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La metamorfosis continúa…

Fragmento de Tres en una taza, Froilán Escobar

A Lezama, los enfermeros tampoco podían sacarlo de su casa por la puerta, porque: hinchado por la fiebre y porque los riñones no le drenaban, estaba lleno de líquidos y de presagios oscuros. Ni siquiera Lezama entendía cómo aquello de lo que él había sido parte, ahora lo abandonaba. Cómo los amigos habían dejado de venir a verlo. Él, el viajero inmóvil, a pesar de su experiencia de solitario, no podía lograr que los opuestos se resolvieran en forma de cercanía para darle un sentido a lo perdido. Su verdad ya no podía ser conversada. Las cosas que se hablaban de él eran, ahora, un enemigo rumor que crecía. Por eso cuando su esposa le preguntó: Ay, Joseíto, ¿qué podemos hacer? El dijo: Tranquila, María Luisa, tranquila, porque no tenía otra respuesta. Ninguna de las eras imaginarias era suficiente para sostener su débil columna de humo. El viento aciclonado, que se lo llevaba todo, se lo estaba llevando también a él. Trastabillaba por la sala. Se sentaba en su sillón y le daba vueltas al tabaco como si descifrara la metamorfosis de la noche insular, hasta que el humo, que trepaba como enredadera, lo envolvía y lo dejaba en sus jardines invisibles. Podía verse, en el claroscuro de su casa, cuando chupaba el tabaco dándole vueltas entre sus dedos de manera acezante como si se ahogara, que el humo, en su acumulación, lo borraba del sillón, se lo tragaba. Ay, Joseíto, le decía María Luisa, la mujer, no sigas fumando así que ya casi no te veo. Pero después volvía a aparecer con una nueva imagen y se reía. No temas. La metamorfosis continúa. La única realidad es la transformación constante. Entonces saboreaba de nuevo otra bocanada haciendo girar el tabaco, y hacía gala de la ambigüedad de sus expresiones para dejar atrás cualquier significación directa. Y concluía: Parece que estamos leyendo el Libro de los Muertos, porque ya siento en la boca el sabor de los pasteles de azafrán.

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