A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Entrevistas a José Lezama Lima

LA MADUREZ DE SU CONCIENCIA VERTEBRAL

PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Solicito hoy una antología de animales pensados y una posible aproximación ecológica a la criatura en cuestión cuando resulte congruente. ¿No es todavía hora de complacer?

 

Voy a ordenarle esa antología de animales como un pastel de guayaba con resonancias bióticas. No se preocupe. Los aplazamientos alcanzan al fin el borde de un confesionario. Le hemos dado ya lo menos una vuelta al sillón en 80 mundos. Pero ahora podemos invocar la multitud de 80 sillones, para circunvalar el mundo animal que tantas cosquillas le provoca. Más tarde usted se encarga de poner orden en el zoo, de hacer retroceder cada bestia a su salón, para evitar los pasos del lince recorriendo la sangre o que el grillo raspe de nuevo la armonía de los quelonios. ¿De acuerdo? Soy ya el perro conversador, mientras usted le revisa la boca a los caballos.

Vuelo del fulgor al tizne

Hablemos de una criatura frotada en lenguas infernales. De cierta mariposa preindustrial: albina, blancuzca. No se trata de la niña llena de tatuajes, no es materia de escándalos cuando vuela. Su morfo aflautado, dije, se protege con una insistente cobija depurada e intachable. Digamos que semejantes mariposas podían con su albricie engalanar el aire de las novias, libar virginales y asistir a las bodas ataviadas con una bufanda impoluta: hasta los novios impresionados aplazaban por otro segundo el casamiento. En marzo se mimetizaban con los postreros copos del invierno, en abril auguraban el inicio de las níveas cosechas de algodón. Y así transcurría el tiempo, entre costaneras y yesos y mayúsculas cursivas. Hasta que una tarde finisecular y durante una jornada abusiva de 12 horas, el tren esperado de la industria desplegó su avezada escalerilla. Bajaron orondos el humazo y el hollín, envueltos en una apretada atmósfera de aplausos. En las copas, los monos fruncieron su evolucionada frente. En el sillón, Darwin se desperezó, mitad hombre y mitad ángel. De forma concurrente, unos 30 mil osos se retiraron al fondo del bosque, a dialogar con las enronquecidas víboras. Unos cien ojos se hicieron río. El cardumen de los pelícanos levantó un ajedrezado vuelo de salmón y aletearon con la boca dura y fregada.

¿Qué hora era? Con pico levirrostro, brillaban las leontinas en la superficie puntual del arbolito y el vino se servía con cola de gato y reminiscencias de pelo de ardilla. El hollín perseguía una a una sus presas, a 19 castigos por hectárea. De un lado la brocha gorda del humo y por otro las fachadas flechadas por el hechizo de un nuevo amor. Y ¿qué ha sucedido con la amiga alba, a quien abandonamos en una rama de abeto casi a finales del XIX? El ojo de Darwin la circunvala, la persigue hasta Escocia y Noruega. Bajo la suma de las experiencias, la heterócera blanquísima se debate en un agonismo y otros apresurados corrimientos al negro. Su progresión frisa el sahumerio de las ciudades, que ya ambicionan en Inglaterra sus incomparables penumbras. ¿Qué hace la alba, qué trama a pesar del débil intelecto y su intrínseco desconocimiento de Shakespeare? Dispone de solo 2 minutos: el lapso entre un nuevo y otro más reciente emporio. ¿Cuánto placer y horror provocaría en el ligustre comprobar cómo más chimeneas saltaban a la pradera con sus chispas de ojo de pantera (con perdón de las panteras)? La Biston betularia pasa a la historia como una mariposa sin opciones: evolucionar del alba a la fumosidad, del fulgor al tizne. De esa misma manera, perviven algunos en la memoria: es decir, fuliginosos y frugales en prósperos bosques de ceniza.

Araña de las 4 estaciones      

Siguiendo el curso de los ríos y el manual básico de Haeckel, afirmo lo que afirmé antes: el ámbito de la araña es más profundo que el del hombre. Está en la página 140 del Dador impreso por UCAR en 1960. Regresemos al texto reciente y antiguo. Una araña distraída no distingue sexo ni edad ni nada referente a etnias, se acerca sola e intrépida por el hilo de su plomada a sufrir la embriaguez de beber a Vivaldi en las cercanías de la criatura humana: la melodía le provoca 8 temblores y una especie de cefalea de verano que curará con la hoja de la salvia. Mientras escucha, la laboriosa teje al compás de Las 4 estaciones con estambre de sus entrañas. Su seda es un primor de influencias bemoladas que desgrana flores y lluvias desde el inicio de la primavera hasta el último cuarto de hora del invierno. El segundo movimiento arrecia molto andante con ayuda de un violín cuatrimotor que se detiene eventual delante de las palanganas que recogen las goteras tardías del verano. A esa hora coincide una mosquita parturienta y entra por un hueco de la cortina y advierte la aorta disponible del hombre o mujer embelesado de oídos. Se dispone a beber ciega, rapaz. Es el preludio de una intromisión en cabellos ajenos. Sin embargo, la trampa que funciona es la argucia de la araña, que así devora (mientras escucha) un insecto tierno de fácil deglución. Ocurre como al final de las operetas: Vivaldi ignora el drama y mueve la batuta, el embelesado o la embelesada ignoran el drama, la mosquita no cuenta porque salió de la historia por una puerta lateral y para la araña, en fin, no hay drama sino un festín bien combinado de música y carne de primera.

El cangrejo y Hans

Aceptemos de mutuo acuerdo e hipotéticamente que la temporada de playa concluye durante un melancólico atardecer. Los bañistas recogen sus bártulos y preparan la partida, proyectando largas sombras sobre ese territorio del país. Entre ellos, uno en particular, a quien llamaremos Hans, que se despide del último chapuzón haciendo ondear su bandera de felpa blanca: tiene cara de foca antes de peinarse y también luego de peinarse, pues se trata de una herencia familiar. Hans no nada nada, ni siquiera los diez metros estilo mariposa, tampoco es un naturalista de visita en el trópico que ahora piensa en la montaña desde los elevadores del hotel. Hans recoge las patas de rana y se suelta a bambolear por las arenas, presintiendo algún advenimiento de carácter insular. En la yerba alta, entre corales de la Polinesia y un cementerio de polimitas, descubre al gran cangrejo rojo en posición defensiva: lo acaricia parsimonioso desde su perspectiva de viajero. El crustáceo continúa la marcha transversal y pedunculada. Hans se abstiene de cazar al intruso, porque ha leído al señor Ryunosuke Akutagawa y comprende como muchos que es mejor aspirar a la Gloria que al Infierno. A la hora final de ese melancólico atardecer de marras, los bañistas se despiden marcados y con visibles ojeras salitrosas. En particular el afable señor Hans, que debe viajar hasta el polo de los esquimales en un destartalado VW de los años 40. Coincidentemente, Hans no advierte que el cangrejo de marras cruza indemne la carretera por donde él vuela hacia su hastío.

Conciencia vertebral del pájaro migratorio

Los murmullos agitanla vieja madera anclada, el ojo del pájaro prefigura un cierre de oro y una cama de hojaldre. El navío navega proceloso a la hora incierta de la bajamar: se deja perseguir en la tarde por el graznido de una sombra. En el oleaje contraído es menos difícil meditar: si cerramos los ojos, cualquier hora, incluidas las metálicas del mediodía, resuman nostalgias. Imaginemos entonces un bote a la deriva durante algún plenilunio de agosto, imaginemos el duro y abigarrado cordel que lanza el navegante. Debajo se sostiene una nocturna abstinencia: nadie pica, nadie promete picar. El hombre se rasca la espalda para comprobar que no está solo y presiente una rebanada de sangre inquieta en el hombro izquierdo. Domesticada por el ojo, la luna declina a babor. Otro pájaro regresa de su migración invernal y necesita en regalía dos minutos de asidero. Baja, se arriesga, tiembla, se posa. La madurez de su conciencia vertebral lo sostiene sobre las tablas de la popa, entablando de alguna manera una riesgosa fraternidad con los solitarios. El cigarrillo del navegante sigue un curso cósmico, del labio al dedo y del dedo al labio, astillando suavemente solo el pausado titilar de las estrellas.

Una rana necesita otra rana

Agreguemos una rana eventual, antes de que por ahí pasen los 2 enanos. La rana respira mejor que el hombre: cita también de Dador, por las mismas páginas. Dador es mi palimpsesto, el agua de ser amable con los entornos, un ojo de ciruela antepuesto al plomo. El asombro es una envoltura que cae y atraviesa dos nubes: pues bien, la timidez de la rana intimida cuando salta. Se logra oyendo la algarabía de la criada y la atusada astucia del hombre del jardín, que cultiva flores y legumbres. En el brocal del pozo se aquieta la rana en posición fetal: no va a saltar ni a orinar, sino que sueña despierta con un niño de la primavera y un falso cordel en la boca del pez. Salta y se solaza en la fugacidad del mercado. Inimaginable y sencillo es lo que sucede, aunque ni la cocinera ni el jardinero suponen. La rana huye de las piedras donde vive en perniciosa soledad. Y la piedra entiende ese impulso: una rana necesita otra rana. El brocal es un borde traidor, porque las relaciones entre los muros se valoran por un talud más o menos inclinado y las inscripciones venatorias del liquen. Traicionero incluso o sobre todo cuando se sueña con un príncipe verde de impulsivas patas verdes. El final de la historia solo confundiría al truhán y es fácilmente predecible, porque la rana se desahoga a gritos, cual si fuera a parir al príncipe que sueña. Hasta la gárgola un pajarito acarrea deshilachadas hilachas y un cono de hilandería artesanal. La criada se asusta y grita: nada sabe la señora de qué tiene Pilar que anda así, que croa con la cabecita baja. El farol ya está en camino. El péndulo del golpe cae como un ulular de tatuajes matinales. Pilar regresa rodando a su humedad, pero con traumatismos craneanos y la cadavérica palidez de una magnolia. Un acertado golpe de bigote y el cocinero se atusa espléndido y heroico. La cocinera recobra la paz perdida y promete para más tarde deliciosas frituras de ñame y la seda estrujada de otros apetitos.

Desempeño matinal del ruiseñor

Vamos a oscilar entre el número y la unidad, hagamos por desviar la flauta en la dirección ondulante del aro. Éter del condotieri que amanece en montaña: guiño, brillo, despertar inconfesable pero con el apuro alígero de pulsar la rama. Un ruiseñor sueña risueño con la baba del ojo de su desempeño rural: una noria le frunce el ceño y para azorar al ave hay un señuelo sin dueño, acomodado con paja de maíz, sombrero deshilachado y estaca vertical en lugar de vértebras. La atmósfera insectívora se adelanta y distrae la completez del paisaje. El reflejo en el follaje hace lenta la audición. La piel tiende a caer sobre las plumas, como si el gordo del megáfono fuese a sentarse en una de sus piernas o patas: caso este legendario en que un ventrílocuo preferiría cantar él las notas que le fuera soplando su muñeco. Rayos de sol en las graderías. Una margarita aquieta su inaudible quietud. El ave desafía y allana, retumba: y ahora nuevamente matinal y repleto de cascabeles, suelta una gargantilla mágica, un acaudalado eco en dispersión, canto magistral de filarmónica y flauta que va sutil horadando las sinuosas oquedades del monte. Las trampas, stop, no funcionan por tiempo indefinido, porque a la multitud de orejas llega filtrado un trémolo de trinos tintineantes. Garganta de prestidigitador, patica presta en la rama: la melodía improvisa una verbena inmóvil de escuchas y radioescuchas y durante un espacio reglamentario ni salta el saltamonte ni el limón alza su pescuezo. El oblicuo gorjeo bordea la extensión inusitada y penetra en sordina por la cara oscura de la piedra.