A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

EL ECLECTICISMO- IMPERIO ROMANO

La letra del escriba

VERDADES AL POR MENOR

Del eclecticismo de que yo hablo o deseo hablar no es ese…

No es de anudar o empatar tres o cuatro bagatelas diferentes y hacerlas pasar por un producto de alta calidad, acabado de salir de fábrica, del horno caliente de la moda, ni es declaración con ribetes dorados, o aparato de última tecnología pero que eventualmente en poco demuestra que cojea de alguna parte y las piezas de repuesto hay que ir a comprarlas en Hong Kong.

Tampoco consiste en ningún imposible eclecticismo escolástico y pedagógico, que se repite y enseña y se niega y contradice a sí mismo.

Serían definiciones adversas, equivocadas, reduccionistas, de pasa y corre, quizás aprisionada en libros de poca valía o en libelos. O divertimentos. O para tertulias de entre semanas.

Hablo de un eclecticismo de alcurnia humanista, científico y ético, siempre en proceso, comunicante, incluyente, estético, con aliento y futuridad, llegado de todas partes, crítico, dialéctico y complejo.

Hablo de esa arquitectura de pensamiento hermoso y grande, abarcador, que opina que no una filosofía ni una religión ni una academia, sino todas, no para ungirla como yugo, sino para reinar sobre ellas. Como dejó dicho José Martí en páginas célebres.

Es más bien aquella de Marx, para empezar, quien, citando a Diderot ilustrado y precursor, y a los sabios de la Ilustración, citando a los renacentistas más ilustres, citando a los griegos antiguos más sabios, con respecto a dudas y certezas sobre cualquier asunto definido de antemano por cualquiera, como si realidad o lo que aludimos como realidad, incluido irrealidad, pudiera simplemente ser definida sin fecha de caducidad y envasarla como aspirinas o meprobamatos.

El modernismo comenzó ya a apuntar a una esencia o procedimiento ecléctico en todos los asuntos, es decir, por idiosincrasia, a reunir varias y muchas escuelas, y cada vez más, sin soslayar ni rechazar sin análisis, tomando experimentalmente lo mejor de cada cual y a su vez sometiendo a dudas hasta las joyas más ilustres y preciadas de la tradición.

Para mí, hoy, es ingenuo y letal creer solo en el todo de una doctrina, porque te convierte irremediablemente en dogmático. El exceso de convicción crea fanatismos.

Lo mejor, en primera instancia, lo óptimo como sistema, es ver donde está lo mejor de todo, en una búsqueda sesgada, que no es instantánea, como en wipidedia, sino en una indagación in profundis, metódica, sistemática, consciente, infatigable, implacable. No con energía de árbitro o fontanero sino de descubridor y creador que no aspira a lindes inmediatas o indestructibles.

Ese es el espíritu, en verdad, de la ejemplar y gran doctrina humana del conocimiento, desde tiempo primitivos, desde Aristóteles y Heráclito y Pitágoras, desde Platón y Sócrates y Demócrito y Avicena, desde Giordano Bruno y Erasmo, y desde antes y siempre, hasta el último descubrimiento de ayer.

Martí lo afirmó, al hablar de Whitman y Emerson, quienes alertaban alguna vez que el universo no es como lo vemos, no es sus apariencias sino también y sobre todo sus esencias, siempre más complicadas e inextricable de lo que a menudo logramos alcanzar o imaginar.

Y que definir algo, cualquier asunto, y apegarse a ello con Cola Loca, resulta escolástica y luego inquisición, fin del debate, divinización de teorías y teóricos. Son verdades luego que utilizamos como centinelas para vigilar transgresores y encerrar pensamientos creadores.

José Lezama Lima, para mencionar a alguien que conocí bien, fue además de un iconoclasta, un ecléctico confeso, porque siendo católico con respecto a la fe, creía también que la mejor religión era la libertad, como lo escribió antes ejemplarmente José Martí.

No es posible ser seguidor puro en nada, al cien por ciento, indudoso, partidario como una roca, inconmovible al pensamiento opuesto o renovador, sin tomar en cuenta tesis, hipótesis, conjeturas y suposiciones de la ciencia, así como opiniones, cálculos, datos, deducciones imprevistas, descubrimientos, invenciones, vengan de donde vengan, porque el conocimiento y la civilización se alimentan de la totalidad de lo pasado y pensado y también de todo lo que cada día aportan ciencias y artes y pensamientos ideológicos, filosóficos, naturalistas, humanistas de antes y después.

Ortodoxia se mantiene adherida de forma inconmovible a una fe o principios originales y no admite cambios. El conflicto fatal e inevitable de la ortodoxia de cualquier procedencia.

El eclecticismo renueva constantemente, toma de cualquiera y de todas las fuentes, analiza, duda, no desdeña nada ni detalles, intuye que las verdades hay que enhebrarlas, con agujas sutiles, y afinarlas constantemente, como a un piano.

Definir es cenizar, dijo un maestro.

Eclecticismo es reajuste constante, modificación, rectificación, actualización, innovación, y todo el gran aparato del intelecto, el conocimiento acumulado, la investigación, la especialización, la inteligencia, nunca sacralizada, a disposición de ciudadano, e individuo y sociedad.

Eclecticismo de gran estirpe y transitoriamente definido e indefinido, hasta la próxima nueva estación, no solo en diccionarios, sino principalmente en la praxis cotidiana, apunta al futuro. Y a la nueva comprensión del pasado.

Es ya, de hecho, la tendencia del pensamiento moderno, trasgresor de géneros, que reescribe constantemente historias, filosofías y ciencias. Las recicla y somete a la práctica y la acción, al análisis sin límites. Y las deja transitoriamente con un brillo novedoso que apunta hacia los rincones más antiguos o los inéditos e insólitos del porvenir.

Albert Einstein fue un ecléctico que con el dogma de Fe creía en Dios, respetadísimo parecer, sin embargo, con uso de ciencia y pensamiento reflexivo descubrió un infinito impensado que se expande de forma constante, repleto de huecos negros, con tiempo y espacios conectados y propensos a la curvatura, con indicios firmes de que nada es simplemente lo que parece ni permanece inmóvil ni un instante. Todo ello muy lejos de lo que los seres humanos y la ciencia calculaba hasta ese día iluminado de la Historia.

No se mueve, pour se move, pero se mueve, dijo Galileo y al parecer siempre será así.

Asuntos, cosas, contenidos, vida y sobrevida, muerte y submundos, resurrecciones, naturaleza, sociedad, universo, son como la definamos finalmente nosotros, hoy (Hoy es siempre todavía, dijo Antonio Machado), en el interior de las consciencias y en nuestros libros, viejo y nuevos.

Y mañana volverá a cambiar, como ya osciló antes y antes y antes, casi infinitamente.

Es el eclecticismo de que hablo y propongo, visión de la complejidad, del mundo indeterminado, evolucionista y relativista, humanista, incluso pos humanista, regado con lágrimas de la plusvalía arrebatadas a la especie humana, el mundo natural y social que se mueve como marea y no podría ser represado, producto de obsolescencias, en definiciones netamente académicas y marchitas, ni en páginas de cualquier libro, por muy empastado y bien ilustrado que se presente a la venta.

Libros cerrados o sagrados y definiciones erróneas o envejecidas contenidas en cualquier texto aun escritos con gran pasión o manos muy célebres y venerables, también a veces son cárceles de las cuales hay que escapar a tiempo.

Al libro se entra, como a la celdilla de un convento, al salón de lectura de una biblioteca que impone silencio, pero luego resulta imprescindible salir transfigurado y con apetencias de recurrentes metamorfosis.