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Ecodilemas

DESDE EL ARRECIFE (I PARTE)

Foto: Jorge Arturo Monjarás

El arrecife habrá sido una gran molestia para los buques exploradores de los españoles y demás europeos que recorrieron las costas caribeñas de la península de Yucatán. ¡Hostias!

El mismo dio buen resguardo del oleaje abierto a las piraguas con las que alguna vez comerciaron entre sí las múltiples ciudades y asentamientos mayas en sus diversas épocas, apogeos y decadencias.

El arrecife da ese dramático color verde a las aguas de la zona, desde Holbox hasta Chetumal, mitiga el oleaje, dibuja un paisaje submarino que tiene difícil comparación, al que peregrinan buzos de todo el mundo.

La península misma fue en el pasado remoto, el arrecife. Geológicamente una isla, separada de la más antigua placa que compone el continente americano, Yucatán emergió de las aguas, dicen, tras el violento choque, aquí mismo, con el meteorito que acabó con los dinosaurios.

Quedó arriba una placa gigante de esqueletos de arrecife: La piedra calcárea que es suelo, pirámides, ídolos, amuletos, base de chozas, sello de tumbas y ofrendas. La isla nueva, plana, sin montañas ni ríos, y apenas una pequeña capa de tierra de la que se aferraron sus selvas y que, millones de años después poblarían sus respectivos humanos, que ya no encontraron puentes ni fronteras que los separaran de Yucatán y hacia ella fluyeron como epidemia inevitable.

Porque los grandes ríos, los tiene Yucatán por debajo. Es, dicen los geólogos, una gran esponja por donde entran el mar y las lluvias. El primero, cauto y pesado, se queda debajo, las segundas le vienen de encima y arriba se quedan, forman lagos, cenotes, ríos, a mayor o menor resguardo del cielo. Como toda el agua, sigue su llamado hacia el mar, pero prefiere irse escondida, entre cavernas y estalactitas, como una doncella que baila en las sombras.

No quieren ser Usumacinta ni Grijalva; son Sac Actun, Ox Bel Ha, Dos Ojos, a salvo de los mapas y monografías de la Primaria, de buena parte de los animales y la gente. Pero 155 kilómetros no son pocos, y su trabajo le ha costado seguirlos a una rarísima especie que rehúye al sol: el buzo de cuevas. Ahí nomás han quedado 400 muertos en el esfuerzo por mapear el mundo debajo de Yucatán, para qué, pues para saber, nada más.