A 4 manos

Comentario a una esperanza

Ilustración: Félix Guerra

De Amor de los pupitres, ese poemario con el que enamoraría a todos los hombres si todavía me sentara en los pupitres (comentario de Gabriela Guerra).

 

Gotea una miel

callada y espesa

Entretanto inventa

espejos, dinteles, picaportes

bocacalles y horizontes para

una supuesta

primavera

"Perdidas en París"

“¡Llegó carta del abuelo!”

Hoy iba a contarles que fui tía-mamá-cocinera-niñera; que llevé a Agnés a la escuela y la busqué; que juntas encontramos unos caracoles en el camino y los trajimos a casa (y mamá, la de verdad, luego nos regañó porque están sucios); que le hice de comer, y de paso le di la comida, y luego de la siesta retozamos como niñas. Hasta les iba a contar que jugamos a Tango. Tango es el nombre de un perro imaginario representado por Agnés, al que le tiro la pelota y me la trae con la boca, y me mueve la colita y hasta me da la panza para hacerle cosquillas.

Sin embargo, cuando pensaba cómo compartir este día, llegó carta de mi viejo, que es también el viejo de Agnés, y no me quedó otra opción que sustituir mis líneas del día por lo sublime de sus letras, que vienen desde Regla, un pueblito de La Habana, pegado al mar, donde mi padre sueña con abrazarnos a todas nosotras tan lejos acá en París.

Mientras  se la leía a las mujeres con quienes vivo en este viaje, Norka se quedó con un plato a medio lavar, suspendido en la mano, y Agnés sobre mi regazo, recostó la cabecita para hacer unos minutos de silencio y escuchar lo que abuelo Pello nos mandaba a decir desde La Habana:

 

G:

Me da un gusto increíble leer tus textos. Atrapando situaciones y ambientes con precisión y  humanidad.

Y no puedo sustraerme, como viejo periodista, narrador y editor además, a que me parezca que ahí hay un gran tema. Son textos muy propios del mundo que habitamos hoy. Un poco cuento, un poco novela, mucha poesía, mucha crónica, una visión íntima y tierna del mundo contemporáneo.

Hace 126 años Martí cruzó por paisaje similar y redactó aquella crónica famosa sobre la Torre Eiffel, inaugurando una época.

Ahora tú vas por ahí de la mano de una niña y de la mamá de la niña: las tres emigrantes extraviadas brevemente en un territorio lejano (a nosotros, a mí) aunque cada vez menos ajeno. País “extraño” donde alternan maravillas de todas clases, paisajes sorprendentes, hermosas arquitecturas, legendarias historias, paisajes deslumbrantes, arte extraordinario, amistad, hermandad y hasta xenofobia. Sin ignorar crisis humanitarias, sociales, políticas, económicas, laborales.

En derredor, Europa cambiando, y en el corazón de ese continente el pequeño hogar donde duermen, viven, filosofan, coexisten, se alimentan, repasan la aventura existencial, residen y resisten tres mujeres que protagonizan nuevas historias en un muy antiguo escenario.

En tu último viaje a Paris, según leo y releo, hay  mucha sustancia que disfruto y hace soñar.

DALE BESOS ENORMES A NORKA, GIGANTESCOS A MI NIETA. Y PARA TI BESOS HUMEDOS CON LA MIEL DE LA NOSTALGIA. Abrazos para las tres, de ustedes tres abrazadas y yo temblando de ausencia entre sus brazos.  FELIX, PELLO, PA.

Una mañana en familia

Hoy tuvimos un amanecer caótico en Lagny-sur-Marne. Mi cuñada había salido temprano, hasta París, porque necesitaba buscar unas cosas que le habían traído de Cuba, y las 8:30 am era la única hora posible para encontrar a su contacto. Al regresar a casa, se dio cuenta de que no podía entrar porque había extraviado la llave. Tocó el timbre y Agnés se sobresaltó con el ruido, y yo también, pero los adultos debemos hacerle creer a los niños que esas nimiedades no nos dan miedo.

Como no nos dimos por aludidas al sonido del intercomunicador, me habló por teléfono para decirme que estaba afuera. Su llave la encontré colgada en la puerta. Ella llegaba bajo la lluvia, cargada, húmeda, fría y con hambre.

Para ese entonces Agnés y yo llevábamos una crisis matutina a sus peores consecuencias, porque ella amaneció en el modo “mi mamá no hace las cosas así”, y yo ya estaba desesperada, sin poder vestirla, asearla, darle de desayunar. El resultado había sido un castigo sobre la cama, sin poder bajarse porque no quería ponerse las medias y el pantalón. Al tiempo, sosteníamos una conversación filosófica y en lenguaje amable, donde yo trataba de entender por qué una niña de 4 años dice que se va a portar bien y no lo hace. Obviamente la del problema filosófico soy yo, para ella todo es muy sencillo. Ayer le dije mientras tocaba rumba con unos palos sobre una lata: “¿por qué no dejas de hacer ruido?”, y me respondió: “yo no estoy haciendo ruido, estoy haciendo música”. La verdad, me fue imposible encontrar un argumento válido para replicar.

Luego empezó la incidencia del cargador de la laptop. Desde que llegué a Francia mi cuñada y yo estamos pensando cómo resolver el problema, porque mi lap tiene norma americana, y por tanto suele conectarse a 110v. Aquí todo es 220v. Mientras yo me ponía histérica, mi cuñada buscaba en internet si hoy, además día feriado, habría alguna tienda en París donde pudiéramos comprar un transformador de corriente para trabajar, leer, comunicarme con el mundo, etc. Transformador que iba a costarme al menos la entrada a dos o tres museos.

Después de revisar mil sitios de internet donde tener alguna noticia sobre mi Dell, o mi cargador, o una tienda, o un transformador, o un regulador, o lo que fuera, y con los últimos minutos de batería que le quedaban a la lap, le hablé a un viejo amigo, al que pronto iré a visitar a Madrid, y en dos minutos echó por tierra todas mis preocupaciones sobre la física, la electrónica y la economía. “El 99.99% de las laptops recientes son autovolts”, dice, igual los móviles y demás. Ahora veo que con el celular no tuve tanto escrúpulo y lo colgué a la primera toma que encontré a mi llegada sin consecuencias negativas.

Afortunadamente, para ese momento Agnés y yo habíamos hecho las paces, y ella intentaba darnos de desayunar unos “huehuitos” hechos con plastilinas de colores, y un agua que por alguna razón quería calentar. Mi cuñada veía en la tele un show de comedias y al mismo tiempo respondía una solicitud por internet de algo importante. Yo empezaba a escribir esta crónica, que debía detener cada tanto por una cucharada de huevos de plastilina, o por un chiste simpático en la tele, o un comentario de mi cuñada, o un grito de Agnés sobre alguno de los temas de la existencia cotidiana. Imploraba por dos minutos de silencio, que apenas acaban de llegar; así que termino este relato antes de que comiencen las crisis de la tarde. Esas ya se las contaré mañana.

Cuántas veces en mis soledades diarias he ansiado un caos como el de esta mañana. ¡Nada como la familia!

Otra vez la luz

Foto de la tía

En vísperas de un largo viaje

 

Hace casi un año de aquel encuentro en la Ciudad de la luz, a la que, confieso, no creí regresar tan pronto. Pero pasaron tantas cosas en ese casi un año, que cuando hago el recuento mental no me parece posible.

Cerraron los dos proyectos profesionales más importantes en los que he trabajado. Uno la revista Inversionista, porque fue mi hijo primero y el que me forjó como editora; el segundo, la revista Cómo Funciona, porque es el que más me ha gustado. Cerraron conmigo a dos magníficos equipos de trabajo, amigos y compañeros junto a los que fui feliz, y junto a los que pasé los mejores momentos y también los terribles días de la incertidumbre.

Alguien tuvo la osadía de romperme el corazón y dejarme malherida, en un proceso de sanación de esos que nunca se sabe cuánto dura. Despedí nuevamente a buenos y entrañables amigos, que se llevaron un pedacito de sol. Escribí algunas líneas más. Me escribieron algunos versos magníficos. Volví sobre los pasos de ese libro que garabateo hace años y nunca está del todo listo. Se me ahogaron en la garganta un suspiro y dos, y volví a decir aquella frase que es mi vida: “hay que seguir andando”.

México me aceptó definitivamente como residente, y los anhelos de viajera han vuelto a mis pies, como si fuera la primera vez, como el preámbulo de aquel viaje nunca realizado, que me espera a las puertas de un avión y al contacto de los ojos con realidades, conocidas o ajenas, pero que mis pasos ansían.

Ha sido un año largo, si me dispensan esa pequeña licencia literaria. Ha sido un año muy largo, que se me fue entre las manos. Lloré, pero reí; grité, pero canté; aguanté la respiración y cerré los ojos, esperando que el dolor pasara, pero fui inimaginablemente feliz; conocí gente fea, pero también alguna gente hermosa de la que hace descubrir en la vida el idilio.

Mañana parto a la Ciudad de la luz, y espero que a otras ciudades nuevas. Me llevo un par de libros, la poca ropa que mi prima me concedió meter a la maleta, con el fin de que me quepan también los recuerdos del camino, un par de recuerdos recientes y muy bellos de esta ciudad ya mía, y el deseo de encontrar lo abandonado. Me llevo la magia desgarradora de vislumbrar algunas de esas alegrías perdidas, de reencontrar la luz. Y la luz está en la pupila de una niña de cuatro años que en unas horas más espera mi llegada a París.

 

El Pájaro

En este sitio nunca he compartido los primeros poemas de mi padre que yo leí, y fueron los primeros porque apenas estaba entrando en la edad de leer poemas. Hace más de 20 años de eso. Hoy los he reencontrado, en una edición cubana de 1992, de una obra que se distribuyó en muchas secundarias del país, porque era dedicada al amor juvenil, a esos primeros amores que se quedan para siempre en el recuerdo. El libro fue, además, premiado por la Crítica uno de esos años, y es, todavía hoy, una de las mejores maneras que tengo de recordar a mi viejo, cuando mi viejo no puede estar físicamente conmigo. 

Su título: Amor de los pupitres

Autor: Félix Guerra Pulido, ese que es mi viejo y que hoy está lejos

Poema: El pájaro

“Por el cielo del cinematógrafo cruza un ave de vuelo rápido y colores en las plumas. Es inexplicable, pero ese vuelo hace despertar en mí al cazador. En mí, que amo al pájaro libre y vivo. En mí, que prefiero el canto desconocido que viene de la rama. En mí, que no tengo escopeta ni fusil ni tiraflechas. En mí, que ignoro qué se hace con un pájaro muerto.”

¿HABRÍAN PODIDO LOS CHINOS DESCUBRIR AMÉRICA?

El descubrimiento del mundo, contado desde una perspectiva muy diferente a la que conocemos.

Entre 1421 y 1423, los chinos habrían rodeado África, atravesado el Atlántico, descubierto América, cruzado el estrecho de Magallanes y circunnavegado por vez primera el orbe. Eso plantea el libro 1421, el año en que China descubrió el mundo.

La obra del chino Gavin Menzies se basa en pruebas (cuestionables o no), obtenidas en 15 años de navegar el globo para demostrar que, mucho antes de que los conquistadores europeos llegaran al Nuevo Mundo, los chinos ya lo habrían hecho.

Según este antiguo oficial de la Royal Navy británica, Cristóbal Colón conocía el Atlántico y sabía cómo llegar a las Islas de las Especies antes de iniciar sus viajes. El almirante, ansioso de gloria, convencería a los Reyes Católicos de que la vía rápida era hacia el Oeste. Estos ignoraban la existencia de mapas de 1428, en manos de los portugueses, que el genovés sí conocía. Por su parte, los portugueses estaban a punto de abrir la ruta oficial hacia la India, doblando el cabo de Buena Esperanza.

Así, los hermanos (Cristóbal y Bartolomé) Colón habrían robado propiedad intelectual del gobierno portugués: el mapa de 1428 elaborado por los chinos, quienes ya habrían circunnavegado el planeta.

“Todos los exploradores europeos (Bartolomé Díaz, James Cook, Vasco de Gama, Pedro Álvarez Cabral,Fernando de Magallanes, Cristóbal Colón) –plantea el autor chino– tenían mapas que les mostraron sus caminos”; se los debían a los primeros exploradores chinos de la dinastía Ming. Contenían información de los cartógrafos de esas pioneras flotas y sus épicos viajes.

Para el autor exmarino, todo parece ser obra de los chinos. Encontró objetos y artesanías chinas de ese periodo durante su travesía, así como plantas, animales y especies endémicas de China.

Cierto es que esa civilización poseía una rica y antigua tradición marítima, siglos de exploración oceánica y navegación mediante la astronomía, y sus juncos eran más resistentes que cualquier embarcación europea.

Alrededor del año 1400, el emperador Yongle de la dinastía Ming había mandado construir la flota armada comercial más grande jamás vista: más de 300 barcos, algunos de más de 100 metros de eslora y 50 manga (ancho): “la Flota del Tesoro”.

En estos barcos, Zheng He realizaría, a partir de 1405, cinco campañas navales. Conocía el mar de Arabia, el golfo Pérsico, el Mar Rojo y el océano Índico hasta Mogadiscio (Somalia). La armada china buscaba la forma de ubicarse en alta mar, más allá de los límites conocidos, para establecer un sistema de latitud austral, cuando habría recibido la orden de llegar al “fin de la Tierra”.

La teoría no es exclusiva del autor de 1421, el año en que… Historias, pruebas y suposiciones anteriores hablaban ya de la posible presencia china en África, por ejemplo, pero sin los documentos necesarios que la validen. En somalí, “jirafa” se dice geri, más o menos como se dice en chino; ¿podría ser acaso una evidencia?

¿Nos quedamos con la probabilidad de que los enviados del emperador chino habrían realizado tal periplo alrededor de la Tierra, recorrido los 5 continentes y, en 1423, 7 de los 107 juncos (con los sobrevivientes) habrían regresado a China? ¿Por qué no?

 

Publicado originalmente en:

http://www.comofunciona.com.mx/historia/8112-habrian-podido-los-chinos-descubrir-america/

AZUL DE LA NARANJA

Ilustración: Félix Guerra

De Carteles en las paredes

 

Furia analéptica en la confección pero

el producto lo que desea es tocar el diente

del lector con una frescura suave de tamarindo

y la vida erguida en la canción. El narrador traga

una espada sin cuento, un caldo

pero

borboteante, pero su querencia es hilvanar

filigranas, delicados encajes de tropos y sinalefas y olvidar

los trabajos mugrientos de su sangre. Pasión,

como un fardo de mármol o arena, losa sobre losa,

pero

sacos de trincheras amontonados uno a uno, y sacarse

la laringe con la diestra, pero con el fin conversacional

y lírico de deslizarse sin espinas

por los conductos de la sangre, pisando como

paquidermos, ladrando como perros locos.

pero

Si cocina en el pantano rodeado

de hormigas y zopilotes y crustáceos, sin embargo el narra-

dor tiene la añoranza de entregar nutritivos mazapanes y

divertidos muñecones que cantan a coro: Juan amaba

pero

a Teresa que amaba a Raimundo que amaba a. El alacrán

es la única compañía segura, pero nunca por ningún motivo

llena la estrofa de aguijones, desdeñando al niño diablo

que cierra el portalón. Aun

pero

en el fondo del pozo, entre pocos o muchos líquidos, húme-

do hasta el cuello, el narrador

se afana en remembranzas y le dicta al papel sus últimos ol-

vidos, como por ejemplo: fuimos a ver a la señora

en su ataúd. Al narrador,

pero

a menudo, se le soslaya, se le relega,

se le ignora también en los discursos, y no obstante su tole-

rancia irrefrenable y sus múltiples reservas de ternura lo in-

ducen a poner atención al trino triunfal

pero

de los oradores, al tiempo que calcula que el correo llega

solo dos veces por aquí donde las cartas serían bien re

cibidas. El narrador desea dejar establecido, virilmente dilu-

cidado, que no colocará próximas meji–

pero

llas, sino que redactará nuevos afilados textos. Y para re-

frescarse a continuación de ese buche suyo, de ese ardor y

no sabe si noble regurgitar del ánimo, recuerda risueño

que a fin de cuentas la tierra

pero

es una naranja azul. El narrador jadea asmático en las pe-

numbras y cuando amanece olvida y reparte sábanas con

indudable olor a esperma y se confirma en la idea

de que solo los suyos y nadie más vendrá a defender

pero

esta sed de mendrugos. Al final de la noche,

la lámpara le devora el ojo con un alfiler

de azufre y el narrador no sale a claudicar ni

a cojear ni a mostrar muñones tuertos: despliega

una bandera irreversible

pero

en su balcón y sonríe a esa hora en que el traje

que vestí mañana no lo ha lavado mi lavandera.

pero

 

El conejo y el león, Augusto Monterroso

LLevo años tratando de escribir un cuento como aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el donosaurio todavía estaba allí”. No lo he logrado, porque no cualquiera puede escribir cuentos como los de este escritor hondureño-guatemalteco. Hoy me llegó como recomendación de Ciudad Seva otro de sus cuentos, y me pareció genial para empezar un miércoles. Se los comparto, pues. 

El conejo y el León

Un celebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no solo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el celebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

Ver original en:

http://ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/el_conejo_y_el_leon.htm

EL ASESINATO DE TROTSKY

Uno de los asesinatos más célebres del siglo 20, el de León Trotsky, fascina aún a historiadores y aficionados. ¿Qué lleva a un hombre a matar a otro?

Es agosto 20 de l940. León Trotsky, quizás el personaje vivo más respetado del comunismo internacional, lee confiado en su casa de Coyoacán. A sus espaldas,  Ramón Mercader, catalán entrenado por el Kremlin, calcula nervioso. Trotsky voltea y, antes de ver el arma que le quitará la vida, un piolet se encaja en su cabeza. El grito de dolor quedará en el recuerdo del asesino hasta la hora de su propia muerte, y en las páginas de la historia del siglo 20.

El relato pormenorizado del asesinato de Trotsky ha sido llevado a la literatura una y otra vez; en la última década, en dos importantes novelas: El grito de Trotsky: Ramón Mercader, el asesino de un mito, de José Ramón Garmabella, y El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. En su conjunto, acarrean una pregunta: ¿qué lleva a un hombre a asesinar a otro? ¿Son tan fuertes o ciegas las convicciones ideológicas como para conducir al homicidio?

Mercader fue entrenado durante los mejores años de su juventud para un objetivo que transformó su existencia en pesadilla. Al salir de la prisión en México, 20 años después, estaba trastornado y lo ahogaba el silencio. Enfermo y lejos de su tierra, era acosado por el recuerdo de un grito.

Para Garmabella, Mercader fue producto fiel de una época. “Todo era fidelidad ciega, absoluta, a la URSS”. Español de nacimiento, Mercader sabía que los soviéticos fueron el sostén de armas de la República Española. Por otra parte, en algunos círculos se veía a Trotsky como aliado del fascismo, o eso creyó Mercader.

¿Se supuso destinado para una obra noble? Sólo así un hombre es capaz de poner la vida a disposición de una causa. Mercader fue entrenado especialmente por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD). Los servicios de seguridad soviéticos han sido reconocidos mundialmente por su eficacia. Este caso no fue la excepción.

Padura recrea lo que presume sucedía en la conciencia y sentimientos del español mientras era adiestrado. Llega el instante, incluso, en que se confunde con sus entrenados alter egos, que no sabe con exactitud quién es, cuál es su misión y por qué. Aún con el despliegue de imaginación del autor de El hombre que amaba a los perros, no es difícil pensar, con el conocimiento de lo que significaron el comunismo soviético y el estalinismo, que una mente ejercitada para matar en nombre de una convicción debió ser una mente perturbada. Mercader fue sólo un medio para un fin, un instrumento del poderosísimo aparato estalinista.

¿Qué hace a este crimen más aterrador que los miles o millones de asesinatos bajo el régimen de Stalin? ¿El piolet, herramienta para escalar montañas, considerada anticuada como arma blanca; las dudas de Mercader, presumidas por sus biógrafos, ante la misión de quitarle la vida al mayor enemigo del implacable dictador; la desaparición física de Trotsky?

¿Habría sobrevivido Mercader de haberse negado a ejecutar la orden? Nos queda el enigma de lo que callaron los protagonistas. Mercader cargó solo con el peso de esa muerte y el alarido final, repetido luego en tantas páginas. Pagó un precio muy alto: soledad y juicio de un siglo mordaz. ¿Lo comprendió antes de morir? No es imposible que haya intentado todo lo contrario.

Originalmente publicado en

http://www.comofunciona.com.mx/historia/7071-el-asesinato-de-trotsky/

Ver también:

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2014/01/el-hombre-que-amaba-a-los-perros-leonardo-padura/

 

 

Quién te supiera espejismo

Quien te supiera espejismo

Sí, de ese amigo poeta y poeta amigo que ya hemos leído en este espacio… una alegría para el mundo de la poesía.

FRANCISCO MARTINEZ NEGRETE POETA (2)Foto: Gabriela Guerra Rey

Con Quién te supiera espejismo, Ediciones Sin Nombre concluye la publicación de la trilogía En el triángulo de las bermudas (precedida por El Temple y Cambiar de corazón). Con ella, Francisco Martínez Negrete celebra la continuidad de una poética que, fiel a sí misma, permite pocas concesiones. Definida por la radicalidad, desde Para esperar a Moby Dick, Como el infier/no el amor, A la dulcísima muerte, y Lapidario ha venido constituyendo una obra que, alejada del mainstream, logra sacudir, más que agradar, la conciencia de sus lectores. Asimismo, Martínez Negrete es autor de varios inéditos entre los que destacan El yunque y el martillo y La sombra de lo que veo, serie de cuarenta poemas y fotografías realizada al alimón con el fotógrafo y artista plástico radicado en San Francisco, Germán Herrera. Su interés por la difusión de la poesía lo ha llevado a traducir el libro A Living Legacy: Poetry from the usa, antología de poetas estadounidenses contemporáneos, de próxima aparición.

Fuente: Conaculta y Ediciones sin nombre