A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

ontse Ordoñez presenta Luz en la piel de Gabriela Guerra

Partes de Guerra

Una poeta que me habla: Montse Ordóñez sobre mi “Luz en la piel”

En el mes de septiembre tuve el gozo de presentar en Barcelona mi más reciente novela: Luz en la piel. Cinco voces de mujer. Allá, en la librería Documenta, una poeta extraordinaria, Montse Ordóñez, me recibió para hablar de mi novela y de esto que es el derecho a ser mujer y a ser mujer en el siglo XXI. A continuación les comparto las palabras que Montse escribió y dijo, una apertura con la que me quedo siempre adentro: “Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que…”.

Presentación Montse Ordóñez: Luz en la piel, de Gabriela Guerra Rey

Gabriela Guerra visita de nuevo Barcelona y en esta ocasión nos trae una novela en la que la emoción palpita en los márgenes a través de las historias de cinco mujeres que a día de hoy aún andan buscando su lugar e identidad en el mundo. Esta es una novela escrita por una mujer dirigida a ambos sexos, a la mujer porque sirve en ocasiones de espejo y al hombre porque ofrece una visión que él mismo, en muchas ocasiones, desconoce, el sentir emocional de la mujer. Aquí no hay vencedores ni vencidos, hay solo víctimas de unas sociedades que arrastran el atraso de los siglos. La condición humana tal parece condenada a no entenderse entre ambos sexos. El papel de la mujer tan traído y tan llevado en estos tiempos, es el que es, y dar a conocer la miseria de la entraña femenina es también una manera de alzar la voz, de gritar un basta. De renacer y volver a crear un camino. Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que solo ponen el foco en el grito del que clama y dice basta.

 

Montse Ordóñez, Barcelona 1974. Gestora cultural. Creadora del proyecto cultural Cuban Rapshody, donde se aglutinan varias disciplinas artísticas y literarias de la cultura cubana. En 2013 colabora junto al fotógrafo David Pujadó en la edición de la exposición “Fotografiant Gil de Biedma” que se realiza en la Biblioteca de Terrasa, Barcelona, que posteriormente se expone en el Instituto Cervantes de Belgrado. Colabora en la edición y prólogo del libro de Ariel B. Acosta, La balada de los suicidas, publicado en USA por Eriginal Books. En 2014, colabora en la edición y prólogo del libro del poeta cubano Delfín Prats, El esplendor de las palabras, publicado en España por Ediciones Cumbres. En 2015, presenta dos lineas editoriales en el CCE de Miami, USA. En 2016, imparte un taller de poesía y narrativa en Barcelona e impulsa el proyecto de la Libroterapia.

 

La hormiga y el grillo

La letra del escriba

Un verso de Esopo

Como un mar de terracota que se mece con el viento,

va y viene la hojarasca al capricho de su aliento.

Los desnudos centinelas con nostalgia las observan

a las hojas que eran suyas en los días de otros tiempos.

 

Sufre el grillo aterido mientras canta a las hormigas,

ellas miran desde un hueco todas juntas compungidas;

“cuando parta el otoño y le dé paso al invierno,

ese necio, finalmente, entenderá lo del esfuerzo”.

 

“Pobrecitas, todas ellas, hacinadas en su encierro”,

piensa el grillo mientras tiembla y se pierde en el recuerdo

de aquel día, en primavera, de su trance embelesado

por los visos del plumaje de un colibrí colirrayado. 

 

Largos meses concluyeron, salen todas del cimiento.

Las obreras ya se atienen a juntar el alimento.

Una interminable  caravana de frutos y ramitas

que acarrean diligentes sus pequeñas cabecitas.   

 

Una hormiga recelosa deja a un lado su cosecha.

Se echa a andar por los senderos, nunca dobla a la derecha.

Ya no aguanta esos veranos de absurdo conventillo,

solo quiere honrar la vida y cantar como aquel grillo.

 

Un cuento que me contaron en la escuela-Luciano Walter. Foto tomada de internet.

La letra del escriba

Un cuento que me enseñaron en la escuela

Él hizo, a instancias de su padre, de su tumba un cenotafio,

ascendiendo y confirmando, para asombro de todos, su presagio.

 

Si lo oyes, desconfiado, atacado de escepticismo y te suena a ficción;

no lo dudes, compañero; él, aquel barbudo, te fundó una religión.

 

Me pregunto atribulado y perplejo, a riesgo de que me traten de pendejo

¿No podría este loco lindo, se me ocurre, haberse salvado el pellejo?

 

No se ofusquen, no me agredan, ni me acusen de ingrato

pero creer en estos cuentos; che, amigo, se me hace de novato.

 

Más aún si en la teoría, el pobre de José nunca la tocó a María.

Si esto a tu madre le hubiera pasado, dime, ¿quién carajo le creería?

 

Los más raro es verlo a Pancho, vistiendo de blanco,  siempre tan ufano.

Mil abusos condenando, muy orondo, en su pequeño trono del Vaticano.

 

Como si sus largas y aburridas peroratas enfermas de ceguera,

fueran a rescatar a todas aquellas brujitas que quemaron en la hoguera.

 

Mientras tanto, en su parroquia, el cura cumple con el ancestral rito:

“¡Che, purrete! Basta de lágrimas, hacedme caso ¡y tocadme el pajarito!”.

 

 

La letra del escriba

Oda a las mujeres que no

(Tomado del poemario Venus en Acuario, Kintsugi Editora, 2016).

 

Eso que te quiera decir como bailar,
de lo que te rías;
que si te ponés la pollera
corta, el jean
ajustado
o la remera muy
apretadita.

Ley 26.485, Marie Gouric

 

 

Linda,

sin saber

elegiste un guardián

que guarde la llave de

esa cueva que

no te atrevés

a morar.

 

Venerás a ese varón.

 

Entonces: la pertenencia.

 

Como si solo a través de

un varón puente

lograras alcanzar

el ansiado placer

sexual.

 

Ya sé que mamá dijo que

la mano de ahí

saqués.

¡Y si hoy

te tocás

de una vez!

Animate a frotar

ese borde que,

a pesar de

propio

solo ofrecés a alguien más.

 

Enarbolemos la paja

femenina.

 

Hacéte cargo de

tu fisiología.

Que el chico venga

solo si

te fascina.

Nada de

necesitar que

te cojan, che.

 

Quiero,

como Evita con el voto

y con el Papanicolaou, Tita

perdurar en la memoria

como la que

alentó la

masturbación masiva de mujeres,

el amor libre,

el sexo porque sí,

porque se me antoja.

 

Hoy

con vos,

 

hoy

con vos,

 

hoy

con vos.

 

Y así.

 

Claudia Sobico, Pcia de Buenos Aires, Argentina, 1973. Actualmente escribe para FRACTURA, suplemento literario de la Agencia Paco Urondo; integra INSURRECTA, concierto poético en vivo a cuatro voces, y es miembro de la colectiva feminista de escritoras, nP (Nosotras Proponemos – Literatura). Es autora también de La Grafa, (Alto Pogo, 2015) (nouvelle).

 

El campo de batalla

Cuentos del conde

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

OTROS CUENTOS DE EDUARDO GOLDMAN:

BRIGITTE

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

MARCELO RUBIO PRESENTA LO QUE TRAE LA NIEBLA

Reseñas literarias

“Lo que trae la niebla” o el campeón que no quiere la corona

Marcelo Rubio, argentino, conductor del programa radial Kriminal Mambo, AM350, autor de varios libros de cuentos, presentó su primera novela el pasado mes de junio, publicada por Indómita Luz. La historia está atravesada por la política, el humor delirante y una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. Fractura, suplemento literario de APU, estuvo presente en el lanzamiento. Esta crónica se publicó originalmente en www.agenciapacourondo.com.ar, escrita por Claudia Sobico, y hoy ambos, la agencia y Claudia, lo comparten con A4manos. Y A4manos lo comparte con sus lectores porque es un relato que hay que leer, sobre una novela que hay que leer: LO QUE TRAE LA NIEBLA.

 

 

Lo que trae la niebla

Lo que trae la niebla

 

La cita fue el 16 de junio a las 21 en El Emergente Bar Cultural, ubicado en Gallo 333. Llego diez minutos tarde. Una pareja amiga me recibe con una sonrisa y un tinto en la mano a modo de festejo por adelantado. Sigo caminando, se suman los abrazos, somos varios. Encuentro a Marcelo Rubio y a modo de saludo me muestra su bufanda verde a tono con la camisa, marca de su elegancia y sensibilidad ajustada a lo que acontece en este invierno verde de nuestro país. Yo llevo el pañuelo atado a mi cartera. Reímos cómplices.

Marcelo está a punto de presentar Lo que trae la niebla, su primera novela.  Entramos. Hay una mesita pegada a la puerta con el libro en venta y ejemplares rojos de Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me gusta. Hay mucha gente y me cuesta avanzar. Sobre el escenario el micrófono luce tres banderas, la del aborto, la del orgullo y la de la lucha contra el cierre de los profesorados. Banderas como marco a las voces que se alzarán en unos minutos. Detrás, un contrabajo y un teclado.

La lectura de los primeros párrafos de la novela abre la velada. Escuchamos sobre Oscar Raimondi, periodista de “Segundos afuera” quien acepta “sin rezongar” cualquier tipo de cobertura por temor a ser uno más en la oleada de despidos. Esta vez lo mandan a un pueblo lejano a entrevistar a Ruiz, un boxeador que abandona una pelea a punto de vencer a Muhammad Alí hace ¡cuarenta años!

Después llegan las voces que presentan, más lecturas y música, todo como un coro que dirige Rubio con su dedo índice cuan director de orquesta, con la misma simpleza y precisión con que escribe su obra. El escritor Diego Meret dice: “Con Lo que trae la niebla, el autor practica la concentración y una determinada modestia que creo es también para Marcelo una metodología de trabajo. Si bien su prosa es rítmica y trabajada, se nota en el texto la presencia de una modestia que no es pose, porque tampoco hay alarde. Es una simpleza natural, una forma de escribir que acaba formando lo que podemos llamar un estilo propio y con el golpe de un escritor de verdad”.

Nuestro protagonista, Raimondi, es también un periodista “de verdad”. Desde el momento en que sale a la ruta con su Renault precario se centra en la tarea y lucha contra esa niebla que no le permite siquiera encontrar a Ruiz. ¿Hay complicidad entre la gente del pueblo de Laguna Profunda? ¿Qué le ocultan? ¿Qué pasó con el agua? ¿Cuándo viene el barco?  ¿Se burlan de él acaso?

La escritora Silvina Gruppo cuenta algunas de las contingencias que tendrá que atravesar Raimondi: “No hay laguna, ni Internet, ni señal de teléfono, ni agua, ni alimento que no sea a base de conejo, ni dinero, claro. Los oficios originales de ese pueblo fueron mutando. Por ejemplo, el periodista pide un remís y cuando sale a la puerta del hotel, está el patrullero y el comisario se presenta y le dice que bueno, que la cosa está difícil, que suba nomás, que está haciendo una changa con el móvil. Y así pasa con todos, la bruja ahora hace artesanías, la puta mantiene una jardinería de cotillón, los cazadores perdieron la licencia y nuestro periodista, no le queda otra, en lugar de investigar a Ruiz, se vuelve el narrador de esta historia”.

Lo que trae la niebla planta ya en el primer párrafo, lo que atravesará toda la novela: humor delirante y al mismo tiempo, una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. “Voy a confesar que la risa que se me dibujaba mientras leía era amarga. Sabía que me reía por el absurdo mismo al que nos obliga la supervivencia. En el uso de esta risa rancia, Marcelo construye una novela fuertemente política que exhibe e interpela la realidad cíclica de crisis que vivimos en Argentina”, expresa Gruppo.

Después el editor Iván Ardiles describe a la editorial que tiene un costado  político potente. No es casual que Rubio haya elegido publicar su libro por Indómita Luz, editorial que forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular.

Marcelo cierra la velada con agradecimientos y la promesa de no silenciar la voz nunca. “No vamos a callarnos”, dice. Siguen los aplausos, la firma de ejemplares, la foto grupal, más abrazos y una cena que nos tendrá compartiendo charlas y risas en una pizzería de Corrientes hasta muy tarde. Nadie parece tener ganas de irse aunque haga frío y nos envuelva la niebla.

Biografía:

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempoNueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN:

http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/lo-que-trae-la-niebla-o-el-campeon-que-no-quiere-la-corona

 

Luciano Mención Especial I Concurso de poesía Revista Qu

La letra del escriba

La Reina del Plata

 

Buenos Aires no se jacta de su gente,
alienada del trajín de la ciudad.
No se escuchan bandoneones en Abasto
ni hay peleas en el viejo Luna Park.

El gringaje marca el paso en la milonga
y no sacude un firulete El Cachafaz.
Leguizamo ya no cruza más el disco
y en el palco no hace a Carlos delirar.

Por las calles despobladas de la noche,
voy en busca de aquel mítico lugar.
Soy el sueño recurrente de la Reina,
un espectro con perfume de arrabal.

 

 

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Hoy A4manos comparte el sueño de un hombre que ama y vive la literatura y la poesía desde lo hondo de sus entrañas: Luciano Walter. Su poema La Reina del Plata resultó Mención Especial en el I Concurso de Poesía de la revista QU, Buenos Aires, Argentina, 1ro de septiembre de 2018.

Cuentos del conde

Ginger no baila con Fred

Te habían enviado a trabajar ya no recuerdo a dónde (eso también lo quemé entre tantas otras cosas).  La paga apenas daba para un hotel cuyo mayor mérito era tener luz hasta las diez de la noche, luego decías que para leer o escribir tenías que encender velas. Nunca me contaste si entre esas líneas imaginabas mi sonrisa o si en las sombras que argumentaban las velas podías verme estirar los brazos para abrazarte.

No podías desayunar allí, ese era otro verbo que aquel hotel no conjugaba. (¡Cómo reía cuando leía eso!). Entonces, creo recordar, salías temprano rumbo a la estación de tren, acomodabas la valija con todo el material a tu lado y en un bar del andén pedías el primer café del día. Estoy segura de que lo revolvías con esa paciencia que solo conocí en vos. ¿Ahí fue que escribiste aquel poema? Trozos de tu alma decías que contenía, al menos así lo contabas en la carta que lo trajo.

Estaba escrito en una servilleta de bar, de esas que se pliegan en tres y se meten en servilleteros plásticos. Cuánto esfuerzo para que tu lapicera no rasgara el papel. (Un esfuerzo que no tuviste conmigo). Si los poetas supieran que los fuegos encendidos por las palabras pueden terminar incendiando la propia obra, quizá tendrían más decoro al escribir.

A mí, en esos años, sólo me importaba esperar la llegada del cartero. (Ahora soy yo la que no conjuga ninguno de esos verbos, como otros tantos). Cuando tu letra prolija golpeaba mi buzón, me escurría hasta el cuarto, para leerte. Egoísta, dirían las enfermeras que me veían pasar corriendo, pero no quería compartirte, eran nuestros minutos de soledad, el instante en que las distancias desaparecían. No estabas en aquel hotel, no estaba en ese cuarto, estábamos en el mundo que exclusivamente vos y yo conocíamos.

Acariciaba las letras como si fueran tus labios, estrujaba la carta contra mi pecho, así te abrazaba. ¿Nunca te dije que repasaba cada correspondencia mientras esperaba una nueva? Lo hacía, sí, tanto que algunas las sabía de memoria. Es que no eran palabras en papel, era tu voz la que venía en ellas. La misma voz de aquella tarde de lluvia, cuando me contabas de tu admiración por Fred Astaire, su aire de señor, la elegancia de los movimientos, la habilidad para mover los pies como si no tocaran la tierra. Soñaba con la mañana en que te viera imitando a Fred bajo mi ventana. Sería una Ginger Rogers enamorada como esa Julieta del balcón, bajando las escaleras para bailar nuestra música. ¿Y cuándo me contaste de Evita? Sí, así, en diminutivo la nombrabas, sin darle apellido, porque no lo necesitaba. La reunión en los jardines de la Casa de Gobierno, con ella paseando elegante y hablando y moviendo las manos. Vos contabas de Evita y yo la veía, la sentía allí, entre nosotros. Si hasta me parece oír, todavía hoy, cómo ella te indicó la importancia de la cultura, del cine, del teatro; y vos, silencioso, la contemplabas. Enamorado de Evita, me confesaste así, con esas palabras, y yo no me enojé, cómo iba a hacerlo si ella era todas nosotras juntas.

No me arrepiento de aquello; algunos lo creerán tiempo perdido, yo no. ¿Te habrás disgustado de haber escrito ese poema? ¿O de todas esas promesas que la rutina de hoy volvió ronca como los besos perdidos en el aire que se marchitan sin ser correspondidos?

Pasaba las tardes pintando mariposas en papel celofán, las pegaba en las paredes y el techo del cuarto; durante las noches les hablaba de vos. A veces tomaba una, besaba sus alas, abría la ventana y la arrojaba al viento pidiéndole que te buscara.

Los domingos iba al cine a ver esas películas en blanco y negro, iguales a las que vos llevabas en la enorme valija y que procurabas vender a hombres desinteresados por el arte pero sí por saber cuántos asistirían a la sala. ¿Habrás vendido muchas de esas cintas o todavía te quedarán guardadas? Paramaun, decías sin importarte que algunos te creyeran torpe. Sé que era tu manera de enviarles mensajes a los gringos, que no iban a comprarte por más que trabajaras para ellos.

Los de la Paramaun no sabían de nuestros días pasados juntos ni del baile desnudos bajo los ojos de la luna; desconocían tu poesía, mi sed de tu boca. No fue la Paramaun quien terminó con nosotros, vos y yo sabemos bien en qué nos equivocamos.

Ya no hay películas en blanco y negro ni poetas que escriban en los bares. Los enamorados de Evita temen decirlo. No espero tus cartas. Todo se está quemando en esta noche vieja. Fred nunca vino a bailar bajo mi ventana. ¿Vos viste llorar a Ginger? Yo sí.

Cuentos del conde

LA PRINCESA CLODOVEA, PETISA Y MATADRAGONES

Nació un día en el reino de Segovia una princesa muy bella a la que dieron en llamar Clodovea.

Se cuenta que en la fiesta de su bautismo un hada medio chifladita la obsequió con una extraña profecía. “Algún día te harás una despiadada cazadora de dragones”, dijo el hada, para luego agregar a manera de post/data: “y entonces hallarás el más grande de los tesoros”. Por supuesto, nadie tomó en serio tales palabras. Nadie, a excepción de la reina madre, quien hizo jurar a cada cortesano de palacio que jamás recordaría las extrañas palabras del hada chifladita.

Sin embargo, el día en que Clodovea cumplía siete años, la reina madre tuvo la sospecha de que algún sirviente había informado a la princesita acerca de la vieja profecía, ya que Clodovea comenzó a decir que sus pasatiempos favoritos eran coleccionar figuritas brillantes, ponerse zapatos de taco alto y matar dragones.

“No, no, no”, decía el rey tentado de risa cada vez que escuchaba a Clodovea. “Está bien lo de las figuritas y los tacos altos, pero una princesa no debe ni pensar en matar dragones”.

“Algún día mataré uno”, afirmaba la princesita. “Y ese día pronto llegará”.

Al cumplir los 18 años, Clodovea sintió que ese día había llegado. Encaró a su padre, el rey, y le pidió permiso para partir hacia el bosque de la Espesura para cazar un dragón. El rey, que en ese momento estaba tomando mate, casi se atraganta con la bombilla.

 

REY: (tose) ¿Qué? ¿Cómo? ¿Pero de qué estás hablando, hija mía?

CLODOVEA: Te lo dije, padre… Ya cumplí los 18, es tiempo de que me des la llave del palacio. Y me dejes ir a matar mi primer dragón.

REY: No puedes hablar en serio.

 

Pero Clodovea hablaba muy en serio. Más aún, le mostró a su padre el arco y las flechas con las que pensaba atravesar el corazón de alguno de los dragones que, según se decía, moraban en el temido bosque de la Espesura.

 

REY: ¡Estás loca! ¿Pero cómo piensas cazar un dragón con eso??? ¿Acaso no sabes que te enfrentarías a un animal monstruoso, que escupe fuego y tiene dientes enormes???

CLODOVEA: Y tiene muy mal aliento, ya lo sé.

REY: ¿Pero… por qué??? ¿Por qué tienes que hacer semejante locura???

CLODOVEA: Padre… oí decir que hay una vieja profecía. Voy a ser una despiadada cazadora de dragones… y entonces hallaré el más grande de los tesoros.

REY: ¡Tonterías! ¡Tú no necesitas más tesoros! ¿Por qué mejor no te quedas en palacio viendo telenovelas???

CLODOVEA: (enojada) ¡Odio las telenovelas!!!

 

Ruido de portazo.

 

REY: ¡Clodovea! ¿A dónde vas? ¡Clodovea! (suspira, murmura) Qué carácter tiene la petisa.

 

La princesa Clodovea montó su caballo blanco y, armada de su arco y cinco flechas, se dirigió al bosque de la Espesura dispuesta a cumplir con su destino. La reina madre lloraba desconsolada al ver confirmado sus más terribles temores.

“La va a cocinar”, gemía desesperada. “Ese dragón malvado va a cocinar a mi hija con su fuego”.

Pero el rey, ladino y precavido, secretamente envió a su guardia personal para que siguiera y protegiese a la princesa sin que ella lo advirtiese. La guardia personal estaba compuesta por dieciséis mil jinetes armados, treinta mil infantes de marina, cuarenta y ocho cañones y un submarino.

La princesa avanzaba lentamente por el tenebroso bosque. El silencio era casi total, sólo se escuchaba el lamento de un búho anunciando la cercanía del anochecer, y el cansino paso del caballo sobre un colchón de hojas secas. Clodovea no imaginaba que era seguida por la guardia personal del rey, su caballo tampoco. Y no se hubieran percatado jamás de esta circunstancia de no ser porque uno de los soldados…

 

SOLDADO: Atchíssss…

 

Estornudó.

 

CLODOVEA: ¿Eh??? ¿Quién anda ahí??? ¿Quién está siguiéndome???

 

El joven capitán Matasiete dudó un instante, pero luego espoleó a su caballo para acercarse con respeto a la princesa.

 

CAPITAN: Soy el capitán Matasiete… y comando la guardia de tu padre, el rey.

CLODOVEA: ¿Por qué me sigues?

CAPITAN: El rey me ha enviado a protegerte.

CLODOVEA: No necesito protección, puedo matar al dragón yo sola.

 

De pronto, un tremendo rugido sacudió el bosque.

 

DRAGON: (lejano) Aaaaaaagggggrrrrrrr…

CLODOVEA: (risita nerviosa) Aunque… pensándolo bien… Siempre es lindo tener una persona con quien charlar.

CAPITAN: Somos cuarenta y seis mil soldados.

CLODOVEA: Bueno… siempre es lindo tener cuarenta y seis mil personas con quienes charlar.

 

La bella princesa Clodovea, ahora acompañada por todo un ejército, siguió su valiente marcha en busca del monstruoso ser que dominaba la Espesura. Por momentos, el camino se volvía tan estrecho debido a los árboles y la maleza que los soldados debían contener el aliento para no rasgarse el uniforme con las filosas ramas. Fue así que en el camino quedaron atascados los cañones, y también el submarino, cuyos tripulantes se cansaron de tanto intentar navegar por la tierra.

Así y todo, avanzaban confiados los valientes. Se sabían el ejército más poderoso de la región. Sabían que su poder de fuego podía desafiar al más colosal de los animales. Eran la mayor fuerza armada sobre la tierra dispuesta a ofrendar la vida al servicio de su princesita. Sin embargo, volvió a escucharse otro rugido.

 

DRAGON: (algo más fuerte) Aaahhhhgggrrrrrrrrr….

 

Y todos salieron corriendo. El capitán Matasiete, al ver huir a su tropa, desesperó.

 

MATASIETE: ¡No huyan!!! ¡Vuelvan aquí, cobardes!!! ¡No pueden abandonar a la princesa!!! ¡Vuelvaaaaannn!!!

 

Pero fue imposible evitar la desbandada. El capitán y la princesa quedaron solos en medio de ese paraje infernal.

 

MATASIETE: Se han ido, princesa. Nos han abandonado a nuestra suerte.

CLODOVEA: Le diré a mi padre que se los descuente del sueldo.

MATASIETE: No entiendes… debemos irnos también… El dragón está muy cerca… Si nos encuentra es seguro que nos comerá de un bocado.

CLODOVEA: Jamás… Soy la princesa Clodovea… ¡la despiadada matadragones!

MATASIETE: Pero…

CLODOVEA: ¡Basta! Si tienes miedo puedes irte también. Cazaré al dragón por mí misma… y se cumplirá la profecía.

 

(Ruido de caballo que se aleja)

 

MATASIETE: No te vayas así… Por favor… Princesa…

CLODOVEA: (voz más lejana) No te preocupes. Te mando una postaaaalll.

 

El joven capitán la vio marcharse con admiración, y no pudo menos que murmurar: “Qué carácter tiene la petisa”. Fue así que su naciente amor pudo más que el miedo, y galopó hacia la princesa dispuesto a jamás dejarla sola.

Al verlo llegar, la princesa suspiró.

 

CLODOVEA: (con admiración) Capitán…

 

El capitán suspiró.

 

CAPITAN: (con admiración) Princesa…

 

Los caballos suspiraron. (Relincho de dos caballos)

 

Y juntos marcharon hacia el final del camino. Hacia el lugar de la Espesura donde esperaba hambrienta, la bestia asesina.

 

DRAGON: ¡Aaaaaaggggghhh…!!!

 

(Pausa, pasos lentos de dos caballos)

 

PRINCESA: Hace calor… ¿Ya es verano?

CAPITAN: Temo que no, princesa. Sin duda el fuego que sale de las fauces del dragón es lo que ha elevado la temperatura. Eso significa que está muy cerca.

PRINCESA: ¡Ay, no! ¡Mira eso!!!

 

Ante sus ojos apareció la descomunal figura del dragón que los miraba con fiereza.

 

DRAGON: (más fuerte que antes) ¡Agggrrrrrr….!!!

CAPITAN: ¡Cuidado! ¡Va a lanzar su fuego!

 

(Ruido de lanzallamas)

 

Por fortuna, los rápidos reflejos del capitán le permitieron apartar a los caballos y buscar protección tras una roca.

 

CLODOVEA: ¡Me has salvado, capitán!

CAPITAN: ¡Casi nos quema vivos! Por favor, princesa… Huyamos mientras podamos.

CLODOVEA: ¡Jamás!

 

Y dicho esto se bajó de su caballo y avanzó temerariamente hacia el dragón mientras preparaba una flecha en su arco.

 

CLODOVEA: ¡Voy a atravesar tu corazón, bestia del infierno!

CAPITAN: ¡No, princesa! ¡Nooooo!!!

 

El joven capitán, tras un instante de duda, siguió a la princesa y dispuesto a enfrentarse a la bestia desenvainó su espada mágica, pero pensándolo mejor, sacó su ametralladora y una Magnum para apuntar directamente a la cabeza del dragón.

 

CAPITAN: (furioso) ¡No te muevas, dragón pulguiento!

 

El dragón asustado levantó sus manos. “No tiren”, dijo con voz temblorosa. “No tengo dinero”.

 

CLODOVEA: ¡No venimos a robarte sino a cazarte, cretino!

CAPITAN: Aprovecha que lo tengo dominado, princesa. Vamos. Lanza una flecha a su corazón y mátalo de una vez.

DRAGON: Ay, no. A mí las flechas al corazón me caen mal.

CLODOVEA: ¡Silencio y no te muevas! ¡No puedo apuntarte bien!

DRAGON: (triste) Okey… Okey… pero antes de que me maten… déjenme escribirle una carta de despedida a mi tío Pepe. Vive en Escocia, ¿saben? Es el famoso monstruo del Loch Ness. Y a mi primo Nahuelito… el monstruo del lago Nahuel Huapi, en Argentina… (llora) Van a extrañarme… Buaaaaa….

 

Aunque no lo admitiera, el capitán se encontraba conmovido por el llanto del monstruo. Y también la princesa, quien de pronto tuvo una brillante idea.

 

CLODOVEA: ¿Pero qué te pasa, dragón tonto? Nadie va a dispararte. Este es un safari fotográfico.

DRAGON: Pero… ¿entonces no me van a matar?

CLODOVEA: Claro que no. Sólo quiero tomarte una foto.

DRAGON: (emocionado) Ay, sí… Cómo no… Esperen que me peino.

 

Y fue así que la princesa dio por terminada su carrera de despiadada matadragones, pero la profecía se había cumplido. Clodovea encontró el más valioso de los tesoros, el de la compasión. Había aprendido a conmoverse por el sufrimiento del otro, aunque ese otro fuera un dragón pulguiento. Y por eso, cuando años más tarde fue coronada como reina, inició el más benigno reinado que el mundo entero haya conocido.

Se cuenta que finalmente se casó con el capitán, quien fue designado rey consorte. Y en las noches frías junto al fuego, ambos contemplaban la foto colgada en uno de los murales del castillo. En la misma se veía a Clodovea junto al dragón, ambos sonriendo a cámara. Y si algún invitado preguntaba qué era esa bestia que posaba a su lado, Clodovea simplemente respondía: “Es mi amigo el dragón”.

Mientras tanto, en una cueva del bosque de la Espesura, el dragón mostraba a sus dragones amigos la misma foto. Y si alguno de ellos le preguntaba: “Ay, ¿qué es ese monstruito insignificante que posa a tu lado?”. Nuestro dragón simplemente contestaba: “Es mi amiga Clodovea, pero cuidado, ¡tiene un carácter la petisa!”.

San-Telmo https://hoornvintage.com/

Cuentos del conde

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

El amor es gaviota de nostros

La letra del escriba

El amor es gaviota del nosotros

TERCERA TRILOGÍA DEL AMOR

3

te lo diría: el amor es de humanos

 

te lo diría: el amor es de los dioses humanos

te lo diría: el amor es una manzana que contiene el paraíso

te lo diría: hay que mirar el amor que nos enmarca

la sola visión de su presencia nos vuelve poderosos

te lo diría: el amor es lo esencial de la geografia del entorno

te lo diría: únicamente el amor preserva el amor

te lo diría: el amor desconoce decir adiós

te lo diría: las fronteras que nos separan del amor

son ante todo nuestras propias fronteras

te lo diría: ni vida alguna ni muerte alguna

han podido nunca con la mirada del amor

el bendito maldito amor es la inmortalidad por excelencia

 

Francisco Garzón Céspedes es uno de los grandes poetas iberoamericanos, admirado por los escritores emblemáticos de la literatura latinoamericana: de su obra Ernesto Cardenal ha dicho: “Una poesía, muy novedosa, con una intención temática y donde la tipografía, los dibujos y el verso forman una suerte de afiche, de poesía plástica (de las bellas artes) que debiera editarse como cartel”. Julio Cortázar aseguraba que en cada una de sus creaciones Garzón “entrega el prodigio de cada una de sus palabras”.

La lista de grandes nombres que han reconocido la importancia de la literatura de Francisco Garzón Céspedes se extiende a César Rengifo, José Corredor Matheos, Maruja Vieira y Oscar Hurtado.

El amor es gaviota del nosotros fue editado este año por Editorial Huso, en una apuesta por la poesía del corazón.

Más sobre el autor y su obra:

«El amor es gaviota del nosotros». Diez trilogías del amor. De Francisco Garzón Céspedes. Huso Editorial.

 

La letra del escriba

Breve compilación de poemas José Carlos Cataño

Poeta, narrador, ensayista, abanderado de altas causas como “la cultura” o “la denuncia del antisemitismo”, involucrando hasta los huesos en sus derroteros…, el canario José Carlos Cataño nos entrega con esta, su primera “breve compilación de poemas” para los lectores de A4manos, la magia del alma cuando sabe poner la vida en versos, honrándonos así con las estrofas que no son, sino de un grande poeta…

 

MI COPA DE VINO (FRAGMENTO)

 

ALGUIEN,

Si alguna vez, tan intensamente

Fue, como el recuerdo gime,

Arde tan lejos que ya lo creo

Verdadero en la distancia.

 

Quise arder sobrevivo de su cuerpo

Que no fue. Mas mi empeño, de dañarlo,

¿No sería una extraña forma

De amor? ¿No sería acaso el deseo,

Arder distantes

En la memoria?

 

Deslízate en mis labios que no siento,

Pues me colma

Tu inexistencia.

 

***

 

LIGERO COMO EL CANTO que no acaba

Se ondula tu recuerdo en el verbero.

Regresa y es el mismo.

Despierto y no es un sueño,

A tu vuelta inocente encadenado.

La voz no sabe lo que canta.

Tallas mi vida y no lo advierto.

Hablo,

Y siempre ignoro de quién hablo.

 

***

 

NUBES EN LA NOCHE

 

NUBES vanas en la noche,

Así pasan las palabras

Por la aurora irreversible de las cosas.

 

Todo pensar se declina

En el grito oscuro de lo pleno.

 

Y yo entre las vorágines te buscaba

Como si así pudiera con tu rescate

Cumplir un luminoso pasado.

 

***

 

PADRE

 

Solo después de muerto

Y solo después, muerto,

Gozo de todo lo negado,

Y tan muerto de todo,

Padre, después de tu decir

Apenas de tu muerte vivo.

 

MÁS SOBRE JOSÉ CARLOS CATAÑO

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Carlos_Cata%C3%B1o

 

Cuentos del conde

Orión

Él, un huraño curador de arte, no estaba acostumbrado a las personas. Pero la vio cantar ese día con la misma mirada que, seguramente, Monet debió arrojar sobre los nenúfares del estanque.

Él, que prefería la cuadrada soledad de las galerías cerradas, soportó los aplausos que ahogaban aquel vibrato cuando más quería saborear sus colores.

Hasta que logró abstraerse lo suficiente como para no escuchar los murmullos distraídos que cometían el sacrilegio de no prestarle total atención a aquel prodigio.

La vio como se imaginó tantas veces a Van Gogh mirando las noches estrelladas. Y el primer beso se lo dio a la distancia, desde la incómoda butaca, sin que ella todavía lo viera con aquellos ojos negros de pupilas temblorosas que también parecían cantar…

Él, un callado curador de arte, acusado con frecuencia de poca imaginación, pensó que la voz de ella comenzaba en la sima de sus pies de luna, para ascender luego por cada uno de sus 146 centímetros de estatura hasta salir por esa boca pequeña que de vez en cuando se curvaba sobre sí misma como una cereza.

Él, un tipo ajeno a los arrebatos, que se pasaba las tardes entre inmóviles lienzos, se levantó de su butaca cuando ella terminó su aria. Con su mano derecha buscó su mano izquierda. En una reverencia la tomó para felicitarla y descubrió en su brazo siete pequeños lunares que formaban la constelación de Orión. Apartó su vista de ellos como seguramente Monet la apartaría de los nenúfares y Van Gogh de las noches estrelladas para retirarse a pintar.

El segundo beso se lo dio ahí, con esa segunda mirada que esta vez sí se vio correspondida por los ojos negros de pupilas temblorosas que ahora parecían cantarle…

La letra del escriba

Como en el mito de la caverna de Platón

(Tomado del libro: El otro Damian, cortesía del autor)*

 

solía despertar después de media noche

mientras aún dormía

y entonces mirarse hacerlo,

como el espectador de una función

a quien se le pide pasar al frente

Tenía la costumbre de ver

cómo encogía un pie o dos,

cómo iba de un lado al otro,

cómo la sábana le separaba

del resto de la habitación,

pero, sobre todo,

todo aquello que no

se permite ver de día

con esos lentes

ya un poco trasnochados

Algunas veces no deseaba regresar,

aunque tanto quisiera contarse

lo que había podido ver,

pero nunca se creería

ni una sola palabra

“Yo me pongo en sus zapatos

y de vez en cuando me quedan grandes

Uso sus palabras

y estoy seguro

que esas no son las mías”

Hubiese querido abrazarse

y abrirse los ojos,

pero dormía entonces

“Estoy soñando y vos no sos yo”

“Sí lo sos-sí lo soy”

“Dejame dormir en paz”

Sabía que era inútil

y, de alguna forma, también

temía que algo pudiera salir mal

Esto pasa si despertás

y te encontrás a tu lado

Pero eran esos

los pequeños momentos

en que se podía comprender

y escucharse

Encendía un fuego con sus temores

y se contaba los sueños

que solía olvidar y escupir

Se daba cuenta que quizás

no era sensato

tropezar a la vuelta de la esquina

con la idea de que alguien le sigue

o decir una palabra equivocada

con un Do de pecho

o apenas llamarse a media noche

para poder despertar

“Hey, oíme,

hoy he viajado en mí mismo,

pero vos no me escuchás, vos

no querés ver,

vos no querés ver”

 

*Rodrigo Zúñiga nació en Pococí (Limón, Costa Rica) en 1982. Es escritor, psicólogo y estudió Enseñanza del Inglés en la Universidad de Costa Rica. Perteneció al Taller Literario Poiesis de 2009 al 2014. En el 2013, su poemario Souvenirs y noticias de amor obtuvo el primer lugar en el Certamen Literario Brunca en su XXX Edición en el género de Poesía (UNA). Ha publicado dos poemarios: Deshojar el reloj (EUNED, 2013) y El otro Damián (EUNED, 2016).

Otro poemas de Rodrigo:

cuando las voces cuentan verdades en lugar de ovejas

Iztaccihuatl al amanecer del 5 de mayo 2018

Ecodilemas

Las cumbres de la vida

Crónica de una aficionada

Fotos: Argenis Pérez

Hace unos poquitos años que, ya ciudadana de este país, aunque no oficialmente, visité la primera montaña: ese volcán con nombre de mujer, escarpado y rotundo que a tantos amantes de la naturaleza nos ha embrujado. Desde ese día inaugural he atestiguado una intensa pasión con la mujer blanca, y he vuelto a sus faldas, a sus piernas y rodillas una y otra vez.

Este jueves me comuniqué con Argenis, compañero de aventuras, con quien he estado en el camino de sus cumbres: sus pechos, en más de una ocasión, sin que “se nos diera”, como dicen acá en tierra adoptiva:

—¿Nos vamos mañana?

—Sííí. —El plan estaba armado y por primera vez íbamos solos.

El viernes a las 4 de la tarde, bajo lluvias luminosas y truenos que en la montaña son siempre aterradores, emprendimos la subida con el temor silencioso de estar lanzándonos a una desmesurada aventura. Pero el acontecimiento real todavía no estaba a la vista. Cerca de las 8 pm llegamos al Refugio de los Cien, bajo la nieve ligera, con las mochilas pesadísimas y atestadas de vituallas, equipo técnico y ropa para soportar el frío que se nos venía encima. Allí nos dimos cuenta de que estábamos completamente solos en la montaña, a excepción de un coyote cuyas huellas entrevimos en el camino y que los rumores cuentan que anda allí por las noches, aunque pocos lo han visto.

Las sensaciones de soledad, humildad, lejanía son tan abrasadoras desde la recóndita noche nevada a más de 4,700 metros sobre el nivel del mar (msnm), que no puedo recordar nada más bello, excepto las escenas que mis ojos vivieron a la mañana siguiente en medio de la blancura perpetua del glaciar.

Después de una madrugada de ruidos desconocidos, donde la imaginación en soledad vuela hasta rozar los límites de lo fantástico, mi compañero y yo emprendimos el ascenso a cumbre, un poco menos pesados que el día anterior, pero con más de 10 cm de nieve bajo nuestras botas húmedas y armadas para la cruzada impía que habría de esperarnos.

El amanecer nos sorprendió llegando a la Cruz de Guadalajara, ese monumento a los once jóvenes que perdieron allí la vida hace varias décadas, y que siempre nos impone respecto. La ascensión hasta esas rocas fue más peliaguda que de costumbre debido al hielo, el frío, la niebla y la duda ante lo desconocido. Confieso haber sido presa de la fragilidad humana ante lo inabarcable: cuando se me enfriaban las manos, los pies, la piel, cuando llegaba el desconcierto mental al rozar los cinco mil metros de altura y no poder ver, en ocasiones, a más de cinco metros hacia delante. Tuve, para mi fortuna, el mejor compañero, conocedor y solidario ante cada situación que amenazaba con convertir una expedición hermosa en una odisea. Tengo tanto agradecimiento por eso, que esta es la mejor forma que encuentro ahora de expresárselo, y con estas líneas, espero, sabrá que cuenta conmigo ante cualquier vicisitud de la vida. Largas horas en aislamiento junto a otro ser humano acercan inevitablemente las almas. Muchas fueron las reflexiones de las horas juntos, y muchos también los silencios, donde se dicen las cosas más importantes.

Las condiciones del clima fueron relativamente adversas en las primeras horas de la mañana del ascenso definitivo, e inclementes durante el camino de regreso: nos llovió sobre las cabezas, nos nevó, nos granizó, para dejar en la Joya, 24 horas después de la salida, a un hombre y una mujer deshechos de cansancio, aunque con el espíritu pulido y puro.

¿Pero que pasó esa fría mañana de sábado? No por gusto he decidido dejar para el final de esta crónica el momento más especial. Lo hice así porque no quiero que se empañe con nada más esta dicha que hoy me acompaña: haber conocido la infinitud de la belleza, haber caminado con mis pies de aventurera por la panza hermosa y blanca de esta mujer que me ha enseñado tantas cosas; entre ellas, el privilegio inconmensurable de la existencia.

A unos pocos metros de las cimas más altas, aunque todavía a un buen rato de camino por las condiciones extremas, y al otro lado del glaciar, Argenis y yo decidimos regresar, porque apenas podíamos divisar los pechos hermosos, la cumbre que esta vez tampoco “se me daría”. Aunque era mi meta, y yo planeaba salir de México rumbo a España —donde próximas aventuras literarias y de vida me esperan— con ese sueño cumplido, debo decir que una vez allí no me importó lo más mínimo. Estaba conmocionada por la perfección del volcán, estaba distraída en el amor a la vida y atravesada por la exuberancia de la naturaleza en ese páramo salvaje donde lo inevitable se concentra y muestra aceleradamente, y las grandes batallas tienen lugar. Estaba conquistada por la mujer a la que yo aspiraba conquistar. El Iztaccihuatl había tocado mis propias cumbres.

(Gracias a los amigos que me han ayudado a realizar estos sueños: Griselda, Bruno, Cindy, Flavio, Agustina, Iván, Rafael. Gracias especialmente a Argenis que me llevó hasta esa pradera perpetua y blanca que ahora anida en mi corazón).

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