A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Entrevistas a José Lezama Lima

BEBO PEQUEÑAS CANTIDADES DE RIO

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

¿Qué imagen le acude cuando piensa en el río?

Cuando pienso en los ríos o en un río, en esa gran tortuosa vena otilina, como hubiese dicho (César) Vallejo, siempre me acude la imagen de un mismo inexplorado placer: cómo me gustaría remangar el pantalón y cruzar a la otra orilla por un vado transparente, rumoroso y añil. Sería el acto ejemplar e idílico de la rurali­dad, además de una acción de criollísima prudencia y sensualidad. El agua que lame el tobillo es la mansedumbre magnificada, dada la horrorosa longitud del lamedor y sus  aletargadas poten­cias.  Uno logra, el hombre logra domesticar muchas alimañas, pequeñas o grandes, lineales o redondas, alejadas o próximas, pero que el perrito faldero y azul venga, agachado de ojo, suave­mente áspero de lengua, sin ofensas ni colmillos, a besar la piel de tus extremidades inferiores, es de una voluptuosidad demente.  Es como poner los fundamentos de la razón en función de los ve­llos de tus piernas que, mellizas o rollizas, iguales o ligera­mente asimétricas, son bien distintas y duplican la acción y el placer.

Al río de Heráclito el cambiante, los filósofos echaron mi­llones de metros cúbicos de razonamientos. Resulta que a ellos inicialmente les pareció estático, inmutable, quieto, como a ve­ces le parece al testigo conmigo. Pero el río inesperadamente insosegado siempre había sido insosegado, porque la ansiedad del agua no iba a aguardar por los descubridores.  Lo que siempre fue, un día sorprendió a la boca inexperta del filósofo.

Sabemos ya, de sobra, que el líquido viaja, aunque todo viaja, sin cesar, igual que el río, y viaja el escaparate y viaja la ventana seguida de los ventanales, viajan los adoquines de Trocadero por los meandros  del espacio,  viajan los feligre­ses dentro de sus catedrales y, por supuesto, viajan mi sillón y su pasajero, que apenas logran apearse en las estaciones.  He visto al puma beber en la ribera y luego levantar el ópalo de fuego de su mirar.  Vi a la garza detener la potencia trasnochada del ala, para apurar y beber de la corriente. Observé a la golon­drina cuando calmaba la sed, sin detener el incesante aleteo migratorio.  Me he soñado a mí mismo barritando al pie de una larga exaltación de agua, agua añil, otilina como nunca, que quería pimplar de mi carne y mi sangre en movimiento.  He pensado y pienso, siempre con algunas goticas de humedad perlándome el sudor, que el primero en avalanzarse será el que beba más, por­que ambos somos deriva, agua o sangre insosegada, sin quietud posible, sin paciencias en las posibles aunque siempre aplazadas estaciones.  Si me bebe, lo bebo.  Si me baña lo baño,  Si me lame, lo lamo.  Seríamos culpables mutuos de saciar la mutua contemplación sedente.

Como usted sabe, nuestro cerebro es agua, en más del 80 por ciento.  ¿Lo percibe de alguna manera cuando escribe el poema?

Soy agua, amigo, mas agua enamorada.  Lo que me veo precisado a decir, oh santos de los cielos.  Soy, sí, pues, agua sentada que escribe, mojo con agua teñida la pluma y escribo largos y húmedos poemas.  Y ¿quién me impide respirar en la madrugada alta, antes de que cante el gallo, y quién después que canta el gallo, y quién cuando ya el gallo persigue alebestrado a la gallina?  La humedad, que soy yo, es el enemigo de mis pulmones, que soy yo, que no pueden sino respirar agua, que soy yo.  El agua escribe poemas y el agua martiriza al agua.  Yo pregunto, amigo periodista, ¿tanta agua no terminará por mojar sus papeles y reblandecer la entrevista?  ¿Percibe usted de alguna manera el agua cuando formula su pregunta?

Me contaba usted de un decimista que pasó una noche entera impro­visando sobre el río

Se trata de una experiencia de juventud. Me anunciaron como poeta a aquel hombre hinchado y enérgico, repentista.  Yo debía rivalizar con él, pero nunca intenté hacerlo.  Callé. El otro, el rival, gallo vencedor, se ensañó. Era el Cucalambé de la finca. Por la finca cruzaba un río con mañas de manguera. El repentista dijo maravillas de ese caudal. Lo llamó “orgullo rural”, lo llamó “manantial inagotable de hermosuras”, “prístino susurro”, “transparente ilusión”, que así rimaba con “rumorosa pasión”.  Fue por demás una noche de lechones asados, trigueñas con rosas en el cabello, guitarras adolescentes y caderas de mujer.

Las metáforas del repentista, por supuesto, me mataban de la risa y fui risueño, sin contemplaciones ni agravios.  Aunque algo quedó claro: el repentista amaba a su riachuelo con ardor que rimaba, con métrica inaudita. Por eso recojo su riíto en mi antología de recuerdos y llamo a no subestimar las dimensiones de la humedad, porque cualquiera, aun esa risible, despierta la inspiración.

¿Su río preferido?

Defendemos ataduras geográficas: ¿comodidad, geofilia, provincianismo?  De todo encontramos en la viña espléndida del Señor.  ¿Có­mo escapar por otra latitud, si el ojo viajero te conduce reiteradamente a la igual orilla y te hace beber, con deleite recurrente, como el almizcle nuestro de cada día?  ¿Mi río favorito?  Por años ha sido el Almendares.  Porque, ¿cuántas veces acudí allí, fui allí, a depurar alucinaciones y fantasías u hoscas realidades y también a aliviar el calor de los veranos?

El hábito hace costuras en las riberas y la repetición cau­sales tus casualidades.  Mi voluntad podría jurar, porque padece una flagrante vocación por lo universal y lo intemporal, que tanto Tigris como Eufrates son incomparables por el barroco históri­co que uno conjetura en sus orillas, desde los bordes de la meseta de Armenia hasta el propio Chatt al Arab.  Al paso del Nilo undoso y matinal se persigna con su signo el faraón viendo transcurrir la eternidad, porque la eternidad suya deambula antes de estarse quieta, corre y salta al vacío, se destroza en el arenal, se hinca de brazos, rueda mansa, pero continúa siendo una y mil, ilimitada e ilimitante, así como el espejo y el inmul­tiplicable espejo de los añicos.  Por el Amazonas viaja una larga canoa bajo el ramaje y el salto de los monos, acechan misteriosas criaturas, se contradicen el caudal y la corriente de las aguas, la primitividad es lujuriosa, exultante y lozana, y el tiempo se desplaza hacia una contemporaneidad que se aleja como los hori­zontes.

Mucha es la fascinación por el paisaje del otro lado de la cerca. Sin embargo, mis humos y mis miradas las echo sobre el modesto río local, que en suma no es sino el río entre todos los ríos.  El Almendares es corto, poco ruidoso y poco fantasmal, infinita­mente más delgado y calvo, pero, ah, por ser el que más aproximadamente agrupa leyendas y fescuras, es mi río, el mío de mis ojos, el que vi y veré, el que escapó y queda y el que se detiene y fluye siempre.  Desde hace algunos  años, a causa del insosegado sillón, no le pongo los ojos encima: la ciudad creció y crece y vive atestada de guaguas y automóviles y camiones.  Hace rato perdí de vista a ese diminuto coloso, pero me contaron que perdió el azul y camina encorvado por los albañales, con perfumes que no son los suyos acostumbrados.  Envejeció con pre­cocidad: la vida ciudadana y estatal y el municipio lo envejecie­ron.  No es su culpa: son las arrugas de la contaminación.  Las industrias que crecieron como hongos en sus orillas, ahora le patean el trasero.  Hay que mirar a su lecho con auxilio del pañuelo y las gafas oscuras, que no por gusto proliferan y sus­tituyen al aire y al sol.  De cualquier manera, sigue siendo el río de mis noches.  El río de mis sueños, mi preferente.  En una época en que ni el Danubio sigue siendo azul ni siempre las es­trellas logran romper el tabique continental de las poluciones, yo debo ser tolerante con los pecados del río, que no se corrompe por su cuenta.  Mi río favorito será el que corra más cerca y me despeine más.

¿Cómo sería el planeta sin sus ríos?

Alguien juega al billar sobre el tapete del cielo.  Una leyenda que merodeaba el Ganges nos cuenta de la existencia de un río cuya afluencia no se podía precisar.  Se trataba de un río cir­cular, es decir, que se golpea la cabeza o muerde la cola, y cuya corriente hierve a una altura de las estrellas y el tiempo.  Sin el agua, fundamento fundamental, apuntamos extraviados, perdid­os, sin senderos que pisar.  Si el marfil se desinfla, cesa el juego y cesan los jugadores.  Un billar envejecido es solo un asteroide en ruina, una roca sin concupiscencia.  Nunca fruta o apetito.  Existe un equívoco con las siguientes señas: el del cuchillo que va a pelar mango o manzana y también deja monda y sin delirios a la mano.

¿Le gusta beber del río, quiero decir, directamente?

Bebo pequeñas cantidades de río: el vaso. El vaso es mi río doméstico y casero, faldero, que llega tintineando al borde de los labios y luego emprende el meandro de los intestinos.  Que perdo­ne el río porque yo no acuda en las mañanas a tomar brisa y hume­dad, pero el asma es un impedimento atroz.  Por eso agradezco la humildad del agüita mansa, cotidiana, llena de aroma munici­pal, desempercudida, liviana y transparente, que se agita y aquieta y enfría y luego repite el gesto pastoril de la doncella: amainar mi sed.  Con la misma humildad yo metiérame por las tuberías y llevárale mi nariz a respirar.  Pero soy huesudo y masudo y estoy además por otras razones adicionales, impedido de visitar a con­tracorriente.