A 4 manos

El cadalso farandulero del fin del mundo

Ha pasado una década desde el último avistamiento de una abeja.

Luces incandescentes que ciegan, que hierven en las mejillas, apuntan desde todas las direcciones y vulneran el más íntimo sentido de seguridad.

¿Cuántas veces observé desde un cómodo sillón este show? Envuelto en la parafernalia, jamás reparé en los gestos de los protagonistas. Apuesto a que sentían lo mismo que yo, algo parecido a una saturación del espacio vital, el temor al desvanecimiento total del anonimato.

Detrás de focos, lámparas y cámaras televisivas, percibí la silueta de los espectadores, formas que se mezclan y atiborran a lo largo y ancho de una decena de gradas. Atentos, susurrando interminables fantasías sobre el uso que darían al premio que yo, desde un foro que se sentía como el preámbulo al cadalso social, recibía.

Por unos minutos, me imaginé sentado en las butacas devorando mi propia imagen con la superioridad de los que se ocultan entre la masa, burlándome del enjuto camillero que a falta de galas, acudió a recibir el premio en uniforme laboral y calzado percudido. “Burócrata y sindicalizado; se le nota la doble condena”, escupiría burlonamente.

La voz perdida de un conteo regresivo me arrojó fuera de esa fantasía para encontrarme en compañía de un hombre trajeado, con sonrisa deslumbrante y engomado al estilo rockabilly. El catrín narizón que encanta audiencias pero que de cerca es de trato insecticida.

Me era imposible poner atención a sus palabras; veneno para este piojo hospitalario, venido a hidalgo televisivo por un día. Su dentadura me resulta tan molesta como sus estúpidas preguntas.

—¿Qué siente al estar aquí para recibir este importante premio?

“¿Qué siento? Alguna vez viste arder una hormiga bajo el rayo de una lupa, pues así, sólo que con diarrea”, pienso. Pero lo único que logro articular es un atropellado:

—Muy bien, muchas gracias.

Ya no puedo ponerle más atención, sus vociferaciones se escurren igual que las gotas de sudor en mi frente, en el cuello y a lo largo de mi espalda. Palabras, sudor  y segundos me aturden hasta que un redoble de tambores calla la algarabía, la divina audiencia se hunde en un silencio impaciente por sucumbir a la estridencia televisiva, a los vítores y a los vivas.

El catrín de cabaret me sujeta del brazo, abre paso a las cámaras que cabalgan directamente al fondo del foro para trasmitir a detalle la apertura de las cortinas rojas que mostrarán la magnitud de mi fortuna.

El dosel descubre una esfera que realza la cáscara rubí de 12 manzanas que se vanaglorian detrás del cristal. Hace años que lo que se conocía como frutos se convirtió en una exquisitez reservada para los potentados, manjar extraordinario ante su inminente desaparición.

Medio millón de personas soñaron con estar en mi sitio, aparecer en televisión cargando la esfera con doce rojas y jugosas manzanas naturales, que según su cotización podría colocar en el mercado  a cambio de llevar una vida disipada y sin presiones, y por fin, arrojarme a la conquista de mi sueño: Tocar el acordeón.

Según el “Botox gentelman”, la docena estaba en el congelador de un jeque árabe cuya suerte y fortuna fueron incautadas luego de que una de sus esposas lo denunció por asesinar un conejo y degustarlo. El soberano quería emular a los abuelos en la época en que la fauna era fuente de nutrición y la palabra “animal” estaba permitida. Ahora hay una tajante prohibición “so pena de muerte” a quien cometa homicidio contra los pocos “compañeros naturales” que quedan.

Resignado, el  conductor colocó la esfera de cristal entre mis manos sin reparar en la inundación que avanzaba en ellas. “¿A quién se le ocurrió ponerlos en cristal?”, pensé,  mientras la ansiedad se agolpaba en la boca de mi estómago y el  vidrio se deslizaba incapaz de evadir  la humedad de su sostén.

Levanté una rodilla para empujar la esfera y ubicarla en una zona de menor peligro, pero ese movimiento sólo precipitó su trayecto. Masa y aceleración, en profunda lealtad a los elementales de la física y en franca traición a mis anhelos, se  entregaron a su amante gravitacional.

La vasija se desplomó, la opulenta vianda rodó por el piso iluminada por millones de esquirlas centelleantes.

Todo pasó en secuencia fragmentada hasta que el primer golpe me sacudió del pasmo. Desde el suelo logré ver la estampida: gritos, patadas, zapatos, codos, sangre, cuerpos atiborrados impidiendo mi respiración.

“Devoradas”, “Aplastadas o desaparecidas”, “Sí era el fruto prohibido”, titularon los periódicos  la mañana siguiente. Algunos textos ilustraron el combate y aseguraron que los espectadores tomaron la caída de la vasija como una señal para abalanzarse en su cacería.

Los líderes de opinión condenaron la falta de acción por parte de las autoridades, los investigadores lamentaron la extinción de las últimas manzanas, y los académicos consideraron positivo que existiera memoria gráfica para las futuras generaciones.

Por su parte, los políticos culparon a sus antecesores de la desgracia y anunciaron la apertura de un parque conmemorativo en cuyo centro se colocaría la escultura de una abeja reina en iridio puro, el metal de mayor cotización en los mercados.

Apagué  la pantalla y la habitación de la clínica se sumió en un ambiente plomizo y asfixiante, por los  37 grados centígrados que afuera rostizaban a los paseantes del  invierno sanguinario, aunque sea el de menor temperatura en los últimos años.

Imagino cómo sería el paisaje urbano antes de que las abejas desaparecieran y ataran frutos, flores y animales a su destino.

Hace años de la última colmena de abejas. Después de eso, nada ha sido igual.

Las abejas

Sobre el autor:

Mariana Otero Briz

Periodista de profesión, amante de las palabras insólitas y lo que pueden construir juntas.

Se reconoce a sí misma como otra nefelibata que persigue una vida literaria y siempre se desvía.

Comer bien, beber mejor, leer en calma y juntar palabras hasta que formen un propósito, entre sus pasiones. Emilia y Sebastián, sus motores.