A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

ENTRE CIELO Y TIERRA

Entrevistas a José Lezama Lima

Hablar de catedrales

Ilustración Félix Guerra

DEL CAPÍTULO 13 DE PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO: “UNA VENTANA POR ABRIR” (1 parte)

Usted habló de catedrales en el futuro. ¿Puede ampliar el concepto?

¿Es más asombroso el titánico acoplamiento de los elefantes que el abrazo amoroso de las lagartijas?  Con igual tijera erótica fueron silueteados los coitos del jubo y la anaconda.  Los seres orgásmicos solo inauguran lo mismo: historia.  La historia eyaculada o escrita de nosotros se erigió con un pie encima, foráneo y férreo, y entre ajenos y alternados bisbiseos y estornudos. Otros comenzaron por nosotros en los lugares que iban a ser nuestros. Nosotros adoptábamos en nombre de lo que  íbamos siendo, tanto los vicios como las virtudes de los que no pudieron dejar de ser los aquellos. Similar a lo inaudito: que de la manga el mago se saque otra manga, o que la garra invada el pecho vecino para dejar a la fuerza el regalo de una gran calabaza. Arrasadores por ambición y excluyentes por vía de los escrúpulos, fueron reducidos por el tiempo a la condición de semilla espermática.  Lo que aquí constituía virtud allá  era vicio, el vicio de aquí alabada virtud allá. No hay simetrías perfectas ni entre los círculos ni en los gemifloros.  La ilusión de la perfección le viene pisando los talones a la utopía desde el comienzo bíblico de los mazapanes.

Los que arribaron a estas ínsulas, penínsulas y territorios continentales, de no haber llegado se hubieran quedado obrando en la propia santidad, sin el resolutivo poder de reimaginar, solo imaginando por otro tiempo el repetitivo líquido  feudal y el  fausto renacentista. El estallido de imágenes universalizadas fluctuó alrededor del choque, con las consecuentes ondas expansivas en distintas latitudes.  Pero en semejante colisión, ¿quiénes forzosamente aportaron el mayor caudal de sangre, más escapatorias, naufragios, nostalgias, quiénes el virgo para que los desvirgaran, quiénes la mano para que la cortaran? ¿Quién imaginó más imágenes entre las muchas imaginadas y dejó ahí resollando sus potencialidades cósmicas?  ¿Qué y cómo colocó cada cual en sus  altares?  Hablemos de dioses derruidos y suplantados, de ceniza fertilizada en el baile de las oraciones, de perniles de cultura cortados para zanjar el hambre de un solo almuerzo, del espejito repartido para que más tarde la víctima admirara sus propias cicatrices.  Me tapan la boca para que no se oiga el grito, pero el grito sigue adentro.  El conquistador actuaba en minoría, y eso era su gran desventaja para apreciar la curvatura de los espejos y el claroscuro móvil de las vitrinas, atesoraba mirando a su puerto de origen, y eso era un estorbo enorme para volar raudo sobre la orquesta y el festín de los instrumentos.  El conquistado resultaba una multitud inmolando la posibilidad inagotable de su propio polvo y por lo general una mayoría obligada a resistir con boca de rana y a temblar con pata de cocodrilo. Aquel metía monedas a su bolsa, el nosotros reptaba por los farallones. Y fuimos nosotros, los aquellos nosotros, los mutilados, los aglomerados en bulto bajo los aguaceros y donando enseguida todo ese sudor al cielo, quienes fulgíamos como las catedrales en el futuro del Viejo Mundo. Con los asaltos a mano armada en los callejones de América, se costeó una buena parte del postín europeo y su reiterado protagonismo.

Aspirar a nuestras catedrales en el futuro no es una renovación de escarnios ni una apetencia de trufar a la inversa. Tal afán solo lograría, si lograra algo, construir pírricas catedrales en el pasado. Eso, en caso de que el consenso de la flor aceptara retroceder a la yema venal. Algunas catedrales en el futuro las imagino como catedrales reales, elevando uno o dos campanarios. Otras como quitatapas sin contrafuertes ni etiquetas: una especie de barro de murano, alquimista y trasmutable, o una cortina tropical, abierta y solícita, o una yeguada en estampida por valles sembrados de polen puro. Otras son más difíciles de imaginar. Que el libro quizás pase de su sitio en la cabecera a ser la cabecera misma, interiorizando poliespumas y linotipos, sería un mérito catedrático de la nación. El auge del poeta y la poesía, entendidos como ser creador y summun creado, en medio de una escasez crónica de generales y acorazados, sería una catedral mayúscula a la que podrían aspirar todos los países y su concierto. Pero la gran catedral llegaría como una certidumbre: colofón de ritmo gótico, preciosas columnatas y rapsodias y comparsas de rutilar, muchedumbre que se juntaría a reconocer los padres fundadores, sin fanfarrias ni solemnidades y en el implícito concepto de que cualquier ser orgásmico es padre o madre fecundante. En esa fiesta, canto al individuo y la individualidad plenos, habría, por supuesto, más flores que artillería, más palomas que rencillas, e infinitamente más tolerancias que crucifijos o banderas. O no serían todavía esas las catedrales del futuro.