A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Portada El otro Damian

La letra del escriba

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

(Tomado del libro: El otro Damian, cortesía del autor)*

 

escucha llegar la madrugada

como se escucha esa llave del baño descompuesta

que no deja de llorar

La madrugada entra

lo mismo que la mirada por el ojo de la cerradura

Lo ve como una causa perdida,

una alimaña acorralada, a contrapelo del sueño,

a merced de sus garras

Lo sorprende adolorido

esperándola/soñando huir de ella

El llanto lo despierta sin percatarse

El barro del amanecer no lo deja respirar

 

Se imagina la estática del televisor

aún suspendida en el cuarto,

las voces de fondo

de una multitud en silencio,

el vestigio de unos perros que ladran,

apagándose

conforme se apaga también la oscuridad

Ahí

en esa trinchera, cansado,

bulímico de sueño,

ahora que tarde o temprano es de día

 

(El deseo es una gotera en la cabeza,

que no se repara y lo inunda todo

El remordimiento es un coyote,

una ciudad que no duerme

El amanecer, un timbre

que no puede retractarse de sonar)

 

***

Pensalo bien, así es la vida:

No importa cuánto apretés los ojos para dormirte

y te escondás bajo las sábanas,

las manos de la realidad

igual te jalarán los pies

al llegar la madrugada

 

* Rodrigo Zúñiga nació en Pococí (Limón, Costa Rica) en 1982. Es escritor, psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. Perteneció al Taller Literario Poiesis de 2009 al 2014. En el 2013, su poemario Souvenirs y noticias de amor obtuvo el primer lugar en el Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos poemarios: Deshojar el reloj (EUNED, 2013) y El otro Damián (EUNED, 2016).

EL ECLECTICISMO- IMPERIO ROMANO

La letra del escriba

VERDADES AL POR MENOR

Del eclecticismo de que yo hablo o deseo hablar no es ese…

No es de anudar o empatar tres o cuatro bagatelas diferentes y hacerlas pasar por un producto de alta calidad, acabado de salir de fábrica, del horno caliente de la moda, ni es declaración con ribetes dorados, o aparato de última tecnología pero que eventualmente en poco demuestra que cojea de alguna parte y las piezas de repuesto hay que ir a comprarlas en Hong Kong.

Tampoco consiste en ningún imposible eclecticismo escolástico y pedagógico, que se repite y enseña y se niega y contradice a sí mismo.

Serían definiciones adversas, equivocadas, reduccionistas, de pasa y corre, quizás aprisionada en libros de poca valía o en libelos. O divertimentos. O para tertulias de entre semanas.

Hablo de un eclecticismo de alcurnia humanista, científico y ético, siempre en proceso, comunicante, incluyente, estético, con aliento y futuridad, llegado de todas partes, crítico, dialéctico y complejo.

Hablo de esa arquitectura de pensamiento hermoso y grande, abarcador, que opina que no una filosofía ni una religión ni una academia, sino todas, no para ungirla como yugo, sino para reinar sobre ellas. Como dejó dicho José Martí en páginas célebres.

Es más bien aquella de Marx, para empezar, quien, citando a Diderot ilustrado y precursor, y a los sabios de la Ilustración, citando a los renacentistas más ilustres, citando a los griegos antiguos más sabios, con respecto a dudas y certezas sobre cualquier asunto definido de antemano por cualquiera, como si realidad o lo que aludimos como realidad, incluido irrealidad, pudiera simplemente ser definida sin fecha de caducidad y envasarla como aspirinas o meprobamatos.

El modernismo comenzó ya a apuntar a una esencia o procedimiento ecléctico en todos los asuntos, es decir, por idiosincrasia, a reunir varias y muchas escuelas, y cada vez más, sin soslayar ni rechazar sin análisis, tomando experimentalmente lo mejor de cada cual y a su vez sometiendo a dudas hasta las joyas más ilustres y preciadas de la tradición.

Para mí, hoy, es ingenuo y letal creer solo en el todo de una doctrina, porque te convierte irremediablemente en dogmático. El exceso de convicción crea fanatismos.

Lo mejor, en primera instancia, lo óptimo como sistema, es ver donde está lo mejor de todo, en una búsqueda sesgada, que no es instantánea, como en wipidedia, sino en una indagación in profundis, metódica, sistemática, consciente, infatigable, implacable. No con energía de árbitro o fontanero sino de descubridor y creador que no aspira a lindes inmediatas o indestructibles.

Ese es el espíritu, en verdad, de la ejemplar y gran doctrina humana del conocimiento, desde tiempo primitivos, desde Aristóteles y Heráclito y Pitágoras, desde Platón y Sócrates y Demócrito y Avicena, desde Giordano Bruno y Erasmo, y desde antes y siempre, hasta el último descubrimiento de ayer.

Martí lo afirmó, al hablar de Whitman y Emerson, quienes alertaban alguna vez que el universo no es como lo vemos, no es sus apariencias sino también y sobre todo sus esencias, siempre más complicadas e inextricable de lo que a menudo logramos alcanzar o imaginar.

Y que definir algo, cualquier asunto, y apegarse a ello con Cola Loca, resulta escolástica y luego inquisición, fin del debate, divinización de teorías y teóricos. Son verdades luego que utilizamos como centinelas para vigilar transgresores y encerrar pensamientos creadores.

José Lezama Lima, para mencionar a alguien que conocí bien, fue además de un iconoclasta, un ecléctico confeso, porque siendo católico con respecto a la fe, creía también que la mejor religión era la libertad, como lo escribió antes ejemplarmente José Martí.

No es posible ser seguidor puro en nada, al cien por ciento, indudoso, partidario como una roca, inconmovible al pensamiento opuesto o renovador, sin tomar en cuenta tesis, hipótesis, conjeturas y suposiciones de la ciencia, así como opiniones, cálculos, datos, deducciones imprevistas, descubrimientos, invenciones, vengan de donde vengan, porque el conocimiento y la civilización se alimentan de la totalidad de lo pasado y pensado y también de todo lo que cada día aportan ciencias y artes y pensamientos ideológicos, filosóficos, naturalistas, humanistas de antes y después.

Ortodoxia se mantiene adherida de forma inconmovible a una fe o principios originales y no admite cambios. El conflicto fatal e inevitable de la ortodoxia de cualquier procedencia.

El eclecticismo renueva constantemente, toma de cualquiera y de todas las fuentes, analiza, duda, no desdeña nada ni detalles, intuye que las verdades hay que enhebrarlas, con agujas sutiles, y afinarlas constantemente, como a un piano.

Definir es cenizar, dijo un maestro.

Eclecticismo es reajuste constante, modificación, rectificación, actualización, innovación, y todo el gran aparato del intelecto, el conocimiento acumulado, la investigación, la especialización, la inteligencia, nunca sacralizada, a disposición de ciudadano, e individuo y sociedad.

Eclecticismo de gran estirpe y transitoriamente definido e indefinido, hasta la próxima nueva estación, no solo en diccionarios, sino principalmente en la praxis cotidiana, apunta al futuro. Y a la nueva comprensión del pasado.

Es ya, de hecho, la tendencia del pensamiento moderno, trasgresor de géneros, que reescribe constantemente historias, filosofías y ciencias. Las recicla y somete a la práctica y la acción, al análisis sin límites. Y las deja transitoriamente con un brillo novedoso que apunta hacia los rincones más antiguos o los inéditos e insólitos del porvenir.

Albert Einstein fue un ecléctico que con el dogma de Fe creía en Dios, respetadísimo parecer, sin embargo, con uso de ciencia y pensamiento reflexivo descubrió un infinito impensado que se expande de forma constante, repleto de huecos negros, con tiempo y espacios conectados y propensos a la curvatura, con indicios firmes de que nada es simplemente lo que parece ni permanece inmóvil ni un instante. Todo ello muy lejos de lo que los seres humanos y la ciencia calculaba hasta ese día iluminado de la Historia.

No se mueve, pour se move, pero se mueve, dijo Galileo y al parecer siempre será así.

Asuntos, cosas, contenidos, vida y sobrevida, muerte y submundos, resurrecciones, naturaleza, sociedad, universo, son como la definamos finalmente nosotros, hoy (Hoy es siempre todavía, dijo Antonio Machado), en el interior de las consciencias y en nuestros libros, viejo y nuevos.

Y mañana volverá a cambiar, como ya osciló antes y antes y antes, casi infinitamente.

Es el eclecticismo de que hablo y propongo, visión de la complejidad, del mundo indeterminado, evolucionista y relativista, humanista, incluso pos humanista, regado con lágrimas de la plusvalía arrebatadas a la especie humana, el mundo natural y social que se mueve como marea y no podría ser represado, producto de obsolescencias, en definiciones netamente académicas y marchitas, ni en páginas de cualquier libro, por muy empastado y bien ilustrado que se presente a la venta.

Libros cerrados o sagrados y definiciones erróneas o envejecidas contenidas en cualquier texto aun escritos con gran pasión o manos muy célebres y venerables, también a veces son cárceles de las cuales hay que escapar a tiempo.

Al libro se entra, como a la celdilla de un convento, al salón de lectura de una biblioteca que impone silencio, pero luego resulta imprescindible salir transfigurado y con apetencias de recurrentes metamorfosis.

Travis Loui- Miss Mery Olmstead

Cuentos del conde

La llave

T. Arzate

Tomó la llave como siempre. El mismo lugar, vigas viejas rechinantes, humedad salina que pintaba los labios. Abrió la puerta y el olor a viejo le causó cierta melancolía.

No había luz. Los sonidos de la madera y el chillar de la silla que jaló hasta la ventana cortó de tajo la oscuridad; sus ojos punzantes percibían intensos colores verdosos, la vista se acostumbraba a la negrura humeante del cuarto.

Tiró su cuerpo en el asiento mirando por la ventana en forma impasible.

Ella no había llegado.

—¡Descanse, caballero! —dijo una extraña voz con tono de sombra.

—¿Quién anda ahí? —preguntó el joven, asustado.

—Oh, tonto, soy tu compañero de cuarto. Nadie más pudiera ser que tu compañero.

—Disculpe, señor, pero… mi habitación no la comparto, de haber sabido que usted estaba aquí no hubiera entrado.

—No pierdas tiempo. Tal vez se fue mientras discutías y no la volviste a ver.

Se levantó de un salto y le dijo:

—Maldito, cobarde. Aléjese de ella, usted jamás podrá separarnos. Era mía antes de que fuera de usted. Dejémonos de tonterías y peleemos, lo espero afuera. Un desgraciado como usted no es digno de llevar una de mis balas en su cuerpo, pero no puedo permitir que esto siga así.

—Tranquilo… No soy quien tú piensas. Soy lo que tú quieras ser. Demonio cual espectro vaga por la tierra como triste condenado debido a tu causa.

—Exijo que muestre la cara. Cobarde es quien se escuda en las tinieblas.

—Todo a su tiempo, hombre iracundo. Piensas en ella todas las noches. La buscas entre las sábanas y en la cama no encuentras consuelo más que soñándola. Tu error fue haber pensado que ella era diferente; te carcome el corazón y ahora, seco, ya no puedes hacer nada. Cada vez que piensas haberla visto todo se desmorona como un pan duro.

—Si la conoce… ¡Le suplico que me diga dónde está!

—Está en ti.

—Señor, ¡se lo ruego!, dígame y seré capaz de arrastrarme cual perro.

—Pobre muchacho. Tu error fue grande. Ella está casada, tiene hijos y, aunque su esposo sea un imbécil, le pertenece. Te fijaste en la mujer ajena. Mientras piensas en sus caricias, ella está desnudándose frente a él. Mientras la sueñas, ella está pariendo. Mientras la besas en el recuerdo de su imagen, ella piensa en su mascota, que por azares del destino, lleva tu nombre tal vez como recuerdo, como una forma de no olvidarte o por simple burla.

—¿Por qué me habla así? —contestó melancólico—. Muéstrese, ¡lo exijo!

—Me siento tan mal como tú. La única diferencia entre nosotros es que yo no puedo llorar más.

—Déjeme… la extraño tanto.

—¿Todavía no sabes quién soy?

—No.

—¿Qué día es?

—El día de ella.

—¿Quién viene todos los años a esperarla en esta habitación, a la misma hora y el mismo día en que consumaron su amor? ¿Quién creyó en la promesa de que asesinaría a su marido y regresaría un año después a buscarte para ser felices?, ¿Quién más podría ser que la única persona que estaría aquí? ¿Y… todavía no sabes? Sé que eres joven pero no estúpido.

—Eres… ¿yo?

El anciano mostró su cabeza sin pelo, los ojos inundados por una masa blanca mientras sonreía con su boca casi sin dientes.

—Hemos muerto hoy —dijo el anciano con el rostro afligido.

Se tocaron la cara, uno para verlo con el tacto, el otro para imaginarse cómo sería en unos años.

—Antes de morir, pedí saber en qué había fallado y la respuesta está aquí. En esta habitación. En esta fecha. En este lugar. En esta maldita llave. Todos los años me pasaba sufriendo cuando la recordaba. En este día. En este minuto… Ella jamás fue nuestra. Cuando nos enterraron teníamos en la mano, apretando con una fuerza tan endemoniada, esta maldita llave. Pensábamos que algún día ella regresaría. Llegamos a creer que estaba muerta, pero cuando nos enteramos de que estaba por tener su cuarto hijo supimos que era feliz. Se piensa que al haber una tragedia romántica un pedazo de alma del amante se desprende y se queda en ese lugar. Eso nos pasó. ¿Cómo llegar al cielo si no tenemos alma? Ella terminó con nosotros. Con todos nosotros. Ahora solo nos queda consolarnos mutuamente.

Los demás hombres salieron de la oscuridad. Se descifraba por la vestimenta, el cabello y sobre todo la piel, el año del que provenían. Todos gemían con lágrimas en la cara intentando dar consuelo al más cercano. La habitación era un cuarto atemporal lleno de él, del que fue y del que sería. En ese momento alguien, tal vez ella, cerró la puerta con una llave tan pesada como una lápida.

Partes de Guerra

La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.

 

 

gotas-de-agua- ondas

Partes de Guerra

Mundanal ruido

El carrito arrastra tras de sí a un hombre,

Trae mangos, guayabas y torticas,

Maní tostado y en granos,

Y el blando pregón de los recuerdos.

Trae panes de dulce o tamales oaxaqueños,

Compra colchones y equipos electrodomésticos.

 

Un pájaro corta el cielo,

Pero el sonido de su batir es imperceptible,

Los ruidos de ciudad lo acallan.

El camión de la basura retoca campanas,

No hay nadie junto a la sonaja de bronce,

Mientras el taca taca hiere la alborada.

 

Llueve, y retumba el aguacero entre las piedras,

Los infantes chirrían las hamacas en el parque,

Los gritos se levantan en un eco unánime.

En medio de la madrugada calma,

La alarma sísmica atraviesa el mundo,

Se mete al cuerpo, y ensordece la paz.

Froilán Escobar

La letra del escriba

El hombre que fue nadie

El escritor cubano Froilán Escobar escribió su experiencia de lectura sobre el relato de Andrey Araya, titulado En medio de ninguna parte, y que recientemente A4manos publicó en este espacio: 

Para Andrey, por su relato

Tu frente chocó con algo, con algún  pedazo de realidad que te recordaba el peso o la sensación de orfandad que te dejaba en los ojos la noche después de muchos intentos por ver eso que la gente llama estrellas. Porque siempre lo habías intentado. Siempre has tenido esa experiencia, desde que te quedaste solo en aquella penumbra dolorosa, en que no sabías ver el aire porque no habías conocido el jadeo tibio de alguien a tu lado, de alguien que te permitiera agarrarte de algo, de algún pedacito de eso que la gente que no sabe lo que es quedarse en lo oscuro llama luz, de un impulso mínimo, quiero decir, que te  permitiera alargar la mano para tocarle a una persona a tu lado la respiración. Hubo tanto tanteo. Con tus pies. Con tus brazos. Con tus vísceras, incluso. Con tus ojos que los pusiste a ponerse largos de miradas para tener, aunque fuera únicamente un tantico así, la sensación de que había un alguien a tu lado. Ah, qué de cosas. Cuánta estrella extraviada en su luz. Cuánto tu querer llegar a un alguien cercano a ti que hiciera posible ese ansiado acto, que disipara la nada. Hubo hasta intentos de pedir abrazos prestados, ruiditos humanos que te permitieran  caminar bajo la noche en pos de los que pasaban. Porque el mar, que tanto ansiabas tocar, también estaba solo a lo lejos. Ah, que absurdo que haya que buscar la luz en la oscuridad. Buscar presencias donde no estuvo nadie. Buscar caminos donde no hubo pasos. Cómo pedirle al mundo, que anda perdido por la Vía Láctea, que vuelva a venir con la mañana. Cómo carajo pedirle un mendrugo de palabra a tu boca  que haga posible abolir ese vacío donde uno queda cuando no hay nadie a quien quererle, aunque sea de perfil (como intentó Vallejo),  la ternura, aunque sea de soslayo la presencia en un retrato compartido. Hubo tanta noche entonces, tanto todo sin color en aquella penumbra en que te quedaste sin que tú mismo te vieras, sin que pudieras percatarte entonces de que eras un niño cuando te dejaron.

En medio de ninguna parte

Sombras

Cuentos del conde

En medio de ninguna parte

No puedo extraviarme sin camino…

Repito estas palabras que me tranquilizan mientras la penumbra se come los edificios, las calles, las mismas luces de los autos que parecen rendirse ante un peso invisible, a una bifurcación del viento que lo aniquila todo, a un capricho de dios enojado y perdido, como un gran ojo negro que nos observa mientras nos cubre. ¿Nos cubre? ¿Por qué incluyo a los otros? Los incluyo porque en realidad los otros no son nadie y no quiero sentirme solo. No hay nombres que me pertenezcan, nadie a quien pueda convocar porque de todos modos sería inútil (mi propia garganta parece apagarse en este juego de sombras), ni un solo rostro porque ahora no son más que siluetas recortadas contra el vacío. ¿Seré yo también una silueta para ellos? No hay más que un  murmullo, un rumor invisible de gente caminando a mi lado. Pero en realidad no caminan a mi lado, no junto a mí, no hacia mí, no para mí. Un rumor que se confunde con algo que llega desde los años perdidos de esta oscuridad, como si hubiera estado siempre ahí, aguardando a que esta ceguera compartida me obligara a extender los brazos, agitar las manos nerviosamente como si dibujara un pequeño arco en el viento, esperando ese instinto primario y olvidado de asir las cosas al primer contacto… Lo escucho en las cavidades antiguas de mi oído: el sordo chasquido de mil bombillos quemándose al mismo tiempo, como un solitario y último latido; la campanilla ahogada de una máquina sumadora; una computadora que se apaga de pronto, dejando solamente un punto brillante y moribundo en el centro de la pantalla; una tarea inconclusa de oficinista confinado a un edificio muerto; la alfombra de un vendedor ambulante que recoge sus cosas porque ya nadie puede verlas en esta  extinción masiva de la luz.

Palpo, sigo palpando con mi mano temblorosa que se extiende necia entre el frío. Sigo escuchando el murmullo. Pero se ha transformado en  un nombre, uno que no puedo soportar porque este sí me pertenece aunque ahora sea el de una ciudad invisible, una ciudad perdida y devorada por una mancha oscura y líquida que se retuerce en las alcantarillas, en las vitrinas opacas, en los contornos ahora desaparecidos de bulevares exhaustos. Me retumba  en la cabeza con sabor a ocre…

San José

puedo escuchar mientras tropiezo con alguien, con algunos. ¿Será el mismo con el que tropiezo todo el tiempo, el que no puedo ver, el que antes era muchos y diferentes pero que ahora se ha convertido en uno solo por arte de este abismal prodigio en el que nos hemos quedado sin visión, sin esta retina luminosa que antes se llenaba con adoquines, librerías, restaurantes, zapaterías, puteros, policías, bancos, cafeterías, teatros, bares? Y ya que no puedo establecer diferencias con quienes tropiezo, opto por convertirlos en la misma persona, una y otra vez hasta que me convenzo de que no voy hacia ninguna parte. Nunca entendí los puntos cardinales, entonces me guiaba por los edificios y su forma de  cortar la distancia a los cuatro costados de la ciudad. Por eso nunca me sentí perdido aquí, pero afuera era distinto. Fuera de la ciudad, digo, donde no hay líneas rectas ni orillas con paredes a las cuales sujetarse. El campo siempre fue para mí un enigma de contornos difusos y extraños, un espacio de extensión abrumadora donde nunca supe si el camino tenía la milenaria y simple función de llevarte hacia un destino, o, más bien, era el infinito punto medio de ninguna parte. Afuera me sentía inútil, anodino, temeroso, invadido por un terror oceánico que me paralizaba. Y se me hacía tan difícil salir a respirar el aire nuevo entre los árboles, sentir con mi pie desnudo la irregular superficie de la tierra.

Por eso escapé, me escabullí entre el bosque y llegué aquí, hambriento y desarrapado, con la tristeza aún fresca en la frente.

Pero aquí, aun ahora que este apagón abisal parece habérselo comido todo, no me siento perdido, ya lo he dicho. Y no me preocupo porque sé que algún día terminará. La luz siempre vuelve, como todas las cosas, como los autos y las casas y los cuchillos y los semáforos y las calles. Aquí todo vuelve pero no se transforma, tan solo adquiere un tono levemente distinto, como estas gotas de llovizna que ahora rompen la monotonía de esta negritud y transportan el frío como cápsulas endemoniadas. Llegan desde todos los puntos y van hacia todas las direcciones. Chocan en mi rostro como diminutos puñales y empapan mi ropa poco a poco hasta hacerla más pesada. Pienso que esto no es normal. No es normal que  la lluvia salga de todas partes, no solo del cielo, sino de las ventanas, de las calles, de las aceras. Si esta fuera una noche con luz, con la fuerza eléctrica que parece movernos a todos y no solo a las máquinas, podría ver las gotas, identificarlas, medir el destello que reflejan al emprender su viaje desde lo alto hasta morir en los empapados adoquines.

Entonces me inunda este terror olvidado de la niñez, este vértigo que creí haber dejado atrás. Porque siento que la llovizna no es de aquí, es ajena a mi ciudad; vino de otro lado, de allá, de afuera. Apunto con el índice invisible, ese dedo mío que ahora no puedo ver. Apunto hacia algo que no existe, o que quizás se oculta entre la sombra, o quizás, aun peor, sea el culpable de ella. Y en cuanto más crece la crispación temerosa en mi cabeza aterida, más me atacan estas gotas heladas que parecen surgir de todas partes. Siento una gran máscara de agua en mi rostro que quiere ahogarme. Se introduce por mis fosas nasales. Intento no respirar pero es inútil, la llovizna parece tener vida propia. Ahora se mete por mis oídos y estoy demasiado débil para tapármelos. Viene de afuera, ¡lo sé!, viene con el lejano aleteo de la libélula, con el roce del viento en la hojarasca, con la inútil letanía de la abuela, con este insoportable ruido de mar, de orilla infinita, de arena pálida, de una piel morena que gime primeriza cuando estoy entre sus piernas.

No veo nada de esto, pero lo escucho, lo huelo, lo siento en los huesos que ahora se vuelven escarcha. Pero sobre todo escucho la débil voz de la abuela, de mujer con delantal, de matrona, de santos ocultos tras la puerta. La  siento en medio de ataúdes, llamándome, levantando la cabeza y abriendo los ojos mientras me oculto en las piernas de los adultos. Pero me sacudo y pienso que nada de esto puede ser. Es demasiado ridículo, demasiado literario. Debe ser a causa de mis sentidos atrofiados por el apagón, de esta oscuridad que ya ha durado… no sé, horas, minutos. Ya no siento el ataque de la llovizna. Me vuelvo a secar todo por dentro hasta volver a ser parte de un gigantesco cuerpo de gente que no veo pero que sigue ahí, esperando a que todo termine. O, mejor dicho, que empiece de nuevo la luz y su ritual de movimiento perpetuo.

Ahora me siento leve, y una pequeña claridad me ciega. Ha llegado la luz pero no la visión. ¿Será esto posible? ¿Será que ahora me sumerjo en un sueño? ¿Será que todo hasta aquí había sido imaginado? Pienso todo esto mientras la abuela sigue rezando en medio de ninguna parte…

 

 

 

 

 

Cuentos del conde

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

Caminaba con martillo en mano por el patio de mi casa. Llegué hasta el rincón donde descansaba mi perro (un bóxer llamado Hamlet), me agaché para acariciarle el lomo. Fue entonces que descubrí el cadáver, el cuerpo inmóvil de una pulga colgada de un pelo en la oreja del animal. La tomé entre mis dedos y me puse a examinarla. Estaba seca, como si le hubieran chupado la sangre o lo que fuese que tuvieran dentro esos bichos. Por un momento pensé que se trataría de un fenómeno biológicamente normal, que las pulgas se secaban cuando dormían la siesta. Para salir de dudas, le apreté suavemente la cabecita con una paja de escoba; no vi que se moviera. Le busqué el pulso pero no se lo encontré por ningún lado.

Ya había decidido realizar un solemne y rápido funeral tirándola al inodoro, cuando descubrí otro cuerpo a la altura de los cachetes del perro. Eso fue suficiente para alarmarme. Dos muertes en un mismo día, eso descartaba la posibilidad de accidente o suicidio. Empecé a investigar, removiendo cuidadosamente el corto pelo del bóxer. Con lágrimas en los ojos fui encontrando dos, cinco, nueve cadáveres. A cada pasaje de mi dedo descubría más cuerpecitos colgados. Una verdadera catástrofe. Inexplicable. Sin causa aparente. ¿Intoxicación por sangre en mal estado? ¿Rascada feroz por parte de mi perro? ¿Crímenes seriales desatados por una pulga loca?

Por fin, con inocultable alegría, divisé una pulga que caminaba por entre la espesura capilar. La agarré. Se movió sobre mis dedos tambaleando, como borracha, sin poder dar un salto, hasta que tropezó precipitándose al vacío sin decir ni ay. Vi en el espejo de la pared mi propia cara tornarse sombría. Epidemia. La peste negra pulguera. Urgente llevé a Hamlet al veterinario; el tipo lo subió a una camilla, lo revisó, le palpó la panza, le puso un termómetro en la cola (normal, murmuró acariciándose la pera), me interrogó sobre si se rascaba mucho, si vomitaba, si hacía caca blanda, etc., etc., etc. Yo a todo dije que no. Por último, me preguntó qué era entonces lo que le pasaba al perro.

-Al perro nada –contesté-. A las pulgas. ¡Se me mueren, sálvelas doctor!

El veterinario me miró como si yo fuese un canguro rabioso. Se le puso la cara roja y empezó a gritar que si yo no tenía otra cosa que hacer que andar jodiendo a la gente y que mejor me fuera o iba a sacarme a patadas. Ahí pasé a explicarle, sin perder la calma, lo importante que para mí era pulga sana en perro sano y “que no tiene por qué faltarme el respeto porque yo vengo por su consejo profesional y usted tiene la obligación de escucharme porque soy miembro de esta comunidad y…”. De pronto, el veterinario dijo que todo estaba bien, que atendería el caso. Sin duda impresionado por mis ardorosos y justos argumentos había cambiado su actitud negativa. Después de todo, era realmente un caballero. Entonces lo solté del cuello y empezó a examinar el pelaje del animal.

Pasado un rato dijo que posiblemente las pulgas murieron anémicas y me preguntó cada cuánto bañaba al perro. Yo le dije: una vez al año con Sarnol. Movió la cabeza negativamente y recomendó que probase con Baby Johnson y también que masajeara el lomo del perro para mejorar la circulación sanguínea, eso facilitaría la alimentación de las pulgas.

-Vuelva en tres años para ver cómo siguen –dijo despidiéndome desde la puerta.

Fueron meses de sacrificio, levantándome a las cuatro de la mañana para agarrar a Hamlet dormido y meterlo en una palangana con Baby Johnson, masajeándolo hasta despellejarme los dedos, dándole a cada rato vitaminas para la sangre, tejiéndole un sweater para que las pulgas no pasaran frío en invierno. Pero el esfuerzo no fue en vano. Por fin llegó la primavera. Las pulgas desbordaban salud. Fuertes, ágiles, saltarinas. Yo estaba excitado. Fui con Hamlet al patio, -échese- ordené, y él obedeció. El corazón palpitándome con fuerza. Me senté en el piso. Removí el pelo hasta encontrar una pulga. Fue difícil, ya dije que andaban muy ágiles, pero al final la pude cazar. Sentí que me moría de placer. La coloqué cuidadosamente sobre una baldosa, y la reventé de un martillazo. Empecé a buscar una nueva presa, silbando alegremente. Todo volvía a la normalidad.

La guerra

Cuentos del conde

Días de guerra

De libro, A propósito de San Juan y otras miniaturas

 

A diario la podíamos ver llorando en la Sala de Emergencias del Hospital, siempre reconfortando a los heridos. No le daba asco ni temor ver los cuerpos sangrantes que entraban uno tras otro. Siempre procuraba estar ahí para un abrazo, para angustiarse y apretar manos convulsas. Los médicos nos hacíamos de la vista gorda porque no estorbaba con su cuerpo esmirriado.

No sabíamos quién era, nadie le habló nunca: estábamos tan ocupados intentando salvar vidas que, cuando le tocó a ella, pocos reconocimos el rostro enjuto, su cuerpo maltrecho por el bombardeo. Me acerqué y le di la mano, ya no había nada que hacer. —Yo me quedo con ella —me dijo una mujer muy parecida a la moribunda—. Usted vaya a salvar a alguien.

—¿La conoce? —pregunté.

—Sí —dijo con tristeza—. Es mi hermana, pero está loca.

Días después acabó la guerra.

Historia de tres

Cuentos del conde

El breve círculo de tres largas historias

Dos hombres asediaban a una misma mujer. Desde que eran niños. Desde que Juan se detuvo una vez para mirarla a los ojos y Pedro descubrió sus pies desnudos. Ella caminaba por el patio de su casa. Los dos estuvieron pendientes de sus atributos hasta que, siguiendo los pensares y los azares, en esos alargamientos con que el tiempo dobla por las esquinas, produjo un tal vez que dio vueltas y revueltas inclinando la balanza hacia uno y luego hacia el otro. Juan siguió creyendo en la mirada de sus ojos; Pedro aprovechó el caminar de sus pies desnudos por el patio para dejarle caer un papelito en el que, torpemente, con falta de ortografía, la llamaba Mi nobia. El tal vez de la historia tomó entonces un solo camino y después de muchas vueltas y revueltas, Pedro y ella se casaron y tuvieron cuatro hijos. El tiempo pareció bifurcarse: Juan, desde la distancia, continuó amándola; Pedro, desde la cercanía, dejó de amarla. Pero el tal vez producido se alejó por distintos rumbos, se estiró tanto que hasta hizo que se desdoblara la vida con todos sus despuesitos y despueses. Pero, en ese ínterin, por tanto estirarse, llegó a un punto en que, con un trechonazo brusco, se contrajo, se encogió: volvió a atrás, al momento en que ella miró a Juan con la mirada de sus ojos pero fue a acercarse a Pedro con sus pies desnudos. El quizás tuvo otro entonces: Juan fue a buscarla y le habló de su amor por ella poniéndole en el pelo algunas de las flores que caían de la mata de mamey que dividía el patio; Pedro hizo cuanto pudo, hasta tiró una alfombra de palabras para que pasaran sus pies desnudos y, así, en  las muchas vueltas y revueltas del tal vez, se enredó en la mata de mamey, y ella, ahí, se juntó con Juan. Pedro caminó largo su camino sin poder olvidarla. Vivió sus crucialidades hasta ya bien entrada la vejez en que, producto de un tropezón, estuvo a punto de caer yéndose en múltiples pasos para atrás. Fue tanto en retroceso, que fue a dar de bruces al patio por donde caminaba ella con sus pies desnudos. Se levantó de un tirón y, sin fijarse en las magulladuras de la caída, le declaró su amor sin papelito. Volvió a crecer el cielo sobre sus cabezas como la hierba sobre los potreros. Entonces, producto del tal vez, volvieron a cambiar las cosas, y ella y Pedro vivieron el mismo casarse, hicieron el sexo con apuro y tuvieron nuevamente los mismos muchos hijos. Pero duró poco aquel tan largo amor. Pedro tuvo, para mantener aquella prole de bocas, que irse a trabajar lejos. Muy lejos. A otra provincia en los orientes del país. Ella lo esperó con el papelito en la mano y los hijos agarrados del vestido. Ahí el tal vez volvió a dar otro giro brusco y a ella la empezó a merodear un hombre. No se parecía ni a Pedro ni a Juan. No miró sus ojos ni sus pies descalzos. No tuvo que hacerlo. Ella se puso desnuda para que la viera. Para que la viviera. Para que la tuviera. Y cuando el tal vez trajo nuevamente a Juan y a Pedro, ya ella no estaba en el tiempo donde la dejaron. Ya no estaban tampoco el patio ni la mata de mamey, ni el cielo aquel donde el azul crecía como la hierba en los potreros. El tal vez que los reunió con sus vueltas y revueltas se había ido. Y ellos, Pedro y Juan, a pesar de que nada pudo borrarles la mirada de sus ojos ni la blancura de sus pies desnudos, no lograron nunca más que el tal vez los llevara a ella. Ah, a ella, la vida le dio un largo giro sin ningún amor y, al final, en un acto desesperado, no le quedó otra salida que, en un salto de sus pies desnudos y del mirar grande de sus ojos, lanzarse en el hondo abismo de un espejo para, con este acto desesperado, ir a buscarlos, allá donde aún podían verse, borrosos, el patio y la mata de mamey, que agitaba enloquecidamente sus ramas hacia el suelo como si también buscara alcanzar sus raíces.

 

Brigitte Bardot

Cuentos del conde

BRIGITTE

Del libro Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio). Ediciones de La Flor.

 

Recuerdo que al salir del colegio corría hasta mi casa y aprovechando que los viejos casi nunca estaban me tendía sobre la alfombra del living para dar rienda suelta a mi desbocada, afiebrada imaginación. Lo curioso, lo tierno y curioso, es que no me daba por fantasear orgías ni adulterios ni violaciones. No. Lo mío era una historia de amor, una historia donde la protagonista era nada menos que Brigitte Bardot, la gran diosa del cine francés.
La trama se repetía como estampada en celuloide: yo era un joven turista argentino que recorría París; caminaba por la veredita que bordea la orilla derecha del Sena, y al llegar a la altura del Pont des invalides (había aprovechado las clases de Geografía para dotar a mi historia de un máximo de realismo), digo que a la altura de ese conocido puente se detenía junto a mí un imponente Cadillac negro. Yo lo miraba fingiendo sorpresa, simulando curiosidad por saber quién viajaba en su interior. Hasta que el vidrio polarizado de la ventanilla trasera empezaba a bajar con misteriosa lentitud, y poco a poco se descubría el rostro de ella. Hermosa. Tan deslumbrante como en sus películas. Con sus ojazos color Francia.
-¿Qué haces aquí, tan solo, jovencito? –me preguntaba B.B.
-Esperándote –era mi invariable respuesta, que había aprendido de una vieja telenovela.
-¿Quieres subir, moncheri?
Ella abría la puerta. Yo entraba para acomodarme en el mullido asiento, muy cerca de sus mullidos pechos. Brigitte accionaba una botonera sobre su puerta y un vidrio opaco emergía del respaldo delantero aislándonos del chofer.
-Ahora estamos solos –decía ella, sacando de no sé dónde dos copas heladas que desbordaban champagne.
Después de beber, ella me besaba los labios, hurgándome la comisura con su lengua; luego se bajaba un bretel del vestido negro con una sonrisa felina, para enseguida improvisar un lujurioso streap-tease dedicado a mí. Entonces la temperatura subía, parecíamos arder, nos tocábamos, nos sentíamos, y por fin, hacíamos el amor mientras el Cadillac atravesaba a todo orgasmo la arquitectura gloriosa del Arco del Triunfo.
Al paso de los años fui abandonando esa fantasía, como quien empieza a olvidar a su primera novia. Conocí chicas, me enamoré y terminé casándome para formar una familia. De Brigitte no me quedaba ni el recuerdo. Era lógico, cuando uno se sume en el loquero del trabajo y las horas extras para pagar el plasma, el equipo de música, la computadora, el aire acondicionado, las cuotas del coche, etc. etc. etc., bueno, cuando uno entra en la rueda de lo que todos suponen es vivir, ya no queda tiempo para los recuerdos. Ni siquiera para Brigitte.
Sin embargo, algo sucedió hace tres o cuatro noches. Mi esposa y mis hijos salieron rumbo a una celebración familiar a la que me excusé de ir, y quedé en casa, solo. Solo, como cuando era jovencito y volvía corriendo del colegio, solo, la casa desierta y la más sexi de mis fantasías. Y sin siquiera proponérmelo, con los nervios de quien va a reencontrarse con su primer amor, me tendí sobre la alfombra y cerré los ojos, respiré agitadamente y… otra vez caminaba por la orilla del Sena. Otra vez alcanzaba el viejo Pont des Invalides, mi olvidado puente. Busqué ansioso en la calle. Ahí estaba, como después de una larga espera: el Cadillac negro. El vidrio de la ventanilla bajando poco a poco. El rostro de ella, quizás no tan joven como antes, pero eternamente hermoso. Con esos ojazos llenos de ciudad luz.
-Veo que has crecido, moncheri –fue lo primero que dijo Brigitte.
-Ahora soy un hombre –respondí haciéndome el recio.
-Ha pasado mucho tiempo –suspiró ella.
-Es cierto. ¿Me dejás entrar?
-No.
La miré sin entender.
-¿Cómo que no? Se supone que yo ahora entro, tomamos champagne y hacemos el amor.
-No puedo, moncheri. Estoy con el período.
-¿Qué período? Los sueños no tienen período.
-Pero yo no soy un sueño, sino una mujer con la que sueñas.
Fue entonces que perdí la paciencia.
-¡No me vengas con eso! ¡Aquí se hace lo que yo quiero! ¡Esta es mi fantasía!
-Te equivocas. Es nuestra fantasía.
-¿Cómo que nuestra?
Brigitte se pasó una mano por el cabello, delicada, tímidamente sensual, deslizando una onda rubia que había empezado a inquietarle la frente. Luego me miró, como quien se mira en un espejo.
-Hace mucho tiempo –pareció evocar-, cuando tú me soñabas a mí, yo te soñaba a ti. –Su mirada se fue deslizando hacia el río-. En ese entonces mi trabajo de actriz, o peor aún, de estrella, era tan agobiante que no podía o no quería soportarlo. Necesitaba un escape, una fantasía. Y en esa fantasía siempre hacía el amor con un jovencito extranjero –de nuevo sus ojos, ahora cálidos-. Ese jovencito eras tú.
Yo casi no podía creerlo. ¿Brigitte Bardot? ¿La gran B.B. soñando conmigo?
-Pero… entonces –titubeé-. Eso quiere decir que… ¿vos también?
-Yo también.
-¿Me soñaste?
-Y fue hermoso.
-¡Es fantástico! ¡No puedo creerlo! ¡Entonces no es pura paja! ¡Realmente tenemos un romance!
Ella se puso seria.
-Tuvimos –buscó aclarar-. Hace tiempo que lo nuestro ha terminado.
Pero las pérdidas nunca habían sido mi fuerte.
-¿Cómo que terminado? –protesté-. ¡Yo no quiero que se termine! ¿Por qué tiene que terminar?
-Porque ya no estoy para estos trotes, moncheri. Hacer el amor en un coche me hace doler la cintura. Ya no somos jóvenes.
-¡Pero seguís siendo la mujer más hermosa del mundo! Vamos… –insistí, o supliqué-. ¡Una vez más! ¡Aunque sea por última vez!
Hizo un gesto de impaciencia que terminó en un mohín tierno; en seguida uno de sus finos dedos vino a apoyarse sobre mis labios, como pidiéndome cordura.
-Ya no me necesitas –susurró.
-¡Sí que te necesito! ¡Te necesito! ¡Me diste los momentos más ardientes de mi vida! Yo con vos… sentí lo que nunca voy a sentir con ninguna otra mujer.
-Te equivocas otra vez –dijo, usando un tono muy suave, casi maternal-. Lo que sentiste por mí no es más que tu propio deseo.
-¿De qué hablás?
-Es tu sentimiento, y lo puedes sentir otra vez, en cualquier instante, con quien lo desees –hizo un gesto entre pícaro y dulzón-. Aún con tu esposa -añadió.
-No exageres.
-Es la verdad. Si tan sólo te lo permitieras.
Presentí algo de cierto en todo aquello. Pero una parte de mí aún se sentía herida, rechazada.
-Y si no querés hacer el amor conmigo… –dije, resentido-. Entonces… ¿a qué viniste?
Brigitte me buscó los ojos y sonrió con tristeza.
-A saludar a un viejo amigo, moncheri –extendió la mano hasta mi cara y, atrayéndola, me besó en los labios a manera de adiós-. Realmente… veo que has crecido –suspiró, dejando que la ventanilla subiese hasta reflejar mi propia desolada imagen. Luego el Cadillac inició su marcha para perderse lentamente en la bruma parisina.
Imaginé a Brigitte una vez más, recostada en el mullido y solitario asiento del coche, con una copa de champagne a medio tomar, su mirada melancólica sobre las calles de París. “Veo que has crecido”, me había dicho. Y supe que ya nunca la volvería a ver.

Poeta Félix Guerra

Reseñas literarias

Félix Guerra: el invitado al éxtasis de la mirada

El poeta es sin duda el que mira, el que lleva sus ojos a ver. Desde  las Metamorfosis de Ovidio para acá, el poeta ha sido el invitado a verse a sí mismo, a contemplarse en las aguas detentadoras del mundo, sin que —no siempre—, lograra atisbar el mundo. Pero en este trayecto de siglos aprendió a botar la cáscara, a librarse de la erótica seducción con que alguna vez se disfrazó de nenúfar blanco. Dejó de ser el simple merodeador acuático que se contagia con el  inaccesible reflejo que aparece en la fuente. Trastocó la mirada mítica en la búsqueda encarnadora de una conciencia de sí mismo más que en el regodeo de una imagen propia. Esto le permitió desculpabilizarse del error, declararse libre, metamorfosear la soledad de su visión e ir más allá, salir fuera de sí: salir de la locura narcisista, lo cual hizo posible que renaciera como poeta. Fue su salto mayor, porque encontrarse con los demás, fue encontrar nuevamente su voz, saberse parte de un universo humano que se expande, adentrarse por fin en su realidad esencial.

 

Ese tránsito de dos mil años en la poesía de occidente se ha convertido el narcisismo en una mala palabra. Sin embargo, Félix Guerra, en el poemario El invitado soy yo, lo asume y resume de un plumazo, reivindicando así, sin complejos, el acto de la creación de apariencias como fundamento necesario del arte. Qué alivio, la poesía existe. Desde el primer poema, El invitado… no tiene a menos reconocer que viene de ahí, de esa agua discursiva, de esa imagen huidiza que, en su caída, luego de una extraña resurrección, se metamorfoseó  en la flor.

 

                        nací

de una silenciosa flor,

de pausadas cáscaras

oscuras: en cada derrumbe descubrí

recientes huesos míos creciendo

entre las ruinas, como hojas

de paisaje todavía

sin árbol primordial.

 

Solo que la fuente a la que él ha sido invitado, no es aquí punto a donde se llega, sino impulso primigenio del cual se parte en este libro extraordinario, dador de hermosura. Félix parte de esa mirada que él recupera y trasciende. La hace suya. Pero, al mismo tiempo, hace algo inusitado: convoca a todas las miradas.  Como no siente vergüenza de ninguna, ensancha con la hereje la pupila, mira incluso a contracorriente, vuelve atento el ojo, como antes Valéry, Gide, Mallarmé, a las delicias introspectivas del inagotable Yo, para llegar, en apoteosis, a ese fuera con el cual, en tanto que ve, establece un fructífero intercambio, y en tanto que le posibilita verse, entraña el reconocimiento de que el otro (o la otra) es la representación de sí mismo.

 

       Cuesta

admitirme como soy.

Sin el espejo no veo la nariz, que

desvía al sur. No veo el Sur

justo cuando cruza sobre el eje de mi cuerpo.

Un ojo no ve el ojo hermano compañero.

 

Intercambio. Apasionado trasiego de lo visible y lo invisible. Asume la mirada sin ningún tipo de remilgos,  pues tal éxtasis le concede la gracia de salir al yo, al tú o al universo “con un proyecto de pulmón ajeno”. Es decir, valiéndose del otro, va, realizado, “en busca de suspiros propios”. Para él no hay culpa ni engaño. Su poesía no se debate entre la verdad y la representación de ese reflejo originario. Lo que está delante, invitándolo, es el mundo, que le permite, por un lado, gozar de la soledad y, por otro, de la compañía de todos los seres y cosas que pueblan el planeta. Y como para que no quede ningún rescoldo de ambigüedad, en el poema “Por si llegara”, lo declara categóricamente.

 

Soy parte, pues, de algo

considerablemente mayor. Cambio del

yo al tú y además movimientos de

alfiles por una diagonal.

 

No hay fronteras. Es un vaivén. Cada poema es un ir y venir por el hallazgo. La palabra rivaliza con el ojo cuando se realiza el paso de lo interior a lo exterior, o viceversa. Félix mira con la palabra, oye, hace guiños, salta, la pone a reír, a darse prisa, a cantar entre sus dedos, le pone zapatos para que camine a paso lento, anteojos para que le ponga más rápido asunto al mundo o para que, en apretada sinopsis poética, como si hiciera un zoom, alcance la plenitud por medio del humor:

 

Son rirriquísimas

las tototortas

del tartamudo.

 

O mediante sutiles paradojas:

 

Para cada abismo

un bastón diferente

de candor

 

O con  furiosas antítesis:

 

A menudo ella es más rápida

con el puñal

que yo con las heridas.

 

Son jalones de una identidad mayor. Con ellos desafía la condena con que acaba el mito de Ovidio y los valores consagrados. No hay dudas de que, como otrora Narciso se asomara a la fuente, Félix Guerra se asoma a la palabra con el fin de dar el paso completo de la mirada a la forma.

 

En el líquido percibí

imágenes que deletreaban:

aquí escribieron

río

con  agua muy larga.

 

Café de Buenos Aires

Cuentos del conde

Vieja fotografía

Esta esquina es una entrañable conocida. Sencillos y sobrios los grandes ventanales dejan pasar la luz que da el sentido antiguo de las paredes del café, recubiertas de madera. La certeza viene con aire mediterráneo. El dios que profesa su melancolía es de un puerto del sur; adentro la sensación vital es la queja, la protesta; es espera, música que ya nadie entiende. Aroma la tarde a tabaco cuando entro y miro al hombre que espera sin saber quién soy. Es la tercera o cuarta vez que lo veo ahí; que, de alguna manera, intento el encuentro que, bien lo sé, no ocurrirá. Pero está ahí, supongo que mi rostro ya le será familiar por repetición, habitué del barrio salobre del silencio, es decir, de la ausencia.

Aunque hoy tampoco lo haré, es la tercera o cuarta vez que intento acercarme para decirle: disculpe señor, usted no me conoce, soy Jorge Morán, quisiera hablarle de los días y los años; de los amores  y la soledad que los marca. Sí, yo lo sé, usted no sabe quién soy y piensa que soy un intruso. No lo dude, lo soy. Solo que… para mi es usted una especie de mito, de cercanía en la nebulosa de lo que a veces no es. Cómo decirle: amo a su hija y, por añadidura, para mí usted es importante.

—Somos, a veces, inquilinos de la misma infamia; de la misma histórica rabia que se desboca apresurada al arribo de la noche. Somos una prolongación de la pérdida que por destino se prolonga. No señor, no por favor, no estoy loco. No se alarme, solo quiero compartir con usted esta sensación de frustración incesante.

Su mirada, se convierte, de pronto, en cobijo compasivo. Él sabía que yo necesitaba hablar con él. Y lo hice. La suavidad de su gesto me ofrece una dulce misericordia porque, en realidad, me considera uno de tantos delirantes.

Parece enterarse de lo que digo. Su rostro comienza a volverse un tigre solitario, melancólico, irritado. Los dedos de la mano, tensos, sostienen una fotografía de colores viejos, desgastada. La observa con ternura que limita casi en la lágrima. Por momentos sus ojos son los del tigre.

—Retírese, por favor, señor. —me dijo. Quiero estar solo. No sé de qué me habla y la verdad no tengo humor para sinsentidos. Con una mano acariciaba la foto boca abajo. Con la otra se apretaba la frente.

Mudo por la contundencia con que me largó, caminé entre las mesas del café. Aturdido. Ya en la calle debí tomar camino hacia otra parte, pero volví sobre mis pasos. Es decir, recorrí por fuera las ventanas del café. El hombre adusto extendía su mano frenéticamente, con el pedazo de papel pegado al vidrio, ese papel que antes acariciaba. Desde la fotografía una niña me miraba. Asustado, sin saber qué hacer caminé unos metros. No podía regresar, ni siquiera voltear. De pronto el sonido estruendoso de un cristal roto. Una parvada de gorriones cambió el rumbo cuando el cielo rompió en un sonido estrepitoso. Un tigre rugía anunciando la lluvia.

 

Niño

La letra del escriba

Los regalos rotos

Conocí mi torpeza cuando iba apenas,
cuando iba ya en segundo de primaria.
Nuestro maestro decidió que para el día de las madres
no haríamos lo usual: comprar palillos de colores
y pegarlos sobre una matriz que representaba
una casita en el bosque, o urdir una pulserita de cuentas.
No, en el salón íbamos a hacer una canasta de cartón
trazada, cortada y pegada con nuestras propias manos,
y luego la llenaríamos de dulces comprados con dinero
escatimado a nuestros domingos.

 

Con dificultades copié las líneas que el maestro
iba trazando en la pizarra. Luego iluminé esmeradamente los espacios
entre las rayas y dibujé unas flores rojas que sobre el fondo amarillo
debían brillar como botones en medio de un pastizal.
Recorté con titubeos los bordes elusivos y emprendí la senda
de los dobleces que insistían en evitar la línea recta.

 

No recuerdo si pensaba en mi madre mientras lo hacía,
en su obstinada afirmación de la vida desde las trincheras
domésticas. Ignoraba yo entonces que no amaba a mi padre
y el amor de su vida la había engañado ocultándole
un matrimonio inconcluso. Tampoco sabía que mis abuelos
la habían convertido en reclusa y que tuvo guardianes
y chaperones durante meses hasta que al fin
aquel dolor pasó como un náufrago que cede ante lo inevitable
y se sumerge en la oscuridad de algún océano.
De haber sabido aquello acaso habría entendido
las migrañas de mi madre, sus vehemencias súbitas,
por qué parecía enojarse sin causa aparente.

 

En el salón de clases preparamos el engrudo
para pegar los bordes de la canasta materna.
La mía semejaba una barcaza china
que hubiera sido alcanzada por un rayo
y estuviera a punto de hundirse. Con cuidado
puse el toque final: el asa para que una mano
levantara delicadamente su regalo mientras la otra
pescaba un dulce entre el índice y el pulgar.

 

Después la llené con lo que había comprado
en la tienda de la esquina y la custodié camino a casa
como un relicario frágil que guardara los huesecillos
de algún santo. A duras penas sobrevivió aquello
a los traqueteos del trayecto y finalmente,
mochila al hombro y suéter enlazado en la cintura,
en el calor incomparable de los nueve años le di a mi madre
su canasta y me puse a llorar ante mis desastrados esfuerzos.
Eso la conmovió más que cualquier regalo y me abrazó
dulcemente, como poco lo hacía.

 

Medio siglo después y ya muriendo
mi madre recordaba a aquel hombre que conoció
cuando trabajaba en una papelería del centro,
y se preguntaba cómo habría sido su vida
si hubiera tenido el valor de seguirlo.
Ante ese pensamiento, que no sólo negaba a mi padre,
sino a mí mismo y a mis hermanas, yo guardaba silencio,
y acariciaba su pelo con los mismos dedos torpes
de los regalos rotos.