A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

ÁRBOL INCORREGIBLEMENTE REPLETO DE DESCUBRIMIENTOS

Entrevistas a José Lezama Lima

ÁRBOL INCORREGIBLEMENTE REPLETO DE DESCUBRIMIENTOS

diálogo casi interminable con José Lezama Lima

Lezama, ¿ha pensado en el árbol?  ¿Qué opinión le merece?

Cada árbol es una catedral de hojas y cada hoja una catedral de estancias.  Un animal tiene 4 patas porque no puede tener 2, porque es un mamífero todavía de poca alcurnia.  El hombre tiene 2, porque otras 2 ya logró convertirlas en manos.  El árbol, sin embargo, amigo, se sostiene cómodamente sobre una sola extremi­dad y así de paso no se deja arrastrar por exabruptos y otras velocidades.

El árbol, como yo, como usted ahora, es un viajero inmóvil, alguien que tiene prisa por estarse quieto, por serenarse bajo un cielo en movimiento,.   El árbol se traslada con expansión y es fiel a su paisaje.  Es el único sujeto leal al horizonte: no juega con él, no intenta acercarlo ni alejarlo.

El árbol es un misterio inicial y el misterio en franca re­ducción.  El árbol es el esbozo invertido de una campana sin so­nidos, es el pasado de la cruz.  Y cualquier árbol es el árbol de la vida, el traficante en oxígenos.  Cualquier árbol da pan y da manzanas, cualquiera descorcha vinos y pare azahares.  Un solo pájaro llegando a la hoja anfitriona, a la amplia rama hotelera, fue suficiente razón para que Dios emprendiera el proyecto del árbol.  A ese mismo proyecto multiplicado por el infinito, lo llamó, excitado, divertido, con el nombre altisonante de bosque.

El  bosque es, pues, la altisonancia, el abolengo vegetal, el delirio de la creación, el frenesí de jugar con un dedo creativo e instantáneo.  Dios puso el dedo, su dedo de Dios, y lo iluminó a usted y me puso luz a mí y lanzó la iniciativa de los bosques, de donde debíamos tomar la fruta y la sombra y la flecha y la silla y la mesa y la cama, para hacer un tránsito relativamente seguro  y confortable.

Dígame algo verde de los árboles

¿Verde sin que yo sea un viejo verde?  Pues le informaré que de niño yo orinaba detrás de un árbol verde.  Y que si de mayor no lo hago, es porque carezco de árbol íntimo, al fondo del patio, donde desahogar mi humedad.  Bueno, ¿y qué hay de verde en esa confesión?  ¿Orinar es una acción verde por el simple hecho de que orinamos con el mismo órgano de fornicar?  Y, bueno, ¿forni­car es una acometida verde, porque el color del diablo es de un verde azufre y corrompido?  No.  Nada es verde en ese sentido satánico, ni el propio Satán, que me han dicho se tiñe el cabe­llo.

No hay perversidad en el verde ni nada vegetal en la perversidad.  La perversidad es puramente cerebral e incolora, totalmente animal y sutilmente reptil.  Y lo que tiene que ver con el sexo, de insecto o de elefante, de pulga o de camello, e incluyendo al viejo verde, enseña los mejores colores y es cándidamente infantil y alegre.  ¿Algo verde del árbol?  Su fruto antes de madurar.

¿Qué es lo que más le sorprende del árbol?

El árbol es un conjunto de sorpresas, como diría con brillo cualquier buen diccionario.  Usted camina por el prado, mira, ve, comprende, y todo sorprende.  ¿Verde?  Una copa verde, un follaje verde, un mango verde o una guayaba verde o un níspero verde o un aguacate verde.  ¿Por qué tal insistencia verde, por qué esa recurrente y porfiada obstinación?  Ayer verde, verde hoy y seguramente verde mañana en la mañana.  ¿Falta de imagina­ción, un estilo reiterado, una preferencia incorregible, una tozudez de Dios omnipotente?  Cada respuesta puede ser.

Pero, ¿y qué me dice de la flor?  ¿Insistir en el verde no será un recurso para luego deslumbrar con las veleidades del pé­talo? Flor roja, flor amarilla, si tienes vergüenza no me hables más, flor azul, flor lila, flor morada.  ¡Caracoles!  ¿Sorprende, no?  Cuando el labio no decía aún sorpresa, decía flor.  La flor es vanguardia de la sorpresa y el premio a la virtud de vivir.  El Creador mismo se sorprendió con el advenimiento sorpresivo de la flor y la misma flor se sorprendió coqueteando con el espejo de las aguas.  Todavía hoy, un millón de años después, usted re­gala una flor, a la ninfa, a la novia, a la amante, y ella se desbarata y se endiosa rápidamente con la sorpresa.

Usted es gordo ahora, pero ¿alguna vez fue suficientemente flaco como para trepar al árbol?

En la vida he sido suficiente para pocas cosas.  Sí, una vez, como en un cuento, subí a un árbol que a su vez trepaba por una cerca.  Cuando me separé un metro del suelo, comprendí mejor la palabra altura  y  entreví lo que mis mayores llamaban con mis­terio el horizonte.  Un árbol está incorregiblemente repleto de descubrimientos, que continúan descubriéndose después que uno bajó y dejó la adolescencia disolviéndose bajo un manto de llu­via y otras espesuras.

Hoy descubro que la felicidad es cualquier asunto, incluso agarrarse a una rama y con manos de flaco resistir, mientras contemplas a la lagartija en su guerra.  Descubro hoy, ahora en este ensortijado segundo y con su ayuda, que fui flaco alguna vez, siquiera 3 segundos, para trepar al árbol, porque los árbo­les, y he ahí otro descubrimiento, están vedados a los gordos.  Soy un exflaco.  Anótelo ahí.  Y soy un gordo eventual, porque me lamerán los gusanos del polvo enamorado.  Anótelo ahí también.

¿Qué daría por tener un árbol delante de su casa?

Vivo en Trocadero, calle estrecha, soleada y polvorienta.  ¿Cuánto daría? Daría mi otra eternidad, la siguiente, porque esta la comprometí entre mis novelas por escribir, mis poemas revoloteando en las vísperas y en las entrevistas que concedo a los periodistas ansiosos de novedad.  Si el cielo me diese otro par de ojos y otra nariz y otra gordura, yo las pondré a disposi­ción de su pregunta.  Deseo tanto tener un árbol delante de la casa, que permutaría (ahora se puso de moda permutar, ¿no?), que incluso permutaría mi casa por el árbol solo, sin la casa detrás.  Y viviría gustoso en una rama, si me la cede el gorrión.

Dicen algunos, los que profesan con devoción la concepción materialista, que el hombre bajó del árbol.  Gustoso me gustaría contradecir y subir al árbol para ser de verdad el hombre y no una afobiada bestia de ciudad entre las 4 paredes de su cueva.

¿Conoce algún vínculo indisoluble entre hombre y árbol?

En efecto hay vínculos nutricios, energéticos,  vitales, pero de esos mejor conversa el botánico.  Ya antes, en el Preludio a las eras imaginarias, me explayé en parte y dije que: “La identidad que es la extensión crea el ser, como la extensión crea el árbol.  Pero todo ser es ser causal, para diferenciarse de la sucesión de la infinitud.  Pero el ser es ser causal, como el árbol es bos­que.”

“La casualidad es como un bosque… dominado.  El ser causal es como un bosque dentro del espíritu de la visibilidad.”  Eso dije.  Eso sostengo.  Y si acaso agrego: El ser y ser árbol no impide acatar sociedad.  Y transpirar como bosque no reduce o no debe reducir al individuo.  Si bosque e individuo, si árbol y sociedad, alternan sin sustituirse, se toman afecto sin evitar las críticas, se prestan herramientas y emociones, si borbotean y esquilan juntos, si son recíprocos, si ninguno intenta acrecen­tar po­der o riqueza en desmedro del otro, pueden convivir, no sin elu­dir desgarraduras pero sí soslayando las peores.

¿Es posible seguir viviendo después que el hombre tale el último árbol y el último bosque?

Ya sé, sí: el hacha está en el orden mortuorio del día.  Y la diabólica y más actual sierra eléctrica deambula recitando una letanía macabra.  Con esas invenciones los taladores soplan y dejan vacías las montañas.  Estornudan de muerte en los llanos, escupen al río los troncos y los empujan por la corriente hacia las maderables y apolilladas ciudades.  En el pasado infausto siglo, y Martí fue contemporáneo de esa calamidad, la ruina cruzó sobre los ensoñados bosques de Cuba y arrasó aquellas fermosuras que avistó Colón.

En la Amazonia, dice la prensa, es el reino del hacha y el fuego. También en otras muchas locaciones, el mundo es ancho y vulnerable, los bosques se van derechito al cielo, seguramente, mientras las hachas se ganan los humos del infierno.  No, no es posible seguir respirando ni valdría la pena.  Cuando el hombre tira el hacha, la tira contra su propio cuello.  Es decir, el cuello de la madera es mortal con mi sangre y la suya y no sobrevivirá al autocrimen. Creo que al ritmo que va todo, no quedará tiempo ni para mi permuta.  Pero si de toda esa masa vegetal queda la sorpresa de una flor, que la ponga el viento sobre mi tumba.