A 4 manos

Canticle of Saint Eulalia oil on canvas, 20 x 16 in, 2014

T i h t c h e v

Recibió el segundo bolígrafo a vuelta de correos. Había ordenado solo uno. Su primer pensamiento fue devolverlo, pero recordó un par de ocasiones anteriores cuando, frustrado ante una situación similar con la mercancía recibida, intentó devolverla. Deliberadamente extrajo el bolígrafo y escondió el envoltorio entre los restos de comida y envases de cartón estrujados en la basura: le avergonzaba que su esposa supiese que había robado.

Colocó el objeto junto al otro y prosiguió con su día. En la noche creyó ver a los pies de su cama una figura tensa y encorvada que se inclinaba para mirarlo. Se incorporó de súbito. Allí no había nadie. Lo único tangible era la queda respiración de su esposa. Volvió a acostarse y, con la intranquilidad que sigue a las pesadillas, se durmió.

Al día siguiente le era imposible concentrarse en lo que hacía; caminaba de aquí para allá, farfullando en voz baja, convenciéndose de la realidad de aquella visita. Creía conocer el rostro azafrán que lo había estado espiando en la penumbra y que huyó cuando él se incorporó asustado.

A los sobresaltos de su trabajo —era columnista en el periódico de su ciudad— se sumaba este último. Durante la cena apenas habló, ofuscado en recordar el origen del rostro. Tenía la seguridad de haber visto esa faz no una, sino varias veces. Por algún motivo la asociaba con las matemáticas o al menos con el mundo de las cuentas: había en su rostro una cifra, aun cuando no podía aseverar si tatuada o tan solo un número destacado, tal vez en un gorro; estaba seguro de esto, o pensaba que lo estaba, o le tranquilizaba pretenderlo.

La esposa recogió los platos y echó los restos de comida en la basura. Mirándola, le cruzó una idea absurda. Esperó a que ella saliera a fumar y entonces hurgó en el cesto de los desperdicios. Involuntariamente pensó en las heces de su perro cada mañana, cuando lo sacaba a caminar, y se dio cuenta de que le era más fácil registrar entre los despojos si se miraba a sí mismo desde fuera, intentando no reparar en su situación.

Le acometió un revolverse de tripas cuando el otro, con objetiva frialdad, hundió los dedos en la podredumbre. Adivinó un hueso de pollo intacto ahogado en un nudo de fideos; cáscaras de naranja a medio fermentar; raspas de huevos rellenas de un fango de borras de café, frijoles, arroz y pellejos de tomates pisoteados bajo el peso acumulado en el diario desahogar de los platos; servilletas aún enteras que obstaculizaban el paso de los dedos en la informe topografía contenida en el cesto plástico. No acababa de dar con el sobre, cuando creyó palpar algo. Contuvo la respiración, como si temiera deshacerlo a un mínimo movimiento de los dedos, y lo extrajo con recelo quirúrgico: tan solo un trozo de papel amarillo con su nombre y las primeras dos palabras de la dirección postal. Buscó con ansiedad y sacó un pedazo más pequeño que se deshizo en el acto. Desenterró la mano.

El envoltorio había dejado de ser. A lo mejor nunca había sido, pretendió con fingida resolución frente al espejo, mientras se lavaba las manos, intentando no pensar en el segundo bolígrafo. La sola visualización del objeto le negaba la consoladora mentira. Era solo un bolígrafo, ¿a qué, pues, tanta intranquilidad? De repente recordó que el rostro tenía barba; lo recordó, sí, aunque fuera solo el mentón poblado por una barba corta y cerrada que ascendía hasta las patillas. Una barba oscura, no amarilla. Aunque le parecía amarilla. Se secó las manos y pasó el resto de la noche perseguido por el nuevo atisbo. Solo logró dormir luego de darse cuenta de que involuntariamente esperaba volver a verlo.

Lo vio en el patio, a la mañana siguiente, mientras cortaba tomates, y fue una visión tan fugaz como la que le había precedido treinta y tres horas antes, aunque esta vez le bastó para corroborar el color de la barba —¿por qué le seguía pareciendo amarilla?— y unos ojos —¿amarillos?— que lo miraban con severidad.

Tuvo la impresión de que el hombre iba a pegarle: tenía algo en las manos y lo abalanzaba —o parecía hacerlo— hacia él. Los tomates cayeron al suelo. El no hizo por recogerlos. Continuaba mirando el vacío donde había creído verlo, moviendo los labios como si dialogara consigo mismo. Involuntariamente tanteó el bolígrafo en su bolsillo junto a la libreta de notas; fue consciente de que debía terminar un artículo para la semana entrante, pero desde hacía dos días no le era posible escribir una palabra.

Entró a la casa y fue directo al cuarto. Sacó el bolígrafo de la gaveta, lo destrozó y lo tiró al cesto de papeles como quien arroja lejos una maldición. Su mujer lo llamaba desde la entrada de la casa; tenía en sus manos un sobre de correos y se disculpaba por haberlo abierto, puesto que era una carta dirigida a él donde se excusaban por el envío de un producto y solicitaban su devolución. La mujer le extendió el sobre. Él no la escuchaba. Miraba el rectángulo amarillo que ella le ofrecía. La estampilla azafrán apenas se destacaba sobre el papel, rematada por un cuño. Sus ojos la enfocaban, agrandándola; el sobre se ensanchaba en la medida que sus cuatro lados crecían.

La estampilla alcanzó el tamaño de una persona parada frente a él. El grabado representaba un hombre sentado, de mirada severa y barba corta y tupida; sostenía un violoncello entre sus piernas; no tocaba: lo miraba desde el papel. Enmarcadas en el grabado aparecían estas palabras:

In Memoriam Biser Tihtchev, (1938-2001) cellist,75 ¢, Bulgaria.

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Leonardo Cuervo-pintor

Leonardo Cuervo es un pintor de realismo fantástico interesado en explorar la figura humana y sacar a relucir su lado inquietante. Su trabajo está impregnado de todo lo fantástico y esotérico, haciéndonos alejarnos de la realidad de la sociedad para explorar el mundo irreal en nuestra imaginación y luego, sutilmente, traernos de regreso. En palabras de Artillery Magazine, “inusual y provocativo en estilo, la habilidad técnica de Cuervo en el realismo también es exquisita”.

Para conocer su obra visita:

https://www.leonardocuervo.com/

Ferrocarril

El FERROCARRIL BENYAMUT

En el año 1869, en París, Francia, había un hombre muy fuerte. Era obrero de ferrocarriles y de un solo golpe con un martillo clavaba un tornillo. Se llamaba Benyamut, tenía cuarenta años, tez morena, músculos desarrollados, gran estatura y vestía un overol azul negro con rallas rojas. Tenía una hija de dos años y una esposa de treinta y cinco.
Un día vino un hombre llamado Robert. Era más bajo que Benyamut, pero aun así era alto; entonces imagínense lo grande que era el obrero. Robert tenía una tez muy blanca y un bigote anaranjado. Vestía una camisa clara, con chaleco, pantalón y sombrero color azul. Era dueño de una empresa muy famosa de máquinas. Se acercó a Benyamut, que estaba trabajando:
−Hola, señor, me llamo Robert, es un gusto conocerlo. Le presento esta maquinaria: puede arreglar un ferrocarril en menos de una hora.
Atrás de él estaba la fabulosa maquinaria hecha de oro puro. Era un rectángulo gigante de dos metros de altura y uno de largo. Ahí dentro se guardaba el combustible de la máquina, sostenida por unas ruedas. En una de las esquinas, había una tabla colgada en el aire para que el conductor con una palanca arrancara el mecanismo. Y todo eso era de oro, excepto por las ruedas que estaban hechas de otro metal.
Benyamut estaba impresionado por la máquina, pero un poco confundido le advirtió a Robert:
̶ Hola, señor, me llamo Benyamut, el gusto es mío. Perdóneme, pero a mí no me hace falta su maquinaria.
Robert expresó:
̶ Tengo una idea, vamos a hacer una carrera, quien inserte más tornillos ganará. Si tú ganas, te dejo en paz, si yo gano, te irás para siempre.
Extendiendo la mano:
−¿Aceptas?
Benyamut, mirando la mano de Robert, respondió dudoso:
−¡Sí, acepto!
Se dieron la mano y Robert dijo:
−¡Qué bien! Comenzamos aquí y la meta es el final del ferrocarril.
Robert subió a la maquinaria y tiró de la palanca. Benyamut cogió su martillo y ambos exclamaron:
̶ ¡Ya!
Y comenzaron.
La máquina fue muy rápido y Benyamut iba a la par, pero se cansó y se quedó atrás.  Estaba agotado, pero cogió coraje, empezó a martillar, iba tan rápido que le pasó a la máquina. Llegó a la meta y ganó. Su corazón sonaba tan aprisa y fuerte que murió ahí.
Robert se sintió culpable por haber inventado todo ese lío. Terminó volviéndose loco y nunca más lo vieron.       
Tres días después la esposa de Benyamut y su hija, que no sabían de lo sucedido, fueron a visitarlo al ferrocarril y lo encontraron muerto. La esposa lloró como nunca y la hija no entendía nada.
En honor a él, el ferrocarril se llamó, “El Ferrocarril Benyamut”.
 
La madre termina de contar la historia a su pequeña hija de cinco años. Están en la habitación de la niña y ella dice:
̶ Es una historia muy triste.
La madre está de acuerdo:
̶ Es verdad, hija mía.
̶ ¿Ese hombre, Benyamut, era mi padre?
La madre le responde:
̶ Sí, ese hombre era tu padre. Pero ya tienes que dormir.
̶ Odio cuando dices eso.
̶ Cierra los ojos.
La madre se levanta de la cama, apaga las luces, cierra la puerta. La niña se duerme sonriente y, a la vez, triste.
Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

Rodrigo Alaniz
Rodrigo Alaniz

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

Donceles

Donceles

Cuando entró a la librería sintió alivio y sensación de nostalgia. El olor a libro viejo y la lluvia que caía lo obligó a entrar en el primer puesto de antiguas letras. Una de esas librerías que se extienden desde Allende hasta República de Brasil. La lluvia tiene esa virtud de pintar el paisaje con su gama de grises que a Joaquín le provoca una melancolía adictiva; se deja seducir por esos tonos.

De todas las calles del Centro Histórico prefería Donceles. Ahí se conjuntan sus dos pasiones, los libros y la fotografía. Podía pasarse horas en la acera sur mirando los anaqueles de cámaras, impresoras, filtros, carretes, lentes, y luego cruzarse a la acera norte para entrar a husmear los estantes con libros de hojas amarillas y olor a benzaldehído.

Recorrió un par de pasillos con la vista. Miró sin buscar un título específico. Alzó la cámara y tomó un par de fotos del marco que daba a la calle. Un primer plano de libros en un fondo de ventanas y personas con sombrillas en barrido. Las gotas deformaban el plano general a medida que la tromba arreciaba. Caminó entre los pasadizos. Títulos de ciencia y superación personal no le despertaban interés absoluto. A punto de irse a refugiar, mejor, en la acera de las cámaras, el ruido de una escalera lo llevó a la parte trasera y oculta de la librería. En la escalera una enorme cabellera le hizo recorrer el rollo de 36 exposiciones de su Canon y apuntó con el visor hacia la fusión de letras y melena lacia que llegaba a la cintura de la mujer. El sonido del disparador hizo que volteara a verlo.

—¿Por qué estás haciendo fotos? —preguntó con amabilidad y sorpresa.

—Perdona, pero me gustó mucho la imagen de tu cabello fundida entre tantos títulos de libros.

—¡Ah! muy bien. ¿Entonces la foto me la tomaste a mí?, pero ni siquiera me conoces.

—Eso se resuelve pronto. ¿Cómo te llamas? Además, siendo completamente honesto, la foto que tomé fue en parte a ti y otra a los libros —dijo Joaquín con descaro.

—Pues por haberlo hecho, ahora vas a decirme ¿cómo te llamas tú? Y luego vas a tener que traerme una impresión de esa foto. Yo me llamo Mariana.

La sonrisa de ella le dio cierto confort de no haber incomodado; descendió de la escalera y siguió con el juego del interrogatorio. Afuera la lluvia parecía que arreciaba, porque el ruido los hacía acercarse cada vez más. La plática fue tomando un rumbo entre Sebastiao Salgado y el Marqués de Sade.

—¿Qué tipo de lectura es la que prefiere un fotógrafo?

—No sé a los demás, a mí me gustan las novelas de Saramago o la poesía de Gonzalo Rojas.

—Me encanta ese autor.

Joaquín tomó un libro y leyó un verso de Gonzalo:

…juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

A mitad del poema ella le dibujó un corazón con la lengua en los labios y la mano izquierda de él tomó un primer paso de reconocimiento de yemas y nudillos hasta sortear los senderos del cuello y la espalda baja. El fuego entre las piernas se había encendido. Joaquín soltó el libro de la mano derecha, las metió por debajo del pantalón y con la punta le araño las nalgas. La vieja mesa de páginas y carátulas se convirtió en una cama de letras que iban soltando el perfume de almendras y vainilla que tienen los viejos libros. El bálsamo se les arremolinaba en la nariz, él lo aspiraba como una droga mientras todo iba perdiendo existencia. Uno que otro trueno rugía y flasheaba en el interior de la sala de novelas, devolviéndoles la noción del espacio.  Ella fantaseaba con la imagen cenital desde el candelabro: dos cuerpos desnudos sobre una mesa de pastas verdes en medio de un cubo de lomos de letras doradas. Ese sacrilegio la excitaba aún más. Las manos de ambos siguieron la ruta húmeda de sus deseos. La blusa transparente de tirantes de Mariana tenía expuesta la protuberancia aurea de sus pechos. Joaquín afanó sus dientes con pequeños mordiscos, para después recorrer con la nariz y la lengua el camino de vellos que anuncian remolinos de placer. Saboreó sus grietas y succionó la semilla agridulce. Mariana entonó un canto de versos deformados en gemidos. Los cuerpos contonearon una danza sin música al ritmo de una coreografía disonante que subía, bajaba y se dibujaba en la penumbra. Relámpago y lluvia confundieron el sonido de la primer cascada tibia que explotó desde las entrañas de ella. Las letras comenzaron a derretirse entre sus piernas. Un sonido de pasos arrebató el trance y ambos corrieron a esconderse para vestirse. Él salió corriendo a hurtadillas sin despedirse. El viento en la cara y la brisa que le soplaba en los ojos lo hizo llorar de placer.

Lo quemaba la ansiedad de llegar al cuarto oscuro y revelar el rollo que le daría el perfecto pretexto para ir a buscarla. Mientras encarretaba el celuloide, el agua tibia y la memoria de sus dedos lo regresaban a la librería. El dibujo de la impresora sobre el Ilford le dio la certeza. Era cuestión de horas; correr a llevarle la copia. Se encaminó sin esperar a que el papel fotográfico secara del todo.

Salió del metro. Sintió la nube gris que se posó sobre él como una señal. Vuelta en Eje Central.  Corrió sobre la acera del Teatro de la Ciudad.  Siguió entre baldosas enormes, puertas rojas y antiguas ventanas. Al llegar a República de Chile, el corazón punzaba con ganas. A lo lejos, la marquesina naranja Librería Inframundo le entrecortó el aliento. Respiró profundo, se limpió el sudor y caminó más sereno. Llegó a la puerta gritando con los ojos. Sacó la foto, entró sin saludar a la anciana que custodiaba la caja registradora. Caminó cada uno de los pasillos hasta llegar a la sala de novelas. La mesa repleta de portadas verdes le regresó la imagen. Ella no estaba. Guardó la foto con un dolor entre la garganta y las piernas y a punto de cruzar el marco de la entrada, la voz de la anciana lo detuvo:

—¿Por qué tardaste tanto en traer la foto?

Christian Palma
Christian Palma

Christian Palma

Fotógrafo, editor y productor audiovisual mexicano, que hace 20 años se enamoró de la fotografía y comenzó su carrera en torno a la imagen, inicialmente como fotoperiodista, para después incursionar en la cinefotografía. Le apasiona trabajar retratando, contando y creando historias.

“Mira lo que la luz hizo ahora”. Muy breve antología de poemas de Francisco Martínez.

Tigres

A veces me siento en un cuarto vacío. Es mi mente.
Ese cuarto se convierte en un terreno baldío, sin vida, sucio, descuidado.

A veces ese baldío se convierte en una selva y estoy rodeado de maleza.
En ocasiones escucho a un tigre acechándome.
Ese tigre,

Eres tú.

Aves

Esa postal de aves que un día me regalaste es lo único que me queda de ti.

Cuando por un instante supiste que amaba a los seres
Que se mueven suave y libremente por la vida.

Como tú.

Escorpión

Pararse a la orilla del edificio y no sentir la nausea.
El avión que sube y no se desploma.
El auto que frena, el barco que arriba,
La obscuridad que llega y no atrae al temor.
Las palabras que se hablan como si fueran dictadas.
La lista sin incisos,
El hola en repetición y el adiós inalcanzable.

La belleza es un plano holandés.

Tour de France

Extrañar es un lujo.
Como el que teniendo el oro,
Subestima al tiempo.

Ofrenda de paz

Romper y armarlo, sí.
O no, reinventarlo.

El árbol no deja de crecer,
El agua le da vida de vez en cuando.

Destapar los espejos,
Perdonar el silencio.

El ave herida en tu jardín,
Que en tus manos reverdece.

Vuela.

Balún Canán

Mi casa está hecha de raíz.
Escala por las paredes.
No es de barro,
Ni siquiera de concreto.

No solo vivo yo,
También mis reflejos.
A veces mi padre,
A veces otros.

Mi hogar no tiene dirección.
Quisiera encontrarlo.
No me lamento.

ORO

Nada es más brillante que la ausencia.
El abandono del misterio,
La aceptación del lugar.

La definición del reflejo
Y el trazo del camino.
El ser y el estar,
La omnipresencia humana.

Sentir es definirse,
Aceptar la fragilidad.
Ladrillo a ladrillo
Construir la fortaleza.

La conquista de la montaña
Y la debilidad del papel.
Eso es, eso es.

Francisco Martínez
Francisco Martínez

Piscis.

Desde un remoto lugar,

Desde otra generación.

En el cine

Me gusta el turno de la mañana. A esa hora suelen ir lo mismo cinéfilos solitarios que parejas interesadas en otra trama. Corto escasos boletos y me sumerjo en la oscuridad de la sala. Recargada en la pared del fondo le doy un par de caladas al casi inoloro vape de THC. Escucho las bocinas funcionar apropiadamente, el foco del lente, los subtítulos encuadrados. La proyección convierte a los espectadores en sombras que poco a poco voy perdiendo de vista.

Sé de memoria los primeros cinco minutos, tal vez hoy pueda llegar hasta los besos. Es lunes, no viene el gerente. Me aseguraron que la famosa escena de sexo empieza un cuarto de hora después de que se apagan las luces. La última vez calculé mal los tiempos, terminé descubriendo al asesino. Jamás puedo quitarme de la cabeza la revelación de un final.

Han pasado diez minutos sin que suene mi radio. Bajo el volumen, estoy a un click de apagarlo. Me emociona llegar al minuto quince. La gente se arremolina en sus asientos, se pone nerviosa, tose. Juntos presenciamos un momento de intimidad ajeno. Imagino que los espío por una rendija. Espero noten mi presencia.

Camino hasta recargarme en la última fila. La marquesina presume ser la sala más grande de la ciudad. Contengo la respiración. Ahí están las pieles lisas, curvas perfectas en posiciones inverosímiles contra la pared, en el aire, en el piso. Los gemidos, la música. No hay secreciones molestas, caídas inesperadas ni risas nerviosas.

El calor de una presencia a mis espaldas me crispa la piel. Una mano se desliza entre mis piernas hasta las nalgas. Un temor, más parecido al deseo, me paraliza. Intento voltear la cabeza. La otra mano la regresa suave hacia el frente. Besa mi nuca. Los ágiles dedos apartan la ropa interior, se hunden en un cuerpo que ya no me pertenece. Obedezco sin palabras. Abro las piernas. Otros dedos exprimen mi seno derecho, pellizcan el pezón. Entrecierro los ojos, no quiero perderme la secuencia, me agacho sobre la butaca. Mis jadeos se confunden con los de la actriz. Las piernas tiemblan, convulsionan de ganas porque los asistentes prefieran el espectáculo vivo.

La mano tira de la coleta que recogí esta mañana. Los balazos del thriller opacan mi grito. Un bombeo tibio supura placer, se desborda. El radio me devuelve a la realidad llamándome desde el suelo. Lo busco a tientas. Respondo con la voz entrecortada.

—Adeeelante

—¿Dónde te metes? Te necesito en la taquilla.

Levanto la cabeza; solo sombras, no alcanzo a ver a nadie. Me abotono la blusa. Otro día sin terminar de ver la película. No importa, ya sé quién es el asesino.

Los hijos de la Violencia / José Gabriel Acuna Acuña

UN CAMINO SECO Y POLVORIENTO

Fabián Hernández nunca tuvo en claro los motivos de su elección. Ser policía distaba mucho de la carrera de su padre, ingeniero agrónomo, y más aún de la de su madre, que se desempeñaba como médica de guardia en cuanto hospital requiriese de sus servicios. Cierta vez, la psicóloga de la institución le había dicho que su vocación policial tenía que ver con el fatal accidente en la ruta que le cercenó la infancia, privándolo de sus padres. De alguna manera, ser policía se constituía en un acto simbólico, reflejo de un deseo subyacente por restaurar lo perdido. Buscaba recomponer el orden, la sacralidad de las leyes, la inmutabilidad de las normas que un irresponsable al volante había violado propiciando la tragedia. Odiaba a ese camionero que jamás llegó a conocer, y tomó conciencia de ese odio que lo llagaba por dentro cuando mató por primera vez. Fue en un tiroteo con motochorros, dos pájaros de cuenta que habían dejado inconsciente a una anciana tras robarle la cartera. El aviso oportuno de un comerciante lo puso en alerta. Los enfrentó. Intercambiaron disparos y su puntería fue más certera. Al ver los cadáveres bajo la moto sonrió. No se dio cuenta, pero sonrió.

A pesar de los vanos intentos de un fiscal ambicioso, no hubo cargos en contra de Fabián. Los delincuentes estaban armados y habían gatillado, según la básica observación de los hechos. Los peritajes no tomaban en cuenta una sonrisa. Sin embargo, los jefes decidieron que el oficial tomara algunas sesiones con la psicóloga del caso, para que todo quedara prolijito. De aquella abúlica relación terapéutica, Fabián extrajo solo una cosa en limpio, un secreto al que ni la joven licenciada pudo acceder. Fabián Hernández le había tomado el gusto a matar.

Fueron otros dos tiroteos en los que abatió a delincuentes de alta peligrosidad. Ése era su requisito, tenían que ser hampones armados y en lo posible de amplios antecedentes, a los que sabía dónde buscar. El perfecto maquillaje para su sed de sangre, el aura de un tenaz justiciero, como Charles Bronson en El Vengador Anónimo, sólo que él no sabía realmente de qué se estaba vengando. Se jugaba la vida en la búsqueda de un placer mortuorio. Aniquilar malditos lo aliviaba en cierta región de lo profundo, le concedía un efímero sosiego, como el porro en una noche de insomnio. Tras cada matanza, sobrevenía la calma, una fatiga dulce que le desentumecía los músculos, lo aplacaba. Siempre amparado en el cumplimiento del deber, bajo la sombra de lo estrictamente legal, disparos en defensa propia, inatacables, invulnerables. Fue así que ningún fiscal se atrevía a tocarlo, y así también alcanzó el grado de inspector con todos los honores del cuerpo.

Pero un día fue demasiado lejos. Quizás porque vio a ese perro muerto en la calle, al parecer atropellado y olvidado como una bolsa de basura caída del conteiner, algo que lo sacudió más allá de la memoria. Un dolor añejo que se le enredaba en la garganta. Un recuerdo intermitente, como el parpadeo de un tubo de luz a punto de agotarse. La imagen del perro que acompañó su niñez. Un cusquito peludo y blanquecino llamado Tomy, acompañándolo en sus juegos solitarios, mitigando su tristeza, protegiéndolo de las pesadillas al pie de la cama. Sacudió la cabeza, espantando imágenes reveladoras. Irrumpió sin pensarlo en esa guarida de narcos y asesinos. Los sorprendió en medio de una transa, el olor avinagrado a heroína mal cortada, al menos cinco delincuentes. Gritó: ¡Policía! No como una fórmula disuasiva, sino como un desafío. Una llamada al combate. Su primer disparo abortó para siempre la flexión de una mano al extraer la Colt. De inmediato perforó el entrecejo de un grandote que lo buscaba con el caño de su arma. Quedaban tres. El juego de parapetarse entre los distintos muebles desvencijados de la casona. Al tercero lo alcanzó cuando asomaba la cabeza junto a su mano armada, el quejido apagándose confirmaba el impacto. El cuarto escapó del lugar, lo oyó correr hacia la salida. El quinto, en cambio, se puso de pie y arrojó su revólver, entregándose. La lógica de Fabián hubiera sido dar por terminada la batalla, un hombre desarmado no representaba el enemigo deseado. Pero había algo en ese hombre que lo exasperaba. Puede que su cuerpo trabajado por horas en algún gimnasio de cuarta, o la breve cicatriz que le bajaba del ojo hasta el pómulo derecho, o su pelo entrecano cortado casi al ras. Algo en Fabián lo impulsaba a mantenerlo en la mira de la Browning, sin despegar su indeciso dedo del gatillo, listo a disparar ante cualquier movimiento sospechoso. No tuvo tiempo de sacar el celular para pedir un patrullero. Sintió el estampido y un dolor agudo, punzante, que se abría paso atravesándole la espalda. Luego la sensación de que todo daba vueltas. Sus piernas doblegándose y la caída final. Lo último que vio fueron sus propios dedos enredados en la Browning. 

Al despertar tenía las uñas clavadas en la tierra seca. Abrió un poco los ojos. El reflejo del sol le peregrinaba sobre los párpados. Tomó una bocanada de aire. No sentía dolor en la espalda y bendijo al inventor del chaleco antibalas. Se incorporó hasta quedar sentado sobre el camino polvoriento. Se preguntó qué diablos hacía en ese lugar, sin duda un paraje despoblado en el interior de la provincia. Apenas unas casitas en la lejanía. Unos pocos árboles al borde del camino. La nada misma. Buscó su celular en los bolsillos aún sabiendo que no iba a encontrarlo, tampoco tenía la Browning, era lógico. Lo que no alcanzaba a comprender era el motivo por el que no había sido rematado. Quizás, elucubró, lo daban casi por muerto y les pareció buena idea dejar el cadáver fresquito muy lejos del barrio. Quizás. Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un delincuente. Se puso de pie para mirar a uno y otro lado del camino, tratando de divisar algún vehículo que pudiera acercarlo a una estación de servicio. Su desazón fue acompañada por la danza errática de un remolino de polvo. 

Fue entonces que escuchó el gruñido. Pudo advertir que a pocos metros, al costado del camino, un enorme perro lo acechaba enseñándole los dientes. Era un animal enorme, no supo precisar la raza pero sí su ferocidad. Un halo de espuma goteaba de sus fauces entreabiertas, humedeciendo unos colmillos filosos que brillaban a la luz del sol. Quedó paralizado, no se atrevió a mover un solo músculo ante la clara amenaza de que el perro, presuntamente con hidrofobia, le saltase al cuello para despedazarlo. Un nuevo gruñido lo hizo retroceder unos pasos. Trató de serenarse, de pensar, calcular oportunidades, tal como años atrás había aprendido en el entrenamiento. Su mirada se disparó hacia el árbol más cercano, un sauce de hojas secas y ramas raquíticas. Volvió a retroceder pero con mayor lentitud, paso por paso, vigilando los ojos vidriosos del animal, con las manos alzadas, como si mágicamente pudiera contener su inminente embestida. La estridencia de un ladrido le prensó las piernas, junto con el aliento. El perro avanzó unos metros en su busca y se frenó para ladrar con más fuerza. Parecía listo a soltar toda su furia. Fabián no dudó. Se lanzó a la carrera y cuando ya escuchaba la respiración del animal muy cerca de la nuca, pudo trepar al tronco de un salto descomunal que, aun aterrado, le dejó margen para el asombro. Lo que puede el miedo, pensó entre arcadas de aire.

La visión del perro bajo sus pies, merodeando el árbol, le producía la misma inquietud de saberse apuntado desde lejos por un rifle. Se preguntó cuánto debería estar allí arriba, esperando a que el perro se hartara y fuera en busca de una presa más accesible. Apoyó las manos en una rama y estiró el cuello para observar el terreno. Nadie a quien pedir ayuda en ese desierto de pasto amarillento. No podía entender la ausencia absoluta de todo vehículo en el camino, como si la localidad se hallara bloqueada por infinidad de piquetes.

Le llevó unos minutos darse cuenta. Se preguntó dónde se había metido ese maldito perro. Haberlo perdido de vista no significaba que se hubiese marchado, tal como deseaba. Podía estar oculto tras uno de los árboles cercanos, o detrás de una pila de ladrillos que se erigía a pocos metros, rellena de un cemento ennegrecido y salpicado de barro seco, al parecer como parte de un proyecto inconcluso. Lo cierto es que se dejó guiar por la prudencia y decidió permanecer un buen rato en ese árbol. Lo fastidió toda esa pérdida de tiempo. Deseaba que nada de eso hubiese ocurrido y estar en su departamento, como todas las noches, sentado frente al televisor y con una copa de algo fuerte en la mano. Ese algo fuerte y la voz de alguna locutora serían su única compañía hasta muy entrada la madrugada. Quizás por eso amaba su trabajo, aún con los peores delincuentes se podía charlar. De todas maneras, no se arrepintió de haber entrado solo en aquella vieja casona, ni de haberse trabado en lucha con los narcos en tan desiguales términos, y mucho menos de haber matado. Lo que no paraba de recriminarse era el error de bajar la guardia, de quedarse mirando a ese imbécil de la cicatriz, que ya se había rendido, para descuidar ingenuamente su espalda. Un error estúpido, de principiante. Y se preguntó qué puta cosa lo había obsesionado con  aquel delincuente. No conocía a ese tipo. Nunca antes lo había visto, ni aun en los archivos policiales. Quizás no era él en sí mismo, sino esa marca en el pómulo. ¿Por qué le era tan familiar aquella cicatriz? ¿Por qué se había constituido en un detalle de relevante importancia? La imagen apareció como un relámpago, como si hubiese esperado décadas a ser llamada. Del ojo al pómulo derecho, así era la cicatriz de aquel hombre de pelo largo, muy negro, ése que lo había sorprendido en el corredor de la casa chorizo por donde él, en ese entonces un niño de ocho años, se dirigía a la puerta de calle para jugar con su pelota. El hombre de la cicatriz sonrió forzadamente y le preguntó por su padre. El pequeño Fabián se alegró de que su padre recibiera amigos y le franqueó la puerta de su hogar, para enseguida seguir su camino por el corredor. Antes de llegar a la calle escuchó gritos, y enseguida un estampido que le atravesó la respiración. El hombre de pelo negro se retiró a paso firme por el corredor sin siquiera mirarlo. El pequeño entró temblando a su casa, sin soltar la pelota. Vio a su padre en un sillón, con la camisa destrozada, llorando. Muy cerca estaba Tomy. Se acercó al perrito, que yacía boca abajo en el piso. Descubrió la sangre inundando su pelaje blanquecino. Le tomó una de las patas, sacudiéndola, buscando que cobrara vida, que despertara como siempre lo hacía después de una siesta al sol. Pero la patita resbaló de sus manos y quedó en el piso, inmóvil. El llanto de su padre le hería los oídos, pero él no lloró. Sólo apretaba la pelota contra su pecho, y pensaba, pensaba en que no debió haber abierto la puerta para ese extraño, que todo lo que había ocurrido se debía a él, Tomy había muerto por su culpa. Su culpa. Y odió el momento en que decidió salir a jugar, odió al hombre de pelo negro, odió a su padre, pero por sobre todo, abonó la idea que lo acompañaría de por vida, la de odiarse a sí mismo.

Nunca relató lo sucedido y por eso nadie lo contuvo, nadie le aseguró que su culpa era infundada, que no cabía en él la responsabilidad del hecho, que era solo un niño y no podía prever lo acontecido. Sin embargo, no hubiera servido de nada. Nadie se libra del dedo acusatorio de un niño, y mucho menos el adulto que lo lleva dentro. La memoria fue lo suficiente piadosa para borrar ese nefasto día de su conciencia, pero el odio perduró, y se convirtió en la matriz subrepticia de todas sus relaciones en la vida. La sensación de que destruía todo lo que tocaba. Así malogró amistades, lealtades, proyectos. Y la pareja con la única mujer que amó. Hasta quedarse solo, con la oculta, agazapada imposición de pagar esa vieja deuda. Castigarse por el tremendo error cometido, condenarse, ejecutarse. Y por primera vez en mucho tiempo el odio primigenio salía a la luz, retornando a su origen. Y se despreció con toda la fuerza de su infancia herida, la imagen de su perro muerto era un cuchillo removiéndose en el pecho, y lloró, por primera vez lloró. Gritó de dolor. Y golpeó, dio trompadas a la rama del viejo sauce,  sin el menor cuidado por la sangre que manaba de su puño. Golpeó deseando que fuera él mismo el objeto de su ira. Hasta que la rama se quebró. Fabián perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la tierra. Escuchó el gruñido llegando desde algún lugar pero ya no le importaba. Había matado a su perro, su único amigo, el único sostén, su refugio en ese hogar estéril de caricias, y ahora otro perro sería su verdugo. Era el justo castigo. Cerró los ojos, aceptándolo.

Foto de Andreina García

LIMBO

“¿Me estás escuchando?”, era la pregunta que él siempre le hacía cuando se daba cuenta de su mirada perdida y sus balbuceos como interlocutora. Su cuerpo estaba ahí, pero claramente su cabeza no. Ella le respondía que sí y le repetía la última frase que él había dicho para que no sospechara nada, mientras entraba lentamente en el limbo.

A este lugar llegan todos los que sueñan despiertos o necesitan evadir la realidad. Seguramente tú también has pasado algún tiempo aquí, a menos que seas un monje budista o practiques mindfulness.

Después de varios años entrando y saliendo del limbo a voluntad ya había hecho muchos amigos. Seguro era miércoles, pensó cuando se cruzó con Julián en un pasillo. Julián llegaba al limbo cada que vez que tenía clases de cálculo avanzado. Dio algunos pasos más y vio a Marina con su pareja sentada en un sofá. Lo más probable es que estuvieran en su terapia semanal con el psicoanalista. Y en este momento pensó que quizá era hora de llamar a su psicóloga para seguir explorando sus traumas infantiles. Siguió caminando y vio a un personaje con el que nunca se había topado y le llamó la atención. La única regla que existe en el limbo es “no les digas que están en el limbo”, ellos deben darse cuenta por sí mismos, de otra manera regresan de inmediato a la realidad y puede costarles mucho tiempo volver. Por lo general, las personas que se encuentran en el limbo no se conocen en la vida real. Vamos, es un lugar tan grande que las probabilidades son bastante bajas.

¿Quién era este hombre?, ¿por qué me sentía atraída hacia él?, pensaba mientras escuchaba la voz de su esposo a lo lejos.

¡Aló!, ¿me estás escuchando?, llevo diez minutos hablando solo, fue su cable a tierra. Esta vez no pudo repetir su última frase, se había enfocado demasiado en este misterioso personaje del limbo. Moría de ganas por regresar y descubrir quién era, pero antes debía terminar su conversación en el mundo real y decidir qué iban a preparar de cena.

Andreina García
Andreina García

Caraqueña viviendo en Ciudad de México. Publicista y fotógrafa amateur. Me gusta echar cuentos y a veces los escribo.

Cita a Ciegas

Cinco dieciséis de la mañana, suena la alarma. Fernando se levanta con esa sonrisa que debería ser estudiada por la ciencia; no es normal que un ser humano de sesenta y siete años sea así de positivo y risueño un lunes por la madrugada. Él cree ciegamente en las inexactitudes, o como prefiere llamarlas: “imperfecciones afortunadas”. Tanto cree en esto, que cada que hay oportunidad repite: “la perfección es el juicio miedoso y aburrido que esconde la exquisita aventura de lo imperfecto”.

Fernando llega sin prisa al trabajo. Toma asiento y espera a que el teléfono suene para atender a su primer cliente. Sí, en plena era digital su única herramienta de trabajo es un teléfono de escritorio. Fernando lleva treinta y cinco años siendo el mejor vendedor de una reconocida agencia internacional de viajes. Así que nadie cuestiona su método.

Ha pasado ya la mañana y por fin suena el teléfono.

—Expedia, buenas tardes. Le atiende Fernando Oribe. ¿Con quién tengo el gusto?

—Hola, con Olivia.

—Gracias, señorita Olivia. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Pues…, transfirieron mi llamada con usted.

—Ah, entiendo. Tiene duda de qué destino elegir para su próximo viaje.

—Sí, así es —responde sorprendida.

—Muy bien. Sonará extraño lo que voy a pedirle, pero, por favor, confíe en mí y en unos minutos sabrá con seguridad qué lugar es el ideal para usted —Fernando hace una pausa y da la indicación—. Cierre sus ojos.

—Ok —aunque dudosa y un poco desconcertada, Olivia sigue la instrucción.

—Para elegir su próximo destino dejaremos fuera del juego a sus ojos. Ellos están acostumbrados a enfocarse en lo conocido y se dejan seducir por fotografías perfectas. ¿Ya están cerrados sus ojos?

—Sí

—Ahora escuche su respiración. ¿Qué oye? ¿Un viento que mece praderas? ¿Unas olas que van y vienen? ¿El eco que resuena en una montaña? Dígame, ¿a qué suena su respiración?

—¡A un bosque que respira! —responde emocionada Olivia después de unos segundos de pausa.

—¿Qué otros sonidos hay en ese bosque? Agudice el oído de su imaginación.

—Unos pájaros. Sonidos de animales. Al fondo se escucha una caída de agua, puede ser una cascada —describe con rapidez ella.

—Estire su mano y, sin tocar nada, intente percibir la temperatura de todo lo que la rodea en ese bosque. ¿Puede sentirlo?

—¡Sí! Puedo sentir la humedad.

—Imagine que no tiene zapatos, sus pies tocan la tierra y el viento le avisa de una lluvia que refrescará ese calor húmedo. No estaba planeado, pero será increíble vivirlo. Sentir las gotas, recibir ese baño del cielo y después caminar hacia una cabaña que la espera con una fogata y su libro preferido. ¿Puede verlo sin ver?

—Sí puedo, y es increíble —Olivia está emocionada.

—Bueno, muy despacio abra sus ojos. Ya está lista para elegir su destino. Le haré llegar varias recomendaciones que se ajustan perfecto a su descripción. Le espera un gran viaje que eligió con los ojos cerrados, o como digo yo: “confiar en lo que llega”.

—¡Es verdad! ¡Muchísimas gracias! —agradecida, se despide Olivia.

Fernando busca con su mano izquierda el aparato telefónico para poder colgar. Después con su mano derecha encuentra a tientas su bastón guía. Es la una con veinte minutos de la tarde, un momento imperfecto para ir a desayunar.

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Luis Guillén
Luis Guillén

Sobre el autor:

Bailarín sin ritmo, músico con talento desafinado, yogui inflexible, escritor de pocas palabras. Por otra parte, gran oyente de lo ajeno, inventor de lenguajes de lo inanimado, extraordinario espectador de la naturaleza, insistente encuestador de los misterios de la vida y tímido fisgón de los tropiezos humanos.

Osiris Gaona

Magnolia Tango

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

La tristeza

Llega

desgarra córneas

hiere párpados

tose sin pudor en mis narices

aletea en el borde de los labios

rasca la espalda de mis dientes

tiembla en la barbilla

lame el cuello

recorre el pecho con su hocico

baja

como siempre baja la tristeza

en su camino predecible hacia las tripas

encuentra el ombligo trasnochado

descarga allí su desaliento

se detiene en el olor de tu cuerpo

que inunda terco mis entrañas

recorre muslos

identifica un lunar

            dos cicatrices

roza indecisa mis rodillas

resbala un poco

se detiene en los tobillos

toma aliento

Llega a los pies

Me inmoviliza

El gran Gonzo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.

Portada Titanic City

DE CÓMO ME DIO POR ESCRIBIR “TITANIC CITY”

Ilustración de portada: Israel Quezada

Cada novela tiene su propia génesis, la semilla original que le genera vida. Una imagen, un pensamiento, un mensaje que da sentido a la vida del autor. A veces una palabra en apariencia desconectada del mundo, o dos, como en el caso de Titanic City.

   El título de la novela se me presentó de la nada mientras caminaba distraído por la calle Cerviño. ¿Por qué razón? Sabe Dios. Emergió en una suerte de trayecto inverso al de aquel transatlántico de lujo que se hizo inmortal con su hundimiento. Sin embargo, la elección de ese título que lo rememora no tuvo como fin el obligado bautismo de una novela naciente, por el contrario, fueron esas dos palabras lo primero en concretarse, el disparador de una historia que ni siquiera imaginaba.

   Lo más cómodo hubiera sido desechar la ocurrencia para evitar embarcarme -otra vez el barco- en una aventura que ya me resultaba fatigosa. Con mis cuatro novelas a cuestas, la idea de recomenzar esa ardua tarea desafiaba los cimientos más profundos de mi personalidad, donde la pereza es uno de los principales accionistas. Cuentos, canciones, obras teatrales de pocos minutos, eran y son mis actividades predilectas por el plazo que me lleva terminarlas. Una novela es una maratón en la que a menudo uno se lanza sin saber cuándo colocará la palabra “fin”, y a veces ni siquiera bajo qué circunstancia de la historia. Requiere de mucha concentración evitar incoherencias y controlar a un sinnúmero de personajes que, por lo general, tienden a hacer y decir lo que se les antoja.

   Me obsesioné con ese título, al que guardaba como secreto de Estado. Y su misma clandestinidad le hizo cobrar fuerza. Supe que debía pasar nuevamente por el riesgoso desafío de escribir una novela. Pero, ¿cuál novela? ¿Qué historia podría justificar ese título fundante? ¿Qué maldito mensaje estaría enviándome mi inconsciente -sí, soy algo freudiano- y con qué aviesas intenciones? Y las preguntas fundamentales: ¿podría yo comenzar el relato sin que un eventual estancamiento lo dejara trunco? ¿Podría proyectar personajes creíbles y significativos? ¿Lograría un final que fuera medianamente digno de mis expectativas? Son preguntas que uno nunca debe hacerse si quiere empezar a escribir.

   Decidí no hacerme demasiada mala sangre y basarme en mi cuento “El día en que no hubo viento”, para partir con cierta ventaja. Y desde allí, sí, librar todo el peso del relato a los nuevos personajes. Ellos son duchos en el arte crear situaciones y llevar adelante una historia apasionante, mucho más que yo. Y los dejo hacer, como un director de cine que les planta un guión pero que también confía en sus habilidades para improvisar.

   Escribí poco más de un capítulo, y me detuve por meses. Francamente, creo que me faltó convicción para seguir adelante. O quizás fue solo falta de ganas. Entonces ocurrió algo que habría de darme el ímpetu que necesitaba. Fue en 2019, durante la Semana Negra de Gijón. Yo me encontraba presentando mi novela Como perro que aúlla en la oscuridad (Huso Editorial, Madrid, 2019), cuando Juan González, periodista de la agencia EFE, me hizo un reportaje solicitando que le hablara de mis nuevos proyectos. No tuve más remedio que contarle de mi novela en ciernes, y que él publicó de esta manera:

   “La ciudad de Buenos Aires bajo una intensa nube de contaminación obliga a la gente a refugiarse en lo alto de los rascacielos, dominados por bandas de criminales vinculadas a los clubes de fútbol. En ese escenario, una mujer que fue capturada por una de las bandas lucha por ser libre y dejar atrás una sociedad que parece muy ordenada pero que es terriblemente salvaje”.

   Cuando vi ese reportaje reflejado en varios medios internacionales, me puse a escribir por temor a que alguien me copiara la idea. Anótese que soy paranoico. La escritura en cuestión me llevó unos seis meses, todo un record para mí, y al terminarla, aún ignoraba que poseía cierto carácter profético, ya que a fines del 2020 la nube tóxica que aislaba a la gente en los edificios de Titanic City se convirtió en una pandemia real con similar destino trágico.

   Y esa fue la génesis de Titanic City. No hubo épica. Sólo el azar, mucho trabajo y, cuando no me topaba con demasiados tropiezos, el placer de cabalgar una historia que termina siendo mi propia historia, irreconocible, maquillada con algo de oficio.

                                                                                                  Eduardo Goldman

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Conoce más sobre la obra y el autor en:

Échale un vistazo a ese caminante

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

Hellena de Todas Partes

Gabriela por el laberinto para salvar a Hellena

(cómo escribí Hellena de Todas Partes)

Creo, hoy más firmemente que nunca, que las obras que escribimos quienes confiamos aún en este oficio macabro y dulce ya vivían dentro de una transparente célula adosada como Plecostomus a los muros interminables e incorregibles de un laberinto. Allí obran la infinitud del tiempo, la deslealtad de las horas y una impenetrable magia que hace verdaderas las historias.

Hellena comenzó a caminar las calles de Roma en las Navidades de 2016, cuando yo misma conocí la hermosa metrópolis de evocaciones imperiales, la verdadera ciudad donde la luz inunda los mármoles históricos y la conciencia del universo, que es la conciencia de la poesía. Como Hellena, yo venía de París, de ver a Agnès, e iba hacia ninguna parte buscando algo que nunca supe. La encontré caminando a orillas de Tíber, mientras los árboles rociaban de flores moradas las orillas acerosas. Juntas recorrimos los íntimos callejones empedrados de esculturas y pasado, visitamos El Vaticano, La Basílica de Saint Pietro y por supuestos las ruinas de aquella gloria remota y bárbara.

Hellena regresó conmigo a París. Pero en la alborada de 2017, yo volví a México y ella se embarcó en un pesquero a velas por los mares del África. Conoció el amor y la desgracia, y cruzó, como los viejos descubridores, el Cabo de Buena Esperanza, todavía llena de ilusiones.

Pasaron grandes sucesos en el tiempo de escribirla, en mi vida y en la de Hellena. Los míos quedan guardados en otro laberinto, el de la memoria, que a cada tanto se cruza en sus pabellones con el de la creación. En el de Hellena pasó el suceso mordaz y magnífico de conocer el continente negro, sus rutas pesqueras, sus arrecifes y colores. También sus miserias y guerras. Allí Hellena, embarazada y enamorada, descubre el milagro de Makar, un niño soldado con el que va a ligarla algo más profundo que la lástima, el desamparo.  

En ese tiempo yo aprendía a nivelar los túneles del desamparo propio, en casa de mis amigos Annia y Raúl, donde una vez más me daban cobijo y amor, y algo que resultó entrañable, un agujero negro en la cocina de Annia, en el que los derroteros de Hellena y su amigo Tassos iban a encontrar abrevaderos comunes.

Algunos versos memorables de Annia pasaron a ser parte de la historia, y una amiga común con el mismo nombre alumbró los días de Tassos mientras la incertidumbre de conocer a Hellena se aproximaba sin asideros.

La novela termina en Grecia, eso no es misterio, sino lo que allí ocurre. Era mediados del año 2019. Yo fantaseaba con ir a Atenas y conocer las calles donde mis personajes soñaban el encuentro. Tassos es de una de esas islas del Egeo donde se fueron a acurrucar las orfandades y tragedias de dioses y mitos.

Por esa época yo corría maratones y escribía un libro sobre mis impresiones espirituales en el cosmos de los deportes de aventuras. Fue en una de esas veladas de agujero negro que Annia me avisó, con las pupilas brillosas, que el Maratón de Atenas, el original, se corría el 10 de noviembre. En septiembre yo debía estar en España para la promoción de Los amores prohibidos de la muerte, que ese año publicó editorial Huso. Mi primera antología de cuentos había tardado diez años en salir. Todo encontraba respuesta en los caminos de Marathon a Atenas. Las estrellas de una constelación llamada Hellena se agrupaban sobre mi cabeza, elevando el sueño de lo ignoto a sus peligrosas cumbres.

Sorprendente fue que en pocas semanas Annia se había unido a la aventura. Nos encontraríamos al final de mi gira en el Barajas de Madrid para llegar como las diosas, por el cielo, a donde Hellena debía encontrar sus verdades, si es que las había. 

El 10 de noviembre, siguiendo la antiquísima ruta del soldado Filípides, Annia y yo corríamos el maratón original, The Authentic.

Al día siguiente, agobiadas de cansancio y gloria, tomamos un ferry para conocer las aguas milenarias del Egeo. Allí, en una verde campiña de pistaches en la isla de Aegina, a la sombra de la luna y los gatos, escribí el final de Hellena de Todas Partes.

El personaje era mío entonces, como Tassos y Makar. Como Constantino. Ahora, debo confesar, estoy triste. Han dejado de pertenecerme para explorar otros laberintos aún más indescifrables, los de sus lectores. Los dejo ir, pero siento que siempre serán un poco míos, aunque en Gabriela no tengan más oportunidad que ocupar su lugar en los frágiles esqueletos de la memoria.

Despertarse en el espacio y sobrevivir

Una noche, Agnès estaba durmiendo. De pronto, su gato Smigley empezó a virarse a la izquierda, luego a la derecha, y así doce veces más hasta que Agnès se despertó. Luego, lo que ella vio la espantó al principio, la asustó después…. Y así, hasta que se le pasó.

¡Ella se sentó en su camita rosada para ponerse sus pantuflas, pero cuando puso un solo pie en lo que debía ser una de sus pantuflas, o la alfombra de su cuarto, lo que ella sintió fue un vacío!

¡Cuando ella levantó la cabeza, lo que vio le cortó el aliento! Había 15 constelaciones, millones y millones de estrellas, un cielo negro como el espacio…. ¡No, esperen…, de verdad se le está cortando el aliento! ¡Estaba en el ESPACIO!

Menos mal que ella era fanática al espacio, porque en una esquina de la cama (que estaba flotando) descansaba tranquilamente su casco espacial de metal resistente, y el de Smigley, igual al de flores de Agnés, solo que el suyo tenia pintados ratoncitos y sardinas.

Los dos amigos se pusieron sus cascos y el efecto de relajación fue inmediato.

La inspiración y yo

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.

Amilkar Feria Flores

XIX textos de “Palabra de Hombre”, perteneciente al cuaderno “Antropología Recreativa”

I

Lo reconozco: soy tan humano como el perro que me guarda lealtad bruta, como el agua que me sube a la cabeza (en lugar de humo) mientras la luna tira de mis ideas, como la mirada sostenida que me devuelve la mujer de cada mañana, como la tierra que cede levemente a mi pisada, como la tripa inteligente que no me reconoce más humano que al aire que respiro.

II

Estoy experimentando la evolución en carne propia. Es una experiencia urgente que me hace mutar cada veinticuatro horas. La angustia de no saber a dónde voy, se compensa con la feliz paradoja de tensar el horizonte sobre un paisaje que no deja descanso para mis pies. Los instintos se estiran, las ideas se encojen, las costillas crujen sus contracciones, y ningún órgano encuentra acomodo en el apretado espacio que se me ha designado para el delicado operativo de sobrevivencia. Ya no cuestiono absolutamente nada, dejando todo el mando al cuerpo, tipo de sobrada inteligencia. A esta hora de la madrugada, atizando el rescoldo de algún vestigio racional, descubro, con anatómica alegría, que mis mejores ideas están acantonadas en las piernas.

III

Desconócete, desobedécete, olvida que fuiste aquel que un día se conoció y obedeció por temor al desconocimiento y la desobediencia. Reconócete este otro lado, ya sin temor, porque la sabiduría infinita y la desobediencia oportuna son recursos indispensables para conocerte mejor.

IV

(Mareaje / a punto del naufragio)

Un argonauta, eso es lo que soy, perdido en el desvarío que tu vida lacia me propuso. Tú eres la sirena que entonó la marcha de las putas, empujando al vacío a los marineros incautos. – So imbécil (me digo), no se te ocurra pedirle otro número, que más muerto no puedes estar.

V

(Mareaje / a babor)

El vigía, en el nido de cuervos, grazna una vez más su soliloquio: “Otro banco de niebla”. La tripulación pierde sus dientes a razón de uno por día, bajo el flácido velamen de una calma que ya dura meses… ¿Y el capitán? ¡Oh, capitán, mi capitán, so maricón, enternecido contador de briznas! ¡Qué diferente habría sido nuestra suerte, de no haber escuchado tus órdenes!

VI

(Mareaje / a estribor)

A veces no sé si soy un navegante, o un náufrago, a bordo de una frágil galera tripulada por marineros que se amotinan cada doce horas. Mi fe es tan ligera, y a ratos fuera de lugar, como la gaviota que hace tres días se posó en el palo mayor. Mi lastre es diametralmente pesado, como el ancla que hace una semana echamos al agua por mero aburrimiento, o delirio, ya no sé. El recuerdo de casa, de la meretriz preferida, late en cada sien febril, agitándose en los sacos masturbatorios de la noche.

“¡Regresemos a Palos, a palos!” – Gritan los marineros a voz en cuello.

“¿A Palos…?” – Pregunto, casi en un temblor.

“Si, ¡a puro palos!” –Responden multitudinarios.

“¿¡Y las Indias que son menester alcanzar allende los mares, aun sin saber que apariencia tiene el horizonte del futuro!?” – Todos, incluso yo, momentáneamente calmados con mi arenga, caemos en la cuenta de la gigantesca empresa que abordamos. Da grimas ver sus rostros quemados, enjutos, desdentados, iluminarse levemente bajo el Sol de este marasmo, mientras repiten:

“…Las Indias, las indias, las indias…”.

VII

Finalmente acabé amistándome con Dios, ese incómodo parásito del subconsciente, que todas las noches se abre camino a empujones hasta la superficie de mis obcecadas aflicciones. – “Siéntate ahí, a mi derecha – le digo – mientras preparo café”. De no padecer esta soledad devastadora y escalofriante, que comparto irreparablemente con ese señor, creo que nunca hubiese hecho el ridículo de dirigirle la palabra, como mismo lo hago conmigo a esta hora del silencio.

VIII

1)

Pienso que hay algo en juego, además de las papas. La fila no debe romperse bajo ningún concepto. Hay modalidades disciplinarias que deben respetarse hasta las últimas consecuencias: Cualquiera podría usurpar mi posición (No. 10).

Una cola no solo sirve para espantarse las moscas, sino, categóricamente, para conservar el equilibrio.

2)

El reptil ha perdido temporalmente su cola. Ahora piensa otra cola. Perder una cola duele la mitad de la vida, pero salva las colas de la otra mitad de su vida.

IX

He descubierto un nuevo punto en el techo, en el cielo. A simple vista no puedo determinar si se trata de una estrella o un insecto, pero algo se arrastra hasta ese punto y lo engulle. Tampoco puedo precisar qué es lo que se arrastra con semejante apetito, ni si tiene patas o puntas. Me estoy quedando dormido.

TV

1)

La pantalla le devora las neuronas, como la luz borra la memoria de un viejo retrato colgado en la pared. La luz se lo traga todo con una voracidad espantosa, persistente, hipnóticamente irreversible. Ahora el galán le dice: “Corín Tellado, este cuento se ha terminado”, y ella se echa a llorar.

2)

Unos minutos de lucidez (tal vez diez), mirando una película del Canal 6, que en realidad no estaba entendiendo. La película trataba de unos chinos que no paraban de correr. Corrían por cualquier motivo y, cuando se detenían, se propinaban patadas y piñazos hasta decir no más. Era una película aburrida, pero, sin darme cuenta, estaba corriendo tanto como ellos. Viendo para adentro el guion de mi vida, comencé a trazarme un rumbo más interesante. Unos minutos de lucidez, después de tanta locura.

XI

¡Huye, escapa mientras puedas! ¡Te estás buscando para matarte! El homicida interior ha despertado con el apetito abierto, y no vacilará en clavar su acero en el prójimo más próximo: en ti, que solo te tienes a ti mismo.

XII

Soy un gran divagador, de vagar, de jugar. Pero, ¡me vago una y mil veces en la hora que descubrí el final del cuento! Ahora vago, o divago (si lo hago dos veces), hasta que me invente otro juego.

XIII

Así hablaba Zaratustra (transcripción del asirio, al griego antiguo, al latín, al alemán…)

“Me digo cada mañana: – Despierta, dormilón, que te van a confundir con un mojón. Pero después, tras un frugal desayuno y profunda reflexión digestiva, depongo un razonamiento aún más elaborado: – ¿Quién, que no sea yo mismo, me va a confundir con un mojón, si vivo solo? Dubitativo, observando el resultado humeante de mi pensamiento matinal, acoto: – ¿Quién de los dos es el mojón? Y en última instancia, de generarme tal confusión, – ¿Qué clase de mojón soy, un mojón dormilón?”.

R/

Soy la discrepancia de dos partículas subatómicas; pero, en un nivel superior, soy la querencia de una molécula de sodio y otra de cloro: Soy la sal de la vida.

XIV

Hoy amanecí resuelto a hacer cualquier cosa, o mejor, cualquier otra cosa. Hay cosas miserables y ruines que te hacen feliz. Otras, felices, surten el efecto contrario. “Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar, tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás”. Por eso hago otras cosas.

XV

Mis amigos tienen peste a boca cuando balbucean cualquier confidencia, y un azufrado aliento etílico cuando compartimos tragos. A veces parece que los amigos solo existen para hablar mierda, con el pretexto de limpiarla con alcohol. Mis amigos, de oscilante catadura moral, contienen la respiración cuando me acerco, borracho y confeso.

XVI

El picaporte, tan manoseado por leprosos y filósofos, es el mismo picaporte que ahora pulso; pero la puerta está atorada. Antes de entrarle a patadas, ya la vida tenía un plan maestro para mí, pero yo no lo sabía. Para colmo, derribé la puerta equivocada.

XVII

Las señales no pueden ser más elocuentes: la pitonisa duerme la siesta, el agorero ha bebido más de la cuenta, el funcionario rehúsa de sus funciones. El camino luce demasiado grande sin restricciones. El libre albedrío me hace trastabillar como a un borracho, porque la puerta deja un filo por el que cabría veinte veces.

XVIII

Reposando a los pies del Poeta, mi sueño se reparó de la muerte. El desgaste se desvanece en una región recóndita del cielo. A un tiempo, vuelvo a ser todos los hombres

humanamente posibles. Sesenta minutos caminando al Este de la profecía, sin siquiera dar un paso. / Pico Turquino, frente al busto de José Martí, 20/3/08

XIX

Sostengo mi palabra una vez más. De otro modo, la construcción gramatical caería al suelo convertida en un ripio de comas e interjecciones.

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Sobre el autor

Amilkar Feria Flores, La Habana, 1967. Egresado de estudios superiores en Pedagogía Artística, Artes Visuales, Antropología Cultural, y Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Sus libros de poesía y narrativa breve se han publicado en Cuba, Venezuela y Argentina. Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino. Vive y trabaja en La Habana.

Lunaridades

Sí, lo ves ahí, redondo, colorado. Sería un lunar perfecto -pensás- si no estuviera rodeado de la nada, si alrededor y por debajo tuviera piel que lo dotara de ese mínimo relieve que tiene todo lunar que se respete. Querés ser diminuto para posar tus manos sobre él y abrazarlo, o recostar tu cabeza sobre su suave superficie y acurrucarte en sus delgadísimas arrugas.

De pronto ves salir jirones de piel a lo largo de su circunferencia. Te frotás los ojos como para quitarte el asombro de la mirada. Aquel punto ciego, que antes parecía el mínimo espacio donde comenzó el universo, ahora está rodeado de formas a ratos indefinidas, a ratos oblicuas, curvaturas que tienden al círculo antes de desmoronarse, temblar un segundo y desenrollarse como alfombras mágicas.

Desearías ser más ligero para precipitarte sobre aquellas extensiones trémulas de piel como en un tobogán. Pero una nueva redondez te saca de aquel viaje imaginario para ponerte al frente un pecho liso, impoluto, hasta que una pequeña imperfección se anilla en su parte más alta y forma un pezón. Pensás que no has visto un defecto tan maravilloso en tu vida hasta que otra tira de piel nace a un costado de aquella milagrosa formación y se enrolla justo a su lado, para ascender hasta volverse un nuevo pecho con su respectiva imperfección coronándolo en su cima.

Nueva piel sigue saliendo del lunar para tomar formas inusitadas. Dos enormes trazos se transmutan en unas piernas que no son como las tuyas. Estas tienen una curva por detrás de la pantorrilla que te produce un placer extraño en el vientre. Intentás disimular la erección, como si hubiera alguien más alrededor aparte de vos y ese lunar que se ha vuelto loco escupiendo piel por todos lados.

Ves que entre las piernas recién formadas un trozo minúsculo se enrolla hasta formar un clítoris. De nuevo querés ser más pequeño para abarcarlo con tus brazos y apretarlo contra vos, pero solo atinás a acercarlo torpemente a tu boca y probarlo con ese divertido miedo a lo desconocido.

De pronto, recordás el lunar con el que todo empezó, y levantás la vista para ver hacia dónde se ha ido. Entonces ves que otras curvaturas han encontrado su forma definitiva en una boca, unos brazos, orejas, nariz, cabellos, ojos… Aquellos ojos miel que ahora te miran ensimismado en su clítoris. Ahora querés ser más grande para tatuarte todo contra su cuerpo, aquel cuerpo que recién ha nacido en algún lugar del espacio-tiempo.

Ella te mira, se miran… Y ya no querés ser más pequeño, ni más grande, ni más ligero. Tan solo querés tener la dimensión indefinida de sus ojos, y entrar en ellos y quedarte ahí, del tamaño justo de la felicidad.

El lugar donde encallan los barcos

Sin entender exactamente por qué o para qué, el día cinco de julio de mil novecientos ochenta y uno me encontraba en una sala del aeropuerto de la Ciudad de México. Un amigo de mi padre, entusiasta, lo había persuadido de la oportunidad que significaría para un muchacho citadino participar en un campamento donde, además de los deportes, aprendería algo sobre el régimen socialista. Por supuesto, a mí me importaba un cuerno Fidel, la Bahía de los Cochinos, la guerra fría, el bloqueo norteamericano o el ejercicio. De cualquier modo mi padre, no siendo especial partidario de Castro y sordo a las objeciones filiales (también mi hermana se opuso) y conyugales, inició los trámites en la embajada de Cuba. Tal vez imaginaba que un poco de movimiento atenuaría mi complexión adiposa: tenía doce años —yo, no mi ascendiente— y mi estatura, conforme a las tablas médicas más verosímiles, debía al peso unos diez centímetros (1.40 m – 50 kg). Recuerdo que entonces la erección matinal estaba más asociada a una milanesa con papas que a panoramas femeninos; confieso que el entendimiento posterior de este asunto —el de la erección matinal— tampoco tuvo un carácter muy científico: hasta hace poco, no sé si en descrédito propio o de las clases de la primaria que debieron orientarnos, descubrí en un libro de psicopatologías sexuales que la vejiga es la responsable: en la noche, el mentado órgano bombea líquidos a las fosas cavernosas.

            Conforme a la ruta de vuelo, debíamos aterrizar en La Habana. Sin embargo, una tempestad provocó una serie de vueltas improvisadas y un presuroso descenso en Varadero. Aunque ese era nuestro auténtico destino, cuando mejoraron las condiciones climatológicas, luego de cinco horas de espera, retomamos el rumbo. Previamente habíamos hecho al capitán piloto la solicitud de que nos dejara en Varadero, pues ahí y no a otro lado necesitábamos llegar. La respuesta: “Las líneas de comercio y de transporte, chavales, operan bajo normas de estricta observancia” (pensé que el capitán piloto era muy burro: la palabra correcta sería “mirada”, no “observancia”). En La Habana nos informaron que los choferes responsables de llevarnos al campamento habían regresado, imaginándonos quizá lo suficiente astutos para alegar con quien fuera que si estábamos en Varadero y luego iríamos a La Habana para volver a Varadero, ¿por qué diablos no quedarse de una buena vez en el primer sitio? Una especie de victoria del sentido común sobre el derecho aeronáutico. El número de horas que estuvimos aplastados y quejándonos en los pasillos no difirió gran cosa de la espera inicial. Salía del sanitario subiéndome la bragueta y examinando con desconfianza mis manos, en el instante en que un hombre daba instrucciones a los compañeros: otro camión —parece que al primero, de nuevo hacia La Habana, se le poncharon las llantas— nos llevaría a un albergue estudiantil en Guanabacoa, sólo para pasar la noche. “No hay habitaciones libres —notificó la administradora del albergue José Martí—, pero les invito a cenar y, si no les causa molestia, pueden dormir en el piso de esta oficina”. Mi primer alimento en Cuba fue un plato servido por la hija de la administradora (Artemisa, se llamaba la hija, y Ana María la madre): moros con cristianos. En medio de fervorosas cucharadas cometí mi primer tropiezo histórico político cultural: Ariel, uno de esos mejor preparado que uno, sí, el típico pedante de doce años que en vez de preocuparse por saber si el balón Tango del próximo campeonato de futbol tendrá vivos en rojo o en negro y blanco, intenta aprenderse la fecha en que ejecutaron a Luis XVI…; Ariel, tras afirmar que nunca había paladeado unos frijoles con arroz tan suculentos, lo que le valió un segundo plato y a nosotros una madrugada insufrible, comentó que le encantaría conocer la URSS. Se me ocurrió que, en efecto, visitar un sitio con tan bajas temperaturas no estaría mal. Y lo dije. Dije que estaba de acuerdo en ir, cuando fuera más grande, a Rusia. “No se llama Rusia”, me refutó. “Esa denominación —continuó mientras yo fijaba iracundo la vista en una cáscara de frijol atrapada en sus brackets— pertenece a una funesta etapa de la historia. Es como si dijeras que vives en Nueva España. ¿Te gustaría?”. Traté de defenderme, claro —Artemisa era una mujer de nada malos bigotes—, pero, como en el box, la técnica pudo más que el coraje. Ana María, conciliadora, apuntó: “Por favor laven sus platos: que descansen, yo me retiro”.

            A la mañanana siguiente, Ariel pronunciaba un discurso que incluía palabras como: “hermandad fraterna, gesto inolvidable, revolución mundial y Che Guevara”. Ana María, sin despabilarse bien aún, intentó sonreír: “Andale, gracias eh, feliz estancia”. Un señor alto, gordo, pelirrojo y con barba se acercó a la oficina de la administración. Afuera estaba un autobús con el motor en marcha. “Ustedes son del grupo B de México, ¿verdad?”. Pensé en mi grupo de primaria: sexto B. Por fortuna, permanecí en silencio. “¿A qué se refiere?”, aventuró David, uno de mis compañeros. “Sí, porque ustedes no son del CREA ni del Estado de Michoacán”. Agregó: “Yo soy Leo y seré su guía temporalmente. No se preocupen. Hoy partimos a Varadero”. Ariel intervino con una autoridad tan desconcertante como atribuida por sí mismo: “En efecto, formamos parte de una compaginación sui géneris, no afiliada…”. “Bueno, bueno —interrumpió Leo—, hagan el favor de apurarse, súbanse que ya casi no hay cupo”. A la altura del tercer o cuarto peldaño cayó un gargajo: junto al volante, desafiándonos (incluso al conductor), un joven tan morucho y recio como un tronco, el creador de aquella obra, Emilio, se carcajeó. Era el jefe, algo así como nuestro Ariel, de la delegación de Morelia. Reconozco mi pavor. David susurró: “Perro que ladra no muerde”. En ese instante conocí a mi amigo mexicano en Cuba. Todavía temblaba en el asiento más lejano a Emilio cuando un tufo, precursor de los entonces soviéticos, me ocasionó una peculiar congestión nasal. “¡Qué asco!”, observó David. Los búlgaros poseían su propio aunque no tan temible concepto del baño. Fueron los últimos en acomodarse. “¡Mira qué guapa!”, me codeó mi amigo mexicano en Cuba. Tenía razón.

            En menos de treinta y seis horas viajamos dos veces al lugar donde encallan los barcos. En esta ocasión, salvo los paseos de ida y vuelta en el mismo día (por ejemplo, a la célebre playa Girón, en la Bahía de Cochinos, o al Castillo de Jagua, en la provincia de Cienfuegos), permaneceríamos un mes en el Campamento Internacional de Pioneros 26 de Julio. Sus edificios, flanqueados por una cerca bien pintada que no disimulaba del todo la fachada de correccional, consistían en cuatro bloques de concreto: una estructura cuadrangular y, en el centro, una piscina de veinticinco metros con un pequeño trampolín. Cada bloque se dividía en tres pisos y cada piso en unos veinte cuartos. En cada uno de ellos: seis literas. Construcciones anexas: el comedor y la heladería, separadas entre sí y del conjunto principal por una breve distancia. Teníamos prohibido salir del vallado protector de los costados y la parte delantera; la parte trasera desembocaba en la arena, fina y clara, y la arena en un mar apacible, tanto que, en una tarde de excéntrica lluvia (una nube recorría el cielo abierto mojando la porción de tierra sobre la que pasaba), nos permitió rebasar a pie las boyas de seguridad.

            Ser miembro del grupo B de México o grupo México especial representaba ciertas (a juicio de nuestro caudillo Ariel) desventajas. Eramos un quinteto —David, Víctor, Ariel, Enrique y yo— incluido a última hora en el programa de actividades. Las solicitudes de admisión enviadas por diversos países y respondidas por los funcionarios caribeños no habían agotado la capacidad de las instalaciones. El gobierno cubano ofreció más lugares para que jóvenes independientes, no inscritos en alguna asociación, pudieran participar en el campamento. No sé si la premura con que se difundió la noticia y se cerraron las listas definitivas fue el motivo de que el total de nuevos peticionarios proviniéramos del Distrito Federal. Llegamos, al igual que el resto de los mexicanos, los del CREA y los que mandaba Michoacán, encabezados por el sátrapa de Emilio, y al igual que otras delegaciones: Etiopía, Bulgaria, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania Democrática, después de la ceremonia de apertura. Salvo en nuestro caso, la visita de todos ellos había sido dispuesta desde el principio, y cada delegación —la mexicana parcialmente— tenía asignado un guía o instructor; y digo parcialmente pues el guía Ferrero se limitaba a la vigilancia de los del CREA y los de Michoacán. Para hacerse cargo de nosotros cinco, se comisionó a Leo, maestro de trovas y burácrata en una oficina de censos. Las náuseas, producto de despertarse tras una broma de dormitorio, al ritmo de Un nuevo sol te iluminó, es el dibujo divino… aquí hay ambiente, aquí es otra gente, la humanidad quiere paz, ¡viva la libertad!, viva hoy… melodía diseñada para que los hombres del futuro, reunidos en Cuba, abandonaran la pereza en las literas y ejecutaran, con asesoría forzosa del instructor, sus ejercicios matinales en los pasillos…; las náuseas, lo empujaron a implorar una sustitución. Leo se fue y nos transformamos o afirmamos en chinos libres, en beach boys con reservas latinoamericanas (carecíamos de tablas surf y otros adminículos). Nadar y retozar todo el día, menos a las horas del potaje y los helados, despreciando cursos y talleres. A Ariel, a quien no le gustaba ser chino libre o beach boy latinoamericano y sí asistir a los talleres y cursos, debemos, hay que reconocerlo, las escasas intervenciones en los paseos: él nos hizo entender la vergüenza que era jugar voleibol en vez de ir al Castillo de Jagua. No cabe duda, ser miembro del grupo B de México representaba sus (des) ventajas.

            Un deporte, más que el voleibol o el futbol, destacaba en mi arsenal de entretenimientos: el ping-pong. Buenos reflejos, antes que musculaturas insólitas (la inexistencia de esto último me valió la décima posición en una competencia de nado) y, sobre todo, ocio, mucho ocio. Un etíope, Zabek, fue mi maestro. “Es que estoy gordo”, le decía decepcionado mientras miraba botar la pelota en el rellano de la escalera, al fondo del segundo piso de uno de los edificios. “No es cosa de peso —me replicaba en excelente castellano—, es cosa de paciencia”. Por cierto, paciencia fue lo que le faltó a Zabek cuando Emilio, encorajinado por una derrota (Zabek era el campeón indiscutible en cualquier categoría), arrojó un escupitajo sobre la mesa. El negro se encaminó contra el morucho y colocó, uno en cada lado, el pulgar y el índice en los cachetes agresores; luego apretó, hasta que los dedos hicieron contacto. ¡Emilio lloró! Lágrimas a cuentagotas, muy distantes a las que brotaron de mis ojos al ver un aguamala extendida en mi rodilla, pero lágrimas al fin. ¡Era soberbio ese Zabek! Sus enseñanzas me redituaron el tercer sitio en el torneo del campamento.

            La edad tope para asistir a Varadero, se leía en la convocatoria, era dieciséis años. A nadie sorprenden las excepciones: el soviético más alto y apestoso tenía veinte; Poccuya Manyeba, la búlgara guapa del camión, dieciocho… ¡Pero el Franchute…! ¡Veintisiete! Su apodo, un nuevo nombre, ya que toda persona se dirigía a él de esta manera, funcionaba como señal de alerta para ocultar el patrimonio personal; bribón y alcohólico, el Franchute representaba, solo, a Francia. ¡Había que verlo izar la bandera de su patria!, una de las pocas obligaciones, esta, la de izar la bandera, con la que cumplíamos. En un principio le pedía a un par de chilenos que le ayudaran a extenderla y amarrarla a la cuerda del asta, temprano, y a desamarrarla y doblarla, al anochecer. Fastidiado de solemnidades, acabó pagándoles a los sudamericanos para que se encargaran por completo del asunto. Las ceremonias cívicas se efectuaban en domingo y en fechas importantes. Mi relación con el francés, fuera de las extorsiones para ahorrarme la molestia de deslizar con la punta de la lengua un peso cubano que aguardaba en el piso, resultó cordial. Enrique, siempre díscolo a la hora de cubrir la cuota de seguridad y poseedor del récord de distancia transitada por un peso cubano, solía decirle que era un imbécil. El Franchute, acaso demasiado esporádicamente, sacaba a relucir su lado generoso: “Tú dedicación al ping-pong —me psicoanalizaba en atisbos de inglés— es un escándalo; no te vayas a convertir en malviviente”. Y al decir malviviente no se refería en sentido estricto al vago, sino, más bien, al opuesto del bon vivant. Su consejo o reproche se fundaba en un favor que me había hecho: con el propósito de romper un compromiso con Poccuya Manyeba o Rosie o la primera mujer que me besó en la boca con mi consentimiento (Reina, una doméstica que en determinada época demostró gran afición por los relojes familiares, ya había explorado mis colmillos de leche) (los besos de Reina generaban un escozor similar a los besos de la tía Gacha; rascarse no parecía ser remedio suficiente); con ese propósito, le rogué al Franchute que se apersonara en el cuarto de los búlgaros, donde Poccuya esperaba mi visita, y justificara mi ausencia alegando que un conglomerado de cerumen, tan sólido como imprevisto, fruto del exceso de agua de mar, me había desviado a la enfermería. La que efectivamente había acudido al local médico esa mañana, griposa, era Rosie. Para contrarrestar el legendario virus le recetaron reposo absoluto, obvio impedimento para salir de una habitación en la que, a esa hora, cinco de la tarde, estarían presentes, escuchando a todo volumen una grabadora, los demás representantes de Bulgaria. Panorama devastador. Y si bien el mensajero se hizo cargo de la diligencia, en la noche, cuando nos vimos de vuelta, me aconsejó o reprochó lo ya anotado: “Un gesto de solidaridad con una mujer —añadió— merece anteponerse a un rato de pseudotenis”.

            El cuarto o quinto día de mi estancia: Víctor y yo regresábamos de la playa lanzándonos un balón y gritando incoherencias con acento cubano. “¡Eh, chico, mira, pásala! ¡Ah te va, ah te va!”. Después del baño iríamos al comedor, para merendar. En sentido contrario, avanzaban las búlgaras. Seis en total. Probablemente se dirigían a ver la puesta del sol. Nos saludamos en inglés y nosotros seguimos adelante. Gritaron algo y volteamos. Le pidieron a Víctor que se acercara. Lo rodearon y, para sorpresa mía, retomaron el camino rumbo al edificio central. Víctor, que fingía mucha seriedad, se les unió; al pasar me guiñó un ojo. “Ahí te hablan”. Rosie, de pie frente a mí, preguntó si querría ir a la playa, para esas horas, desierta. En mi memoria se configuraron todas las escenas de violación que había visto en el cine. Le respondí que sí, con trabajo; mis labios: hechos grietas; el paladar: reseco; el pecho: arrítmico. Nos sentamos sobre un montoncito de arena; medio metro entre los dos. “¿Acércate”, me sugirió. “¿Ya viste cuántos colores tiene el mar? ¿Te doy miedo?”. Me esforzaba por mirarla directo, al rostro. En un intento, percibí un aroma salado, fuerte. La punta de su nariz golpeó la mía. Ataqué, pero los nervios me hicieron errar el tiro hacia un pómulo. La mujer del autobús retrocedió divertida y envolvió con sus manos mi cara.

            Sin sospecharlo, me convertí en una especie de autoridad: en un padrote; claro que sin las más remotas funciones del padrote. Los de mi grupo, aun el morucho Emilio y uno que otro del CREA, me felicitaron. “¿Cómo le hiciste?”, inquirían. “Casi te dobla la edad y, no te ofendas, la estatura”. El Franchute iba más al grano: “¿Ya se la metiste?”. Víctor opinó: “Está muy buena”. Inauguraba pues, mi carrera de novio o compañero o amante. “¡Amante no!”, se exasperaba el Franchute: “Amante, hasta que se la metas”. Para su decepción ­—la del Franchute—, mi currículum en estos asuntos era nulo y mi lascivia, como ya puntualicé, transitaba con lentitud de las milanesas con papas al ping-pong y de este, también con rémoras, a Rosie. Pese a la prepubertad y sus misterios (por ejemplo: ¿el semen es verde, blanco o transparente?, ¿sale solito o hay que tomarse algo?…), la idea de ser un hombre de respeto, un novio, me entusiasmó sobremanera. Ahora, ignorando burlas proferidas hasta por Ariel, me levantaba al escuchar Un nuevo sol te iluminó… y en el pasillo hacía los ejercicios obedeciendo las indicaciones del disciplinado instructor búlgaro. Ella sonreía y mis rótulas temblaban doblemente al hacer las flexiones. Terminábamos y cada quien volvía a su cuarto. En el mío, David, Vctor y Enrique, semidespiertos, entonaban Estar enamorado es, descubrir lo bella que es la vida…, me arrojaban calcetines y hacían bromas: “Fuit fuíu, tararararará, tararararara”. Más tarde, nos dirigíamos al comedor; las charolas: con divisiones para los guisos. Nuestra mesa quedaba lejos de la de los búlgaros, así que durante el desayuno me contentaba con mirarla. De nuevo en las habitaciones, los mexicanos comenzábamos, a juicio de muchos extranjeros, un rito exótico: el cepillado de dientes.

            De acuerdo con el reglamento, mujeres y varones de la misma o distinta nacionalidad debían dormir en alcobas separadas. Esto lo supimos cuando Tania, una niña del CREA, irrumpió en la oficina del director, un tal Velasco, exigiendo que castigaran a Julio, del mismo CREA; Julio, so pretexto de haber visto a Belcebú en la superficie de lámina de la puerta del cuarto de niños, se había saltado la barda (los aposentos se interconectaban por pequeñas terrazas en la parte trasera) y metido en la cama de Tania. Al parecer, Belcebú hizo de las suyas y desapareció los calzones del muchacho, quien, además, sufría una tumefacción en medio de las piernas; tumefacción atemperada con rasguños, baladros y un cubetazo de agua dispuesta para jalar el retrete. Pero aparte de Tania, era difcil que a alguien le preocupara esta norma. Después del cepillado de dientes y de acicalarme, tocaba la puerta de mis vecinas las búlgaras; los vecinos de mis vecinas, los búlgaros, solían amanecer en el dormitorio de mis vecinas, sin que esto hiciera prueba de algún contacto sexual (ni, por supuesto, de alguna abstinencia) entre ellos y ellas. No era extraño que Stanislaus abriera y me saludara —le caía bien a ese Stanislaus— y gritara frases incomprensibles antes de hacerme pasar. Poccuya o Rosie estaría recostada leyendo un libro o una revista, o en el baño, o afuera en la terraza, caso en que era innecesario el trámite descrito y entraba por atrás, desde mi cuarto. Nos decíamos ternezas, antes de besarnos en los labios. Me explicaba su programa de actividades. Si tenía la mañana libre íbamos a nadar a la alberca o a la playa. Si no, quedábamos en reunirnos más tarde; a las dos postmeridiano, invariablemente, acudíamos juntos a la heladería, un paraíso: cuantas veces y los sabores que quisiéramos. Esa construcción, anexa al edificio central, era también el escenario nocturno de nuestro deleite. Allí, solos, más besos y uno que otro roce; hasta las diez, momento en que apagaban las luces, señal y término para irse a dormir. Antes, a la hora del crepúsculo, caminábamos sobre la arena y sus partículas, frescas o tibias, según el vaivén del agua, formaban surcos, remolinos y cráteres alrededor de nuestros tobillos. El fin de las charlas y lanzamientos de conchitas y piedras lo marcaban los zancudos, tan feroces, que era más fácil, tras untarse sustancias repelentes, conseguir una dermatitis que disuadirlos de su acometida.

            “Dinos la verdad”, me arrinconó el Franchute, aburrido de martirizar a Enrique, quien en esta ocasión había hecho una suerte más complicada: al tiempo de arrastrar un peso cubano con la lengua, sostuvo con el labio superior un billete enrollado a manera de mostacho; en el lavamanos, el mártir tallaba la palanca con jabón, mentaba madres y amenazaba al Franchute con destazarlo algún día. “Anda, dínosla”, insistió. Salvo Ariel, que había ido a intercambiar unos paliacates o timbres de correo, y el protagonista del espectáculo reseñado, ocupábamos unos banquitos en la terraza del francés que, como las búlguras, era nuestro vecino; curiosamente, también era el único morador de una recámara tan rancia como su persona. Platicábamos y bebíamos Havana Club de tres años. “¿Eh, ya se la metiste?”. “¿Qué carajos te importa?”, contestó David, quien a expensas de una ceja abierta empezaba a obtener un ápice de respeto galo. “¡Oh, vamos, lo pregunto por el bien del chico!”. El chico, o sea yo, reprimió la idea de salvaguardar la intimidad vía golpes, no tanto por lo animal sino por los posibles resultados. “¡Eres un cerdo!”, gritó David. “¡Un puto cerdo!”. Víctor y David, como quien dice, pasaron a retirarse; luego salió del cuarto Enrique, azotando la puerta. Me quedé solo. “La verdad, no se la he metido”. “¡Ajajá, lo sabía, lo sabía!”, repitió satisfecho el Franchute. “No te aflijas —analizó en voz alta, con aire paternal—, no te aflijas”. Me quedé mirando la botella y unos dedos amarillos por el tabaco la rodearon y sirvieron en mi vaso. Dio un largo trago, directo del Havana, y dijo: “El tuyo es un típico problema de localización. ¿Cómo —continuó— vas a meter algo que no sabes dónde se mete? Te diré lo que haremos. ¿Tienes un cepillo?”.

            Saltamos los pequeños muros que mediaban entre las terrazas. Sola, Rosie dormía la siesta en la cama superior de una litera. Se encontraba en ropa íntima, acostada boca abajo. Uno de sus brazos, arriba de su cabeza, descansando sobre la almohada; el otro se extendía al lado del torso, más allá de la cadera: esta mano, cautiva de la bragadura blanca de encaje florido. El calor arreciaba y en algunos puntos de las piernas, sobre todo detrás de los muslos y rodillas, se habían formado gotitas de sudor. El Franchute picoteó con el mango del cepillo las plantas de los pies de la búlgara. Víctima de jadeos y arrimando el área pélvica contra una pata de la litera, ordenó: “Mira, ven”. Valiéndose del cepillo como los profesores de las varitas que señalan la anotación correspondiente en la pizarra, me aclaró cuestiones técnicas: “Esta es la vulva, este, imagínatela volteada, es el monte de Venus; los labios menores están, lógico, dentro de este como ostión y, por ello, los mayores son los que tocan la tela del calzoncillo. Más hacia el ombligo, insisto, imagínatela al revés, tienen una especie de pito, más corto que el nuestro, claro, y sin agujero para mear. Te confieso —prosiguió acezoso el Franchute— que nunca he entendido por dónde echan los orines”. De súbito, para rascarse, Rosie se llevó la mano prisionera a la punta de la nariz. “¡Shhh!”, me previno el tutor, atribuyendo a mi cara de pánico el motivo de la inquietud de la durmiente. “¡Y tú! —alzó la voz, poseído— ¡y tú… se la tienes que meter aquí!”. El cepillo salió volando y el poseso arrancó la prenda e introdujo medio dedo cordial en la vagina. “¡Da ti eva maikata!”, pronunció la mujer del autobús. Da ti eva maikata, me enseñó un día el amable Stanislaus, equivalía, más o menos, a fuck your mother. El sopapo que la ofendida asestó en la oreja del violador acabó de aumentar mi espanto. Tenía ganas de salir corriendo, pero el que lo hizo dejó un camino de líquido blanco que recorría el piso hasta el muro de la terraza. El modo de mirarme de Rosie demandaba, naturalmente, una explicación. Se la dí lo mejor que pude.

            Un día de la etapa final de mi estancia, la búlgara me propuso dormir con ella en la habitación de los chilenos, recién desocupada. Sus amigos se encargarían de que el asunto no llegara a oídos del instructor y nosotros, a medianoche, nos deslizaríamos con cuidado por los corredores. Pese a la claridad de la luna, ejecutamos el plan. Dentro, se desnudó, despojándome posteriormente de un short que constituía mi única indumentaria. Nos acostamos. Me quedé atónito al palpar el centro duro y abultado del seno. Me pareció increíble que en su vida diaria Rosie portara debajo de camisas, camisetas, bikinis o brasieres, esas protuberancias coronadas de piel oscura: las células en relieve y formando líneas irregulares. Comenzó a frotarme los hombros, la espalda, el vientre y, con un muslo, la entrepierna. Me apretujó. Cerré con fuerza los ojos y luego los abrí. Hundí la cabeza entre sus pechos. Colocó su palma sobre mi pene. Dijo que lo entendía, que no debíamos sentirnos mal, y abrazó el cuerpo desmadejado de un niño con taquicardia.

            A la madrugada siguiente, los ronquidos de mis compañeros y un escozor insoportable me despertaron. La típica broma. En el baño, tallé las zonas embadurnadas de pasta dental. Ayer, a estas horas, sudoroso y asustado, tanteaba un organismo con pelos y redondeces tan fantásticos como su lengua materna. “¡Cobarde!”, pensé. “¡La hubiera hecho mía!”, añadí, sin contener la risa al recordar la telenovela que suministraba esta nostálgica oración. Fijé la mirada en un lunar de la pelvis. Acaso tres o cuatro manifestaciones pilosas, aisladas cual ermitaños. Recurriendo a la diestra y a la esperanza, lo agité para producir un flotamiento de sustancia de vida o nata mágica (palabras del Franchute) sobre el agua del retrete. Lo único que flotó, reflejándose descompuesta, fue una cara escudriñadora.

            A un paso de conseguirlo, de ganarle un juego a Zabek, Ariel me comunicó, con sus brackets y suficiencia característicos, que el director necesitaba saber si nos iríamos pasado mañana o dentro de cinco días. Tocamos la puerta. Frente al escritorio, en dos sillas, estaban David y Enrique; a un lado, de pie, Víctor. Velasco hojeaba nuestros pasaportes. Preguntó: “¿Ustedes son los de México especial?”. Afirmaciones. “Escojan la fecha de su regreso. El fallo —aclaró— debe ser conjunto”. Organizamos una rápida y democrática ceremonia de votación. Por extraño que se lea, Ariel fue un tenaz oponente a emprender el retorno al término del plazo más largo. Le inquietaba que nuestros permisos migratorios vencían justo en dos días. “¡Bah! —replicó el director—, eso se puede solucionar”. Evidentemente, optamos por más vacaciones.

            Pensaba que la quinta noche sería el momento ideal para un ataque, redentor y definitivo. Me correspondería ahora reformular la propuesta búlgara como si fuera iniciativa propia. Pero las cosas se presentaron de tal modo que invalidaron mis cálculos. Pasado mañana se diluyó en tiempo vigente y Leo, reaparecido, ordenó que preparáramos nuestros equipajes. ¡Las tres últimas noches las pasaríamos en Guanabacoa! Frente al camión, le advertí a Leo que no subiría, hasta resolver un asunto pendiente; que deberíamos tramitar una autorización para quedarme en Varadero. Un brazo amistoso rodeó mi espalda. “Tú sabes que eso es imposible”. Bajé la cabeza y contemplé el suelo pedregoso de la explanada. Me erguí. Arriba, despejado, el cielo del adiós. Una silueta corredora que aumentaba de tamaño ocupó mi campo visual. Rosie me apretó con ganas, diciendo lo que se dice en estos casos: te amo, y para siempre, sin ti no podré vivir, ya te extraño, escribe, es sólo un hasta luego, te llevo en mí… Y yo contesté, antes de mi llanto, lo que se contesta (o tradicionalmente se debe contestar) en las despedidas. Suscribimos un pacto cuyo cumplimiento, más que de nuestras voluntades, dependería del destino. En 1986, ella, he olvidado la razón o el pretexto, me encontraría en México.

            La segunda visita al albergue José Martí me pareció perpetua. Ariel, platicando las impresiones del viaje. Ana María, sirviéndole una y otra vez moros con cristianos; Artemisa, noviando en mis narices (los clavos sacan otros clavos sólo si al precipitar el martillo los tenemos entre los dedos). Por fin, una aeromoza de Mexicana ordenó abrocharse los cinturones y aterrizamos en la ciudad más grande del planeta. Entre chiste y chiste mis familiares hicieron que me percatara del color costeño genuino de mi piel y de los cien dólares que habían tenido que pagar a la embajada cubana por el vencimiento de nuestras visas. También comentaron algo sobre mis incisivos y la dentadura de los roedores (el futuro me preparaba la maldición de la ortodoncia y su efecto más notorio: la sonrisa metálica de Ariel). En 1986, se celebró en México el mundial de futbol número XIII. Yo asistí al encuentro en que Bulgaria empató a dos tantos con Corea.

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(Relato incluido en Unos niños inundaron la casa. México: Cal y Arena, 1999; Ficticia, 2019).

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Sobre el autor:

Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) es doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Publicó su primer libro de relatos en 1999: Unos niños inundaron la casa (reeditado en 2019), al que le han seguido Día franco (2016), Quién recuerda a doña Olvido (2012), Madrid al través (2003) y Mercurio y otros relatos (2003). También es autor de seis novelas: Paraíso en casa (2018), Blanco Trópico (2014), Vikingos (2012), A bocajarro (2008), El Señor Amarillo (2004) y Bogavante (publicada en 2000 en España y reeditada en 2008 en México). Además, tiene tres volúmenes de ensayos: Avistamientos críticos (2016), Los piratas del Caribe en la novelística hispanoamericana del siglo XIX (2010) y Novela española y boom hispanoamericano (2006). Ha sido incluido en numerosas antologías: La X en la frente, Día de muertos, 20 años de narrativa FONCA, Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Cuentos perversos, entre otras. Reside en Mérida, Yucatán.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Es mi fiesta y, si quiero, escribo de Gaby Sambuccetti

Este año quise regalarme la escritura de este texto para mi día especial. Por eso lo titulé, “Es mi fiesta y, si quiero, escribo”.

Quedan tres días para mi gran fiesta multitudinaria (si no ven la ironía en esto, no tuvieron pandemia). Hoy, además, es el día de la poesía y parece que a la poesía también la saluda gente que después no la recuerda el resto del año ni por casualidad.

  Voy a ponerme seria: hace un año, cuando el encierro recién empezaba, escribía este texto sobre la pandemia. Fue justo el día de mi cumpleaños cuando empezó el lockdown en el Reino Unido. Vuelvo a leer mi crónica y pienso en el ayer, en el hoy.

Me acuerdo de aquel Boris Johnson hablando en las noticias, diciendo que íbamos a perder a muchos de nuestros seres queridos. Recuerdo haber pensado en la noción de comunidad con mucha más fuerza que nunca. Ese hecho que fue un shock, no lo fue del todo, porque para mis cumpleaños, históricamente, pasan cosas dramáticas. Cosas que no siempre están relacionadas conmigo necesariamente.

Si bien nunca dejé que esos sucesos empañen mis cumpleaños, incluso en plenos festejos, siempre sentí el poder de ese karma en forma de mensajes ocultos, diciendo que nunca debo olvidarme de la realidad, por más distraída y alejada que esté de ella. 

XXVI

“Esta fue la primera cosa

que he entendido:

el tiempo es el eco de un hacha

dentro de un bosque”.

Philip Larkin

En contraste con el 2020, en este 2021, la pandemia parecería estar por terminar. En mi isla de residencia, a mitad de octubre, la pandemia empezó con la nueva cepa y la histeria de toda una Europa y resto del mundo asustados y cerrando puertas, y luego continuó con un largo encierro. Durante ese fuerte encierro vimos pasar la noche, el frío, la nieve, la niebla, la famosa lluvia. Recién esta semana vimos salir un sol resplandeciente, por primera vez. Podemos afirmar que el 50% de la gente está vacunada en Reino Unido hoy. Y con eso, todo este gran paréntesis en nuestras historias colectivas parecería estar llegando a su fin.

Me pregunto qué nos deja esta culminación como escritores que siempre estuvimos marginados del mundo económico con nuestras actividades literarias, hecho que durante la pandemia se acentuó aún más. Es decir, se notó la falta de empatía con los artistas. La parte más chocante fue que todos consumieron más arte que siempre. Pero, tristemente, los escritores seguimos escribiendo, seguimos publicando, en este contexto contra viento y marea.

Durante este período que va desde que Boris dio su discurso hasta el día de hoy, me conecté y desconecté con distintas personas, como también lo hice con mis ciudades, con los WIFIs, conmigo, pero, sobre todo, con la escritura.

Es por eso que quise darme este festejo, que no es una sesión de Zoom, ni unos zapatos nuevos, ni una caminata por el parque. Es un texto. Son palabras. Quise regalarme estos párrafos, estos relieves de lo que quiero volver a ver en mis próximos cumpleaños, cuando la pandemia sea un recuerdo borroso de algo que nos cambió las vidas temporalmente y también, para siempre.

Quise regalarme este texto producido en este escritorio repleto de libros desorganizados en un caos sin pretexto alguno, entre cremas de coco, piedras amatistas de viajes que no recuerdo, resaltadores de bajo coste y millones de hojas y cuadernos reutilizados.

Quería un cumpleaños que represente esta otra pandemia: la de la introspección, los libros y la literatura; la pandemia que me mantuvo sana mentalmente en un mundo muy incoherente y desorganizado.

Durante la pandemia pude conectarme con mi ser escritora de manera más radical. Fue uno de los años que más escribí, gestioné, publiqué, colaboré, entre otras actividades.

Un amigo escribió un texto (que no puedo compartir todavía porque es inédito), donde dice que uno no es escritor como se es oficinista. No se puede salir de la escritura como se sale de la oficina. No tenemos una tarjeta para marcar nuestra salida de la escritura. La escritura nos atraviesa en todas nuestras áreas de la vida, es parte de lo que somos. Está en la esencia.

Ser escritor es más complejo que simplemente escribir. Este año cumplo treinta y cinco de ser escritora. Alrededor de veinte años de manera consciente. Y otros doce publicando y compartiendo con el “exterior” mis textos, ensayos, poemas, canciones y otros sin forma alguna.

“Envejecer no es algo para estar avergonzado.

Especialmente cuando toda la humanidad está en eso […]

es un gran privilegio no morir prematuramente”.

Bernadine Evaristo

Aquí estoy: escribo para el adentro, para el afuera. Y, muchas veces, es en ese medio where the magic happens. Me acuerdo que hubo un tiempo lejano en el que escribir para otro era tan aterrador, que prefería no hacerlo. Prefería escribir para mí misma y mis fantasmas. Pero un día decidí romper con esa falsa creencia de que el afuera era aterrador. Sacar las hojas de la vitrina.

Este último período de mi vida comencé a percatarme de que soy una escritora muy consciente de mi tiempo. Tengo un sentido muy afilado de lo que pasa a mi alrededor, sé leer el mundo literario en el que me muevo con mucho detalle, veo cosas que otros no ven con extrema facilidad y rapidez —No se pongan celosos, ustedes también tienen sus dones—. A veces, pienso que si escritores como Cortázar, Virginia Woolf, Vallejo, Shakespeare, Sor Juana, entre tantos otros (de cualquier época y con cualquier antecedente), se levantaran de sus tumbas y vivieran este presente, no podrían soportarlo: la reencarnación es un arte como cualquier otro, y, por ende, no es para todos.

Incluso a nosotros mismos nos cuesta aceptar este presente literario y de la escritura, nos cuesta aceptar ese terrible ego que es tan obvio como el Big Ben: los seguidores de Instagram, los algoritmos, los lectores que quieren todo cortado como si fueran bebelectores, los hyperlinks y los links, los fondos destinados a lo mismo, las reacciones, las fotos, los trolls, la extraña presencia académica y corporativa en redes. Hay muchas cosas raras que pasan en esta mezcla contemporánea de factores. Cosas raras como sentir presión por tener seguidores en nuestras cuentas de Twitter; presión que no es personal sino social: ¿eso no es raro, casi inhumano? Sobre todo, cuando los seguidores se pueden comprar por 3 pesos devaluados en el mercado ilegal.   

No sé en qué momento de esos 35 años vi toda esa mezcla como una posibilidad. La posibilidad del error: infiltrar las letras como un bug de ese sistema asfixiante. Ahora, tú lector estás leyendo esto por un error del sistema. ¿Por qué un error? Porque a mí no me pagaron para escribirlo, ni a ti por leerlo. Este sistema no quiere intercambios que no sean mercantiles. La Ninfa Eco es un hermoso error. Para mi cumpleaños me regalé emocionarme con la noticia de que este error de mi pensamiento se expandió como respuesta a un virus. Ahora tenemos tres equipos: el de Latinomérica+España, Reino Unido y Estados Unidos. Creo que muy pocas personas podrían entender la emoción de haber construido eso desde la base hace más de tres años.

Somos un equipo de escritores trabajando en una revista que no necesita followers para existir, ni necesita algoritmos, no necesita un mercado, ni sponsors. Se beneficia de ellos, como también lo agradece como una bendición extra (por favor no se vayan), pero puede continuar con o sin ellos. Al principio éramos unos pocos creando algo sin forma, con una emoción totalmente desproporcional a lo que es la crudeza del mundo literario.

Pienso que junto a mis poemas, La Ninfa Eco fue una de las mejores cosas que creé en estos treinta y cinco años, porque demostró que hay algo que escapa de las lógicas del capital: “Y la medicina, el derecho, la ingeniería, todas esas son necesarias y nobles para hacer la vida sostenible, pero la poesía, la belleza, el romance, el amor… Esas son las razones por las que nos mantenemos vivos”.

Mi segundo cumpleaños en pandemia me regaló la posibilidad de sentir alegría y felicidad por poder construir con pequeños ladrillos las cosas más ridículas, inútiles e impensadas, que son las más importantes de mi vida.


El otro día fui a comprar un café, y me quedé sentada, tomándolo, en una pequeña plaza que se mantiene casi desértica (a diario). Mientras lo tomaba, miraba a la gente caminar en sus burbujas-humanas de la pandemia. Todos estaban hablando y no había nadie viendo sus celulares. Miré cuidadosamente ese detalle. La pandemia nos recordó que también podemos vivir como en los noventa, en parte.

En una entrevista que me pasaron de Elon Musk con Joe Rogan, sobre el neurolink, Elon decía: “Ya todos somos cyborgs hasta cierto punto porque tenemos nuestros celulares como extensiones nuestras […] hoy no traer tu celular es como si tuvieras el síndrome de la extremidad fantasma, se siente como si algo estuviera faltando”. La tecnología es parte de nuestra vida y nuestro cuerpo. Los escritores ya no somos los de antes. A veces siento que esa evolución algunos la ven más clara que otros.

Vivir al filo del tiempo, en la cresta del progresismo literario es también un arte aparte. Entender la evolución tecnológica no se trata de ser un influencer, sino de ver la posibilidad. La posibilidad de crear algo bello con lo que tenemos en cualquier lugar y momento. No esperar más de estructuras y direcciones impuestas. Incluso las editoriales y las universidades más grandes y con mayores recursos se sienten perdidas. Este cambio es drástico y se profundizó con la pandemia.

Lo nuevo y lo diferente siempre es visto con ojos de estigma; el estigma de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, no puedo pensar en un momento mejor para escribir que en este hermoso caos en el que todavía se pueden tener ideas.


A veces pienso que vivo al filo de alguna periferia de una gran y pequeña ciudad, en los márgenes de la selva actual, en unas aguas que se filtran con las nuevas lecturas. En ese escenario, en esas maderas, es en las que cumplo treinta y cinco años como escritora y gestora, como alguien que pensó en soledad y en el encierro de su comunidad. Hoy podría estar en una fiesta por Zoom, pero preferí estar en esta felicidad, en la alegría de las palabras que van y vienen, que nos forman como las piedras a la arena.


En este cumpleaños quiero celebrar la palabra porque es la única que puede gobernarnos y liberarnos como el fuego incandescente de una velita de colores que nunca se apagará. Este día me trajo la satisfacción de vivir este momento, este hoy eterno que es lo único que soy.

No sabemos cuándo nos vamos a ir de esta fiesta, no sabemos si todo lo que tenemos mañana va a desaparecer con un inesperado giro de suerte. Nada es propiedad privada en este mundo de apropiación. La vida se derrama de manera tan, pero tan salvaje frente a nuestros ojos, que no nos queda otra alternativa que vivirla con la máxima pasión.

Vivimos rodeados de muerte emocional, pero es hora de crecer y arribarse a ese precipicio que es la vida. Voy a dejar unos versos de uno de mis poemas The Good, the Bad & the Poet:

“Somos menos que polvo.

Somos una hoja que cae.

Y la belleza esta escondida

En la manera en la que caemos”

Quisiera completarlo con una cita de la novela de Ricardo Piglia, El camino de ida, “En la caída soy un halcón”. Me gustaría ser ese halcón que cae en esta vida literaria que elegí. No me refiero al aspecto agresivo del halcón, sino a la cualidad de volar siendo libre y respaldado por la propia disciplina e independencia de su edad, la edad de oro personal.

Me gustaría volar y caer con aspiraciones y anhelos; subir y bajar como solo puede hacerlo un animal. Llorar y reír por la incertidumbre y la certeza de que somos menos que polvo, conglomerados de polvo, tan mundanos como el que se acumula debajo de la cama. Somos tan terrenales como ese polvo que barremos, nunca estamos limpios, nunca perfectos. Siempre escondemos, pero hay poquísimos momentos en el que nos abrimos como un libro, y dejamos que otros vean mientras nos atrevemos a verlos: no hay nada mas celestial que eso, ni siquiera el polvo de las estrellas.

“El ser más inesperado es uno mismo:

Hasta las esfinges nos miran con ojos asombrados”

Silvina Ocampo

Voy a terminar agradeciendo a todos los lectores, sean cercanos o no, por dejarme compartir esto y pasar mi cumpleaños en esta extraña transacción que son las palabras.

Ilustración: Victor Argüelles

Arlequín [Fragmento]

Son tiempos crueles, el cielo entristecido cubre cada rincón de la tierra. Todas las noches, las criaturas acuden al solar, para ver el espectáculo que ahí se representa –es la única alegría, si cabe decirlo–. El reconocimiento para los actores es una sonrisa amarga, una estría sujetada por los labios apretados de los asistentes; el trabajo envilecido no produce otra cosa que la apatía por la función y, a pesar de todo, la gente acude.

El cuarto del fondo de la casucha se ilumina por los rayos del sol. La luz se introduce vieja, carente de brillo, moribunda, como lo es la vida; alumbra un rostro blanco pintarrajeado sin armonía. Unas líneas delgadas se escapan del rostro y se impregnan en las paredes, nadie podría decir quién las originó, sólo que atraviesan al payaso tumbado en el vértice de la galera, al lado de un cuadrado cartográfico, arriba de lo que fue un taburete, debajo de lo que parece un artilugio de locos y casi tocando la laguna que se extiende de una garrafa desmayada del otro lado de la habitación, en donde también se halla una portezuela cerrada que esconde las voces de los dueños del espectáculo.

Una puerta separa la felicidad de las criaturas. Una puerta es lo que se necesita para cerrar o abrir los cerrojos de un alma perdida. Los patrones lo saben bien, son los únicos que bailan llegando el anochecer, los que contemplan el sol, los que sonríen, aunque su sonrisa sea una mueca siniestra. Los dueños se apropiaron de todo, por eso son los dueños. Amos de la comida –nuestra sed–, los ríos –nuestro trabajo–, la tierra –nuestras decisiones– y del cielo que nos mira.

En el amanecer del payaso se dibujan las ilusiones del resto de los seres que divagan con caminar allende del páramo, por las planicies coquetas frente a sus ojos. Todas las criaturas encerradas se escudriñan de reojo y esquivan el contacto visual. Los holanes sin sentido del traje variopinto del payaso se pasean por el aire que entra vestido de hojas secas a través de la puerta de telaraña. El letargo se profundiza, nada lo rompe. El payaso está empeñado en lo que se encuentra más allá de su vista. Es un cobarde, pero un buen soñador. Le tiene miedo a correr, a salir de una vez y por todas de aquel encierro que lo llena de más garabatos. Es un maestro de la ilusión y un desdichado de sus anhelos. Observa el cuadro cartográfico, memorizando los lugares a los que podría ir si se atreviera a cruzar la puertecilla que lo separa del espectáculo tan lamentable que ofrece a la hora del ocaso. Gira la cabeza hacia el otro lado, hacia la puerta de los patrones, rechaza la idea relámpago y se concentra en la telaraña de enfrente que deja entrar otra ráfaga de aire.

.

Sobre Ana Matías Rendón

Sin origen ni destino. Es una errante sin remedio. A la fecha ha tenido más de 60 empleos. Escribe, porque le gusta más que hablar. Tuvo (mucha) suerte y estudió Filosofía y Literatura. Es ensayista y narradora. Ha publicado algunos libros y textos en diferentes diarios y revistas. Le fascina la Filosofía Posmodernista y la Literatura Fantástica, pues cree fervientemente que tienen mucho en común.

Otros poemas de Gerardo Montoya

FOMO

quiero escribirte uno de amor, pero

el celular me incomoda

acumulo citas onda

Back To The Future

y una impagable deuda kinesiológica

en la columna vertical

.

el espacio de lo público

está recubierto por un manto fino

que no es

polvo del volcán:

es un velorio de cuellos

desergonomizados

.

en el bondi

tienen tatuada eutanasia

la palabra eutanasia

junto al logo

de una ONG inglesa

.

en las líneas del subte

la guillotina enceguece en las horas pico

a los títeres de Pappo

a los raperos

en recuperación scratcheada

y a los magos importados del país

popustalinarcopetrolíficado

.

en la plaza del barrio

envenenados los linyeras

que apestan

a la mezcla de perfumes

de quienes se les sientan encima

paco

rabanne y fresita

con meo de perro registrado

en las Líneas B

C

D

(nunca,

pero nunca la H):

.

en la capital parisina

sólo los pobres osan confundir

un GRUPOBONDI con cemento

todas las cabezas enterradas y carentes

de cobertura médica y wifi

.

(ver Cementerio

de animales de Stephen King

autor original

del remake de IT y otros

bestsellers en boxoffice)

.

cuesta un huevo escribir amando

.

hablando de payasos

como metáfora del capitalismo sir mix-a-loteado con globito

(OJO

que no es sinónimo de forro

en este antro

la transmisión es sin sentido):

.

acá va una

gratis para los niños

dijo John Wayne Gacy

como sinónimo de “Kiss my ass”:

con la edad       #quack

dejás de coger

(exceptuemos a Brad

en Benjamin Button

por motivos de público conocimiento

como ya lo dijo Freud

en el trece de Amorrortu

en Millenials

polimorfos sin Tabú):

.

“el Viagra sirve para otra cosa”*

.

y eso no es todo el colorín colorado

amigos de Bugs Bunny

también dejás de ir al cine

porque la niñera te caga sistemáticamente con su calentura de boliche

limítrofe de la ciudad

.

porque cesa de existir

la soledad compartida

en las cuotas

sobre las que dormimos descalzos

.

para eso nos casamos

para esto

.

en el sindicato del amor

la burocracia no es joda

posta no es joda

el divorcio es el diploma      postuniversitario

que nunca es ad honorem

y siempre es ad hoc

aunque lloriquees con tu analista lo contrario

en el fondo

no tenemos en claro        si quisimos mentirnos

con las malversaciones de la aorta

mitologizada

en el afiche que los dos

colgamos como a Nelson

Mandela con mal gusto

justo encima del futón

en el nuevo monoambiente

con expensas de apartheid

.

/**

 * inserte aquí

 * otra foto de Arjona

*/

.

pero al menos hicimos una fiesta

y qué buena fiesta joder

coño

(Anagrama es importado)

me puse tan en pedo

que ya no recuerdo

quién vomitó encima

del cadáver de la abuela

en vestido metastásico

de transmisión intercontinental

.

(ni nos metamos con los Nazis

no sea que ofendamos

a los futuros diestros alternativos)

.

¿éramos jóvenes?

¿éramos inexpertos?

¿éramos boludos enguerrillados idealistas burgueses

de película noventera

que la rompió en taquilla

cuando era eso

llamémosle

Titanic

o Ace Ventura en cartelera?

¿o es que había una promo irrefutable

de 2×1 en champú?

.

(¿te diste cuenta que hubo tres películas

antes de llegar al consumo de alcohol?)

.

en el amor

como en las drogas

el factor determinante es la herencia

la cual se resuelve

tomando entre las manos cosas que astillen

cosas

como erizos de mar

o un colibrí azul        en verano

deben estar vivos

antes de aplastarlos

.

lleva una vida cauterizar las heridas

.

paciencia™

laboratorios Bagó

.

poema del libro ‘Decálogo para la clase media que se hurga el pupo y en el filo de la uña encuentra, sin sorpresa, una maraña que es deuda ilegítima añejándose’ publicado por Qeja Ediciones.

.

.

.

¿Cómo se come esto?

Para Ren Hang

.

quiero perderme

en el último         beso negro

pero se me cancela la descaga de Tor

no hay mirror sites

ni mirror servers

.

sólo una cola

.

radiante

de descargas inconclusas en los bordes

de la interfase pulsional

.

se me infecta de warnings la Mirada

.

¿a quién tengo que pedir permiso

para no volver?

.

poema del libro ‘Decálogo para la clase media que se hurga el pupo y en el filo de la uña encuentra, sin sorpresa, una maraña que es deuda ilegítima añejándose’ publicado por Qeja Ediciones.

.

.

.

MIGRACIONES

a mí me gusta el Viagra

porque me hace recordar a Dear Wendy 

(ver IMDB 

de Lars Von Tier circa 2000ish)

las mujeres no lo entenderían 

tampoco

nosotros sin ellas 

mis queridas pastillitas 

gracias por forzar mi cuerpo a coger 

gracias por no pararme el corazón

en la primera cita 

aunque me meta suficientes miligramos 

como para matar a un pollo 

o a un perro chiquito 

gracias 

porque en el pacto de lo no escrito 

el honor entre varones anónimos asegura 

que los técnicos farmacéuticos

que hacen sus prácticas profesionales 

y los jóvenes graduados 

-los viejos ya ni me miran- 

me devuelvan la receta con una mueca partida 

cada vez que salgo a comprar

tus paquetes de diez 

gracias

por tu presentación masticable y en comprimidos

gracias por tu disolución rápida 

en mi sistema gastrointestinal 

gracias por haber expirado tu patente 

por todos nosotros

gracias por cargar con plomo 

a este fierro sin hueso 

con el que me disparo los sesos para encontrarme 

vacío de preguntas 

gracias por darle vida a quienes por razones orgánicas inoperables o falencias genéticas

o expresiones fenotípicas tristes

no pueden ponerla sin tu bendición

gracias por ahuyentar las pesadillas recurrentes en los veteranos de guerra que se automedican

con sobredosis por las noches

gracias por hacer indiscernibles 

nuestras ausencias 

gracias por preservarnos de las fauces 

del deseo ajeno

gracias por alejarnos de la certeza de la muerte en la putrefacción de nuestros miembros 

gracias por acompañarnos a Las Vegas aunque seamos sólo un cúmulo

de futuras hipotecas 

y duelos mal hechos 

gracias por tu amor incondicional y en tres cuotas 

gracias por tu fecha de expiración prolongada 

gracias por tus muestras gratis en los consultorios privados 

los miércoles de cada mes

gracias Viagra 

sos el padre que nunca tuve 

sos la madre que me mira con un cariño silvestre

sos el buitre que me arrastra por el desierto

y quema mis palabras con arena sublingual  

y acaricia con plumas sucias 

todas las puntas agrietadas en mi piel 

y me arranca 

a picotazos quirúrgicos el hígado 

y el vaso

hasta que dejo de serlo

mientras un azul sin fronteras calcina 

un iris agoniza sin parpadeos

dos puntos

el arrojo

el arrojo al borde de un oasis turbio y un puesto abandonado

con un cartel en un idioma

ilegible sin testigos 

.

inédito

Un lugar común / Cadáver exquisito

Se conocieron la noche anterior en una discoteca local. Débora fingió pecar de inocencia adolescente. Escondió sus negras intenciones bajo un vestido rojo entallado. Hombres de todas las edades la cortejaron; ella solo tuvo ojos para Roberto, un tipo corpulento que se esforzaba por agradarla.

Luego de la primera pieza de baile Roberto se sacó el saco. A la tercera, tuvo que aflojar la corbata dejando a la vista su papada grasienta. Presa del oscuro deseo que le provocaba aquel hombre, Débora comenzó a seducirlo. Lamió con inusual fervor las gotas de sudor que le escurrían por la mejilla.

—Eres perfecta  —le susurró Roberto al oído, apretándole las nalgas.

Antes de la media noche ya estaban en un motel a las afueras de la ciudad. Débora no opuso la menor resistencia cuando el gordo la montó a horcajadas. Por primera vez en muchos años sintió que un desbordado cúmulo de alegría le brotaba por los poros.

Por la mañana se vistió alegre. Contempló a Roberto, que roncaba sin pudor con el miembro al aire. La profunda mirada de Débora lo despertó. Se levantó aliviado al ver que la muchacha no había abandonado la habitación. Mientras se bañaba le saltó una duda. Nunca había conseguido tanto sin el menor esfuerzo. “¿Sería una infiltrada del gobierno? ¡Qué va! Esas cosas no pasan en México. No hay que desafiar al destino”.

Roberto la invitó a desayunar. Antes de arrancar el auto, entre besos mustios le juró amor eterno. Dijo sentirse el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra. Luego, tomó el celular para responder mensajes.

—¿A quién le escribes?

Roberto tartamudeó unos segundos, guardó el teléfono entre sus gruesas piernas y puso el Ford Fiesta blanco en marcha.

—A nadie, mi amor. Cosas de trabajo.

Débora parecía recobrar la compostura cuando el celular comenzó a vibrar frenéticamente anunciando la entrada de mensajes.

—¿No vas a contestar?

—Ahora que lleguemos. Estoy manejando.

—Puedo contestar por ti si quieres.

—No es necesario, amor.

Sumida en una repentina tristeza, Débora dejó escapar lágrimas amargas entre suspiros. Bajó el vidrio y se dejó acariciar por la suave brisa otoñal.

—Pensé que eras diferente.

—Pero ¿de qué hablas? Si casi acabamos de conocernos.

Se adentraron en el sinuoso camino arbolado. En un intento por romper el hielo, Roberto prendió el estéreo. La música aligeró la tensa calma que casi podía olerse dentro del auto.

Alargó su mano rechoncha para acariciarle la pierna. La muchacha la tomó entre las suyas, la olfateó cariñosa y la condujo hacia sus senos. Él sonrió aliviado, relajó el cuerpo. Débora se acercó para besarle la mejilla y aprovechando el descuido le robó el celular.

Roberto reaccionó bruscamente; en un intento por recuperar el aparato le golpeó la cara. Abrasada por la ira, Débora jaló el volante. El Ford giró en su propio eje y salió despedido rumbo al  acantilado.

Cuando la chica recobró el sentido, el auto se tambaleaba al borde del abismo. Una minúscula flama se abría paso entre los circuitos eléctricos. Detenido por el cinturón de seguridad, Roberto colgaba inconsciente. Su vida pendía de un hilo. Débora tomó el regordete dedo pulgar inerte y lo presionó en la pantalla para desbloquearla.

Los últimos mensajes provenían de un tal Juan. Por un instante se le iluminó el rostro. Leyó apurada:

¿A qué hora llegas?

¿Traes mi encargo?

Pues ¿qué tanto haces que no llegas?

No me la vayas a traer cansada.

Quería calarla primero, pero ya llegó el cliente

Débora se estremeció, jamás entendería a los humanos. ¿Cómo pudo cautivarla su sonrisa? Aquella apacible mirada la había desarmado por completo la noche anterior.

Salió ágil por la ventana. Con un aullido agudo se convirtió en dragón. Extendió las alas escarlatas. En ese preciso instante, Roberto abrió los ojos extrañado. La hermosa bestia exhaló un fuego fatuo que envolvió entre gritos a su amante.

Antes de dejar caer el Ford Fiesta blanco al precipicio, sacó el cuerpo ahumado que todavía gemía, pegó la nariz en el miembro achicharrado y sonrió.

Tal como lo imaginé, un cadáver exquisito.

Zoom

Porque al final, sólo te quedas tú contigo…

.

La rapidez del golpe te dejó atontada. Si no hubieras estado en reunión virtual quizás no te hubiesen podido sorprender. Todavía te permites sentir asco de la sangre a medio coagular. El aroma se te antoja un hedor animal que no identificas como tuyo. En la neblina que se dibuja ante tus ojos aún persiste la imagen de los colegas online gesticulando alterados. Un último grito en los audífonos antes de terminar colgados de la laptop, a medio camino entre el buró y el piso. Tratas de defenderte con fiereza del brazo atenazador sobre la tráquea, de los embistes del puño libre. Son tres, pero semejan un batallón. Tu carcelero parece tener la fuerza de todos ellos. Suben, bajan, husmean, destruyen, agarran, llevan. Sus cabezas cubiertas, las palabras atropelladas, en tono bajo. Pateas, muerdes, rasguñas desde tu prisión del suelo. Sientes un calor quemante a la altura de las costillas. Las propias contracciones musculares impiden que la hoja metálica penetre profundo entre ellas. Otro tajo, más limpio, en algún pedazo de cuerpo blando y tibio.

Entra el sol por los ventanales del salón, hay una paz inalterable. Yaces en posición fetal, con los brazos apretados entre las piernas. Ni siquiera el instinto de supervivencia hace que pongas las manos sobre el agujero del cual mana tu vida. Sólo quieres retener con último vigor el minúsculo ser que amenaza con escaparse a través de tus muslos moribundos. Duele pensar. No lo sabes, pero lloras. No alcanzas el celular. Confías con desesperación en que alguien llame al 911. Dios, te ruego, haz que no sea demasiado tarde.

.

.

.

Elizabeth Feito.
Foto cortesía de la autora.

“Quedé atrapada desde pequeña en la magia de la lectura. Comencé a anhelar escribir historias propias para volcar en ellas ambición, voluntades, energía.  Ahora en el intento, la realidad cotidiana se troca en fantasías que se agitan en mi interior, en un deseo ineludible de ser contadas.  La ciencia es mi profesión; las letras, mi camino. La naturaleza y en especial el mar, fuente perdurable de inspiración”.

Poemas de Alejandro López Pomares

.

SU LARGA MELENA

Anochece,

paso a paso las luces rojas

se sumergen en la ciudad temblorosa.

Laten las manos al volante,

la música al ritmo del beso lento

de las copas de los árboles

sobre las aguas turbias de un verso.

.

Es de noche y ventana abajo

las luces se suceden y seducen,

la densa niebla se asoma a las ventanas, abraza las fachadas.

Me descubro mirándome cara a cara.

Bajo las sábanas, entre gemidos,

una pierna desnuda profundiza en el abismo

sobre el que a veces tú y yo nos hablamos sin saber bien qué decir.

Y me descubro tocándome la cara,

en el frío cristal, especulo, cada gesto.

Afuera se intensa la blanda niebla blanca.

.

Es de noche y recorren las calles las palabras

se cruzan y fugaces, caen rotas.

Los escaparates y sus cámaras y pantallas

nos roban el alma a fotogramas.

Mientras, destiñe los rostros la lluvia. Rostros de tiza.

Detenido en medio de la nada.

Destiñe los rostros la lluvia

y un gran lienzo sobre el asfalto

pronto se pierde por las grietas.

.

Se retira la noche

a los callejones y esquinas en vilo

con su voz un suspiro y su larga melena

nos deja en medio de una calle y sin mapa.

Un coche se detiene

mis ojos un espejo.

Un vacío mis pasos me da tiempo a sentir el frío

y en su fuga el mismo brillo de unos labios compulsivos

repitiendo el último verso,

empobrecen todo cuanto besan.

.

(La soledad tras el ruido de fondo, Ars Poetica, 2019)

.

AUTORRETRATO

Recógeme

en tu regazo me siento

un alma en pena

de muerte rebrota

la luz de una luna segada en el cielo en pleno día

persigo en la hierba mi propia mirada

un jardín en blanco y negro

y tú y yo sentados sobre la valla de madera en pausa

el sol que sube y cae

nos relata un terremoto en medio de un letargo que se ensancha.

Silencio mar de nubes

tomada de la mano

a la espera rápido se devora todo

tan sólo un instante me pides

no asientas tan cruel

que son vidas

latentes

a nuestro alrededor intenso

como un corazón a paso lento,

que pasó tanto

t-a-n-t-o tiempo

perdido en los suburbios

que sólo abrazado a las ruinas se siente parte de este olvido.

Dime lo que quieras,

no creo que haya una sola verdad

que no contenga entre sus letras

cada una de todas las mentiras.

Yo, mientras tanto, difuminaré el contorno de las cosas con mis dudas.

¿Durante cuántos años recorrieron la periferia tus anhelos?

¿Cuántas veces te verías sin saber si eras tú mismo

quien saluda al pasar?

¿Cuántas noches distancian tus sueños de los míos?

¿Cómo voy a reconocer mi rostro

si hace tanto

t-a-n-t-o tiempo

que me busco a oscuras en la otra mitad

de la foto?

.

(La soledad tras el ruido de fondo, Ars Poetica, 2019)

.

LA MISMA SENSACIÓN

Desde el balcón de mi casa de verano veo Marte

y pienso en la guerra de Siria

y en que los planetas no vibran sólo duermen acurrucados.

Entonces, todos somos un sueño,

personajes

de un escenario que se ilumina

porque alguien necesita vernos,

necesita distraerse y le damos el capricho.

¿Y las olas? ¿y este viento que me incomoda en esta noche de verano?

Y el silencio, los terremotos, la luna que todavía no ha salido,

los celos, la envidia, la desidia,

el sexo, tu piel, el frío,

un insecto sobrevolando una pistola que apunta durante los mismos tres segundos

a un tipo en Alepo, en Guayaquil, en Barcelona o en un Walmart en El Paso,

mientras se pregunta por qué

y trata de repasar su vida y se ve allí mismo una y otra vez porque no puede desviar la atención del cañón que está por cegarle para siempre.

Sigue sin salir la luna

pero la gente en la playa (a pesar del frío) se empeña en reencontrarse con su pasado

y no recuerdo si dije Marte o Júpiter

pero lo único que veo ahora desde el balcón es una luz que tintinea bordeando el horizonte

y no dejo de pensar si las estrellas fueron barcos

que quedaron enganchados al moverse la cúpula celeste,

cuando me salta la notificación de un “me gusta” por la foto que subí a Instagram

hace tan sólo dos semanas en plena luna llena

una noche como la de hoy

en la que no pasé frío

pero la gente seguía añorando su pasado

como una noche y otra y otra y cientos de ellas

al abrigo del verano.

Distintas formas de mirar, sí,

pero la misma imagen y la misma sensación desesperante

de que nada cambia.

.

(inédito)

.

UN CUTRE ESPECTÁCULO

Cuenta Godard que el origen del cineclub

convirtió en arte la realidad.

De los años 20 conocemos la decadencia,

el jolgorio, las prohibiciones y el hundimiento.

Han pasado cien años y hemos hecho

de la vida

un cutre espectáculo.

La decadencia se acentúa

el jolgorio es necesidad

lo que se viene

las prohibiciones

quizás harán a los artistas resurgir de nuevo

quizás nos hagan escondernos

y banalizar otra vez

lo que se estaba convirtiendo en indiscutible

pero de tan manoseado estaba quedando sucio

irreconocible.

Cuenta Godard

“Todo se puede hacer

salvo

la historia

de lo que uno hace”.

Por tanto, todo lo que contemos de nuestro momento

será pasado al instante

toda película

convertirá en farándula o en arte, en el mejor de los casos,

una realidad que ya no es la nuestra.

Dice Godard, pero rehago yo, que ya está bien de Godard,

que entre todo lo que nace y todo lo que muere

entre lo que pasó ayer

y lo que vendrá

entre nuestras decadencias de hace cien años y la del presente

hay un intercambio continuo

e indiferente.

.

(inédito)

.

Sobre el autor

Alejandro López Pomares (Orihuela, España, 1983) es escritor, poeta, profesor e investigador. Licenciado en Antropología Social y Cultural y en Biología, gestor del patrimonio cultural, natural, artístico e histórico. Autor de la novela La mirada perdida (Celesta, España, 2017) y del poemario La soledad tras el ruido de fondo (Ars Poetica, España, 2019). Es editor y redactor de la revista literaria digital La ninfa Eco. Ha desarrollado los proyectos digitales Instrucciones para una obra de arte y Un pueblo bot a bot.

Incluido en las antologías Empireuma. Revista de creación, Especial año XXX (Orihuela, 2015) y Encuentros con la poesía en la Casa Natal de Miguel Hernández. 27 poetas (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela, 2019).

El vendedor de agonías 2

El vendedor de agonías 2

Parpadeó en mi memoria lo ya vivido un año atrás, y que ahora evocaba como en un sueño odioso y recurrente. La misma sensación de extrañeza al descubrir el cartel de Agonías, los frasquitos de colores expuestos en anaqueles como una vulgar selección de perfumes y cremas faciales. Alguna que otra cadenita con medallón dorado como parte de una biyuterí. Nada emparentado con la muerte, a excepción de la Bersa 9 milímetros que, a diferencia de la primera vez, ahora llevaba en el bolsillo de mi campera.

   Traspuse la puerta de madera rústica, delatado por un quejido de bisagra que parecía servir de alarma. El mismo perfume pegajoso y dulzón de aquel día. El mostrador al frente, el mismo viejito de anteojos, la sonrisa empotrada en su boca, como la de esos muñecos de plástico a los que muchos niños arrancan la cabeza de puro fastidio.

   -Qué gusto verlo de nuevo -exclamó, con un tono jovial que me sonó a burla.

   No perdí tiempo en sacar el arma y apuntarle justo sobre el entrecejo.

   -Se acuerda de mí? -desafié.

   -Por supuesto -respondió sin inmutarse-. Usted es el que se casó con la paralítica. Porque al final se casó, ¿verdad?

   Mis palabras salieron como escupitajos.

   -¡Me casé! ¡Por su culpa!

   -Yo nunca lo obligué. Usted tomó la decisión. Y no me va a negar que eso lo salvó de sufrir mis agonías.

   -Agonía es lo que estoy viviendo ahora, por seguir su consejo.

   Supurada mi primera carga de resentimiento, tomé un largo sorbo de aire y bajé el arma.

   -No, no -dijo él, sorpresivamente-. Siga apuntándome. Nada más estimulante que una amenaza de muerte.

   Elevé a medias el caño de la Bersa, confuso, como un niño que obedece la orden de su padre sin por eso entenderla. El viejito apoyó los codos sobre el mostrador generando cercanía. Parecía un almacenero amable que aceptaba la devolución de una conserva en mal estado.

   -Y ahora explíqueme cuál es su reclamo -quiso saber, aunque sospeché que ya lo sabía.

   Cambié de mano la pistola y refugié la otra en el bolsillo.

   -Hace un año le conté mi historia, mi tragedia. No puedo creer que la haya olvidado.

   -Nunca olvido una historia, de las muchas que me cuentan aquí. Había una mujer enamorada, pero usted no le correspondía. Le dijo la triste verdad cuando iban en su auto. Ella se largó a llorar, usted quiso consolarla, una imperdonable distracción, y una mala maniobra que terminó en accidente. Ella quedó paralítica.

   Asentí lentamente. Mi desgraciada historia relatada en pocas palabras resultó más que vívida, fue como si el tiempo nunca hubiese transcurrido desde aquel fatídico choque en la autopista. El mismo dolor naciendo en la boca de mi estómago. La misma tortura al verla enclaustrada en esa silla, con los ojos tristes de quien vela sueños muertos.

   -Exacto -reafirmó el viejito, con su exasperante hábito de adivinar pensamientos-. Recuerdo cuando vino usted aquí esa primera vez. Recuerdo su expresión de hombre vencido, dispuesto a comprarme cualquier brebaje con que envenenarse paulatinamente, solo para que ella tuviera el consuelo de verlo sufrir hasta el infinito, expiando la culpa de no haberla amado.

   Sacudí la cabeza, algo en las palabras del viejo me irritaba.

   -No necesito compasión  –rezongué-. Y menos esa perorata cursi.

   -La cursilería es la esencia misma de la vida, antes de ser desmantelada por la razón. Pero no quiero importunarlo con estas frases de autoayuda doméstica, tal como lo definiría usted con ironía.

   -Escuche…

-Déjeme terminar. –Se sacó los lentes para masajearse un ojo con los nudillos-. Hace un año usted estaba dispuesto a terminar con su vida, no sin antes conocer el infierno sobre la Tierra, por eso vino a mí, para que yo le proveyera de una agonía terminal. La purgación perfecta para el mayor de sus pecados. Pero estalló en alivio y felicidad cuando le sugerí que casarse con ella sería el mayor de los castigos, evitándose el tormento de una muerte dolorosa. Pensó en reparar el daño causado entregando nada menos que su propia libertad como moneda de cambio. Y eso funcionó por un tiempo, ¿verdad?

   -Por un tiempo.

   -Luego empezaron las demandas de ella al presentir que su amor no era auténtico. Con cada demanda crecía su resentimiento. Como usted mismo lo predijo, empezó a odiarla. Al punto que hasta le sedujo la idea de asesinarla.

   -Fue justamente por eso que compré esta pistola. Para matarla, o suicidarme.

   -Pero no hizo nada de eso. ¿Por qué?

   -No lo sé. Nunca me animé a comprar las balas.

   Me encogí de hombros y dejé la pistola sobre el mostrador, como quien se deshace de un cacharro inútil. El viejito la miró con sorna y la hizo girar como un trompo, igual que en esos juegos mortales al estilo de la ruleta rusa. El caño dejó de girar, apuntándome. De inmediato me interpelaron sus ojos, ávidos, de alguna manera, bestiales.

   -¿Y ahora qué? -inquirió.

   -¿Ahora? -Y dejé que todo el peso de mi cuerpo descansara sobre la mano apoyada en el mostrador-. Ahora estoy igual que antes, o peor. Me muero de culpa solo por pensar en matarla.

   -Tampoco se ha suicidado.

   -Si lo hago, ella sentiría que algo de culpa tuvo en mi decisión. No, prefiero una muerte lenta, culpar a una enfermedad terminal nos libera a los dos. Es por eso que vine. Esta vez sí, voy a comprarle una agonía.

   Él meneo la cabeza. Parecía decepcionado. Como un jugador que descubre la fragilidad deportiva de su contendiente.

   -La agonía está bien para el final. Pero aún no agotó sus posibilidades.

   -¿Posibilidades de qué?

   -De seguir buscando una salida menos… trágica.

   -No me ilusione. Yo sé que no hay otra salida.

   -Siempre hay otra salida, hasta que ya no la hay

   Una secreta, intrusiva esperanza, me quitó de las manos la soga fantasmal que estaba anudando a mi cuello.

   -¿A qué se refiere? –musité.

   -Una de las armas para combatir esa trampa de odio y culpa es la distracción. Me refiero a producir un hecho convulsivo que desvíe la atención del foco central, como hacen muchos gobiernos.

   -Perdón, pero no lo entiendo.

   -Cómo explicarle. A ver… -Abrió un cajón bajo el mostrador, revolvió un rato lo que por el sonido serían unos blisters, y por fin sacó uno-. Tenga -dijo ofreciéndomelo. Bajo la transparencia, esta vez, había una pastilla grande y marrón. La miré con desconfianza.

  -¿Qué es?

   -La salida. Vamos, anímese.

   Me resultaba sacrílego negarme a seguir la sugerencia de alguien que me miraba a través de sus lentes con la convicción de un médico especialista. Extraje la pastilla y dejé que mi lengua la atrapara. Me sorprendió el sabor dulce, intensamente familiar.

   -¡Muy rica! -aprobé-. ¿Es de chocolate?

   -Uno de los ingredientes es chocolate.

   La pastilla se deshacía con rapidez en la boca, extasiando mi paladar.

   -¿Y usted cree que con esto…?

   -Tenga paciencia. Pronto sentirá el efecto.

   -¿Efecto? -me alarmé-. ¿Qué clase de efecto?

   -Ya le dije, una distracción. Lo que usted ha tomado es un súper purgante.

   Tragué saliva junto con el diminuto resto de pastilla.

   -¿Cómo un purgante? No entiendo… ¿para qué?

   -Justamente para purgar la culpa acantonada en su vientre. Verá, esto lo tendrá un tiempo ocupado en el baño, despidiendo heces históricas, y gases, y también maldiciones.

   -Pero… esto es ridículo. Yo no sufro de estreñimiento.

   -De alguna manera, sí.  Pero no importa, usted obtendrá grandes beneficios con esto. Los retorcijones no lo dejarán pensar en su culpa, y mucho menos en matar a su esposa. Y cuando todo pase se sentirá tan fresco y livianito que la vida le parecerá maravillosa.

   -¿Me lo dice en serio?

   -Este proceso durará una semana. Luego, sus males pueden recrudecer, entonces podrá tomar otra pastilla y repetir la experiencia. Y si al cabo de unos meses la intensidad de su culpa no mejora, entonces sí, pensaremos en una agonía que valga la pena.

   En ese momento sentí un retorcijón a la altura media del vientre. Al principio leve, pero que fue creciendo hasta presagiar una procesión fastuosa a todo lo largo de mis intestinos.

   -Uuyuy… -gemí, al tiempo que mi cuerpo se arqueaba sobre el mostrador.

   Él se limitó a sonreír celebrando mi pequeño martirio con orgullo profesional.

   -Buena la pastilla, ¿verdad?

   -Uyyyyyyy… déjeme pasar al baño.

   -Lo siento, pero está ocupado. Mi esposa tomó a la mañana una de estas pastillas y todavía sigue ahí.

   -Uyyyyyyyyyyyyyyyy…

   -Espere… ¿A dónde va? Ya le dije que el baño está ocup… ¡No entre! ¡Oiga! Pero… Perdón, querida… es un cliente y… ¡Salga de ahí, cretino! ¡Basta! ¡Suelte a mi esposa! ¡Por favor! ¡Dejen de pelear por el maldito inodoro!

Poemas de Martha Mega

frontera

pensé ¿qué querría yo de un poema
en el desierto? ¿querría en lo más mínimo
un poema?
uno quizás que sirva de escalera
una alternativa a morir de sed
que sobreviva tres semanas sin probar bocado
y sepa qué hacer si me muerde una serpiente
o cómo localizar la estrella del norte y para qué carajos
sirve localizar la estrella del norte
si está igual de perdida allá arriba en un desierto de espinas brillantes
que yo que sé dónde estoy
lo que no sé es dónde está todo lo demás
dormí bajo el muro
soñé una escalera la más grande
un poema que pueda seguir como a un mosquito
hasta el siguiente cuerpo de agua
hasta el siguiente cuerpo
de lo que sea
con que se mueva

pero no dispare

.

.

.

sumergida en la tina

pienso en tu novia de juventud

muerta en el incendio

me secas el pelo con la toalla de tu hijo

que no conozco

recargas la cabeza en el borde

cerca de mi pecho

así se consuelan las visitas

junto a las camas de los enfermos

no dejo de mirar mis dedos pálidos

la piel les queda grande como un guante

como si algo la estuviera

derritiendo

.

.

.

Lo siento, Wendy, pero no confío en nada que sangre durante cinco días y no se muera, dijo el Sr. Garrison

la causa de tus ideas suicidas cada mes

es el agua

dijo mi psiquiatra

justo antes de menstruar

soy una esponja inmensa

a punto de escurrir del fregadero

el líquido oprime mi cerebro

y yo deseo morir

pienso en el porcentaje de agua

que compone mi cuerpo esos días

pienso en volver al agua

como a las cenizas

.

dijeron los diarios

es común encontrar a las víctimas de feminicidio

asfixiadas

con su propia toalla sanitaria

en la garganta

.

qué concluyes del experimento

dijo el profe de química

sosteniendo en alto el vaso

extrajimos limadura de hierro

del cereal que solemos desayunar

la mezclamos con ácido clorhídrico

y todo se tornó color sangre

.

concluyo

el filtro de mis ojos es herrumbe

pienso en la cantidad de hierro

que compone mi cuerpo

y si podría forjar una espada

con toda la sangre que desperdicié

.

¿por qué una chica se desmayaría

al ver la sangre?

dijo Ygritte

no conocemos otro color

.

.

.

Sweet home

esta no es mi casa

aunque el tapete de la entrada lo asegure

esta es una casa que paga la deuda de mi casa

que ya no podíamos pagar

mi padre logró negociar con el banco

de manera que ahora debemos

a 35 años

el mismo dinero muchas veces multiplicado

pero mi padre ha aprendido

a renegociar la deuda a perpetuidad

de modo que podamos seguir pagando

toda la vida

.

.

.

Breve

lo nuestro
si es
será breve

.

todo lo bello es breve

.

no nuestros cuerpos
inabarcables
inacabables
corruptibles

.

los dos

juntos
seríamos una criatura diminuta
bella de puro terror

.

un ramito de plumas frescas
un amasijo-regocijo de pétalos

.

lo nuestro
si es
será breve

.


casi mejor que no sea

.


lo bello me enfebrece
y juego a matar
el camino de hormigas
de mi pecho
y a arrancar las alas
de una en una
a todas las palabras dulces

.

.

.

Sobre la puerta del matadero había

un número inmenso. Era el número cinco

despiertas gritando en otras lenguas

aunque tu madre te dio de mamar hebreo

tu padre te golpeó en tzotzil

tus secretos los guardaste en árabe

.

acá hay otros que dicen que se llaman

arios, mexicanos, tutsis, israelíes

lamentablemente

no eres parte de ellos

brother perdido de babel

sabrás qué responder

si alguien te pregunta

cuál es la cosa más dulce en la vida

alguien _por decir algo_ de tralfamadore

¿qué dirías?

.

creo que deberán inventar

mejores mentiras

o tendrán que continuar sin nosotros

.

que nos cuenten otra Historia

para que tomemos fuerza y nos arrastremos

como los desafortunados mamíferos que somos

hasta un bosque lejos de las llamas

un bosque hecho de todos los bosques

.

que cuenten una historia sobre viajar a otros planetas

vámonos a la ardiente dresden que es como una luna ardiente

o al silbante acteal vámonos

a mirar las estrellas o lo que sea que surca el cielo en gaza

.

que sea la noche del 13 de febrero de 1945

o la mañana lacandona del 22 de diciembre de 1995

o la tarde hace cinco años cuando mamá no regresó

.

si alguien te pregunta cuál es la cosa más dulce en la vida

¿logras dormir?

yo diría

despierta ahora

en cualquier lengua

salimos a quemar la ciudad mientras dormías

.

.

.

Sobre la autora:

Martha Mega (Ciudad de México, 1991). Escritora, actriz y directora de teatro. Estudió Literatura Dramática y Teatro en la UNAM, así como diplomados en experimentación artística y en periodismo de investigación. Autora de los libros de poemas Vergüenza (Mantarraya Ediciones, 2017) y Casa de Citas (UAM-X, 2021). Dirige e interpreta espectáculos de poesía escénica, de manera individual y con el colectivo multidisciplinario Literal Sound Machine. Da talleres de creación e interpretación de poesía.

En 2019 fue incluida en la lista de Forbes México de Los cien mexicanos más creativos en el mundo.

Imagen: Liz Montoya

Poesía incendiaria de Gerardo Montoya

Foto: Liz Montoya

.

.

.

niño sirio internet

.

Aylan

sos Alfonsina

en el siglo presente

hiperconectados

fronteras y mar

.

Desposeído

una otra

última vez

y cálido blanquecino

tu vómito como espuma

un líquido tierno

apagándose

.

En la orilla de internet

la sed reina al ganado

.

Todos los colores

todas las banderas

nadie sabe pronunciarte bien

.

Tengo por cementerio

el search bar

.

Google arrancó

mi botón

favorito del home

I’m feeling lucky tonight

ningún atrevido

compite aún hoy

con Pharrell

Daft punk

.

Sos magia

eterna en la red

niño sirio

llanto internet

foto mapa

Siria         

log in en Face

.

Tu odisea será ejemplo

en la facu

en el master

en el MBA con orientación

Avatares

tragedias y memes

en Semiótica II

.

Chupame la transmedia

.

.

.

Dejá de tomar merca mamá

.

Sé que estás cansada

que las noches son duras

querés distraerte

aunque sea un poquito

el esquema del paco

en el sueño no va

.

Scrolleas en el newsfeed de nuevo

primero la mala

luego la izquierda

Laura Gutman del PRO

.

Frená esa angustia

resistí con aguante

regresáte al Ashtanga

que te pega mejor

.

Comprále al Loro

al Flaco

o al Mago de Villa Luro

si estás en Rosario

andá con el Mono

o al que haya dejado

en su posición

.

No me cortes

no soy frula

soy tu hijo

dejá de tomar merca mamá

.

No frotes mi panza

con tus hediondas encías

si me vas a besar

enjuagáte la boca

.

.

.

El mar

.

el mar está compuesto de fantasmas 

de peces unicornio 

de glaciares aburridos 

de piratas que han perdido su cimitarra o su tesoro 

pero han conservado al hombro a su cotorro fiel 

fantasmas de inmigrantes con chaleco 

o sin 

y también 

las cenizas de papá 

y también 

lo habita un plancton que baila vals 

cuando la luna canta 

y las olas hacen pogo   

ahí también vive 

una familia de krakens 

con un krakencito llamado Manuel  

y los temibles 

guardianes del fondo  

que son seres que se disfrazan como nosotros 

pero que viven en el abismo 

y cazan a sus presas 

con artillería bioluminiscente

y cuidan con recelo  

las flores de plástico de un jardín 

majestuoso

.

.

.

Nota al lector: De los tres poemas que acabas de leer, “El mar” aparece por primera vez en esta revista. “niño sirio internet” y “Dejá de tomar merca mamá” pertenecer al libro ‘teamogrupoclarín’, publicado por editorial Pánico el pánico, del cual puedes saber más en:

https://www.teamogrupoclarin.com/notas/2017/8/22/teamogrupoclarn-en-revista-crisis-30

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Sobre Gerardo Montoya:

(Monterrey, México 1984). Se dedica a aceitar las interacciones entre pantallas para sostener la fantasía de Mercado. Publicó www.teamogrupoclarin.com y www.decalogoclasemedia.com. Coordina el Comité de Escritores Jóvenes de Centro PEN Argentina. Chambea en Qeja Ediciones. Colabora en la curaduría y la organización de Poesía en Tu Sofá Argentina y el Ciclo Internacional Hiperpoesía. Dirige El Gym Pop-up poético en el Centro Cultural Morán. Desconoce si es rastreable su historial como prosumer circa 1995.

Más data en: www.gerardomontoya.com. #teamogrupoclarín #decálogoclasemedia #qejaediciones #hiperpoesía #gerardomontoya #elgympoetico #poesíaentusoafáargentina #sujetoshíbridos #siempretoday 

Ángel José Martínez Haza

Poemas de Ángel J. Martínez Haza

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Abre su mano

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Ella abre su mano y cuelgo

como una gota de lumbre gastada.

Entre la superficie y el sin-lugar

hay un océano donde todo disminuye.

.

Luego alza sin ofrecer

todas las consonancias posibles,

una ruta en su costado, cuatro nueces.

.

Siento llegar la brisa sin palabras,

la brisa sin contornos, sin dolor.

No consigo el gesto que será eterno.

Y junto a nosotros

la ceniza de los días.

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.

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***

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Segundo testimonio onírico

.

Me descubro

hurgando las mismas calles de la infancia,

corriendo desde el bosque

hacia almacenes dorados

junto a las ruinas del pueblo.

Ruedo y me detengo en la tortuosa escalera.

Compro un libro que no existe.

¿Cuál es la verdadera compañía,

cuál la abundancia vital, el reino

de los cielos para armar

entre los pequeñísimos milagros del hombre?

Trata de saber si estás dormido,

si en verdad y completamente estás dormido,

soñando el reverso de tu historia,

lo que debería ser nuestro viaje

por la tierra,

creyendo una vez más.

.

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***

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Secretos del oficiante

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Quería anunciar los pabellones,

la fijeza del motivo,

tu paso de campanas en la bruma.

Aletea, salta en nuestras bocas

el legado casi vano de los escribas.

.

Salpicados así de incertidumbre

abordamos la mañana en espirales,

abierta la mano para que caiga el mundo.

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Finjo ser un bosque enfrentado a la intemperie,

un albatros

adivinando el oleaje en la noche ciega

hasta que llegues, indecible,

a restaurar el asombro y la figura.

Un hilo de savia muda su cauce.

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***

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Sobre Ángel J. Martínez Haza

(Cuba, 1979) Escritor y músico cubano-argentino. Recibió el Primer Premio de Poesía de Buenos Aires, 2011 y el Premio Provincial de Poesía, Salta 2017, entre otros. Ha publicado: Diálogos del encantador (Vigía 2006), La forma de un sueño (Matanzas 2008), Reino y Travesía (5 sentidos Noa, 2013) y Estancia recobrada (Fondo editorial, 2018). Sus textos han aparecido en revistas literarias como Vigía, Matanzas, Punto Cultural, Excéntrica y Artenauta, así como en antologías de Argentina, Cuba y España. Es miembro de la UNEAC.

Hyam Plutzik

Descubrir a Hyam Plutzik

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Por el camino de la amistad, mi querido Eduardo Goldman, gran novelista argentino, trajo a mis manos un libro sin título: “32 poemas”, es todo lo que lo identifica, y un nombre, Hyam Plutzik, poeta norteamericano que “empezaba a ser prominente”, cuando le llegó la muerte, hace más de medio siglo. Su hija Deborah, sus amigos y otros grandes poetas lo han traducido y han elaborado esta obra de la que hoy comparto tres poemas, inéditos en español, desconocidos en nuestra Hispanoamérica que se precia de su sabiduría poética. Las siguientes referencias al autor son tomadas del prólogo y presentación del libro. Los poemas son una selección personal, aquellos con los que creo se puede entender un poco la pluma de este hondo poeta vanguardista.

“Hyam Plutzik nació en 1911, de padres inmigrantes de Bielorrusia, en un hogar en el que se hablaba yiddish, hebreo y ruso, en medio de la dureza de los edificios de ladrillos, en Brooklyn, y el desfile constante de los autos y el ruido de sus motores, con el resplandor de las luces de las calles brillando en la ventana de su habitación…”. (Richard Blanco)

“Consideremos, pues, este “pequeño libro”, como lo llamó modestamente Edward Moran, como un gesto no solo para revivir la memoria y la obra de un brillante poeta estadounidense, sino también para hacer su obra universal…”. (George B. Henson).

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A mi hija

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Setenta siete traidores bloquearán el camino

Y quienes te aman serán pocos pero más fuertes.

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Setenta y siete traidores, hábiles y variados,

pero no les temas: no tienen importancia.

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Has de aprender pronto, pronto que a pesar de Judas

Las grandes traiciones son impersonales.

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(Aunque muchos pretendían ser Judas, con la voluntad

Y la capacidad, pero pocos con la valentía).

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Has de aprender pronto, pronto que aun el amor

No puede servir como escudo contra los demonios abstractos.

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El tiempo, el frío y el fuego, y la ley del dolor,

La ley de las cosas cayendo, y la ley del olvido.

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Los mensajeros de rostros y nombres conocidos

O de formas familiares, son inocentes.

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(Traducido por Jonathan Rose)

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***

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Entropía

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He visto la herida que la materia provoca en el espacio,

La cavidad en la página vacía del papel blanco.

En el día que la mención de ningún demonio muerto pudo

sostenerlo

Vi la tensión del Ser en todos los objetos,

Resistiendo a la ceñida primavera

De número infinito y a los fuegos del tormento nebular

Hasta el último día, cuando se tiendan aplastados como una polilla

En las manos de un niño, o una criatura bajo el mar.

.

(Traducido por Gastón Virkel)

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***

.

Los gansos

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Un alarido que viene de ningún lugar

Eleva la mirada al fin hacia la luna

En el espacio gélido, un escuadrón de gansos salvajes.

.

Más allá del cañón del cazador o de su voluntad

Ellos se apresuran hacia el sur, hacia las marismas secretas

Donde marcan el paso los hombres armados

.

Del momento y del vuelo. No hay fuerza más poderosa

(En el arrastre de la pasión monomaníaca, el tiempo)

Que la voluntad hacia el destino, que es la muerte.

.

Valora el esplendor intermedio de las aves.

.

(Traducido por Pedro Medina)

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Sitio de Hyam Plutzik: http://www.hyamplutzikpoetry.com/

Breve colección de poemas: Alejandro Carro

AGUACATE SIN SEMILLA

Recuerdo cuando eras eterna,

cuando no podías mirar por más de seis minutos un puñado de soledad para no subir de peso.

Te pienso cuando eras bella,

cuando tu piel tenía la textura de lo infinito;

entonces no debías escuchar el sonido de lentejas cayendo

porque de lo contrario sacarías de quicio a las básculas con el aroma de la gordura.

Recuerdo tu alma aquella tarde que fue etérea;

en esos tiempos te enfurecía aspirar el sonido del crepúsculo

porque entonces la cinta métrica te castigaría y los látigos se negarían a medir tu cintura.

Te rememoro cuando sólo podías tocar el olor de las frutas una vez cada quince días

porque si no el espejo se rehusaría a transmitir en alta definición

la imagen que le mandabas desde lo más profundo de tu cerebro.

Te evoco repartiendo volantes donde anunciabas los secretos desnudos de tu privacidad

a cambio de que tu espalda jamás perdiera las alas que le crecieron en la adolescencia.

Te veo cuando sólo deseabas alimentarte de electricidad

porque era de las pocas cosas que no aportaban calorías pero cuyo tacto te resultaba insípido.

Te miro infinita como la noche,

lejana como lo que está cerca,

eterna en tu muerte muda, pétrea, inanimada que da escalofrío

pasar frente a la puerta de tu sepultura

de donde de vez en cuando sales para recordarme los detalles de tus dietas.

***********

5 VS. 2

A veces llueve dentro de mí

y es una lluvia que se escurre hasta la última de mis tuberías,

una lluvia que gotea en todas mis llaves.

Si llueve afuera el frío me despierta de la esclerosis laboral,

de esta vida de costumbres de oficina.

A veces desearía que Dios hubiera terminado de construirme,

que me hubiera puesto piel ahí donde se me miran los ladrillos.

A veces quisiera estar hecho de tronco y no cemento,

quisiera ver más bosque y menos avenidas.

Qué tristeza da saber que son siempre cinco contra dos;

¿por qué no cuatro contra tres y que todos en el mundo pudieran ser felices?

Cómo odio a los fumadores cuyas ansias se meten por mis rendijas y me irritan la ventilación.

El humo de su aburrimiento enfermará de cáncer mis paredes y manchará de amarillo mis ventanas

cuyas pupilas ven rodar todos los días la soledad.

Y siempre cinco contra dos, dos solamente que no pueden defenderse;

aunque esos dos sean tan brillantes como la luna cuando estaba nueva y tenía todos sus watts,

todo el tiempo serán vencidos por la insidia de los cinco.

Si por lo menos dentro de mí habitara una mujer,

si por lo menos me alumbrara sólo un poco de belleza,

si en mí brillara algo de música que pintara mis paredes descarnadas

y borrara la publicidad en la poesía.

**********

DE LA MATERIA DEL AMOR

A Érika Rocío

Recuerdo cuando flotabas en mi alma

que te arrullaba como una laguna antes de que se sumergiera el sol.

En ese momento qué fácil era tomar una nube,

sacarla del agua y sentir cómo su carne se endurecía.

Qué sencillo resultaba entonces echar una barca al crepúsculo

y en sus ondas doradas tomar tu amor

que un rayo de luz despeinaba.

La voz de tu corazón hacía nido en mi mano

y era tan ligera como el latido del viento en tu cabellera.

Por las noches pienso que volveré a vivir esas tardes,

antes de que tu recuerdo se ponga duro como una nube fuera del agua,

cuando vuelves a flotar en mis sueños como cuando tu amor se hacía humo en mi alma.

Le radeau de la Meduse

Imago Dei ó Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit*

Emerge la bestia

Temor de ser hombre

Palabras brotan

Basura

***

Escupo ácido

Brea

Quemando

Abrazando

***

Tus lágrimas buscan

Conmover

Rastro humano

***

Por segundos

Se unen

Desconoces a la oveja

Ojos de lobo

***

El animal rey devora

Saborea

Babea

Te repugna

***

Saciado

duerme

Tripas afuera

***

Y Resucita

Y Ansía

Y Odia

La luna llena

***********

* Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el Otro

Quieren besarse

Terremoto

EL —De tanto escuchar se creen sabias.

ELLA —¿Quiénes?

EL —Las paredes. Presta atención a sus susurros.

ELLA —Sólo crujen

EL —No crujen. Se han llenado. Las fisuras escurren recuerdos de otros tiempos.

ELLA —Tal vez sean los niños.

EL —¿Qué niños?

ELLA —Se sabe que en estos claustros sepultaban a los recién nacidos entre el adobe.

EL —No. Son las paredes. Ahora que lo dices podrían estar pidiendo más sacrificios. Para mí que se cansaron de escuchar lamentos. Hasta yo suelo venir a desahogarme.

ELLA —¿Por qué aquí?

EL —Creía que era Dios quien me escuchaba. Ahora lo sé. Son las paredes.

ELLA —Pensé que venías a hablar conmigo.

EL —¿Por qué habría de querer tu consejo?

ELLA —¿Por qué no?

EL —¡Shh! Ahora entiendo. Están hartas de mirarse en paralelo. Quieren tocarse.

El viejo retrato de su madre cae al piso.

EL —¡¿Qué te han hecho? ¿Cómo es que no las escuchas? ¿Qué te pasa? ¡Háblame!

La imagen de la foto abre los ojos asustada.

ELLA —Tenías razón. ¡Quieren besarse! El techo está furioso. ¡Corre!

Sagradas escrituras

«El mundo es un libro, y quienes

no viajan leen solo una página»


Agustín de Hipona

Tengo un mapa del mundo colgado sobre el respaldo de mi cama. Sus placas tectónicas son de corcho, y los movimientos telúricos, frenesí.

Los países visitados tienen un alfiler de cabeza perlada clavado dentro de sus territorios. No es acupuntura porque, al igual que los matasanos, carezco del don de curar. Tampoco practico el rito de una magia negra vudú: este lugar ya está maldito.

Sólo sigo su consejo. Recorro las ajadas páginas absorto en la lectura, construyendo el epitafio de mi capítulo final.

Cuchilladas

ELLA: ¿Qué hiciste, flaco? ¡Lo mataste!

EL: ¿A quién?

ELLA: ¿Cómo a quién? ¡A ese tipo! ¡El que está tirado al lado tuyo!

EL: Ah… ¿Ese? No, no está muerto.

ELLA: ¿Cómo que no? A ver. (LO EXAMINA) ¡No tiene pulso, no respira y está lleno de sangre! ¡Está remuerto!

EL: Pucha. ¿Qué le habrá pasado?

ELLA: ¡Vos sabés lo que le pasó! ¡Todavía tenés el cuchillo en la mano!

EL: Ah, sí. Es un cuchillo artesanal. Me lo regalaron para el día del amigo.

ELLA: ¡Dios mío! ¿Por qué lo mataste?

EL: Yo no lo maté.

ELLA: Pero si tenés el pantalón salpicado de sangre. ¡Lo acuchillaste!

EL: Lo acuchillé, sí. Pero eso no quiere decir que lo haya matado.

ELLA: ¿Qué estás diciendo?

EL: Muy simple. Yo lo acuchillé, pero la decisión de morirse fue de él.

ELLA: ¡Vas a ir en cana, flaco!

EL: ¿Por qué? Te digo que fue su decisión morirse. Es el típico razonamiento burgués. “Si me acuchillan agarro y me muero, así el otro se siente culpable”.

ELLA: ¿Qué?

EL: ¿Cómo reaccionaría alguien de nuestro Partido si lo acuchillan? Se va a los barrios pobres a repartir comida a los chicos, con el cuchillo clavado y todo. ¡Eso es militancia!

ELLA: Flaco… vos terminás en la cárcel. O en el manicomio. A vos te falla la cabeza.

EL: Y a vos te falla la ideología.

El Payaso y otras historias mínimas

El Payaso

Primer viernes de mayo y la ciudad comienza a doblarse sobre sí misma.

Un autobús lluvioso a las seis de la tarde, rumbo a los suburbios.

El payaso vestido de azul y amarrillo y pelo engominado hacia el cielo es el último en subir. ¡Buenas tardes, amiguitos! Le grita al montón de adultos cansados, ocultos tras el silencio de sus respectivas máscaras, que espera el brinco grosero de aquella lata amarilla, resabio de mi niñez ochentera.

Observo desde el último asiento. Algunos ignoran el improvisado show, otros vuelven a ver a su vecino con filoso y sincero hastío.

El payaso esgrime una sucesión de chistes malos: torpeza humorística calculada que obra el milagro de algunas risas culposas.

“Muchas gracias por soportarme estos minutos…”, dice, finalmente.

“Porque siempre es mejor que se monte un payaso al bus y no un ladrón”.

Me sobreviene un escalofrío —no miento—. Imagino al payaso sacando un revólver de alguno de sus enormes bolsillos de payaso, o un cuchillo de sus holgadas mangas de payaso, abriendo su gran boca de payaso para dejarnos sin billeteras ni celulares, y después despedirse con sus guantes amarillos de payaso mientras transpiramos contra las ventanas empañadas de aquel armatoste que debió haber dejado de circular desde mi adolescencia.

Soy el último al que le extiende su guante. Le doy una moneda de cien pesos.

Y se baja. Se aleja mientras veo cómo se moja su traje de payaso. Cuando desaparece, comido por el doblez de una esquina, veo el reflejo de mi cara en la ventana empapada, con esa mascarilla que me tapa cómicamente el rostro y me calla las metáforas.

¡Qué gran crónica hubiera escrito de haberme asaltado en realidad!, digo mientras me quedo pensando en que ahora tendré que inventarla.

Hay rincones

Hay rincones de la casa que la escoba no puede, ni debe, ni quiere barrer. Sitios por donde el ojo no inclina su luz para proteger la pupila cobarde. Lugares donde la risa es un pozo clausurado. Esquinas con el grabado de una bala rompiendo el cráneo.

La espalda se arquea, las manos rodean el palo acusador, pero los pies giran y abandonan. La memoria canta una canción derrotada y aquellos rincones comienzan a odiar su ceremonia diaria.

Sabe que la escoba no puede, ni debe, ni quiere barrer aquellos lugares en los que unos brazos no pudieron ser más que el llanto cursi de un niño que no pudo salir, donde el grito encerrado no fue más que una triste imitación de Munch.

Los rincones se quedarán esperando la ceniza de mejores tiempos, quizás a otro inquilino que pueda y deba y quiera barrer los escombros que dejaron los gatos de la noche al partir.

Aproximaciones

Primero el rasgar de la uña en la superficie de madera. Después los nudillos. Después el golpe hueco del cartílago. Después la palma extendida sobre la puerta. Después la oreja aplanchada contra el silencio del otro lado. Después el llanto de los goznes oxidados.  Después la sombra escurriéndose hacia afuera. Después la luz aplastando la oscuridad añeja. Después un pie. Después otro. Después tobillos y rodillas arrastrando la lentitud de sus pasos. Después la mirada en el cuadro de barquitos. Después la mirada en la tele apagada. Después la mirada en la refri hambrienta. Después la mirada en el sillón terracota. Después la mirada fija en la figura casi inmóvil sentada en el sillón terracota. Después la boca, seca, casi inmóvil, que pregunta: ¿ya pasó? Por último, la boca roja, carnosa, que responde: sí, te perdiste la vida.

Epitafios

Epitafios

Ella y Él

Ella disparó con sus pechos. Él pidió que lo matara de nuevo.

La hoja

Cayó a tierra soñando con ser árbol en el Jardín del Edén.

En la tumba del poeta

“Querida vida, no te olvido”.

Valle de los Reyes

Nefertiti aún provoca sobresaltos en la momia de Akenatón.

Olvido

La mujer se miró al espejo. No estaba allí su rostro.

Dinosaurio

Él murió de amor en el Mesozoico: ella aún lo espera entre los fósiles.

Transacción poética

El poeta, para pagar su estancia en el más allá, abrió una cuenta con poemas.

Génesis

Eva envió la manzana por whatsapp. Adán la mordió en el Paraíso.

Prevención

Él le pidió entrar en su corazón: ella cerró sus piernas.

Resurrección

El muerto corrió la losa de su tumba y solo vio nubes en el cielo.

Comienzo de los tiempos

No existía el coito, pero después que el atardecer penetró en la noche, nació la mañana.

Un  amigo

Murió con la palabra en la boca. La palabra está viva todavía.

En la tumba de él

No sabía resucitar. Aprendí para verla.

Nacimiento de la palabra

La palabra cielo ya venía azul antes de salir por la boca.

Elogio de los pies

A la Vía Láctea aún no había llegado la luz. Los pies inventaron el camino

La gallina y el huevo

Los dos, al verse, aparecieron a la vez. Ahora discuten quién se enamoró primero.

La jirafa coqueta

Carecía de cuello. Lo estiró para ver el mundo desde la pasarela.

El espejo

Él creía que la miraba verse. Ella lo miraba a él.

El uno para el otro

Cuando él le mostró su espada, ella lo sedujo con su herida.

La inmortalidad

Los abrazos no tienen epitafios. 

Gaby Sambuccetti

Poemas de Gaby Sambuccetti

Mi rima

Hay millones de críticos

estudiando versos:


Y la rima, 
el tropo, el τρόπος, 

la sinécdoque…

y el dinero,

las entrevistas,

el teatro.


Y la sopa,
la sopa del ego; un poco de sal,

un poco de azúcar. 

Y juzgar esto.

Hay un millón de críticos

leyendo esto que se preguntan:

¿Cómo puedo arruinar este verso? Hacerlo mío. 

Y Romperlo. Romperte.
Estos versos no pueden 

ser vistos.


Y la sopa,
¡La sopa!

Y nuestras manos incineradas,
y la sopa que se enfría,

y nuestra soledad,

y nuestras muertes.


Qué terrible,
Qué terrible…

Mis errores

Estoy bastante lejos de Dios,

y tengo la sensibilidad suficiente  

como para notar esa distancia. 

Estoy llena de dientes,

y pelos,

y huesos.

Me gusta el mar,

pero trato 

de no nadar.

Porque, en definitiva,

todos somos bolsas 

no reciclables.

—Y vamos a desaparecer pronto.

Pero nuestros errores van a seguir 

sofocando peces,

bastante tiempo después 

de nuestra partida.

Mi punk

Es muy temprano, olvidate de la oscuridad. 

disfruta la canción de la alondra.

La calle es una constante: escasez de la escasez.

Comprar, vender, tomar, continuar. Encontrar un lugar para aparcar.

No pierdas tu tiempo, no pierdas tu cabeza,

Es muy temprano, olvidate de la oscuridad.

Simplemente trabajá: vas a estar bien, vas a estar integrado.

Y no vas a estar bien, ni vas a estar integrado. 

Pero es muy temprano, olvidate de tu costado punk.

Gaby Sambuccetti (Buenos Aires, 1986) es Lic. en Escritura Creativa (Brunel University, Londres), profesora de literatura (Argentina) y directora de la revista internacional La Ninfa Eco. Está radicada en el Reino Unido desde finales del 2012.

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Instagram: /Gabysambuccetti         

Twitter: /Gabysambuccetti

El humito

No sé cómo terminamos en aquel departamento frente al cementerio municipal, pero ignoro tantas cosas que esto es lo de menos. Congelados en los inviernos, cocinados a fuego lento en los veranos, así era vivir entre esas cuatro paredes del cuarto piso. Un pequeño balcón oficiaba como escape de uno del otro, tanto como cuando las discusiones nos consumían o para disfrutar un cigarrillo en soledad. Afortunadamente el poco espacio de ese mono ambiente nos quitó la peregrina idea de formar una familia. Para el otoño del 98 ya llevábamos dos años de convivencia, y fue en ese momento que comenzó a funcionar el crematorio, justo delante de nuestra ventana; en verdad, cuando se inició la construcción, pensamos que se trataba de una extensión de la zona de los nichos, pero al elevarse la chimenea, no dejó dudas de lo que se estaba armando. La inauguración fue muy austera, con una delgada cinta blanca, rematada en un moño que el intendente cortó torpemente usando unas tijeras de acero. Hubo algunos aplausos y una rápida recorrida por las instalaciones con la presencia del director de Cementerios, y algunos políticos invitados. Al día siguiente, un 3 de mayo, comenzó su tarea. Nunca voy a olvidar esa fecha, será imposible no recordar aquel olor a rancio que el humo le arrancaba a los huesos muertos aferrados a la carne chamuscada. Una semana después, Susana y yo descubrimos lo que era capaz de transmitir el humito del crematorio. La primera prueba la hicimos un sábado, tomamos características del humo, color, forma de expandirse y contraerse, olor, resistencia al viento, la intensidad de la textura. Todo aquello nos permitió saber quién era el muerto, edad, causa del deceso. Adjunté cada dato que recopilamos y el lunes por la mañana me dirigí a la dependencia de cementerio de la municipalidad. Allí constaté la exactitud de la información, de una precisión increíble. Orgulloso con el logro, me obsesioné más y más con mis investigaciones. Susana, indignada, envió carta tras carta al municipio para pedir el cierre del crematorio. Yo dejé mi trabajo y me aboqué de lleno a la investigación.

Sin darnos cuenta el humo comenzó a ser parte de nuestras vidas, comíamos con él, dormíamos con él, nos amábamos con él, y también empezamos a odiarnos con él.

Generé una serie de gráficos, y tejí todo tipo de variables, perfeccionando la lectura de datos. Llegué a detectar mínimos errores o confusiones en las actas de defunción, tales como  fechas de nacimiento incorrectas, o nombres mal anotados. En algunos casos me atreví a solicitar las correcciones, tan sólo para honrar al muerto, y enorgullecerme de mi tarea. En el pequeño departamento organicé un fichero, con una increíble estadística y pergeñé una forma de contrastar datos por fecha de nacimiento, de muerte, causas de la misma, sexo, edad, y hasta por signo zodiacal. Poco me importó que Susana un día decidiera marcharse. Yo sentía que aquello era el trabajo mas preciso y necesario de toda mi vida.

Una tarde calurosa de enero, me encontraba analizando el humo de un hombre de 34 años, llamado Gustavo Núñez, sin causa de muerte. Revisé todas las tablas, las variables, por horas busqué en mis archivos; estaba seguro de que existía alguna falla en mis observaciones. No era ataque cardíaco, no era accidente, ni siquiera cáncer. Mis tablas arrojaban una y otra vez error. Luego de una noche entera de análisis de datos, decidí recurrir una vez más a la Municipalidad. Como es claro por la cantidad de veces que visitaba la dependencia de Cementerios, ya era conocido, a punto tal que habitualmente me recibía el Sr. Gabriel Eme, director del área, quien se ocupaba de canalizar mis dudas y correcciones de los errores a fin de evitar incomodar al personal. El director era un hombre flaco, alto, de cara huesuda, barba rala y ojos de un negro intenso. Aquel día nos sentamos en su despacho, me invitó una limonada y oyó mi historia. Inmediatamente el hombre llamó a su secretaria y pidió el libro de cremaciones,  mis datos eran más que precisos. Gustavo Núñez estaba anotado como “muerte: causa desconocida”. El director propuso colocar ataque cardíaco, falla respiratoria, pico de presión, pero yo me negué a cualquier opción. Cada causa tenía una característica propia, inconfundible y yo no  iba a tirar por la borda toda mi tarea, simplemente para no  complicar la burocracia municipal.  Me retiré de la dependencia amenazando con una acción legal si alguien se animaba a modificar el mínimo dato de Núñez. Volví al departamento para seguir mi tarea diaria sin apartar mi pensamiento del extraño hecho. La realidad era que había una sola conclusión, difícil de demostrar si no existiera todo aquel trabajo de tablas y variables. Núñez no tenía causa de deceso, porque la muerte se había equivocado, es decir, había decidido llevarse a una persona que debía seguir viva. El siguiente paso era justificar la hipótesis, fue una tarea de meses, descubrí una relación matemática que era una suerte de cadena numerológica, una constante sin modificaciones, absolutamente cíclica, que cada x tiempo constante volvía a iniciar la proyección, y que, lógicamente, tenía un inexplicable quiebre, el día de la muerte de Núñez. Ahora, ¿cómo convencería al director de Cementerios de que mi teoría era correcta? Me avalaban todos los aciertos con los que había colaborado con la dependencia, pero eso no era demasiado. Traté de resumir la cadena-cíclica-numérica, que, si bien resultaba clara, era imposible aseverar que no existiese otro orden diferente al observado. Se me escapaba una duda sencilla, si Núñez no tenía que morir, ¿a quién le tocaba ocupar su lugar? Desesperado, comencé a trabajar en esa nueva etapa de la investigación. Era la medianoche, sólo una lámpara sobre mi mesa de trabajo rompía en parte la oscuridad. Mi ansiedad era absoluta. De entre las sombras escuché la voz que me paralizó.

—Fernández –dijo– no busque más.

Era el director de Cementerio, Gabriel Eme.

—No me mire así, Fernández, entre, como todos los días. Usted siempre descubrió cada detalle, pensé que este error lo pasaría por alto, pero su obsesión pudo más –se acercó a la mesa apoyándose en ella y continuó–. Su precisión me puede causar problemas en el trabajo. En mi profesión no se puede dar marcha atrás, Fernández. Aquella vez de Núñez, el desgraciado que debía ocupar su lugar era usted. Pero, dígame: ¿Cómo iba yo a matar a un colaborador tan eficiente? Llevo siglos haciendo esta tarea y nadie, jamás, se tomó una labor tan seria como la realizada por usted. Venga –dijo.

Apoyó su mano en mi hombro, recorrimos el pequeño departamento, devenido en archivo. Las paredes grises parecían de una cripta, los vidrios acumulaban el hollín del humito, los espejos eran cadáveres de lo que alguna vez habían sido. Toda mi vida ya no existía, no tenía familia, esperanza, trabajo, futuro. Todo lo había dedicado en mi empresa de observar el crematorio.

—Fernández, trabaje para mí, al fin y al cabo, a nosotros dos lo único que nos aterra es la vida.

Niños autodefensas

Sin rumbo

Voy caminando sin rumbo

El cielo nublándose está

El frío que hiela mis manos

Y tú que a mi lado no estás.

“Sin rumbo”. Sensación musical.

Los hilos dibujaban una línea punteada. La velocidad de la aguja y perfección de los zurcidos seguían emocionando a Erika como el primer día. El resto de los empleados no parecían notarlo, se habían mimetizado con la maquinaria. Erika volteó a verlos, le dio la impresión de estar rodeada de robots que trabajaban al mismo compás sin descanso.

Se concentró en sus prendas, no podía cometer errores y perder el empleo. En los vestidores solía escuchar quejas: no había puertas en los baños, carecían de asistencia médica para accidentes, las batas eran demasiado grandes. Erika no agregaba nada a las conversaciones, para ella eran asuntos menores. La recolección de goma de opio le había endurecido la piel y el carácter. Al menos ahora permanecía sentada la mayor parte de su jornada y no tenía que cubrirse la piel del inclemente sol.

Sonó el timbre que anunciaba la hora de descanso. Caminaba por el pasillo hacia el comedor cuando vio a decenas de compañeros de trabajo amontonarse junto al televisor. Erika se abrió paso entre la gente que pedía silencio. El conductor de un noticiario local daba avances sobre el reporte de un tiroteo en la escuela primaria Niños Héroes, al occidente de la ciudad.

Sintió un jalón en el brazo. —Es la escuela de los niños —exclamó Betty con una voz de terror que Erika no conocía.

—También de mis hijos —escuchó decir a alguien más.

—Vámonos —gritó otra.

Las madres desesperadas corrieron hacia la puerta sin checar su salida.

—Nunca vamos a llegar en camión —escuchó decir a una mujer que no conocía.

—Vénganse, yo las llevo —les gritó un señor que escuchaba las noticias desde una pickup. Ocho mujeres entraron a la camioneta sin pensárselo, tres en la cabina y las demás en la parte de atrás, incluida Erika.

***

Esa mañana había transcurrido como casi todas las anteriores desde su llegada a Ciudad Juárez. Erika despertó primero, estaba acostumbrada a levantarse al alba para irse al campo. Se vistió a oscuras, calentó la olla de frijoles y frió un par de tortillas. Betty la alcanzó para hacer un café de olla. Ya era diciembre, por primera vez se puso medias. No creyó que algún día extrañaría el calor de Guerrero. Ambas tenían la misma talla e intercambiaban blusas y faldas para no tener que comprar más.

—Este suéter era de Angélica —le dijo Betty tapándole cariñosamente la espalda.

—Aparte de que uso su cama, ora me pongo su ropa.

—A ella le gustaría.

—¿Tú crees que ya no va a volver?

—Aquí nadie regresa cuando te llevan. Ni siquiera me dejaron denunciarla como desaparecida, que porque no soy familiar, pero pos cómo los encuentro. Si ni un teléfono tengo. Ya fui hasta al Semefo —suspiró—, no sabes qué horrible. Ya pegué carteles, pero ni para las copias me alcanza. Y pos ya mejor me ocupo de ver por el Yustin. El pobre chamaco no tiene a nadie. Nomás de pensar en mi Oliver que se quedó allá del otro lado.

—Al menos está Tomás. — y Erika le acarició el hombro.

***

Todavía era verano cuando salió de la sierra de Guerrero. Una tierra fértil, ocupada por el narcotráfico y olvidada por Dios. Tuvo que fugarse de noche con su hijo de diez años casi a rastras. No podía dejar que tomara las armas para convertirse en un autodefensa. Pasó semanas escudriñando cada rincón de su pequeña casa de techo de lámina, hasta que encontró el escondite de su marido.

Crescencio fue abonando el dinero que ganaba como acordeonista de la banda Sensación Musical detrás de un ladrillo suelto. Erika agradeció al cielo que no se lo hubiera gastado en alcohol, como le había hecho pensar durante esos años en los que la mandaba a trabajar a los campos de amapola para mantenerlos.

Cosió los billetes en sus ropas y metió otros pocos al monedero que ajustó al brasier. Planeó cautelosamente el escape. De haberse enterado, ni sus padres ni sus vecinos la hubieran dejado marcharse. No permitiría que ellos decidieran el destino de su hijo como habían hecho con el suyo.

Cuando las llantas del autobús entraron por fin a un camino pavimentado, Erika suspiró aliviada. Era libre. Miró a Pedro que dormía acurrucado en su morral.  Su cara reflejaba la inocencia de un niño, pero ella sabía que tenía el alma cargada de venganza y desolación. Era el único de sus cinco embarazos que se había logrado. No podía perderlo. En ese pueblo solo encontrarían la muerte.

***

Raúl, el novio de Betty, se había quedado esa noche. A Erika no le gustaba, los hombres tatuados le recordaban a los asesinos de su esposo. Ella podría no saber muchas cosas, pero conocía el significado de los tatuajes de lágrimas de ese hombre que la miraba con desdén.

Sin embargo, no tenía nada que reprocharle, era más servicial que Crescencio y a Pedro se le veía contento en su compañía. Raúl se llevaba a los niños cada vez que podía a pasear por la ciudad y les había enseñado a llegar a la escuela y a cuidarse entre ellos. Ahora era Pedro quien se encargaba de acompañar a Yustin a todas partes, como si fuera su hermano mayor.

Esa madrugada, como todas las anteriores, las mujeres caminaron cuatro largas calles en la penumbra. La cantina de la esquina acababa de cerrar y un par de borrachos que no lograron llegar a sus casas les silbaron al pasar. Subieron al transporte que las llevaría a la maquila. Betty recargó la cabeza en la ventana y se quedó dormida enseguida. Erika repasó fragmentos de su vida. Extrañó el olor del campo, el zumbido de los grillos, el canto del gallo.

Al pensar en su pueblo le vino a la cabeza la imagen de su hijo pecho tierra con un fusil en las manos, junto a los demás niños de su comunidad. Todos los días le rogaba a Pedro que no fuera al entrenamiento, que se alejara de las armas; pero no la escuchaba, tenía sembrada la semilla de venganza en la frente. En cuanto Los Ardillos supieran que los pobladores estaban entrenando hasta a los niños, no tardarían en regresar a reclamar obediencia. Era cuestión de tiempo para que el pueblo entero ardiera, igual que la camioneta en donde quemaron vivo a su marido y al resto de Sensación Musical.

—¡Súbanle al radio por favor! —sollozó una mujer. Al acelerar, las llantas levantaron una nube de polvo en la que se perdieron los rostros de otras trabajadoras que salían de la planta. Erika se esforzaba por escuchar al reportero que narraba la escena caótica.  

Estamos aquí en la escuela primaria Niños Héroes. Podemos ver en estos momentos cómo van saliendo los niños y maestras completamente aterrorizados. La única ambulancia que ha llegado al lugar está atendiendo a los heridos…  Vamos a tratar de acercarnos más… nos confirman que se siguen escuchando balazos al interior de la primaria… 

Erika sintió una punzada en el estómago. ¿Le habría servido a Pedro el entrenamiento militar para ponerse a salvo? Recordó el brillo que despedían sus ojos cuando tenía una pistola entre las manos. ¿Y si fue él? ¿Habrá conseguido un arma? Volteó al cielo, lágrimas negras de mugre rodaban por su rostro sin que pudiera detenerlas. “¡Te saqué demasiado tarde del puto pueblo! ¡Malditos sean Ardillos!”— ahogó un gritó entre sollozos. Nadie la consoló. Cada mujer cargaba su propio rosario de preocupaciones.

***

Los dos días que tardaron en recorrer el país desde Guerrero a Chihuahua, Pedro apenas habló. Le reprochaba a su madre que no le hubiera permitido quedarse a defender a su pueblo. Era el mejor tirador del grupo y se sentía respetado. Lo que para Erika había sido un acto de valentía, para Pedro era la peor de las cobardías.

Tres años atrás, cuando Sensación Musical comenzó a cobrar fuerza, un grupo de hombres armados se plantó en casa del líder de los músicos para exigirle una parte de sus ganancias. Además, en cada gira que la agrupación hiciera, debía transportar droga, especialmente si se dirigían a Acapulco.

Los músicos se entregaron a su público sin sospechar que sería su último viaje. Podían contar el éxito en botellas y mujeres. Estaban de suerte y decidieron probarla en un casino ilegal del puerto, donde se embriagaron con destilados baratos. Perdieron lo que habían ganado y una parte de lo que no era suyo. Una felicidad fugaz como su propia vida.

***

El camino hacia la escuela fue más largo de lo que recordaban. Las mujeres rogaban a Dios por sus hijos, la más desesperada pegaba sobre el techo de la cabina y gritaba que fueran más deprisa. La camioneta cruzó a toda velocidad por avenidas vacías, que se fueron congestionando, obligando al conductor a reducir la velocidad hasta detenerse por completo. La mujer que golpeaba la lámina bajó sin dar las gracias y echó a correr.

—Se me hace que cerraron las calles estos pendejos. No va a quedar de otra más que caminar —les dijo el hombre en tono de disculpa.

Erika bajó de un salto y siguió a la líder que parecía conocer el camino. De pronto tuvo un presentimiento, algo que nunca podría explicar. Supo que el corazón de Pedro ya no latía. Se tiró al piso destrozada, Betty la levantó de un jalón y continuaron corriendo sin hablarse. Sabían que iban en la ruta correcta porque a cada paso encontraban más gente afuera de sus casas y negocios cuchicheando.

—Pos que sí era un chamaco tú.

—¿Y ya se lo torcieron?

—Ya se lo han de haber echado los milicos, porque los putos municipales ni entraron.

—Escuchó decir a unos hombres que platicaban tranquilos en un puesto de tacos callejero.

“Y ahora qué voy a hacer sin ti… Ya estarás con tu padre que tanto querías… Y ahora para quién voy a vivir si ya se me fue Crescencio también”, se decía Erika, quien ya no sabía si mantener el paso o quedarse ahí a maldecir su destino.

—¡Ya falta poco! —la animó Betty unos pasos adelante. Algo más dijo, pero el agónico llanto de las sirenas apagó su voz.

Al doblar la siguiente esquina encontraron por fin la escuela. Sortearon el camino repleto de curiosos, ambulancias, policías, cámaras de televisión y decenas de padres de familia que rompían los cercos para buscar a sus hijos.

Erika vio salir a una maestra con un cuerpo ensangrentado en brazos.

—¡Pedro! —gritó atormentada. Y corrió a su auxilio para encontrarse con el rostro apagado de una niña. Caminó en contracorriente abriéndose paso entre un grupo de infantes que salían en estampida liderados por el profesor de deportes. Dobló por un pasillo que llevaba al patio principal. Espesas lágrimas le nublaron la vista y resbaló en un charco de sangre. Betty se arrodilló junto a ella para abrazar al cuerpo sin vida de Manuelito, un niño con el que solía jugar Yustin.

—¿Qué hacen aquí estas viejas?  ¡Sáquenlas de aquí! —espetó un hombre robusto vestido de militar.

***

Para Erika, Betty había sido muy valiente desde chica. Quedó huérfana de madre a los doce años y prefirió marcharse con su hermano Tomás a Acapulco antes de quedarse a cuidar a su abusivo padre y a sus hermanos pequeños. Hizo de todo: trencitas, pulseras, masajes, hasta que un novio la convenció para irse de mojados. Nunca perdieron el contacto. Erika era lo único que a Betty le importaba de aquel caluroso pueblo.

Tomás regresó primero cada mes, después tres veces por año, hasta que sólo se aparecía para el cumpleaños de su abuela. El muchacho llevaba dinero para ayudar con la manutención de sus hermanos menores y aprovechaba los viajes para entregarle a Erika las cartas que le enviaba Betty. Las misivas iban religiosamente acompañadas de dulces de tamarindo, que Erika disfrutaba mientras trataba de descifrar las palabras mal escritas y uno que otro dibujo, que describían las aventuras de su amiga.

Cuando Betty llegó a Estados Unidos se las ingenió para hacerle llegar las cartas por correspondencia. Los relatos, repletos de faltas de ortografía, le habían alegrado los días de intenso trabajo en el campo. Labraba la tierra pensando en lo que estaría haciendo su amiga en ese momento. La imaginó trabajando en una gran mansión como las que salían en las telenovelas. Crescencio tenía la fantasía de volverse famoso, viajaría por el mundo y podría llevarla a visitar a su amiga a cambio de que fuera una buena mujer y lo atendiera bien.

Los campos de amapola la veían sonreír cuando soñaba despierta con estar en una sala de conciertos viendo a su esposo tocar el acordeón, con su Pedro en las piernas y Betty a su lado.

El día que por fin se abrazaron le contó la verdad. Antes de que le crecieran los senos, Betty se había tenido que prostituir. Ella no volvió al pueblo porque sólo los hombres podían salir de la ciudad. Cruzó la frontera para fugarse de sus captores llevando a un niño en el vientre, que le sembró algún extranjero casado. Cuando la detuvo la migra no pudo si quiera despedirse de él. En Ciudad Juárez conoció a Angélica en la Feria del Trabajo, donde ambas llenaron solicitudes. Angélica recibió a Betty en un departamento en tierra de nadie, donde vivía junto a su hijo Yustin. Su nueva amiga tomó el turno vespertino para llevar al niño a la escuela. Cuando Betty regresaba se encontraba a Yustin jugando a la pelota, a veces con otros niños, pero casi siempre con una pandilla de salvadoreños que frecuentemente eran deportados de Estados Unidos. Betty pensó que ellos las cuidarían, pero un día Angélica no volvió.

***

Un grupo de padres de familia se abalanzó contra los militares para buscar a sus hijos entre los muertos. Las amigas aprovecharon para escabullirse del guardia que las perseguía y lograron entrar al patio principal de la primaria. Yustin amagaba a un niño más grande que él con un fusil sobre su cabeza. Arrodillado, el joven rogaba por su vida, mientras un grupo de soldados los rodeaban apuntando sus largos rifles hacia el chico armado.

—Perdón, perdón. ¡Tu mamá era una santa! —aulló el muchacho. Yustin notó la presencia de Betty y le sonrió. El soldado aprovechó el momento de distracción del menor para disparar.

El metal ardiente de la bala perforó el cráneo del pequeño y cayó sobre Pedro, que yacía muerto a sus pies.

Tienda de Agonías

EL VENDEDOR DE AGONÍAS

Es casi una regla general que las cosas no sean como uno previamente las imagina. Incluso, que resulten ser exactamente lo opuesto. Por eso no me sorprendió descubrir que ese extraño negocio anidara muy lejos de un callejón oscuro en los suburbios, indemne a la mirada curiosa de algún policía dispuesto a transar con lo prohibido. De hecho, parecía un comercio respetable, de esos que se agolpan en la avenida Cabildo, en el barrio de Belgrano. Entre zapaterías y locales de ropa interior femenina, el discreto cartel de “Agonías” insinuaba una inocente venta de perfumes exóticos, o a lo sumo un festival de biyuterí. Pero yo sabía muy bien de qué se trataba.

   Admito que ni bien traspuse la puerta empecé a desconfiar de la cordura de mi amigo, y a creer que su entusiasta recomendación no era más que un delirio abonado en su lecho de muerte. El tipo tras el mostrador se veía muy lejos de ser el sicario que me describió. Más bien, se asemejaba al viejito que atendía el kiosco frente a la casa donde nací.

 —En qué puedo ayudarlo? –fue lo primero que dijo, con un tono tan cálido que estuve a punto de retirarme, convencido de que había equivocado la dirección—. Sí, es aquí –agregó, con una sonrisa amable y, a mi parecer, misteriosa.

   Eché un vistazo a la gran cantidad de frasquitos multicolores ordenados en los estantes. Había un olor dulzón en el ambiente, algo pegajoso para mi gusto. “Es nomás una puta perfumería”, pensé.

   —¿Lo dice por los frasquitos? –pareció divertirse el viejo.

   Sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer?

   —Me adivinó el pensamiento –dije.

   —Es que usted piensa en voz alta, aunque no hable.

   Siempre odié ese tipo de frases que parecen extraídas de alguna filosofía oriental, pero que en el fondo no significan una mierda.

   —Mire… –rezongué, con la paciencia en cero—. Es obvio que mi amigo me dio la dirección equivocada. Así que…

   —Ah, su amigo –me interrumpió—. Lo recuerdo. Un abogado que usa bisoñé, ¿verdad?

   Debí haber bizqueado por algunos segundos, porque su imagen se me hizo oblicua. Sacudí la cabeza para enderezar el mundo.

   —Sí, mi amigo Tomás –atiné a decir—. Pero… ¿cómo lo supo?

   El viejo lanzó una risita.

   —Habilidades que uno tiene, y un poco de suerte. A propósito, ¿le fue bien? Digo, a su amigo.

   —Murió ayer, de fiebre tifoidea.

   —Me alegro por él. Muy buen cliente.

   Sentí la necesidad de acercarme para hablar en confidencia, como si no me percatara de que estábamos solos.

   —Él me dijo que usted vende muertes.

   El viejo pareció ofendido, negó con la cabeza.

   —¿Muertes? No, claro que no. La muerte es algo salvaje y primitivo. La consigue con un tiro en la cabeza, o tirándose bajo un tren. Mi especialidad es más bien artesanal, le diría, artística. Lo que yo vendo son agonías.

   La palabra “agonía” en su boca me provocó una inquietud cercana al vértigo, no por su promesa de un sufrimiento atroz, sino por la enorme atracción que ejercía sobre mí.

   El viejito se aburrió de mi silencio.

   —¿Va a comprar o no?

   —Yo… -titubeé-. En realidad no sé lo que hago aquí.

   —¿No sabe? ¿O teme saberlo?

   Otra vez con esas frases de libro de autoayuda. Tuve ganas de pegarle en la cara y hacerle volar los lentes.

   —No tiene por qué ser agresivo –sentenció, adivinando otra vez. O quizás por la simple observación del fastidio en mis ojos—. Tranquilo, voy a ayudarlo –y apoyó los codos sobre el mostrador, acercándose-. A usted lo tortura la culpa.

   Me estaba hartando ese viejo.

   —¡Chocolate por la noticia! –me burlé—. ¿Por qué otra cosa quisiera uno agonizar?

   —¿Una mujer? –dijo sin inmutarse.

   Largué el aliento. Eso ya parecía un tango.

   —Hay muchos que deciden agonizar para no sentir el dolor del abandono –comentó—. Pero no creo que sea su caso.

   Volví a mirar los frasquitos, y me sentí un idiota al pensar que alguno de ellos podría mitigar mi tormento. Sin proponérmelo, dejé que se me aflojara la lengua.

   —Ella estaba enamorada de mí, pero yo iba a dejarla por otra. Ibamos en mi auto cuando se lo dije. Lloró, gritó. Me puse muy tenso y en una mala maniobra choqué. Yo no me hice nada, pero ella se lastimó la columna. Quedó paralítica de la cintura para abajo. Nunca va a poder caminar. ¿Se da cuenta? Le arruiné la vida.

   —Y por lo que veo, también la suya.

   —No hay una noche en que no me obsesione con su amargura, con la angustia que debe sentir por renunciar a sus sueños.

   —Y por eso viene a comprar una enfermedad mortal, para sufrir por ella.

   —Quiero sufrir más que ella, darle el consuelo de verme gritar de dolor. Quiero morir sufriendo como un perro.

   —Puedo venderle moquillo.

   Lo miré. Escondí una lágrima bajo un gesto de odio.

   —¿Me está cargando?

   —Un poco, sí –respondió, con su proverbial sonrisa de buda para principiantes—. Mire, yo soy vendedor, pero tengo mi ética. Usted no necesita una enfermedad larga y mortal.

   —¿Ah, no? ¿Y qué necesito? –desafié.

   —Casarse con ella.

   Vi entrechocar mis propias manos en una plegaria violenta.

   —¿De qué habla? –gruñí.

   —Lo que dije, cásese con ella.

   —Pero… ¡qué consejo más estúpido! Ya le dije que no la amo. Si lo hago terminaría odiándola.

   —Correcto. ¿Y qué es peor para usted? ¿El odio o la culpa?

   Fue como un golpe a la barbilla, pero que lejos de lastimar me despertaba. Por primera vez sentí que algo en mis entrañas empezaba a relajarse. Quizás, sólo quizás, había una salida que no fuera una muerte horrible.

   —O sea… —balbuceé—. Quiero decir… que el casamiento sería la mayor de mis expiaciones. El autocastigo apropiado.

   —Mucho mejor que la fiebre hemorrágica.

   Asentí con profundo alivio, como alguien que se está ahogando y de pronto descubre que muy cerca flota un salvavidas.

   —Gracias –le dije. Quise expresarle más cosas, pero sólo me salió un vulgar— me alegro de haber venido.

   El viejo sonrió, comprensivo. Abrió un cajón bajo el mostrador y extrajo un blíster.

   —Tenga –dijo—. Llévese esta muestra.

   —¿Qué es? –pregunté sin desconfianza. Había una pastillita verde bajo la transparencia.

   —Un simple resfrío. Ideal para las tardes de otoño.

   —Le agradezco, pero…

   —Pruébela, es gratis.

   No quise desairarlo, de modo que saqué la pastilla y la puse en mi boca. Tenía un agradable sabor a menta.

   —¿Y? –preguntó-. ¿Qué le parece?

   —Rico. Atchisss.

   —Son muy buenas y no tienen conservantes. –Estrechó mi mano, cálidamente—. Ya sabe. Cualquier cosa que necesite, aquí estoy.

   —Atchisss.

El cadalso farandulero del fin del mundo

Ha pasado una década desde el último avistamiento de una abeja.

Luces incandescentes que ciegan, que hierven en las mejillas, apuntan desde todas las direcciones y vulneran el más íntimo sentido de seguridad.

¿Cuántas veces observé desde un cómodo sillón este show? Envuelto en la parafernalia, jamás reparé en los gestos de los protagonistas. Apuesto a que sentían lo mismo que yo, algo parecido a una saturación del espacio vital, el temor al desvanecimiento total del anonimato.

Detrás de focos, lámparas y cámaras televisivas, percibí la silueta de los espectadores, formas que se mezclan y atiborran a lo largo y ancho de una decena de gradas. Atentos, susurrando interminables fantasías sobre el uso que darían al premio que yo, desde un foro que se sentía como el preámbulo al cadalso social, recibía.

Por unos minutos, me imaginé sentado en las butacas devorando mi propia imagen con la superioridad de los que se ocultan entre la masa, burlándome del enjuto camillero que a falta de galas, acudió a recibir el premio en uniforme laboral y calzado percudido. “Burócrata y sindicalizado; se le nota la doble condena”, escupiría burlonamente.

La voz perdida de un conteo regresivo me arrojó fuera de esa fantasía para encontrarme en compañía de un hombre trajeado, con sonrisa deslumbrante y engomado al estilo rockabilly. El catrín narizón que encanta audiencias pero que de cerca es de trato insecticida.

Me era imposible poner atención a sus palabras; veneno para este piojo hospitalario, venido a hidalgo televisivo por un día. Su dentadura me resulta tan molesta como sus estúpidas preguntas.

—¿Qué siente al estar aquí para recibir este importante premio?

“¿Qué siento? Alguna vez viste arder una hormiga bajo el rayo de una lupa, pues así, sólo que con diarrea”, pienso. Pero lo único que logro articular es un atropellado:

—Muy bien, muchas gracias.

Ya no puedo ponerle más atención, sus vociferaciones se escurren igual que las gotas de sudor en mi frente, en el cuello y a lo largo de mi espalda. Palabras, sudor  y segundos me aturden hasta que un redoble de tambores calla la algarabía, la divina audiencia se hunde en un silencio impaciente por sucumbir a la estridencia televisiva, a los vítores y a los vivas.

El catrín de cabaret me sujeta del brazo, abre paso a las cámaras que cabalgan directamente al fondo del foro para trasmitir a detalle la apertura de las cortinas rojas que mostrarán la magnitud de mi fortuna.

El dosel descubre una esfera que realza la cáscara rubí de 12 manzanas que se vanaglorian detrás del cristal. Hace años que lo que se conocía como frutos se convirtió en una exquisitez reservada para los potentados, manjar extraordinario ante su inminente desaparición.

Medio millón de personas soñaron con estar en mi sitio, aparecer en televisión cargando la esfera con doce rojas y jugosas manzanas naturales, que según su cotización podría colocar en el mercado  a cambio de llevar una vida disipada y sin presiones, y por fin, arrojarme a la conquista de mi sueño: Tocar el acordeón.

Según el “Botox gentelman”, la docena estaba en el congelador de un jeque árabe cuya suerte y fortuna fueron incautadas luego de que una de sus esposas lo denunció por asesinar un conejo y degustarlo. El soberano quería emular a los abuelos en la época en que la fauna era fuente de nutrición y la palabra “animal” estaba permitida. Ahora hay una tajante prohibición “so pena de muerte” a quien cometa homicidio contra los pocos “compañeros naturales” que quedan.

Resignado, el  conductor colocó la esfera de cristal entre mis manos sin reparar en la inundación que avanzaba en ellas. “¿A quién se le ocurrió ponerlos en cristal?”, pensé,  mientras la ansiedad se agolpaba en la boca de mi estómago y el  vidrio se deslizaba incapaz de evadir  la humedad de su sostén.

Levanté una rodilla para empujar la esfera y ubicarla en una zona de menor peligro, pero ese movimiento sólo precipitó su trayecto. Masa y aceleración, en profunda lealtad a los elementales de la física y en franca traición a mis anhelos, se  entregaron a su amante gravitacional.

La vasija se desplomó, la opulenta vianda rodó por el piso iluminada por millones de esquirlas centelleantes.

Todo pasó en secuencia fragmentada hasta que el primer golpe me sacudió del pasmo. Desde el suelo logré ver la estampida: gritos, patadas, zapatos, codos, sangre, cuerpos atiborrados impidiendo mi respiración.

“Devoradas”, “Aplastadas o desaparecidas”, “Sí era el fruto prohibido”, titularon los periódicos  la mañana siguiente. Algunos textos ilustraron el combate y aseguraron que los espectadores tomaron la caída de la vasija como una señal para abalanzarse en su cacería.

Los líderes de opinión condenaron la falta de acción por parte de las autoridades, los investigadores lamentaron la extinción de las últimas manzanas, y los académicos consideraron positivo que existiera memoria gráfica para las futuras generaciones.

Por su parte, los políticos culparon a sus antecesores de la desgracia y anunciaron la apertura de un parque conmemorativo en cuyo centro se colocaría la escultura de una abeja reina en iridio puro, el metal de mayor cotización en los mercados.

Apagué  la pantalla y la habitación de la clínica se sumió en un ambiente plomizo y asfixiante, por los  37 grados centígrados que afuera rostizaban a los paseantes del  invierno sanguinario, aunque sea el de menor temperatura en los últimos años.

Imagino cómo sería el paisaje urbano antes de que las abejas desaparecieran y ataran frutos, flores y animales a su destino.

Hace años de la última colmena de abejas. Después de eso, nada ha sido igual.

Las abejas

Sobre el autor:

Mariana Otero Briz

Periodista de profesión, amante de las palabras insólitas y lo que pueden construir juntas.

Se reconoce a sí misma como otra nefelibata que persigue una vida literaria y siempre se desvía.

Comer bien, beber mejor, leer en calma y juntar palabras hasta que formen un propósito, entre sus pasiones. Emilia y Sebastián, sus motores.

1912-1999

Llegué una hora tarde a la fiesta de Carla. Lo hice porque siempre soy el primero en presentarse a todas las reuniones y nunca hay nadie con quien platicar excepto el anfitrión, que la mayoría de las veces, no sé por qué, es alguien que me desagrada, y es entonces cuando tengo que comenzar la fastidiosa plática y poner la fingida sonrisa, todo con tal de distraerme un rato y estar con personas que desde hace mucho no veo, sobre todo mujeres, y más si son guapas.

Curiosamente, me encontré con que el lugar ya estaba muy concurrido y animado por gente extraña y conocida que no siguió la costumbre de arribar poco a poco al llamado de la fiesta.

—Hola, ¿cómo te va? Gracias por venir.

—Hola, Carla. Todo bien, gracias.

—Pasa, pasa. ¿Qué tomas?

Saludé a conocidos y no conocidos. El volumen de la música subía pero nadie bailaba. Me senté con algunos amigos. Hablamos de grupos de rock, futbol, mujeres, de qué habíamos hecho durante los meses o, en algunos casos, años que llevábamos sin vernos. Saludé a algunas chicas, antiguas amigas acompañadas de otras amigas y también de hermanas. Mi vaso de Coca-Cola se vaciaba y los hielos me enfriaban los dedos. Escuchaba una anécdota chusca de un chico que Carla me presentó y, antes de soltar la carcajada con el ansiado final, una mano me tocó el hombro:

—¡Hola, lindura! Hacía tanto que no te veía. ¿Cómo has estado?

Me sorprendí gratamente al ver de quién se trataba. Yo, sentado, vaso en mano, formando parte de un círculo expectante de escuchar el desenlace de la aventura; ella, de pie detrás de mí, de falda corta, cabello largo, rubio y lacio, delgada y pequeña, ojos azules, sonriente.

—¡Hola! Qué sorpresa. ¿Cómo estás?

Era Andrea, compañera de la prepa que desde hacía mucho no veía. Me levanté; nos saludamos efusivamente, tal vez demasiado para dos condiscípulos que nunca pasaron de ser eso, no convivieron lo suficiente y durante tanto tiempo no habían tenido comunicación entre ellos ni noticias suyas por los chismes de los amigos. Nos dimos un beso en la mejilla y un abrazo que, por su duración y emotividad, sorprendió a quienes nos veían. Nos tomamos de la mano y fuimos a un lugar más apartado; instalados en un sofá, nos pusimos a platicar. Con una alegría y un entusiasmo que no alcanzaba a comprender, Andrea y yo no dejábamos de reír, mirarnos ni de provocar contactos: ella me tocaba la mano, yo subía una pierna a los cojines para chocar levemente con su rodilla. Nos pusimos al corriente de nuestras vidas: hablamos de los estudios que terminaría en un año, de lo que pasó conmigo después de la preparatoria y de mi carrera. Hablamos todo lo que no habíamos hablado durante los años que fuimos compañeros. Andrea en esa época me era indiferente y creo que yo también para ella. Sin embargo, ahora me sentía tan a gusto a su lado, me inspiraba tanta confianza, me era tan simpática, la veía tan guapa, me gustaba, me incitaba tanto que me formaba todo tipo de ilusiones y planes para ambos. Además, me había dicho “lindura”: ¿qué mejor prueba de que algo se empezaba a forjar entre nosotros? Bailamos, nos contamos anécdotas, chocamos nuestros vasos. Teníamos una fiesta particular; había otra que era la del resto, la de los demás, pero nosotros disfrutábamos de un festejo privado. Miraba alrededor y me percataba de que todos nos veían, pero lo hacían con recelo; hombres y mujeres por igual envidiaban nuestra felicidad. Estábamos aislados. Esporádicamente, Carla se nos acercaba para preguntarnos si se nos ofrecía algo; lo único que yo quería era que nos dejara solos, lo cual comprendía bien porque se iba pronto para atender a otros invitados. Yo me sentía como en un sueño, observado, envidiado por todos, y no era para menos: había acaparado a la mejor chica, la más guapa, la más deseada; la tenía únicamente para mí. Me reflejaba en esos espejos azules y mi bebida me enfriaba la mano. En algún punto Andrea dijo: “Discúlpame un momento”. Asentí sonriente y radiante de felicidad.

Pensaba en Andrea y el tiempo que había perdido lejos de ella pero recuperaría una vez que estuviéramos juntos, porque precisamente ese era el siguiente paso: no separarnos de nuevo, y ella también lo sabía. Me preguntaba si debía preparar unas palabras o improvisar, quizá besarla de repente para darle a entender que la amaba, pues eso era lo único de lo que estaba seguro: estaba enamorado de ella y se lo diría, no la dejaría escapar. Pensaba en eso y miraba mi vaso: las burbujas salpicantes que abandonaban el líquido que lo llenaba y hacía flotar el hielo. Me distraía con aquello mientras advertía la tardanza de Andrea y me impacientaba por confesarle mi amor cuando, de pronto, al observar fijamente ciertas ondulaciones en la superficie de mi bebida, vi navegar velozmente un buque que se acercaba sin remedio al hielo. Estupefacto ante esta visión, no tuve tiempo de desviar el navío de su curso ni de sacar el hielo de su ruta, pero pude percatarme de su diminuto nombre pintado en el casco: Titanic. Ese día de abril de 1912 se repitió: la escena se representó otra vez exactamente igual a como sucedió en el Océano Atlántico en el teatro de mi vaso: el gigantesco barquito chocó contra el iceberg y comenzó a hundirse; luego se partiría en dos por la cubierta. Por encima del sonido burbujeante del refresco de cola se escuchaban los gritos, la música, el desorden y el espanto que en esos momentos se apoderaron del buque. Las luces de Bengala que comenzaron a rebasar el borde del vaso fueron parte del espectáculo impensable que representaba el Titanic, hermoso, maravilloso a pesar de la tragedia. El barco insumergible se enfilaba hacia lo irremediable no sólo porque su desaparición fuera inminente, sino porque era segura: absolutamente nada en este mundo lo cambiaría, nada alteraría el destino, nada modificaría la historia. La certidumbre de que las cosas ocurrirán las hace más escalofriantes, más aterradoras. Los pasajeros en la cubierta traían puestos los chalecos salvavidas; la primera clase estaba ahí; la segunda y la tercera luchaban por su vida o estaban atrapadas en lo profundo de la nave. Los botes, insuficientes, ya bajaban. “¡Niños y mujeres primero!”. Había llanto, desesperación, separaciones, oraciones, resignación. Algunos habían saltado a las aguas que enfriaba mi hielo o cayeron por accidente; los botes se diseminaron en el mar de refresco y las bengalas seguían ascendiendo. Revisaba el borde del vaso para ver si aparecía la anhelada ayuda, pero nada. El Titanic se quedó a oscuras, luego se partió en dos y el peso de la proa arrastró a la popa. El capitán enfrentaba su destino y las consecuencias de su presunción. Los músicos habían dejado de tocar y los lujosos camarotes de la embarcación se llenaron de mar. Entre los sonidos e imágenes que desbordaban el vaso destacaba la voz única, singular, de la masa que agonizaba, la desesperación de aquella gente que tenía la certidumbre de morir, pues el Titanic yacería en el fondo de este vaso y no sería sino hasta muchos años después que los exploradores llegarían para descubrir y rescatar los tesoros, las historias escondidas del infortunado buque. La nave estaba a punto de ser jalada hasta el fondo, y en medio de la brega en el mar de Coca-Cola tomé una decisión: sí, era posible cambiar la historia. Yo podía salvar a toda esa gente y conducirla a puerto seguro. Sólo bastaba meter los dedos, sacar la embarcación y, con una cuchara, recoger a todos los que flotaban en la superficie; en último caso, para rescatar a los que se habían ido al fondo, debía usar un colador para atraparlos y convertirme en héroe al evitar esa tragedia que se producía en dos tiempos y dos lugares, en dos dimensiones. Podía atestiguar ese hecho, intervenir en él, modificarlo. Entonces hallé una cuchara y la sujeté con firmeza. El Titanic estaba en posición vertical y a punto de hundirse, de perderse para siempre en las profundidades de mi vaso. Quienes nadaban en el refresco, sin esperanza de auxilio, morían pronto debido a la temperatura congelante que el hielo suministraba. Con la punta de la cuchara rompí la superficie para rescatar a los agonizantes pero Andrea, ya de regreso, me arrebató el vaso: “Dame un trago. Me muero de sed”. Y no sólo fue un trago, sino que se acabó el refresco de un jalón, presa del calor que flotaba en la atmósfera de la casa, y se bebió el Titanic, a sus náufragos y toda posibilidad de ayuda o investigación. Por entre sus dientes y sobre su lengua se perdió la historia, el naufragio anunciado que pudo evitarse para gloria mía y maravilla del mundo. El Titanic yacería en el estómago de Andrea, luego en su vejiga y después quién sabe.

Desde esa noche, Andrea se me figura a esas botellas que guardan en su interior un barco sin que nadie logre explicarse cómo pudo entrar ahí. Y, por supuesto, Andrea no sabe que ella misma es una de esas botellas.

Rincón de Cobo

No lejos de donde,
apilados unos sobre otros,
viven los hombres su decadencia
de colmenas verticales
—erigidas en la tóxica yuxtaposición de vidrio, muro y escalera—,
se obstina un vergel secreto,
desafiando la “prosperidad” del mono más audaz.
Allá las cortaderas danzan la coreografía que les susurra el viento
y un rumor salado que viene del este
impregna esos pagos con la música y el sabor del mar.

A la vera de una transitada ruta, al final de un caminito al costado del mundo, parteaguas es una tranquera; luego huella y después médanos: altares móviles, tortugas gigantes de arena. Rodeadas de marisma y de ciénaga. Milenario ecosistema.

Último refugio de naturaleza autóctona costera.

En esa pausa del opresivo cemento,
he visto al brujo búho con el cuis entre las garras,
al tuco tuco correr entre las matas,
y al ígneo rey robarme el sueño en las mañanas.

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Duérmete mi niño

Luna estaba por entrar a la adolescencia, pero tal vez por desnutrición temprana aparentaba ser más joven. Ni ella misma sabía la edad que tenía, mucho menos recordaba el día de su cumpleaños.

Cerró la ventana para calentar la habitación y en ese instante el viento trajo consigo el aroma del campo. Por primera vez después de mucho tiempo sonrió. Aquel olor venía cargado de buenos recuerdos, los días felices. Se sentó en una vieja mecedora que su tía le había provisto junto a su pequeña cama y una mesita. Los párpados le pesaban, hacía semanas que no lograba dormir más de dos horas seguidas. Se abrigó con el viejo rebozo; le hizo añorar los pesados brazos que solían apretarla con cariño. Sin darse cuenta comenzó a tararear en la mente la canción que su madre le cantaba para dormirla, se dejó llevar por el cansancio y cerró los ojos.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar…

Luna estaba en un campo verde, el sol le calentaba las mejillas y ella corría alegremente hacia los brazos de su madre.

La gruesa puerta de madera rechinó al abrirse, lo que provocó que volviera a la realidad de un salto.

—Ay mija, ¿te desperté? —Le susurró Clementina. Luna se limitó a negar con la cabeza.

—Aquí te traigo al niño. Está recién bañado. Ya tomó dos onzas de leche, asegúrate de que se tome el resto —dijo su tía con voz bajita mientras acostaba al bebé en una pequeña cuna de madera.

—Tienes que poner más atención con la criatura, a veces hasta yo la escucho llorar. Si tu tío se despierta, ¡la que se nos arma a las dos! Ya sabes cómo es. —Clementina se descolgó un pequeño morral y acomodó unos pañales en la mesita. Luego sacó un biberón y se lo extendió a Luna.

—Ya ves como me costó trabajo que me diera chance de que ustedes se quedaran con nosotros. Ya con saber que tenemos que alimentar dos bocas más anda como fiera, ahora imagina si no lo dejan dormir —Luna se limitaba a escucharla con vista puesta en el suelo

—Tú solamente tienes que encargarte de él en las noches. Además, este angelito se arrulla sólo con que le cantes una canción —al ver que la niña no respondía, Clementina suspiró angustiada.

—Ay niña, ya ha pasado mucho tiempo, es hora de que empieces a hablar. Dios sabe que en esta casa todos extrañamos a tu madre. Sí, no creas que no entiendo tu tristeza, pero ¿qué quieres que yo haga?  Yo paso toda la mañana de arriba para abajo con él y haciendo mandados de mi patrona.

La mujer se limitó a mover la cabeza al ver que no obtendría respuesta. Le echó una última mirada al bebé que dormía tranquilo en la cuna, se cerró el chal con fuerza y salió de la habitación con cuidado de no hacer ruido. Apenas se marchó, el niño comenzó a quejarse.

Luna se acomodó en la mecedora, hubiera querido cantarle aquella canción con la que la arrullaban de pequeña, pero la voz decidió apagársele desde aquel día… Suspiró resignada y se limitó a mover la cuna con el pie. El rechinido del vaivén de los muebles la arrulló.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo…

Volvió al sueño anterior, pero ahora el prado estaba repleto de diminutas margaritas amarillas. Ahí estaba Ernestina, su mamá, sonriente como de costumbre, recogía flores y las guardaba en su rebozo. Luna corría y se llenaba los pulmones de aire puro impregnado con los aromas del campo. La abrazó con fuerza.

—Prométeme que siempre vas a cuidar de tu hermanito —le dijo dulcemente Ernestina acariciándose el abultado vientre.

—¡Siempre, siempre! —gritó Luna emocionada.

Repentinamente un estruendo como aullido de gato golpeó en el pecho de la pequeña. Los verdes campos se cubrieron de una nata espesa. Su madre yacía en una cama emitiendo sonidos que Luna no había escuchado jamás. Clementina le pedía que aguantara, ya venía el médico. Y exprimía toallas ensangrentadas en una cubeta.

—Veo algo, ¡ay dios mío! Son piecitos, espera. ¡No pujes! —Miró a la pequeña Luna y le ordenó—. ¡Reza niña, reza!

Los gritos de su madre le erizaron la piel. Quiso correr a abrazarla pero no encontró fuerzas para moverse. Se quedó petrificada en el piso donde permaneció todo el tiempo echa un ovillo, tapándose las orejas con las manos. Intentó gritar, pero la voz no le salía, exhaló con fuerza y abrió los ojos en la penumbra.

Luna despertó. Estaba de regreso en el cuarto, seguía tapándose los oídos, pero el agudo llanto no cesaba. Era el bebé que se desgañitaba con la fuerza de un animal herido.

Luna se talló los ojos y golpeó la cara con las palmas. “Despierta, prometiste cuidarlo”, se dijo. La escuálida niña se incorporó y levantó con cuidado al pequeño que no daba tregua al llanto, lo meció sin descanso, paseándose en círculos por la recámara. Trató de darle el biberón, pero el pequeño lo aventó con fuerza. “Si tan sólo pudiera cantarle una canción”, pensó Luna. Trató de emitir algún sonido, pero era como si el bebé le hubiera robado sus cuerdas vocales y aullara por los dos. Luna siguió arrullando al niño, de tantas vueltas, le pareció que haría un surco alrededor de la cuna. Cada vez le era más difícil levantar los pies, como si tuviera zapatos de plomo. Le dio la impresión de que en algún momento el piso se vencería y caería al abismo. Parpadeó.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar…

Luna cayó por un túnel sin fondo. Ernestina la miraba desde arriba, ya no sonreía, pero tampoco lloraba. Se limitaba a cantarle una canción que ella no podía escuchar. La pequeña luchó por detener la caída, pero por más que lo intentó no encontró nada de lo que pudiera asirse. Sintió un vacío hondo en el estómago y enseguida un dolor sordo en la cabeza.

Despertó de espaldas en el suelo, con el niño todavía en brazos. De tanto llorar, el bebé se ahogaba con sus propias flemas. Luna se arrastró hasta la cama, acomodó la pesada carga sobre el colchón. Trató una vez más de darle la leche, pero el pequeño agitaba el cuerpo desconsolado, tenía el rostro casi morado y tan hinchado que Luna tuvo miedo de que se le salieran los ojos por el esfuerzo.

Luna tomó el rebozo, envolvió al niño con paciencia y se lo amarró al pecho. Le pasó por la mente que el bebé había duplicado su tamaño durante la noche, le resultaba más pesado. “Te prometo que lo voy a cuidar, mamá”, pensó. Se sentó en la pequeña mecedora y comenzó a moverse bajo un lento compás. “Dormir, dormir, lo único que necesitamos los dos es dormir. Mañana todo estará bien, ya lo verás”, quiso decirle, pero sólo escuchó el chillido  agotado y ronco de la criatura.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar,

somos una llama en el invierno…

Los aullidos de perros callejeros la escoltaban por un camino de terracería. Se miró  los zapatos rotos llenos de tierra, apenas reconoció el color de sus piernas morenas bajo la manta de polvo blancuzco que la cubría. El gemido de los perros se confundía con los llantos y cantos de Clementina y otras señoras del pueblo que caminaban pasos atrás. Al frente, unos hombres que no reconoció cargaban una caja de madera barata. Los hombres pararon para esperar a Clementina, quien acomodó con mucho cuidado flores dentro de la caja. Antes de cerrarla, se volvió hacia Luna y le preguntó con la voz entrecortada —¿Quieres despedirte de tu mamá?

La tierra se le metió en la garganta y no pudo hablar. Un líquido helado la recorrió por dentro.

Luna tosió con fuerza. Se apretó al bebé que insistía en romperse el gaznate, le acarició la manita pálida, le arregló el cabello con ternura y lo llevó amarrado en el rebozo hasta la cama. Se envolvió en las cobijas y presionó la pequeña carita empapada en lágrimas contra una almohada. Sintió el último esfuerzo del pequeño por zafarse. Se acostó encima dejando caer el peso del cansancio sobre el mullido cojín… Se hizo el silencio.

Escuchó la dulce voz que tantas veces le había cantado en el pasado. Ernestina la envolvió con el rebozo lleno de diminutas flores amarillas y Luna cerró los ojos para al fin dormir.

Vamos a besar la nieve y vamos a volar,

vamos a besar, este cielo,

nada, nada, nunca nada nos va a separar,

somos una llama en el invierno.

Le pedí al señor que me diera un amor nunca pensé sería tan profundo.

Duérmete mi niño duérmeteme ya…

Sobre la autora:

Periodista mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura. Asiste al taller literario de desarrollo de obra de Gabriela Guerra.

Bailarina de verde

En familia

La primera vez que entré a un club como este mi mamá se estaba meando. Ante la puerta verde con luces de neón dudó por un instante, pero el cuerpo pudo más que su prudencia.

El guardián nos detuvo, cerbero inmutable:

‒Sabes las reglas. La niña no puede entrar.

‒Pues no la voy a dejar aquí afuera sola y con este frío. Es una emergencia ‒la voz confirma las palabras, el gesto apuntala la urgencia del momento‒. No va a dar ningún problema y de verdad, de verdad, me estoy meando.

Le ofreció un billete y redobló la angustia del rostro. El hombre dudó medio segundo, agarró el papel y se hizo a un lado. Mi madre me colocó junto al marco interior, hincó rodilla en tierra y me dijo al oído:

‒No te muevas de aquí por nada del mundo. Regreso enseguida.

He pensado mucho en esa noche y no entiendo por qué me dejó allí. Quizá le preocupaba más el espectáculo del baño, ocultaba un secreto que se haría frágil en el lavatorio, o ‒simplemente‒ no se le ocurrió llevarme con ella. ¿Quién sabe? Cuando uno “de verdad, de verdad” se está meando no piensa con claridad. A mí también me pasa.

Desde mi estatura de cuatro navidades, veía el lugar donde nacía la música. Sobre una mesa de tamaño exagerado, bailaba una mujer. Gorro rojo de borde y pompón blancos, traje verde bañado de lentejuelas doradas. La debí encontrar encantadora, porque pensé “Parece una mariposa” y en ese entonces adoraba a las mariposas.

Cuando mi mamá regresó, le dije, convencida:

‒Ya sé lo que quiero ser cuando sea grande.

‒Ah, ¿sí? ¿Y qué quieres ser?

‒Mariposa bailarina ‒respondí, levantando mi mano, índice en ristre.

Ella se echó a reír.

‒Vámonos de aquí, es tarde y tengo que hacer la cena.

Mientras cocinaba un pollo flaco y pálido, repetía:

‒La Navidad es para pasarla en familia.

A mí no me interesaba el pollo y del concepto Navidad solo entendía que ese día venía con regalos.

‒Para la siguiente quiero un traje de bailarina ‒dije, con el oso de peluche de aquel año entre mis brazos.

‒Ya veremos.

La siguiente Navidad, y las de otra década completa, se mantuvo la tradición de reunir a la familia. Toda ella. O sea, mi madre y yo en un país extraño, sin nadie más con quien compartir el mustio pollo. Cada año yo repetía la petición, inmutable en mi propósito. Mi madre ‒ojos en blanco‒ maldecía su vejiga.

Tenía quince cuando me regaló el gorro. Salté como resorte.

‒Es idéntico, es idéntico, es… ‒repetí hasta quedarme sin aliento.

Con él en la cabeza, bailé al ritmo de una música desdibujada en el recuerdo. Vino acompañado de una barba, anacrónica en mi fantasía. Mi madre insistió en que era más apropiada en estas fechas que un traje de tela escasa y corte ajustado. La amarré a mi cintura, imitación de minifalda. Estaba segura de que el gorro mágico me hacía flotar en el aire y concedía a mis movimientos una gracia inigualable. La ondulación de mis caderas peludas confirmaba la ilusión.

Cualquier sueño era posible. Esperanzada, pensé que quizá ‒si demostraba mi talento‒ al año siguiente se completaría el ajuar. Tendría que dedicar un rato cada día a ensayar las sinuosas convulsiones. Así lo hice, sin faltar ni una sola vez a la rutina autoimpuesta. Mi madre no estaba impresionada y enflaquecía a ritmo alarmante. Yo la veía más bonita, más elegante. Ella maldecía más que de costumbre y ‒cada tanto‒ pateaba las paredes.

Con la fragilidad que suele acompañar las ilusiones y la rudeza con que despierta la inocencia, llegó la siguiente Navidad. Ese año no hubo traje, ni baile, ni pollo, ni cena en dueto familiar. El club era un detalle intrascendente; la danza, una rutina sin sentido; la fecha, un día más de ese año absurdo. Pasamos la noche tomadas de las manos, rogando por un regalo milagroso. Que se fuera a la mierda el tumor aferrado a su vejiga. Ofendido por tantas maldiciones, el órgano había tomado venganza.

Hoy de nuevo es 24 de diciembre. Solo somos yo y el pollo flaco, que malcocino en memoria de mi madre, mientras repito en voz alta, con los pies clavados en el piso:

‒La Navidad es para pasarla en familia.

La frase se me atora en la garganta. Decido que, sin importar mis habilidades culinarias, no quiero cenar sola. Tampoco quiero comer un pollo amargo, espejismo de una tradición que ya no existe. Lo meto en una bolsa. Camino por las calles. Encuentro a un vagabundo que conversa con su perro. Otra familia de dos miembros perdida en una ciudad indiferente. Les entrego la bolsa y me alejo. Me alcanza un “Gracias, muchas gracias”. Asiento de gesto y lamento ser tan mala cocinera.

No soy consciente de mi rumbo hasta llegar a una puerta verde. Esta vez nadie impide mi entrada. Creo que el gorro desgastado me regala la edad que necesito. Me paro en el mismo lugar de aquella noche. La mesa se ha encogido, la música dejó de ser alegre, las luces iluminan con desgana. Sin embargo, la bailarina sigue allí. Podría jurar que viste la misma ropa, marca pasos idénticos, repite cada giro, intocada por el tiempo. Mi corazón se acelera.

Me acerco y la mariposa se deshace. Ahora puedo ver un rostro triste, ojos cansados, el hastío esponjando la piel, borrando su tersura. Lo que de lejos parecía una sonrisa, es una mueca contenida. El olor fuerte, enrarecido, mezcla inusual de cebollas con alcoholes. El traje bordado de remiendos, las lentejuelas sostenidas por hilachas. Quiero gritarle que se detenga, que pare la burda pantomima, que busquemos un lugar donde las mariposas vuelen adorables, etéreas, intangibles. Le quiero pedir que huya conmigo a un lugar amable y silencioso donde esperar, juntas, la siguiente Navidad. En familia.

Friedrich Hölderlin

Entrevista a Scardanelli

   Terminada la breve reunión con el director de la revista, cerré la puerta de su despacho y me quedé un rato del lado de afuera, aferrado al picaporte, con la mirada perdida en los nudos de la madera. No podía dar crédito a su propuesta.
 

   Quiroz me preguntó, sin pestañear siquiera, si estaría dispuesto a viajar a Alemania para entrevistar a Hölderlin. Lo primero que pensé fue que se trataría de algún lejano descendiente del poeta. Pero al manifestarle esta suposición, su respuesta fue desconcertante: “no, quiero que vayas a hablar con Johann Christian Friedrich Hölderlin”.

   Mis más que justificadas objeciones, donde me extralimité con un, “¿está usted borracho?” —eso sí, dicho con mucho respeto—; junto a un escepticismo cargado de ironía, fueron debidamente acallados con un cheque de seis cifras más viáticos. Y todo aquello, reforzado por la circunstancia de que el pago era por anticipado y sin cláusulas: no había forma de que me exigieran un reembolso si el disparatado encargo terminaba siendo un fiasco. Así que decidí, sin dejar de sentirme un poco ridículo, aceptar el trabajo de entrevistar a un fantasma.

   Tres meses después de aquel encuentro con Quiroz, un 22 de julio, aterrizaba en Stuttgart donde me esperaba un chofer para llevarme, a través de cuarenta y cinco kilómetros de autobahn, a la ciudad erigida a la vera del río Neckar, Tubinga.

   En la zona de arribos, Sebastian sostenía un cartel improvisado en hoja A4 donde se leía, mal escrito y en apurado garabato, mi nombre: “Mr. Fernandes”. 

How was your trip? —preguntó el rubio grandote. 

— Nicht schlecht —contesté en un rústico alemán. El tipazo me devolvió una sonrisa repleta de dientes. 

   Salimos del aeropuerto y caminamos hacia uno de los estacionamientos más alejados. De entrada, Iba a llevarme la primera gran sorpresa del viaje. Lo supe, en seguida, cuando llegamos al auto: un Delorean gris. 

   Ahora bien, me imagino lo que el lector estará pensando en este momento… ¿cómo llegó un auto americano de los setentas al Baden-Wutemberg del siglo XXI? A mí también me desconcertó.

   Minutos después dejamos atrás el flughafen y emprendimos la marcha hacia nuestro destino. Por alguna razón que no llegaba a comprender en ese momento, y a pesar de que transitábamos sobre una autopista sin límites de velocidad, Sebastian estaba muy pendiente del tablero. Cada vez que la aguja del velocímetro se aproximaba a las 88 mph, levantaba el pie del acelerador. Además, simultáneamente, en un gesto casi automático, miraba para atrás, adonde centelleaba una especie de circuito luminoso en forma de ”Y”.

   Después de treinta minutos de viaje, tras una serie de curvas y contracurvas, divisamos la silueta de Tubinga recortada sobre el cielo ocre de aquel caluroso atardecer. El río y sus meandros que nos acompañaran en los últimos kilómetros reapareció en forma de canal dentro de la ciudad, franqueado por edificios angostos de colores alegres y no más de cuatro o cinco pisos de altura. De pronto, ya rodeados de autos, transeúntes y ciclistas, sin mediar advertencia alguna, el chofer puso todo el peso de su pierna derecha sobre el pedal y mi espalda se fundió contra el asiento. Solté, en acto reflejo, una queja espasmódica, y en medio de la brusca maniobra, quise decirle algo en alemán, pero me trabé y lancé un difónico chorro de improperios: “¡¿qué haces, trastornado?!”, “¡Ay, mierda!”. Revoleando los brazos en busca de un apoyo adicional, le clavé las uñas en el antebrazo derecho y, de reojo, atiné a mirar la aguja en el tablero que, ni bien tocó las 88 mph, justo antes de chocar contra una panadería, emitió una luz blanca de intenso brillo que lo cubrió todo: sentí arenisca dentro de los ojos. De inmediato, una brusca desaceleración me despegó del asiento y tuve que usar las dos manos para evitar que mi cara terminara dentro de la guantera. La fugaz, pero también interminable, tortura culminó con un estruendo que me tañó los tímpanos con crueldad. Cuando recobré la visión, circulábamos por un camino de tierra, más bien una huella. No había rastros del cartel gigante en forma de bretzel que casi nos llevamos por delante. El asfalto, los autos y semáforos habían desaparecido y pude constatar, al borde del colapso, que la ciudad se había reducido a un puñado de viviendas, poco más que un caserío.

   Minutos después, todavía aturdido, el traqueteo del auto sobre una calle de adoquines disimulaba mi propio temblor. Nos detuvimos frente a una casa de estilo medieval. Sebastian salió del auto, hizo un rodeo, levantó la puerta ala de gaviota y, señalándome la entrada a la torre, me dijo: ”Hölderlin lo espera”.

Tubinga

   El anfitrión, un viejo orondo de nariz colorada como su camisa a cuadros, que calzaba botas de cuero altas y tiradores, me invitó a pasar y dijo que me anunciaría. Me quedé mirando un hacha enorme colgada en la chimenea del hogar. Al cabo de unos minutos, volvió y me indicó el camino a la habitación del poeta. 

   Recorrí un largo pasillo de paredes austeras y piso de madera, una efímera peregrinación si se tiene en cuenta que estaba a punto de conocer a Scardanelli. “La tercera”, gritó el leñador desde la otra punta del pasillo. Golpeé dos veces y me indicaron desde adentro que pasara. El cuarto era amplio y tenía tres ventanas rectangulares. Estaba atiborrado de muebles que hacían las veces de anaqueles. No había uno que no sostuviera varias pilas de libros. El único objeto libre del peso de las palabras era un piano de cola negro.

   Hölderlin, que sostenía un violín como a un niño de abeto parido por un lutier, y miraba hacia fuera junto a una de las ventanas, giró sobre sus talones y con grandes y ruidosas zancadas se acercó a estrecharme la mano. 

   Después de las presentaciones de rigor me preguntó dónde quedaba Buenos Aires. Le contesté: “en un mapa que todavía no se trazó”. 

   Ya sentados uno frente al otro, prendí mi grabadora y comencé con las preguntas. Mejor dicho, iniciamos después de que hubo examinado por largos minutos al aparato y yo le mostrara los principios básicos de funcionamiento.

Fernández: ¿Cómo se siente? Escuché que ha sufrido ataques de pánico.

Hölderlin: ¿Dónde escuchó tal cosa? 

F: —Dudé un segundo antes de responder—. Lo leí en una biografía suya. 

H: Todos los pasajeros que trae Sebastian me hablan de biografías— protestó resignado—. Sí, al parecer padezco de un trastorno mental que se manifiesta esporádicamente. El asunto es que pierdo la consciencia durante estos ataques, con lo que para mí solo existen en la mirada turbada de los testigos cuando vuelvo del viaje delirante de los trances.

F: ¿Cree que esta dolencia tenga algo que ver con Susette Gontard? —Diottima en sus poemas—. 

H: Vaya, esa biografía ha de ser bastante indiscreta. Creo que es difícil soportar la desgracia, pero mucho más lo es soportar la felicidad. Ahora, respondiendo a su pregunta: no, no creo que tenga nada que ver con ella. 

F: Si bien la estancia está colmada de libros, se puede ver el paso del tiempo en sus tapas cubiertas de polvo ¿Es que acaso no los lee?

H: Me dedico a la música, a tocar el piano y el violín… he dejado de escribir y leer. De hecho, he desarrollado cierta aversión a la lectura. La encuentro demasiado racional ¿Qué son las acciones y los pensamientos de los hombres a lo largo de los siglos frente a un solo instante de amor? 

F: ¿No se aburre?

H: No, todo está en nosotros. 

F: Usted dijo alguna vez: “Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable…” ¿Sigue pensando así? 

   Hölderlin se levanta, se sienta frente al piano y comienza a tocar una melodía que enseguida reconozco: la Novena Sinfonía de Ludwin. Cierro los ojos y disfruto de su brillante interpretación, aunque un pensamiento me perturba, “¿no estaré muerto?”. En eso estaba, peleando contra esa idea, en el momento en que yerra unas notas, y mis manos se enrollan como cuando una tiza patina chirriante sobre el pizarrón. Lo que al principio pareció una torpeza, se transformó en un aporreo sistemático a puño cerrado. El lustroso rostro negro del piano se sacudió ante cada puñetazo: la imperturbable víctima perdió algunos de sus dientes de marfil, y en los altos cielorrasos de la estancia reverberó la súplica desafinada de su tortura. Hölderlin gemía y tiraba de los blancos cannolis que se agrupaban de a tres a los costados de su plateada peluca, que terminó por arrancarse. El casero entró y lo abrazó con fuerza desde atrás; entonces, comenzó a repetir un mantra mientras se balanceaba con el otro haciendo de pesada mochila: “El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga. El hermoso consuelo…”. Fueron unos minutos de sufrida incertidumbre, pero el poeta-pugilista, que arrodillado en el suelo con el gordo encima parecía un inmenso caracol, fue aminorando el pendular movimiento de su angustia hasta quedar quieto con la mirada clavada en el suelo.

   Ya había recogido mis cosas y, apurado, traspasé el umbral de la puerta. Me estremecí por su gutural declamación: “¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.

   Atrás quedó Tubinga, y el camino de tierra transmutó en autopista después de que el Delorean alcanzara la velocidad precisa de 88 mph. Desafortunadamente, la reciente experiencia viajando a través del tiempo no moderó mis padecimientos, aunque esta vez me cuidé de no insultar al teutón. Sebastian me dejó en el aeropuerto para luego ir, según me contó, a visitar a un tal von Thaler que necesitaba su ayuda para sacar clandestinamente de Alemania a un amigo judío llamado Jacobi y a su esposa Eva. Tenía un largo viaje hasta el Berlín de… 1942.

   De vuelta en Buenos Aires, como habría de esperarse, la charla con Hölderlin pobló las horas de mis días; la revivía una y otra vez. Me tomó tiempo volver a tener un sueño sereno, una dieta normal, una rutina. A veces, me pasaba largas horas del día en los bosques de Palermo, abrazado a los árboles, sin pensar en nada…

MACABRA NAVIDAD

El comisario Aldújar baja del coche frente a la puerta de la casona. Se afina los bigotes encanecidos, los tornea con sus nudillos. Una acción minúscula, dilatoria; una pausa efímera que brinda un respiro a la ansiedad. Escupe el piso, pero el viento desvía el gargajo hacia su pantalón. Putea, claro. Saca un pañuelo y se limpia. “Esto empieza mal”, predice, con una risita que muere casi al nacer.

     Camina sobre la alfombra oscura que proyecta la casona, cuyo lado opuesto debería estar empapado en luna llena. Antes de que logre divisar el timbre, se acercan tres tipos que parecen extraídos de un casting para sicarios. Lo pechean. Lo arrinconan. No parece importarles la credencial ni la culata de la Browning que nerviosamente exhibe el comisario en su cintura. Sólo uno de ellos, de aspecto oriental, es el que lleva la voz cantante. Y no precisamente para cantar, sino para lanzar una metralla de preguntas que parecen provenir de la Uzi que lleva colgada del cuello. ¿Quién mierda sos? ¿Quién te manda? ¿Qué querés aquí?

     Aldújar no sabe si responder sumisamente a cualquier pregunta de la que pueda agarrarse, o sacar el arma y hacer pesar su condición de policía, con el riesgo de exponerse a un tiroteo claramente desigual. La suerte le ahorra ese debate interno. Una voz metálica vibra en el portero eléctrico. Una voz suave, sin asperezas pero a la vez autoritaria, como la de un animador de fiestas infantiles. La orden desactiva los malos modales de los sicarios. Se transforman en mayordomos atentos que le franquean la puerta con una sonrisa de compromiso, no sin pedirle cortesmente que deje la pistola antes de entrar. “Reglas de la casa”, le informan. Y puesto que no porta una orden de allanamiento, el comisario accede.

     Un largo jardín precede a esa única edificación erigida en la manzana. A continuación, otra puerta se abre como por arte de magia, al ritmo de una chicharra. Una multitud de lucecitas intermitentes, que provienen de un frondoso árbol de Navidad, escoltan su paso por el living. El propio general Reverde viene a recibirlo. De unos cincuenta años, barba casi enteramente blanca que contrasta con el delantal, también blanco, pero con grandes manchones rojos. El general adivina la impresión que ese detalle provoca en el comisario.

   —Sí, es sangre –aclara—. Estoy trozando los pollos para cocinarlos en Navidad.

   —Entiendo –dice Aldújar.

     Luego de estrecharse la mano, el comisario carraspea.

   —Me envía el jefe de policía –explica—. Tengo orden de apoyarlo en… eso dijo, apoyarlo. Pero no me explicitó en qué tema.

   —¿Cómo qué tema? Pero, comisario. Todo el mundo habla de eso. Los malditos golpistas.

     Aldújar frunce el entrecejo, desconcertado.

   —¿Golpistas?

   —Usted sabe que soy el presidente de la sociedad de fomento del barrio. Lo sabe, ¿verdad?

   —Mno… La verdad que…

   —El problema es que unos cuantos vecinos se han confabulado para derrocarme. Revanchistas. Vendidos. No toleran mi éxito en la gestión. Dicen que no he colocado ni una sola cloaca en el barrio. Como si las cloacas fueran tan importantes.

   —Pero, ¿lo han amenazado? ¿Lo han atacado o invadido su propiedad?

   —¡Jamás se animarían esos cobardes! Pero hacen algo peor. Murmuran. Murmuran en contra mío. Murmuran tan fuerte que los oigo desde mi dormitorio. Toda la noche murmuran. ¿Cómo puede ayudarme?

     El comisario se rasca la cabeza, perplejo.

   —Es que, si no hay nada concreto que hayan hecho…

     El general mira su reloj.

   —Se me hace tarde. Tengo muchos pollos que faenar. ¿Me acompaña?

     Y sin esperar respuesta, se introduce en un pasillo. Aldújar no tiene el menor interés en seguirlo, pero sabe que el jefe de policía está pendiente de ese encuentro. Su obsecuencia policial lo lleva hasta una sala refrigerada. El aire gélido le produce un escalofrío, pero no es la temperatura lo que le hace temblar las piernas, sino lo que ve. Sobre una mesa metálica, el cuerpo inerte de un hombre, desnudo, con el vientre abierto y las vísceras a medio salir. El general toma un cuchillo grande, de esos que se usan para cortar un costillar, y sigue abriendo el cuerpo hasta separarlo en dos hemisferios. La sangre chisporrotea al paso del filo.

   —Caramba –dice Reverde observando con sorna al comisario—. Se me ha puesto pálido.

   —Yo… yo no sabía que usted… hacía trabajos forenses. Me refiero a… bueno… una autopsia en su propia casa.

   —¿Autopsia? –El general lanza una carcajada—. Tiene un gran sentido del humor, comisario. –Y repite meneando la cabeza—: Autopsia.

     Aldújar siente que le sobreviene una oleada de náusea, la misma náusea que le provoca subirse a un bote; con esfuerzo logra controlarla. Suspira y el olor pútrido de la sangre lo impresiona aún más. Reverde puede adivinar cada una de las sensaciones de su interlocutor.

   —No sé por qué se impresiona tanto, comisario. ¿Nunca antes había visto faenar un pollo?

     El policía lo mira entre sorprendido y asqueado.

   —¿Pollo? ¿Llama usted pollo al cadáver de un hombre?

   —¿Se refiere a esto? Ah, sí. Esto fue un hombre. Ahora es un pollo.

     Aldújar estalla sin proponérselo.

   —¿De qué habla, loco de mierda?

   —Tranquilo, comisario. Déjeme explicarle. Este cuerpo corresponde al que fuera uno de mis vecinos más intolerantes. El que más fuerte murmuraba. Eso hacía, antes de que se convirtiera en pollo.

     El policía extrae con mano temblorosa su celular, y trata infructuosamente de embocar los números que lo conecten con la brigada. Su intensión es pedir un móvil para arrestar al general y sus sicarios.

   —No se moleste comisario. Aquí no hay señal.

     Aldújar casi pierde el equilibrio al notar que el general está muy cerca de él, apuntándole a la cara con una birome.

   —¿Sabe lo que es esto, comisario? ¿Sabe lo que es?

   —Una… birome –atina a balbucear Aldújar.

   —Correcto. Una birome, con un poder mágico. Me la trajo un pajarito en un día de sol intenso, un día de brillo resplandeciente, de esos que presagian el nacimiento de la patria grande indo europea. Pero no entremos en detalles. Le decía que es una birome mágica. ¿Me entiende?

   —Sí… Sí, claro.

   —Si lo toco a usted con la punta de la misma, si le marco un poco de su tinta, usted se convierte de inmediato en un pollo. Y yo no tendría más remedio que faenarlo.

     Justo en ese momento el comisario descubre que la otra mano de Reverde sostiene el cuchillo que casi le roza el vientre. El brillo de la hoja parpadea bajo la potente luz del techo. El efecto en el comisario es devastador. Su cuerpo se paraliza, se congela, al punto que su propia respiración le resuena como el estallido de un volcán.

     El general se descascara de risa y coloca un capuchón a la birome.

   —Tranquilo, Aldújar. Si a usted lo manda el jefe de policía para ayudarme, significa que usted es de los nuestros.

   —Sí sí. Soy de los nuestros. Digo… soy de ustedes.

     Ni aun la amable aceptación de Reverde logra relajar el cuerpo balcanizado del comisario, que aun tiembla por partes, desbordado, sin el menor atisbo de control. El general lo toma del hombro y lo va llevando hacia una puerta de metal.

   —Escuche, comisario –le dice, afable, como quien le habla a un viejo amigo—. Todo lo que necesito de usted es que vea la forma de justificar la granja.

     Aldújar sólo entiende la palabra “granja”, pero no tiene idea de lo que pueda significar en boca de Reverde. No tiene voluntad siquiera para preguntar. Sólo se deja llevar hacia el interior del cuarto tras la puerta de metal. Y, curiosamente, el cuadro que se le revela ni siquiera lo impresiona. Ver esos cuerpos humanos colgados como reses de unos ganchos carniceros le parece tan natural como ir al supermercado a comprar medio kilo de osobuco. Sus sentidos están anestesiados por el horror. El miedo a terminar siendo una de esas reses, o pollos, como los llama Reverde, le bloquean todo razonamiento crítico. Ya no es un policía. Ni siquiera el hombre que fue antes de ser policía.

     Al notar la cara inanimada del comisario, Reverde siente la necesidad de ser más claro.

   —En concreto, lo único que pido de usted es que invente algo, un accidente, no sé, algo que explique la desaparición de estas expersonas. Para que a los familiares no les de por hinchar en los medios. Pueden ser muy fastidiosos. ¿Me explico?

     El comisario apenas puede asentir con la cabeza, su boca entreabierta le dan un aspecto casi bovino.

   —¡Muy bien! –festeja Reverde—. Ahora vaya a su casa, ni bien tenga un plan de acción me llama. Y no se preocupe. Lo voy a recomendar con el jefe de policía para una promoción. Ya verá, soy muy generoso con los nuestros.

   —Sí… de ustedes… –alcanza a decir Aldújar.

     Y cuando ya se está retirando lo detiene la voz del general.

   —¡Espere! ¡Llévese esto! —El comisario se deja poner una bolsita entre las manos. Reverde sonríe—. Para la cena de Nochebuena, disfrútelo con su familia.

     Aldújar observa a través del plástico transparente una mano humana, regordeta, aún con pelos en la base de cada dedo, y algo de tierra bajo las uñas. Se le ocurre que sería muy rica con papitas al horno.

Eva Perón

Lágrimas en mármol

La historia me llegó por medio de un viejo relato familiar que mi abuelo solía contar cuando yo era chico. Fallecido mi abuelo la versión quedó en el olvido –así solemos querer mitigar el dolor de la muerte–, sólo recordaba algunos fragmentos. Recurrí a mi padre para poder rearmar la totalidad de la historia. No sin algunas incoherencias me dio varios detalles que yo no registraba y una acertada sugerencia.

—Si me preguntas, te digo que el abuelo mentía. Había montado toda esa historia de la imagen de Evita que lloraba cada 17 de octubre sólo para hacerse el misterioso. Creo que la contó tantas veces que terminó por creerse el asunto. Y por lo que veo a vos también te convenció.

—¿A vos, no? ¿Nunca pensaste que tal vez…?

—Por favor, Germán. ¿Cómo podés creer en eso?

—¿Acaso la estatua de Gardel no aparece en cada aniversario con un cigarrillo en la mano?

—No es lo mismo, en ese caso una mujer le coloca el cigarro.

—Eso lo decís vos ¿No puedo entender que creas eso? – dije esto último en forma irónica.

—Mirá Germán, habría que ver si Leone Tomasi trabajó con el tal Battaglini, del que hablaba tu abuelo y después…

—Y después de confirmar que el abuelo no mentía.

En los registros de la biblioteca Nacional pude averiguar los detalles de cada escultor que trabajó en el proyecto que encabezó Tomasi. Battaglini, fallecido en el 1962, había participado en él, creado dos de las imágenes que engalanaba la Fundación Eva Perón. Sin embargo, averiguar sobre Battaglini, su paradero, se volvió complicado. Pedí información en el Registro Nacional y debí llenar formularios y juntar paciencia. Asistí varios meses hasta que finalmente obtuve los datos. La familia seguía residiendo en Arrecife, nunca se habían mudado de allí.

Hice mi valija y viajé hasta esa localidad. Era una casa amplia, me recibieron Juan y Leonor, junto a su hija Milagros. Leonor era descendiente directo del escultor. La casa era una mansión algo venida a menos, instalada en medio de un gran parque donde algunas esculturas, firmadas por Battaglini, se mezclaban con los arbustos y árboles. En un banco de madera, observé sentada a una mujer anciana. Supuse que era la esposa de Battaglini, la saludé levantando la mano pero ella pareció ausente.

Leonor mostró cierta desconfianza a la hora del diálogo, demoró en hacerme pasar a la propiedad, pero finalmente lo hizo. De a poco la charla fue ganando en intimidad.

—Mire, muchacho, mi padre sufrió mucho por la esculturas de la Fundación y en especial por esa de Eva que tenía instalada aquí, en el jardín. Yo era chica cuando una tarde volví del colegio y vi el camión militar que se iba.

—La estatua existió, entonces –me alegré.

—Déjeme terminar. Acá, en esta misma casa, vino el Almirante Rojas. Mi padre supo contar varias veces que el “Petiso”, así lo llamaba, se volvió loco cuando vio la escultura. Se le acercó, sacó el revolver y delante de mi padre, le propinó tantas balas que solo quedaron escombros.

—Pero…

—Después ordenó a los soldados que juntaran todo y lo metieran en el camión.

—Entonces la estatua existió.

—Sí, existió, tiempo pasado. Ya no hay nada de ella, venga, mientras le termino de contar le muestro el lugar del jardín donde estaba.

Fuimos a metros de donde estaba la anciana, Leonor, me tomó del brazo y me dijo:

—Esa es mi mamá, 95 años tiene, está muy enferma. No escucha bien, no le digo que hable de esto con ella porque se va a poner mal. ¿Me comprende?

—Sí, claro.

—Aquí estaba la imagen de Eva, fíjese que la había puesto en un lugar que se podía ver desde cualquier lado. Rojas le dijo a mi padre que si volvía a saber de alguna escultura de Evita en esta casa, nos mataba a todos.

—¿Rojas volvió?

—No que yo sepa. Pero cada seis meses mi padre viajaba a Buenos Aires para completar formularios y declaraciones juradas donde afirmaba no haber trabajado en ninguna escultura de Eva.

—Mi abuelo decía que la imagen, una vez por año, lloraba.

—¿Fermín Agosti, así se llamaba su abuelo? No recuerdo que mi padre lo haya nombrado alguna vez. No sé cómo llegó hasta su abuelo parte de esta historia. En cuanto a las lágrimas de la estatua, debo decirle que no creo que fueran ciertas.

—Le agradezco.

Leonor me invitó con un té y pan de campo, era una tarde plácida. Acepté la invitación y pude observar algunos recortes de diarios cuando Tomasi reclutaba a los escultores y el avance de las obras.

Abandoné el lugar un tanto abatido por no haber podido ver la escultura. Me había alejado unos pocos metros cuando la anciana esposa de Battaglini me salió al cruce. Estaba apoyada en un bastón canadiense.

—Venga –dijo y tosió con fuerza–. Soy Ángela.

—La esposa de Battaglini –dije en voz alta para que pudiera escucharme.

—No grite, haga el favor. Escucho bastante, pasa que a veces para andar escuchando algunas pavadas, mejor hacerse la sorda. ¿Quiere saber la verdad o se queda con la historia que le contó mi hija?

Dudé un segundo.

—No tengo tiempo –dijo la mujer– decídase.

—La escucho.

—Mire –tosió, me pidió un cigarrillo–. Si no tiene tabaco, no hablo –bromeó.

—Fumo negros.

—Da igual.

Le extendí uno, se lo encendí.

—Fíjese que no salga nadie, si me ven fumando se enojan. Lo que le contó mi hija es una leyenda que armó Battaglini, Dios lo tenga en la gloria –dijo mirando al cielo y persignándose–. Acá, en esa época había gente que no quería a Eva. Mi esposo, cuando hizo la estatua, la exhibió primero en el Club Unión de Fuerzas y luego la puso en el jardín.

—Pero…

—No se impaciente, serénese y va a llegar a viejo como yo. Cuando la Libertadora asumió, teníamos miedo. Vimos como se destruían las imágenes de la Fundación, muchas de ellas fueron tiradas al riachuelo. Mi esposo, para cuidarnos a todos, decidió llevar la estatua de Evita a Todd, a pocos kilómetros de Arrecifes. No estaba dispuesto a romper ninguna de sus obras. Entonces la cargó en una camioneta, fue hasta allá y se la donó a la intendencia. Pero le dijo que la imagen se llamaba Ave Maria  ¿Entiende el juego de palabras, no? Yo sola conozco la verdad, y estaba por llevarme este secreto a la tumba, cuando apareció usted.

—¿Y por qué no se lo contó a su hija, a su nieta?

—Nunca me preguntaron, jamás les preocupó eso, y no son peronistas, como yo.

—¿En qué lugar de Todd está?

—En la plaza principal.

—Es verdad que los 17 de octubre la estatua llora.

—Véalo usted mismo, ya le dije demasiado.

—¿Rojas estuvo acá?

La vieja escupió al piso y sacudiendo la mano derecha dijo:

—¿A usted no le enseñaron a ser respetuoso y no decir malas palabras frente a un mujer?

Viajé a Todd esa misma tarde. Era abril y aún faltaba para el milagro de octubre, pero la escultura estaba ahí. Era perfecta, Evita de rodillas abrazando a un niño. Observé que bajo los ojos de la imagen, en cada uno de ellos, había pequeños surcos. Adiviné marcas de algún llanto.

Saqué fotos y volví a casa de mi padre.

—El abuelo tenía razón –le dije y mostré las fotografías.

—Puede, pero no llora.

—El 17 de octubre lo veremos.

La edad le jugó con trampa a mi viejo, y en septiembre su corazón dijo basta.  Aquel 17 de octubre subí al auto, desanduve el camino a Todd. Compré una rosa blanca y la coloqué al pie de la estatua. Me senté a observar. Hace diez años de aquella vez, no he faltado para ninguna fecha, siempre cumplo con el ritual de la rosa. Me siento y contemplo, sin esperar nada, ni siquiera una sola lágrima. Al fin de todo, los milagros ocurren para aquellos que quieren verlos.

María

María

Repartiendo el corazón como único pan posible para matar la muerte

Waldo Leyva

María era puta. Siempre lo fue, desde el primer recuerdo hasta hoy. Y cuando hablo de María, decir puta no es una ofensa ni un reproche. Es una verdad suave, irrebatible. Es solo otro adjetivo. Es como decir que era rubia y bajita, algo rechoncha pero de carnes firmes. De una edad indefinida entre la adolescencia y la madurez. Con ojos vivos y fugaces, incapaces de posarse por más de dos segundos. De risa escandalosa, contagiosa sin remedio. Vestida entre el impudor y la desgana, con todos los colores en cuerpo y rostro. Con evidente alegría de estar viva.

Podría inventar ahora una historia, digna del mejor tango, para mover a la comprensión y la indulgencia hasta a los más estrictos moralistas. Pero eso sería una traición, una falacia, incluso una injusticia. María no tuvo una infancia agonizante ni vivió jamás en la penuria. No abusó de ella su padrastro. Tampoco quedó huérfana y abandonada en este mundo. No la traicionó su primer novio, ni la convenció con promesas incumplidas.

María, simplemente, escogió lo que quería ser en esta vida y era feliz con ese oficio antiguo que muchos censuran en público, pero atesoran en privado. Disfrutaba cada momento; cada caricia; cada cuerpo ansioso, apremiante o demasiado relajado; cada noche; cada susto; cada terror de los novatos, que al final siempre salían victoriosos. Sí, era feliz, con esa felicidad calma y profunda, nacida del agradecimiento que queda luego del ejercicio del amor.

María nació con ese don, como otros nacen dotados para la música, la pintura, o para predecir el futuro o las desgracias. Nació con la habilidad de adivinarle al hombre hasta sus últimos deseos, los más inconfesables, y jamás asustarse ni ofenderse con ninguna petición por descabellada que pudiera parecer a oídos inexpertos.

Sería por ese regocijo, que sentía en cada acto compartido, que nunca entendió que le pagasen. No podía comprender la razón de intercambiar dinero por semejante fiesta. Claro, entenderlo y aceptarlo eran cosas diferentes. Miraba el dinero o los presentes con ojos asombrados, pícaros y golosos, y con risa chillona agradecía. Nunca le faltó nada, ni a quien socorrer en caso de apuros. Más de uno, hombre o mujer, tocó de noche a su puerta, oculto en la penumbra o en su propia vergüenza, para pedir prestado; rara vez obtuvo un no como respuesta.

Sí, María era puta, y en ella era casi una virtud. Por eso todos quedamos sorprendidos cuando Facundo se empecinó en hacerla su esposa, y más sorprendidos cuando ella aceptó. Nunca supimos con qué argumentos, ruegos o amenazas logró llevarla ante el altar. Para escándalo de muchos, pero sobre todo muchas, se casaron en la iglesia de ese mismo pueblo donde había sido, hasta horas antes, lecho y consuelo de casi todos los hombres permanentes o de paso.

Allí estuvo, de largo por primera vez en su vida. Enfundada en un vestido de un blanco sucio, ajeno a sus mejores días, que a todas luces le quedaba estrecho. Los ojos, posados por vez primera, no se despegaron del suelo mientras duró la ceremonia. En su boca, pálida, no asomó ni un atisbo de sonrisa. Las manos aferradas una a otra, náufragos en busca de consuelo, sin saber qué hacer ante el vacío.

No hubo luna de miel ni casa nueva. A María no volvimos a verla en el mercado ni en la plaza ni en el parque. No se escuchó más su risa invitadora ni su charla sin sentido. Solo se la veía en la iglesia los domingos, de mañana, sola. No era la María de siempre. No quedaba nada de la ropa atrevida, los labios rojos, los ojos voraces, las manos inquietas, la sonrisa repartida. Se desvaneció la urgencia con que devoraba al mundo.

Estaba, creo, más delgada y puedo apostar que envejecía. Los años, que nadie pudo contarle antes y que ella escondía divertida, la asaltaron sin piedad. María se estaba apagando, diluyendo y, aunque sería más romántico, no creo que se consumiera de amor. Todos la observábamos entre el asombro y el escándalo, entre la preocupación y el desencuentro. Por más que lo intentamos, no podíamos imaginar las razones que tuvo para torcer un camino que parecía definitorio, inapelable.

Facundo era el único que no lo notaba, o el único al que quizás no le importaba. Los demás sentíamos que algo faltaba, como si se hubieran robado la plaza, el hospital, la escuela o el mercado. Sin nuestra María, Pueblo Ciego estaba incompleto, absurdo, mutilado. Hasta el cura le dijo un día, persignándose:

-Hija, en este mundo, para que sea mundo, tiene que haber virtud y pecado. No vaya en contra del lugar que en él le toca. ¡Dios me perdone!

Sólo él conocía la historia que llevó a la mujer a dejar de repartir amor como si fuera pan tibio y perfumado, a huir de las miradas de la gente, a esquivar el contacto y el saludo, a recluirse. Sólo él sabía de la obsesión de Facundo, de sus sueños imposibles, de su necesidad de posesión, de su rabia contenida, de su espíritu torcido. El secreto de confesión pesaba como pesan la vergüenza ajena, la culpa compartida, la impotencia.

Facundo pasó varios años observando a María desde lejos, sin atreverse a dirigirle la palabra o mirarla a los ojos. Su rutina diaria incluía salir del trabajo, esconderse en las cercanías de la casa prohibida y observar a cada visitante como si fuera un ladrón, un asesino. Esperaba cada noche hasta que se marchaba el último. Soñaba con aplastar ese rostro ajeno, sonriente, satisfecho. Se sentía protector frustrado, salvador inmóvil, merecedor ignorado.

Tocar a la puerta de María era una fantasía recurrente. Una tarde triste y polvorienta decidió hacerla realidad. El cielo cerró nubes en un intento vano por no ver qué sucedía. Llegó a al final del día. Quería ser el último en sonreír. En tono de ruego le dijo “Sé mi novia”. Ella le ofreció una sonrisa sincera y respondió “Seré tu novia”. En la respuesta de la mujer estaba implícito el “por un rato”; en la petición de Facundo había otra temporalidad.

El hombre temblaba y con manos torpes intentaba deshacerse de la ropa. Ella le tomó el rostro entre las manos y le besó los párpados despacio, la frente, la barbilla. Le acarició el cabello con un gesto similar al que se usa para consolar a un niño asustado. Le susurró lo que susurran las mujeres a sus hombres. Lo llevó de la mano por dos horas hasta el final de un camino que Facundo solo imaginaba que existía.

Al día siguiente regresó temprano en la mañana. María aún dormía. El toque persistente de la puerta la sacó de la modorra.  

-Cásate conmigo -dijo sin gastar aliento en siquiera un “buenos días”.

La risa fue estentórea. A Facundo se le desencajaron rostro y alma.

-No tienes más opción.

-¿Y eso por qué?

-Yo no puedo con otras y tú, después de anoche, contagiarás a todo el que metas en tu cama.

El hombre sintió un placer turbio al mentirle, al detallarle con adjetivos truculentos el futuro, la soledad del cuerpo y el espíritu, las llagas, los dolores, la ceguera, la locura.

-No tendrás de qué vivir y el pueblo entero te mirará con asco. Todos menos yo.

Con la ingenuidad de la escasa educación y la vida sin tapujos, María le creyó. El dinero no importaba, siempre podría hacer otra cosa. Pero imaginar su cuerpo en calma, sin temblores, las manos ociosas, la boca quieta, la ausencia del eco masculino; eso no podría soportarlo. Que hubiera un único hombre a su lado cada noche le pareció la mejor de dos pésimas opciones.

Una semana después de la boda, descubrió que la pasión de Facundo venía de lo prohibido y terminaba en su propio cuerpo, ahora mustio. Que este hombre estaba vacío, roto. En las noches la hostigaba, verdugo de la memoria y el pasado. Con un morbo triste y desabrido, quería saber de sus orgasmos intensos, la lujuria desmedida y las posiciones insólitas. Ella se negaba a responderle. Él palidecía.

No volvió a tocarla. Si ella se acercaba, la miraba con desprecio, rencor, rabia contenida. Llegaba a casa tarde en la noche, casi siempre borracho. Dormía en el sofá, sobre la alfombra, en cualquier lugar que no fuera la cama. Le hablaba solo si era imprescindible o para criticar la sopa, una camisa, el orden de la sala. Usaba tan pocas palabras que a veces María se preguntaba si en realidad había dicho algo o lo había imaginado.

Una mañana de misa, el padre dijo una frase que quedó resonando en su cabeza “La peor soledad es la que se siente en compañía”. Dos días después, Facundo la encontró sobre la cama. Las venas abiertas, como su boca, como sus piernas. Sin más ropa que la piel y aquellas bragas transparentes que muchos extrañamos todavía.

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El Héroe

El héroe

Siempre es extraño regresar. Me desespera ver todas las cruces idénticas, perfectamente formadas, más que blancas y viendo hacia el risco.

El risco solo revive en mi cabeza imágenes de hombres en llamas, ya sin piel, dejando un rastro de sangre, retazos de piel chamuscada hasta el borde, donde saltan buscando una muerte pronta, idénticos a los modelos de la maestra de anatomía cuando estudiábamos la musculatura del ser humano; hubiera sido divertido prenderle fuego al muñeco de la maestra, y a la maestra. La maldita nos golpeaba las manos con una regla de madera si no conocíamos la respuesta: ¿Dónde está el trapecio? ¿El macetero? ¿Los laterales cruzados? Intentaba recordarlo cuando entre mis brazos caía un compañero con las tripas afuera, le cerraba los trapecios con los laterales cruzados, y sentía como si la maestra me golpeara las manos, chas, chas, y yo solo amarraba los trapos colgantes cuyo nombre no recordaba, chas, chas, y no sabía dónde carajos estaba el orbital y yo amarraba, como agujetas, y como cuando era niño, terminaban por desatarse. Todos morían… Murieron.

     Cada año nos reunimos como si fuéramos mejores amigos. Se les olvida que ninguno me quiso desde el principio, ni me llegó a querer. No los culpo, con cientos de miradas agonizantes y salpicados más veces por la sangre que por el agua, quién puede querer algo. El sabor amargo siempre está en la lengua, todo sabe a mierda. Olvidan y cada año se saludan, con lágrimas en los ojos, sonríen: ¿Cómo has estado? Te ves muy bien, has perdido peso. Y se olvidan de que todos usamos pañales, sufrimos agruras, e incluso que el mismo olvido, a veces, es involuntario.

Cada año nos reunimos como si fuéramos mejores amigos, olvidan que ninguno me quiso. Me llaman héroe y me abrazan prolongadamente, me empujan de mi silla y me obligan a decir lo que he dicho en los últimos años y por los que quedamos: los que sobrevivimos no somos héroes; cada cruz blanca que encara el risco, cada número y cada nombre que está inscrito en las placas de acero, los que han muerto, son los únicos héroes, nosotros solo somos sangre vieja en un cuerpo que se pudre en vida. Entre toses y flemas amarillentas me aplauden y vitorean mientras los buitres vuelan en círculos por encima de sus cabezas, probablemente descendientes de los animales que se alimentaron con los retazos de los ahora enterrados.

     Todos son abuelos tiernos, asesinos, padres cariñosos, torturadores expertos, fieles esposos, violadores saciados, aseados, hombres honestos, ladrones, héroes condecorados. La nación esta en deuda con ellos. Con nosotros. Caminamos entre las desesperantes cruces. Es inevitable que un rostro aparezca en nuestra mente después de leer el nombre en alguna placa, y nos acordamos, y lloramos, no por el caído en combate, sino por los que huimos, por lo cobardes que fuimos todos, por lo que hicimos, por lo que permitimos.

     Siempre es extraño regresar. Ver diferentes caras con los mismos nombres, el paso del tiempo, el castigo divino. Todos viejos, perfectamente bien formaditos, con la cabeza

 más que blanca y viendo todos hacia el risco. La escena solo revive en mi mente la imagen de todos corriendo en dirección opuesta al borde.

Me llaman con las manos, patéticas, blancuzcas, llenas de arrugas, transparentes, melancólicas, un cuadro tierno, digno de la publicidad de cualquier hospital geriátrico. Héroe, héroe, gritan ahora, mientras algunos se acomodan el pañal.

¿Qué es un héroe? ¿Podría mencionar un héroe? La maestra de historia pregunta y el sudor frío recorre mi espalda, ahora también siento frío en la espalda, por el cañón de la escopeta. Héroe, héroe. ¿Qué es un héroe? ¿Podría mencionar un héroe?  El macetero es el músculo más fuerte y se encarga del movimiento de la mandíbula, lo sé porque rompí unos cuantos; el trapecio queda en algún lugar entre la cabeza de mi compañero y el cuerpo que está dos metros más adelante, se unen por esa cinta blanca, parecida a un percebe, entre su nuca y lo que sobresale de lo que queda del cuello. Sabía que de nada servía la anatomía.

 Héroe, héroe, ahora gritan y agitan la mano. El que más grita tiene cinco hijos y doce nietos. Más a la derecha está uno que tiene una hija con retraso mental. El otro nunca tuvo hijos pero lleva cincuenta y cinco años de casado. El que parece idiota tiene Alzheimer. Todos son veteranos, todos quieren ser héroes; los que han muerto son los únicos héroes, nosotros solo somos carne vieja. Todos quieren ser héroes, chas, chas, no sé donde está el lateral cruzado. ¿Qué es un héroe? Ya no siento frío en la espalda, ahora me arden las manos, chas-chas, chas-chas, ahora todos son héroes.

Biografía

Diego Morones es empresario de oficio, escritor y poeta de closet, tallerista de novela, chef en Gracias-comedor, incansable e insaciable descubridor de emociones. Esta es su primera publicación en A4manos.

Foto de Ricardo Payán

8105

Habría de darse una repasada a la teoría de la relatividad; mirarla desde una perspectiva menos científica —por ejemplo, desde el ángulo de las casualidades—, que ayude a reconocer la conexión imperceptible que existe entre relatividad y los hechos insertados en la cotidianidad.

            Utilicemos como ejemplo lo que me pasó esta noche y que me ha hecho reflexionar acerca del funcionamiento de los pensamientos si nos dejamos mirarlos bajo la óptica de la relatividad. Advierto que pocos me creerán, pero si me concedes el beneficio de la duda, quizá al final de mi historia consigas convencerte y te expliques una o dos cosas extrañas que con toda seguridad te habrán ocurrido alguna vez.

            Antes debo servirme de un ejemplo:

Imagina un autobús cualquiera. Supongamos que los asientos guardan el mismo orden de numeración que en los aviones: un número de fila y una letra para cada asiento: A, B, C y D; A y B de un lado del pasillo, C y D al otro. Hay doce filas. Seis personas van sentadas todas en el asiento B, desde la fila 2 hasta la 7, mientras el autobús avanza sobre la avenida.

            2B: Rosario: su rictus denota preocupación; va camino al mercado a comprar unas piernas de pollo para hacer consomé; imposible saber si aquello que le preocupa es si el dinero en su cartera será suficiente o si la decisión elegida del consomé ha sido la indicada para cuando lleguen a casa su marido e hijos. En realidad podría preocuparle cualquier otra arbitrariedad. Baja de estatura, con el mismo rebozo de rayas rosas y azules con el que cocina, y que en ocasiones olvida quitarse ante cualquier otro menester, ya sea ver la telenovela del 2 o este mismo instante en que viaja en el autobús. Tiene una trenza larguísima, ha olvidado peinarse de otra forma. Sus zapatos negros tienen pequeñas manchas de lodo seco.

            3B: Gabriela: zapatos negros planos, calcetas blancas a la rodilla, piernas firmes, núbiles y despreocupadas, falda cuadriculada (cuatro dedos arriba de la rodilla), suéter azul marino y blusa blanca debajo; en el regazo dos libros y un cuaderno. Tiene dieciséis años y va camino a la secundaria hablando con Iliana (3A) acerca del chico con quien estuvieron ayer por la tarde mientras paseaban por el barrio.

           4B: Atilano: esta mañana en la construcción los albañiles echaron un volado para elegir quién iría por las tortillas, y este fue Atilano. Pantalones negros manchados de cal, zapatos rotos en la punta (al acabar la jornada, los cambiará antes de volver a casa); playera blanca y gorra azul. No tiene mucha prisa, se siente afortunado de ser quien va por las tortillas: pasea un poco, ve a las mujeres caminando por las banquetas. Mira hacia fuera; parece distraído, pero no lo está.

            5B: Lic. Pedro Maldonado: traje café oscuro (un poco viejo), portafolios. Oficinista hasta el hueso, cree que el ir vestido así lo distingue y encuentra la forma de delimitar la diferencia: llamada tras llamada por su celular va hablando de absolutas nimiedades, vacías, inservibles.

            6B: Françoise. Apenas hace dos días llegó al D.F., tras veinticinco horas de viaje en autobús desde Cancún; no obstante, ayer se unió a un viajero inglés que iba camino a Coyoacán, donde estuvo hasta hace unos minutos, cuando definitivamente la expulsaron del bar. Ahora va de vuelta al hostal a dormir un poco. Es alta y delgada, trigueña y bronceada, pelo castaño muy oscuro que contrasta con sus ojos verdes; falda verde larga casi hasta los tobillos, tenis azules, blusa blanca con estampado azul. Lee un libro sobre México.

            7B: Héctor Covarrubias: intelectualoide, camino a librerías de viejo para buscar libros con los que, con fortuna, pueda ahondar en la historia de Cholula (parte de una investigación para un cuento que escribe). Saco café de pana, pantalones grises y zapatos café oscuro, pelo entrecano y largo, lentes; lleva algunos libros.

            El autobús avanza en una absoluta, hipotética, línea recta.

            De pronto, Héctor Covarrubias, absorto en un pensamiento (sobre su cuento), acerca de Itzpapalotl, de las alas de obsidiana, de Mictlán y de las aguas del Usumacinta, piensa, sin saber por qué, en piernas de pollo y consomé.

            Aquí comienza mi explicación, mi teoría sobre las casualidades y la relatividad. Los pensamientos, maraña de convulsiones químicas en medio del cerebro, pequeñas ondas energéticas. Damos por sentado que lo que pensamos es lo que somos, que sólo pensamos lo que somos, que somos lo que pensamos; lo concluimos porque sólo tenemos un cerebro y por tanto una sola capacidad de pensar unitariamente (esquizofrénicas excepciones mediante). En realidad nuestros pensamientos son entes autónomos, que si bien son producidos en nuestro cerebro, no dejan de ser millones de estímulos químicos y eléctricos con cierta vida propia; los pensamientos nos pertenecen sólo en la medida en que son transmitidos hacia nuestra capacidad comunicativa, principalmente a través de la lengua, lo que hace pensar que la lengua es la forma en que pensamos. Confundimos palabras por pensamiento. El pensamiento —las moléculas que lo componen—, voluta de átomos danzantes por el aire, se parece más a un pequeño y juguetón globo flotando –qué atinados los cómics— disgregándose poco a poco en espirales difuminosas. En algún momento se desintegran o se transforman, dejan de ser pensamiento y se convierten en algo más.

            La señora Rosario —su cerebro— emite un pensamiento: una voluta en un punto específico del espacio: «¿cincuenta pesos me alcanzarán para cuántas, seis piernas?». El globo permanece ahí, sin moverse de ese punto específico en el espacio, pero el autobús continúa avanzando, en aquella absoluta línea recta. Es aquí en donde Einstein es el gran visionario, donde la relatividad en su ejemplo más absurdo se vuelve contundente. En cuestión de segundos (acaso menos), Gabriela ocupa el mismo espacio en que Rosario desprendió su voluta; la voluta pertenece ahora a Gabriela: “Sí, Iliana, creo que Luis es un buen chico”, le comenta a Iliana, aunque piensa: «donde don Pancho siempre hay buenas piernas para un caldo», y al mismo tiempo se pregunta por qué carajo está pensando en eso. El autobús sigue avanzando; ya imaginarás lo que sucederá: Atilano tendrá el antojo casi incontenible de cambiar tortillas por piernas de pollo; el Lic. Pedro Maldonado sentirá un pequeño vacío en el fondo del estómago a pesar de los huevos con chorizo y frijoles del desayuno de hace apenas unos minutos; Françoise (la lengua, el idioma, nada tiene que ver con los pensamientos) pensará: «¿en dónde podré comer hoy?»; Héctor Covarrubias, nada más haber encontrado la frase que cree redonda para su cuento «Chollolan, centro de la magia en donde te encuentras», se bloquea por completo y cede a pensar dónde podrá ir a comer más tarde una pechuga de pollo al pipián.

            Corolarios:

            1. La señora Rosario, ¿acabó, también, comprando sus piernas de pollo? Lo hizo. El haber desprendido ese pensamiento en un momento dado no excluye la posibilidad de volver a tenerlo o recuperarlo, lo mismo que si hubiera terminado por pensar en comprar carne molida para albóndigas. Una cosa somos nosotros, como personas, y otra los pensamientos, no hay que confundir. Lo mismo en lo que concierne a Gabriela, Atilano, Lic. Pedro Maldonado, Françoise: el desenlace de su dieta o sus deseos corre por caminos plenamente libres y con potencialidades infinitas, pero el pensamiento que incluía el concepto “pollo” les pasó, literalmente, por la cabeza; aquella maraña de moléculas se fue enterrando y transformando provisionalmente de una persona a otra y al infinito. Aún así:

            2. Los pensamientos, ya sean los surgidos de sí o los absorbidos en el aire, dejan resabios; eso parece un hecho ineludible. Esta declaración como uno de los fundamentos de la memoria, concepto sobre el que apenas conozco algo.

            3. Podemos desprender dos hipótesis más partiendo del punto anterior:

                  a. Es posible hablar de cierto tipo de pensamiento —digamos, “el pensamiento existencialista”, “el pensamiento relativista”, “el pensamiento estructuralista”, “el pensamiento dadaísta”, etc.— porque, ahora lo podemos entender mejor, este tipo de pensamientos son burbujas alguna vez producidas en el cerebro de un sujeto cualquiera, que permanecieron sobrevolando el aire de París, Barcelona o D.F. y que alguien más absorbió al pasar, y después otro más también y en fin, miles o millones de personas que fueron colaborando a conformar “El Pesamiento Existencialista”, “El Pensamiento Relativista”, etc. La voluta ha sido siempre de alguna forma la misma pero ahora multiplicada, quizá también transformada, en el cerebro de todas las personas por las que ha pasado y que además han colaborado a su expansión; la voluta que no perdieron, no olvidaron. La memoria deriva en una especie de humor de aquellos que la han compartido, posiblemente de un tiempo, una época o lugar concreto, mientras las personas continúen compartiendo la voluta y contribuyan a propagarla.

                  b. La memoria es la voluta rebelde, la que uno se niega a dejar atrás.

            Lo que invita a concluir que:

            4. El mundo es la voluta primigenia.

            Empezaré a hablar de anoche, finalmente:

            Iba de vuelta a casa en un autobús común y corriente, fatigado del trabajo en la agencia, y en el autobús íbamos tan sólo cuatro personas: el chofer, otras dos, y yo: en el asiento 2A una, en el 3D otra, y yo al fondo en el 12D. Cavilaba cuán distinto soy del niño que fui. El autobús cruzaba el barrio de chabolas donde los comercios casi se desbordan en las calles angostas. En un momento preciso, se me ocurrió que no había nada en el mundo que yo deseara más que una paleta helada de vainilla cubierta de chocolate; me di cuenta de lo extraño que era pensarlo, sobre todo por lo explícito que era la imagen: corta pero ancha, palito de madera no cilíndrico sino prismático. Observa la analogía con cualquier situación cotidiana en la que se nos ocurren las cosas más inverosímiles. En ese mismo instante me percaté de que el autobús estaba frenando y que 2A esperaba para bajar. Cuando el autobús arrancó de nuevo, lento, yo seguía viendo a 2A, que se quedó parado justo a la mitad de la acera, con esa cara que no en pocas ocasiones se ve por la calle y no en menos las he vivido yo mismo: el gesto del que piensa: «Ay cabrón, ¿por qué chingados me bajé del autobús, justamente en esta esquina?, sé que era por algo, ¡¿pero qué?!». Y en ese momento me di cuenta de que atrás de él (2A miraba hacia la calle) y mientras el autobús empezaba a avanzar un poco más rápido, estaba la paletería “Glorias”. Ese fue el instante en el que comenzó, ahora lo entiendo, a fraguarse en mí esta teoría en la que me extiendo ahora. Me di cuenta de que él había pensado ese mismo pensamiento sobre la paleta que me sorprendía ahora a mí mientras que él ya lo había perdido del todo. Y en esos pocos, poquísimos instantes que le siguieron (en una de esas maravillas de los pensamientos) se desencadenó la asociación con todas aquellas veces en las que había bajado en casa a la cocina por, digamos, un vaso de agua y al llegar a la cocina no sabía qué me había llevado ahí; o cuando salía de la casa para comprar cigarrillos y al llegar a la tienda, lo había olvidado. Había dejado mi voluta atrás. Y esto que te diré refuerza más aún todo lo que te cuento: en esas ocasiones, en un acto reflejo, volvía al sitio desde el que había partido (mi habitación, la casa) convencido de que al hacerlo podría volver a recordar la intención inicial (el agua, los cigarrillos) y era cierto: al volver conseguía recordarlo. Ahora sé que era porque había recuperado mi burbuja de pensamiento.

            El autobús siguió avanzando, y en mi campo visual dejó de estar 2A y su/mi paletería; dio vuelta a la izquierda (“Sastrería Los Oficios”, “Tintorería Francesa”), y casi inmediatamente el autobús dio vuelta a la derecha (“Miscelánea Juana”).

            Fue justo en ese instante, estoy seguro: la voluta debió entrar cuando el autobús daba esa vuelta. El destino juega de esta forma.

            Sin saber por qué, sin haber caminado nunca por esta zona, bajé del autobús. Sabiendo bien que debía entrar en el hotel, aunque sin saber por qué en este en específico. El lobby es más bien feo, algo sórdido, lúgubre. Fui al fondo derecho donde se abre el pasillo que comunica con el hall de los elevadores. Un elevador para los pisos 1 al 14, el otro a los pisos 15 al 30, ¡a saber cómo supe yo eso! Tomé el primero, bajé en el único en el que tenía que haber bajado: en el octavo. Caminé sobre el pasillo hacia la izquierda; pasé uno, dos, tres, cuatro habitaciones. La quinta era la 8105. Yo sabía (3D lo habría sabido hacía algunos minutos) que cuando entrase lo encontraría durmiendo. No tengo idea (es decir, hasta antes de hoy no tenía idea) de cómo demonios pude abrir la puerta con tan sólo la tarjeta y mi bolígrafo.

            Ahora, mientras tomo el gin tonic, he podido serenarme un poco y darme cuenta de todas estas cosas que te cuento. El bar del hotel tiene su encanto. Apuesto que no habías escuchado nada más interesante detrás de esta barra. Comencé a pensarlo justo después de salir de la habitación y lo seguí haciendo durante los cuatro gin tonics anteriores. En realidad comencé a pensarlo un poco antes de salir de la habitación, mientras veía cómo caían las gotas al suelo. Las gotas de sangre al suelo. Al voltear a verlo acostado en la cama, con los ojos perdidos en la pared de enfrente, perdidos en una ciudad remota que ahora se escondía detrás de ellos, el cuello amoratado por las marcas de mis dedos, la cabeza ladeada en la almohada colgando un poco fuera de la cama, la nariz rota desde la que caían gotas de sangre al suelo.

Biografía

Ricardo Payán.

“En una infortunada charla cuando combinaba estudios de literatura e ingeniería fui condenado al diletantismo literario (en la charla se defendía que un novelista debía esperar a los 40 años para comenzar a publicar) y desde entonces estoy sólo inmerso en la lectura empedernida, la digresión sobre el quehacer literario y la consecuente fabulación puertas adentro, a la espera de la llegada del hito. Nací en Puebla, crecí en DF, escapé a Madrid un tiempo y ahora vivo en Ciudad de México”.

Anosmia

Luego de contraer un fuerte resfriado, el hombre se quedó sin sentido del olfato. Al principio el hecho no le llamó mayormente la atención: conocido es de todo mundo que este es uno de los síntomas de la gripe común. Sin embargo, tiempo después de haberse repuesto, el hombre notó que su olfato no hacía acto de presencia. Cierto es que, en ese estado, no podía oler la comida, las páginas de los libros ni el perfume de las flores, pero esto no le resultaba del todo inconveniente. Por ejemplo, el hombre, como muchos otros, se había alejado toda la vida de las personas y lugares que no se distinguían precisamente por su dulce aroma. Así, tenía una compañera de trabajo a la que había que saludar de lejos y con quien entablar una conversación era difícil por su fuerte olor a humedad. La mujer dejaba una estela de peste cada vez que se levantaba de su lugar para ir al baño, y el hombre pensaba que sólo por puro compromiso alguien se atrevería a darle un abrazo de felicitación en su cumpleaños al tiempo que contendría la respiración. También odiaba tener que pasar por sitios donde se cocinaran menudencias, que tanto le gustan a la gente: el hombre no podía explicarse cómo era posible que alguien se comiera un platillo que despedía un olor tan desagradable durante su preparación; tampoco que hubiera quienes, sin ninguna consideración para con su prójimo, bostezaran sin cubrirse la boca y lanzaran sin pudor la fetidez de su aliento directamente a sus narices. No obstante, gracias a que la gripe lo había dejado ciego del olfato, el hombre pudo olvidarse por un tiempo de estos apestosos inconvenientes.

     Conforme pasaban días sin que recuperara su capacidad olfativa, el hombre agradecía las ventajas que su nueva condición le daba. Cobró conciencia de ellas en el metro, cuando, como en muchas otras ocasiones, un joven vagabundo subió al vagón para realizar un acto que se situaba en la frontera entre las prácticas de un faquir y la tortura al acostarse sobre un montón de vidrios rotos. Por primera vez en su vida, el hombre presenció su actuación sin aguantar la respiración. Sin el olor de por medio, la apreció en toda su dimensión. Al final le ofreció un billete que el muchacho aceptó con humildad. La siguiente vez que volvieron a encontrarse, luego de algunos días, el hombre se dirigió al joven:

     –¿Te interesaría un empleo? En mi trabajo hace falta alguien para el área de limpieza.

     Tiempo después, el muchacho, a quien el hombre había regalado ropa usada pero aún en buenas condiciones, saludaba a su benefactor todos los días cuando recorría la oficina para sacar la basura.

     Una tarde, el hombre entró presuroso al comedor de su trabajo. Los pendientes se le habían acumulado y el tiempo para desahogarlos se agotaba, por lo que tenía que sacarlos lo más rápido posible. La mayor parte de los sesenta minutos que le daban para comer se le habían ido en atender sus tareas rezagadas y debía alimentarse sin tardanza para regresar a sus labores. El lugar estaba abarrotado. El hombre no encontraba ninguna mesa disponible para consumir sus alimentos y, charola en mano, escudriñaba el horizonte en busca de alguien que por lo menos le permitiera compartir su espacio. Por fin divisó al fondo del local una mesa con un lugar desocupado. La compañera de los malos olores masticaba sin muchas ganas un trozo de su milanesa mientras les daba una ojeada a las noticias del día. Al hombre no le agradó la idea de tener que pedirle a la mujer que le permitiera sentarse con ella, pero, desesperado por el hambre y la prisa, no le quedó más remedio. En el trayecto para llegar a la mesa recordó su falta de olfato y, así, sordo de olores, se sintió aliviado.

     —Disculpe, compañera: ¿le importaría si me siento?

     —Oh, claro que no. Adelante.

     Comieron en silencio. Como no queriendo, por momentos el hombre levantaba la vista de su plato para examinar a la mujer, quien, sin inmutarse, seguía comiendo y leyendo las noticias. Él apuró la comida lo más que pudo y, en medio del ruido que hizo al empujar su silla para levantarse, se despidió cortésmente, mientras que ella apenas si le dirigió una distraída mirada y continuaba su lectura como si tuviera a su disposición todo el tiempo del mundo. El hombre salió del comedor agradecido con la vida, que le había suspendido las facultades olfativas por quién sabe cuánto tiempo y por lo cual no se había visto obligado a soportar el hedor de esa mujer en apariencia limpia pero cuyo aroma expresaba a gritos todo lo contrario.

     Por azares del destino o tal vez no, la escena se repitió al día siguiente. El hombre, agobiado por su demandante trabajo, volvía a comer junto a su olorosa compañera. De nuevo todo se desarrolló en silencio. “Vista con calma, en realidad no está tan fea. Si se bañara, tal vez hasta habría quien se lanzara con ella”, pensaba el hombre mientras masticaba y observaba de reojo a la mujer, quien parecía más interesada en leer la sección de cultura que en iniciar una conversación con su inesperado acompañante. “No debe tener novio ni marido”, reflexionaba él. “¿Quién se atrevería a besar a una mujer que huele a trapo de cocina?”. Cuando se produjo el tercer encuentro, el hombre, después de un rato, se animó a comenzar una plática. La cosa no pasó de los triviales comentarios sobre el clima, las absorbentes labores de oficina y observaciones acerca de la gran cantidad de compañeros que colmaban el comedor. Al paso de los días, el hombre comprobó que la mujer de olor desagradable siempre comía sola; luego de un tiempo en que él también ocupó una mesa solitaria, simplemente tomó asiento frente a la mujer, quien lo miró sin sorpresa y parecía ya habituada a su presencia, como un pájaro que ve acercarse a la persona que todas las mañanas le arroja alpiste y ya no experimenta hacia ella temor alguno.

     Sus pláticas nunca llegaron a tocar detalles de su vida íntima, casi todo giraba en torno al trabajo y las noticias del día; a veces compartían largos ratos de silencio, y a pesar de ello el hombre llegó a sentirse cómodo ante su compañera y tenía la impresión de que para ella era lo mismo. La ausencia del olfato en tales condiciones fue una bendición para el hombre, quien pensaba que ese acercamiento de las últimas semanas habría resultado impensable si de su nariz nunca se hubieran apartado los aromas, pues habría huido despavorido de la peste que de la mujer emanaba, la cual seguramente era la causa de que nadie quisiera tenerla en su mesa.

     Por desgracia, esa especie de estado de gracia en que vivía el hombre al encontrarse mudo de olores terminó. Durante el tiempo que careció de olfato nunca pensó en ir al doctor ni mucho menos: simplemente tomó las cosas con calma y pensó que el sentido faltante regresaría pronto y sin mayor esfuerzo que el de inhalar como de costumbre. Y ese momento había llegado: sucedió un viernes que, al entrar a una librería, percibió en el aire el dulce y añorado perfume de la mujer que más había amado en la vida. Como le sucedió a Proust con la madalena remojada en té, retrocedió a una época en la que verdaderamente había sido feliz. En la calle, el hombre se sintió abrumado por el humo de los autos, los botes de basura descuidados, los antojitos de las esquinas, el hedor de las alcantarillas, el sudor de las personas; hasta su propio olor le pareció penetrante a pesar de que durante el tiempo que careció de olfato procuró estar siempre limpio para no faltarles el respeto a sus semejantes. Toda la gama de aromas existentes hería la nariz del hombre como si una potentísima luz le lastimara las pupilas; hasta la esencia más suave y tenue lo deslumbraba y le resultaba imposible escapar a los aromas. Se lamentaba de su suerte: ¿cómo era posible que él, que había vencido el prejuicio del olor de la gente, viera que todo lo conquistado se iba por la borda? Lo que más lo angustiaba era que el lunes siguiente habría intercambio de regalos en la oficina, pues la Navidad estaba cerca, y le había tocado en suerte obsequiarle algo a la mujer que olía a ropa sucia. ¿Cómo podría darle un abrazo y hacer caso omiso de su peste? ¿Cómo disimular ante sus compañeros la repulsión que seguro sentiría ahora que su olfato se había vuelto en extremo sensitivo? Pensó en comprarle un obsequio que le mandara un mensaje acerca de su olor, quizás unos jabones o un perfume, pero de inmediato descartó la idea: resultaría una ofensa para la mujer entregarle esos artículos delante de todos los compañeros. Incluso consideró no presentarse a trabajar el lunes con tal de zafarse del compromiso.

     Al día siguiente, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Los aromas habían recuperado para él su intensidad normal: podía lavarse las manos y aspirar el perfume del jabón sin sentir aversión. Reconsideró las cosas: decidió que, sin importar que la mujer se bañara o no, se cambiara la ropa o no, intentaría conocerla mejor. Esa tarde compró el regalo que le haría, un regalo neutral que no comprometería su dignidad.

     El lunes el hombre estaba nervioso y evitó encontrarse con la mujer antes del intercambio. Esa tarde todos los compañeros se irían a un restaurante a celebrar. Cada uno sabía a quién iba a entregarle su regalo, pero no quién le daría el suyo, así que el hombre estaba algo tenso, pues en cualquier momento le tocaría recibir su presente y, por lo tanto, entregarle el suyo a la mujer con olor a humedad. La hora llegó. Tras un rato de sobremesa, uno de los compañeros comenzó el intercambio. En medio de aplausos, le entregó a una chica una pequeña caja dorada; luego del abrazo y las felicitaciones, la joven, a su vez, dijo un nombre y se dirigió a otro punto de la mesa para entregar su regalo. Esta operación se repitió varias veces hasta que otra chica mencionó al hombre y, luego de abrazarlo, le puso en las manos su obsequio. Sin tiempo de sentirse apenado, buscando a toda costa que el incómodo momento terminara lo antes posible, el hombre dejó su regalo sobre la mesa, sacó un paquete adornado con un discreto moño y pronunció el nombre de la mujer. Visiblemente turbado, hizo un recorrido que le pareció eterno hasta el otro extremo de la mesa, donde su compañera de aroma desagradable se situaba. “Qué esfuerzo tan tremendo deben estar haciendo quienes están a su lado para contener la respiración”, pensó el hombre en su trayecto para llegar hasta ella. Cuando estuvieron frente a frente, le entregó el regalo y la estrechó en sus brazos en medio del aplauso de los compañeros. Se sintió feliz en ese instante, todos sus temores se habían ido, y de pronto deseó que ese momento durara para siempre. Con la nariz en medio de esos rizos rojos, el hombre se dio cuenta de una cosa: la cabellera de la mujer olía a rosas.

Ciencias del futuro

CIENCIAS DEL FUTURO

No intentaba decir exactamente

eso, lo que dije, y también se me escapó.

Ego queriendo romper algo más que silencios.

Quería insinuar cosas más simples.

El valor de un vaso de Agua, por ejemplo,

del Sol aflorando por alguna rendija.

Pero en realidad pronuncié, opinan, en compañía

de los que dijeron cosas, cosas tremendas y

asuntos notables o irónicos con cierto potencial.

Partía del criterio de que la poesía no es simple

copla, ni nada es simplemente lo que es, sino

que tiene el tamaño de las alas inmateriales

de la comprensión, y no es solo estrofa leída,

como creen los que menos creen, sino resistencia

imaginaria y material de vuelo.

Se percibe incendio donde hay una flor. Y viceversa.

Debe ser robótica de la hoja o de la Primavera o

traspié en la rama. O de algo peor o mejor

de lo que siempre se nos viene encima.

Fuego crece en todas partes, sin excluir fondos

húmedos del agua y el perfume estremecido que exhalan

los incendios.

Si no se divisa, falla al ojo o resulta que aún

no logra palpar resplandores crecientes del entorno.

Fuego se inflama por su cuenta en ausencia

de fósforos, fósforo es invención de la necesidad o

la penumbra. Fuego es anterior a la mano. No necesita

siempre manos. Mano es a veces asalariada del fuego.

Y cuando es, es decir, relación, contubernio,

resulta gesto acordado. De dedos y manos a cualquier

hora. Hierven estos minutos del tiempo. Fuego entonces,

endemoniadamente, viene del movimiento, del gentío

que demanda llamaradas.

En el Sahara se incrementan dunas que solo

resplandecen en las noches. A veces pájaro es recuerdo,

pero ahora mismo canta en las ramas amanecidas.

Brillos iniciales de cada sol es aún nocturnidad.

Llamarada del fuego suele iluminar

al final de tareas e ideas más desnudas o escuetas.

O irradia sin motivos aparentes chamuscando la yerba.

Faenas previstas para mañana, revivir el ardor,

ahora y esta noche, duermen del otro lado de la puerta.

Ilusión es otra de las ciencias del futuro.

La Corregidora

La Corregidora

Mi primo Edgar, un mago incipiente que optó por tomar los hábitos y mudarse a los Estados Unidos, me dejó como herencia antes de irse, una caja llena de los artículos con los que hacía sus trucos de magia: cartas marcadas, sombreros con doble fondo, tubos con flores de plástico de los que salían mascadas de lino, etcétera.

Nunca tuve la curiosidad de revisar el contenido porque muchas veces lo acompañé a fiestas infantiles y exhibiciones donde hacía las veces de su ayudante, y por tanto, conocía de sobra —eso creía yo—, su contenido.

Una tarde de sábado en la que estaba haciendo limpieza encontré la caja junto a otras que tenía apiladas en la habitación que uso como bodega. Me detuve a revisarla.

El tiempo se pasó volando entre las memorias de nuestra adolescencia. 

Recordé aquél viaje a Acapulco en el que intentamos colarnos a la Convención de Magos. No pudimos entrar, pero tuvimos nuestra recompensa cuando nos topamos con el mago Chen Kai, al que habíamos visto en la tele, pero nunca en persona.

En la caja me llamó la atención un objeto que no había notado, y del cual mi primo tampoco me había hablado: una moneda antigua de 5 centavos acuñada en 1945, que tenía como característica una doble cara, la misma imagen por los dos lados: la de la Corregidora. Es decir, no tenía el escudo nacional por ninguna parte. La guardé en el bolsillo de mi pantalón. 

Al mirar la hora me di cuenta que había estado tantas horas entre cajas y recuerdos, que se me había pasado la hora de la comida y ya era tarde como para ir a un restaurante.  Tengo ganas de unos tacos al pastor —me dije a mi mismo. 

La orden incluía cinco con todo y un refresco. Los devoré en menos de cinco minutos. Al momento de pagar me di cuenta de que había olvidado la cartera. Pensé en dejar mi reloj en prenda, pero al revisar mis bolsillos, además de la moneda, encontré un billete de 500 pesos que por suerte había olvidado la última vez que usé esos jeans.

Al día siguiente de regreso del trabajo tuve un golpe de buena suerte que sólo en sueños hubiera imaginado.

Iba montado en el asiento del copiloto del “vochito” que manejaba mi mejor amigo, vi a lo lejos a un muchacho que pasó corriendo para cruzar la calle, y cómo a su paso se levantaban lo que parecían simples papeles.

No sé qué fue, si mi instinto, mi avaricia o mi buena visión, pero de inmediato le pedí a mi amigo acelerar y dar la vuelta en esa calle.

—Detente aquí, detente ya —le ordené.

Abrí la puerta y comencé a recoger billete tras billete, de cien, de dos cientos, de cincuenta, de veinte. En total había tres mil quinientos pesos.

—Ahora arráncate, no sea que regrese el dueño —añadí, mientras contaba y recontaba los billetes.

Le di la mitad del dinero y me embolsé la otra mitad. Casualmente llevaba el mismo pantalón de la noche anterior con la moneda de 5 centavos en el bolsillo. ¿Sería mera casualidad? Por si acaso, la metí a mi cartera.

Mi racha de buena suerte se extendió por varios días. Compré un billete de lotería que salió premiado, aunque como era un “cachito”, apenas cobré mil pesos. En el Melate me gané mil dos cientos. Caminando encontré un billete de cinco dólares y otro de cien pesos.

Otro día, de camino al banco, pateé lo que parecía un simple papel doblado, pero al levantarlo resultó ser un cheque al portador por tres mil 750 pesos, con los cuales pagué mi tarjeta de crédito.

La increíble racha sólo podía tener un motivo, así que revisé la cartera, y sí, ahí seguía la moneda.

Luego de eso pasaron semanas sin que volviera a ocurrir otro golpe de buena suerte. De cuando en cuando revisaba la cartera para saber si aún seguía ahí la moneda. Y sí, pero parecía haber perdido la magia.

Meses después sufrí un asalto en un taxi, lo que se conoce como un secuestro express, en el cual me despojaron del celular, de la cartera, del reloj, y de la chamarra. Vaciaron mi tarjetas, aunque apenas tenía siete mil pesos. 

Cuando le conté a mi primo lo que había pasado. Me dijo que la moneda la usaba cuando quería ganar una apuesta o cuando quería engañar a quien no creía en la magia, pero que nunca le había generado una racha de buena suerte como la mía.

Me preguntó si los ladrones me habían lastimado, golpeado, o si habían abusado de mí de alguna forma. Le respondí que no, que ni siquiera me habían tocado.

—¿Ya ves?, ¡qué mejor suerte que esa! Estás vivo y sin lesiones. ¿Cuánto te robaron?, ¿ya hiciste la cuenta?

No había pensado en ello. Lo que me quitaron equivalía a lo que había ganado en mi misteriosa racha de buena suerte. 

Hoy todos los días busco en mis bolsillos en espera de encontrar la moneda, o por lo menos otro billete de 500 pesos.

Semblanza del autor

Reportero de Deportes e Información General en radio, televisión y prensa escrita. Inició su carrera en los medios de comunicación en 1988 en Televisa. También trabajó en el antiguo diario El Heraldo de México, en la Crónica de Hoy y en el noticiero deportivo CableDeporte Noticias. Desde 1992 es reportero de Notisistema y Radio Metrópoli. Ha sido locutor, cronista y comentarista de futbol en Publieventos Deportivos, y durante muchos años la Voz Oficial de la Nauticopa.

Poemas Alejandro Carro

SONATA

Brotas de entre la tierra de mi sueño.

Mi sueño es pálido pero percibo el aroma de tus lágrimas.

El viento afina las ramas del árbol antes de que termine el otoño.

Dentro del árbol

tu violín de cuerdas increadas toca su primera sonata.

Música fosilizada brota de tu violín,

música que se quiebra como las hojas al pisarlas.

El otoño ha tapizado el suelo con notas quebradizas de su sonata arbórea.

Tomas el amor entre tus manos, se te clavan sus espinas,

pero, lejos de soltarlo,

lo oprimes contra tu pecho, lo aprietas para que te hiera más.

No podrás pisar las cuerdas de tu violín con tus heridas abiertas

o tal vez tu sonata suene mejor con sus notas en sangre tintas.

¿Qué madera será la mejor para hacer un violín?¿Qué madera será la mejor para el ataúd del amor?

GALÁCTICA

I

Cada noche más lejana a mí.

Nuestros corazones a estrellas de distancia.

Mis deseos siguen brillando

                                             pero muchos se apagan.

Cada hebra de tu cabellera

                                           es la cola de un cometa.

Te veo alejarte en espiral sin rumbo por el cosmos,

     en espiral dormida,

          en espiral sonámbula

que cuando despierta no me reconoce,

cada vez más lejos la constelación de tu sexo.



II

El universo se sigue expandiendo

y tú cada vez más lejos de mis estrellas;

el universo se sigue encogiendo

y tú eres una constelación de mi galaxia.

El amor es un cometa que se aproxima a nuestro corazón cada cierto tiempo.

En el universo helado sé que alguna vez seremos galaxias

que entrelazan sus estrellas.



III

En medio de la noche me pongo a dibujar con las estrellas,

uno puntos luminosos como en un juego de líneas.

Y con las estrellas cada noche dibujo tu ausencia.

******

Otros textos del autor:

8
Dios-y-el-futbol

Amanecer de un día sagrado

Año 1908

Si alguien lo hubiese visto arrugarse la sotana para trepar el alambrado hubiera pensado, sin dudarlo, que se trataba de un ladrón de gallinas disfrazado de cura. Pero no. Lorenzo Massa no hacía más que seguir esa voz profunda y amorosa que venía convocándolo desde el día anterior.

   —¿Quién? ¿Quién? —No hacía más que repetir, mientras se internaba en esa chacra desconocida con temor a ser descubierto por sus moradores—. ¿Quién me llama?

   “Yo”, dijo la voz. “Ven, Lorenzo”.

El cura miró hacia la casa del fondo y tragó saliva. Saltó un surco que llevaba el agua a un jardín de gladiolos, y caminó por el ancho espacio verde hasta ocultarse tras unos árboles frutales. Sacó un pañuelo y secó su frente.

   —Esto es una locura —se dijo—. Mejor me voy o termino en un calabozo.

En eso estalló un sonoro chistido. Lorenzo miró a su izquierda y vio algo que lo dejó paralizado. A pocos metros, en un claro alfombrado por una tierra amarillenta y seca, una zarza ardiente. Lorenzo se acercó, atónito, porque la zarza ardía y ardía, pero no llegaba siquiera a chamuscarse.

   —Esto es cosa de mandinga –balbuceó.

   “La competencia nada tiene que ver en esto”, dijo la voz. “Vamos, descálzate que estás en tierra sagrada”.

Con la obediencia que requieren los eventos metafísicos, Lorenzo se sacó las alpargatas. Febrilmente, repasó en su memoria todos los evangelios y el Primer Testamento completo, más un comentario de Santo Tomás.

   —¡Señor! ¿Eres Tú?

   “¿Y quién otro se te aparece en zarzas? Vamos, Lorenzo. Dale crédito a tus sentidos. Soy el que Soy.

   —Pero… Tú sólo te apareciste frente a Moisés.

   “También lo hice ante Freud, y me quiso convencer de que Yo era su delirio místico. En realidad, me he presentado ante muchas personas pero todos han dudado de mi autenticidad. Hasta he pensado en hacerlo junto a un escribano”.

   —Yo te creo, lo juro por Ti.

   “Bueno, tranquilo. Yo sólo vine a felicitarte por tu obra con don Bosco. Y también con los Forzosos de Almagro.

Lorenzo se rascó la nuca, sorprendido.

   —No sabía que te interesaba el fútbol, mi Señor.

   “¿Que si me interesa? ¿Quién crees que inventó el fútbol? ¿Los ingleses? No, Lorenzo. Fue una de mis grandes inspiraciones. Un deporte sencillo y económico para que todos puedan practicarlo. Una fuente de vida, de salud física y mental. La manera más divertida de bajar el colesterol.

   —¿El qué?

   “No importa. El caso es que Satanás, rabioso de celos, ha encontrado la manera de destruir mi obra”.

   —Disculpa, mi Señor, pero… me parece difícil que el demonio pueda destruir el fútbol.

   “Lo ha hecho. Inventó la FIFA”.

   —¡Vade retro!!!

   “Es por eso necesito reforzar este deporte con equipos nuevos que lleven a la gloria el arte de la gambeta. Te necesito a ti, Lorenzo”.

El cura quedó con la boca abierta.

   —¿A mí?

   “Quiero que fundes un equipo en base a los Forzosos de Almagro, que lo bautices con una marca registrada que deberá recorrer el mundo entero sembrando admiración y goles. ¿Se te ocurre algún nombre?”.

   —Nombre… nombre… —murmuró Lorenzo tomándose la barbilla.

   “Que tenga que ver con la santidad”.

   —Y… ¿qué más santidad que esta comunicación que sostengo Contigo? ¿Qué mayor   bendición que una charla en vivo y en directo con mi único Dios? Comprendo entonces que… para llegar a Ti necesito hablarte… Mi nexo son las palabras como vehículos de fe… ergo, mi boca se vuelve sagrada… Eso es… mi boca… Boca… Ese es el nombre… ¡Bocaaaaaaaa…!!!

   “Detente, eso lo están inventando en otro barrio. Sigue participando”.

   —Tengo otra idea. Tu palabra es el viento sagrado que limpia nuestros corazones, que barre con nuestras impurezas. Un viento que lo sana todo, ciclónico, glorioso, arrasador. Puede ser un… huracán. Eso, ahí está. ¡Huracán para todo el mundo!!!

   “¡Ay ay ay! Estás agarrando para los tomates, Lorenzo. Eres tan modesto que no puedes ver tu propio nombre. No importa. Yo me encargo del tema. Y ahora ve saliendo de la chacra. La familia Onetto va a despertar y puedes tener un gran lío.”

Lorenzo miró hacia todos lados, desorientado.

   —Como digas, mi Señor. Pero, ¿por dónde salgo?

   “Sigue derecho por aquel sendero y llegas a la Avenida La Plata al 1700.”

   —¿Avenida qué…?

   “Hablo del futuro, Lorenzo. Ya te dije que no te preocupes, todo queda en Mis santas manos”.

Milonga de versos, milongas de bailes

Rimas y milongas (1)

Canción olvidada

De un tiempo muerto regresa

una canción olvidada.

Abre una puerta cerrada

preguntando por mi nombre.

El miedo le teme al hombre

que se aferra a lo que amaba.

***

Con tanta muerte anunciada,

tanto dolor en el mundo,

si me detengo un segundo

para evitar el peligro,

mi lado humano denigro

y con el lodo me fundo.

***

Si cuento con tus dos manos

y con mi sueño demente

para que el alma alimente

lo que mata la indolencia,

rescatamos la creencia

en lo mejor de la gente.

***

Te juro que me lo creo.

No tengo la menor duda

que con el alma desnuda

y los pies tocando el piso

no habrá futuro sumiso

ni esperanza sin ayuda.

***

De un tiempo muerto regresa

una canción olvidada.

Abre una puerta cerrada

preguntando por tu nombre.

El miedo le teme al hombre

que se aferra a lo que amaba.

………………………………………………..

Milonga agradecida

En cada nombre me encuentro.

En cada nombre me olvido.

Qué palabra sin sentido

podré responderle al viento,

si canto lo que no siento

Y reniego lo vivido.

***

Vengo de tierras extrañas

donde las playas suspiran.

Por ignorar lo que miran

quedaron mudos los ojos,

se hicieron grises los rojos

y los recuerdos deliran.

***

Mis sueños no se murieron

ni tampoco mis errores.

De los sueños, los mejores

los he traído conmigo,

como traje a los amigos,

como traje los amores.

***

En esta tierra bendita

reconstruyo la esperanza.

No tolero la tardanza

en la vida que me espera,

que celebra la quimera,

que repudia la venganza.

***

Me enamoro de esta vida

del modo más misterioso.

Que no tenga yo reposo

en perseguir un futuro

que no puede ser tan duro

como un pasado glorioso.

***

Benditos los que me acogen

sin importar lo que canto,

evitando que hacia el llanto

naveguen mis emociones.

Ya vendrán nuevas canciones

con la risa como manto.

***

Por ahora me despido,

pero seguro regreso.

No se queda el verso preso

ni atrapada la sonrisa

si la vida lleva prisa

o te premia con un beso.

………………………………………..

Annia Galano

Nació en La Habana, Cuba, en 1967. Actualmente vive en Ciudad de México. Es Doctora en Ciencias Químicas y trabaja como profesora en la Universidad Autónoma Metropolitana. Además de su profesión como química computacional tiene inquietudes en otros campos, incluyendo la pintura y la literatura. Ha escrito cuentos y poemas, todos inéditos. Se considera a sí misma una “escritora de closet” que escribe porque no puede evitarlo.

Cuando a ella le crecían alas

Cuando a ella le crecían alas

Ella veía que durante las tardes a su sombra le crecían alas, nacían y se desplegaban serenas, por eso los doctores del neurosiquiátrico Moyano la acusaban (qué otra cosa es sino un diagnóstico) de loca. Le pusieron por nombre Iris aunque su documento decía uno bien distinto que jamás olvidó, simplemente lo dejó de lado para hacerlo tan libre como ella ya no era.

Se paseaba descalza luciendo una remera gris demasiado holgada a la que había pintado con fibrón “Farfalla il sogno”; llevaba el pelo negro, rizado, atado prolijamente. Sus ojos grises tenían momentos de brillo vivaz, pero en el fondo una tristeza infinita soplaba como un vendaval.

No era de palabra fácil, prefería guardar silencio que sólo quebraba para pedir un cigarrillo o hablar con el psiquiatra cuando éste la interrogaba. “En cada pétalo de luz siento latir mi sombra de mariposa, doctor”, solía murmurar ignorando que esa respuesta la condenaba a permanecer en aquel hospital de por vida.

Nunca se resignó al encierro, en algún momento intuyó que el problema real estaba en su sombra, y si lograba desembarazarse de ella todo se solucionaría. Utilizó distintas tácticas para su objetivo: A veces a la hora del “pastilleo” robaba los sedantes de las otras internas para tomarlos todos juntos y entrar en un sueño pesado que a veces duraba dos días, esperanzada en que al despertar y pararse al sol del atardecer, no hubiera alas. Optó también por bailar a pesar de no tener música, se calzaba los destartalados auriculares que enchufaba a una caja de fósforos húmeda y vacía. Giraba y giraba con la secreta idea de marear a su sombra hasta lograr perderla. Otras veces se acomodaba en un viejo banco de piedra, cualquiera que la viera podría pensar que hablaba sola, pero en realidad rezaba para que Dios se apiadara de ella y la ayudara a no ver esa silueta alada.

Con todos estos fracasos a cuestas comenzó a pasar horas en los fondos del Moyano, cerca del alambrado perimetral que separaba el hospital de las vías ferroviarias. Se sentaba todas las tardes a ver pasar los trenes, mientras de reojo observaba sus alas amanecer. Entonces allí armó la última estrategia. Una tarde de junio, mientras pasaba la máquina verde, azul y blanca de El Entrerriano y la sombra se alzaba distraída, ella corrió, saltó el alambre, ganó los rieles y siguió en veloz carrera. Una y mil veces miró hacia atrás para ver si era seguida, llegó a los galpones del ferrocarril y sin dudarlo trepó a una locomotora. Nadie supo cómo pero logró encenderla y avanzar unos metros. De no ser por la intervención de personal policial que la detuvo, se hubiera marchado lejos de ese mundo de encierro y pastillas, sin dudas que con su sombra, pero sin tanto terror de ella.

Iris volvió al Moyano, las autoridades quitaron el alambrado divisor, en su lugar colocaron un murallón sólido. La confinaron a un pabellón de mayor seguridad, le cortaron el pelo, le arrancaron aquella camiseta para ponerle un uniforme blanco y un chaleco que la convertía casi en una oruga. Entonces ella supo que su sombra no había sido un problema, sino un presagio.

Los trenes siguen pasando cada vez más viejos, descoloridos, afónicos en sus sirenas, menos ágiles. Iris ya no los ve, sin embargo, contra aquella muralla, en los atardeceres, la sombra de mariposa se despereza triste pero viva, bate sus alas y levanta vuelo.

Brillar y no se estrella: ilustración de Félix Guerra

Selección poética Félix Guerra I

CÓLICOS

A veces digiero

mal mi pedazo

de infinito y

mi trozo

de eternidad.

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ODA A ESTAR VIVO

Da vergüenza morir: suprema humillación infligida al cuerpo.

Ya antes daba vergüenza estornudar y luego no tener pañuelo a mano, sino

la simple mano.

Que el tonto agite dedo autócrata

en su aire, reprimiendo cualquier ruido

de arbitraje. Da pena no tener pan ni duro

ni bíblico nunca o ningún día. O tener

solo pan duro como púa que se atora

entre dientes y garganta.

Humillación insufla el pene exduro,

también dentición con pasado perfecto.

Dientes se ablandan con sustos de vivir, expene se aterra y pega a los

huevos.  Humilla el sol que amanece gris

en la melancolía de las sábanas. Y chorro

de sombras de las bombillas fundidas o apagadas.

Alguien afirma que si oscuridades pisan

tus talones al menos quedan pies

con que huir. Pero si huyes a menudo

es que ya casi nunca logras perseguir.

Humilla vivir en opacidad, detrás

del telón de penumbras y de cara a la pared.

Da vergüenza sucumbir entre amigos

a la luz del día. Vergüenza morir y dejar tanta gente viva alrededor.

Vergüenza

el amor que nos tenían y llevarse a ninguna parte el amor que uno profesa.

Vergüenza languidecer en presencia

de la afligida multitud familiar. Pena

que todos consuman un rato tu cadáver.  

Vergüenza mirar de frente a contemporáneos

y familiares durante la agonía. Vergüenza

que obliguen a rezos, ungüentos y pastillas

que prolongan la vida apenas otros dos instantes.

Vergüenza desfallecer en brazos de la amada.

Pena ver lágrimas derramadas por tus ojos. Vergüenza morir y no poder

cargar con quienes amas. Vergüenza que quien te ama no te logre retener.

*****

*****

RESTOS MORTALES

Hasta el último en la fila lleva entallados

sus restos mortales. Livianos en el aire, sutiles en la estatura y óseos

en el sobresalto. No pesan más que uno mismo en persona. Justo

lo que podemos cargar. Lo que va a ser resto, todo lo que va a ser mortal.

¿Cómo entenderse con ellos?

Cotidiano y previo. Untar agua, jabón, desodorante. Limpiar con toallas y

papeles higiénicos. Alimentar a diario. Engordarlos. Maltratarlos a ratos

 en fatigas e infracciones de existir.

Ponerlos a correr. Rogarles que regresen.

En ocasiones repletarlos de placeres, pasiones o venganzas. Y otros pecados.

Instruirlos en habilidades con respecto

a amistad, intrigas, egoísmos, vanidad, ingenuidades, gratitud, amores,

traición, alevosías (alevosía rima

con tranvía, y yo con calma, atravesado en la vía).

Trance generoso es dar lo que no tengo. Cómo reír y sangrar a mi costa

en agolpadas parrandas. Por ruin o ruines que fui o fuimos, cuando

debimos ser dadivosos y justos.

Días y vidas completa para cavilarnos

y látigo de arrepentimientos en la espalda.

¿Restos mortales? ¿Mal entendido? ¿Equívoco lingüístico, idioma provenzal,

errata sintáctica, dialecto celestial, creencia anómala de latitudes

donde se vive y muere demasiado

 a diario?

Restos mortales siempre inmortales.

Jamás fueron restos, estafa infinita y finita. Plazos que vencen. Moratorias

no se expende en farmacias ni hospitales.

Pero sí, efectivamente, estamos, estoy, condenado a categóricos despojos

(al final, queda regusto por el polvo y precario pero nutritivo sabor a

gusanos).

Al apagar bombillas y recluirnos en noche continua, nadie, ni nadie, ni

último dudoso

de la fila, se salva de dormir. Sin roncar

ni soñar. Sin soñar ni roncar.

Nuestro robusto peso mínimo esencial

es lo más honesto que dejamos entrever.

Viajamos siempre con una calavera

lista dentro de la sangre.

*****

*****

GENTE RARA

Tan extraña es la paloma

que no vuela, que no fuma, que no anida.

Que no mira cielo ni mira cieno,

solo al horizonte más bajito.

Ni abre alas la paloma ni se limpia

sobacos ni estornuda ni escupe,

ni la vieron jamás portando algún pañuelo.

No llora, no hipa, no estremece.

Es anómala de nacimiento,

es decir, ¿fue parida alguna vez,

salió de un huevo alguna vez, vino de París

alguna vez o vio una cigüeña alguna vez?

Por eso, por extraña, no tiene corazón.

Y al mirarme a los ojos dice: No.

*****

*****

ODA A LA LÁGRIMA

¿Qué no ablandan las lágrimas?

Llanto ablanda todo o casi todo.

Gota y torrente de gotas ablanda rocas y

cava hasta el fondo en la ternura.

Lágrima es un taladro de agua. Lluvia

del ojo humano siembra en la agricultura

de las emociones.

Ablanda rocas, frijoles y un corazón

endurecido. Dulce lágrima de mujer traspasa

sangre y paredes.

Lagrima masculina hace temblar la sangre.

La del niño levanta al ave de su muerte.

De pájaro invisible suerte de frutos

praderas y valles.

Lágrimas sobre ataúd de mártir o héroe,

son semillas.

Ojo es alcancía de lágrima, para el tiempo de las vacas flacas.

Lágrima paralizada al borde del párpado,

paraliza intestinos.

En la lágrima, humedad se vuelve humana. ¿Por qué no enseñar a la

lágrima

a llenar el vaso del sediento?

¿Lágrimas de arrepentimiento merecen

cielo?

Digo: huevo de pájaro pasado por agua

de lágrimas es el alimento de la resurrección.

Si pájaro no llora es porque puede cantar. Ojo

que se especialice en sentir ofensas

derrama de golpe más lágrimas que abril y mayo juntos.

Desembocan lágrimas y es ruina oceánica

de algún derrumbe.

¿Qué me dicen del ojo recipiente,

protector y portero de lágrimas?

No discrimino lágrima que viene

de la cebolla. O de cocodrilo. No hay

lágrima falsa: ni de teatro, traidores

o infieles.

Anoche soñé con lágrimas de aldeas

conquistadas y vencida por invasor o 

adversidad.

Ojo: luchad contra conquistadores e injusticias, endiosamientos y Poder

enquistado.

Etcétera. Que todo, es cierto, no lo ablandan las lágrimas.

Izquierda-y-derecha-guerraa4manos.com

¡Una vez yo fui de izquierda!

Una vez, hace mucho tiempo, yo fui de izquierda. Pertenecía a esa izquierda cubana que éramos todos, en la que creíamos a rajatablas, porque la alternativa era el “capitalismo feroz”. Como si el capitalismo solo pudiera ser de derecha y el socialismo de izquierda…

El tema es, para nuestro mundo actual, tan relevante como ser ateo, católico, musulmán o judío. Pareciera que de eso depende el tipo de persona que eres y la esencia de la que estás hecho.

Sin embargo, aunque históricamente los hombres y mujeres “de bien”  se identificaban con la izquierda, es relevante que después de los complejos procesos que ha vivido el mundo en las últimas décadas, avistemos un resurgimiento de las derechas y las extremas derechas. ¡Algo han de estar haciendo muy mal las izquierdas para que “la gente de bien” también vote por los terribles enemigos del pueblo! …Son comentarios no tan esporádicos en el mundillo de la política, donde en realidad ocurren pocas cosas buenas relevantes, más allá de ideologías o partidos.

Quizás vale recordar que los procesos más terribles y sangrientos de discriminación humana, al menos en Asia y Europa, han surgido de partidos “socialistas”. Quizás vale recordar que no por ello el capitalismo se salva de la gravedad de poner al poder y al dinero como centro de explotación de los hombres, esencia en la que hemos basado nuestra civilización.

Hace aproximadamente una década que vivo en México y he visto a mucha gente ilusionada con la posibilidad de que por fin la izquierda tomara el poder. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) —escuela de casi todos los políticos, incluido el actual presidente de México—, bloque de poder surgido de la Revolución Mexicana, representó durante la mayor parte del siglo XX a una aparente izquierda, y en algún momento devino derecha de forma natural. Entonces el más joven Partido de la Revolución Democrática (PRD) se convirtió en la izquierda. Obrador era entonces perredista.

Hace poco más de un lustro, Andrés Manuel formó filas y constituyó Morena (Movimiento de Regeneración Nacional). Esta es hoy la izquierda mexicana, a la que, desgraciadamente, he tenido la oportunidad de conocer. Como dijo el gran poeta y pensador cubano, José Martí: “He vivido en el monstruo y le conozco las entrañas”. A esta izquierda, debo confesar —a pesar de saber que en política nunca hay verdades ni la razón está en ninguna parte— no le encuentro diferencias con los gobiernos anteriores (PAN y PRI), o sí, la del populismo, la de escudarse bajo de un discurso que no dice nada y resuelve menos.

Veo a mi México adentrarse en el final de sus primeras dos décadas del nuevo milenio mucho peor que como yo lo conocí. No me importa lo que digan las estadísticas, que tampoco son halagüeñas. Hablo del pulso social, de ser gente de a pie, trabajador, de ver cómo crece la violencia, los crímenes, la inseguridad.

Seguí, por una amiga profesora, la huelga de la Universidad Autónoma de México (UAM), que duró tres meses porque Gobierno y sindicato no se ponían de acuerdo en diferencias menores para el primero, pero trascendentales para los trabajadores. Veo el cierre de presupuestos por aquí y por allá, en la ciencia, la educación y la cultura; en el turismo que tantos beneficios nos deja. Y veo un país que se va paralizando, que no crece, que grita desesperado, cuando los políticos siguen viviendo exactamente con la misma buena vida de siempre.

¿Esta era la lucha contra la corrupción de que nos habló AMLO? ¿Era a estas áreas a donde había que quitarle dineros o ser más restrictivos para evitar el “despilfarro”? ¿Este el México del acelerado crecimiento, trabajo y oportunidades para todos? ¿Eran de verdad estos los resultados que esperábamos a medio año de la tan anhelada izquierda? Las frases de esperanzas se han trastocado en desasosiego: “¡Y nos quedan cinco años y medio aún!”.

Hace tiempo escribí, y hoy lo acuño: cuando conozco a las izquierdas modernas, a la izquierda mexicana, me dan deseos de ser de ultraderecha. Es entonces que tengo que comenzar a elaborar mis propios estandartes para que el pesimismo no me lastre los ánimos de intentar hacer que nuestro paso por la Tierra deje una esquela memorable para la historia de la humanidad. ¡Hoy me siento políticamente huérfana! ¡No sé en qué o quién creer! Lo peor es que no estoy sola.

Pulpo-8

8

Muchos se han formulado alguna vez esta pregunta: ¿los pulpos saben escribir? El hecho de que tengan tinta lo supondría, pero no garantiza nada. Podría pensarse que sí, pues ¿en qué otra cosa ocuparían la tinta si no es para escribir? Para responder a esta interrogante, comenzaré por decirles que, desgraciadamente, la mayoría de los pulpos son analfabetos y solo utilizan su tinta como un medio de defensa —y en recetas de cocina, en el peor de los casos—. Sin embargo, existe una élite dentro de la especie que practica la escritura con regularidad, algunos más, otros menos. Esto nos lleva a otro asunto: el de los brazos. También podríamos suponer, en primera instancia, que los pulpos usan con la misma frecuencia sus ocho tentáculos. Error: no todos proceden así. Al igual que las personas, los pulpos tienen extremidades dominantes. Hay quienes únicamente utilizan dos: la derecha y la izquierda más próximas a la cabeza. Algunos de estos moluscos tienen una habilidad mayor en el lado diestro, y de esta manera realizan sus tareas. Los seis tentáculos restantes no son más que espectadores del continuo movimiento de los otros dos y solo son requeridos en situaciones que demandan la fuerza o destreza del animal para su supervivencia. Otros (la gran mayoría) pueden manipular más de dos brazos con cierto control; por lo general, son cuatro. Como ya se dijo, las extremidades más cercanas al frente son las más hábiles, o sea que el tentáculo próximo al ojo derecho será el que utilice el pulpo con mayor frecuencia respecto a los demás de ese mismo lado; igualmente ocurrirá con el brazo vecino del ojo izquierdo. Pero siempre funcionan en pares. Es decir: si un pulpo manipula dos extremidades, una será derecha y otra izquierda; si lo hace con cuatro, dos serán diestras y dos siniestras: por lo tanto, nunca se verá que un molusco que use seis tentáculos, mueva cuatro derechos y dos izquierdos. Debemos insistir en esto porque es muy importante para entender la mecánica de su movimiento: las extremidades siempre trabajarán en parejas: el mismo número de tentáculos en ambos lados. Por fortuna, también encontramos cefalópodos que utilizan los ocho brazos con la misma prestancia. Estos son los maestros de la habilidad y los más admirados por sus compañeros, capaces de realizar ocho actividades a la vez. Y, por lo general, son los más requeridos por circos y parques acuáticos para sus actos de malabarismo.

Luego de esta breve explicación sobre los tentáculos, podemos explorar el resbaladizo terreno de la escritura pulpiana. Existe todo un mito alrededor de esta cuestión. El mundo cree que el pulpo es capaz de garabatear porque su cuerpo en conjunto es visto como una especie de mano de ocho dedos, adaptada y lista para cerrarse alrededor de un lápiz. Pero no exactamente. Ya habíamos adelantado que existe una élite ilustrada entre estos seres. Pues bien: he de decirles que los cefalópodos que usan los ocho brazos (muy pocos) rara vez escriben, salvo excepciones, como en el caso de un pulpo escritor que conocí, y que escribía tanto, que en ocasiones estaba metido en ocho proyectos literarios a un tiempo: escribía una novela, redactaba un cuento, preparaba un libro de poemas, hacía una obra de teatro, esbozaba un ensayo, contestaba cartas, actualizaba su diario y corregía su columna semanal en el diario más importante. Un texto para cada miembro. Era todo un espectáculo verlo en acción. En otra oportunidad, en su proyecto más ambicioso, escribía una novela que equivaldría para los pulpos a lo que En busca del tiempo perdido es para los humanos; lo hacía con los ocho tentáculos a la vez, cada uno ocupado en la redacción de un capítulo distinto. Un verdadero prodigio.

Parece que, entre más extremidades puede usar un molusco, menos aptitudes tendrá para escribir. También llama la atención el hecho de que los pulpos con más alto coeficiente intelectual son los que únicamente utilizan dos brazos. Todo indica que hay una relación directa entre el número de brazos —o “dedos”— hábiles y la inteligencia de estos seres: “La inteligencia de un pulpo es inversamente proporcional al número de tentáculos hábiles que posea”. En efecto, los pulpos más listos son aquellos que solo dominan un par de brazos. Esto parecería responder a un fenómeno de especialización: los pulpos que manejan más de cuatro brazos son altamente capaces de realizar manualidades, mientras que aquellos que manipulan dos muestran una mayor tendencia a las tareas intelectuales, como la escritura.

En la actualidad, se espera que los pulpos sobresalgan cada vez más en la literatura, y es muy posible que pronto tengamos al primer cefalópodo Premio Nobel con la publicación de la novela Ocho brazos para abrazarte. El autor de esta obra, próxima joya de las letras universales, no podrá decir que la escribió con su propia sangre, pero sí que lo hizo con su propia tinta, que es igualmente íntimo.

Ojalá este pequeño artículo le haya servido y orientado, apreciable lector, en este escurridizo tema de la tinta de los pulpos. Ahora lo dejo porque hoy he trabajado demasiado y me duele el tentáculo de escribir.

Sobre el autor

José Alejandro Carro Sánchez, poeta y narrador, nació en la ciudad de Tlaxcala en 1975. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Se dedicó a la labor docente durante siete años y más de diez a la corrección y edición de textos periodísticos. Actualmente escribe en el sitio web losaficionados.mx. Se considera eterno aprendiz de los grandes maestros de la literatura universal. 8 es su primer cuento publicado en A4manos.

INSTITUCION la caja GEOMETRICA

No puedo volar

Volar es suceso tan despiadadamente arriesgado

y emocionante, que me lacera no tener alas.

Resulta atroz, a mitad de vida, comprender que nunca

voy a poseer alas ni a sobrevolar techumbres

de mi pueblo. Ni posarme en lo alto de su campanario.

Injusto, caprichoso. Una evolución sin alicientes,

sin acicates, que discrimina profundo al ser humano.

Es vergüenza. Con tanto libro en el librero

y más de un título de licenciado colgado a la pared,

no lograr nada en este apartado, ni el desdichado

revoloteo hasta el tejado más miserable del barrio.

¿No alcanzaré a batir alas jamás, ni para navegar

hasta la rama más bajita y pelada?

Y por otros motivos, ¿deberé conformarme siempre

con el maldito aeropuerto y los aviones?

Ni miel atino a beber en directo de la flor, aunque

sí del frasco, pero con la estúpida cuchara en la mano. 

Ni picar frutas que no sean del frutero. Ni oler rosa viva,

sino las mismas del pintoresco florero de abuela.

Desearía contemplar la patria desde el aire,

fotografiar abuelos, padres, hermanos, amigos, novias,

esposas, hijos, suegros, nietos, vecinos, y filmar

un gran documental con toda esa célebre pandilla.

Mi pueblito está llenísimo de montañas. Pero nunca

podré subirlas ni bajarlas con las alas puestas.

Otro sueño imposible de mi estirpe: espiar océano 

desde el aire, contemplar rizados de olas y purezas

del agua. Luego caer triunfal y ejercitar una y otra vez

el espectacular chapuzón de los pelícanos.

Contemplo cada día y cada atardecer el paisaje

en movimiento de las aves: gorriones, perdices,

vencejos, golondrinas. Pero ellas, si alguna vez miran,

solo verán a un hombre callado que mira al cielo

Dioses o evolución nos privaron del ala.

Aunque no dejo de ser optimista en otros empeños,

en consecuencia hoy solo atino,

como siempre,

a desplazarme muy silencioso y pegado al suelo.

Cinderella

CENICIENTA

Había una vez una muchacha triste llamada Cenicienta. No triste porque sí, como deporte, sino más bien porque vivía con dos hermanastras que siempre la trataban mal, y también con una madrastra que se la pasaba dándole órdenes con cara de limón ofendido.

  “¡Cenicienta, limpia la escalera!”, le decía. “¡Cenicienta, plánchame el vestido!” exigía luego. “¡Cenicienta, sírveme el té!”.

   Y era así que la pobre muchacha se la pasaba trabajando todo el santo día, sin tiempo para ir a pasear o para mirar la telenovela de las cuatro, cosa que hacían las otras mientras ensuciaban el piso comiendo pochoclo. ¡Pobre Cenicienta! ¡Qué cansada se acostaba por las noches! ¡Cuánta tristeza la invadía en ese cuarto solitario, metida en un pijamas viejo y lleno de agujeritos de polilla!

   Un día, la madrastra llegó entusiasmada de la calle para dar una gran noticia. El príncipe había decidido invitar a todas las chicas del reino a un baile en palacio, con el fin de escoger a la más bella como esposa y futura reina. Había también un premio consuelo para las finalistas que consistía en dos pasajes a Disneyworld, pero las hermanastras, que a ojo de buen cubero resultaban bastante lindas, empezaron a soñar con la boda real que le tocaría a cualquiera de ellas.

   “¡A mí! ¡Yo seré la princesa!”, decía una.

   “¡No! ¡La princesa seré yo!”, respondía la otra.

   “¿Y yo?”, preguntó la inocente Cenicienta.

   Las hermanastras rieron de buena gana y luego se burlaron con saña.

   “¡No seas tonta, Cenicienta!”, intervino la madrastra. “¿Cómo ha de fijarse un príncipe en una fregona como tú, que ni siquiera tiene E-mail?”.

   Rieron aun más fuerte las hermanastras, y Cenicienta, humillada, se dedicó a pasarle el plumero al gato mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

   Llegó la noche del baile y las tres perversas mujeres salieron rumbo a la pachanga real. Cenicienta las vio partir, con algo de envidia y mucho de dolor. Había empezado a llorar amargamente cuando de pronto se le apareció un hada. Cenicienta, sorprendida, le preguntó quién era. El hada le mostró su credencial del Sindicato de Hadas y le propuso que concurriese a palacio.

   “¡A palacio!”, exclamó Cenicienta. “¿Yo? ¿Cómo podría ir yo con estos harapos?”.

   “No te preocupes. Mira, ¿ves esa tapita de gaseosa que hay en el suelo?”.

   “La veo”, dijo Cenicienta.

   El hada movió su varita y la tapita se convirtió en la más hermosa remera y un jean de marca. Cenicienta no podía creer lo que veían sus ojos, y de inmediato, alentada por el hada, empezó a vestirse con esa ropa moderna que le quedó maravillosamente bien. Pero había un problema, Cenicienta estaba descalza.

  “Mira”, dijo el hada comprensiva. “¿Ves ese trozo de pan que quedó en el piso?”.

   Y con otro movimiento de la varita el pan se convirtió en un hermoso par de botitas, que vistiendo los pies de Cenicienta le dieron un look moderno y elegante. Aun así todavía faltaba la locomoción para ir a palacio, el cual no estaba para nada cerca.

   “Mira”, sonrió el hada. “¿Ves esa oruga grande que hay en el rincón? ¿Sabes lo que significa?”.

   “¿Que cada vez limpio peor?”.

   “No, Cenicienta. Que ya tienes cómo viajar a palacio”.

   Dicho esto tomó la oruga y la llevó a la calle. Un agitar de varita y el insecto se transformó en una moderna boca de subterráneo, con escalera mecánica y todo.

   “Vas a ir en subterráneo”, dijo orgullosa el hada. “Es más rápido que la carroza”.

   Finalmente, le dio unas monedas para el boleto, sin dejar de advertirle que la magia duraría sólo hasta las doce de la noche. A esa hora debería regresar si no quería terminar vestida con una tapita de gaseosa.

   Cenicienta puso su despertador en una cartera y tomó el subte para llegar rapidísimo a palacio. Subió los largos escalones que daban al salón principal y una vez allí deslumbró a todos con su presencia. Las hermanastras, que no la reconocieron, se atragantaron con canapés de pura envidia. El príncipe dejó de bailar la conga y pidió al discjokey que pasara un vals para sacar a Cenicienta. Fue así que danzaron y danzaron. La gente los admiraba en silencio y ellos no hacían más que mirarse a los ojos, embelesados, enamorados. No les hacía falta hablar. Ni siquiera de futbol. La noche fue transcurriendo sin que la pareja dejara de girar por todo el salón. Y cuando ya estaban algo mareados, sonó de pronto la alarma del despertador.

   “¡Las doce!”, se asustó ella. “¡Las doce!”.

   “¡Feliz año nuevo!”, exclamó despistado el príncipe.

   “¡No! ¡Me tengo que ir!”.

   Y salió presurosa del lugar. El príncipe, sin saber qué hacer, no tuvo más remedio que seguir bailando el vals por sí solo.

   En el apuro por alcanzar la salida, Cenicienta tropezó y rodó por los 57 escalones del palacio, pero como estaba acostumbrada a los golpes de la vida no se hizo nada. Sólo que perdió una de sus botitas. Sin prestar atención a ese detalle, Cenicienta subió rengueando al subte. Fue un viaje muy corto, ya que el vagón desapareció y la pobre muchacha se encontró de pronto montada sobre la oruga. La remera y el jean de marca habían vuelto a ser una tapita, y ella se encontraba en ropa interior. En lugar de la bota tenía un trozo de pan sobre el pie. Luego de dos horas, al darse cuenta de que sólo había avanzado diez centímetros, se bajó de la oruga y volvió corriendo a casa.

   Al día siguiente, las hermanastras no hacían más que quejarse y protestar contra esa extraña que había llegado al baile para robarse el corazón del príncipe. Cenicienta escuchaba con una sonrisa, mientras le pasaba el cepillo de dientes al armario. La madrastra también echaba maldiciones. No podía creer que ninguna de sus adorables hijitas fuera a convertirse en princesa. De pronto, dos secos golpes en la puerta de calle.

  “¿Otra vez se descompuso el portero eléctrico?”, chilló la mujer, para en seguida ordenar:    “¡Abre la puerta, Cenicienta!”.

   Cenicienta obedeció para dejar entrar a un pomposo cortesano que venía con un bando real, anunciando que aquella muchacha a quien le calzara cierta botita extraviada la noche anterior, sería la esposa del príncipe.

   “¡¡¡Dónde está la bota!!!”, exclamaron entusiasmadas las hermanastras mientras se sacaban los zapatos.

   “Hay un problema”, se excusó el cortesano. “Recién se la probamos a una muchacha de pie robusto, y se le atrancó”.

   “¿Y cómo se la probamos a mis hijas?”, se impacientó la madrastra.

   El cortesano chasqueó los dedos y entraron cuatro hombres trayendo en una silla a la muchacha de pie robusto, aún con la bota atrancada.

   “Que apoyen la planta del pie sobre la suela. La que calce perfecto es la ganadora”.

   Probó la primera hermana y su pie sobrepasó la suela por medio centímetro. La segunda hermana, en cambio, se quedó corta por un centímetro. La desazón de las malvadas se transformó en burla cuando Cenicienta ofreció su pie para la prueba. Y, ¡oh sorpresa!, calce perfecto. El príncipe apareció de pronto para abrazar a la ganadora.

   “¡Eras tú, mi Cenicienta! ¡Mi princesa! ¡Ídola! Ya mismo nos casamos”.

   “No, no”, lo frenó la muchacha. “No podemos casarnos ahora, casi no nos conocemos. Además, antes de casarme quiero tener novio”.

   El príncipe acordó en que Cenicienta tenía razón, no había que apresurarse con la boda. Así que decidieron ser novios esa tarde y casarse recién a la noche.

   ¿Y las hermanastras?, fueron muy felices con el premio consuelo de dos pasajes a Disney.

Loba que aúlla

La loba

Después de alguna decepción que estaba muy lejos de ser la primera en su vida, y tampoco sería la última, Juliana decidió seguir el consejo y las enseñanzas de Tata Nieves. Tata Nieves era su abuela materna, quién murió el mismo día y a la misma hora de su nacimiento. Sin embargo Juliana no podía decir que no la hubiera conocido. Tata Nieves la visitaba en sueños con frecuencia desde que tenía memoria. A lo largo de los años le había contado bastante de su vida, con sufrimientos y sorpresas incluidos. Le había explicado que de todos los lugares del universo, conocidos y desconocidos por el hombre, era justo el hombre el mayor peligro. También le había hablado de su relación cercana con los dioses negros, de su bondad intrínseca y su severo sentido de justicia. Le había enseñado, poco a poco y sin asustarla, a comunicarse con ellos, a invocar sus favores y a pedir protección en casos de necesidad extrema. Pero, probablemente, la enseñanza más repetida por Tata era aquella de: “mantén cerca solo a los que amas y te aman”.

Así que esa mañana Juliana se levantó con el espíritu claro y puso su cuerpo a tono bañándolo profusamente con agua lluvia recién recogida y un jabón hecho con hierbas y raíces, que reservaba para los días realmente importantes. Dejó que el agua se evaporara de su cuerpo con paciencia, sin ensuciar el proceso con toallas ni ninguna otra cosa. Luego metió cabeza y hombros en un vestido blanco y con los pies descalzos y las partes más íntimas libres caminó despacio hasta la cocina, el centro mismo de su casa, desde donde además podía verse la ceiba del patio. Habló en silencio con los dioses, pidiendo consejo con los ojos cerrados y el alma abierta. Al paso de dos horas, o dos siglos (el tiempo de los dioses es así de irreverente), se puso de pie con el alma limpia y repleta de una paz que solo viene cuando finalmente decides hacer lo que sabes que siempre fue tu destino.

Tomó los ingredientes necesarios, incluyendo la colección de piedras rojas que le dejó Tata Nieves como herencia. Salió de casa con la determinación de los justos, realizó todos los conjuros necesarios y con las piedras hizo un círculo alrededor de la casa. Todo el tiempo que duró la acción murmuraba entre dientes palabras de sentido misterioso y la frase: “que solo entren los que amo más que a mí misma”. No se sabe si fue a propósito o sin darse cuenta que consideró únicamente medio consejo de la abuela. Esa noche durmió como hacía mucho. Tata Nieves la visitó, pero la miró fijo con ojos inquisitivos y no dijo nada.

A la mañana siguiente estaba lista para ver cómo cambiaba su vida, cómo el número de personas que la visitaban disminuían. Para su sorpresa siguieron viniendo los mismos de siempre, atravesaban el círculo de piedras sin inmutarse, sin preguntarse siquiera el porqué de esa novedad. Esperó una semana completa, dos, tres, cuatro… Al cabo de dos meses se convenció de que seguramente algo había estado mal con sus conjuros. Repitió todo el proceso, dejando las mismas piedras en su sitio, pero cambió un poco la parte inteligible del murmullo, ahora decía: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman”. Esa noche, Tata Nieves medio sonreía, pero seguía sin decir nada.

En los días siguientes el flujo de amigos quedó reducido aproximadamente a la mitad. Juliana se sentía bien, el conjuro parecía funcionar y el panorama era menos solitario de lo que había previsto. Conforme con el resultado, se sentía complacida con las dimensiones de su círculo cercano, de su manada. Pero la mente humana no da tregua. Sopesando con cuidado sus palabras durante las nuevas noches de desvelo, se dio cuenta de que su reclamo no había sido equilibrado. Decidió entonces jugarse el todo por el todo. Repitió la ceremonia, las palabras cambiadas por otras aún más contundentes: “que solo entren los que amo más que a mí misma y me aman incondicionalmente”. Tata Nieves se veía medio borrosa esa noche, pero Juliana podía jurar que lloraba, un llanto callado y lastimero. Decía algo, estaba segura, pero no entendía las palabras. Al despertar estaba convencida de que Tata le advertía, dividida entre el espanto y la ternura: “los lobos también tienen que comer”. Saltó de la cama algo asustada, se persignó varias veces seguidas y cerró los ojos un instante para intentar ver otra vez el rostro arrugado de la Tata. No tuvo éxito.

Esta vez los días pasaron lentamente. Dichoso, el perro tuerto que tuvo desde siempre, ya viejo y algo cojo, era el único que entraba y salía del círculo virtuoso, donde las piedras estaban cambiando sospechosamente de color. Ante cualquier ruido alentador, Juliana se asomaba a la ventana, esperando el milagro de algún rostro conocido. Nadie venía. Perdió el apetito, la sonrisa y muchos kilos. Lo bueno fue que también perdió el insomnio. Cada noche dormía un poco más que la anterior y también un poco más profundo. A lo mejor era que necesitaba volver a encontrar a Tata Nieves. Pero la testaruda no venía, desde la noche de su llanto no había vuelto a aparecer. Los días de Juliana se hicieron cortos, muy cortos, estaba en pie ya solo unos momentos, los necesarios para darle de comer a Dichoso y mirar de reojo a la ventana. La ceiba había perdido muchas hojas y las piedras estaban completamente grises.

Juliana era de voluntad fuerte, así que continuaba empeñada en encontrar a Tata en algún rincón de sus sueños. No se daba cuenta de que las larguísimas horas de búsqueda y ayuno la habían debilitado más allá de lo que un cuerpo humano puede tolerar. Un buen día ya no se levantó, el sueño se hacía más y más profundo. Finalmente vio a lo lejos a una Tata que, apoyada en un bastón, se dolía en su caminar y sonreía, las lágrimas corriendo por su rostro desolado. La Tata se acercaba, Juliana no podía creer su buena suerte. La vista tan débil como el resto de su cuerpo le debía estar jugando una mala pasada. La veía atravesar una y otra vez el círculo de piedras rojas, intentaba leer sus labios para saber lo que decía. Finalmente lo entendió: “el lobo solo al final muere de hambre”.

Pasados muchos meses encontraron a Juliana y a Dichoso. Una sobre la cama con apariencia de momia y un gesto indefinido entre sonrisa y mueca. El otro a los pies de la cama, con una piedra roja en la boca y la cuenca del único ojo bueno apuntando hacia su dueña.

FUERZA amanerada y algo BARROCA

BOCA DOMINANTE

(ILUSTRACIÓN: FÉLIX GUERRA)

A la cuerva preñada le suministra sin dudas un cuervo

irresistible y dominante.

Pero ni ella ni él son más golosos que mis propios ojos.

Mi extirpe se alimenta del magisterio proteico de criaturas

en rebaños, bandadas, huertos, cardúmenes. Y engorda

de gulas bíblicas y lactancias enciclopédicas.

Nos alimentamos del gran botín, con todo lo más saludable

y exquisito de un gran planeta solar.

Suman botánicas y perniles en tarima. Hornillas encendidas,

vajillas en uso, platos en mesa. Bosques y ríos y mares

abiertos las 24 horas. Restorán y fondas con las puertas

de par en par hasta la madrugada. Etc.

Al margen de escribir versos, incluso el poeta aprende

a endulzar su café y pelar una gallina. 

Muy cierta noticia: casi todo ser vivo escala el camino hasta mi boca dominante. No todos: solo los que apetezco

y digiero sin sufrir cólicos ni conmociones cerebrales.

A mi alcance imperioso, lo no tóxico. Criaturas sanas y cachorros, pichones, alevines, cogollos, retoños, menudencias.

Atunes pasados por agua cabecean sueños momentáneos

en mi plato. Al amanecer, también acostumbro a desayunar huevos fritos de cóndor en tabernas al sur. O lenguas

de flamenco a orillas de los grandes lagos.

Alimentos y bocas dominantes se entienden de modo

peculiar. El asunto es no quedar a menudo fuera del convite. En general, predomina una limitada capacidad de resilencia.

Quien se adapta al hambre hoy, mañana se revuelve

contra el hambre. Y se vuelve a inadaptar. Hambre no

es enfermedad del individuo. Es mal de las especies. Mal

social muy extendido por todos los territorios.

Y ojo. El hambre es de las que te levanta por las tripas y

te hace recular al último suspiro. A veces hambre te acuesta

en las cunetas y no te deja levantar.

2

Serpientes en nido fue el inmemorial espagueti

de los dinosaurios.

Buitre predador de quienes escapan en ruinas al desierto.

Buitre verdugo y tragador de inmundicias y roñas.

Devora inocentes y hasta envilecidos culpables.

Frijoles: pequeños ojos negros en el plato de la humanidad.                                                                          

Autorizan al oso polar un magro salario en focas.

Conejo siente náuseas en la boca indigesta del lobo. Zanahoria en la boca Indigesta del conejo.

Almuerzos suculentos y cenas opíparas quiméricos trofeo de épocas arcaicas y utopías del futuro. En estos tiempos, opinan algunos, no hay que ser sanguijuela para cogerle

gusto a la sangre ajena. Es el viejo juego de las clases sociales. Que incluye a la casi totalidad de los seres vivos.

Pájaros, conejos, elefantes, tapires, mis parientes y yo,

logran afinidades por la zanahoria, como parte de enormes competencias.

Algunos políticos proyectan exterminar al buitre. Culpan

al ave, los pícaros. No al infortunio.

Otros empresarios y otros proyectan monopolizar alimentos

y luego liberarlo al mercado, oferta y demanda.

Eventualmente y siempre los que menos devoran

son los más devorados por los que más devoran.

Si antes abundaron fabulosos manjares, muchos sinceramente creemos que ahora se extinguen o los ocultan a diario.

Hormigas construyen deliciosas trillos alimenticios

cuando salen por condumio. Oso hormiguero se relame

en esos atajos y caminos. Muerto el Oso, hormigas preparan un largo festín de vuelta que desemboca en orgía.

Vencejo engorda a costa de diminutas sabandijas

que anidan en el aire de su vuelo. Gorriones consumen

del comercio minorista de las migas terrenales.

Puma acapara senderos y se alimenta de viajeros

y transeúntes que aciertan a pasar. Durante sequías e imprevistos, algún día, polvo y luz del camino también ponen

la mesa y alcanzan a masticar puma.

Hombres, cuervos, lobos, polvo, luz y todos, otra vez  

se disputan el paisaje con fauces entreabiertas.

Otras bocas dominantes consumen de sazonados follajes

y esplendidas carnes en agonía. De mares ya salados

para dar sabores esplendidos a los vegetales.

En este acápite se intercalan historias, leyendas y patrañas virtuales, sobre quien se come o no se come a quien.

3

Tormentas, Lluvia, Sol y Tiempo, entretanto y seguido, consumen al jinete y su corcel. Devoran también del galope y

sus migajas.

FIN DE LAS HISTORIAS. Se entrecomen entre si las bocas, todas las encantadoras y dominantes bocas.

Minimalista barroca americano. Ilustración Félix Guerra

FIN DE LA ERA

Soy el individuo y grano de la especie.

EL ciudadano me acompaña acera.

Atributos físicos que cargo los llevan todos                                                                    

con igual intensidad. Atributos complejos

que cargan otros también los cargo yo

con grandes ilusiones.

Mi boca no canturrea pero dialoga.

Mi mano no se agita en los discursos.

Pero escribe versos.

Mi nariz es cada vez menos recta,

pero igual olfatea y presiente peligros. Creo o

creo reconocer a menudo tácticas y estrategias

que mueven los conflictos

No soy sordo pero a veces padezco sorderas

que protegen y permiten meditar.

Mis ojos no son azules ni verdes, pero

son de otro color: logran ver a kilómetros

de distancias y los astros en el cielo.

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras.

No existen grandes desemejanzas, solo

pequeñas desemejanzas. No hay magnas

semejanzas, solo chicas semejanzas. No existen

enormes desigualdades,

 solo diminutas desigualdades.

No existes descomunales igualdades,

solo pequeñas igualdades.

Soy persona que firmo al pie de algunas cartas

y sufre amores. Hago oír mi voz

en el grupo y la familia.

Los que opinan saben que tengo

innumerables opiniones porque además

es lo único que tengo para mostrar.

Parezco sospechoso solo cuando cargo

sospechas. Camino entre ingenuos

y casi siempre parezco gente ingenua.

Camino en silencio pero voz diversa

acompaña por dentro. Avanzo distraído

pero escucho casi todo.

Soy pizca en la multitud y nadie

en la muchedumbre es mayor que una pizca.

Lo imprescindible para no cruzar a oscuras

Soy individuo y grano de la especie.

Un grano en la multitud de granos.

Fin de la era de pasar inadvertidos.

La orilla de los nadie

Las orillas de Montse Ordóñez

En La orilla de los nadie, Montse Ordóñez atraviesan las sombras que hacen de un mar, el mar: orillas, márgenes, confines, límites… Tuve la oportunidad de estar en Barcelona el día que la poeta catalana llevó por primera vez su poesía al público vivo, para una concurrida audiencia donde se adivinaban caras de quienes ya la querían antes de sus versos. Montse se ha dedicado, además de su labor lírica, a crear puentes en el mundo de las letras y las artes, y darles luz a muchas voces. Yo he sido de esas privilegiadas, así que mis comentarios no están exentos de agradecimiento infinito, pero son, puedo jurar, objetivos y justos, como es ella con sus colegas y amigos.

La orilla de los nadie es una colección intimista, por momentos muy cercana a todas las almas, que brota en torrente desde el alma humana de quien escribe. A veces Montse atraviesa la orilla de los nadie, y otras regresa a la orilla de los todos, porque en sus versos transitan las extremos múltiples.

Algunas de sus imágenes despiden una belleza tremenda; otras, duras y lacerantes, enfocan ojos de vidrio y duelen y son tristes, porque la vida es triste.

Me costó escoger un poema para esta nota. De hecho, terminé seleccionando dos, que vienen seguidos, y que son una representación de lo que el lector va a encontrar, amén de que la poesía de Montse, como la buena poesía, nunca termina en los versos recién escudriñados… sus límites, como sus orillas, son inalcanzables.  

Hoy, a pocos días de que la autora presente su obra en Miami, recuerdo haberla escuchado decir en Barcelona que este libro ya había dejado de ser suyo. Hoy, que escribo, es mío. Pero mañana me gustaría que fuera de ustedes, que tocara sus márgenes como ha llegado a acariciar mis fondos y sensibilidades.

Gracias Montse.

Balada triste para una madre ausente

El corazón de los hombres

Tiene huecos y perdones

El tuyo, madre

Grietas y ventanas donde la dignidad

Aparece envuelta en llanto

El desierto carece de sentido

Y en el mar

El grito mudo de tu ausencia

Pesa y duele

Como un verano

Sin sol

Como una tristeza

Sin pena

Elegía de un hombre solo

Llevas en ti un teatro

Un trapecista

Una cajita de música

Y una carpa de circo

Aceite de jengibre

Esencia de bosquejos

Anaqueles de otra historia

Un réquiem

Y dos sonetos

Llevas en ti una depresión

Una ira

Dos sonatas

Una guitarra

Y un diccionario de llantos

Con eso caminas

Haciendo de las calles

Una elegía fingida

Sufriendo de hambre vieja

Frío de tres inviernos

Y las fiebres de un noviembre

Pobre de ti hombre solo

La intransigencia de la humanidad

Convirtió tu futuro

En un holocausto

Club de Malos

Club de Malos

La lente avanza casi rajando la superficie de una laguna oscura y cenagosa. Poco a poco, entre ramas inertes que se expanden bajo el agua inmóvil, fétida, y los vapores que exhalan las entrañas del pantano, la cámara de Animal Planet se aproxima a un caño oxidado que gotea cierto líquido negruzco, sospechamos, nauseabundo. Se introduce en la cañería transportándonos como en un tren fantasma por un estrecho mundillo de sombras que se mueven sin que atinemos a descubrir sus verdaderas formas, hasta que, luego de un tenebroso, asfixiante viaje que podría pasar por un tour en el infierno, vislumbramos a lo lejos un círculo de difusa claridad, la famosa luz al final del túnel. Por fin, la cámara sale por un inodoro y se desliza en un rápido travelling (desplazamiento, para los no entendidos) hasta un cuarto en penumbras donde tres hombres, armados de whisky y tabaco, juegan al gold pocker; esto es el popular juego de cartas donde en lugar de dinero apuestan pepitas de oro. Sobre una de las paredes cuelga la bandera norteamericana. También una esvástica rediseñada con calas blanquecinas y rosas rojas. Y por un último un cartel, que en letra gótica anuncia: CLUB DE MALOS.

   Uno de los jugadores, de uniforme militar lleno de estrellas, sin su gorra, corta el mazo y reparte las cartas.

   En el borde inferior de la pantalla aparece un subtitulado: “Coronel XX. Graduado en la escuela de formación de oficiales del campo de Guantánamo”.

   —¿Qué tratamos hoy? –dice, mascando la punta de su habano.

   —Lo que aparece en todos las primeras planas, coronel –informa un calvo a lo Bruce Willis, con una pequeña cicatriz bajo el ojo derecho–. Venezuela. –Y mira sus cartas con cierto disgusto.

   Subtitulado: “Agente NN. Importante funcionario de la CIA y asesino a sueldo en sus ratos libres”.

   —¡Venezuela! ¡Hermoso país, cuando era un país! –exclama el tercero, de lentes y traje enteramente blanco.

   Subtitulado: “Mister BB, hombre de negocios que ha hecho turismo por todo el mundo vendiendo armas”.

   El de blanco se divierte con su propio chiste y bebe un trago de whisky.

   La cámara hace un zoom al vaso y se introduce en el dorado líquido, choca con un cubito de hielo, y al salir da unos saltos debido a un ataque de hipo. Luego se enfoca en las manos del de la cicatriz, que mira sus cartas y después al coronel.

  —Dos –dice.

   Recibe dos cartas y las mira con la expresión de un Buda aburrido.

   —Y bien –murmura el comerciante–. ¿Qué hacemos con Venezuela?

   El coronel lo mira sorprendido, al tiempo que acerca dos pepitas de oro al centro de la mesa.

   —¿Cómo qué hacemos? Lo que hacemos siempre. Somos el club de malos, ¿no?

   —Y como malos que somos… –continúa Cicatriz ocultando sus cartas–. Solo podemos hacer una cosa en Venezuela.

   El comerciante arrima tres pepitas, entusiasmado.

   —¡Por supuesto! ¡Invadir ese país! ¡Derrocar al presidente Maduro y destruir a su pueblo!

   Los tres chocan palmas y lanzan una carcajada salvaje. Música incidental macabra. Acercamiento al rostro del militar, muy concentrado en sus cartas, que de improviso mira a cámara con ojos sanguinolentos. La pantalla queda en negro absoluto. Podemos jurar que la cámara ha tragado saliva. Lo siguiente que podemos ver es uno de los ceniceros con un cigarrillo encendido y suficiente ceniza como para sospechar que hay alguien cremado allí dentro.

   Reconocemos la voz del militar cuando dice:

   —¿Y cómo sugieren que logremos ese bello objetivo? ¿Qué opina la CIA?

   Enfocamos a Cicatriz cuando se encoge de hombros.

   —Supongo que lo de siempre. Destruir las industrias para que el país sea insustentable.

   —Temo que no es posible –interviene el comerciante–. Eso fue cumplimentado a la perfección por la política económica de Maduro.

   —¡Mierda! ¡Nos ganó de mano! –exclama el militar, y coloca tres pepitas más sobre la mesa.

   El de la CIA iguala esa cantidad, casi con furia.

   —¡Entonces hay que provocar desabastecimiento! ¡Que no haya comida, medicinas, servicios, y que nadie tenga un céntimo para comprar nada! ¿Me entienden? ¡Matar al pueblo de hambre y enfermedades!

   El militar escupe tabaco al piso. Mira impaciente a Cicatriz.

   —Mi umbral para tonterías es muy bajo, amigo –le reprocha–. Todo eso que usted dijo ya es viejo. Fue la acción de gobierno más exitosa alcanzada por Maduro.

   Pero la CIA nunca se da por vencida.

   —¿Y si fomentamos un régimen militar, bien represivo? –insiste el agente–. Eso que hicimos con America Latina en los 70.

   El coronel repiquetea marcialmente los dedos sobre la mesa.

   —¿Es usted de la CIA o de Disney Channel? –le espeta–. Lo de Maduro ya es una dictadura militar, siempre lo fue.

   Cicatriz lo espía por el rabillo del ojo, frunce el ceño. Duelo de miradas. Música incidental de suspenso. El comerciante trata de romper el hielo.

   —¿Y si… hacemos que estalle una guerra civil? –Muestra todos sus dientes; algún televidente puede pensar que se trata de una sonrisa–. Que la gente caiga como moscas, igual que en esos comerciales de insecticida.

   —Temo que tampoco es una opción –dice Cicatriz, con un gesto de soberbia que dirige al coronel–. Nuestros informes dicen que la criminalidad en Venezuela alcanza niveles pavorosos. Ni con una bomba nuclear podríamos igualar eso.

   —¡Maldito Maduro! –El militar da un puñetazo a la mesa y hace saltar algunas pepitas. La cámara se aleja unos metros.

   —Nos queda una chance aún, caballeros –dice el comerciante. Los otros dos lo miran con ojos ansiosos y una sonrisa vacía de esperanzas–. ¿Qué tal si hacemos que los países envíen ayuda humanitaria para el pueblo venezolano. Los ilusionamos a todos pero a último momento no entregamos nada.

   El de la CIA deja caer su cabeza, resignado.

   —Tarde –susurra–. La ayuda ya la enviamos, y el mismo Maduro la bloqueó, diciendo que no necesita limosnas.

   El coronel arroja el mazo de cartas contra la pared. Se controla. Suspira, inflándose. Finalmente sonríe, como lo habría hecho el capitán del Titanic.

   —Temo, caballeros –prologa–, que si no encontramos una idea en los próximos diez segundos… estaremos ante el primer completo fracaso del Club de Malos.

   Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco…

   La tensión crece al ritmo del conteo regresivo, solo que en lugar del lanzamiento de un cohete desde Cabo Cañaveral, una onda expansiva de maldad insatisfecha estallará como ojiva nuclear expandiéndose por el mundo.

   Cuatro… tres… dos…

   La cámara temblequea.

   Uno…

   —¡Un momento! ¡Un momento! –irrumpe la voz del comerciante–. ¡Ya sé cuál es la gran maldad que podemos hacerle al pueblo venezolano!

   El coronel lo mira con ojos suplicantes. Cicatriz reza una plegaria atea.

   —¿Qué maldad? –pregunta el militar con un hilo de voz.

   —La peor –masculla el comerciante, y sus ojos sonríen con crueldad–. ¡Apoyemos a Maduro!

   Los tres se miran, cómplices. Chocan palmas al grito de:

   —¡Iupiiiiii!!!!

   Y se ponen de pie para entonar el himno nacional. La cámara de Animal Planet se va alejando tímidamente, en un travelling inverso, hasta introducirse nuevamente en el inodoro.

La cuarta versión

LA CUARTA VERSIÓN

  4:00 PM

   Steve Lerner frota sus manos como si tuviera frío, aun cuando le suda la frente, acalorada. No es síntoma de gripe sino de su creciente ansiedad, de la pálida incertidumbre que lo invade cuando debe encarar la primer página en blanco de su computadora. Es parte del oficio. Un ritual incómodo y necesario que lo incita a aceptar el desafío y, según dice, calentar motores, combatir el pánico a la nada, ese vacío en donde ninguna palabra, por maravillosa que parezca, podría llegar a flotar entre olas deshidratadas o a sostenerse de otra palabra que aún no ha sido escrita. Eso, según su definición gramático existencial, es la nada. Y es a fuerza de caminos fallidos que el esperado milagro acontece, como un salvavidas que se descubre a último momento. Las piezas comienzan a ordenarse en su mente y el sistema nervioso da la orden de incrementar la adrenalina. La sangre corre más rápido, irrigando manos y cerebro, la página en blanco deja de ser un ente poderoso para transformarse en un solícito sirviente. Es entonces que Lerner arruga el entrecejo, sus dedos parecen escapar hacia el teclado. Los contiene, los cruje. Casi puede figurarse la escena, casi, hasta que se hace más nítida y empieza a dibujarla con una andanada de tecleos.

   4:30 PM

   En la habitación de un lujoso edificio en pleno centro de Washington D. C., un hombre de aspecto rudo y macizo apoya su humanidad en la silla que le señala el fiscal Thomas Perry. El hombre rudo seca el sudor de su frente con un pañuelo arrugado y húmedo, como si el aire acondicionado no terminara de convencer a su empecinado organismo de que, por un rato, se ha ausentado del tórrido verano de la planta baja.

   Perry se sienta frente a él. Es un hombre pulcro y de manos cuidadas. Su gesto ansioso revela apuro y cierta molestia por verse obligado a interrumpir su trabajo, dejando un escritorio lleno de papeles y una notebook donde aún no se ha activado el protector de pantalla.

   —Y bien. ¿Qué quería decirme con tanto apuro, Miller? –inquiere el fiscal.

   El rudo se toma su tiempo, sonríe nervioso y de inmediato borra la sonrisa.

   —Bueno. Ante todo, quiero decirle que debe estar tranquilo. Estamos con los ojos bien abiertos.

   —Por favor, vaya al grano. Tengo mucho trabajo por delante y pocas horas para terminarlo.

   —De eso se trata, doctor. De su trabajo. Yo… –y se acerca para hablarle casi al oído–. Bueno… tenemos indicios de que van a atentar contra usted.

   Para Perry no es precisamente noticia de último momento. Hace rato que recibe amenazas de todas partes. Cuando denunció los manejos del presidente Trump sabía a lo que iba a enfrentarse.

   Su miedo primitivo, visceral, se transforma en desafío.

   —Para eso están ustedes, ¿no? ¡Para cuidarme las espaldas!

   —Sí, sí, claro. Usted sabe que cuenta con nosotros las veinticuatro horas. Sin embargo, habíamos pensado…

   —¿Quiénes?

   Miller afina la mirada.

  —No entiendo –masculla.

  —¿Quiénes han pensado… lo que sea iba a decirme? ¿Usted y quién más?

  —Ah… –No le resulta fácil entender a Perry, nunca sabe con qué puede venirse. Pero todo parece andar bien, y eso le da más confianza–. Rico y yo, los dos. Le decía que habíamos pensado en un tercer anillo de seguridad.

   El fiscal resopla impaciencia.

   —¿De qué anillo me habla? ¿Puede ser más claro?

   —Quiero decir… El primer anillo somos nosotros, los guardias. Los que custodiamos la puerta del edificio y lo seguimos cuando sale, a donde se dirija; un coche delante del suyo y otro detrás. Somos una muralla. El segundo anillo, o cordón, como quiera llamarlo, es Walker, el chofer, que está armado, por si alguno se nos  llegara a escapar. Nadie puede pasar esa barrera, créame.

   —¿Y?

   —Y… desde que estuvo en ese programa de televisión, usted es el hombre más amenazado del país. Y más ahora que va a presentar cargos contra el presidente. Entiéndame, doctor, no es que dude de nuestro servicio, pero de veras pensamos que no está demás tomar una última precaución para protegerlo.

   —Miller, sigo sin entender de qué me habla. ¿A qué precaución se refiere?

   —Mire, doctor, si algo llegara a fallar, cosa que, insisto, estoy seguro de que no es posible, pero si nuestro sistema defensivo fallara y llegasen a usted, no es bueno que lo encuentren indefenso, ¿me entiende? Creemos que usted debería tener un arma.

   —¿Está loco? ¿Para qué tenemos un servicio secreto? ¡Para que yo deba ir armado como en el far west!

   —No, doctor. No me malentienda. Pero, piénselo. Suponga que un comando asesino logra infiltrarse.

   —¿Qué comando?

   —Ruso. Usted dice tener pruebas para imputar al presidente por haber conspirado con los rusos en las presidenciales contra Hillary Clinton.

   —Pruebas concluyentes. Trump va derecho al impeachment.

   —Lo sé, lo sé. Pero el tema es… Suponga que en algún momento se infiltra un comando y lo sorprende a usted con sus niños… ¿Qué hará? ¿Eh? ¿Dejar que los acribillen, uno por uno? ¿O querría tener un arma para defenderlos?

   Perry calla. Sus labios apretados son la señal de que está sopesando la situación, horrorizado. Luego asiente con la cabeza.

   —Debo reconocer que tiene razón. Me irrita la idea de llevar un… Pero tiene razón.

   —Bien. Sabemos que usted guarda una pistola en casa de su madre.

   —Es una pistola vieja. Ni siquiera sé si funciona.

   —Podríamos revisarla.

   Perry reacciona con su habitual mal humor.

   —¡Deje a mi madre tranquila! ¡Lo único que falta es que vaya a pedirle la pistola y la deje más preocupada de lo que está!

   —Entiendo. Y… ¿conoce a alguien que pueda prestarle una?

   —¿Por qué no me la consiguen ustedes? Deben tener un montón guardadas por ahí?

   —Desgraciadamente, estamos muy controlados. Ha habido movimiento de armas y sumariaron a varios de nosotros. No es posible que le demos una pistola. Ni siquiera debe saberse que le sugerimos portar una. Vamos, usted conoce a mucha gente. Debe haber alguien que puede prestársela.

   Perry queda pensativo.

   —Mi técnico –murmura–. El muchacho que mantiene mis computadoras. Él tiene una pistola.

   El guardia mira el celular que hay sobre la mesita. Lo agarra y se lo alcanza a Perry.

   —Pregúntele, ya mismo!

   El fiscal lo mira alarmado.

   —¿Por qué tanto apuro?

   —Hay enemigos actuando en las sombras. No hay que arriesgarse –dice Miller, sin la más mínima expresión en el rostro–. ¡Llámelo ahora!

   3:00 AM

   Los golpes a la puerta son pausados, casi educados, golpecitos. Lo único que los hace sobrecogedores es que se escuchan a las tres de la madrugada. Perry despierta sobresaltado. Por un momento trata de dilucidar si solo se trata de un sueño. Nuevos golpecitos. Enciende el velador y mira la hora. Maldice por lo bajo. El sueño le entorpece los pies y la prudencia. Ni siquiera toma conciencia de que camina hacia la puerta en ropa interior, sin cuidar su imagen, que en plena vigilia adquiere tanta importancia para él.

   —¿Quién es? –pregunta, y la sólida madera de la puerta le devuelve su propia voz distorsionada.

   —Miller –responde alguien desde el otro lado.

   —¿Qué pasa? ¿Sabe la hora que es?

   —Por favor, doctor. Es urgente.

   Perry da un largo suspiro antes de entreabrir la puerta, resguardando su cuerpo detrás de la misma. En cuanto lo hace, una punzada de temor le comprime el vientre. Miller no está solo. Lo acompañan dos tipos a los que no conoce, ambos con una gorra de visera. Uno de ellos lleva un bigote muy poblado, como el de un mariachi. Para alivio del fiscal también está Rico, el otro guardia, un tipo que, hace tiempo se le antojó, tiene aspecto bonachón y confiable.

   Así y todo, Perry desconfía.

   —¿Quiénes son estos señores? –inquiere, atravesando con su mirada los ojos de Miller.

   El mariachi sonríe y hace una venia informal.

   —Dick Anderson, señor. De la CIA. Tenemos órdenes de reforzar su guardia. Mi compañero y yo vamos a estar en el pasillo, custodiando la puerta.

   —Ridículo –se queja el fiscal–. Nunca fue necesario tanta…

   —Lo es ahora, señor. Se ha detectado una célula rusa aquí mismo, en Washington.

   —Es lo que le había dicho, doctor –interviene Miller–. El nivel de riesgo está en alerta roja.

   Es tarde, piensa el fiscal, ¿qué sentido tiene discutir con la CIA? Si esos tipos quieren quedarse ahí afuera que lo hagan. Solo espera que no fumen ni hagan demasiado ruido.

   —Está bien –acepta encogiéndose de hombros. Amaga cerrar, pero el zapato de Miller lo impide.

   —Disculpe, doctor –dice el guardia–. Pero… su técnico vino esta noche a verlo. Suponemos que le trajo el arma. –Perry lo mira sorprendido. Miller asiente y señala a los de la CIA–. No se preocupe, ellos lo saben.

   —Sí, me trajo una… Bersa, creo. Y ahora si me disculpan…

   —Espere, doctor. Un minuto más. Necesitamos ver esa pistola.

   —¿Cómo? ¿Está loco? ¿Viene a esta hora por esa ridiculez?

   —Ninguna ridiculez, doctor. El agente Anderson es un experto. Debe revisar su arma para verificar que funcione como corresponde.

   —¡Que lo haga mañana! ¡Ahora me voy a dormir! ¡Sabe lo que significa para mí perder estas horas de sueño! ¡Tengo mucho trabajo!

   —Lo sabemos, señor fiscal, pero esto es por su seguridad. –La voz de mariachi suena calma pero firme, esa clase de voz que no acepta desacuerdos-. Es mi deber no salir de aquí hasta revisar el arma.

   —Pero es que… el técnico me enseñó a amartillarla. Funciona bien.

   —Eso nunca se sabe –replicó la voz calma–. Ha habido casos en que se ha encasquillado al usarla…

   —Pero…

   —Incluso ha explotado por defectos de fábrica, volando la cara del dueño. Lo siento, señor. Debo revisarla ahora mismo. Es el protocolo.

   —¡Dios mío! –estalla Perry, se encamina hacia la mesita de luz–. ¡Ustedes y sus malditos protocolos!

   Perry extrae el arma de uno de los cajones y al voltear lo sorprende que los hombres han entrado.

   —Permítame –dice mariachi acercando su palma. Perry duda un momento y le entrega la pistola. El tipo la manipula con mano hábil–. Es buena. Algo vieja, pero en buen estado.

   —Gracias –ironiza el fiscal, solicitando el arma con su mano–. Y ahora si me permiten…

   Sorpresivamente, el compañero de mariachi saca una Glock y apunta al corazón de Perry, quien, confuso, mira sonriendo a mariachi, luego a Miller.

   —¿Qué es esto? –atina a decir.

   —Entre al baño… señor –es el único comentario del agente Anderson, al tiempo que se coloca guantes de hule.

   —Pero…

   Miller busca tranquilizarlo.

   —No se preocupe, doctor. Es… rutina. Van a revisar el departamento, por si hay una bomba.

   Perry se niega a entender, huye de la realidad con su habitual prepotencia.

   —¿De qué bomba está hablando, imbécil? ¡Llame al jefe del operativo! ¡Quiero hablar con el jefe! ¡Ahora mismo!

   -¡Entre… al… baño! –ruge mariachi, y su compañero toma a Perry de la camiseta para introducirlo en el pequeño cuarto, aún a oscuras.

   —No se preocupe, doctor –alcanza a repetirle Miller, antes de que la CIA se encierre en el baño con él. Luego le hace un gesto a Rico–. Empecemos.

   Los guardias se colocan guantes de hule, y mientras Miller limpia con un trapo todas las huellas posibles, Rico pasa por el piso una pequeña aspiradora portátil.

   Se escucha un estampido. Miller paraliza su accionar por unos segundos. Luego continúa. Los guardias no se miran. Al rato salen los de la CIA del baño, cierran la puerta.

   —Arreglá la cerradura –le dice mariachi a su compañero–. Yo me encargo del celular y la computadora.

   Cuando Miller se encuentra frente al agente Anderson, siente algo de miedo. Trata de caerle simpático.

   —El presidente va a estar muy contento… digo… por el operativo.

   Anderson lo mira de arriba a abajo.

   —¿El presidente? Se enterará por los medios. ¿O cree que necesitamos su permiso para hacer nuestro trabajo?

   Miller traga saliva.

   —Claro… claro…

   —Ahora bajen a la guardia y háganse los idiotas, es lo que mejor les sale.

   Miller asiente y sale. Oprime el botón del ascensor, espera al otro guardia antes de entrar.

   —Odio a ese tipo –le dice en voz muy baja.

   6:00 AM

    Lerner lee su cuento por segunda vez, y decide que buscará el punto propicio donde agregar un detalle que se le había escapado, la mención de que los agentes de la CIA han maniobrado para dejar residuos de disparo en la mano de Perry. No quiere omitir ningún detalle. Vuelve a leer desde el principio. Bebe un sorbo de café. Saca un cigarrillo de la cajetilla, toma el encendedor, se arrepiente y abandona el cigarrillo en un poblado cenicero de vidrio. Maldice. Cuando le encargaron el cuento en esa revista le pidieron que investigara bien el caso, y que lo desarrollara según su criterio. Pero sabe que no existe tal cosa en una publicación. El editor le dará curso solo si concuerda con su propia teoría acerca de la muerte del fiscal. Previendo eso y demostrándose a sí mismo una falta elemental de escrúpulos, Lerner ha plasmado tres versiones diferentes del cuento. En la primera el fiscal entra en pánico y se suicida. En la segunda se trata de un suicidio inducido, por amenaza directa a sus hijos. Y la tercera, la que acaba de escribir, no está nada mal. Pero, ¿cuál? ¿Cuál de esas versiones coincidirá con las apetencias del editor? ¿Acaso le conviene entregar las tres juntas para que el tipo elija? No, claro que no. Se sentiría uno de esos periodistas mercenarios que siempre marchan por donde sopla el viento. Eso le recuerda la anécdota de un profesional que fue a buscar trabajo en un diario y como prueba le propusieron una nota acerca de Dios. Cuando el periodista preguntó: “¿a favor o en contra?”, fue contratado inmediatamente. La antítesis de lo que él siempre soñó ser. Un periodista independiente, comprometido con la verdad. La verdad. La verdad os hará libres. Y al murmurar estas palabras, el milagro sucede. Pero esta vez con una fuerza inusitada que lo sacude desde las entrañas. Algo que nunca antes había sentido, como una trompada inmaterial que le destroza el plexo. Dios mío. Siente miedo de lo que está vislumbrando. Apenas puede dar crédito al rompecabezas que termina de armarse en su cerebro. ¿Sería eso lo que realmente pasó? Porque si esa es la verdad, temblarán los cimientos mismos que sostienen la Nación. Y si no lo es… pasará por un demente, o un escritor trasnochado enmarcado en la más catastrófica de las ficciones. Un sudor helado le atenaza el cuerpo. Flexiona una y otra vez las manos, buscando irrigarlas, darles vida, bombearles una adrenalina que lo inunda. Mira la página en blanco en su computadora. Siente la ansiedad y el pánico al vacío con la velocidad de un meteoro, como si ya no tuviera tiempo para rituales. Está dispuesto a desafiar al mundo, aunque termine víctima de un suicidio orquestado por sus propios personajes. Ya no hay margen para la mentira, y empieza a escribir la cuarta versión.   

Tres deseos...

TRES DESEOS A LA LUNA DE AGOSTO

(Fragmentos de una novela que nunca verá la luz)

De aquellos tiempos solo me queda el silencio. Vivíamos nuestro propio mundo, éramos la noche plena y como vampiros negábamos el sol durmiendo. Yo no era ni mejor ni peor que los otros. Y ellos, a quienes los años han desdibujado de algún ingrato modo, fueron mi único espejo.

Anduvimos juntos desde chicos. A los once o doce resultábamos ser el terror de Villa Inflamable. A los dieciséis La Colorada cargaba una 45 en la cintura y dos abortos. Polaco y Gaspar tendrían la misma edad, yo era el menor. No tardamos mucho en meternos en problemas serios, o tal vez, por nuestro estilo, tardamos demasiado. Polaco coleccionaba dos muertes, Gaspar y yo estábamos ansiosos por alcanzarlo. Era la Colo quien nos mantenía unidos y a la vez con sospechas. Cada uno pensaba que los otros habían tenido algo con ella, y ella nos hacía creer que quien no lo hubiera hecho ya, terminaría (al menos una vez) entre sus piernas. Era la jefa.

 Me consiguió la primera 45. El arma pesaba más que mi vida.

— ¿Tenés revólver vos? —preguntó con voz áspera, clavando los ojos de caramelo en los míos. Iba a mentirle diciendo que lo tenía que ir a buscar, pero por inexperiencia o instinto dije que no. Entonces ella aseguró que lo solucionaría enseguida. Delante de mí se bajó los pantalones, llevaba una tanga negra con un dibujo de Kitty al frente y el culo dividido por un hilo casi invisible. Se puso una minifalda negra que dejaba ver sus piernas algo golpeadas pero bonitas. Luego le hizo un nudo a la remera dejando el ombligo al aire, se ató el pelo y se maquilló.

— Ya vengo.

Me quedé pensando cómo sería tocar ese cuerpo. Encendí un cigarrillo y me tiré sobre los restos del sillón; el relleno de los almohadones apolillados sobresalía; varias pulgas iban del tapizado a mis brazos, dejaban pequeñas ronchas, seguían rumbo al piso y saltaban otra vez al sillón. Me acaricié sobre el pantalón, saqué la pija algo dura y comencé a masturbarme pensando en las tetas de La Colorada, acabar sobre esos pezones pálidos… Acabé y me limpié con una parte de la manta.

Todavía estaba agitado cuando ella volvió con una botella de tinto. Me miró, puso su mano en la espalda y sacó la 45.

— Tomá, dijo y la arrojó a mi estómago. Me sorprendí. Sonrió y se desmoronó sobre el colchón que estaba junto a la pared.

— ¿Qué te pasa, pendejo? ¿Pensaste que no la iba a conseguir? —negué con la cabeza— ¿Viste? Y todo con esta boquita —echó un trago, se acomodó y siguió—. Fui hasta lo del Tano, tiene en el aguantadero a dos rati que liquidaron a un tipo de guita mientras lo afanaban. Se la chupé a un tal Miguel y me pagó con el caño y la botella. ¿Imaginate si le entrego el culo? ¿Sabés lo que me podría dar si se lo dejo todo para él? Me quedo con la 4 x 4 que tiene el tipo —rió— Pero no, todavía no nació el que se ganó este culo.

Metió la mano bajo el colchón y sacó una bolsita con un par de fasos de marihuana. Prendió uno y lo compartimos. No podía dejar de mirarle las tetas, ni los labios, ni imaginar cómo sería su concha. En medio del humo dulce dejé la pistola a un lado y me le acerqué para besarla. No solo esquivó mi boca, sino que manoteó la 45 y la puso en mi sien.

— Escuchá pendejo, a mí, escuchá, aprendé, a mí me tocan cuando yo quiero, ¿entendés? —afirmé con la cabeza— ¿Está claro? No te escucho. —Dijo y preparó el arma para disparar.

Las piernas me temblaron.

— Perdoname, loca.

Tiró de mi pelo con fuerza y me entregó el arma. Enmudecido, la guardé en la cintura. La Colo estaba furiosa. Puteaba y escupía. Se paró junto a la puerta, brazos cruzados y cara de asco, no hizo falta que dijera nada. Era hora de irme. Al pasar a su lado la empujé contra el marco y la besé. Fue un segundo. Ni siquiera le pude meter la lengua en la boca. Pero esta vez no tuvo tiempo de morderme o tirar una patada.