A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

La letra del escriba

AZUL DE LA NARANJA

Ilustración: Félix Guerra

De Carteles en las paredes

 

Furia analéptica en la confección pero

el producto lo que desea es tocar el diente

del lector con una frescura suave de tamarindo

y la vida erguida en la canción. El narrador traga

una espada sin cuento, un caldo

pero

borboteante, pero su querencia es hilvanar

filigranas, delicados encajes de tropos y sinalefas y olvidar

los trabajos mugrientos de su sangre. Pasión,

como un fardo de mármol o arena, losa sobre losa,

pero

sacos de trincheras amontonados uno a uno, y sacarse

la laringe con la diestra, pero con el fin conversacional

y lírico de deslizarse sin espinas

por los conductos de la sangre, pisando como

paquidermos, ladrando como perros locos.

pero

Si cocina en el pantano rodeado

de hormigas y zopilotes y crustáceos, sin embargo el narra-

dor tiene la añoranza de entregar nutritivos mazapanes y

divertidos muñecones que cantan a coro: Juan amaba

pero

a Teresa que amaba a Raimundo que amaba a. El alacrán

es la única compañía segura, pero nunca por ningún motivo

llena la estrofa de aguijones, desdeñando al niño diablo

que cierra el portalón. Aun

pero

en el fondo del pozo, entre pocos o muchos líquidos, húme-

do hasta el cuello, el narrador

se afana en remembranzas y le dicta al papel sus últimos ol-

vidos, como por ejemplo: fuimos a ver a la señora

en su ataúd. Al narrador,

pero

a menudo, se le soslaya, se le relega,

se le ignora también en los discursos, y no obstante su tole-

rancia irrefrenable y sus múltiples reservas de ternura lo in-

ducen a poner atención al trino triunfal

pero

de los oradores, al tiempo que calcula que el correo llega

solo dos veces por aquí donde las cartas serían bien re

cibidas. El narrador desea dejar establecido, virilmente dilu-

cidado, que no colocará próximas meji–

pero

llas, sino que redactará nuevos afilados textos. Y para re-

frescarse a continuación de ese buche suyo, de ese ardor y

no sabe si noble regurgitar del ánimo, recuerda risueño

que a fin de cuentas la tierra

pero

es una naranja azul. El narrador jadea asmático en las pe-

numbras y cuando amanece olvida y reparte sábanas con

indudable olor a esperma y se confirma en la idea

de que solo los suyos y nadie más vendrá a defender

pero

esta sed de mendrugos. Al final de la noche,

la lámpara le devora el ojo con un alfiler

de azufre y el narrador no sale a claudicar ni

a cojear ni a mostrar muñones tuertos: despliega

una bandera irreversible

pero

en su balcón y sonríe a esa hora en que el traje

que vestí mañana no lo ha lavado mi lavandera.

pero