A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

ME DEFIENDO Y DIGO: SOY MOLUSCO

Entrevistas a José Lezama Lima

ME DEFIENDO Y DIGO: SOY MOLUSCO

TOMADO DEL LIBRO PARA LEER DEBAJO DE UN SICOMORO

(diálogo casi interminable con José Lezama Lima)

Diga: ¿cómo ve el mar?

El planeta es el ojo.  El mar es la pupila con que el ojo mira al universo y a su ampulosa eternidad.  El agua es el líquido acuoso sentado sobre un cojinete de tejidos conjuntivos, al cual entra la luz haciendo piruetas invertidas.  Miramos con el agua, aguzo el agua y veo una eventual e inexplorada soledad que se aleja y “Alcanza -escribió Apollinaire- el récord del mundo en altura.”  Me inclino sobre mi balcón existencial, es decir, El Malecón, y ambos, él y yo, damos con nuestros pechos a esa inmensidad salada donde intuimos peces, tridentes, sargazos y náufragos de diversas estirpes, todos en el coro, con sus pulmones y carrillos infla­dos, porque cantan o La Bayamesa o La Marsellesa o cualquier inspirado himno del ahogado.

Retornar al mar, como lo hacen los náufragos, es la manera única de no quedar huérfanos.  Las algas levantan la plenitud de sus brazos y recogen al hijo pródigo.  El coral es un seno, aun­que pétreo, que se acomoda al labio del primogénito.  El mar acuna.  El légamo entona canciones de cuna.  El mar nos pare y no agota su maternidad.  Al encaminarnos al litoral, recuperamos la patria con un movimiento del pie.  Valery, extraviado, afirmó que “Felices son los muertos en la tierra que los entibia y seca de misterios.”  No estoy del todo con el francés.  Más bien pien­so que felices los muertos en el agua, porque no hay tibieza ni resguardo como el del útero materno. Casals imploraba, cierta­mente desconcertado y ciertamente abatido: “Oh, ninfas de la mar, no hagáis que acate de Zeus el cobarde poderío.”  Y rogaba, saco mi cuenta, porque esas múltiples criaturas son algo más que alta­res: son todas las madres tiernas y salobres dispuestas siempre a parirnos nuevamente.

Lezama: ¿le gusta el océano para bañarse?

Soy piel, también soy piel.  ¿A quién no le gusta que le acari­cien los tobillos?  Por el agua del mar, ¿no? anda Moby Dick, la ballena pálida y picapleitos, mi parigual, dándose frescazos, dándose bañuras literarias.  ¿No puedo aspirar a esas golosinas?  En cuanto a golosinas soy un picaflor, siempre que no me obliguen al delantal y los carbones. Lo difícil sería saber si al mar, tan refinado, le gusto yo, que soy pez sin cola y apenas coordino con mis instintos natatorios. Nado peor. Soy un asco de criatura pelágica, alguien sin siquiera escamas anteriores o interiores. Qué ajeno permanezco a una aleta dorsal o anal.  Hundirme y tragar agua no es mi destino en brazos de la madre. Gustarme, me gusta. Gustarme, me encanta. Y de alguna manera esas aguas son mías, como yo soy de ellas. Pero el hombre no debe someterse manso a las leyes ordinarias, sobre todo cuando la razón o la sinrazón lo acompañaña. Amigo, ¿qué haría yo en short o trusa, llevándole 150 kilos de carne al océano?

Tampoco lo imagino, Lezama, en la proa de una nave cruzando ma­res.  ¿Es que no reúne usted requisitos de navegante, son prejui­cios míos, o que lo diviso siempre a bordo de ese sillón tranqui­lo, sin derivas ni apenas balanceos?

No crea.  Como todo muchacho, como todo adolescente, como todo hombre soñador, he soñado.  Por ejemplo, ser vikingo con el hacha al hombro oteando horizontes azules.  Me hubiese gustado carenar en el navío de los hermanos Pinzón, porque lo nuevo o la novedad me arrastra como una marejada.  Carezco de pulmones de navegante, pero cómo me saca afuera el lobo cualquier brisita marinera.  Es cierto, sí, carezco también de biotipo para el remo.  Pero mi sillón del sosiego es además mi sillón del desasosiego. ¿Cree que la velocidad del sillón es de 4 milímetros por siglo?  Pues no: es un sillón persa, primo hermano de las vertiginosas alfom­bras persas.  Hace hasta 11 mil kilómetros por hora, suficiente para vencer la gravedad del letargo.

Vamos a hervir con los prodigios.  Observe, mire, zas: deambulo ya por los Jardines Colgantes de Babilonia, la gran Babel, y es primavera, época en que las crosandras abren sus flores amarillas y la estrelitzia riega el color naranja y luce su erecta cresta azul.  ¿Es necesario que cuente como la vellosi­na pare campanas simétricas y violetas?  Y ahora, prampán, hago girar el timón sumergido del Nautilius y me acomodo para contem­plar mejor y más a esos lutjanidaes, es decir, pargos, y escrutar sus hábitos demersales y neríticos.  ¿Otra demostración?  Se acerca un cardumen de cornudas, con sus bocas erizadas de dien­tes:  ¿Hablamos de pasta dental o de su condición de vivíparas?  No llevo remo ni me dan los pulmones para pulsarlo.  Soy un navegante no semoviente con arpones sedentarios: timón de pala­bras y una popa de imágenes.  Pero navegante en fin, porque no hay más destino que navegar y navegar.  O vivir y vivir.  Y  todo eso con furia inalterable y tranquila, porque nada me mata más que permanecer inmóvil dos segundos en la fragilidad de esta salita mía.  Y ahora, páseme los fósforos o la fosforera.

¿Está al tanto de cómo van a parar al mar los detritus de las ciudades, los desperdicios atómicos, los ríos contaminados, el petróleo que derraman los barcos?

Demos un salto retrospectivo.  Los fenicios ya contaminaban de estaño y otras naderías las aguas entonces candorosas del Mediterráneo, hasta las mismas columnas de Hércules.  Y los que se persignaban con la señal del martillo de Thor, los angelica­les normandos, arrojaban al mar sus lastres, que incluían sobras de alimentación, ratas despedazadas por el hacha, remeros amoti­nados, esclavos convertidos en la solidez del picadillo, el cuca­racheo y los calderos sobrantes.  ¿Por qué, si no, se quejan las gaviotas desde entonces delante del bocado a deglutir?  La semi­lla fue sembrada toscamente y su herencia flota sobre las aguas.

El mar es generoso, pero la tosquedad, y súmele la ignoran­cia, y súmele tecnología, y súmele nuevas industrias y más ciudades, que se acumularon y multiplicaron.  Dos apenas hacen daño, pero 2 x 2 x 2, dos mil veces, se hace insoportable.  Mul­tipliquemos los siglos por cada salto de conejo y salpiquemos con disparos las patas bailadoras del conejo.  ¿Resultados?  Veamos.  Yo, por ejemplo, como individuo, atesoro mi propio cubo o tacho de basura.  Usted el suyo.  Al mío lanzo papeles, lápices mochos y bolígrafos gastados, cáscaras de mandarinas, una arandela en desuso, restos de coles, las cintas de máquinas de escribir car­comidas por las teclas.  ¿Adónde van mis desperdicios  de fuma­dor, mis colillas, mis cenizas?  Al tacho, ¿no?

El mar es el gran tacho de la basura social, del sobrante humano.  Con la diferencia de que nosotros podemos ir, vaciar el cubo y comenzar de nuevo.  ¿Quién le arregla las uñas ahora a fenicios y normandos?  Le avivo una lejanía de nieve, para que fermente cál­culos.  Atravesamos dunas para enterrar ejércitos y flotas putre­factos.  Restos de vida lanzados sobre el hombro levantan salpi­caduras.  La Fetidez y La Parca pasean en sus góndolas.  Venecia se hunde.  También las aguas de nuestras bah­ías.  Por supuesto,  llegará el desquite del tacho, que tirará hacia su reino de bran­quias descompuestas.  Oiga, amigo, hacemos urgentes preparativos para dejar la herencia a trilobites y cangrejos.  El naufragio de los océanos nos sorprenderá sin bote ni timonel.  Prepare su sal­vamuerte.  Y procúrese algún madera­men para flotar.

¿No ve posibilidades de salvar al mar y salvarnos nosotros con esa salvación?

No estamos obligados a participar en el banquete horrendo donde las mujeres embarazadas serán arrimadas al cuchillo, en el jolgorio de las alimañas.  Creo lo que anticipé, que las criatu­ras del bosque, por su inocencia, por su eficaz candor, pueden imponerse a la hecatombe.  Pero usted es consciente, urgentamos lucidez y emanciparnos de ciertos inescrupulosos instintos. Para salvar al mar, hay que salvar al mar. La tinta de imprenta hace lo suyo, y el verbo y la imagen harían lo suyo, pero ¿y los go­biernos y estados, qué hacen, qué harán, qué lograrán hacer?  La metáfora a pulso no hace milagros.  Ni siquiera ya los milagros son milagrosos. Precisamos la gran carga, como rogó Villena. En una de las eras imaginarias, por la resurrección el hombre participa en el otro reino de Dios. Los océanos integran el gran sistema que insiste en la humedad.  La humedad es vida, mientras que la falta de humedad es el vejestorio y las vísperas de la extinción. Yo, en verdad, deseara que el salitre continuara llegando a mi sillón.

La proximidad del mar, a cinco o seis cuadras de distancia, ¿le agrega algo a su vida?

Vivir en puerto es bien diferente  a vivir tierra adentro o in­ternado en la montaña.  Todo posee su parte amable y hacendosa.  Pero la turbulencia incesante, el oleaje golpeando contra la al­mohada, el oído pegado a la gran concha, nos trae sonidos remo­tos, campanas de otras latitudes, anuncios de otras existencias.  Y yo, sin esos ruidos de isócrono, pierdo mis alas de criatura en la víspera.  Es de puerto en puerto como se desplaza el navegante y como se olvidan los amores.  Déjeme al pie de la espuma como un conivalvo.  El litoral es el sitio por excelencia para abandonos y regresos.  Yo, por cada abandono, regreso tres y así multiplico mi estancia en la vecindad de la gran corriente.  Si alguien me acusa de molusco, me defiendo y digo: soy molusco.