A 4 manos

Friedrich Hölderlin

Entrevista a Scardanelli

   Terminada la breve reunión con el director de la revista, cerré la puerta de su despacho y me quedé un rato del lado de afuera, aferrado al picaporte, con la mirada perdida en los nudos de la madera. No podía dar crédito a su propuesta.
 

   Quiroz me preguntó, sin pestañear siquiera, si estaría dispuesto a viajar a Alemania para entrevistar a Hölderlin. Lo primero que pensé fue que se trataría de algún lejano descendiente del poeta. Pero al manifestarle esta suposición, su respuesta fue desconcertante: “no, quiero que vayas a hablar con Johann Christian Friedrich Hölderlin”.

   Mis más que justificadas objeciones, donde me extralimité con un, “¿está usted borracho?” —eso sí, dicho con mucho respeto—; junto a un escepticismo cargado de ironía, fueron debidamente acallados con un cheque de seis cifras más viáticos. Y todo aquello, reforzado por la circunstancia de que el pago era por anticipado y sin cláusulas: no había forma de que me exigieran un reembolso si el disparatado encargo terminaba siendo un fiasco. Así que decidí, sin dejar de sentirme un poco ridículo, aceptar el trabajo de entrevistar a un fantasma.

   Tres meses después de aquel encuentro con Quiroz, un 22 de julio, aterrizaba en Stuttgart donde me esperaba un chofer para llevarme, a través de cuarenta y cinco kilómetros de autobahn, a la ciudad erigida a la vera del río Neckar, Tubinga.

   En la zona de arribos, Sebastian sostenía un cartel improvisado en hoja A4 donde se leía, mal escrito y en apurado garabato, mi nombre: “Mr. Fernandes”. 

How was your trip? —preguntó el rubio grandote. 

— Nicht schlecht —contesté en un rústico alemán. El tipazo me devolvió una sonrisa repleta de dientes. 

   Salimos del aeropuerto y caminamos hacia uno de los estacionamientos más alejados. De entrada, Iba a llevarme la primera gran sorpresa del viaje. Lo supe, en seguida, cuando llegamos al auto: un Delorean gris. 

   Ahora bien, me imagino lo que el lector estará pensando en este momento… ¿cómo llegó un auto americano de los setentas al Baden-Wutemberg del siglo XXI? A mí también me desconcertó.

   Minutos después dejamos atrás el flughafen y emprendimos la marcha hacia nuestro destino. Por alguna razón que no llegaba a comprender en ese momento, y a pesar de que transitábamos sobre una autopista sin límites de velocidad, Sebastian estaba muy pendiente del tablero. Cada vez que la aguja del velocímetro se aproximaba a las 88 mph, levantaba el pie del acelerador. Además, simultáneamente, en un gesto casi automático, miraba para atrás, adonde centelleaba una especie de circuito luminoso en forma de ”Y”.

   Después de treinta minutos de viaje, tras una serie de curvas y contracurvas, divisamos la silueta de Tubinga recortada sobre el cielo ocre de aquel caluroso atardecer. El río y sus meandros que nos acompañaran en los últimos kilómetros reapareció en forma de canal dentro de la ciudad, franqueado por edificios angostos de colores alegres y no más de cuatro o cinco pisos de altura. De pronto, ya rodeados de autos, transeúntes y ciclistas, sin mediar advertencia alguna, el chofer puso todo el peso de su pierna derecha sobre el pedal y mi espalda se fundió contra el asiento. Solté, en acto reflejo, una queja espasmódica, y en medio de la brusca maniobra, quise decirle algo en alemán, pero me trabé y lancé un difónico chorro de improperios: “¡¿qué haces, trastornado?!”, “¡Ay, mierda!”. Revoleando los brazos en busca de un apoyo adicional, le clavé las uñas en el antebrazo derecho y, de reojo, atiné a mirar la aguja en el tablero que, ni bien tocó las 88 mph, justo antes de chocar contra una panadería, emitió una luz blanca de intenso brillo que lo cubrió todo: sentí arenisca dentro de los ojos. De inmediato, una brusca desaceleración me despegó del asiento y tuve que usar las dos manos para evitar que mi cara terminara dentro de la guantera. La fugaz, pero también interminable, tortura culminó con un estruendo que me tañó los tímpanos con crueldad. Cuando recobré la visión, circulábamos por un camino de tierra, más bien una huella. No había rastros del cartel gigante en forma de bretzel que casi nos llevamos por delante. El asfalto, los autos y semáforos habían desaparecido y pude constatar, al borde del colapso, que la ciudad se había reducido a un puñado de viviendas, poco más que un caserío.

   Minutos después, todavía aturdido, el traqueteo del auto sobre una calle de adoquines disimulaba mi propio temblor. Nos detuvimos frente a una casa de estilo medieval. Sebastian salió del auto, hizo un rodeo, levantó la puerta ala de gaviota y, señalándome la entrada a la torre, me dijo: ”Hölderlin lo espera”.

Tubinga

   El anfitrión, un viejo orondo de nariz colorada como su camisa a cuadros, que calzaba botas de cuero altas y tiradores, me invitó a pasar y dijo que me anunciaría. Me quedé mirando un hacha enorme colgada en la chimenea del hogar. Al cabo de unos minutos, volvió y me indicó el camino a la habitación del poeta. 

   Recorrí un largo pasillo de paredes austeras y piso de madera, una efímera peregrinación si se tiene en cuenta que estaba a punto de conocer a Scardanelli. “La tercera”, gritó el leñador desde la otra punta del pasillo. Golpeé dos veces y me indicaron desde adentro que pasara. El cuarto era amplio y tenía tres ventanas rectangulares. Estaba atiborrado de muebles que hacían las veces de anaqueles. No había uno que no sostuviera varias pilas de libros. El único objeto libre del peso de las palabras era un piano de cola negro.

   Hölderlin, que sostenía un violín como a un niño de abeto parido por un lutier, y miraba hacia fuera junto a una de las ventanas, giró sobre sus talones y con grandes y ruidosas zancadas se acercó a estrecharme la mano. 

   Después de las presentaciones de rigor me preguntó dónde quedaba Buenos Aires. Le contesté: “en un mapa que todavía no se trazó”. 

   Ya sentados uno frente al otro, prendí mi grabadora y comencé con las preguntas. Mejor dicho, iniciamos después de que hubo examinado por largos minutos al aparato y yo le mostrara los principios básicos de funcionamiento.

Fernández: ¿Cómo se siente? Escuché que ha sufrido ataques de pánico.

Hölderlin: ¿Dónde escuchó tal cosa? 

F: —Dudé un segundo antes de responder—. Lo leí en una biografía suya. 

H: Todos los pasajeros que trae Sebastian me hablan de biografías— protestó resignado—. Sí, al parecer padezco de un trastorno mental que se manifiesta esporádicamente. El asunto es que pierdo la consciencia durante estos ataques, con lo que para mí solo existen en la mirada turbada de los testigos cuando vuelvo del viaje delirante de los trances.

F: ¿Cree que esta dolencia tenga algo que ver con Susette Gontard? —Diottima en sus poemas—. 

H: Vaya, esa biografía ha de ser bastante indiscreta. Creo que es difícil soportar la desgracia, pero mucho más lo es soportar la felicidad. Ahora, respondiendo a su pregunta: no, no creo que tenga nada que ver con ella. 

F: Si bien la estancia está colmada de libros, se puede ver el paso del tiempo en sus tapas cubiertas de polvo ¿Es que acaso no los lee?

H: Me dedico a la música, a tocar el piano y el violín… he dejado de escribir y leer. De hecho, he desarrollado cierta aversión a la lectura. La encuentro demasiado racional ¿Qué son las acciones y los pensamientos de los hombres a lo largo de los siglos frente a un solo instante de amor? 

F: ¿No se aburre?

H: No, todo está en nosotros. 

F: Usted dijo alguna vez: “Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable…” ¿Sigue pensando así? 

   Hölderlin se levanta, se sienta frente al piano y comienza a tocar una melodía que enseguida reconozco: la Novena Sinfonía de Ludwin. Cierro los ojos y disfruto de su brillante interpretación, aunque un pensamiento me perturba, “¿no estaré muerto?”. En eso estaba, peleando contra esa idea, en el momento en que yerra unas notas, y mis manos se enrollan como cuando una tiza patina chirriante sobre el pizarrón. Lo que al principio pareció una torpeza, se transformó en un aporreo sistemático a puño cerrado. El lustroso rostro negro del piano se sacudió ante cada puñetazo: la imperturbable víctima perdió algunos de sus dientes de marfil, y en los altos cielorrasos de la estancia reverberó la súplica desafinada de su tortura. Hölderlin gemía y tiraba de los blancos cannolis que se agrupaban de a tres a los costados de su plateada peluca, que terminó por arrancarse. El casero entró y lo abrazó con fuerza desde atrás; entonces, comenzó a repetir un mantra mientras se balanceaba con el otro haciendo de pesada mochila: “El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. El hermoso consuelo…”. Fueron unos minutos de sufrida incertidumbre, pero el poeta-pugilista, que arrodillado en el suelo con el gordo encima parecía un inmenso caracol, fue aminorando el pendular movimiento de su angustia hasta quedar quieto con la mirada clavada en el suelo.

   Ya había recogido mis cosas y, apurado, traspasé el umbral de la puerta. Me estremecí por su gutural declamación: “¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

   Atrás quedó Tubinga, y el camino de tierra transmutó en autopista después de que el Delorean alcanzara la velocidad precisa de 88 mph. Desafortunadamente, la reciente experiencia viajando a través del tiempo no moderó mis padecimientos, aunque esta vez me cuidé de no insultar al teutón. Sebastian me dejó en el aeropuerto para luego ir, según me contó, a visitar a un tal von Thaler que necesitaba su ayuda para sacar clandestinamente de Alemania a un amigo judío llamado Jacobi y a su esposa Eva. Tenía un largo viaje hasta el Berlín de… 1942.

   De vuelta en Buenos Aires, como habría de esperarse, la charla con Hölderlin pobló las horas de mis días; la revivía una y otra vez. Me tomó tiempo volver a tener un sueño sereno, una dieta normal, una rutina. A veces, me pasaba largas horas del día en los bosques de Palermo, abrazado a los árboles, sin pensar en nada…

Foto de Ricardo Payán

8105

Habría de darse una repasada a la teoría de la relatividad; mirarla desde una perspectiva menos científica —por ejemplo, desde el ángulo de las casualidades—, que ayude a reconocer la conexión imperceptible que existe entre relatividad y los hechos insertados en la cotidianidad.

            Utilicemos como ejemplo lo que me pasó esta noche y que me ha hecho reflexionar acerca del funcionamiento de los pensamientos si nos dejamos mirarlos bajo la óptica de la relatividad. Advierto que pocos me creerán, pero si me concedes el beneficio de la duda, quizá al final de mi historia consigas convencerte y te expliques una o dos cosas extrañas que con toda seguridad te habrán ocurrido alguna vez.

            Antes debo servirme de un ejemplo:

Imagina un autobús cualquiera. Supongamos que los asientos guardan el mismo orden de numeración que en los aviones: un número de fila y una letra para cada asiento: A, B, C y D; A y B de un lado del pasillo, C y D al otro. Hay doce filas. Seis personas van sentadas todas en el asiento B, desde la fila 2 hasta la 7, mientras el autobús avanza sobre la avenida.

            2B: Rosario: su rictus denota preocupación; va camino al mercado a comprar unas piernas de pollo para hacer consomé; imposible saber si aquello que le preocupa es si el dinero en su cartera será suficiente o si la decisión elegida del consomé ha sido la indicada para cuando lleguen a casa su marido e hijos. En realidad podría preocuparle cualquier otra arbitrariedad. Baja de estatura, con el mismo rebozo de rayas rosas y azules con el que cocina, y que en ocasiones olvida quitarse ante cualquier otro menester, ya sea ver la telenovela del 2 o este mismo instante en que viaja en el autobús. Tiene una trenza larguísima, ha olvidado peinarse de otra forma. Sus zapatos negros tienen pequeñas manchas de lodo seco.

            3B: Gabriela: zapatos negros planos, calcetas blancas a la rodilla, piernas firmes, núbiles y despreocupadas, falda cuadriculada (cuatro dedos arriba de la rodilla), suéter azul marino y blusa blanca debajo; en el regazo dos libros y un cuaderno. Tiene dieciséis años y va camino a la secundaria hablando con Iliana (3A) acerca del chico con quien estuvieron ayer por la tarde mientras paseaban por el barrio.

           4B: Atilano: esta mañana en la construcción los albañiles echaron un volado para elegir quién iría por las tortillas, y este fue Atilano. Pantalones negros manchados de cal, zapatos rotos en la punta (al acabar la jornada, los cambiará antes de volver a casa); playera blanca y gorra azul. No tiene mucha prisa, se siente afortunado de ser quien va por las tortillas: pasea un poco, ve a las mujeres caminando por las banquetas. Mira hacia fuera; parece distraído, pero no lo está.

            5B: Lic. Pedro Maldonado: traje café oscuro (un poco viejo), portafolios. Oficinista hasta el hueso, cree que el ir vestido así lo distingue y encuentra la forma de delimitar la diferencia: llamada tras llamada por su celular va hablando de absolutas nimiedades, vacías, inservibles.

            6B: Françoise. Apenas hace dos días llegó al D.F., tras veinticinco horas de viaje en autobús desde Cancún; no obstante, ayer se unió a un viajero inglés que iba camino a Coyoacán, donde estuvo hasta hace unos minutos, cuando definitivamente la expulsaron del bar. Ahora va de vuelta al hostal a dormir un poco. Es alta y delgada, trigueña y bronceada, pelo castaño muy oscuro que contrasta con sus ojos verdes; falda verde larga casi hasta los tobillos, tenis azules, blusa blanca con estampado azul. Lee un libro sobre México.

            7B: Héctor Covarrubias: intelectualoide, camino a librerías de viejo para buscar libros con los que, con fortuna, pueda ahondar en la historia de Cholula (parte de una investigación para un cuento que escribe). Saco café de pana, pantalones grises y zapatos café oscuro, pelo entrecano y largo, lentes; lleva algunos libros.

            El autobús avanza en una absoluta, hipotética, línea recta.

            De pronto, Héctor Covarrubias, absorto en un pensamiento (sobre su cuento), acerca de Itzpapalotl, de las alas de obsidiana, de Mictlán y de las aguas del Usumacinta, piensa, sin saber por qué, en piernas de pollo y consomé.

            Aquí comienza mi explicación, mi teoría sobre las casualidades y la relatividad. Los pensamientos, maraña de convulsiones químicas en medio del cerebro, pequeñas ondas energéticas. Damos por sentado que lo que pensamos es lo que somos, que sólo pensamos lo que somos, que somos lo que pensamos; lo concluimos porque sólo tenemos un cerebro y por tanto una sola capacidad de pensar unitariamente (esquizofrénicas excepciones mediante). En realidad nuestros pensamientos son entes autónomos, que si bien son producidos en nuestro cerebro, no dejan de ser millones de estímulos químicos y eléctricos con cierta vida propia; los pensamientos nos pertenecen sólo en la medida en que son transmitidos hacia nuestra capacidad comunicativa, principalmente a través de la lengua, lo que hace pensar que la lengua es la forma en que pensamos. Confundimos palabras por pensamiento. El pensamiento —las moléculas que lo componen—, voluta de átomos danzantes por el aire, se parece más a un pequeño y juguetón globo flotando –qué atinados los cómics— disgregándose poco a poco en espirales difuminosas. En algún momento se desintegran o se transforman, dejan de ser pensamiento y se convierten en algo más.

            La señora Rosario —su cerebro— emite un pensamiento: una voluta en un punto específico del espacio: «¿cincuenta pesos me alcanzarán para cuántas, seis piernas?». El globo permanece ahí, sin moverse de ese punto específico en el espacio, pero el autobús continúa avanzando, en aquella absoluta línea recta. Es aquí en donde Einstein es el gran visionario, donde la relatividad en su ejemplo más absurdo se vuelve contundente. En cuestión de segundos (acaso menos), Gabriela ocupa el mismo espacio en que Rosario desprendió su voluta; la voluta pertenece ahora a Gabriela: “Sí, Iliana, creo que Luis es un buen chico”, le comenta a Iliana, aunque piensa: «donde don Pancho siempre hay buenas piernas para un caldo», y al mismo tiempo se pregunta por qué carajo está pensando en eso. El autobús sigue avanzando; ya imaginarás lo que sucederá: Atilano tendrá el antojo casi incontenible de cambiar tortillas por piernas de pollo; el Lic. Pedro Maldonado sentirá un pequeño vacío en el fondo del estómago a pesar de los huevos con chorizo y frijoles del desayuno de hace apenas unos minutos; Françoise (la lengua, el idioma, nada tiene que ver con los pensamientos) pensará: «¿en dónde podré comer hoy?»; Héctor Covarrubias, nada más haber encontrado la frase que cree redonda para su cuento «Chollolan, centro de la magia en donde te encuentras», se bloquea por completo y cede a pensar dónde podrá ir a comer más tarde una pechuga de pollo al pipián.

            Corolarios:

            1. La señora Rosario, ¿acabó, también, comprando sus piernas de pollo? Lo hizo. El haber desprendido ese pensamiento en un momento dado no excluye la posibilidad de volver a tenerlo o recuperarlo, lo mismo que si hubiera terminado por pensar en comprar carne molida para albóndigas. Una cosa somos nosotros, como personas, y otra los pensamientos, no hay que confundir. Lo mismo en lo que concierne a Gabriela, Atilano, Lic. Pedro Maldonado, Françoise: el desenlace de su dieta o sus deseos corre por caminos plenamente libres y con potencialidades infinitas, pero el pensamiento que incluía el concepto “pollo” les pasó, literalmente, por la cabeza; aquella maraña de moléculas se fue enterrando y transformando provisionalmente de una persona a otra y al infinito. Aún así:

            2. Los pensamientos, ya sean los surgidos de sí o los absorbidos en el aire, dejan resabios; eso parece un hecho ineludible. Esta declaración como uno de los fundamentos de la memoria, concepto sobre el que apenas conozco algo.

            3. Podemos desprender dos hipótesis más partiendo del punto anterior:

                  a. Es posible hablar de cierto tipo de pensamiento —digamos, “el pensamiento existencialista”, “el pensamiento relativista”, “el pensamiento estructuralista”, “el pensamiento dadaísta”, etc.— porque, ahora lo podemos entender mejor, este tipo de pensamientos son burbujas alguna vez producidas en el cerebro de un sujeto cualquiera, que permanecieron sobrevolando el aire de París, Barcelona o D.F. y que alguien más absorbió al pasar, y después otro más también y en fin, miles o millones de personas que fueron colaborando a conformar “El Pesamiento Existencialista”, “El Pensamiento Relativista”, etc. La voluta ha sido siempre de alguna forma la misma pero ahora multiplicada, quizá también transformada, en el cerebro de todas las personas por las que ha pasado y que además han colaborado a su expansión; la voluta que no perdieron, no olvidaron. La memoria deriva en una especie de humor de aquellos que la han compartido, posiblemente de un tiempo, una época o lugar concreto, mientras las personas continúen compartiendo la voluta y contribuyan a propagarla.

                  b. La memoria es la voluta rebelde, la que uno se niega a dejar atrás.

            Lo que invita a concluir que:

            4. El mundo es la voluta primigenia.

            Empezaré a hablar de anoche, finalmente:

            Iba de vuelta a casa en un autobús común y corriente, fatigado del trabajo en la agencia, y en el autobús íbamos tan sólo cuatro personas: el chofer, otras dos, y yo: en el asiento 2A una, en el 3D otra, y yo al fondo en el 12D. Cavilaba cuán distinto soy del niño que fui. El autobús cruzaba el barrio de chabolas donde los comercios casi se desbordan en las calles angostas. En un momento preciso, se me ocurrió que no había nada en el mundo que yo deseara más que una paleta helada de vainilla cubierta de chocolate; me di cuenta de lo extraño que era pensarlo, sobre todo por lo explícito que era la imagen: corta pero ancha, palito de madera no cilíndrico sino prismático. Observa la analogía con cualquier situación cotidiana en la que se nos ocurren las cosas más inverosímiles. En ese mismo instante me percaté de que el autobús estaba frenando y que 2A esperaba para bajar. Cuando el autobús arrancó de nuevo, lento, yo seguía viendo a 2A, que se quedó parado justo a la mitad de la acera, con esa cara que no en pocas ocasiones se ve por la calle y no en menos las he vivido yo mismo: el gesto del que piensa: «Ay cabrón, ¿por qué chingados me bajé del autobús, justamente en esta esquina?, sé que era por algo, ¡¿pero qué?!». Y en ese momento me di cuenta de que atrás de él (2A miraba hacia la calle) y mientras el autobús empezaba a avanzar un poco más rápido, estaba la paletería “Glorias”. Ese fue el instante en el que comenzó, ahora lo entiendo, a fraguarse en mí esta teoría en la que me extiendo ahora. Me di cuenta de que él había pensado ese mismo pensamiento sobre la paleta que me sorprendía ahora a mí mientras que él ya lo había perdido del todo. Y en esos pocos, poquísimos instantes que le siguieron (en una de esas maravillas de los pensamientos) se desencadenó la asociación con todas aquellas veces en las que había bajado en casa a la cocina por, digamos, un vaso de agua y al llegar a la cocina no sabía qué me había llevado ahí; o cuando salía de la casa para comprar cigarrillos y al llegar a la tienda, lo había olvidado. Había dejado mi voluta atrás. Y esto que te diré refuerza más aún todo lo que te cuento: en esas ocasiones, en un acto reflejo, volvía al sitio desde el que había partido (mi habitación, la casa) convencido de que al hacerlo podría volver a recordar la intención inicial (el agua, los cigarrillos) y era cierto: al volver conseguía recordarlo. Ahora sé que era porque había recuperado mi burbuja de pensamiento.

            El autobús siguió avanzando, y en mi campo visual dejó de estar 2A y su/mi paletería; dio vuelta a la izquierda (“Sastrería Los Oficios”, “Tintorería Francesa”), y casi inmediatamente el autobús dio vuelta a la derecha (“Miscelánea Juana”).

            Fue justo en ese instante, estoy seguro: la voluta debió entrar cuando el autobús daba esa vuelta. El destino juega de esta forma.

            Sin saber por qué, sin haber caminado nunca por esta zona, bajé del autobús. Sabiendo bien que debía entrar en el hotel, aunque sin saber por qué en este en específico. El lobby es más bien feo, algo sórdido, lúgubre. Fui al fondo derecho donde se abre el pasillo que comunica con el hall de los elevadores. Un elevador para los pisos 1 al 14, el otro a los pisos 15 al 30, ¡a saber cómo supe yo eso! Tomé el primero, bajé en el único en el que tenía que haber bajado: en el octavo. Caminé sobre el pasillo hacia la izquierda; pasé uno, dos, tres, cuatro habitaciones. La quinta era la 8105. Yo sabía (3D lo habría sabido hacía algunos minutos) que cuando entrase lo encontraría durmiendo. No tengo idea (es decir, hasta antes de hoy no tenía idea) de cómo demonios pude abrir la puerta con tan sólo la tarjeta y mi bolígrafo.

            Ahora, mientras tomo el gin tonic, he podido serenarme un poco y darme cuenta de todas estas cosas que te cuento. El bar del hotel tiene su encanto. Apuesto que no habías escuchado nada más interesante detrás de esta barra. Comencé a pensarlo justo después de salir de la habitación y lo seguí haciendo durante los cuatro gin tonics anteriores. En realidad comencé a pensarlo un poco antes de salir de la habitación, mientras veía cómo caían las gotas al suelo. Las gotas de sangre al suelo. Al voltear a verlo acostado en la cama, con los ojos perdidos en la pared de enfrente, perdidos en una ciudad remota que ahora se escondía detrás de ellos, el cuello amoratado por las marcas de mis dedos, la cabeza ladeada en la almohada colgando un poco fuera de la cama, la nariz rota desde la que caían gotas de sangre al suelo.

Biografía

Ricardo Payán.

“En una infortunada charla cuando combinaba estudios de literatura e ingeniería fui condenado al diletantismo literario (en la charla se defendía que un novelista debía esperar a los 40 años para comenzar a publicar) y desde entonces estoy sólo inmerso en la lectura empedernida, la digresión sobre el quehacer literario y la consecuente fabulación puertas adentro, a la espera de la llegada del hito. Nací en Puebla, crecí en DF, escapé a Madrid un tiempo y ahora vivo en Ciudad de México”.

Cinderella

CENICIENTA

Había una vez una muchacha triste llamada Cenicienta. No triste porque sí, como deporte, sino más bien porque vivía con dos hermanastras que siempre la trataban mal, y también con una madrastra que se la pasaba dándole órdenes con cara de limón ofendido.

  “¡Cenicienta, limpia la escalera!”, le decía. “¡Cenicienta, plánchame el vestido!” exigía luego. “¡Cenicienta, sírveme el té!”.

   Y era así que la pobre muchacha se la pasaba trabajando todo el santo día, sin tiempo para ir a pasear o para mirar la telenovela de las cuatro, cosa que hacían las otras mientras ensuciaban el piso comiendo pochoclo. ¡Pobre Cenicienta! ¡Qué cansada se acostaba por las noches! ¡Cuánta tristeza la invadía en ese cuarto solitario, metida en un pijamas viejo y lleno de agujeritos de polilla!

   Un día, la madrastra llegó entusiasmada de la calle para dar una gran noticia. El príncipe había decidido invitar a todas las chicas del reino a un baile en palacio, con el fin de escoger a la más bella como esposa y futura reina. Había también un premio consuelo para las finalistas que consistía en dos pasajes a Disneyworld, pero las hermanastras, que a ojo de buen cubero resultaban bastante lindas, empezaron a soñar con la boda real que le tocaría a cualquiera de ellas.

   “¡A mí! ¡Yo seré la princesa!”, decía una.

   “¡No! ¡La princesa seré yo!”, respondía la otra.

   “¿Y yo?”, preguntó la inocente Cenicienta.

   Las hermanastras rieron de buena gana y luego se burlaron con saña.

   “¡No seas tonta, Cenicienta!”, intervino la madrastra. “¿Cómo ha de fijarse un príncipe en una fregona como tú, que ni siquiera tiene E-mail?”.

   Rieron aun más fuerte las hermanastras, y Cenicienta, humillada, se dedicó a pasarle el plumero al gato mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

   Llegó la noche del baile y las tres perversas mujeres salieron rumbo a la pachanga real. Cenicienta las vio partir, con algo de envidia y mucho de dolor. Había empezado a llorar amargamente cuando de pronto se le apareció un hada. Cenicienta, sorprendida, le preguntó quién era. El hada le mostró su credencial del Sindicato de Hadas y le propuso que concurriese a palacio.

   “¡A palacio!”, exclamó Cenicienta. “¿Yo? ¿Cómo podría ir yo con estos harapos?”.

   “No te preocupes. Mira, ¿ves esa tapita de gaseosa que hay en el suelo?”.

   “La veo”, dijo Cenicienta.

   El hada movió su varita y la tapita se convirtió en la más hermosa remera y un jean de marca. Cenicienta no podía creer lo que veían sus ojos, y de inmediato, alentada por el hada, empezó a vestirse con esa ropa moderna que le quedó maravillosamente bien. Pero había un problema, Cenicienta estaba descalza.

  “Mira”, dijo el hada comprensiva. “¿Ves ese trozo de pan que quedó en el piso?”.

   Y con otro movimiento de la varita el pan se convirtió en un hermoso par de botitas, que vistiendo los pies de Cenicienta le dieron un look moderno y elegante. Aun así todavía faltaba la locomoción para ir a palacio, el cual no estaba para nada cerca.

   “Mira”, sonrió el hada. “¿Ves esa oruga grande que hay en el rincón? ¿Sabes lo que significa?”.

   “¿Que cada vez limpio peor?”.

   “No, Cenicienta. Que ya tienes cómo viajar a palacio”.

   Dicho esto tomó la oruga y la llevó a la calle. Un agitar de varita y el insecto se transformó en una moderna boca de subterráneo, con escalera mecánica y todo.

   “Vas a ir en subterráneo”, dijo orgullosa el hada. “Es más rápido que la carroza”.

   Finalmente, le dio unas monedas para el boleto, sin dejar de advertirle que la magia duraría sólo hasta las doce de la noche. A esa hora debería regresar si no quería terminar vestida con una tapita de gaseosa.

   Cenicienta puso su despertador en una cartera y tomó el subte para llegar rapidísimo a palacio. Subió los largos escalones que daban al salón principal y una vez allí deslumbró a todos con su presencia. Las hermanastras, que no la reconocieron, se atragantaron con canapés de pura envidia. El príncipe dejó de bailar la conga y pidió al discjokey que pasara un vals para sacar a Cenicienta. Fue así que danzaron y danzaron. La gente los admiraba en silencio y ellos no hacían más que mirarse a los ojos, embelesados, enamorados. No les hacía falta hablar. Ni siquiera de futbol. La noche fue transcurriendo sin que la pareja dejara de girar por todo el salón. Y cuando ya estaban algo mareados, sonó de pronto la alarma del despertador.

   “¡Las doce!”, se asustó ella. “¡Las doce!”.

   “¡Feliz año nuevo!”, exclamó despistado el príncipe.

   “¡No! ¡Me tengo que ir!”.

   Y salió presurosa del lugar. El príncipe, sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que seguir bailando el vals por sí solo.

   En el apuro por alcanzar la salida, Cenicienta tropezó y rodó por los 57 escalones del palacio, pero como estaba acostumbrada a los golpes de la vida no se hizo nada. Sólo que perdió una de sus botitas. Sin prestar atención a ese detalle, Cenicienta subió rengueando al subte. Fue un viaje muy corto, ya que el vagón desapareció y la pobre muchacha se encontró de pronto montada sobre la oruga. La remera y el jean de marca habían vuelto a ser una tapita, y ella se encontraba en ropa interior. En lugar de la bota tenía un trozo de pan sobre el pie. Luego de dos horas, al darse cuenta de que sólo había avanzado diez centímetros, se bajó de la oruga y volvió corriendo a casa.

   Al día siguiente, las hermanastras no hacían más que quejarse y protestar contra esa extraña que había llegado al baile para robarse el corazón del príncipe. Cenicienta escuchaba con una sonrisa, mientras le pasaba el cepillo de dientes al armario. La madrastra también echaba maldiciones. No podía creer que ninguna de sus adorables hijitas fuera a convertirse en princesa. De pronto, dos secos golpes en la puerta de calle.

  “¿Otra vez se descompuso el portero eléctrico?”, chilló la mujer, para en seguida ordenar:    “¡Abre la puerta, Cenicienta!”.

   Cenicienta obedeció para dejar entrar a un pomposo cortesano que venía con un bando real, anunciando que aquella muchacha a quien le calzara cierta botita extraviada la noche anterior, sería la esposa del príncipe.

   “¡¡¡Dónde está la bota!!!”, exclamaron entusiasmadas las hermanastras mientras se sacaban los zapatos.

   “Hay un problema”, se excusó el cortesano. “Recién se la probamos a una muchacha de pie robusto, y se le atrancó”.

   “¿Y cómo se la probamos a mis hijas?”, se impacientó la madrastra.

   El cortesano chasqueó los dedos y entraron cuatro hombres trayendo en una silla a la muchacha de pie robusto, aún con la bota atrancada.

   “Que apoyen la planta del pie sobre la suela. La que calce perfecto es la ganadora”.

   Probó la primera hermana y su pie sobrepasó la suela por medio centímetro. La segunda hermana, en cambio, se quedó corta por un centímetro. La desazón de las malvadas se transformó en burla cuando Cenicienta ofreció su pie para la prueba. Y, ¡oh sorpresa!, calce perfecto. El príncipe apareció de pronto para abrazar a la ganadora.

   “¡Eras tú, mi Cenicienta! ¡Mi princesa! ¡Ídola! Ya mismo nos casamos”.

   “No, no”, lo frenó la muchacha. “No podemos casarnos ahora, casi no nos conocemos. Además, antes de casarme quiero tener novio”.

   El príncipe acordó en que Cenicienta tenía razón, no había que apresurarse con la boda. Así que decidieron ser novios esa tarde y casarse recién a la noche.

   ¿Y las hermanastras?, fueron muy felices con el premio consuelo de dos pasajes a Disney.

Loba que aúlla

La loba

Después de alguna decepción que estaba muy lejos de ser la primera en su vida, y tampoco sería la última, Juliana decidió seguir el consejo y las enseñanzas de Tata Nieves. Tata Nieves era su abuela materna, quién murió el mismo día y a la misma hora de su nacimiento. Sin embargo Juliana no podía decir que no la hubiera conocido. Tata Nieves la visitaba en sueños con frecuencia desde que tenía memoria. A lo largo de los años le había contado bastante de su vida, con sufrimientos y sorpresas incluidos. Le había explicado que de todos los lugares del universo, conocidos y desconocidos por el hombre, era justo el hombre el mayor peligro. También le había hablado de su relación cercana con los dioses negros, de su bondad intrínseca y su severo sentido de justicia. Le había enseñado, poco a poco y sin asustarla, a comunicarse con ellos, a invocar sus favores y a pedir protección en casos de necesidad extrema. Pero, probablemente, la enseñanza más repetida por Tata era aquella de: “mantén cerca solo a los que amas y te aman”.

Así que esa mañana Juliana se levantó con el espíritu claro y puso su cuerpo a tono bañándolo profusamente con agua lluvia recién recogida y un jabón hecho con hierbas y raíces, que reservaba para los días realmente importantes. Dejó que el agua se evaporara de su cuerpo con paciencia, sin ensuciar el proceso con toallas ni ninguna otra cosa. Luego metió cabeza y hombros en un vestido blanco y con los pies descalzos y las partes más íntimas libres caminó despacio hasta la cocina, el centro mismo de su casa, desde donde además podía verse la ceiba del patio. Habló en silencio con los dioses, pidiendo consejo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al paso de dos horas, o dos siglos (el tiempo de los dioses es así de irreverente), se puso de pie con el alma limpia y repleta de una paz que solo viene cuando finalmente decides hacer lo que sabes que siempre fue tu destino.

Tomó los ingredientes necesarios, incluyendo la colección de piedras rojas que le dejó Tata Nieves como herencia. Salió de casa con la determinación de los justos, realizó todos los conjuros necesarios y con las piedras hizo un círculo alrededor de la casa. Todo el tiempo que duró la acción murmuraba entre dientes palabras de sentido misterioso y la frase: “que solo entren los que amo más que a mí misma”. No se sabe si fue a propósito o sin darse cuenta que consideró únicamente medio consejo de la abuela. Esa noche durmió como hacía mucho. Tata Nieves la visitó, pero la miró fijo con ojos inquisitivos y no dijo nada.

A la mañana siguiente estaba lista para ver cómo cambiaba su vida, cómo el número de personas que la visitaban disminuían. Para su sorpresa siguieron viniendo los mismos de siempre, atravesaban el círculo de piedras sin inmutarse, sin preguntarse siquiera el porqué de esa novedad. Esperó una semana completa, dos, tres, cuatro… Al cabo de dos meses se convenció de que seguramente algo había estado mal con sus conjuros. Repitió todo el proceso, dejando las mismas piedras en su sitio, pero cambió un poco la parte inteligible del murmullo, ahora decía: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman”. Esa noche, Tata Nieves medio sonreía, pero seguía sin decir nada.

En los días siguientes el flujo de amigos quedó reducido aproximadamente a la mitad. Juliana se sentía bien, el conjuro parecía funcionar y el panorama era menos solitario de lo que había previsto. Conforme con el resultado, se sentía complacida con las dimensiones de su círculo cercano, de su manada. Pero la mente humana no da tregua. Sopesando con cuidado sus palabras durante las nuevas noches de desvelo, se dio cuenta de que su reclamo no había sido equilibrado. Decidió entonces jugarse el todo por el todo. Repitió la ceremonia, las palabras cambiadas por otras aún más contundentes: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman incondicionalmente”. Tata Nieves se veía medio borrosa esa noche, pero Juliana podía jurar que lloraba, un llanto callado y lastimero. Decía algo, estaba segura, pero no entendía las palabras. Al despertar estaba convencida de que Tata le advertía, dividida entre el espanto y la ternura: “los lobos también tienen que comer”. Saltó de la cama algo asustada, se persignó varias veces seguidas y cerró los ojos un instante para intentar ver otra vez el rostro arrugado de la Tata. No tuvo éxito.

Esta vez los días pasaron lentamente. Dichoso, el perro tuerto que tuvo desde siempre, ya viejo y algo cojo, era el único que entraba y salía del círculo virtuoso, donde las piedras estaban cambiando sospechosamente de color. Ante cualquier ruido alentador, Juliana se asomaba a la ventana, esperando el milagro de algún rostro conocido. Nadie venía. Perdió el apetito, la sonrisa y muchos kilos. Lo bueno fue que también perdió el insomnio. Cada noche dormía un poco más que la anterior y también un poco más profundo. A lo mejor era que necesitaba volver a encontrar a Tata Nieves. Pero la testaruda no venía, desde la noche de su llanto no había vuelto a aparecer. Los días de Juliana se hicieron cortos, muy cortos, estaba en pie ya solo unos momentos, los necesarios para darle de comer a Dichoso y mirar de reojo a la ventana. La ceiba había perdido muchas hojas y las piedras estaban completamente grises.

Juliana era de voluntad fuerte, así que continuaba empeñada en encontrar a Tata en algún rincón de sus sueños. No se daba cuenta de que las larguísimas horas de búsqueda y ayuno la habían debilitado más allá de lo que un cuerpo humano puede tolerar. Un buen día ya no se levantó, el sueño se hacía más y más profundo. Finalmente vio a lo lejos a una Tata que, apoyada en un bastón, se dolía en su caminar y sonreía, las lágrimas corriendo por su rostro desolado. La Tata se acercaba, Juliana no podía creer su buena suerte. La vista tan débil como el resto de su cuerpo le debía estar jugando una mala pasada. La veía atravesar una y otra vez el círculo de piedras rojas, intentaba leer sus labios para saber lo que decía. Finalmente lo entendió: “el lobo solo al final muere de hambre”.

Pasados muchos meses encontraron a Juliana y a Dichoso. Una sobre la cama con apariencia de momia y un gesto indefinido entre sonrisa y mueca. El otro a los pies de la cama, con una piedra roja en la boca y la cuenca del único ojo bueno apuntando hacia su dueña.