A 4 manos

Magnolia Tango

Escrito el 8 de julio de 2021 a las 3:38 pm, por Osiris Gaona

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

La tristeza

Escrito el 6 de julio de 2021 a las 3:17 pm, por Annia Galano

Llega

desgarra córneas

hiere párpados

tose sin pudor en mis narices

aletea en el borde de los labios

rasca la espalda de mis dientes

tiembla en la barbilla

lame el cuello

recorre el pecho con su hocico

baja

como siempre baja la tristeza

en su camino predecible hacia las tripas

encuentra el ombligo trasnochado

descarga allí su desaliento

se detiene en el olor de tu cuerpo

que inunda terco mis entrañas

recorre muslos

identifica un lunar

            dos cicatrices

roza indecisa mis rodillas

resbala un poco

se detiene en los tobillos

toma aliento

Llega a los pies

Me inmoviliza

El gran Gonzo

Escrito el 18 de junio de 2021 a las 3:23 pm, por Arturo García Caudillo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.

DE CÓMO ME DIO POR ESCRIBIR “TITANIC CITY”

Escrito el 15 de junio de 2021 a las 6:02 pm, por Eduardo Goldman

Ilustración de portada: Israel Quezada

Cada novela tiene su propia génesis, la semilla original que le genera vida. Una imagen, un pensamiento, un mensaje que da sentido a la vida del autor. A veces una palabra en apariencia desconectada del mundo, o dos, como en el caso de Titanic City.

   El título de la novela se me presentó de la nada mientras caminaba distraído por la calle Cerviño. ¿Por qué razón? Sabe Dios. Emergió en una suerte de trayecto inverso al de aquel transatlántico de lujo que se hizo inmortal con su hundimiento. Sin embargo, la elección de ese título que lo rememora no tuvo como fin el obligado bautismo de una novela naciente, por el contrario, fueron esas dos palabras lo primero en concretarse, el disparador de una historia que ni siquiera imaginaba.

   Lo más cómodo hubiera sido desechar la ocurrencia para evitar embarcarme -otra vez el barco- en una aventura que ya me resultaba fatigosa. Con mis cuatro novelas a cuestas, la idea de recomenzar esa ardua tarea desafiaba los cimientos más profundos de mi personalidad, donde la pereza es uno de los principales accionistas. Cuentos, canciones, obras teatrales de pocos minutos, eran y son mis actividades predilectas por el plazo que me lleva terminarlas. Una novela es una maratón en la que a menudo uno se lanza sin saber cuándo colocará la palabra “fin”, y a veces ni siquiera bajo qué circunstancia de la historia. Requiere de mucha concentración evitar incoherencias y controlar a un sinnúmero de personajes que, por lo general, tienden a hacer y decir lo que se les antoja.

   Me obsesioné con ese título, al que guardaba como secreto de Estado. Y su misma clandestinidad le hizo cobrar fuerza. Supe que debía pasar nuevamente por el riesgoso desafío de escribir una novela. Pero, ¿cuál novela? ¿Qué historia podría justificar ese título fundante? ¿Qué maldito mensaje estaría enviándome mi inconsciente -sí, soy algo freudiano- y con qué aviesas intenciones? Y las preguntas fundamentales: ¿podría yo comenzar el relato sin que un eventual estancamiento lo dejara trunco? ¿Podría proyectar personajes creíbles y significativos? ¿Lograría un final que fuera medianamente digno de mis expectativas? Son preguntas que uno nunca debe hacerse si quiere empezar a escribir.

   Decidí no hacerme demasiada mala sangre y basarme en mi cuento “El día en que no hubo viento”, para partir con cierta ventaja. Y desde allí, sí, librar todo el peso del relato a los nuevos personajes. Ellos son duchos en el arte crear situaciones y llevar adelante una historia apasionante, mucho más que yo. Y los dejo hacer, como un director de cine que les planta un guión pero que también confía en sus habilidades para improvisar.

   Escribí poco más de un capítulo, y me detuve por meses. Francamente, creo que me faltó convicción para seguir adelante. O quizás fue solo falta de ganas. Entonces ocurrió algo que habría de darme el ímpetu que necesitaba. Fue en 2019, durante la Semana Negra de Gijón. Yo me encontraba presentando mi novela Como perro que aúlla en la oscuridad (Huso Editorial, Madrid, 2019), cuando Juan González, periodista de la agencia EFE, me hizo un reportaje solicitando que le hablara de mis nuevos proyectos. No tuve más remedio que contarle de mi novela en ciernes, y que él publicó de esta manera:

   “La ciudad de Buenos Aires bajo una intensa nube de contaminación obliga a la gente a refugiarse en lo alto de los rascacielos, dominados por bandas de criminales vinculadas a los clubes de fútbol. En ese escenario, una mujer que fue capturada por una de las bandas lucha por ser libre y dejar atrás una sociedad que parece muy ordenada pero que es terriblemente salvaje”.

   Cuando vi ese reportaje reflejado en varios medios internacionales, me puse a escribir por temor a que alguien me copiara la idea. Anótese que soy paranoico. La escritura en cuestión me llevó unos seis meses, todo un record para mí, y al terminarla, aún ignoraba que poseía cierto carácter profético, ya que a fines del 2020 la nube tóxica que aislaba a la gente en los edificios de Titanic City se convirtió en una pandemia real con similar destino trágico.

   Y esa fue la génesis de Titanic City. No hubo épica. Sólo el azar, mucho trabajo y, cuando no me topaba con demasiados tropiezos, el placer de cabalgar una historia que termina siendo mi propia historia, irreconocible, maquillada con algo de oficio.

                                                                                                  Eduardo Goldman

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Conoce más sobre la obra y el autor en:

Échale un vistazo a ese caminante

Escrito el 10 de junio de 2021 a las 2:36 am, por Luciano Walter

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

Gabriela por el laberinto para salvar a Hellena

Escrito el 6 de junio de 2021 a las 12:19 am, por Gabriela Guerra Rey

(cómo escribí Hellena de Todas Partes)

Creo, hoy más firmemente que nunca, que las obras que escribimos quienes confiamos aún en este oficio macabro y dulce ya vivían dentro de una transparente célula adosada como Plecostomus a los muros interminables e incorregibles de un laberinto. Allí obran la infinitud del tiempo, la deslealtad de las horas y una impenetrable magia que hace verdaderas las historias.

Hellena comenzó a caminar las calles de Roma en las Navidades de 2016, cuando yo misma conocí la hermosa metrópolis de evocaciones imperiales, la verdadera ciudad donde la luz inunda los mármoles históricos y la conciencia del universo, que es la conciencia de la poesía. Como Hellena, yo venía de París, de ver a Agnès, e iba hacia ninguna parte buscando algo que nunca supe. La encontré caminando a orillas de Tíber, mientras los árboles rociaban de flores moradas las orillas acerosas. Juntas recorrimos los íntimos callejones empedrados de esculturas y pasado, visitamos El Vaticano, La Basílica de Saint Pietro y por supuestos las ruinas de aquella gloria remota y bárbara.

Hellena regresó conmigo a París. Pero en la alborada de 2017, yo volví a México y ella se embarcó en un pesquero a velas por los mares del África. Conoció el amor y la desgracia, y cruzó, como los viejos descubridores, el Cabo de Buena Esperanza, todavía llena de ilusiones.

Pasaron grandes sucesos en el tiempo de escribirla, en mi vida y en la de Hellena. Los míos quedan guardados en otro laberinto, el de la memoria, que a cada tanto se cruza en sus pabellones con el de la creación. En el de Hellena pasó el suceso mordaz y magnífico de conocer el continente negro, sus rutas pesqueras, sus arrecifes y colores. También sus miserias y guerras. Allí Hellena, embarazada y enamorada, descubre el milagro de Makar, un niño soldado con el que va a ligarla algo más profundo que la lástima, el desamparo.  

En ese tiempo yo aprendía a nivelar los túneles del desamparo propio, en casa de mis amigos Annia y Raúl, donde una vez más me daban cobijo y amor, y algo que resultó entrañable, un agujero negro en la cocina de Annia, en el que los derroteros de Hellena y su amigo Tassos iban a encontrar abrevaderos comunes.

Algunos versos memorables de Annia pasaron a ser parte de la historia, y una amiga común con el mismo nombre alumbró los días de Tassos mientras la incertidumbre de conocer a Hellena se aproximaba sin asideros.

La novela termina en Grecia, eso no es misterio, sino lo que allí ocurre. Era mediados del año 2019. Yo fantaseaba con ir a Atenas y conocer las calles donde mis personajes soñaban el encuentro. Tassos es de una de esas islas del Egeo donde se fueron a acurrucar las orfandades y tragedias de dioses y mitos.

Por esa época yo corría maratones y escribía un libro sobre mis impresiones espirituales en el cosmos de los deportes de aventuras. Fue en una de esas veladas de agujero negro que Annia me avisó, con las pupilas brillosas, que el Maratón de Atenas, el original, se corría el 10 de noviembre. En septiembre yo debía estar en España para la promoción de Los amores prohibidos de la muerte, que ese año publicó editorial Huso. Mi primera antología de cuentos había tardado diez años en salir. Todo encontraba respuesta en los caminos de Marathon a Atenas. Las estrellas de una constelación llamada Hellena se agrupaban sobre mi cabeza, elevando el sueño de lo ignoto a sus peligrosas cumbres.

Sorprendente fue que en pocas semanas Annia se había unido a la aventura. Nos encontraríamos al final de mi gira en el Barajas de Madrid para llegar como las diosas, por el cielo, a donde Hellena debía encontrar sus verdades, si es que las había. 

El 10 de noviembre, siguiendo la antiquísima ruta del soldado Filípides, Annia y yo corríamos el maratón original, The Authentic.

Al día siguiente, agobiadas de cansancio y gloria, tomamos un ferry para conocer las aguas milenarias del Egeo. Allí, en una verde campiña de pistaches en la isla de Aegina, a la sombra de la luna y los gatos, escribí el final de Hellena de Todas Partes.

El personaje era mío entonces, como Tassos y Makar. Como Constantino. Ahora, debo confesar, estoy triste. Han dejado de pertenecerme para explorar otros laberintos aún más indescifrables, los de sus lectores. Los dejo ir, pero siento que siempre serán un poco míos, aunque en Gabriela no tengan más oportunidad que ocupar su lugar en los frágiles esqueletos de la memoria.

Despertarse en el espacio y sobrevivir

Escrito el 3 de junio de 2021 a las 2:15 pm, por Agnès Gabrielle Guerra Fundora

Una noche, Agnès estaba durmiendo. De pronto, su gato Smigley empezó a virarse a la izquierda, luego a la derecha, y así doce veces más hasta que Agnès se despertó. Luego, lo que ella vio la espantó al principio, la asustó después…. Y así, hasta que se le pasó.

¡Ella se sentó en su camita rosada para ponerse sus pantuflas, pero cuando puso un solo pie en lo que debía ser una de sus pantuflas, o la alfombra de su cuarto, lo que ella sintió fue un vacío!

¡Cuando ella levantó la cabeza, lo que vio le cortó el aliento! Había 15 constelaciones, millones y millones de estrellas, un cielo negro como el espacio…. ¡No, esperen…, de verdad se le está cortando el aliento! ¡Estaba en el ESPACIO!

Menos mal que ella era fanática al espacio, porque en una esquina de la cama (que estaba flotando) descansaba tranquilamente su casco espacial de metal resistente, y el de Smigley, igual al de flores de Agnés, solo que el suyo tenia pintados ratoncitos y sardinas.

Los dos amigos se pusieron sus cascos y el efecto de relajación fue inmediato.

La inspiración y yo

Escrito el 28 de mayo de 2021 a las 3:31 pm, por Alejandro Carro

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.

XIX textos de “Palabra de Hombre”, perteneciente al cuaderno “Antropología Recreativa”

Escrito el 21 de mayo de 2021 a las 3:49 pm, por Amilkar Feria Flores

I

Lo reconozco: soy tan humano como el perro que me guarda lealtad bruta, como el agua que me sube a la cabeza (en lugar de humo) mientras la luna tira de mis ideas, como la mirada sostenida que me devuelve la mujer de cada mañana, como la tierra que cede levemente a mi pisada, como la tripa inteligente que no me reconoce más humano que al aire que respiro.

II

Estoy experimentando la evolución en carne propia. Es una experiencia urgente que me hace mutar cada veinticuatro horas. La angustia de no saber a dónde voy, se compensa con la feliz paradoja de tensar el horizonte sobre un paisaje que no deja descanso para mis pies. Los instintos se estiran, las ideas se encojen, las costillas crujen sus contracciones, y ningún órgano encuentra acomodo en el apretado espacio que se me ha designado para el delicado operativo de sobrevivencia. Ya no cuestiono absolutamente nada, dejando todo el mando al cuerpo, tipo de sobrada inteligencia. A esta hora de la madrugada, atizando el rescoldo de algún vestigio racional, descubro, con anatómica alegría, que mis mejores ideas están acantonadas en las piernas.

III

Desconócete, desobedécete, olvida que fuiste aquel que un día se conoció y obedeció por temor al desconocimiento y la desobediencia. Reconócete este otro lado, ya sin temor, porque la sabiduría infinita y la desobediencia oportuna son recursos indispensables para conocerte mejor.

IV

(Mareaje / a punto del naufragio)

Un argonauta, eso es lo que soy, perdido en el desvarío que tu vida lacia me propuso. Tú eres la sirena que entonó la marcha de las putas, empujando al vacío a los marineros incautos. – So imbécil (me digo), no se te ocurra pedirle otro número, que más muerto no puedes estar.

V

(Mareaje / a babor)

El vigía, en el nido de cuervos, grazna una vez más su soliloquio: “Otro banco de niebla”. La tripulación pierde sus dientes a razón de uno por día, bajo el flácido velamen de una calma que ya dura meses… ¿Y el capitán? ¡Oh, capitán, mi capitán, so maricón, enternecido contador de briznas! ¡Qué diferente habría sido nuestra suerte, de no haber escuchado tus órdenes!

VI

(Mareaje / a estribor)

A veces no sé si soy un navegante, o un náufrago, a bordo de una frágil galera tripulada por marineros que se amotinan cada doce horas. Mi fe es tan ligera, y a ratos fuera de lugar, como la gaviota que hace tres días se posó en el palo mayor. Mi lastre es diametralmente pesado, como el ancla que hace una semana echamos al agua por mero aburrimiento, o delirio, ya no sé. El recuerdo de casa, de la meretriz preferida, late en cada sien febril, agitándose en los sacos masturbatorios de la noche.

“¡Regresemos a Palos, a palos!” – Gritan los marineros a voz en cuello.

“¿A Palos…?” – Pregunto, casi en un temblor.

“Si, ¡a puro palos!” –Responden multitudinarios.

“¿¡Y las Indias que son menester alcanzar allende los mares, aun sin saber que apariencia tiene el horizonte del futuro!?” – Todos, incluso yo, momentáneamente calmados con mi arenga, caemos en la cuenta de la gigantesca empresa que abordamos. Da grimas ver sus rostros quemados, enjutos, desdentados, iluminarse levemente bajo el Sol de este marasmo, mientras repiten:

“…Las Indias, las indias, las indias…”.

VII

Finalmente acabé amistándome con Dios, ese incómodo parásito del subconsciente, que todas las noches se abre camino a empujones hasta la superficie de mis obcecadas aflicciones. – “Siéntate ahí, a mi derecha – le digo – mientras preparo café”. De no padecer esta soledad devastadora y escalofriante, que comparto irreparablemente con ese señor, creo que nunca hubiese hecho el ridículo de dirigirle la palabra, como mismo lo hago conmigo a esta hora del silencio.

VIII

1)

Pienso que hay algo en juego, además de las papas. La fila no debe romperse bajo ningún concepto. Hay modalidades disciplinarias que deben respetarse hasta las últimas consecuencias: Cualquiera podría usurpar mi posición (No. 10).

Una cola no solo sirve para espantarse las moscas, sino, categóricamente, para conservar el equilibrio.

2)

El reptil ha perdido temporalmente su cola. Ahora piensa otra cola. Perder una cola duele la mitad de la vida, pero salva las colas de la otra mitad de su vida.

IX

He descubierto un nuevo punto en el techo, en el cielo. A simple vista no puedo determinar si se trata de una estrella o un insecto, pero algo se arrastra hasta ese punto y lo engulle. Tampoco puedo precisar qué es lo que se arrastra con semejante apetito, ni si tiene patas o puntas. Me estoy quedando dormido.

TV

1)

La pantalla le devora las neuronas, como la luz borra la memoria de un viejo retrato colgado en la pared. La luz se lo traga todo con una voracidad espantosa, persistente, hipnóticamente irreversible. Ahora el galán le dice: “Corín Tellado, este cuento se ha terminado”, y ella se echa a llorar.

2)

Unos minutos de lucidez (tal vez diez), mirando una película del Canal 6, que en realidad no estaba entendiendo. La película trataba de unos chinos que no paraban de correr. Corrían por cualquier motivo y, cuando se detenían, se propinaban patadas y piñazos hasta decir no más. Era una película aburrida, pero, sin darme cuenta, estaba corriendo tanto como ellos. Viendo para adentro el guion de mi vida, comencé a trazarme un rumbo más interesante. Unos minutos de lucidez, después de tanta locura.

XI

¡Huye, escapa mientras puedas! ¡Te estás buscando para matarte! El homicida interior ha despertado con el apetito abierto, y no vacilará en clavar su acero en el prójimo más próximo: en ti, que solo te tienes a ti mismo.

XII

Soy un gran divagador, de vagar, de jugar. Pero, ¡me vago una y mil veces en la hora que descubrí el final del cuento! Ahora vago, o divago (si lo hago dos veces), hasta que me invente otro juego.

XIII

Así hablaba Zaratustra (transcripción del asirio, al griego antiguo, al latín, al alemán…)

“Me digo cada mañana: – Despierta, dormilón, que te van a confundir con un mojón. Pero después, tras un frugal desayuno y profunda reflexión digestiva, depongo un razonamiento aún más elaborado: – ¿Quién, que no sea yo mismo, me va a confundir con un mojón, si vivo solo? Dubitativo, observando el resultado humeante de mi pensamiento matinal, acoto: – ¿Quién de los dos es el mojón? Y en última instancia, de generarme tal confusión, – ¿Qué clase de mojón soy, un mojón dormilón?”.

R/

Soy la discrepancia de dos partículas subatómicas; pero, en un nivel superior, soy la querencia de una molécula de sodio y otra de cloro: Soy la sal de la vida.

XIV

Hoy amanecí resuelto a hacer cualquier cosa, o mejor, cualquier otra cosa. Hay cosas miserables y ruines que te hacen feliz. Otras, felices, surten el efecto contrario. “Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás”. Por eso hago otras cosas.

XV

Mis amigos tienen peste a boca cuando balbucean cualquier confidencia, y un azufrado aliento etílico cuando compartimos tragos. A veces parece que los amigos solo existen para hablar mierda, con el pretexto de limpiarla con alcohol. Mis amigos, de oscilante catadura moral, contienen la respiración cuando me acerco, borracho y confeso.

XVI

El picaporte, tan manoseado por leprosos y filósofos, es el mismo picaporte que ahora pulso; pero la puerta está atorada. Antes de entrarle a patadas, ya la vida tenía un plan maestro para mí, pero yo no lo sabía. Para colmo, derribé la puerta equivocada.

XVII

Las señales no pueden ser más elocuentes: la pitonisa duerme la siesta, el agorero ha bebido más de la cuenta, el funcionario rehúsa de sus funciones. El camino luce demasiado grande sin restricciones. El libre albedrío me hace trastabillar como a un borracho, porque la puerta deja un filo por el que cabría veinte veces.

XVIII

Reposando a los pies del Poeta, mi sueño se reparó de la muerte. El desgaste se desvanece en una región recóndita del cielo. A un tiempo, vuelvo a ser todos los hombres

humanamente posibles. Sesenta minutos caminando al Este de la profecía, sin siquiera dar un paso. / Pico Turquino, frente al busto de José Martí, 20/3/08

XIX

Sostengo mi palabra una vez más. De otro modo, la construcción gramatical caería al suelo convertida en un ripio de comas e interjecciones.

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Sobre el autor

Amilkar Feria Flores, La Habana, 1967. Egresado de estudios superiores en Pedagogía Artística, Artes Visuales, Antropología Cultural, y Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Sus libros de poesía y narrativa breve se han publicado en Cuba, Venezuela y Argentina. Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino. Vive y trabaja en La Habana.

Lunaridades

Escrito el 6 de mayo de 2021 a las 4:51 pm, por Andrey Araya

Sí, lo ves ahí, redondo, colorado. Sería un lunar perfecto -pensás- si no estuviera rodeado de la nada, si alrededor y por debajo tuviera piel que lo dotara de ese mínimo relieve que tiene todo lunar que se respete. Querés ser diminuto para posar tus manos sobre él y abrazarlo, o recostar tu cabeza sobre su suave superficie y acurrucarte en sus delgadísimas arrugas.

De pronto ves salir jirones de piel a lo largo de su circunferencia. Te frotás los ojos como para quitarte el asombro de la mirada. Aquel punto ciego, que antes parecía el mínimo espacio donde comenzó el universo, ahora está rodeado de formas a ratos indefinidas, a ratos oblicuas, curvaturas que tienden al círculo antes de desmoronarse, temblar un segundo y desenrollarse como alfombras mágicas.

Desearías ser más ligero para precipitarte sobre aquellas extensiones trémulas de piel como en un tobogán. Pero una nueva redondez te saca de aquel viaje imaginario para ponerte al frente un pecho liso, impoluto, hasta que una pequeña imperfección se anilla en su parte más alta y forma un pezón. Pensás que no has visto un defecto tan maravilloso en tu vida hasta que otra tira de piel nace a un costado de aquella milagrosa formación y se enrolla justo a su lado, para ascender hasta volverse un nuevo pecho con su respectiva imperfección coronándolo en su cima.

Nueva piel sigue saliendo del lunar para tomar formas inusitadas. Dos enormes trazos se transmutan en unas piernas que no son como las tuyas. Estas tienen una curva por detrás de la pantorrilla que te produce un placer extraño en el vientre. Intentás disimular la erección, como si hubiera alguien más alrededor aparte de vos y ese lunar que se ha vuelto loco escupiendo piel por todos lados.

Ves que entre las piernas recién formadas un trozo minúsculo se enrolla hasta formar un clítoris. De nuevo querés ser más pequeño para abarcarlo con tus brazos y apretarlo contra vos, pero solo atinás a acercarlo torpemente a tu boca y probarlo con ese divertido miedo a lo desconocido.

De pronto, recordás el lunar con el que todo empezó, y levantás la vista para ver hacia dónde se ha ido. Entonces ves que otras curvaturas han encontrado su forma definitiva en una boca, unos brazos, orejas, nariz, cabellos, ojos… Aquellos ojos miel que ahora te miran ensimismado en su clítoris. Ahora querés ser más grande para tatuarte todo contra su cuerpo, aquel cuerpo que recién ha nacido en algún lugar del espacio-tiempo.

Ella te mira, se miran… Y ya no querés ser más pequeño, ni más grande, ni más ligero. Tan solo querés tener la dimensión indefinida de sus ojos, y entrar en ellos y quedarte ahí, del tamaño justo de la felicidad.