A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Niño

La letra del escriba

Los regalos rotos

Conocí mi torpeza cuando iba apenas,
cuando iba ya en segundo de primaria.
Nuestro maestro decidió que para el día de las madres
no haríamos lo usual: comprar palillos de colores
y pegarlos sobre una matriz que representaba
una casita en el bosque, o urdir una pulserita de cuentas.
No, en el salón íbamos a hacer una canasta de cartón
trazada, cortada y pegada con nuestras propias manos,
y luego la llenaríamos de dulces comprados con dinero
escatimado a nuestros domingos.

 

Con dificultades copié las líneas que el maestro
iba trazando en la pizarra. Luego iluminé esmeradamente los espacios
entre las rayas y dibujé unas flores rojas que sobre el fondo amarillo
debían brillar como botones en medio de un pastizal.
Recorté con titubeos los bordes elusivos y emprendí la senda
de los dobleces que insistían en evitar la línea recta.

 

No recuerdo si pensaba en mi madre mientras lo hacía,
en su obstinada afirmación de la vida desde las trincheras
domésticas. Ignoraba yo entonces que no amaba a mi padre
y el amor de su vida la había engañado ocultándole
un matrimonio inconcluso. Tampoco sabía que mis abuelos
la habían convertido en reclusa y que tuvo guardianes
y chaperones durante meses hasta que al fin
aquel dolor pasó como un náufrago que cede ante lo inevitable
y se sumerge en la oscuridad de algún océano.
De haber sabido aquello acaso habría entendido
las migrañas de mi madre, sus vehemencias súbitas,
por qué parecía enojarse sin causa aparente.

 

En el salón de clases preparamos el engrudo
para pegar los bordes de la canasta materna.
La mía semejaba una barcaza china
que hubiera sido alcanzada por un rayo
y estuviera a punto de hundirse. Con cuidado
puse el toque final: el asa para que una mano
levantara delicadamente su regalo mientras la otra
pescaba un dulce entre el índice y el pulgar.

 

Después la llené con lo que había comprado
en la tienda de la esquina y la custodié camino a casa
como un relicario frágil que guardara los huesecillos
de algún santo. A duras penas sobrevivió aquello
a los traqueteos del trayecto y finalmente,
mochila al hombro y suéter enlazado en la cintura,
en el calor incomparable de los nueve años le di a mi madre
su canasta y me puse a llorar ante mis desastrados esfuerzos.
Eso la conmovió más que cualquier regalo y me abrazó
dulcemente, como poco lo hacía.

 

Medio siglo después y ya muriendo
mi madre recordaba a aquel hombre que conoció
cuando trabajaba en una papelería del centro,
y se preguntaba cómo habría sido su vida
si hubiera tenido el valor de seguirlo.
Ante ese pensamiento, que no sólo negaba a mi padre,
sino a mí mismo y a mis hermanas, yo guardaba silencio,
y acariciaba su pelo con los mismos dedos torpes
de los regalos rotos.

Carlos Rivero, ganador del concurso de cuento César Galeano, La Habana, Cuba

Cuentos del conde

La Silicíada

Les comparto el cuento ganador del concurso César Galeano, organizado por el centro Onelio Jorge Cardoso en La Habana, Cuba. El certamen convoca a los estudiantes egresados del taller de técnicas narrativas del mismo nombre que el centro, y este año fue merecido por Carlos Rivero, joven escritor y filósofo recién graduado y profesor en el Instituto Superior de Arte de Cuba.

 

 

La Silicíada

Autor: Carlos Rivero

Premio César Galeano 2017, centro Onelio Jorge Cardoso, La Habana, Cuba

 

 

Como estaba resuelto a perderme las sirenas no cantaron para mí

 

I

Solo yo conozco el secreto que se esconde detrás del canto de las sirenas, pero no me es dado revelarlo. ¿Cuántos arcanos de la historia no se han ido para siempre a descansar a la tumba de una sola persona? La Historia más cruel es aquella que surge de las sumas de esos silencios. Nadie tiene derecho a marcharse con tanto, es cierto, pero no he sido yo quien lo ha dispuesto así. Si pudiera hablar, pediría que me recuerden, porque he de morir pronto y temo lo que cualquier persona teme antes de morir.  Quisiera que mi epitafio fuera: “Aquí yace Sandro Funes quien escuchó el canto de las sirenas y vivió para describirlo en lengua digna”. Pero no puedo escribir, no puedo hablar, no recuerdo cómo funcionan las palabras, pero sí puedo recordarlo todo con la certeza justa como para darme cuenta de que conozco una verdad inútil. Pero ya que se me ha prohibido dar testimonio cierto, puedo decir las maneras en las cuales nada de esto ocurrió:

Silicia no es la lámpara mágica de Aladino. No cumple deseos: los produce. Pero saber esto no fue suficiente para disuadirme de buscarla. Apareció por vez primera en un sueño lúcido en los que, llegado a un punto eres consciente de que quien te persigue no te alcanzará o que no morirás al culminar la caída libre o que no te avergonzarás por quedar desnudo frente a todos. Al cabo, maldices el momento en que te diste cuenta. Te aferras a esa gran metáfora que es el mundo onírico y dices: “¡qué importa que esto no sea real!”. En aquellas noches adquirí el don que me condujo a quedarme sordo y afásico. En las películas, la incapacidad del protagonista se le recompensa con un don, pero a mí me sucedió lo inverso: el don me atrajo una incapacidad.  Como sinestésico supe que el gusto salado era esdrújulo y agudo el dulce, que el susurro era violáceo, y que la puerta al cerrarse contra su marco amarillaba el cuarto como todos los ruidos de percusión, quizá un poco frío, casi un ocre. Percibir el sol era un martillazo ensordecedor que me aturdía de claridades hasta despertarme. Un gran don sin dudas.

Pero una noche, de repente (porque como dice Chejov, en las historias siempre sale a relucir un “de repente”), soñé que era una chica de pelo corto y ojos felinos que se convertía en una estatua de silicio en frente de todos en una biblioteca. Sentí como mis huesos se quebraban y un sonido muy agudo quisiera ensancharse dentro de mis oídos hasta hacerlos estallar; pero nada de dolor. Grité. Entonces todos se voltearon hacia mí, pusieron su dedo índice sobre sus labios y emitieron un ¡shshsh! Un hombre calvo se quitó los audífonos y como pretexto para flirtear con la rubia de enfrente le dijo en voz baja:

-¿Y a ella que le pasa?

-Parece que se está convirtiendo en una piedra de silicio- respondió la rubia y dejó ver los aritos de ortodoncia mientras tomaba un sorbo de agua de una de esas botellas plásticas con absorbente.

Entonces el calvo se remangó la camisa como si fuera a cambiar los neumáticos de un auto. Tomó su laptop y se sentó en la mesa de la rubia que ensayó una sonrisa severa pero que alivió de inmediato en una expresión tibia y crujiente como un croissant.

-Un espectáculo maravilloso. ¡Qué lástima que haga tanto ruido! ¿Quieres pedir un deseo?

-Yo no creo en esas cosas. Sin embargo, sí me parece algo bello; vamos, que no soy de piedra-repuso ella y ambos rieron.

– Pues entonces te la voy a regalar.

Me tomó tiempo recuperar la calma. El silicio había cubierto mi cuerpo nuevo hasta la cabeza al punto de que a través de ella, la luz de la bombilla proyectaba en el suelo un arco irisado. Alguien que parecía conocerme me hizo una señal desde el pasillo que conformaban varias parejas de anaqueles. Era un joven contrahecho, de nariz abultada; llevaba un pullover negro con una pipa marrón y un gran letrero que decía: Ceci n’est pas un rêve. Se acercó y puso un volumen sobre la mesa, extrajo un sándwich de un envoltorio de aluminio y comenzó a comer como si no temiera ser amonestado. Yo, aunque inmóvil, pude ver de qué se trataba: era un índex de citas sobre lugares perdidos. El joven me observó hasta mientras terminaba de comer. Luego me dijo:

-Puedes hablar, no tienes que permanecer así petrificada todo el día. Estamos en un sueño si la información te sirve de algo. Seguro me querrás preguntar por qué he venido a buscarte y yo te responderé con gusto, pero por lo pronto no me gustaría hablar con una piedra.

Abrí la boca y lancé un gemido estéril, anémico, tan bajo que apenas hizo vibrar la masa de silicio.

-Intenta hablar más alto pero no te despiertes- me dijo el joven del pullover negro que amasaba el papel de aluminio en una pelota para lanzarla al cesto de basura de la esquina. Entonces volví a intentarlo con todas mis fuerzas y de inmediato se oscureció toda la biblioteca. Me desperté por un segundo gimiendo sobre la cama y un hilo largo de saliva se tendió entre mi boca y mi almohada, pero me tomó mucho esfuerzo desperezarme y el sueño volvió casi intacto.

– Ya me di cuenta que estaba soñando. Me siento raro en este cuerpo de chica pero tengo curiosidad por saber qué significa todo esto. Para empezar… ¿Cuál es su nombre?

-No tengo nombre, pero me puedes llamar como quieras, porque serás la única que lo haga. Así pues, selecciona un nombre que puedas recordar bien porque en los sueños es muy difícil recordar.

-¿René te gusta? Te llamaré René como el pintor de esa pipa que llevas en tu pullover.

-¿Y qué sabor tiene mi nombre?

-Ni idea. Parece que no soy Sandro Funes después de todo. Tengo sus recuerdos pero no sus habilidades. No sé si decir si me siento extraño o si me siento extraña.  ¿Nunca te has sentido como si hubieras sido creado hace algunos instantes con los recuerdos de hace decenas de años?

-No lo siento, tengo la certeza. Soy una criatura de los sueños, soy un silicio. Todos podemos ser otra persona alguna vez. Las metáforas existen porque manifiestan una verdad que no queremos creer. Una situación puede ser expresada en términos de otra situación porque pueden intercambiarse realmente-dijo el joven y abrió el libro en cuyo domo había dibujada una sirena. -Tu país es ahora este. Aquí es adonde realmente perteneces- repuso con voz solemne y guardó silencio por unos segundos- Se llama Silicia y no me preguntes por qué, pues yo no lo puedo saber todo.

-Pero eso no es real.

-Es tan real como todos tus deseos. Y los deseos son muy reales, al punto que gobiernan sobre la vida y sobre la muerte. Silicia no es exactamente un lugar, es más bien una conjunción de esos deseos. Allí es a donde se crean y se modifican, y allí  van a parar todos las fantasías frustradas de los hombres. La Atlántida, La isla de los bienaventurados, el Valhalla o el Edén son solo proyecciones literarias de este gran almacén. Silicia es tan real como yo, que también soy un silicio. Tú también eres un deseo, el de ser tú mismo, el de aferrarte a la vida y rechazar que en el fondo solo seas un personaje de algún sueño ajeno.

-Tú eres una imagen en un sueño extraño, nada más que eso. Yo no, acabo de despertarme y has desaparecido. Si quisiera, podría hacerte desaparecer de nuevo.

-Pero no quieres, porque yo soy uno de esos deseos también, acaso uno de los más vehementes pues me has dado carne y un magnifico pullover de René Magritte. He desaparecido para ti porque tú también lo has hecho para mí.  Pero aquí han transcurrido 3 días y ya es lunes, así que vayamos al grano antes que los demás nos descubran y sepan que solo son un relleno en el sueño de otro. Mira aquí: hay varias fuentes que hablan del país de los Silicios.

Durante varios minutos René estuvo mostrándome citas de diversos autores. Muchos la hacían coincidir con la Tierra de los bienaventurados o se referían a la capacidad de sus habitantes para escuchar libremente el canto de las sirenas gracias a su fe en la fuerza de la meditación y las abstenciones. Así continuó el libro durante varias páginas hasta que, en una de ellas, mi nombre apareció escrito con una referencia a un extenso poema en dáctilos llamado la Silicíada. Sin darme tiempo para sorpresas el joven del pullover negro me dijo:

-Esa es la razón por la que he venido a buscarte. Las sirenas, madres de los deseos y señoras de Silicia, te han escogido a ti, como la persona que cantará en lengua digna, la suerte de su raza. Pero no podrás contarle a nadie, aunque quieras; pues cuando atravieses el límite del país de las sirenas, habrás de olvidar tu lengua castellana. Desprovisto de lápiz o papel, la epopeya ha de ser escrita solo con tu memoria. Tienes un gran don, pero también un gran destino del que no puedes escapar. Nadie escoge ni cuestiona lo que desea, solo lo hace. Tú quieres escribir este poema épico y hacer algo memorable. Para cumplir tu destino debes venir conmigo a Silicia, pero al entrar aquí, abandónese toda esperanza.-

 

II

Cuando comencé a escribir la Silicíada las palabras chocaron entre ellas frente a mis ojos y arrojaron chispas metálicas, produjeron metáforas fosforescentes y artísticas conjunciones. Dispuestas todas sobre el cielo, yo las contaba. Cada una fue todas las palabras, y como las constelaciones, cada una era todas las figuras. Solo se debía observar con cuidado.

En las mañanas intentaba memorizar los versos que escribía por las noches en los sueños. Cuando uno pierde la memoria verbal va perdiendo de a poco la inteligencia y el orden de las ideas. Al menos eso era lo que pensaban todos los que advirtieron que ya no podía hablar ni escribir en castellano. Si mi historia debiera ser contada por quienes solo me veían en la vigilia, habrían cometido una injusticia al decir que padezco de afasia. Si fueran buenos describiendo, compararían mi afasia con la amnesia de los espejos, los cuales reflejan pero no pueden ver; o quizá con una gran caja donde están todas las palabras amontonadas unas sobre las otras, de donde yo las extraigo y las muestro al azar. Tampoco sospecho qué narrador escogerían. Quizás lo más apropiado sería un monólogo interior a lo Joyce o a lo Faulkner, pero desconocen lo que me sucede en realidad. Sin embargo, una tercera persona tampoco es apropiado porque se perdería todo el drama: este yace atrapado entre mi cerebro y mi lengua. Definitivamente una tercera persona no va, porque quedaría frívolo y distante, más o menos así:

Los hombres sinestésicos existen: En Dolores había uno que se llamaba Sandro Funes y que no cobraba las consultas. Nadie hubiera creído en alguien que pudiera ver los sonidos o escuchar los sabores, pero era del agrado de todos presenciar cómo Sandro podía dibujar el gusto de un mango o escuchar a qué sabía el nombre de cada cual. Roberto, el mensajero del periódico, supo que el suyo sabía a canela mojada. La vecina de al lado, cuyo nombre era Ana y a quien los dulces le quedaban muy dulces, Sandro Funes le dijo que aunque fuera corto, su nombre sabía a sudor y que prefería llamarla Betty o Yolanda. Un día, a alguien del barrio se le ocurrió tomarle el pelo: preparó un amasijo de distintos sabores en un jarro de aluminio al cual se le fotografió con una cámara de celular. Después, llevaron múltiples fotos de la mezcla a casa del viejo Sandro Funes y le preguntaron cuáles eran los ingredientes. Para sorpresa de todos, el sinestésico respondió con acierto y de manera prolija. No tardó en transformarse en el orgullo del barrio de Dolores, porque los barrios pequeños se enorgullecen de todo aquel que los ponga en el mapa. Todo iba bien con su don, hasta que una mañana comenzó a hablar en una jerigonza extraña y ya no pudo contar más de lo que sabía. Los médicos le diagnosticaron afasia como una consecuencia de demencia. Su hijo, advertido de lo que les sucede a los ancianos dementes, lo ató a un taburete frente al televisor de la sala para evitar que se marchara de casa. Como no quiso amordazarle la boca para evitar el ruido de los gritos, en su lugar, prefirió ponerse tapones en sus oídos. Amarrado a su taburete, Sandro Funes, pasó jornadas completas entre la repetición de palabras extrañas y letanías como esta:

De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia.

Cote áucea polenda caranda li bian carecín

¿lon tírone al fonque um suelven las mipas de Licia?

¿um suelven las mipas, sur andes brimande lusín?

On calas lauceria si cainte lon siemboke recia,

Ke recia lon siembo de tercha tempá palasín.

 

III

¿Eh, Nadith, tú crees que la música puede hacer que la gente cambie?-Dijo Constantino mientras regresaba de la cafetería con dos perros calientes.

¿Por qué preguntas eso? ¿Qué estabas escuchando?

Constantino extendió la mano con un audífono y lo colocó en el oído de su amiga.

-Es Schubert, la sonata No 27.

-Al menos hasta aquí me parece un poco caótica, pero sin dudas muy compleja, no crees? -murmuró Nadith.

-Aun no comprendo que tiene de interesante, pero me atrapa un poco. Creo que estoy sugestionado por la novela de Murakami que prestaste.

-¿Kafka en la orilla?

-Exacto. Allí la música es una protagonista silenciosa al punto que la señorita Saeki viajó hacia otra realidad para conseguir los dos acordes de la canción.

-Constantino, se te está derramando el cátchup-dijo ella y le quitó el bolso para buscar algún pasaje del libro.

-Lo dejé en mi casa porque ya lo terminé, aquí solo traje las cosas para el trabajo de curso.

-¿Y lo trajiste todo?

-Si. Al menos todo lo que me facilitó el hijo de Sandro Funes. El testimonio creo que está completo, pero las traducciones no. El resto no vale la pena, créeme, apenas se puede comprender una palabra. El médico diagnosticó afasia al viejo Funes: así que ya te puedes imaginar la jerigonza.

Nadith comprobó el contenido de la información que trajo su amigo. Pudo advertir que solo había un CD, que, con mucha suerte, podía tener información valiosa. Luego caminó unos metros por el parque hasta un asiento bajo la sombra de un framboyán y allí extrajo de su bolso de cuero un abanico y una laptop donde introdujo el CD. Examinó cuidadosamente su contenido mientras se abanicaba. Era una de esas tardes en las que, aunque el cielo se tornara plomizo y al occidente el sol pudiera asfixiarse entre las nubes y el horizonte, la inminencia de la lluvia multiplicaba el calor. El petricor, cada vez más próximo, anunciaba la caricia de la lluvia en el polvo visceral de la avenida que conduce a la biblioteca nacional. Constantino había olvidado su paraguas y hacía notar su impaciencia agitando su pie derecho y siendo tan lacónico como su amiga.

-¿Y por qué si ya lo tenemos todo, nos hemos encontrado aquí, frente a la biblioteca?

-Porque he tenido un sueño muy extraño donde aparecían algunas citas de un libro que quiero comprobar si está allí-dijo Nadita mientras se frotaba el lóbulo de la oreja y su boca se abría lentamente hasta dibujar un discreto óvalo horizontal, lo suficientemente cómodo como para concentrarse mejor- Quizá recuerde más de mi sueño si entramos, aquí afuera nos vamos a asfixiar del calor. Además creo que en la sala dos hay aire acondicionado.

Desde las roncas sístoles y diástoles de almendrones, hasta el efímero y reticente fragor de las ventanillas de los ómnibus, o el apenas perceptible, tántara tan tan tara ta tán de los pasos a destiempo de los transeúntes, hacían del paisaje sonoro de la avenida boyeros una sinfonía antischubertiana. El rumor de la calle exigía un lugar más tranquilo, pues poseía el ritmo de las olas y la persistencia de un remordimiento. Constantino y Nadith caminaron al ritmo de la ciudad hacia aquel gran templo del silencio

En los umbrales de la biblioteca, antes de llegar al guardabolsos Constantino se apresuró con el sándwich pero eso no fue suficiente para evitar ser amonestado por llevar gorra. Un tanto asustado (porque los empleados de las bibliotecas normalmente asustan), se despojó de su gorra y dejó ver su calvicie que simbólicamente adelantaba su calavera.

Justo como ella pensaba, enseguida supo hacia dónde debían dirigirse y para su mala fortuna, era en la sala uno y sin aire acondicionado. La sorpresa de Constantino aumentó más cuando percibió que ella recordaba el título y la ficha sin consultar el catálogo. Cuando la bibliotecaria lo puso en sus manos, marcharon hacia una mesa bajo la claridad natural y el fresco que entraba por una ventana.

¿Y qué más recuerdas del sueño? – dijo Constantino en espera de ser impresionado otra vez por lo que él pensaba que había sido una casualidad.

– Recuerdo que yo era Sandro Funes un sinestésico que debía traducir en poesía sensible, la epopeya de un gran pueblo: los silicios. Pero me fue vedado contar lo que allí pude ver so pena de convertirme en una gran piedra de silicio. Escribí todo lo que pude observar, me puse algo para taparme los oídos e intenté grabar a las sirenas mientras cantaban. Por supuesto que se dieron cuenta y, sin embargo, ese no fue exactamente el castigo que recibí, sino que cantaron tan alto que me aturdieron y quedé imposibilitado para expresarme y comencé a hablar con jitanjáforas.

Al escuchar eso, Constantino comenzó a reír y a recitar sarcásticamente algunos versos del poeta cubano Mariano Brull:

Filiflama alabe cundre ala olalúnea alífera. Al menos tienes que admitir-dijo mientras secaba con el exterior de su mano las gotas de sudor que perlaban su frente- que todo lo de los silicios es falso y que no existe una tierra llamada Silicia, ni hay pruebas de que Sandro Funes haya viajado alguna vez.

-¿Existe alguna prueba de que Dante haya viajado al Infierno? En el medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura-citó Nadith con aquel tono solemne que tanto molestaba a Constantino-No da ninguna pista del lugar, ni lo necesita tampoco, porque es una metáfora…solo deja entrever que, de repente (porque todas las historias tienen un “de repente”), incipit vitam novam (comienza una vida nueva): La historia que merece ser contada. Sin embargo aquel mundo no se limitó a las pruebas y a la verosimilitud. Si así hubiese sucedido no existieran en la literatura pasajes como el de Paolo y Francesca o el castigo de Ugolino. En efecto, el viaje de Dante fue un viaje espiritual, como el viaje de Sandro Funes. En sus memorias también desborda la poesía y es por eso que es un tema excelente para la investigación. Silicia no es exactamente un lugar, más bien es una situación o una conjunción de situaciones, o como dice el mismo Sandro Funes: una metáfora de los sentidos. ¿A quién le importa ahora la situación geográfica del Infierno que describió Dante? Agradecemos que exista y basta, lo que ha inspirado y lo que pudo transformar. Silicia tampoco yace en algún espacio, más bien es un viaje al interior.

-Como La matrix

-Como Kafka en la orilla-dijo Nadith que aún no había abierto el libro que había solicitado. El viaje de la señora Saeki es también un viaje interior, el cual es solo posible porque existe la metáfora. Ella es la prueba en el lenguaje de que en la realidad dos situaciones pueden ser intercambiadas. Para mí el protagonismo lo tiene la música, en tanto es la metáfora más efectiva para representar al deseo. ¿Conoces el pasaje de cómo Ulises se libró de las sirenas y logró continuar su travesía?

-Sí, claro. Es un episodio muy famoso. Le pide a su amigo Euríloco que lo ate al mástil y ordena que toda la tripulación se tape los oídos.

-Justo. Sin embargo Odiseo oye las voces de las sirenas que lo convidan a aproximarse a disfrutar el canto, pero jamás logra estar lo suficientemente cerca gracias a sus amigos. El canto de las sirenas fue interpretado por los helenistas como una alegoría de la tentación que nos hace perder el rumbo. La música persuade sin argumentos, es por eso que ella es la mejor metáfora del deseo, porque este tampoco obedece razones.

– Ya sé lo que me quieres decir-dijo Constantino que parecía haber atraído la lluvia con su alumbramiento-. Estás intentando hacerme creer que la supuesta metamorfosis de Sandro Funes no es más que una metáfora del mito de Ulises atado al mástil. La verdad es que me parece un poco caricaturesco que Sandro Funes termine atado a su taburete. Y que a su hijo no le había sucedido nada porque se había tapado los tímpanos para no escuchar los gritos de su padre enloquecido- Entonces llovió más fuerte.

-Exacto. Por eso quiero que transcribas las jitanjáforas de Sandro Funes que está grabado en ese CD.

Constantino se mudó hacia una mesa que tuviera cerca un tomacorriente para conectar la laptop. Mientras escuchaba el audio, Nadith encontró los pasajes que había soñado, el escudo de las sirenas y un poema épico escrito en dáctilos que comenzaba así: De sábala, sarga, de sábala, capa, Silicia

Constantino divisó una rubia con aritos de ortodoncia frente a su mesa. Nadith no tardó en darse cuenta que en breve se convertiría en una enorme mole de silicio.

 

 

La letra del escriba

Mañanas para nadie

Sobrevivir es más que un acto de fe

Es un ejercicio físico.

 

Me duele verte así desconocida

Prisionera de ese yo que te inventaste

Me duele poner mi mano en tu hombro

Y recordar que eres tú mi vida

Esa vida que me diste

Y que aún no te compenso.

Me asusta escucharte

Hablando sola

Como quien no quiere descubrirse

Llorar otra jornada y huir como un niño de las pastillas.

Me duelen tus ojos en los míos

Tu cuerpo desplomado en el mío

Hasta esas velas que encendiste para derretir la fe

Yo sé por dónde tus oscuridades

por dónde tus silencio más profundos

Yo te comprendo madre

Te comprendo

Pero no me vuelvas a decir

Ni se te ocurra

Que lo único que quieres

Es morirte.

Monumento a Alfonsina Storni, Mar del Plata, Argentina. Foto: Lucho Walter.

Partes de Guerra

Nostalgias de Buenos Aires

Este octubre, como lo había soñado, como lo había anticipado desde hace años, me fui a Buenos Aires a presentar mis Nostalgias… —Nostalgias de La Habana—. Esas páginas malditas que escribí en una habitación del centro de la Ciudad de México, cuando parecía que la vida se me estaba acabando —emigrada y heredera de lo cubano—, fueron el impulso para seguir sonriendo, la certeza de haber encontrado aquel camino, además del viaje sin retorno, en el que habría de vivir irremediablemente: las letras.

Vencido el tiempo y todos sus desastres, esas Nostalgias… habrían de llevarme por los senderos de la fe, a descubrir una ciudad que he amado en viejos tangos y gritos melódicos, en los versos de sus cantoras y cantores, en las líneas de sus poetas, en las estrofas del alma ardiente que me ha dejado un Borges.

Hoy reivindico al poeta y a mis propias palabras desesperadas: “He cometido el peor de los pecados que una mujer puede cometer, he sido feliz”.

En los caminos de Buenos Aires me he reconciliado con mi historia, he abrazado a una mujer hermosa, que muy de cerca, desentrañó los vericuetos de mis memorias ante un público que parecía conmovido por algo de lo que no tenía la menor idea. Ella, a quien escribo, sabe que estas líneas son también por ella. Un editor que nos miraba en la distancia de una librería hermosa, hizo realidad este sueño, y en el bregar de los días, sin saberlo, me regalaba un par de nuevas ilusiones, aunque yo todavía no las hubiera vislumbrado.

Buenos Aires me reencontró con los queridos amigos de la primera juventud, con los anhelos, con los paisajes coloridos que la memoria inventa y las explosiones de un tango que se respira más de lo que se baila. Pero también me reconcilió con esa Plaza de mayo donde yo también me puse a gritar, ¿dónde estás?

De sus aromáticas avenidas, en el Alto Palermo, emprendí el camino a Mar del Plata, donde habría de dejar las lágrimas no vertidas por una Alfonsina Storni que los presuntos poetas del siglo XXI tanto hemos lisonjeado. Ese rumor de caracolas, que la Sosa inmortalizó, fue escuchado bajo la lluvia, mientras las olas grises se arrinconaban entre los sueños de otra poeta rota.

Yo que fui allí a depositarle mis Nostalgias… a un público ajeno, me he llevado todas las Nostalgias de Buenos Aires, las vividas y las que no. Me he dejado el corazón en una esquina cualquiera, y también junto a Mafalda, Alfonsina, Borges, Gardel. Confieso amor a esa tierra, ¡escúchenme los porteños!, donde se han roto todas las corolas de mi vida. Esta no es una crónica. Es un réquiem. Es una elegía.

Presentación de Nostalgias de La Habana, noviembre 2017, Buenos Aires, Argentina.

Presentación de Nostalgias de La Habana, octubre 2017, Buenos Aires, Argentina. Presenta Griselda Moreno, amiga entrañable.

Por los caminos de La Boca, Buenos Aires, Argentina.

Tangueros en una calle del centro de Buenos Aires.

Junto a Borges y Bioy Casares, Recoleta, Buenos Aires.

En esta playa, justo aquí, Alfonsina Storni se fue a dormir el sueño profundo de los poetas malditos. Mar del Plata, Argentina.

Poema Dolor, de Alfonsina Storni, en su monumento en Mar del Plata. Argentina.

 

Sierra de Guadarrama, Madrid

Partes de Guerra

Regreso a mi México lindo y querido

Amigos, lectores nuevos y viejos, ya estoy de regreso, en México, en mi patria adoptiva, en mi tierra. Septiembre ha sido un mes grandísimo, muy bueno y muy malo casi en la misma magnitud. Nuestro suelo tembló y dejó piedras y muertes, y yo no estaba. Pero mi corazón no salió de las calles mexicanas en esas horas difíciles, ni en las peores que vinieron después. Confieso que me asoló el sentimiento de alegría por no tener que haber vivido la hecatombe y a la misma vez la tristeza de no estar donde estaba mi corazón y mi gente. Nunca me había sentido más mexicana, yo cubana nostálgica que descubro las trampas de la vida en las calles de esta ciudad.

En septiembre también me pasó la maravilla por el lado y a veces me rozó un instante y me hizo perfectamente feliz. Nació mi Bahía de Sal. Recorrí tierras nuevas junto a ella, lugares históricos excepcionales, y conocimos a muchas personas y les hablamos de nuestros derroteros. Algunas de esas personas esencialmente llegaron para traspasar la piel y habitar dentro. Otras dejaron el sabor agridulce de los reencuentros, que también van sucedidos de nuevas despedidas. Gracias Mayda, Huso, por todo lo lindo que le han legado a mi Bahía… y por el cariño profundo. Gracias amigos de siempre en suelo madrileño, y amigos nuevos en tierras holandesas y españolas. Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

México volvió a recibirme, con más páginas desgarradoras leídas, con ausencias…, con dolor, con alegrías. Mi familia por decisión, como ella misma llama a esto que hemos hecho juntas, me esperó en el andén con un abrazo cargado de amor. En la casa, la despensa estaba hecha gracias a G. La otra familia, la del círculo virtuoso, me espera el fin de semana. Yo trato de canalizar las muchas emociones para poder pasar del plano de las ilusiones al de la realidad, esta realidad atormentada que hoy vivimos los mexicanos, que de cualquier forma no está exenta de belleza, la rara belleza del ser humano y sus muchas solidaridades.

Este es mi último parte de guerra, no el definitivo, claro.

 

 

Reparaciones

La letra del escriba

Reparaciones

De mi casa salían dos caminos que llevaban
a las de mis dos pares de abuelos.
Los paternos eran pueblerinos y orgullosos.
Cuando llegábamos decían: “¿Qué andan haciendo
en casa de los pobres?” y al despedirnos:
“¿Dónde van que más valgan?”

Mi abuelo sufría de mal humor crónico y una sordera
ingobernable que amansaba oyendo radionovelas.
Le gustaban las curiosidades y alguna vez me confiscaron
una caja de plástico transparente
con los contornos de la basílica de San Pedro
para que él pudiera iluminarla con luces navideñas.

Mi abuela era asmática, depresiva y adoraba a los gatos.
Sobre su cama tenía un cuadrito donde una niña
se asomaba a una biblioteca luminosa.
Compartía sus pesares con un tanque de oxígeno.

Mi padre tenía una hermana rubia y altiva
que se había casado con un hombre más grande.
Aunque el tío se distanció de la familia,
los domingos llevaba su prole donde los abuelos
y la recogía después, ya entrada la tarde.

Mientras esperaba en el coche, mis primos y yo lo visitábamos
para que nos contara historias que eran más bien retazos
de su filosofía y fragmentos de Díaz Mirón.
Solía concluir sus charlas con citas del Eclesiastés.
Se ponía serio y bajaba la voz para decirnos: “Es correr tras el viento”;
luego nos escapábamos a jugar futbol.

Mi padre tenía un hermano diabético
que murió joven pero lo persiguió tenazmente
en la vejez, como un recuerdo opaco
que se mezclaba con los gatos de la abuela
y una muchacha que había conocido en Veracruz.

Los primos eran cuatro y después cinco.
Con ellos viví los desplantes y asombros
de la niñez; con ellas –que eran hermosas–
el cosquilleo ante el territorio ajeno
de blusas y faldas. Juntos en cierta ocasión
nos repartimos el mundo, usando los mapas
de un viejo libro de geografía.

Mi padre trabajaba para una gran empresa
de fotografía. Fue parte de la última generación
que hizo algo sin haber estudiado nada
–pero en las tardes se empeñaba en aprender inglés.
Cuando iba a visitarlo a la oficina –que hoy es
una oceánica biblioteca– me llenaba del olor
de químicos y emulsiones, y contemplaba folletos
con imágenes de niñas rozagantes y cerezos en flor
tomadas en algún pueblo de la Nueva Inglaterra.

Don Jorge era jefe de Reparaciones, donde los técnicos
arreglaban descomposturas para que las cámaras
pudieran seguir contrabandeando imágenes.
Tenía su pequeña corte de muchachos bigotones
y viejos de manos temblonas que trabajaban
en las minuciosas entrañas del desorden. Una o dos veces al año
venían por casa y bromeaban sobre el acontecer de la oficina
o movían la cabeza por alguno que había cometido adulterio.

Mi padre orbitaba entre el apego a su familia
y una batalla perdida con los demonios
de mi madre. Estoy seguro de que me quería,
pero acaso también me detestaba como la imagen
torcida del hijo fuerte y valiente que hubiera deseado.

Mis hermanas y yo habitábamos nuestro reino de almohadas
y veíamos la vida como un territorio fantástico.
Con ignorancia espléndida desconocíamos la muerte
que hoy corroe los talones de mis padres
mientras recorren su mundo en blanco y negro,
acosados por recuerdos y punzadas.

En sus delirios de anciano, don Jorge juega con los gatos
grises de la abuela y charla con la sombra de su padre,
que se apoya en el marco de la puerta y se niega
a acercársele. Un día no hace mucho me llamó “papá”
y me di cuenta, dolorosamente, de que ahora me encuentra inescrutable
como él solía serlo para mí. Entonces quisiera mostrarle la imagen
desgastada de ese pasado, y que juntos pudiéramos enmendarla
para que nos absuelva a todos con su brillo
como una verdad más poderosa que cualquier certidumbre.

 

Fe

La letra del escriba

Examen para el sinvergüenza

Debería darte vergüenza

llevar una vida digna

Ser buena persona

Desenchufar el tiempo en un crucero

Soltar la respiración

Y meter la boca en una vagina olímpica.

 

Debería darte vergüenza tener fe

En el mejoramiento humano

En los policías buenos

(Si queda alguno)

En la entidades decentes

(Si queda alguna)

Debería avergonzarte

Tener un sexo seguro

Bueno y ruidoso

Ser tan feliz que se te olvide el cáncer

La diabetes

Llevar la vida a cuestas

O subir la cuesta de la vida

con el corazón en la mano

En fin

Debería darte vergüenza

Llegar al final de este poema

Sinvergüenza.

Fernando Pessoa

La letra del escriba

EL POETA NO ES FINGIDOR

I

Si finge y hace tropos, cítara o violín en ristre, y apa-

renta emociones, es entonces poeta. Y si todo poeta,

con más razón, finge y representa alarmas, lágrimas

incurables, timbres de urgencias, heridas de acor-

deón, falaz turbación,

entonces empedernida y trovadoresca humanidad

finge desde épocas inmemoriales.

Cocuyo simula luz por razón de sobrevivir,

pájaro opera camuflajes para escapar a vendavales

o apresar por un suspiro la fuga de la proteína. Fingir,

disfrazar, afina con cualidades de imaginar:

conjeturar, sospechar, presumir, confundir. Proviene

de adahora y adamar y echa follajes en almas cavilan-

tes o sufrientes o energúmenas o violentas o flemáti-

ca. O hábil y oportuna: agréguese, de paso, una lám-

para a la luna.

 

Poeta como poeta no finge, os aseguro.

Sino como criatura vivida, existida, que intenta sobre

vivir. No es cierto, por tanto y más cuanto. Afirmo:

no es tramoyista. Ni charlatán, payaso o simple se

ductor. Acuéstese el bardo junto al verso

e improvise respuestas y preguntas. Nadie se resiste

a ser creído.

¿Finjo si afirmo y aseguro, ciego de convicción,

que la imagen penetra al lenguaje y lo fecunda

con la eternidad de la escritura? ¿Finjo si afirmo

que ficción, con el decursar, llega

a ser el único atributo creíble de la realidad?

 

II

El cielo incrementa anatomías, se dilata

el azul oscuro. Si amanece en penumbras mañana,

gracias a zanahorias bifocales vamos a ver el sol. No

es falso o farsa.

Cierto. Incierto que nadie dialogue su cabeza pa-

ra cabezas que no lo creerán. Chorreados árboles

de lágrimas y ríos de magnolias, lo van a comprobar.

 

Si finge él, poesía necesariamente es falacias,

carromato, tremedal donde al lector le untan lodos y

embadurnan deshonras. Infierno vivo para La agonía

del espíritu. Aquel, como yo, alentó en un vientre y

hoy no logra recordarlo. Poesía es superabundancia.

Lo que no se puede. Y sobre todo lo que se puede,

cómo no se va a poder.

¿Cómo chapotea el tobillo en ese territorio de la es-

pecie, donde se juega alma y virtud de declamar?

Finge quien afirma que el poeta es fingidor, y

que en verdad o mentira jamás se logran azular y

planchar todos los caos.

 

III

No finge: revoca la sibilina verdad

de que finge, citada por epígonos. Poeta

con la palabra siempre interpretó. Mundo es así.

Fingen los coterráneos presentes y pasados, incluidos

él y yo, y ellos y otros, desde milenios y cataclismos

venideros, sin descontar tocayos y calaveras de post

vida, quienes a menudo fingen lo que sienten o fingen

que sienten lo que no sienten, o simulan

por falta o exceso de imaginación. Si afirmo que sufrí

una eternidad bajo los puentes, póngase en duda:

no hay puente eterno ni eternidad bajo los puentes.

 

¿Fingen el barbero o la navaja cuando se ensañan

al rasurar? ¿Navaja es filo artificial, y la mano detrás

del metal aparenta placeres? ¿Es la misma mano afi-

ladora e igual navaja que se deja afilar? ¿Fingen a

causa de monedas, a causa de alguna parentela o

vocación?

Murciélagos, por ej., se distribuyen alturas y distancias

para cazar. Cada individuo sabe su alto y su lejos y ahí

engulle los insectos. ¡Y luego dicen que no escriben

poemas!

 

IV

Finge que finge emociones, pero no es poeta,

sino humanidad temerosa que acude a resquicios y

rezos. Muerte o fortuna tocan indirectamente

a puertas y agonismos: mano rota, sangre

a trasfundir, música fúnebre, guadaña utilitaria, acree-

dores que alargan peligros, pliegos y guarismos.

 

¿Finge ahorcado con la lengua afuera, aguarda

alguna promoción? ¿Subió al árbol para ser follaje o

pájaro? ¿Abusa del milagro de colgar y enmudecer?

 

Si todo poeta finge y si a continuación el que finge

es poeta, repito, la humanidad se compone estricta

mente de poetas. Humanidad poeta y poeta de uni-

verso humanizado. ¡Cuántos buenos bardos en bea-

tas y beatos, choferes, estadistas, rapsodas, mensaje

ros, costureras y putas de mis barrios. Demasiado

desnudo el nudista y en exceso pedigüeño el limosne-

ro.

 

V

Cada gota transparenta su mueca en el torrente y re-

sulta inimaginable. Unanimidad improbable, asco has

ta en las excepciones. Disfraz necesita antifaz. Y nue-

vas mentiras para no desfallecer. ¿Finjo si declaro so-

lemne, con autoridad de mi ombligo, que unanimidad

la inventaron demonios para poner en duda la redon-

dez del círculo? En consecuencia, proclamo falso, ¡y

aberrante!, ¡y descarriado y descarado!,

que el poeta sea el fingidor buscado de árbol

en árbol y metódicamente debajo de sus ramas y

que por módica y no metódica suma, solo se encuen-

tra vivo o muerto. O cantando hipocre-

sías. El poeta, si es poeta y no fingidor,

es voz de multitud, incluso en el acto indispensable y

temerario de fingir. Otra cosa, VEAN. Y creo

que no confundo, que al hablar el poeta o yo de tras

tornes, de síndromes, se descubre eventual

que las palabras tienen sus propias intenciones. Con

relación a las palabras, por cierto, quisiera tener don

de rebuscar y encontrar más. Con respecto a Ofelia,

me gustaría desnudarla en la carrera, y ver si todo

lo que carga detrás solo son sus nalgas. Llevo mucho

de clavo y no temo el martillazo. Créalo o no: y si no

que le devuelvan sus sospechas.

 

Verdad, tanto como felicidad, son asuntos efímeros

e intermitentes, semáforo social, al margen de sindi

catos, desoyendo cofradías, es decir, o sea,

con la misma dialéctica fugaz y perdurable, por ejem-

plo, de flores, o por ejemplo, de la vivaz mariposa,

o quizás de luciérnagas que apagan y encienden

trasiegos peatonales. Verdad perdura tanto como

quien se acomoda a creer en ella. Puedo levantar

un fuego de antorchas que no queme a nadie y, sin

embargo, dejar ciega a la multitud.

 

VI

El poeta no es un fingidor, repito. Es más bien repeti-

dor y explorador. Buen destello o chispazo.

Alfarero saca barro de donde no había barro. Pala-

bras de donde no hay confesiones. Palomas de don

de solo había un sombrero. Descubre versos

con la palabra y palabras con el verso.

Lo que suspira bajo tierra o piel sube al poema

por la emoción. Todo color del espejo con que se mi

Poeta arqueólogo. Y quita máscaras: y tanto

de las palabras en general

del mundanal ruido, como de la fila del soldado raso.

Poeta NO. Verdad tan ciega como la que desmiente.

Fingir sería escribir simulacros. Veracidad prodigio

sin ardor de la cafetera al fuego, menos multitudinaria

que la mentira. Fingir sería sentir nada y rebosar lá-

grima. Declamar y no reclamar ni aclarar. Percibir

al individuo y aplaudir siniestro. Verdad contiene in

mediatas y fulminantes partículas auto corrosivas, re

ajustes retóricos o mudas de plumaje. O dobleces ac-

cidentales (incluso realidad e irrealidad son simula

cros mutuos). Verdad se refuta

con verdad y expropia al leguleyo patrón de mentiras.

 

VII

 

Lo que escribe el poeta es o será verdad radiante o

exactitud de escorbuto. Sinceridad, certeza definitiva y

vacilante, dolorosa, ambigua e iluminada,

con equívocos costosos e indudables dudas,

aunque al vacilar,

al coquetear con sombras, ¡ah mortal irreducible!,

finja que siente lo que no siente y sienta lo que no fin

Poeta tiene su público y ejerce para orejas adies-

tradas. Poeta no finge poema ni cuando trafica rimas

o pinta acrobacias.

en el verso, menos cuando añora y descubre oracio-

nes de sol intrínsecas en la franqueza definitiva, des-

carnada, sangrante, y

en lo que la especie por naturaleza y el individuo

sin palabras, mudo, no logran disimular ni apaciguar.

Gemir golpes, compartirlos con el semejante o seme-

jantes sujetos. Imposible simular heridas abiertas ni

sangre en la heridas ni lágrimas en los ojos del herido.

Cuando la criatura finge, la poesía vuela y escapa a

otros hospitales.

Todo al amparo fugaz y tenaz de las estrellas.

 

 

 

 

Partes de Guerra

Reminiscencias mojadas en ternura

Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,

querido Juan, has muerto finalmente.

De nada te valieron tus pedazos

mojados en ternura.

Gotán, 1962; Juan Gelman

Hoy, muchos años después, recuerdo aquella temporada que pasé en lo que denominábamos escuela al campo en la isla, siendo adolescente, cuando mi padre me llevó el domingo una carta hermosa que decía algo como: “Desde que te fuiste los días parecen semanas y las semanas meses, y entonces hace como un siglo que no te veo…”. Obvio, abuso de la memoria; es mi padre mucho mejor poeta y con su carta hizo llorar a todo el campamento, que pasó por mi cubículo, uno por uno, a leer aquella carta milagrosa de llantos.

De alguna forma rara esa anécdota viene hoy a la memoria, encontrada con muchos sentimientos entre los que siempre pervive de soslayo la nostalgia. Esta, sin embargo, ha sido de esas semanas felices en las que pasa casi una vida dentro. He vuelto a trabajar en esa Historia inconfesable, que amenaza con convertirse en una nueva novela que, de seguro, me dará también muchos dolores de cabeza. Esta semana del otro lado del mar, de la España, llegó la noticia de que Bahía de Sal se iba a imprenta, y de que pronto habrá que presentarla, y de que trae una portada hermosa, de un pintor segoviano, Amadeo.

Además, este proyecto nuestro, de Jorge y mío, de echar a andar una maquinaria cuyos motores se mueven con técnicas narrativas como el storytelling, da pasos seguros, que requieren esfuerzos pero dejan complacencias en el alma.

A mediados de semana la sorpresa me atrapó en New Orleans, una ciudad loca, donde sentí que las cosas pasaban diferentes a otros destinos norteamericanos. Conocí el río Mississippi, corrí por sus orillas, atravesé sus aguas, y me regalé un par de lindas carreras por el French Quarter, donde la gente me miraba estupefacta, borrachas ya de alcohol y de música, mientras yo me afanaba en darle a una pierna tras otras a más de 30 grados de temperatura. Al final…, unos minutos de recuperación de yoga en la azotea de un rascacielos (mi hotel), y a mis pies la hermosa ciudad de músicas, hombres y mujeres de todas partes, carteles iluminados y el fondillo de una trompeta, un trombón o un saxo, que recordaban una tonada triste de la historia de estas ciudades templos.

Una noche fui a The Spotted Cat, a escuchar a la banda de ocasión, y fue magnífico ver que en esta metrópolis, pequeña y por momentos peligrosa, la gente baila el jazz como yo bailo la salsa. Era imposible, por el ambiente y por la gente misma, no imaginarme dentro de una película viejita que ocurría más de medio siglo atrás en el sur de la Louisiana: un asiático y una negra con todo el estilo; un gringo con una mujer de rostro posiblemente árabe; un músico trasnochado con una chica que podría ser de cualquier parte… Al final de la escena yo, esta cubano-mexicana, convertida en muchas cosas y en ninguna, observando como espectadora de una vida que no parecía ser la mía propia…

El último día de la semana me sorprendió en la Ciudad de México, esta loca urbe a la que ya pertenezco irremediablemente, después de casi siete años de haber cruzado el mar, y corriendo por el Paseo de la Reforma para terminar, armoniosamente, mi quinto medio maratón y mi décima medalla desde que empecé a dar los primeros pasos en este mundo solitario y maravilloso de las carreras. Me acompañé de viejos amigos y amigas, con los que he corrido muchas veces y que siempre dejan cosas buenas en cada jornada con aquello de ser un equipo. ¡Qué inevitable esto de pertenecer a un grupo, querer y dejar que te quieran!

Cuando la semana casi termina, para dar entrada a otro ciclo que, por fortuna, no espero menos intenso, me encuentro rebuscando en la memoria aquellas líneas extraviadas de mi viejo y unos versos de Juan Gelman que dicen: “Tu cuerpo era el único país donde me derrotaban”. Una amiga querida me escribe desde las montañas y anuncia su próxima llegada. Desde la ventana de mi estudio, un atardecer revienta detrás de los edificios que me han construido y obstaculizan mi vista. En el cielo, un avión surca el azul, porque a las aves no les gusta la contaminación de esta cité. Otros amigos llegan con noticias gratas vía mail, y yo no entiendo bien cómo se juntan tantas cosas buenas en tan pocos segundos. Han de ser las dopaminas de la carrera que están haciendo sus efectos en este cuerpo de mujer, que todavía no se deja derrotar.

 

Cuentos del conde

Sinfonía inconclusa

“Cuando nada pasa, hay un milagro
que no estamos viendo.”

João Guimarães Rosa

“Music is continuous; it only stops when we turn away and stop listening.”

John Cage

 

M. ha muerto y su partida nos obliga a revisitar los universos que creó por medio de su música. Nacido cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, perteneció a una generación que se sentía parte de un mundo lleno de certezas pero también, paradójicamente, de invitaciones a explorar lo desconocido.

La música llegó a él cuando era apenas un niño. Muchos años después, recordaba cómo esperaba temeroso a que le pusieran la inyección de cierto compuesto vitamínico en el silencio de un dispensario frío. Extendió el brazo, vio cómo una enfermera lo sujetaba a la bracera que partía de un costado de la camilla, y volteó para otro lado. De inmediato sintió el pinchazo en la vena y las manos de su madre mientras lo acariciaban para tranquilizarlo. Después de unos segundos, cerró los ojos y luego sintió que su boca y olfato se llenaban de un miasma metálico. Dijo lo que sentía y quienes lo rodeaban le aseguraron que era normal. “Es la medicina que viaja por tu cuerpo y va llegando a cada rincón. Se te va a pasar pronto”. Fue entonces cuando le pareció escuchar el tránsito de la vitamina desde los anchos ríos de sus venas hasta las pequeñas corrientes circulatorias hasta alcanzar los más distantes vasos capilares. El sonido era líquido, escarlata y férreo al mismo tiempo, y seguía ciclos dominados por la sístole y diástole de su corazón, alojado en las profundidades de su cuerpo joven y endeble.

Poco después, en el jardín de sus abuelos –que después le recordaría el de los Finzi-Contini en la entonces incógnita Ferrara–, percibió el sonido producido por el viento que se colaba entre las frondas; el zumbido de las abejas que buscaban alguna filtración en el estanque; el sordo rumor de la maquinaria en la fábrica contigua. Ese jardín estaba limitado por una pared que con sus manchas insinuaba mundos innumerables, y también servía como caja de resonancia para los sonidos del prado, dándoles mayor volumen pero sobre todo otra dimensión.

Ya adolescente, alguien le hizo escuchar unas grabaciones del canto de las ballenas. Le fascinaron esos ecos llenos de reverberaciones bajo el agua, y le inquietó que parecieran gemidos y susurros amorosos.

Con el tiempo, decidió convertirse en músico y quiso reproducir los sonidos de la naturaleza con instrumentos que se habían fabricado para entretejer frases melódicas y armoniosas. Más tarde, con la ayuda de los avances tecnológicos de su época, creyó descubrir la música interna de las cosas. A partir de ese momento decidió dejar de trabajar con sonidos simulados y se planteó su tarea, no como la de un creador, sino como la de un escucha.

Una tarde vio Il Postino y lo asombró la escena en que el cartero recorre la isla con una vieja grabadora tratando de captar la poesía de las cosas. Intentó entonces, como Mario, grabar el rumor de las estrellas, pero se dio cuenta de que eso es imposible porque está fuera del alcance del corazón humano.

Al fin, con la ayuda de micro sensores, acelerómetros y micrófonos submarinos, consiguió embarcarse en la aventura de captar sonidos imperceptibles, pero llenos de evocaciones, y ponerlos al alcance de la gente. Sus primeras piezas buscan demostrar cómo las cosas murmuran sus ecos silenciosos al unísono con lo que los rodea.

Entre sus obras más celebradas están “El segundo 10-24 de una demolición por explosivos”, “El rodar de una gota por el cuerpo de Helena”, “Los cactus que se hinchan con la primera lluvia del desierto”, “Llegada de la leche a las ubres de una cabra”, “El murmullo de la rotación terrestre cuando arrastra mi casa”, “El zumbido de la nube de espermatozoides que sitia un óvulo”, “La nieve que se compacta en un campo de trigo”, “El crujir de su falda cuando María cruza las piernas”, y una pieza que le fue sugerida por el título de un libro: “El estruendo de las rosas”.

Como sucede con frecuencia, sus obras más populares fueron menospreciadas: los críticos las tacharon de “fáciles” e incluso “populistas”. Dos ejemplos que vienen a la mente son “El girar de los tallos en un campo de girasoles” y “Las mareas de la sangre amplificadas por los dobleces de la concha de un Nautilus”.

M. argumentaba con pasión que sus títulos no eran metafóricos, ni siquiera poéticos, sino –por el contrario– descripciones precisas de los sonidos grabados. No obstante, muchos apreciaban más el aliento lírico de esos títulos que sus despliegues sonoros, muchas veces difíciles de asimilar.

M. murió el día en que quiso grabar el galope de los centípedos sobre la corteza de un árbol. Después de muchos esfuerzos, logró colgarse de un arnés en el dosel del bosque y pudo colocar sus delicadísimos aparatos en diferentes puntos de la enramada. Después de haber captado aquel sonido que, debidamente procesado en el acelerómetro, habría de reproducir la sensación magnífica de los cascos vegetales desbocados sobre la corteza crepitante, se deslizó una correa de su arnés, su cuello quedó atorado en una cuerda y murió ahorcado por su propia ambición. Así fue como su obra póstuma nos transmite el silbido de su último suspiro.

Es memorable el comentario de uno de sus críticos más agudos y difíciles de complacer, quien, fascinado ante esa obra accidental, describió su sonido como el de “las galaxias de arena que se comprimen al retirarse las aguas de una playa soleada a las cinco de la tarde”.

 

Mundo moderno

La letra del escriba

oración@mundo.el 

Apagado siglo de las luces
De ciegos videntes
De la tierra prometida

Los muchachos se venden
Para comprar la entrada de la discotek
O para salir drogados de las discotek
O por drogarse en los flash
De las discoteks.

Madre
sácame de este llano en llamas
De este cine pobre de espíritu
De este salario pobre de poeta
De mal poeta.

No me de dejes caer en Google
Si Google engorda mi egoísmo.
Quiero comprarme una identidad
Donde no me rapten el pellejo
Con un clic
Ni ser pasto para un selfie.

¡Oh! Madre
sálvame de Facebook
Aunque Facebook no me decepciona
Es el hombre, pero sálvame igual
Del hombre
De este marquetin sarcástico del ego.

Prendido siglo de las luces
De claros invidentes
De la tierra prometida

Los muchachos se venden
Para comprar ropa de mark
Un Ihfone, el peinado de moda
una Lapto con manzanita
e ir luego

donde los flash…

Cumbre Pico El Fraile, Nevado de Toluca

Partes de Guerra

Cambiamos la geografía de la montaña

Fotos: Gabi Guerra y cortesía Flavio C. García

Cumbre en el Nevado de Toluca

Sentada sobre una laja filosa, sin mucho de qué aguantarse a los costados, con los pies colgando al vacío, a 4660 metros sobre el nivel del mar y con una de las vistas más impresionantes que ojos humanos hayan visto… Así quisiera vivir más horas de mi vida. Pero las sorpresas grandes siempre duran poco, aunque perduran en el recuerdo.

Un poco atontados por la falta de oxígeno que a esas alturas se comienza a sentir, no cabíamos, no obstante, dentro de nuestros cuerpos emocionados y temblorosos también por el esfuerzo de más de tres horas subiendo montaña. Bajo nuestras pisadas las grava rodaba, haciendo lenta la subida y pesado el camino. Pero cuando entornábamos la vista arriba, donde el pico El Fraile nos esperaba, la cumbre más alta del Nevado de Toluca, sentíamos que todo era posible. Los pies entonces se aligeraban y sin pensarlo comenzábamos a movernos todos, desde los pies hasta los neurotransmisores que son responsables de la felicidad. Éramos felices.

Al fondo, el Pico El Fraile

Al fondo, el Pico El Fraile

Yo estaba viviendo un sueño, yo que mucho he soñado. Pero cada uno de nosotros, un grupo de quince personas, traía a cuestas sus propias ilusiones, metas, deseos, sueños… en las laderas de los peñones, arenales de diversos colores hacían franjas como arcoíris, mientras abajo, las lagunas del Nevado reflejaban todos esos matices del paisaje. “Yo que tanto lo había soñado, descubrí algo más bello de lo que pude imaginar”.

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Flavio y Tina nos guían, con piernas fuertes, por entre rocas y gravas, sobre las losas finas, y nos hacen tocar una cima, que en ese momento se antoja la cresta del mundo. El aire golpea fuerte, nos apegamos más a nuestros rompevientos, y nos compartimos, entre risas y fotos, los sándwiches de alguien y el té de coca de Flavio que nos va a hacer resistentes. Abrazamos la piedra cumbre como antes abrazamos el camino. Ante nuestros ojos, ese sistema de escarpados, laderas, bosques, lagunas multicolores se revela y no podemos parar de mirar. He sacado 40 fotos casi iguales, porque tengo la sensación de que es un espectáculo irrepetible y se me va a ir más pronto que tarde.

El Nevado de Toluca

El Nevado de Toluca

Arriba, sin embargo, lo que impera, a pesar del grupo, es la paz. Esa paz infinita que te regala la montaña y te hace grande. Esa paz que te va a permitir vivir los siguientes días o semanas, hasta la próxima aventura.

Cumbre en el Nevado de Toluca

Cumbre en el Nevado de Toluca

El regreso es una procesión de humanos cuasi arrastrándose por la grava floja que se desliza bajo los tenis o las botas de viajero. Las piernas deben tomar su forma más concreta para resistir el descenso, al final del cual nos esperan las orillas acuosas y coloridas. Tanto se ruedan las rocas pequeñas y piedras bajo nuestros talones, que tengo la sensación de estar cambiando la geografía de la montaña. Pienso, ¿si miles de viajeros no hubieran caminado estas laderas, cuán diferente serían sus parajes? No tengo respuestas. La montaña es como el río, que corre todo el tiempo, que se expone a los vientos, a los tacones de los caminantes, a los tenis de los corredores, a las tormentas y los soles, a la nieves (aunque ahora es verano y no hay blanco a nuestro alrededor). La montaña es un ser vivo cuyo cuerpo se transforma cada día con los sueños de sus exploradores. Nosotros también somos responsables de eso…

Cambiamos la geografía de la montaña

Cambiamos la geografía de la montaña

Conoce más y ve el álbum completo en:

https://www.facebook.com/pg/siguetusinstintosviaja/photos/?tab=album&album_id=1630991270254481

 

Froilán Escobar, de pie, a la par de Eloy Machado, uno de los personajes de la novela, y de Labios, su mujer, en La Habana.

Entrevistas a escritores

“Antes solo escribía poesía en versos, ahora la narro”

Conocí a Froilán, ¿cuándo? Cuando era una niña, seguramente desde el nacimiento, porque él y mi viejo ya llevaban años trabajando juntos, subiendo montañas, ideando libros y pagando castigos injustos. Pero mis recuerdos se remontan a los primeros años de vida, quizás, cuando mi hermano y yo correteábamos por su casa de Subirana y jugábamos con sus hijas postizas. O de los tiempos en que teníamos que estarnos calladitos porque él y mi padre entrevistaban, con una vieja grabadora de cintas, a Freddy Ilanga, el traductor de Swahili del Che en el Congo. Aquellas entrevistas se convertirían en un libro muy importante: El año que estuvimos en ninguna parte, que revelaba la travesía del Che en aquel país africano, y que desplegaría enorme polémica. Aquel libro nos generó no pocos dolores de cabeza a nuestras respectivas familias por la triste decisión de compartirlo con el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, historia nunca revelada pero que marcó duramente nuestros años de Periodo Especial en la isla.

Abolida la infancia, pasado el tiempo, ya emigrante él y en Cuba nosotros, nos volvimos a encontrar una tarde mi padre, Froilán y yo en el Opus Bar del teatro Amadeo Roldán. Yo era una jovencita con aspiraciones de escritora. Ese día me llevaron a conocer a Cintio Vitier y a Fina García Marruz, dos de los más grandes escritores que dio el siglo XX cubano. Así, su recuerdo para mi está ligado a momentos excepcionales.

Hace unos pocos años, envuelta yo también en mis destinos emigrantes, nos reencontramos vía mail, skype y los modernos medios electrónicos. Casi podría asegurar que ese reencuentro cambió mi vida de escritora. Froilán se leyó mis libros y yo me leí sus libros. Nos dedicamos largos ratos de reflexión, de compartir imágenes bellas que nos cruzaban por los ojos y la vida. Froilán recomendó mi novela Bahía de Sal a la editorial española que ahora nos publica a ambos: Ediciones Huso. Y fue de las primeras personas a las que escribí cuando me llamaron del INBA para decirme que mi obra había ganado el Premio Juan Rulfo de primera novela en 2016. ¡Cómo no estarle agradecida! Él fue uno de los primeros que me dijo que era una verdadera escritora, y no ha parado de darme aliento.

Hoy conozco buena parte de su obra. Creo conocerlo un poco más, además de como lejano (en el tiempo) amigo de campañas de mi viejo, como escritor, poeta, artista y como humanista. Confío en sus palabras y abrazo su amistad. Espero que estos poco detalles de una vida rica y compleja le den al lector una idea de ese universo que lo habita y que para mí ha sido un mundo paralelo donde a veces me es muy grato refugiarme.

 

Entrevista con Froilán Escobar

 

Naciste del periodismo y eres un académico, ¿Qué inspira a Froilán?

La poesía y el mundo. Es un viejo sueño que no he parado de soñar. Que viene desde que oía a mi padre leer el Cantar de los cantares o Las mil y una noches. Me buscaba en esas palabras que él leía. Me hechizaban esas palabras que él leía. Las palabras y el mundo crean en mí un ritmo secreto de realidades y resonancias, que engendran un eco y un desciframiento.

 

Tres en una taza es tu última novela publicada. Ahora se comienza a hablar y a escribir sobre algunas épocas de la Cuba revolucionaria, pero tú la ves a través de un cristal diferente, tú inventas un viaje antes del viaje con elementos tan preciosos de la cultura cubana como Lezama Lima. Háblanos de tu sentir.

Tres en una taza es un viaje alucinado por La Habana de los años 70. Una guagua, un ómnibus, recorre la novela, pero no va por las calles sino por dentro de las casas. Metáfora del absurdo que me permite expresar el absurdo de la realidad. Además del personaje central, un joven periodista al que sacan de la prensa, subo al ómnibus a muchos personajes, reales e imaginados. Figuras como la de José Lezama Lima, que asiste a su propio entierro; Guillermo Rosales, al borde ya de su Boarding home; el poeta negro Eloy Machado, que pasó de mendigo a poeta; los trágicos gemelos Yo y Tú, que son el mismo personaje, pero viven escindidos, separados: uno en el pasado y otro en el presente; una mujer de fosforescente belleza que lo llena todo en un momento en que faltaba todo; y un montón más. Con este apretado cúmulo de historias y personajes, busco mostrar lo hermoso y lo terrible de esa década. No oblitero nada. No dejo a nadie fuera. Reúno a los que disienten y a los que chisporrotean por el júbilo. Es un contrapunto proliferante de contrarios. El desastre y la alegría. Solo así podía ser fiel a lo que yo viví. Solo así podía salirme de lo encapsulado, de lo unilateral, para mostrar, a la vez, un mundo donde la realidad perturbadora se mezcla con el delirio hasta el punto de crear dimensiones esquizofrénicas, inesperadas, inquietantes.

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2016/08/tres-en-una-taza/

 

Froilán pinta también. ¿Es un pasatiempos, una necesidad, otra forma de expresarte?

La palabra y la imagen juntan sus vislumbres, atrapo así figuraciones, sentidos que busco.

Tejiendo la historia de su padre. Froilán Escobar. Acrílico sobre lienzo.

Tejiendo la historia de su padre. Froilán Escobar. Acrílico sobre lienzo.

 

¿Cómo escribes? ¿Cuándo? ¿Cuál es la rutina? ¿Qué tipo de escritor crees ser?

Yo diría que mi método es subjuntivo, porque tiene que ver con el deseo: con que mis palabras expresen, así mediante, un querer ir más allá. Vislumbro, adivino, abro un paraguas no para que empiece a llover, sino para empezar a soñar con la lluvia. Practico, mediante las palabras, la taumaturgia. Las palabras son los signos de un misterio.

 

¿Qué viene en camino?

Travesía, una novela que cuenta dos historias de dos personajes: uno llega a España como judío esclavo desde el pasado remoto de Babilonia, y va en esa travesía, a medida que se acerca a los reyes católicos y a Cristóbal Colón, hacia el otro personaje, que también lo busca por otra vía y que también va a su encuentro desde Costa Rica. Es una suerte de anagnórisis que los junta en el tiempo y en la novela.

 

Me dijo un poeta cubano que alguna vez hiciste poemas. ¿Nos podrías compartir alguno? ¿Todavía escribes versos?

Nunca he dejado de escribir poesía. No sé expresarme de otra manera. Antes solo la escribía en versos: ahora la narro. Asumo en mis novelas las formas antes reservadas a lo poético. De cuando en vez, escribo versos. Tengo un poemario inédito: La puerta de los besos.

Aquí te va uno:

La ventana

La ventana ya estaba ahí

colgando como un cuadro más

en la pared.

Cumplía estrictamente sus funciones de ventana

al traernos

por las tardes el mundo.

La ventana ya estaba ahí.

Yo la veía vivir

para que viéramos.

Era mucho más que un sueño

con paisajes nunca vistos de mujer.

Un pájaro anidaba allá lejos

sobre el oscuro dintel del horizonte.

Habría que regalarle ventanas a la gente.

Cómo hay azul afuera

apoyándose sobre tu hombro.

Cómo hay también estalactitas tuyas

que convidan a la inocencia,

y al que huye por aquel lado

donde una vez pasaste.

Nada es comparable a mirar desde aquí

el árbol que da sombra a tu rostro.

Yo dibujo los techos de las casas

y después las habito con mis manos

del cielo para arriba.

Aún quedan joyas,

el naipe se encabrita

cuando trae sobre tus ancas

nuestra suerte.

Cada vez que me asomo veo venir

tus pasos seguidos de una columna dórica.

Por aquel camino viene el día.

Asómate para que veas.

Esta ventana da incluso al cementerio,

da al bosque aquel que fue nuestro una vez.

Esta ventana me acompaña siempre.

Sin ella nada sabría de las noches.

Sin ella la vida sería invisible para mí.

No te quedes sola con el cielo.

Asómate conmigo

para que veas sobre el polvo

la huella que dejan nuestros pies.

 

Las futuras generaciones de escritores “diletantes” tienen una pregunta eterna para los escritores “profesionales”; ¿Qué hay que tener para llegar a ser uno de ellos?

Querer hacer.

 

¿Martí a flor de labios es uno de tus primeros libros. Muchos años después, vuelves a la figura de Martí ¿Qué buscas?

Tocar al ser humano, acercarme al hombre metido hasta el corazón en sus circunstancias.

 

Cuba, luego Costa Rica… ¿Qué cambia en tu propia travesía y qué nunca cambia?

Antes estaba parado en una isla, ahora estoy parado en el planeta. Antes y ahora, sigo viendo en el cielo cómo la nebulosa de Orión, luego de un estallido descomunal, se convierte en mariposa.

Nebulosa de Orión

Nebulosa de Orión

Muelle solitario al atardecer

Cuentos del conde

VIAJES

Tomado de A propósito de san Juan y otras miniaturas

El capitán dio la orden. Levaron anclas sin dejar de mirar las cadenas chorreantes; largos trozos de algas lagrimeaban enredados en los eslabones. La tripulación tenía prohibido despedirse. El Golondrina ondeó majestuoso sus velas y, contoneándose, zarpó cuando empezaba la lluvia.

El viejo capitán agitó su pañuelo empapado y luego se alejó tierra adentro, arrastrando los pies cansados en los sucios tablones del muelle.