A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

INSTITUCION la caja GEOMETRICA

La letra del escriba

No puedo volar

Volar es suceso tan despiadadamente arriesgado

y emocionante, que me lacera no tener alas.

Resulta atroz, a mitad de vida, comprender que nunca

voy a poseer alas ni a sobrevolar techumbres

de mi pueblo. Ni posarme en lo alto de su campanario.

Injusto, caprichoso. Una evolución sin alicientes,

sin acicates, que discrimina profundo al ser humano.

Es vergüenza. Con tanto libro en el librero

y más de un título de licenciado colgado a la pared,

no lograr nada en este apartado, ni el desdichado

revoloteo hasta el tejado más miserable del barrio.

¿No alcanzaré a batir alas jamás, ni para navegar

hasta la rama más bajita y pelada?

Y por otros motivos, ¿deberé conformarme siempre

con el maldito aeropuerto y los aviones?

Ni miel atino a beber en directo de la flor, aunque

sí del frasco, pero con la estúpida cuchara en la mano. 

Ni picar frutas que no sean del frutero. Ni oler rosa viva,

sino las mismas del pintoresco florero de abuela.

Desearía contemplar la patria desde el aire,

fotografiar abuelos, padres, hermanos, amigos, novias,

esposas, hijos, suegros, nietos, vecinos, y filmar

un gran documental con toda esa célebre pandilla.

Mi pueblito está llenísimo de montañas. Pero nunca

podré subirlas ni bajarlas con las alas puestas.

Otro sueño imposible de mi estirpe: espiar océano 

desde el aire, contemplar rizados de olas y purezas

del agua. Luego caer triunfal y ejercitar una y otra vez

el espectacular chapuzón de los pelícanos.

Contemplo cada día y cada atardecer el paisaje

en movimiento de las aves: gorriones, perdices,

vencejos, golondrinas. Pero ellas, si alguna vez miran,

solo verán a un hombre callado que mira al cielo

Dioses o evolución nos privaron del ala.

Aunque no dejo de ser optimista en otros empeños,

en consecuencia hoy solo atino,

como siempre,

a desplazarme muy silencioso y pegado al suelo.

Cinderella

Cuentos del conde

CENICIENTA

Había una vez una muchacha triste llamada Cenicienta. No triste porque sí, como deporte, sino más bien porque vivía con dos hermanastras que siempre la trataban mal, y también con una madrastra que se la pasaba dándole órdenes con cara de limón ofendido.

  “¡Cenicienta, limpia la escalera!”, le decía. “¡Cenicienta, plánchame el vestido!” exigía luego. “¡Cenicienta, sírveme el té!”.

   Y era así que la pobre muchacha se la pasaba trabajando todo el santo día, sin tiempo para ir a pasear o para mirar la telenovela de las cuatro, cosa que hacían las otras mientras ensuciaban el piso comiendo pochoclo. ¡Pobre Cenicienta! ¡Qué cansada se acostaba por las noches! ¡Cuánta tristeza la invadía en ese cuarto solitario, metida en un pijamas viejo y lleno de agujeritos de polilla!

   Un día, la madrastra llegó entusiasmada de la calle para dar una gran noticia. El príncipe había decidido invitar a todas las chicas del reino a un baile en palacio, con el fin de escoger a la más bella como esposa y futura reina. Había también un premio consuelo para las finalistas que consistía en dos pasajes a Disneyworld, pero las hermanastras, que a ojo de buen cubero resultaban bastante lindas, empezaron a soñar con la boda real que le tocaría a cualquiera de ellas.

   “¡A mí! ¡Yo seré la princesa!”, decía una.

   “¡No! ¡La princesa seré yo!”, respondía la otra.

   “¿Y yo?”, preguntó la inocente Cenicienta.

   Las hermanastras rieron de buena gana y luego se burlaron con saña.

   “¡No seas tonta, Cenicienta!”, intervino la madrastra. “¿Cómo ha de fijarse un príncipe en una fregona como tú, que ni siquiera tiene E-mail?”.

   Rieron aun más fuerte las hermanastras, y Cenicienta, humillada, se dedicó a pasarle el plumero al gato mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

   Llegó la noche del baile y las tres perversas mujeres salieron rumbo a la pachanga real. Cenicienta las vio partir, con algo de envidia y mucho de dolor. Había empezado a llorar amargamente cuando de pronto se le apareció un hada. Cenicienta, sorprendida, le preguntó quién era. El hada le mostró su credencial del Sindicato de Hadas y le propuso que concurriese a palacio.

   “¡A palacio!”, exclamó Cenicienta. “¿Yo? ¿Cómo podría ir yo con estos harapos?”.

   “No te preocupes. Mira, ¿ves esa tapita de gaseosa que hay en el suelo?”.

   “La veo”, dijo Cenicienta.

   El hada movió su varita y la tapita se convirtió en la más hermosa remera y un jean de marca. Cenicienta no podía creer lo que veían sus ojos, y de inmediato, alentada por el hada, empezó a vestirse con esa ropa moderna que le quedó maravillosamente bien. Pero había un problema, Cenicienta estaba descalza.

  “Mira”, dijo el hada comprensiva. “¿Ves ese trozo de pan que quedó en el piso?”.

   Y con otro movimiento de la varita el pan se convirtió en un hermoso par de botitas, que vistiendo los pies de Cenicienta le dieron un look moderno y elegante. Aun así todavía faltaba la locomoción para ir a palacio, el cual no estaba para nada cerca.

   “Mira”, sonrió el hada. “¿Ves esa oruga grande que hay en el rincón? ¿Sabes lo que significa?”.

   “¿Que cada vez limpio peor?”.

   “No, Cenicienta. Que ya tienes cómo viajar a palacio”.

   Dicho esto tomó la oruga y la llevó a la calle. Un agitar de varita y el insecto se transformó en una moderna boca de subterráneo, con escalera mecánica y todo.

   “Vas a ir en subterráneo”, dijo orgullosa el hada. “Es más rápido que la carroza”.

   Finalmente, le dio unas monedas para el boleto, sin dejar de advertirle que la magia duraría sólo hasta las doce de la noche. A esa hora debería regresar si no quería terminar vestida con una tapita de gaseosa.

   Cenicienta puso su despertador en una cartera y tomó el subte para llegar rapidísimo a palacio. Subió los largos escalones que daban al salón principal y una vez allí deslumbró a todos con su presencia. Las hermanastras, que no la reconocieron, se atragantaron con canapés de pura envidia. El príncipe dejó de bailar la conga y pidió al discjokey que pasara un vals para sacar a Cenicienta. Fue así que danzaron y danzaron. La gente los admiraba en silencio y ellos no hacían más que mirarse a los ojos, embelesados, enamorados. No les hacía falta hablar. Ni siquiera de futbol. La noche fue transcurriendo sin que la pareja dejara de girar por todo el salón. Y cuando ya estaban algo mareados, sonó de pronto la alarma del despertador.

   “¡Las doce!”, se asustó ella. “¡Las doce!”.

   “¡Feliz año nuevo!”, exclamó despistado el príncipe.

   “¡No! ¡Me tengo que ir!”.

   Y salió presurosa del lugar. El príncipe, sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que seguir bailando el vals por sí solo.

   En el apuro por alcanzar la salida, Cenicienta tropezó y rodó por los 57 escalones del palacio, pero como estaba acostumbrada a los golpes de la vida no se hizo nada. Sólo que perdió una de sus botitas. Sin prestar atención a ese detalle, Cenicienta subió rengueando al subte. Fue un viaje muy corto, ya que el vagón desapareció y la pobre muchacha se encontró de pronto montada sobre la oruga. La remera y el jean de marca habían vuelto a ser una tapita, y ella se encontraba en ropa interior. En lugar de la bota tenía un trozo de pan sobre el pie. Luego de dos horas, al darse cuenta de que sólo había avanzado diez centímetros, se bajó de la oruga y volvió corriendo a casa.

   Al día siguiente, las hermanastras no hacían más que quejarse y protestar contra esa extraña que había llegado al baile para robarse el corazón del príncipe. Cenicienta escuchaba con una sonrisa, mientras le pasaba el cepillo de dientes al armario. La madrastra también echaba maldiciones. No podía creer que ninguna de sus adorables hijitas fuera a convertirse en princesa. De pronto, dos secos golpes en la puerta de calle.

  “¿Otra vez se descompuso el portero eléctrico?”, chilló la mujer, para en seguida ordenar:    “¡Abre la puerta, Cenicienta!”.

   Cenicienta obedeció para dejar entrar a un pomposo cortesano que venía con un bando real, anunciando que aquella muchacha a quien le calzara cierta botita extraviada la noche anterior, sería la esposa del príncipe.

   “¡¡¡Dónde está la bota!!!”, exclamaron entusiasmadas las hermanastras mientras se sacaban los zapatos.

   “Hay un problema”, se excusó el cortesano. “Recién se la probamos a una muchacha de pie robusto, y se le atrancó”.

   “¿Y cómo se la probamos a mis hijas?”, se impacientó la madrastra.

   El cortesano chasqueó los dedos y entraron cuatro hombres trayendo en una silla a la muchacha de pie robusto, aún con la bota atrancada.

   “Que apoyen la planta del pie sobre la suela. La que calce perfecto es la ganadora”.

   Probó la primera hermana y su pie sobrepasó la suela por medio centímetro. La segunda hermana, en cambio, se quedó corta por un centímetro. La desazón de las malvadas se transformó en burla cuando Cenicienta ofreció su pie para la prueba. Y, ¡oh sorpresa!, calce perfecto. El príncipe apareció de pronto para abrazar a la ganadora.

   “¡Eras tú, mi Cenicienta! ¡Mi princesa! ¡Ídola! Ya mismo nos casamos”.

   “No, no”, lo frenó la muchacha. “No podemos casarnos ahora, casi no nos conocemos. Además, antes de casarme quiero tener novio”.

   El príncipe acordó en que Cenicienta tenía razón, no había que apresurarse con la boda. Así que decidieron ser novios esa tarde y casarse recién a la noche.

   ¿Y las hermanastras?, fueron muy felices con el premio consuelo de dos pasajes a Disney.

Loba que aúlla

Cuentos del conde

La loba

Después de alguna decepción que estaba muy lejos de ser la primera en su vida, y tampoco sería la última, Juliana decidió seguir el consejo y las enseñanzas de Tata Nieves. Tata Nieves era su abuela materna, quién murió el mismo día y a la misma hora de su nacimiento. Sin embargo Juliana no podía decir que no la hubiera conocido. Tata Nieves la visitaba en sueños con frecuencia desde que tenía memoria. A lo largo de los años le había contado bastante de su vida, con sufrimientos y sorpresas incluidos. Le había explicado que de todos los lugares del universo, conocidos y desconocidos por el hombre, era justo el hombre el mayor peligro. También le había hablado de su relación cercana con los dioses negros, de su bondad intrínseca y su severo sentido de justicia. Le había enseñado, poco a poco y sin asustarla, a comunicarse con ellos, a invocar sus favores y a pedir protección en casos de necesidad extrema. Pero, probablemente, la enseñanza más repetida por Tata era aquella de: “mantén cerca solo a los que amas y te aman”.

Así que esa mañana Juliana se levantó con el espíritu claro y puso su cuerpo a tono bañándolo profusamente con agua lluvia recién recogida y un jabón hecho con hierbas y raíces, que reservaba para los días realmente importantes. Dejó que el agua se evaporara de su cuerpo con paciencia, sin ensuciar el proceso con toallas ni ninguna otra cosa. Luego metió cabeza y hombros en un vestido blanco y con los pies descalzos y las partes más íntimas libres caminó despacio hasta la cocina, el centro mismo de su casa, desde donde además podía verse la ceiba del patio. Habló en silencio con los dioses, pidiendo consejo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al paso de dos horas, o dos siglos (el tiempo de los dioses es así de irreverente), se puso de pie con el alma limpia y repleta de una paz que solo viene cuando finalmente decides hacer lo que sabes que siempre fue tu destino.

Tomó los ingredientes necesarios, incluyendo la colección de piedras rojas que le dejó Tata Nieves como herencia. Salió de casa con la determinación de los justos, realizó todos los conjuros necesarios y con las piedras hizo un círculo alrededor de la casa. Todo el tiempo que duró la acción murmuraba entre dientes palabras de sentido misterioso y la frase: “que solo entren los que amo más que a mí misma”. No se sabe si fue a propósito o sin darse cuenta que consideró únicamente medio consejo de la abuela. Esa noche durmió como hacía mucho. Tata Nieves la visitó, pero la miró fijo con ojos inquisitivos y no dijo nada.

A la mañana siguiente estaba lista para ver cómo cambiaba su vida, cómo el número de personas que la visitaban disminuían. Para su sorpresa siguieron viniendo los mismos de siempre, atravesaban el círculo de piedras sin inmutarse, sin preguntarse siquiera el porqué de esa novedad. Esperó una semana completa, dos, tres, cuatro… Al cabo de dos meses se convenció de que seguramente algo había estado mal con sus conjuros. Repitió todo el proceso, dejando las mismas piedras en su sitio, pero cambió un poco la parte inteligible del murmullo, ahora decía: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman”. Esa noche, Tata Nieves medio sonreía, pero seguía sin decir nada.

En los días siguientes el flujo de amigos quedó reducido aproximadamente a la mitad. Juliana se sentía bien, el conjuro parecía funcionar y el panorama era menos solitario de lo que había previsto. Conforme con el resultado, se sentía complacida con las dimensiones de su círculo cercano, de su manada. Pero la mente humana no da tregua. Sopesando con cuidado sus palabras durante las nuevas noches de desvelo, se dio cuenta de que su reclamo no había sido equilibrado. Decidió entonces jugarse el todo por el todo. Repitió la ceremonia, las palabras cambiadas por otras aún más contundentes: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman incondicionalmente”. Tata Nieves se veía medio borrosa esa noche, pero Juliana podía jurar que lloraba, un llanto callado y lastimero. Decía algo, estaba segura, pero no entendía las palabras. Al despertar estaba convencida de que Tata le advertía, dividida entre el espanto y la ternura: “los lobos también tienen que comer”. Saltó de la cama algo asustada, se persignó varias veces seguidas y cerró los ojos un instante para intentar ver otra vez el rostro arrugado de la Tata. No tuvo éxito.

Esta vez los días pasaron lentamente. Dichoso, el perro tuerto que tuvo desde siempre, ya viejo y algo cojo, era el único que entraba y salía del círculo virtuoso, donde las piedras estaban cambiando sospechosamente de color. Ante cualquier ruido alentador, Juliana se asomaba a la ventana, esperando el milagro de algún rostro conocido. Nadie venía. Perdió el apetito, la sonrisa y muchos kilos. Lo bueno fue que también perdió el insomnio. Cada noche dormía un poco más que la anterior y también un poco más profundo. A lo mejor era que necesitaba volver a encontrar a Tata Nieves. Pero la testaruda no venía, desde la noche de su llanto no había vuelto a aparecer. Los días de Juliana se hicieron cortos, muy cortos, estaba en pie ya solo unos momentos, los necesarios para darle de comer a Dichoso y mirar de reojo a la ventana. La ceiba había perdido muchas hojas y las piedras estaban completamente grises.

Juliana era de voluntad fuerte, así que continuaba empeñada en encontrar a Tata en algún rincón de sus sueños. No se daba cuenta de que las larguísimas horas de búsqueda y ayuno la habían debilitado más allá de lo que un cuerpo humano puede tolerar. Un buen día ya no se levantó, el sueño se hacía más y más profundo. Finalmente vio a lo lejos a una Tata que, apoyada en un bastón, se dolía en su caminar y sonreía, las lágrimas corriendo por su rostro desolado. La Tata se acercaba, Juliana no podía creer su buena suerte. La vista tan débil como el resto de su cuerpo le debía estar jugando una mala pasada. La veía atravesar una y otra vez el círculo de piedras rojas, intentaba leer sus labios para saber lo que decía. Finalmente lo entendió: “el lobo solo al final muere de hambre”.

Pasados muchos meses encontraron a Juliana y a Dichoso. Una sobre la cama con apariencia de momia y un gesto indefinido entre sonrisa y mueca. El otro a los pies de la cama, con una piedra roja en la boca y la cuenca del único ojo bueno apuntando hacia su dueña.

FUERZA amanerada y algo BARROCA

La letra del escriba

BOCA DOMINANTE

(ILUSTRACIÓN: FÉLIX GUERRA)

A la cuerva preñada le suministra sin dudas un cuervo

irresistible y dominante.

Pero ni ella ni él son más golosos que mis propios ojos.

Mi extirpe se alimenta del magisterio proteico de criaturas

en rebaños, bandadas, huertos, cardúmenes. Y engorda

de gulas bíblicas y lactancias enciclopédicas.

Nos alimentamos del gran botín, con todo lo más saludable

y exquisito de un gran planeta solar.

Suman botánicas y perniles en tarima. Hornillas encendidas,

vajillas en uso, platos en mesa. Bosques y ríos y mares

abiertos las 24 horas. Restorán y fondas con las puertas

de par en par hasta la madrugada. Etc.

Al margen de escribir versos, incluso el poeta aprende

a endulzar su café y pelar una gallina. 

Muy cierta noticia: casi todo ser vivo escala el camino hasta mi boca dominante. No todos: solo los que apetezco

y digiero sin sufrir cólicos ni conmociones cerebrales.

A mi alcance imperioso, lo no tóxico. Criaturas sanas y cachorros, pichones, alevines, cogollos, retoños, menudencias.

Atunes pasados por agua cabecean sueños momentáneos

en mi plato. Al amanecer, también acostumbro a desayunar huevos fritos de cóndor en tabernas al sur. O lenguas

de flamenco a orillas de los grandes lagos.

Alimentos y bocas dominantes se entienden de modo

peculiar. El asunto es no quedar a menudo fuera del convite. En general, predomina una limitada capacidad de resilencia.

Quien se adapta al hambre hoy, mañana se revuelve

contra el hambre. Y se vuelve a inadaptar. Hambre no

es enfermedad del individuo. Es mal de las especies. Mal

social muy extendido por todos los territorios.

Y ojo. El hambre es de las que te levanta por las tripas y

te hace recular al último suspiro. A veces hambre te acuesta

en las cunetas y no te deja levantar.

2

Serpientes en nido fue el inmemorial espagueti

de los dinosaurios.

Buitre predador de quienes escapan en ruinas al desierto.

Buitre verdugo y tragador de inmundicias y roñas.

Devora inocentes y hasta envilecidos culpables.

Frijoles: pequeños ojos negros en el plato de la humanidad.                                                                          

Autorizan al oso polar un magro salario en focas.

Conejo siente náuseas en la boca indigesta del lobo. Zanahoria en la boca Indigesta del conejo.

Almuerzos suculentos y cenas opíparas quiméricos trofeo de épocas arcaicas y utopías del futuro. En estos tiempos, opinan algunos, no hay que ser sanguijuela para cogerle

gusto a la sangre ajena. Es el viejo juego de las clases sociales. Que incluye a la casi totalidad de los seres vivos.

Pájaros, conejos, elefantes, tapires, mis parientes y yo,

logran afinidades por la zanahoria, como parte de enormes competencias.

Algunos políticos proyectan exterminar al buitre. Culpan

al ave, los pícaros. No al infortunio.

Otros empresarios y otros proyectan monopolizar alimentos

y luego liberarlo al mercado, oferta y demanda.

Eventualmente y siempre los que menos devoran

son los más devorados por los que más devoran.

Si antes abundaron fabulosos manjares, muchos sinceramente creemos que ahora se extinguen o los ocultan a diario.

Hormigas construyen deliciosas trillos alimenticios

cuando salen por condumio. Oso hormiguero se relame

en esos atajos y caminos. Muerto el Oso, hormigas preparan un largo festín de vuelta que desemboca en orgía.

Vencejo engorda a costa de diminutas sabandijas

que anidan en el aire de su vuelo. Gorriones consumen

del comercio minorista de las migas terrenales.

Puma acapara senderos y se alimenta de viajeros

y transeúntes que aciertan a pasar. Durante sequías e imprevistos, algún día, polvo y luz del camino también ponen

la mesa y alcanzan a masticar puma.

Hombres, cuervos, lobos, polvo, luz y todos, otra vez  

se disputan el paisaje con fauces entreabiertas.

Otras bocas dominantes consumen de sazonados follajes

y esplendidas carnes en agonía. De mares ya salados

para dar sabores esplendidos a los vegetales.

En este acápite se intercalan historias, leyendas y patrañas virtuales, sobre quien se come o no se come a quien.

3

Tormentas, Lluvia, Sol y Tiempo, entretanto y seguido, consumen al jinete y su corcel. Devoran también del galope y

sus migajas.

FIN DE LAS HISTORIAS. Se entrecomen entre si las bocas, todas las encantadoras y dominantes bocas.

Minimalista barroca americano. Ilustración Félix Guerra

La letra del escriba

FIN DE LA ERA

Soy el individuo y grano de la especie.

EL ciudadano me acompaña acera.

Atributos físicos que cargo los llevan todos                                                                    

con igual intensidad. Atributos complejos

que cargan otros también los cargo yo

con grandes ilusiones.

Mi boca no canturrea pero dialoga.

Mi mano no se agita en los discursos.

Pero escribe versos.

Mi nariz es cada vez menos recta,

pero igual olfatea y presiente peligros. Creo o

creo reconocer a menudo tácticas y estrategias

que mueven los conflictos

No soy sordo pero a veces padezco sorderas

que protegen y permiten meditar.

Mis ojos no son azules ni verdes, pero

son de otro color: logran ver a kilómetros

de distancias y los astros en el cielo.

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras.

No existen grandes desemejanzas, solo

pequeñas desemejanzas. No hay magnas

semejanzas, solo chicas semejanzas. No existen

enormes desigualdades,

 solo diminutas desigualdades.

No existes descomunales igualdades,

solo pequeñas igualdades.

Soy persona que firmo al pie de algunas cartas

y sufre amores. Hago oír mi voz

en el grupo y la familia.

Los que opinan saben que tengo

innumerables opiniones porque además

es lo único que tengo para mostrar.

Parezco sospechoso solo cuando cargo

sospechas. Camino entre ingenuos

y casi siempre parezco gente ingenua.

Camino en silencio pero voz diversa

acompaña por dentro. Avanzo distraído

pero escucho casi todo.

Soy pizca en la multitud y nadie

en la muchedumbre es mayor que una pizca.

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras

Soy individuo y grano de la especie.

Un grano en la multitud de granos.

Fin de la era de pasar inadvertidos.

La orilla de los nadie

Reseñas literarias

Las orillas de Montse Ordóñez

En La orilla de los nadie, Montse Ordóñez atraviesan las sombras que hacen de un mar, el mar: orillas, márgenes, confines, límites… Tuve la oportunidad de estar en Barcelona el día que la poeta catalana llevó por primera vez su poesía al público vivo, para una concurrida audiencia donde se adivinaban caras de quienes ya la querían antes de sus versos. Montse se ha dedicado, además de su labor lírica, a crear puentes en el mundo de las letras y las artes, y darles luz a muchas voces. Yo he sido de esas privilegiadas, así que mis comentarios no están exentos de agradecimiento infinito, pero son, puedo jurar, objetivos y justos, como es ella con sus colegas y amigos.

La orilla de los nadie es una colección intimista, por momentos muy cercana a todas las almas, que brota en torrente desde el alma humana de quien escribe. A veces Montse atraviesa la orilla de los nadie, y otras regresa a la orilla de los todos, porque en sus versos transitan las extremos múltiples.

Algunas de sus imágenes despiden una belleza tremenda; otras, duras y lacerantes, enfocan ojos de vidrio y duelen y son tristes, porque la vida es triste.

Me costó escoger un poema para esta nota. De hecho, terminé seleccionando dos, que vienen seguidos, y que son una representación de lo que el lector va a encontrar, amén de que la poesía de Montse, como la buena poesía, nunca termina en los versos recién escudriñados… sus límites, como sus orillas, son inalcanzables.  

Hoy, a pocos días de que la autora presente su obra en Miami, recuerdo haberla escuchado decir en Barcelona que este libro ya había dejado de ser suyo. Hoy, que escribo, es mío. Pero mañana me gustaría que fuera de ustedes, que tocara sus márgenes como ha llegado a acariciar mis fondos y sensibilidades.

Gracias Montse.

Balada triste para una madre ausente

El corazón de los hombres

Tiene huecos y perdones

El tuyo, madre

Grietas y ventanas donde la dignidad

Aparece envuelta en llanto

El desierto carece de sentido

Y en el mar

El grito mudo de tu ausencia

Pesa y duele

Como un verano

Sin sol

Como una tristeza

Sin pena

Elegía de un hombre solo

Llevas en ti un teatro

Un trapecista

Una cajita de música

Y una carpa de circo

Aceite de jengibre

Esencia de bosquejos

Anaqueles de otra historia

Un réquiem

Y dos sonetos

Llevas en ti una depresión

Una ira

Dos sonatas

Una guitarra

Y un diccionario de llantos

Con eso caminas

Haciendo de las calles

Una elegía fingida

Sufriendo de hambre vieja

Frío de tres inviernos

Y las fiebres de un noviembre

Pobre de ti hombre solo

La intransigencia de la humanidad

Convirtió tu futuro

En un holocausto

Club de Malos

Cuentos del conde

Club de Malos

La lente avanza casi rajando la superficie de una laguna oscura y cenagosa. Poco a poco, entre ramas inertes que se expanden bajo el agua inmóvil, fétida, y los vapores que exhalan las entrañas del pantano, la cámara de Animal Planet se aproxima a un caño oxidado que gotea cierto líquido negruzco, sospechamos, nauseabundo. Se introduce en la cañería transportándonos como en un tren fantasma por un estrecho mundillo de sombras que se mueven sin que atinemos a descubrir sus verdaderas formas, hasta que, luego de un tenebroso, asfixiante viaje que podría pasar por un tour en el infierno, vislumbramos a lo lejos un círculo de difusa claridad, la famosa luz al final del túnel. Por fin, la cámara sale por un inodoro y se desliza en un rápido travelling (desplazamiento, para los no entendidos) hasta un cuarto en penumbras donde tres hombres, armados de whisky y tabaco, juegan al gold pocker; esto es el popular juego de cartas donde en lugar de dinero apuestan pepitas de oro. Sobre una de las paredes cuelga la bandera norteamericana. También una esvástica rediseñada con calas blanquecinas y rosas rojas. Y por un último un cartel, que en letra gótica anuncia: CLUB DE MALOS.

   Uno de los jugadores, de uniforme militar lleno de estrellas, sin su gorra, corta el mazo y reparte las cartas.

   En el borde inferior de la pantalla aparece un subtitulado: “Coronel XX. Graduado en la escuela de formación de oficiales del campo de Guantánamo”.

   —¿Qué tratamos hoy? –dice, mascando la punta de su habano.

   —Lo que aparece en todos las primeras planas, coronel –informa un calvo a lo Bruce Willis, con una pequeña cicatriz bajo el ojo derecho–. Venezuela. –Y mira sus cartas con cierto disgusto.

   Subtitulado: “Agente NN. Importante funcionario de la CIA y asesino a sueldo en sus ratos libres”.

   —¡Venezuela! ¡Hermoso país, cuando era un país! –exclama el tercero, de lentes y traje enteramente blanco.

   Subtitulado: “Mister BB, hombre de negocios que ha hecho turismo por todo el mundo vendiendo armas”.

   El de blanco se divierte con su propio chiste y bebe un trago de whisky.

   La cámara hace un zoom al vaso y se introduce en el dorado líquido, choca con un cubito de hielo, y al salir da unos saltos debido a un ataque de hipo. Luego se enfoca en las manos del de la cicatriz, que mira sus cartas y después al coronel.

  —Dos –dice.

   Recibe dos cartas y las mira con la expresión de un Buda aburrido.

   —Y bien –murmura el comerciante–. ¿Qué hacemos con Venezuela?

   El coronel lo mira sorprendido, al tiempo que acerca dos pepitas de oro al centro de la mesa.

   —¿Cómo qué hacemos? Lo que hacemos siempre. Somos el club de malos, ¿no?

   —Y como malos que somos… –continúa Cicatriz ocultando sus cartas–. Solo podemos hacer una cosa en Venezuela.

   El comerciante arrima tres pepitas, entusiasmado.

   —¡Por supuesto! ¡Invadir ese país! ¡Derrocar al presidente Maduro y destruir a su pueblo!

   Los tres chocan palmas y lanzan una carcajada salvaje. Música incidental macabra. Acercamiento al rostro del militar, muy concentrado en sus cartas, que de improviso mira a cámara con ojos sanguinolentos. La pantalla queda en negro absoluto. Podemos jurar que la cámara ha tragado saliva. Lo siguiente que podemos ver es uno de los ceniceros con un cigarrillo encendido y suficiente ceniza como para sospechar que hay alguien cremado allí dentro.

   Reconocemos la voz del militar cuando dice:

   —¿Y cómo sugieren que logremos ese bello objetivo? ¿Qué opina la CIA?

   Enfocamos a Cicatriz cuando se encoge de hombros.

   —Supongo que lo de siempre. Destruir las industrias para que el país sea insustentable.

   —Temo que no es posible –interviene el comerciante–. Eso fue cumplimentado a la perfección por la política económica de Maduro.

   —¡Mierda! ¡Nos ganó de mano! –exclama el militar, y coloca tres pepitas más sobre la mesa.

   El de la CIA iguala esa cantidad, casi con furia.

   —¡Entonces hay que provocar desabastecimiento! ¡Que no haya comida, medicinas, servicios, y que nadie tenga un céntimo para comprar nada! ¿Me entienden? ¡Matar al pueblo de hambre y enfermedades!

   El militar escupe tabaco al piso. Mira impaciente a Cicatriz.

   —Mi umbral para tonterías es muy bajo, amigo –le reprocha–. Todo eso que usted dijo ya es viejo. Fue la acción de gobierno más exitosa alcanzada por Maduro.

   Pero la CIA nunca se da por vencida.

   —¿Y si fomentamos un régimen militar, bien represivo? –insiste el agente–. Eso que hicimos con America Latina en los 70.

   El coronel repiquetea marcialmente los dedos sobre la mesa.

   —¿Es usted de la CIA o de Disney Channel? –le espeta–. Lo de Maduro ya es una dictadura militar, siempre lo fue.

   Cicatriz lo espía por el rabillo del ojo, frunce el ceño. Duelo de miradas. Música incidental de suspenso. El comerciante trata de romper el hielo.

   —¿Y si… hacemos que estalle una guerra civil? –Muestra todos sus dientes; algún televidente puede pensar que se trata de una sonrisa–. Que la gente caiga como moscas, igual que en esos comerciales de insecticida.

   —Temo que tampoco es una opción –dice Cicatriz, con un gesto de soberbia que dirige al coronel–. Nuestros informes dicen que la criminalidad en Venezuela alcanza niveles pavorosos. Ni con una bomba nuclear podríamos igualar eso.

   —¡Maldito Maduro! –El militar da un puñetazo a la mesa y hace saltar algunas pepitas. La cámara se aleja unos metros.

   —Nos queda una chance aún, caballeros –dice el comerciante. Los otros dos lo miran con ojos ansiosos y una sonrisa vacía de esperanzas–. ¿Qué tal si hacemos que los países envíen ayuda humanitaria para el pueblo venezolano. Los ilusionamos a todos pero a último momento no entregamos nada.

   El de la CIA deja caer su cabeza, resignado.

   —Tarde –susurra–. La ayuda ya la enviamos, y el mismo Maduro la bloqueó, diciendo que no necesita limosnas.

   El coronel arroja el mazo de cartas contra la pared. Se controla. Suspira, inflándose. Finalmente sonríe, como lo habría hecho el capitán del Titanic.

   —Temo, caballeros –prologa–, que si no encontramos una idea en los próximos diez segundos… estaremos ante el primer completo fracaso del Club de Malos.

   Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco…

   La tensión crece al ritmo del conteo regresivo, solo que en lugar del lanzamiento de un cohete desde Cabo Cañaveral, una onda expansiva de maldad insatisfecha estallará como ojiva nuclear expandiéndose por el mundo.

   Cuatro… tres… dos…

   La cámara temblequea.

   Uno…

   —¡Un momento! ¡Un momento! –irrumpe la voz del comerciante–. ¡Ya sé cuál es la gran maldad que podemos hacerle al pueblo venezolano!

   El coronel lo mira con ojos suplicantes. Cicatriz reza una plegaria atea.

   —¿Qué maldad? –pregunta el militar con un hilo de voz.

   —La peor –masculla el comerciante, y sus ojos sonríen con crueldad–. ¡Apoyemos a Maduro!

   Los tres se miran, cómplices. Chocan palmas al grito de:

   —¡Iupiiiiii!!!!

   Y se ponen de pie para entonar el himno nacional. La cámara de Animal Planet se va alejando tímidamente, en un travelling inverso, hasta introducirse nuevamente en el inodoro.

La cuarta versión

Cuentos del conde

LA CUARTA VERSIÓN

  4:00 PM

   Steve Lerner frota sus manos como si tuviera frío, aun cuando le suda la frente, acalorada. No es síntoma de gripe sino de su creciente ansiedad, de la pálida incertidumbre que lo invade cuando debe encarar la primer página en blanco de su computadora. Es parte del oficio. Un ritual incómodo y necesario que lo incita a aceptar el desafío y, según dice, calentar motores, combatir el pánico a la nada, ese vacío en donde ninguna palabra, por maravillosa que parezca, podría llegar a flotar entre olas deshidratadas o a sostenerse de otra palabra que aún no ha sido escrita. Eso, según su definición gramático existencial, es la nada. Y es a fuerza de caminos fallidos que el esperado milagro acontece, como un salvavidas que se descubre a último momento. Las piezas comienzan a ordenarse en su mente y el sistema nervioso da la orden de incrementar la adrenalina. La sangre corre más rápido, irrigando manos y cerebro, la página en blanco deja de ser un ente poderoso para transformarse en un solícito sirviente. Es entonces que Lerner arruga el entrecejo, sus dedos parecen escapar hacia el teclado. Los contiene, los cruje. Casi puede figurarse la escena, casi, hasta que se hace más nítida y empieza a dibujarla con una andanada de tecleos.

   4:30 PM

   En la habitación de un lujoso edificio en pleno centro de Washington D. C., un hombre de aspecto rudo y macizo apoya su humanidad en la silla que le señala el fiscal Thomas Perry. El hombre rudo seca el sudor de su frente con un pañuelo arrugado y húmedo, como si el aire acondicionado no terminara de convencer a su empecinado organismo de que, por un rato, se ha ausentado del tórrido verano de la planta baja.

   Perry se sienta frente a él. Es un hombre pulcro y de manos cuidadas. Su gesto ansioso revela apuro y cierta molestia por verse obligado a interrumpir su trabajo, dejando un escritorio lleno de papeles y una notebook donde aún no se ha activado el protector de pantalla.

   —Y bien. ¿Qué quería decirme con tanto apuro, Miller? –inquiere el fiscal.

   El rudo se toma su tiempo, sonríe nervioso y de inmediato borra la sonrisa.

   —Bueno. Ante todo, quiero decirle que debe estar tranquilo. Estamos con los ojos bien abiertos.

   —Por favor, vaya al grano. Tengo mucho trabajo por delante y pocas horas para terminarlo.

   —De eso se trata, doctor. De su trabajo. Yo… –y se acerca para hablarle casi al oído–. Bueno… tenemos indicios de que van a atentar contra usted.

   Para Perry no es precisamente noticia de último momento. Hace rato que recibe amenazas de todas partes. Cuando denunció los manejos del presidente Trump sabía a lo que iba a enfrentarse.

   Su miedo primitivo, visceral, se transforma en desafío.

   —Para eso están ustedes, ¿no? ¡Para cuidarme las espaldas!

   —Sí, sí, claro. Usted sabe que cuenta con nosotros las veinticuatro horas. Sin embargo, habíamos pensado…

   —¿Quiénes?

   Miller afina la mirada.

  —No entiendo –masculla.

  —¿Quiénes han pensado… lo que sea iba a decirme? ¿Usted y quién más?

  —Ah… –No le resulta fácil entender a Perry, nunca sabe con qué puede venirse. Pero todo parece andar bien, y eso le da más confianza–. Rico y yo, los dos. Le decía que habíamos pensado en un tercer anillo de seguridad.

   El fiscal resopla impaciencia.

   —¿De qué anillo me habla? ¿Puede ser más claro?

   —Quiero decir… El primer anillo somos nosotros, los guardias. Los que custodiamos la puerta del edificio y lo seguimos cuando sale, a donde se dirija; un coche delante del suyo y otro detrás. Somos una muralla. El segundo anillo, o cordón, como quiera llamarlo, es Walker, el chofer, que está armado, por si alguno se nos  llegara a escapar. Nadie puede pasar esa barrera, créame.

   —¿Y?

   —Y… desde que estuvo en ese programa de televisión, usted es el hombre más amenazado del país. Y más ahora que va a presentar cargos contra el presidente. Entiéndame, doctor, no es que dude de nuestro servicio, pero de veras pensamos que no está demás tomar una última precaución para protegerlo.

   —Miller, sigo sin entender de qué me habla. ¿A qué precaución se refiere?

   —Mire, doctor, si algo llegara a fallar, cosa que, insisto, estoy seguro de que no es posible, pero si nuestro sistema defensivo fallara y llegasen a usted, no es bueno que lo encuentren indefenso, ¿me entiende? Creemos que usted debería tener un arma.

   —¿Está loco? ¿Para qué tenemos un servicio secreto? ¡Para que yo deba ir armado como en el far west!

   —No, doctor. No me malentienda. Pero, piénselo. Suponga que un comando asesino logra infiltrarse.

   —¿Qué comando?

   —Ruso. Usted dice tener pruebas para imputar al presidente por haber conspirado con los rusos en las presidenciales contra Hillary Clinton.

   —Pruebas concluyentes. Trump va derecho al impeachment.

   —Lo sé, lo sé. Pero el tema es… Suponga que en algún momento se infiltra un comando y lo sorprende a usted con sus niños… ¿Qué hará? ¿Eh? ¿Dejar que los acribillen, uno por uno? ¿O querría tener un arma para defenderlos?

   Perry calla. Sus labios apretados son la señal de que está sopesando la situación, horrorizado. Luego asiente con la cabeza.

   —Debo reconocer que tiene razón. Me irrita la idea de llevar un… Pero tiene razón.

   —Bien. Sabemos que usted guarda una pistola en casa de su madre.

   —Es una pistola vieja. Ni siquiera sé si funciona.

   —Podríamos revisarla.

   Perry reacciona con su habitual mal humor.

   —¡Deje a mi madre tranquila! ¡Lo único que falta es que vaya a pedirle la pistola y la deje más preocupada de lo que está!

   —Entiendo. Y… ¿conoce a alguien que pueda prestarle una?

   —¿Por qué no me la consiguen ustedes? Deben tener un montón guardadas por ahí?

   —Desgraciadamente, estamos muy controlados. Ha habido movimiento de armas y sumariaron a varios de nosotros. No es posible que le demos una pistola. Ni siquiera debe saberse que le sugerimos portar una. Vamos, usted conoce a mucha gente. Debe haber alguien que puede prestársela.

   Perry queda pensativo.

   —Mi técnico –murmura–. El muchacho que mantiene mis computadoras. Él tiene una pistola.

   El guardia mira el celular que hay sobre la mesita. Lo agarra y se lo alcanza a Perry.

   —Pregúntele, ya mismo!

   El fiscal lo mira alarmado.

   —¿Por qué tanto apuro?

   —Hay enemigos actuando en las sombras. No hay que arriesgarse –dice Miller, sin la más mínima expresión en el rostro–. ¡Llámelo ahora!

   3:00 AM

   Los golpes a la puerta son pausados, casi educados, golpecitos. Lo único que los hace sobrecogedores es que se escuchan a las tres de la madrugada. Perry despierta sobresaltado. Por un momento trata de dilucidar si solo se trata de un sueño. Nuevos golpecitos. Enciende el velador y mira la hora. Maldice por lo bajo. El sueño le entorpece los pies y la prudencia. Ni siquiera toma conciencia de que camina hacia la puerta en ropa interior, sin cuidar su imagen, que en plena vigilia adquiere tanta importancia para él.

   —¿Quién es? –pregunta, y la sólida madera de la puerta le devuelve su propia voz distorsionada.

   —Miller –responde alguien desde el otro lado.

   —¿Qué pasa? ¿Sabe la hora que es?

   —Por favor, doctor. Es urgente.

   Perry da un largo suspiro antes de entreabrir la puerta, resguardando su cuerpo detrás de la misma. En cuanto lo hace, una punzada de temor le comprime el vientre. Miller no está solo. Lo acompañan dos tipos a los que no conoce, ambos con una gorra de visera. Uno de ellos lleva un bigote muy poblado, como el de un mariachi. Para alivio del fiscal también está Rico, el otro guardia, un tipo que, hace tiempo se le antojó, tiene aspecto bonachón y confiable.

   Así y todo, Perry desconfía.

   —¿Quiénes son estos señores? –inquiere, atravesando con su mirada los ojos de Miller.

   El mariachi sonríe y hace una venia informal.

   —Dick Anderson, señor. De la CIA. Tenemos órdenes de reforzar su guardia. Mi compañero y yo vamos a estar en el pasillo, custodiando la puerta.

   —Ridículo –se queja el fiscal–. Nunca fue necesario tanta…

   —Lo es ahora, señor. Se ha detectado una célula rusa aquí mismo, en Washington.

   —Es lo que le había dicho, doctor –interviene Miller–. El nivel de riesgo está en alerta roja.

   Es tarde, piensa el fiscal, ¿qué sentido tiene discutir con la CIA? Si esos tipos quieren quedarse ahí afuera que lo hagan. Solo espera que no fumen ni hagan demasiado ruido.

   —Está bien –acepta encogiéndose de hombros. Amaga cerrar, pero el zapato de Miller lo impide.

   —Disculpe, doctor –dice el guardia–. Pero… su técnico vino esta noche a verlo. Suponemos que le trajo el arma. –Perry lo mira sorprendido. Miller asiente y señala a los de la CIA–. No se preocupe, ellos lo saben.

   —Sí, me trajo una… Bersa, creo. Y ahora si me disculpan…

   —Espere, doctor. Un minuto más. Necesitamos ver esa pistola.

   —¿Cómo? ¿Está loco? ¿Viene a esta hora por esa ridiculez?

   —Ninguna ridiculez, doctor. El agente Anderson es un experto. Debe revisar su arma para verificar que funcione como corresponde.

   —¡Que lo haga mañana! ¡Ahora me voy a dormir! ¡Sabe lo que significa para mí perder estas horas de sueño! ¡Tengo mucho trabajo!

   —Lo sabemos, señor fiscal, pero esto es por su seguridad. –La voz de mariachi suena calma pero firme, esa clase de voz que no acepta desacuerdos-. Es mi deber no salir de aquí hasta revisar el arma.

   —Pero es que… el técnico me enseñó a amartillarla. Funciona bien.

   —Eso nunca se sabe –replicó la voz calma–. Ha habido casos en que se ha encasquillado al usarla…

   —Pero…

   —Incluso ha explotado por defectos de fábrica, volando la cara del dueño. Lo siento, señor. Debo revisarla ahora mismo. Es el protocolo.

   —¡Dios mío! –estalla Perry, se encamina hacia la mesita de luz–. ¡Ustedes y sus malditos protocolos!

   Perry extrae el arma de uno de los cajones y al voltear lo sorprende que los hombres han entrado.

   —Permítame –dice mariachi acercando su palma. Perry duda un momento y le entrega la pistola. El tipo la manipula con mano hábil–. Es buena. Algo vieja, pero en buen estado.

   —Gracias –ironiza el fiscal, solicitando el arma con su mano–. Y ahora si me permiten…

   Sorpresivamente, el compañero de mariachi saca una Glock y apunta al corazón de Perry, quien, confuso, mira sonriendo a mariachi, luego a Miller.

   —¿Qué es esto? –atina a decir.

   —Entre al baño… señor –es el único comentario del agente Anderson, al tiempo que se coloca guantes de hule.

   —Pero…

   Miller busca tranquilizarlo.

   —No se preocupe, doctor. Es… rutina. Van a revisar el departamento, por si hay una bomba.

   Perry se niega a entender, huye de la realidad con su habitual prepotencia.

   —¿De qué bomba está hablando, imbécil? ¡Llame al jefe del operativo! ¡Quiero hablar con el jefe! ¡Ahora mismo!

   -¡Entre… al… baño! –ruge mariachi, y su compañero toma a Perry de la camiseta para introducirlo en el pequeño cuarto, aún a oscuras.

   —No se preocupe, doctor –alcanza a repetirle Miller, antes de que la CIA se encierre en el baño con él. Luego le hace un gesto a Rico–. Empecemos.

   Los guardias se colocan guantes de hule, y mientras Miller limpia con un trapo todas las huellas posibles, Rico pasa por el piso una pequeña aspiradora portátil.

   Se escucha un estampido. Miller paraliza su accionar por unos segundos. Luego continúa. Los guardias no se miran. Al rato salen los de la CIA del baño, cierran la puerta.

   —Arreglá la cerradura –le dice mariachi a su compañero–. Yo me encargo del celular y la computadora.

   Cuando Miller se encuentra frente al agente Anderson, siente algo de miedo. Trata de caerle simpático.

   —El presidente va a estar muy contento… digo… por el operativo.

   Anderson lo mira de arriba a abajo.

   —¿El presidente? Se enterará por los medios. ¿O cree que necesitamos su permiso para hacer nuestro trabajo?

   Miller traga saliva.

   —Claro… claro…

   —Ahora bajen a la guardia y háganse los idiotas, es lo que mejor les sale.

   Miller asiente y sale. Oprime el botón del ascensor, espera al otro guardia antes de entrar.

   —Odio a ese tipo –le dice en voz muy baja.

   6:00 AM

    Lerner lee su cuento por segunda vez, y decide que buscará el punto propicio donde agregar un detalle que se le había escapado, la mención de que los agentes de la CIA han maniobrado para dejar residuos de disparo en la mano de Perry. No quiere omitir ningún detalle. Vuelve a leer desde el principio. Bebe un sorbo de café. Saca un cigarrillo de la cajetilla, toma el encendedor, se arrepiente y abandona el cigarrillo en un poblado cenicero de vidrio. Maldice. Cuando le encargaron el cuento en esa revista le pidieron que investigara bien el caso, y que lo desarrollara según su criterio. Pero sabe que no existe tal cosa en una publicación. El editor le dará curso solo si concuerda con su propia teoría acerca de la muerte del fiscal. Previendo eso y demostrándose a sí mismo una falta elemental de escrúpulos, Lerner ha plasmado tres versiones diferentes del cuento. En la primera el fiscal entra en pánico y se suicida. En la segunda se trata de un suicidio inducido, por amenaza directa a sus hijos. Y la tercera, la que acaba de escribir, no está nada mal. Pero, ¿cuál? ¿Cuál de esas versiones coincidirá con las apetencias del editor? ¿Acaso le conviene entregar las tres juntas para que el tipo elija? No, claro que no. Se sentiría uno de esos periodistas mercenarios que siempre marchan por donde sopla el viento. Eso le recuerda la anécdota de un profesional que fue a buscar trabajo en un diario y como prueba le propusieron una nota acerca de Dios. Cuando el periodista preguntó: “¿a favor o en contra?”, fue contratado inmediatamente. La antítesis de lo que él siempre soñó ser. Un periodista independiente, comprometido con la verdad. La verdad. La verdad os hará libres. Y al murmurar estas palabras, el milagro sucede. Pero esta vez con una fuerza inusitada que lo sacude desde las entrañas. Algo que nunca antes había sentido, como una trompada inmaterial que le destroza el plexo. Dios mío. Siente miedo de lo que está vislumbrando. Apenas puede dar crédito al rompecabezas que termina de armarse en su cerebro. ¿Sería eso lo que realmente pasó? Porque si esa es la verdad, temblarán los cimientos mismos que sostienen la Nación. Y si no lo es… pasará por un demente, o un escritor trasnochado enmarcado en la más catastrófica de las ficciones. Un sudor helado le atenaza el cuerpo. Flexiona una y otra vez las manos, buscando irrigarlas, darles vida, bombearles una adrenalina que lo inunda. Mira la página en blanco en su computadora. Siente la ansiedad y el pánico al vacío con la velocidad de un meteoro, como si ya no tuviera tiempo para rituales. Está dispuesto a desafiar al mundo, aunque termine víctima de un suicidio orquestado por sus propios personajes. Ya no hay margen para la mentira, y empieza a escribir la cuarta versión.   

Tres deseos...

Cuentos del conde

TRES DESEOS A LA LUNA DE AGOSTO

(Fragmentos de una novela que nunca verá la luz)

De aquellos tiempos solo me queda el silencio. Vivíamos nuestro propio mundo, éramos la noche plena y como vampiros negábamos el sol durmiendo. Yo no era ni mejor ni peor que los otros. Y ellos, a quienes los años han desdibujado de algún ingrato modo, fueron mi único espejo.

Anduvimos juntos desde chicos. A los once o doce resultábamos ser el terror de Villa Inflamable. A los dieciséis La Colorada cargaba una 45 en la cintura y dos abortos. Polaco y Gaspar tendrían la misma edad, yo era el menor. No tardamos mucho en meternos en problemas serios, o tal vez, por nuestro estilo, tardamos demasiado. Polaco coleccionaba dos muertes, Gaspar y yo estábamos ansiosos por alcanzarlo. Era la Colo quien nos mantenía unidos y a la vez con sospechas. Cada uno pensaba que los otros habían tenido algo con ella, y ella nos hacía creer que quien no lo hubiera hecho ya, terminaría (al menos una vez) entre sus piernas. Era la jefa.

 Me consiguió la primera 45. El arma pesaba más que mi vida.

— ¿Tenés revólver vos? —preguntó con voz áspera, clavando los ojos de caramelo en los míos. Iba a mentirle diciendo que lo tenía que ir a buscar, pero por inexperiencia o instinto dije que no. Entonces ella aseguró que lo solucionaría enseguida. Delante de mí se bajó los pantalones, llevaba una tanga negra con un dibujo de Kitty al frente y el culo dividido por un hilo casi invisible. Se puso una minifalda negra que dejaba ver sus piernas algo golpeadas pero bonitas. Luego le hizo un nudo a la remera dejando el ombligo al aire, se ató el pelo y se maquilló.

— Ya vengo.

Me quedé pensando cómo sería tocar ese cuerpo. Encendí un cigarrillo y me tiré sobre los restos del sillón; el relleno de los almohadones apolillados sobresalía; varias pulgas iban del tapizado a mis brazos, dejaban pequeñas ronchas, seguían rumbo al piso y saltaban otra vez al sillón. Me acaricié sobre el pantalón, saqué la pija algo dura y comencé a masturbarme pensando en las tetas de La Colorada, acabar sobre esos pezones pálidos… Acabé y me limpié con una parte de la manta.

Todavía estaba agitado cuando ella volvió con una botella de tinto. Me miró, puso su mano en la espalda y sacó la 45.

— Tomá, dijo y la arrojó a mi estómago. Me sorprendí. Sonrió y se desmoronó sobre el colchón que estaba junto a la pared.

— ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Pensaste que no la iba a conseguir? —negué con la cabeza— ¿Viste? Y todo con esta boquita —echó un trago, se acomodó y siguió—. Fui hasta lo del Tano, tiene en el aguantadero a dos rati que liquidaron a un tipo de guita mientras lo afanaban. Se la chupé a un tal Miguel y me pagó con el caño y la botella. ¿Imaginate si le entrego el culo? ¿Sabés lo que me podría dar si se lo dejo todo para él? Me quedo con la 4 x 4 que tiene el tipo —rió— Pero no, todavía no nació el que se ganó este culo.

Metió la mano bajo el colchón y sacó una bolsita con un par de fasos de marihuana. Prendió uno y lo compartimos. No podía dejar de mirarle las tetas, ni los labios, ni imaginar cómo sería su concha. En medio del humo dulce dejé la pistola a un lado y me le acerqué para besarla. No solo esquivó mi boca, sino que manoteó la 45 y la puso en mi sien.

— Escuchá pendejo, a mí, escuchá, aprendé, a mí me tocan cuando yo quiero, ¿entendés? —afirmé con la cabeza— ¿Está claro? No te escucho. —Dijo y preparó el arma para disparar.

Las piernas me temblaron.

— Perdoname, loca.

Tiró de mi pelo con fuerza y me entregó el arma. Enmudecido, la guardé en la cintura. La Colo estaba furiosa. Puteaba y escupía. Se paró junto a la puerta, brazos cruzados y cara de asco, no hizo falta que dijera nada. Era hora de irme. Al pasar a su lado la empujé contra el marco y la besé. Fue un segundo. Ni siquiera le pude meter la lengua en la boca. Pero esta vez no tuvo tiempo de morderme o tirar una patada. 

Demonios

Cuentos del conde

LA BROMA

Los resortes del colchón emitían un lamento metálico cada vez que mi cadera buscaba acomodarse, o la de ella. Habíamos traspasado sin euforia la barrera del orgasmo, y ya me estaba aburriendo. Será por eso que se me ocurrió la broma. Fijé la vista en el espejo del techo; mi cara resaltaba en la penumbra por el resplandor rojizo de una lámpara. Marta descansaba a mi lado. Respiré profundo, dos o tres veces.

-¿Qué te pasa? –preguntó ella.

No contesté. Apreté los puños, abrí desmesuradamente los ojos y empecé a murmurar palabras extrañas, palabras que ni yo mismo entendía y que semejaban un susurro diabólico. Palabras que reverberaban en los recovecos del cuarto, y que, extrañamente, le daban a mi voz una cualidad siniestra que nunca antes había escuchado. Me pareció divertido. Pero Marta se asustó. Y se asustó en serio. No la creí tan sensible. La vi por el espejo alejarse de mí suplicando que no siguiera.

-Vení, tontita –le dije. Se puso a llorar-. Vení, no lo voy a hacer más –y la abracé.

Permanecimos así por un rato. Fue hermoso descubrir su debilidad. Sentí que podía dominarla plenamente, y esa sensación vitalizaba mi deseo hacia ella. Hicimos el amor mejor que nunca, hasta que el tiempo se agotase.

Doce de la noche. Todo estaba por terminar. En cinco minutos ella iría al baño y empezaría a vestirse. En cinco minutos mi poder llegaría a su fin. No más miedo, no más protegerla. Tenía que experimentar mi dominio por última vez, prolongar cuanto fuese posible el goce que me procuraba. Y casi sin proponérmelo, nuevamente los puños apretados, ojos bien abiertos. Las palabras salían ahora con más fuerza. Marta volvió a suplicar, y se escondió bajo la sábana. Yo no podía detenerme, estaba poseído por mi propio deseo de aterrarla. Pronuncié los nombres que, como lengüetazos de serpiente, iban emergiendo por los fangosos desfiladeros de mi cerebro. Así aparecieron Molock, Asmodeus, Dofernus, Belcebú, y muchos otros. Hasta que por fin me detuve. Me sentí culpable. Marta estaba totalmente cubierta por la sábana. Quise pedirle perdón. No pude siquiera intentarlo. Otra vez el susurro. Pero esta vez no era yo. Beliak. Dirus. Astarot… Se me erizaron los pelos de la nuca, un sudor de hielo me recorrió la espalda. Pero enseguida me di cuenta. Era ella. Le dije que estaba bien, que la terminase. Pero seguía con mayor intensidad. Nebirus. Gotar. Satanás… Me incliné sobre ella y arranqué la sábana. No encontré el rostro de Marta, sino el de un anciano que me miraba fijamente y seguía susurrando.

ontse Ordoñez presenta Luz en la piel de Gabriela Guerra

Partes de Guerra

Una poeta que me habla: Montse Ordóñez sobre mi “Luz en la piel”

En el mes de septiembre tuve el gozo de presentar en Barcelona mi más reciente novela: Luz en la piel. Cinco voces de mujer. Allá, en la librería Documenta, una poeta extraordinaria, Montse Ordóñez, me recibió para hablar de mi novela y de esto que es el derecho a ser mujer y a ser mujer en el siglo XXI. A continuación les comparto las palabras que Montse escribió y dijo, una apertura con la que me quedo siempre adentro: “Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que…”.

Presentación Montse Ordóñez: Luz en la piel, de Gabriela Guerra Rey

Gabriela Guerra visita de nuevo Barcelona y en esta ocasión nos trae una novela en la que la emoción palpita en los márgenes a través de las historias de cinco mujeres que a día de hoy aún andan buscando su lugar e identidad en el mundo. Esta es una novela escrita por una mujer dirigida a ambos sexos, a la mujer porque sirve en ocasiones de espejo y al hombre porque ofrece una visión que él mismo, en muchas ocasiones, desconoce, el sentir emocional de la mujer. Aquí no hay vencedores ni vencidos, hay solo víctimas de unas sociedades que arrastran el atraso de los siglos. La condición humana tal parece condenada a no entenderse entre ambos sexos. El papel de la mujer tan traído y tan llevado en estos tiempos, es el que es, y dar a conocer la miseria de la entraña femenina es también una manera de alzar la voz, de gritar un basta. De renacer y volver a crear un camino. Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que solo ponen el foco en el grito del que clama y dice basta.

 

Montse Ordóñez, Barcelona 1974. Gestora cultural. Creadora del proyecto cultural Cuban Rapshody, donde se aglutinan varias disciplinas artísticas y literarias de la cultura cubana. En 2013 colabora junto al fotógrafo David Pujadó en la edición de la exposición “Fotografiant Gil de Biedma” que se realiza en la Biblioteca de Terrasa, Barcelona, que posteriormente se expone en el Instituto Cervantes de Belgrado. Colabora en la edición y prólogo del libro de Ariel B. Acosta, La balada de los suicidas, publicado en USA por Eriginal Books. En 2014, colabora en la edición y prólogo del libro del poeta cubano Delfín Prats, El esplendor de las palabras, publicado en España por Ediciones Cumbres. En 2015, presenta dos lineas editoriales en el CCE de Miami, USA. En 2016, imparte un taller de poesía y narrativa en Barcelona e impulsa el proyecto de la Libroterapia.

 

La hormiga y el grillo

La letra del escriba

Un verso de Esopo

Como un mar de terracota que se mece con el viento,

va y viene la hojarasca al capricho de su aliento.

Los desnudos centinelas con nostalgia las observan

a las hojas que eran suyas en los días de otros tiempos.

 

Sufre el grillo aterido mientras canta a las hormigas,

ellas miran desde un hueco todas juntas compungidas;

“cuando parta el otoño y le dé paso al invierno,

ese necio, finalmente, entenderá lo del esfuerzo”.

 

“Pobrecitas, todas ellas, hacinadas en su encierro”,

piensa el grillo mientras tiembla y se pierde en el recuerdo

de aquel día, en primavera, de su trance embelesado

por los visos del plumaje de un colibrí colirrayado. 

 

Largos meses concluyeron, salen todas del cimiento.

Las obreras ya se atienen a juntar el alimento.

Una interminable  caravana de frutos y ramitas

que acarrean diligentes sus pequeñas cabecitas.   

 

Una hormiga recelosa deja a un lado su cosecha.

Se echa a andar por los senderos, nunca dobla a la derecha.

Ya no aguanta esos veranos de absurdo conventillo,

solo quiere honrar la vida y cantar como aquel grillo.

 

Un cuento que me contaron en la escuela-Luciano Walter. Foto tomada de internet.

La letra del escriba

Un cuento que me enseñaron en la escuela

Él hizo, a instancias de su padre, de su tumba un cenotafio,

ascendiendo y confirmando, para asombro de todos, su presagio.

 

Si lo oyes, desconfiado, atacado de escepticismo y te suena a ficción;

no lo dudes, compañero; él, aquel barbudo, te fundó una religión.

 

Me pregunto atribulado y perplejo, a riesgo de que me traten de pendejo

¿No podría este loco lindo, se me ocurre, haberse salvado el pellejo?

 

No se ofusquen, no me agredan, ni me acusen de ingrato

pero creer en estos cuentos; che, amigo, se me hace de novato.

 

Más aún si en la teoría, el pobre de José nunca la tocó a María.

Si esto a tu madre le hubiera pasado, dime, ¿quién carajo le creería?

 

Los más raro es verlo a Pancho, vistiendo de blanco,  siempre tan ufano.

Mil abusos condenando, muy orondo, en su pequeño trono del Vaticano.

 

Como si sus largas y aburridas peroratas enfermas de ceguera,

fueran a rescatar a todas aquellas brujitas que quemaron en la hoguera.

 

Mientras tanto, en su parroquia, el cura cumple con el ancestral rito:

“¡Che, purrete! Basta de lágrimas, hacedme caso ¡y tocadme el pajarito!”.

 

 

La letra del escriba

Oda a las mujeres que no

(Tomado del poemario Venus en Acuario, Kintsugi Editora, 2016).

 

Eso que te quiera decir como bailar,
de lo que te rías;
que si te ponés la pollera
corta, el jean
ajustado
o la remera muy
apretadita.

Ley 26.485, Marie Gouric

 

 

Linda,

sin saber

elegiste un guardián

que guarde la llave de

esa cueva que

no te atrevés

a morar.

 

Venerás a ese varón.

 

Entonces: la pertenencia.

 

Como si solo a través de

un varón puente

lograras alcanzar

el ansiado placer

sexual.

 

Ya sé que mamá dijo que

la mano de ahí

saqués.

¡Y si hoy

te tocás

de una vez!

Animate a frotar

ese borde que,

a pesar de

propio

solo ofrecés a alguien más.

 

Enarbolemos la paja

femenina.

 

Hacéte cargo de

tu fisiología.

Que el chico venga

solo si

te fascina.

Nada de

necesitar que

te cojan, che.

 

Quiero,

como Evita con el voto

y con el Papanicolaou, Tita

perdurar en la memoria

como la que

alentó la

masturbación masiva de mujeres,

el amor libre,

el sexo porque sí,

porque se me antoja.

 

Hoy

con vos,

 

hoy

con vos,

 

hoy

con vos.

 

Y así.

 

Claudia Sobico, Pcia de Buenos Aires, Argentina, 1973. Actualmente escribe para FRACTURA, suplemento literario de la Agencia Paco Urondo; integra INSURRECTA, concierto poético en vivo a cuatro voces, y es miembro de la colectiva feminista de escritoras, nP (Nosotras Proponemos – Literatura). Es autora también de La Grafa, (Alto Pogo, 2015) (nouvelle).

 

El campo de batalla

Cuentos del conde

LA CARGA DEL REGIMIENTO MOJADO

Atrincherado tras un árbol observé el campo de batalla. La lluvia de la noche anterior había cubierto el suelo con innumerables charcos de agua sucia, y supe que sólo un milagro me permitiría cruzar a salvo hasta mi objetivo. Mi cuerpo era un cable de alta tensión. “Esta guerra acabará con mis nervios”, pensé.

Alguien llegó y se puso a mi lado. Otro soldado desconocido. Al menos yo no lo conocía, pero por su cara de angustia sin duda pertenecía a mi mismo regimiento. Era joven, un soldado bisoño, inexperto. “Están mandando cualquier cosa al frente”. Me pregunté si alguno de los dos caería en esta misión, y rogué al cielo que en ese caso el desafortunado fuera él; y me sentí culpable, asesino. Pero me tranquilizó pensar que seguramente él rogaba al cielo que cayera yo.

El tránsito empezó a ceder. Advertí que llegaba el momento. Miré a mi camarada de armas y sentí que nos entendíamos como se entienden los hombres en un momento decisivo, sin pronunciar palabra, dándonos mutuo valor con la mirada. Él se ajustó la campera y empuñó su paraguas. Yo me soné la nariz. Una ola de confianza invadió mi espíritu. Sentí que podíamos hacerlo, tenía fe en nuestra causa, estaba seguro de que lograríamos cruzar la avenida sin que esos malditos autos nos enchastraran la ropa con el agua sucia del asfalto. Y a pesar de que el semáforo no andaba, nos lanzamos al ataque, corriendo como ñandúes hacia la vereda de enfrente. Nunca me las di de héroe, pero respetando un código no escrito, yo, por ser veterano, iba adelante comandando la ofensiva, buscando claros, marcando el camino. El contraataque enemigo no se hizo esperar. Empezó con un Fitito que pasó a toda velocidad sobre un charco y a duras penas pudimos esquivar las salpicaduras. Miré hacia atrás para ver si mi recluta estaba bien. Me hizo un guiño. Sentí que confiaba en mi experiencia, y me sentí responsable por él. Tenía que llevarlo a salvo hasta la otra vereda.

Seguimos avanzando hasta copar la mitad de la avenida. Nuestro empuje duró muy poco. El enemigo logró detenernos con tránsito graneado. Las salpicaduras disparadas a quemarropa silbaban cerca nuestro y pensé que ahí acabaría todo. Sin embargo, esta vez la suerte estaba con nosotros; un Ford chocó contra un colectivo de la línea 60 y pude aprovechar el claro. “Sígueme”, ordené a mi subordinado, y empezamos a atravesar las líneas enemigas, avanzando en zigzag para evitar que una combi afinara puntería con sus ráfagas de barro. Vi la otra vereda. Tan cerca que recobré las esperanzas, y sólo pensé en llegar. La desesperación me hizo correr descuidando mi flanco. Ya casi estábamos, ya casi… De pronto algo me congeló la sangre. Un camión cisterna de YPF pasaba frente a mí disparando una poderosa andanada de agua sucia. Me zambullí hacia un costado, esquivándola. Entonces escuché el grito desgarrador y supe que mi compañero no había tenido la misma suerte. Quedé paralizado, el cuerpo me temblaba. Giré lentamente la cabeza. Vi su jean y sus botitas beiges bañados en barro. No quise ver más y corrí, corrí aterrado, corrí hasta que me dolieron los pies. Me avergüenza admitir que en ese momento sólo pensé en salvarme.

Por fin, de un salto llegué a la vereda. El corazón se me salió por la boca, y luego volvió a entrar. Una vez más había alcanzado el objetivo. Sin embargo, la amargura me envolvió al recordar a mis compañeros caídos. Miré el campo de batalla que quedaba atrás. Una anciana cruzaba con su caniche y era empapada por una moto. “Maldita guerra, ni a los civiles respeta”. Seguí mi camino, silbando una melodía triste.

En la siguiente esquina me esperaba otra batalla.

 

 

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