sangre –aclara—. Estoy trozando los pollos para cocinarlos en Navidad.

   —Entiendo –dice Aldújar.

     Luego de estrecharse la mano, el comisario carraspea.

   —Me envía el jefe de policía –explica—. Tengo orden de apoyarlo en… eso dijo, apoyarlo. Pero no me explicitó en qué tema.

   —¿Cómo qué tema? Pero, comisario. Todo el mundo habla de eso. Los malditos golpistas.

     Aldújar frunce el entrecejo, desconcertado.

   —¿Golpistas?

   —Usted sabe que soy el presidente de la sociedad de fomento del barrio. Lo sabe, ¿verdad?

   —Mno… La verdad que…

   —El problema es que unos cuantos vecinos se han confabulado para derrocarme. Revanchistas. Vendidos. No toleran mi éxito en la gestión. Dicen que no he colocado ni una sola cloaca en el barrio. Como si las cloacas fueran tan importantes.

   —Pero, ¿lo han amenazado? ¿Lo han atacado o invadido su propiedad?

   —¡Jamás se animarían esos cobardes! Pero hacen algo peor. Murmuran. Murmuran en contra mío. Murmuran tan fuerte que los oigo desde mi dormitorio. Toda la noche murmuran. ¿Cómo puede ayudarme?

     El comisario se rasca la cabeza, perplejo.

   —Es que, si no hay nada concreto que hayan hecho…

     El general mira su reloj.

   —Se me hace tarde. Tengo muchos pollos que faenar. ¿Me acompaña?

     Y sin esperar respuesta, se introduce en un pasillo. Aldújar no tiene el menor interés en seguirlo, pero sabe que el jefe de policía está pendiente de ese encuentro. Su obsecuencia policial lo lleva hasta una sala refrigerada. El aire gélido le produce un escalofrío, pero no es la temperatura lo que le hace temblar las piernas, sino lo que ve. Sobre una mesa metálica, el cuerpo inerte de un hombre, desnudo, con el vientre abierto y las vísceras a medio salir. El general toma un cuchillo grande, de esos que se usan para cortar un costillar, y sigue abriendo el cuerpo hasta separarlo en dos hemisferios. La sangre chisporrotea al paso del filo.

   —Caramba –dice Reverde observando con sorna al comisario—. Se me ha puesto pálido.

   —Yo… yo no sabía que usted… hacía trabajos forenses. Me refiero a… bueno… una autopsia en su propia casa.

   —¿Autopsia? –El general lanza una carcajada—. Tiene un gran sentido del humor, comisario. –Y repite meneando la cabeza—: Autopsia.

     Aldújar siente que le sobreviene una oleada de náusea, la misma náusea que le provoca subirse a un bote; con esfuerzo logra controlarla. Suspira y el olor pútrido de la sangre lo impresiona aún más. Reverde puede adivinar cada una de las sensaciones de su interlocutor.

   —No sé por qué se impresiona tanto, comisario. ¿Nunca antes había visto faenar un pollo?

     El policía lo mira entre sorprendido y asqueado.

   —¿Pollo? ¿Llama usted pollo al cadáver de un hombre?

   —¿Se refiere a esto? Ah, sí. Esto fue un hombre. Ahora es un pollo.

     Aldújar estalla sin proponérselo.

   —¿De qué habla, loco de mierda?

   —Tranquilo, comisario. Déjeme explicarle. Este cuerpo corresponde al que fuera uno de mis vecinos más intolerantes. El que más fuerte murmuraba. Eso hacía, antes de que se convirtiera en pollo.

     El policía extrae con mano temblorosa su celular, y trata infructuosamente de embocar los números que lo conecten con la brigada. Su intensión es pedir un móvil para arrestar al general y sus sicarios.

   —No se moleste comisario. Aquí no hay señal.

     Aldújar casi pierde el equilibrio al notar que el general está muy cerca de él, apuntándole a la cara con una birome.

   —¿Sabe lo que es esto, comisario? ¿Sabe lo que es?

   —Una… birome –atina a balbucear Aldújar.

   —Correcto. Una birome, con un poder mágico. Me la trajo un pajarito en un día de sol intenso, un día de brillo resplandeciente, de esos que presagian el nacimiento de la patria grande indo europea. Pero no entremos en detalles. Le decía que es una birome mágica. ¿Me entiende?

   —Sí… Sí, claro.

   —Si lo toco a usted con la punta de la misma, si le marco un poco de su tinta, usted se convierte de inmediato en un pollo. Y yo no tendría más remedio que faenarlo.

     Justo en ese momento el comisario descubre que la otra mano de Reverde sostiene el cuchillo que casi le roza el vientre. El brillo de la hoja parpadea bajo la potente luz del techo. El efecto en el comisario es devastador. Su cuerpo se paraliza, se congela, al punto que su propia respiración le resuena como el estallido de un volcán.

     El general se descascara de risa y coloca un capuchón a la birome.

   —Tranquilo, Aldújar. Si a usted lo manda el jefe de policía para ayudarme, significa que usted es de los nuestros.

   —Sí sí. Soy de los nuestros. Digo… soy de ustedes.

     Ni aun la amable aceptación de Reverde logra relajar el cuerpo balcanizado del comisario, que aun tiembla por partes, desbordado, sin el menor atisbo de control. El general lo toma del hombro y lo va llevando hacia una puerta de metal.

   —Escuche, comisario –le dice, afable, como quien le habla a un viejo amigo—. Todo lo que necesito de usted es que vea la forma de justificar la granja.

     Aldújar sólo entiende la palabra “granja”, pero no tiene idea de lo que pueda significar en boca de Reverde. No tiene voluntad siquiera para preguntar. Sólo se deja llevar hacia el interior del cuarto tras la puerta de metal. Y, curiosamente, el cuadro que se le revela ni siquiera lo impresiona. Ver esos cuerpos humanos colgados como reses de unos ganchos carniceros le parece tan natural como ir al supermercado a comprar medio kilo de osobuco. Sus sentidos están anestesiados por el horror. El miedo a terminar siendo una de esas reses, o pollos, como los llama Reverde, le bloquean todo razonamiento crítico. Ya no es un policía. Ni siquiera el hombre que fue antes de ser policía.

     Al notar la cara inanimada del comisario, Reverde siente la necesidad de ser más claro.

   —En concreto, lo único que pido de usted es que invente algo, un accidente, no sé, algo que explique la desaparición de estas expersonas. Para que a los familiares no les de por hinchar en los medios. Pueden ser muy fastidiosos. ¿Me explico?

     El comisario apenas puede asentir con la cabeza, su boca entreabierta le dan un aspecto casi bovino.

   —¡Muy bien! –festeja Reverde—. Ahora vaya a su casa, ni bien tenga un plan de acción me llama. Y no se preocupe. Lo voy a recomendar con el jefe de policía para una promoción. Ya verá, soy muy generoso con los nuestros.

   —Sí… de ustedes… –alcanza a decir Aldújar.

     Y cuando ya se está retirando lo detiene la voz del general.

   —¡Espere! ¡Llévese esto! —El comisario se deja poner una bolsita entre las manos. Reverde sonríe—. Para la cena de Nochebuena, disfrútelo con su familia.

     Aldújar observa a través del plástico transparente una mano humana, regordeta, aún con pelos en la base de cada dedo, y algo de tierra bajo las uñas. Se le ocurre que sería muy rica con papitas al horno.

Eva Perón

Lágrimas en mármol

La historia me llegó por medio de un viejo relato familiar que mi abuelo solía contar cuando yo era chico. Fallecido mi abuelo la versión quedó en el olvido –así solemos querer mitigar el dolor de la muerte–, sólo recordaba algunos fragmentos. Recurrí a mi padre para poder rearmar la totalidad de la historia. No sin algunas incoherencias me dio varios detalles que yo no registraba y una acertada sugerencia.

—Si me preguntas, te digo que el abuelo mentía. Había montado toda esa historia de la imagen de Evita que lloraba cada 17 de octubre sólo para hacerse el misterioso. Creo que la contó tantas veces que terminó por creerse el asunto. Y por lo que veo a vos también te convenció.

—¿A vos, no? ¿Nunca pensaste que tal vez…?

—Por favor, Germán. ¿Cómo podés creer en eso?

—¿Acaso la estatua de Gardel no aparece en cada aniversario con un cigarrillo en la mano?

—No es lo mismo, en ese caso una mujer le coloca el cigarro.

—Eso lo decís vos ¿No puedo entender que creas eso? – dije esto último en forma irónica.

—Mirá Germán, habría que ver si Leone Tomasi trabajó con el tal Battaglini, del que hablaba tu abuelo y después…

—Y después de confirmar que el abuelo no mentía.

En los registros de la biblioteca Nacional pude averiguar los detalles de cada escultor que trabajó en el proyecto que encabezó Tomasi. Battaglini, fallecido en el 1962, había participado en él, creado dos de las imágenes que engalanaba la Fundación Eva Perón. Sin embargo, averiguar sobre Battaglini, su paradero, se volvió complicado. Pedí información en el Registro Nacional y debí llenar formularios y juntar paciencia. Asistí varios meses hasta que finalmente obtuve los datos. La familia seguía residiendo en Arrecife, nunca se habían mudado de allí.

Hice mi valija y viajé hasta esa localidad. Era una casa amplia, me recibieron Juan y Leonor, junto a su hija Milagros. Leonor era descendiente directo del escultor. La casa era una mansión algo venida a menos, instalada en medio de un gran parque donde algunas esculturas, firmadas por Battaglini, se mezclaban con los arbustos y árboles. En un banco de madera, observé sentada a una mujer anciana. Supuse que era la esposa de Battaglini, la saludé levantando la mano pero ella pareció ausente.

Leonor mostró cierta desconfianza a la hora del diálogo, demoró en hacerme pasar a la propiedad, pero finalmente lo hizo. De a poco la charla fue ganando en intimidad.

—Mire, muchacho, mi padre sufrió mucho por la esculturas de la Fundación y en especial por esa de Eva que tenía instalada aquí, en el jardín. Yo era chica cuando una tarde volví del colegio y vi el camión militar que se iba.

—La estatua existió, entonces –me alegré.

—Déjeme terminar. Acá, en esta misma casa, vino el Almirante Rojas. Mi padre supo contar varias veces que el “Petiso”, así lo llamaba, se volvió loco cuando vio la escultura. Se le acercó, sacó el revolver y delante de mi padre, le propinó tantas balas que solo quedaron escombros.

—Pero…

—Después ordenó a los soldados que juntaran todo y lo metieran en el camión.

—Entonces la estatua existió.

—Sí, existió, tiempo pasado. Ya no hay nada de ella, venga, mientras le termino de contar le muestro el lugar del jardín donde estaba.

Fuimos a metros de donde estaba la anciana, Leonor, me tomó del brazo y me dijo:

—Esa es mi mamá, 95 años tiene, está muy enferma. No escucha bien, no le digo que hable de esto con ella porque se va a poner mal. ¿Me comprende?

—Sí, claro.

—Aquí estaba la imagen de Eva, fíjese que la había puesto en un lugar que se podía ver desde cualquier lado. Rojas le dijo a mi padre que si volvía a saber de alguna escultura de Evita en esta casa, nos mataba a todos.

—¿Rojas volvió?

—No que yo sepa. Pero cada seis meses mi padre viajaba a Buenos Aires para completar formularios y declaraciones juradas donde afirmaba no haber trabajado en ninguna escultura de Eva.

—Mi abuelo decía que la imagen, una vez por año, lloraba.

—¿Fermín Agosti, así se llamaba su abuelo? No recuerdo que mi padre lo haya nombrado alguna vez. No sé cómo llegó hasta su abuelo parte de esta historia. En cuanto a las lágrimas de la estatua, debo decirle que no creo que fueran ciertas.

—Le agradezco.

Leonor me invitó con un té y pan de campo, era una tarde plácida. Acepté la invitación y pude observar algunos recortes de diarios cuando Tomasi reclutaba a los escultores y el avance de las obras.

Abandoné el lugar un tanto abatido por no haber podido ver la escultura. Me había alejado unos pocos metros cuando la anciana esposa de Battaglini me salió al cruce. Estaba apoyada en un bastón canadiense.

—Venga –dijo y tosió con fuerza–. Soy Ángela.

—La esposa de Battaglini –dije en voz alta para que pudiera escucharme.

—No grite, haga el favor. Escucho bastante, pasa que a veces para andar escuchando algunas pavadas, mejor hacerse la sorda. ¿Quiere saber la verdad o se queda con la historia que le contó mi hija?

Dudé un segundo.

—No tengo tiempo –dijo la mujer– decídase.

—La escucho.

—Mire –tosió, me pidió un cigarrillo–. Si no tiene tabaco, no hablo –bromeó.

—Fumo negros.

—Da igual.

Le extendí uno, se lo encendí.

—Fíjese que no salga nadie, si me ven fumando se enojan. Lo que le contó mi hija es una leyenda que armó Battaglini, Dios lo tenga en la gloria –dijo mirando al cielo y persignándose–. Acá, en esa época había gente que no quería a Eva. Mi esposo, cuando hizo la estatua, la exhibió primero en el Club Unión de Fuerzas y luego la puso en el jardín.

—Pero…

—No se impaciente, serénese y va a llegar a viejo como yo. Cuando la Libertadora asumió, teníamos miedo. Vimos como se destruían las imágenes de la Fundación, muchas de ellas fueron tiradas al riachuelo. Mi esposo, para cuidarnos a todos, decidió llevar la estatua de Evita a Todd, a pocos kilómetros de Arrecifes. No estaba dispuesto a romper ninguna de sus obras. Entonces la cargó en una camioneta, fue hasta allá y se la donó a la intendencia. Pero le dijo que la imagen se llamaba Ave Maria  ¿Entiende el juego de palabras, no? Yo sola conozco la verdad, y estaba por llevarme este secreto a la tumba, cuando apareció usted.

—¿Y por qué no se lo contó a su hija, a su nieta?

—Nunca me preguntaron, jamás les preocupó eso, y no son peronistas, como yo.

—¿En qué lugar de Todd está?

—En la plaza principal.

—Es verdad que los 17 de octubre la estatua llora.

—Véalo usted mismo, ya le dije demasiado.

—¿Rojas estuvo acá?

La vieja escupió al piso y sacudiendo la mano derecha dijo:

—¿A usted no le enseñaron a ser respetuoso y no decir malas palabras frente a un mujer?

Viajé a Todd esa misma tarde. Era abril y aún faltaba para el milagro de octubre, pero la escultura estaba ahí. Era perfecta, Evita de rodillas abrazando a un niño. Observé que bajo los ojos de la imagen, en cada uno de ellos, había pequeños surcos. Adiviné marcas de algún llanto.

Saqué fotos y volví a casa de mi padre.

—El abuelo tenía razón –le dije y mostré las fotografías.

—Puede, pero no llora.

—El 17 de octubre lo veremos.

La edad le jugó con trampa a mi viejo, y en septiembre su corazón dijo basta.  Aquel 17 de octubre subí al auto, desanduve el camino a Todd. Compré una rosa blanca y la coloqué al pie de la estatua. Me senté a observar. Hace diez años de aquella vez, no he faltado para ninguna fecha, siempre cumplo con el ritual de la rosa. Me siento y contemplo, sin esperar nada, ni siquiera una sola lágrima. Al fin de todo, los milagros ocurren para aquellos que quieren verlos.

Dios-y-el-futbol

Amanecer de un día sagrado

Año 1908

Si alguien lo hubiese visto arrugarse la sotana para trepar el alambrado hubiera pensado, sin dudarlo, que se trataba de un ladrón de gallinas disfrazado de cura. Pero no. Lorenzo Massa no hacía más que seguir esa voz profunda y amorosa que venía convocándolo desde el día anterior.

   —¿Quién? ¿Quién? —No hacía más que repetir, mientras se internaba en esa chacra desconocida con temor a ser descubierto por sus moradores—. ¿Quién me llama?

   “Yo”, dijo la voz. “Ven, Lorenzo”.

El cura miró hacia la casa del fondo y tragó saliva. Saltó un surco que llevaba el agua a un jardín de gladiolos, y caminó por el ancho espacio verde hasta ocultarse tras unos árboles frutales. Sacó un pañuelo y secó su frente.

   —Esto es una locura —se dijo—. Mejor me voy o termino en un calabozo.

En eso estalló un sonoro chistido. Lorenzo miró a su izquierda y vio algo que lo dejó paralizado. A pocos metros, en un claro alfombrado por una tierra amarillenta y seca, una zarza ardiente. Lorenzo se acercó, atónito, porque la zarza ardía y ardía, pero no llegaba siquiera a chamuscarse.

   —Esto es cosa de mandinga –balbuceó.

   “La competencia nada tiene que ver en esto”, dijo la voz. “Vamos, descálzate que estás en tierra sagrada”.

Con la obediencia que requieren los eventos metafísicos, Lorenzo se sacó las alpargatas. Febrilmente, repasó en su memoria todos los evangelios y el Primer Testamento completo, más un comentario de Santo Tomás.

   —¡Señor! ¿Eres Tú?

   “¿Y quién otro se te aparece en zarzas? Vamos, Lorenzo. Dale crédito a tus sentidos. Soy el que Soy.

   —Pero… Tú sólo te apareciste frente a Moisés.

   “También lo hice ante Freud, y me quiso convencer de que Yo era su delirio místico. En realidad, me he presentado ante muchas personas pero todos han dudado de mi autenticidad. Hasta he pensado en hacerlo junto a un escribano”.

   —Yo te creo, lo juro por Ti.

   “Bueno, tranquilo. Yo sólo vine a felicitarte por tu obra con don Bosco. Y también con los Forzosos de Almagro.

Lorenzo se rascó la nuca, sorprendido.

   —No sabía que te interesaba el fútbol, mi Señor.

   “¿Que si me interesa? ¿Quién crees que inventó el fútbol? ¿Los ingleses? No, Lorenzo. Fue una de mis grandes inspiraciones. Un deporte sencillo y económico para que todos puedan practicarlo. Una fuente de vida, de salud física y mental. La manera más divertida de bajar el colesterol.

   —¿El qué?

   “No importa. El caso es que Satanás, rabioso de celos, ha encontrado la manera de destruir mi obra”.

   —Disculpa, mi Señor, pero… me parece difícil que el demonio pueda destruir el fútbol.

   “Lo ha hecho. Inventó la FIFA”.

   —¡Vade retro!!!

   “Es por eso necesito reforzar este deporte con equipos nuevos que lleven a la gloria el arte de la gambeta. Te necesito a ti, Lorenzo”.

El cura quedó con la boca abierta.

   —¿A mí?

   “Quiero que fundes un equipo en base a los Forzosos de Almagro, que lo bautices con una marca registrada que deberá recorrer el mundo entero sembrando admiración y goles. ¿Se te ocurre algún nombre?”.

   —Nombre… nombre… —murmuró Lorenzo tomándose la barbilla.

   “Que tenga que ver con la santidad”.

   —Y… ¿qué más santidad que esta comunicación que sostengo Contigo? ¿Qué mayor   bendición que una charla en vivo y en directo con mi único Dios? Comprendo entonces que… para llegar a Ti necesito hablarte… Mi nexo son las palabras como vehículos de fe… ergo, mi boca se vuelve sagrada… Eso es… mi boca… Boca… Ese es el nombre… ¡Bocaaaaaaaa…!!!

   “Detente, eso lo están inventando en otro barrio. Sigue participando”.

   —Tengo otra idea. Tu palabra es el viento sagrado que limpia nuestros corazones, que barre con nuestras impurezas. Un viento que lo sana todo, ciclónico, glorioso, arrasador. Puede ser un… huracán. Eso, ahí está. ¡Huracán para todo el mundo!!!

   “¡Ay ay ay! Estás agarrando para los tomates, Lorenzo. Eres tan modesto que no puedes ver tu propio nombre. No importa. Yo me encargo del tema. Y ahora ve saliendo de la chacra. La familia Onetto va a despertar y puedes tener un gran lío.”

Lorenzo miró hacia todos lados, desorientado.

   —Como digas, mi Señor. Pero, ¿por dónde salgo?

   “Sigue derecho por aquel sendero y llegas a la Avenida La Plata al 1700.”

   —¿Avenida qué…?

   “Hablo del futuro, Lorenzo. Ya te dije que no te preocupes, todo queda en Mis santas manos”.