A 4 manos

Epitafios

Epitafios

Ella y Él

Ella disparó con sus pechos. Él pidió que lo matara de nuevo.

La hoja

Cayó a tierra soñando con ser árbol en el Jardín del Edén.

En la tumba del poeta

“Querida vida, no te olvido”.

Valle de los Reyes

Nefertiti aún provoca sobresaltos en la momia de Akenatón.

Olvido

La mujer se miró al espejo. No estaba allí su rostro.

Dinosaurio

Él murió de amor en el Mesozoico: ella aún lo espera entre los fósiles.

Transacción poética

El poeta, para pagar su estancia en el más allá, abrió una cuenta con poemas.

Génesis

Eva envió la manzana por whatsapp. Adán la mordió en el Paraíso.

Prevención

Él le pidió entrar en su corazón: ella cerró sus piernas.

Resurrección

El muerto corrió la losa de su tumba y solo vio nubes en el cielo.

Comienzo de los tiempos

No existía el coito, pero después que el atardecer penetró en la noche, nació la mañana.

Un  amigo

Murió con la palabra en la boca. La palabra está viva todavía.

En la tumba de él

No sabía resucitar. Aprendí para verla.

Nacimiento de la palabra

La palabra cielo ya venía azul antes de salir por la boca.

Elogio de los pies

A la Vía Láctea aún no había llegado la luz. Los pies inventaron el camino

La gallina y el huevo

Los dos, al verse, aparecieron a la vez. Ahora discuten quién se enamoró primero.

La jirafa coqueta

Carecía de cuello. Lo estiró para ver el mundo desde la pasarela.

El espejo

Él creía que la miraba verse. Ella lo miraba a él.

El uno para el otro

Cuando él le mostró su espada, ella lo sedujo con su herida.

La inmortalidad

Los abrazos no tienen epitafios. 

Poemas Alejandro Carro

SONATA

Brotas de entre la tierra de mi sueño.

Mi sueño es pálido pero percibo el aroma de tus lágrimas.

El viento afina las ramas del árbol antes de que termine el otoño.

Dentro del árbol

tu violín de cuerdas increadas toca su primera sonata.

Música fosilizada brota de tu violín,

música que se quiebra como las hojas al pisarlas.

El otoño ha tapizado el suelo con notas quebradizas de su sonata arbórea.

Tomas el amor entre tus manos, se te clavan sus espinas,

pero, lejos de soltarlo,

lo oprimes contra tu pecho, lo aprietas para que te hiera más.

No podrás pisar las cuerdas de tu violín con tus heridas abiertas

o tal vez tu sonata suene mejor con sus notas en sangre tintas.

¿Qué madera será la mejor para hacer un violín?¿Qué madera será la mejor para el ataúd del amor?

GALÁCTICA

I

Cada noche más lejana a mí.

Nuestros corazones a estrellas de distancia.

Mis deseos siguen brillando

                                             pero muchos se apagan.

Cada hebra de tu cabellera

                                           es la cola de un cometa.

Te veo alejarte en espiral sin rumbo por el cosmos,

     en espiral dormida,

          en espiral sonámbula

que cuando despierta no me reconoce,

cada vez más lejos la constelación de tu sexo.



II

El universo se sigue expandiendo

y tú cada vez más lejos de mis estrellas;

el universo se sigue encogiendo

y tú eres una constelación de mi galaxia.

El amor es un cometa que se aproxima a nuestro corazón cada cierto tiempo.

En el universo helado sé que alguna vez seremos galaxias

que entrelazan sus estrellas.



III

En medio de la noche me pongo a dibujar con las estrellas,

uno puntos luminosos como en un juego de líneas.

Y con las estrellas cada noche dibujo tu ausencia.

******

Otros textos del autor:

8
Luciano Mención Especial I Concurso de poesía Revista Qu

La Reina del Plata

 

Buenos Aires no se jacta de su gente,
alienada del trajín de la ciudad.
No se escuchan bandoneones en Abasto
ni hay peleas en el viejo Luna Park.

El gringaje marca el paso en la milonga
y no sacude un firulete El Cachafaz.
Leguizamo ya no cruza más el disco
y en el palco no hace a Carlos delirar.

Por las calles despobladas de la noche,
voy en busca de aquel mítico lugar.
Soy el sueño recurrente de la Reina,
un espectro con perfume de arrabal.

 

 

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Hoy A4manos comparte el sueño de un hombre que ama y vive la literatura y la poesía desde lo hondo de sus entrañas: Luciano Walter. Su poema La Reina del Plata resultó Mención Especial en el I Concurso de Poesía de la revista QU, Buenos Aires, Argentina, 1ro de septiembre de 2018.

Ginger no baila con Fred

Te habían enviado a trabajar ya no recuerdo a dónde (eso también lo quemé entre tantas otras cosas).  La paga apenas daba para un hotel cuyo mayor mérito era tener luz hasta las diez de la noche, luego decías que para leer o escribir tenías que encender velas. Nunca me contaste si entre esas líneas imaginabas mi sonrisa o si en las sombras que argumentaban las velas podías verme estirar los brazos para abrazarte.

No podías desayunar allí, ese era otro verbo que aquel hotel no conjugaba. (¡Cómo reía cuando leía eso!). Entonces, creo recordar, salías temprano rumbo a la estación de tren, acomodabas la valija con todo el material a tu lado y en un bar del andén pedías el primer café del día. Estoy segura de que lo revolvías con esa paciencia que solo conocí en vos. ¿Ahí fue que escribiste aquel poema? Trozos de tu alma decías que contenía, al menos así lo contabas en la carta que lo trajo.

Estaba escrito en una servilleta de bar, de esas que se pliegan en tres y se meten en servilleteros plásticos. Cuánto esfuerzo para que tu lapicera no rasgara el papel. (Un esfuerzo que no tuviste conmigo). Si los poetas supieran que los fuegos encendidos por las palabras pueden terminar incendiando la propia obra, quizá tendrían más decoro al escribir.

A mí, en esos años, sólo me importaba esperar la llegada del cartero. (Ahora soy yo la que no conjuga ninguno de esos verbos, como otros tantos). Cuando tu letra prolija golpeaba mi buzón, me escurría hasta el cuarto, para leerte. Egoísta, dirían las enfermeras que me veían pasar corriendo, pero no quería compartirte, eran nuestros minutos de soledad, el instante en que las distancias desaparecían. No estabas en aquel hotel, no estaba en ese cuarto, estábamos en el mundo que exclusivamente vos y yo conocíamos.

Acariciaba las letras como si fueran tus labios, estrujaba la carta contra mi pecho, así te abrazaba. ¿Nunca te dije que repasaba cada correspondencia mientras esperaba una nueva? Lo hacía, sí, tanto que algunas las sabía de memoria. Es que no eran palabras en papel, era tu voz la que venía en ellas. La misma voz de aquella tarde de lluvia, cuando me contabas de tu admiración por Fred Astaire, su aire de señor, la elegancia de los movimientos, la habilidad para mover los pies como si no tocaran la tierra. Soñaba con la mañana en que te viera imitando a Fred bajo mi ventana. Sería una Ginger Rogers enamorada como esa Julieta del balcón, bajando las escaleras para bailar nuestra música. ¿Y cuándo me contaste de Evita? Sí, así, en diminutivo la nombrabas, sin darle apellido, porque no lo necesitaba. La reunión en los jardines de la Casa de Gobierno, con ella paseando elegante y hablando y moviendo las manos. Vos contabas de Evita y yo la veía, la sentía allí, entre nosotros. Si hasta me parece oír, todavía hoy, cómo ella te indicó la importancia de la cultura, del cine, del teatro; y vos, silencioso, la contemplabas. Enamorado de Evita, me confesaste así, con esas palabras, y yo no me enojé, cómo iba a hacerlo si ella era todas nosotras juntas.

No me arrepiento de aquello; algunos lo creerán tiempo perdido, yo no. ¿Te habrás disgustado de haber escrito ese poema? ¿O de todas esas promesas que la rutina de hoy volvió ronca como los besos perdidos en el aire que se marchitan sin ser correspondidos?

Pasaba las tardes pintando mariposas en papel celofán, las pegaba en las paredes y el techo del cuarto; durante las noches les hablaba de vos. A veces tomaba una, besaba sus alas, abría la ventana y la arrojaba al viento pidiéndole que te buscara.

Los domingos iba al cine a ver esas películas en blanco y negro, iguales a las que vos llevabas en la enorme valija y que procurabas vender a hombres desinteresados por el arte pero sí por saber cuántos asistirían a la sala. ¿Habrás vendido muchas de esas cintas o todavía te quedarán guardadas? Paramaun, decías sin importarte que algunos te creyeran torpe. Sé que era tu manera de enviarles mensajes a los gringos, que no iban a comprarte por más que trabajaras para ellos.

Los de la Paramaun no sabían de nuestros días pasados juntos ni del baile desnudos bajo los ojos de la luna; desconocían tu poesía, mi sed de tu boca. No fue la Paramaun quien terminó con nosotros, vos y yo sabemos bien en qué nos equivocamos.

Ya no hay películas en blanco y negro ni poetas que escriban en los bares. Los enamorados de Evita temen decirlo. No espero tus cartas. Todo se está quemando en esta noche vieja. Fred nunca vino a bailar bajo mi ventana. ¿Vos viste llorar a Ginger? Yo sí.

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

Breve compilación de poemas José Carlos Cataño

Poeta, narrador, ensayista, abanderado de altas causas como “la cultura” o “la denuncia del antisemitismo”, involucrando hasta los huesos en sus derroteros…, el canario José Carlos Cataño nos entrega con esta, su primera “breve compilación de poemas” para los lectores de A4manos, la magia del alma cuando sabe poner la vida en versos, honrándonos así con las estrofas que no son, sino de un grande poeta…

 

MI COPA DE VINO (FRAGMENTO)

 

ALGUIEN,

Si alguna vez, tan intensamente

Fue, como el recuerdo gime,

Arde tan lejos que ya lo creo

Verdadero en la distancia.

 

Quise arder sobrevivo de su cuerpo

Que no fue. Mas mi empeño, de dañarlo,

¿No sería una extraña forma

De amor? ¿No sería acaso el deseo,

Arder distantes

En la memoria?

 

Deslízate en mis labios que no siento,

Pues me colma

Tu inexistencia.

 

***

 

LIGERO COMO EL CANTO que no acaba

Se ondula tu recuerdo en el verbero.

Regresa y es el mismo.

Despierto y no es un sueño,

A tu vuelta inocente encadenado.

La voz no sabe lo que canta.

Tallas mi vida y no lo advierto.

Hablo,

Y siempre ignoro de quién hablo.

 

***

 

NUBES EN LA NOCHE

 

NUBES vanas en la noche,

Así pasan las palabras

Por la aurora irreversible de las cosas.

 

Todo pensar se declina

En el grito oscuro de lo pleno.

 

Y yo entre las vorágines te buscaba

Como si así pudiera con tu rescate

Cumplir un luminoso pasado.

 

***

 

PADRE

 

Solo después de muerto

Y solo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

MÁS SOBRE JOSÉ CARLOS CATAÑO

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Carlos_Cata%C3%B1o

 

Travis Loui- Miss Mery Olmstead

La llave

T. Arzate

Tomó la llave como siempre. El mismo lugar, vigas viejas rechinantes, humedad salina que pintaba los labios. Abrió la puerta y el olor a viejo le causó cierta melancolía.

No había luz. Los sonidos de la madera y el chillar de la silla que jaló hasta la ventana cortó de tajo la oscuridad; sus ojos punzantes percibían intensos colores verdosos, la vista se acostumbraba a la negrura humeante del cuarto.

Tiró su cuerpo en el asiento mirando por la ventana en forma impasible.

Ella no había llegado.

—¡Descanse, caballero! —dijo una extraña voz con tono de sombra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó el joven, asustado.

—Oh, tonto, soy tu compañero de cuarto. Nadie más pudiera ser que tu compañero.

—Disculpe, señor, pero… mi habitación no la comparto, de haber sabido que usted estaba aquí no hubiera entrado.

—No pierdas tiempo. Tal vez se fue mientras discutías y no la volviste a ver.

Se levantó de un salto y le dijo:

—Maldito, cobarde. Aléjese de ella, usted jamás podrá separarnos. Era mía antes de que fuera de usted. Dejémonos de tonterías y peleemos, lo espero afuera. Un desgraciado como usted no es digno de llevar una de mis balas en su cuerpo, pero no puedo permitir que esto siga así.

—Tranquilo… No soy quien tú piensas. Soy lo que tú quieras ser. Demonio cual espectro vaga por la tierra como triste condenado debido a tu causa.

—Exijo que muestre la cara. Cobarde es quien se escuda en las tinieblas.

—Todo a su tiempo, hombre iracundo. Piensas en ella todas las noches. La buscas entre las sábanas y en la cama no encuentras consuelo más que soñándola. Tu error fue haber pensado que ella era diferente; te carcome el corazón y ahora, seco, ya no puedes hacer nada. Cada vez que piensas haberla visto todo se desmorona como un pan duro.

—Si la conoce… ¡Le suplico que me diga dónde está!

—Está en ti.

—Señor, ¡se lo ruego!, dígame y seré capaz de arrastrarme cual perro.

—Pobre muchacho. Tu error fue grande. Ella está casada, tiene hijos y, aunque su esposo sea un imbécil, le pertenece. Te fijaste en la mujer ajena. Mientras piensas en sus caricias, ella está desnudándose frente a él. Mientras la sueñas, ella está pariendo. Mientras la besas en el recuerdo de su imagen, ella piensa en su mascota, que por azares del destino, lleva tu nombre tal vez como recuerdo, como una forma de no olvidarte o por simple burla.

—¿Por qué me habla así? —contestó melancólico—. Muéstrese, ¡lo exijo!

—Me siento tan mal como tú. La única diferencia entre nosotros es que yo no puedo llorar más.

—Déjeme… la extraño tanto.

—¿Todavía no sabes quién soy?

—No.

—¿Qué día es?

—El día de ella.

—¿Quién viene todos los años a esperarla en esta habitación, a la misma hora y el mismo día en que consumaron su amor? ¿Quién creyó en la promesa de que asesinaría a su marido y regresaría un año después a buscarte para ser felices?, ¿Quién más podría ser que la única persona que estaría aquí? ¿Y… todavía no sabes? Sé que eres joven pero no estúpido.

—Eres… ¿yo?

El anciano mostró su cabeza sin pelo, los ojos inundados por una masa blanca mientras sonreía con su boca casi sin dientes.

—Hemos muerto hoy —dijo el anciano con el rostro afligido.

Se tocaron la cara, uno para verlo con el tacto, el otro para imaginarse cómo sería en unos años.

—Antes de morir, pedí saber en qué había fallado y la respuesta está aquí. En esta habitación. En esta fecha. En este lugar. En esta maldita llave. Todos los años me pasaba sufriendo cuando la recordaba. En este día. En este minuto… Ella jamás fue nuestra. Cuando nos enterraron teníamos en la mano, apretando con una fuerza tan endemoniada, esta maldita llave. Pensábamos que algún día ella regresaría. Llegamos a creer que estaba muerta, pero cuando nos enteramos de que estaba por tener su cuarto hijo supimos que era feliz. Se piensa que al haber una tragedia romántica un pedazo de alma del amante se desprende y se queda en ese lugar. Eso nos pasó. ¿Cómo llegar al cielo si no tenemos alma? Ella terminó con nosotros. Con todos nosotros. Ahora solo nos queda consolarnos mutuamente.

Los demás hombres salieron de la oscuridad. Se descifraba por la vestimenta, el cabello y sobre todo la piel, el año del que provenían. Todos gemían con lágrimas en la cara intentando dar consuelo al más cercano. La habitación era un cuarto atemporal lleno de él, del que fue y del que sería. En ese momento alguien, tal vez ella, cerró la puerta con una llave tan pesada como una lápida.

La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.

 

 

Niño

Los regalos rotos

Conocí mi torpeza cuando iba apenas,
cuando iba ya en segundo de primaria.
Nuestro maestro decidió que para el día de las madres
no haríamos lo usual: comprar palillos de colores
y pegarlos sobre una matriz que representaba
una casita en el bosque, o urdir una pulserita de cuentas.
No, en el salón íbamos a hacer una canasta de cartón
trazada, cortada y pegada con nuestras propias manos,
y luego la llenaríamos de dulces comprados con dinero
escatimado a nuestros domingos.

 

Con dificultades copié las líneas que el maestro
iba trazando en la pizarra. Luego iluminé esmeradamente los espacios
entre las rayas y dibujé unas flores rojas que sobre el fondo amarillo
debían brillar como botones en medio de un pastizal.
Recorté con titubeos los bordes elusivos y emprendí la senda
de los dobleces que insistían en evitar la línea recta.

 

No recuerdo si pensaba en mi madre mientras lo hacía,
en su obstinada afirmación de la vida desde las trincheras
domésticas. Ignoraba yo entonces que no amaba a mi padre
y el amor de su vida la había engañado ocultándole
un matrimonio inconcluso. Tampoco sabía que mis abuelos
la habían convertido en reclusa y que tuvo guardianes
y chaperones durante meses hasta que al fin
aquel dolor pasó como un náufrago que cede ante lo inevitable
y se sumerge en la oscuridad de algún océano.
De haber sabido aquello acaso habría entendido
las migrañas de mi madre, sus vehemencias súbitas,
por qué parecía enojarse sin causa aparente.

 

En el salón de clases preparamos el engrudo
para pegar los bordes de la canasta materna.
La mía semejaba una barcaza china
que hubiera sido alcanzada por un rayo
y estuviera a punto de hundirse. Con cuidado
puse el toque final: el asa para que una mano
levantara delicadamente su regalo mientras la otra
pescaba un dulce entre el índice y el pulgar.

 

Después la llené con lo que había comprado
en la tienda de la esquina y la custodié camino a casa
como un relicario frágil que guardara los huesecillos
de algún santo. A duras penas sobrevivió aquello
a los traqueteos del trayecto y finalmente,
mochila al hombro y suéter enlazado en la cintura,
en el calor incomparable de los nueve años le di a mi madre
su canasta y me puse a llorar ante mis desastrados esfuerzos.
Eso la conmovió más que cualquier regalo y me abrazó
dulcemente, como poco lo hacía.

 

Medio siglo después y ya muriendo
mi madre recordaba a aquel hombre que conoció
cuando trabajaba en una papelería del centro,
y se preguntaba cómo habría sido su vida
si hubiera tenido el valor de seguirlo.
Ante ese pensamiento, que no sólo negaba a mi padre,
sino a mí mismo y a mis hermanas, yo guardaba silencio,
y acariciaba su pelo con los mismos dedos torpes
de los regalos rotos.

Sierra de Guadarrama, Madrid

Regreso a mi México lindo y querido

Amigos, lectores nuevos y viejos, ya estoy de regreso, en México, en mi patria adoptiva, en mi tierra. Septiembre ha sido un mes grandísimo, muy bueno y muy malo casi en la misma magnitud. Nuestro suelo tembló y dejó piedras y muertes, y yo no estaba. Pero mi corazón no salió de las calles mexicanas en esas horas difíciles, ni en las peores que vinieron después. Confieso que me asoló el sentimiento de alegría por no tener que haber vivido la hecatombe y a la misma vez la tristeza de no estar donde estaba mi corazón y mi gente. Nunca me había sentido más mexicana, yo cubana nostálgica que descubro las trampas de la vida en las calles de esta ciudad.

En septiembre también me pasó la maravilla por el lado y a veces me rozó un instante y me hizo perfectamente feliz. Nació mi Bahía de Sal. Recorrí tierras nuevas junto a ella, lugares históricos excepcionales, y conocimos a muchas personas y les hablamos de nuestros derroteros. Algunas de esas personas esencialmente llegaron para traspasar la piel y habitar dentro. Otras dejaron el sabor agridulce de los reencuentros, que también van sucedidos de nuevas despedidas. Gracias Mayda, Huso, por todo lo lindo que le han legado a mi Bahía… y por el cariño profundo. Gracias amigos de siempre en suelo madrileño, y amigos nuevos en tierras holandesas y españolas. Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

México volvió a recibirme, con más páginas desgarradoras leídas, con ausencias…, con dolor, con alegrías. Mi familia por decisión, como ella misma llama a esto que hemos hecho juntas, me esperó en el andén con un abrazo cargado de amor. En la casa, la despensa estaba hecha gracias a G. La otra familia, la del círculo virtuoso, me espera el fin de semana. Yo trato de canalizar las muchas emociones para poder pasar del plano de las ilusiones al de la realidad, esta realidad atormentada que hoy vivimos los mexicanos, que de cualquier forma no está exenta de belleza, la rara belleza del ser humano y sus muchas solidaridades.

Este es mi último parte de guerra, no el definitivo, claro.