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Ecodilemas

¿NAUFRAGAN LOS OCÉANOS?

El océano es una estancia indivisible. Y es conectiva. Es como la piel del planeta, luego de haber sido el antro donde se originó la vida. La diversidad es la variedad, la raza es la unicidad: todo los seres vivos somos los hijos indistintos del planeta azul, o como dijo el poeta, de la naranja azul.

La noche es patria, dice Martí, quizás porque nos ampara la mitad del tiempo. ¿Cuánta patria hay en el océano, que cubre el 70 por ciento de la superficie terrestre? ¿Cuánta en el agua, que nos resulta más imprescindible que el propio alimento?

No hay tiburón chino o japonés, ballena caribeña o africana, sardina escocesa o suiza, ni pulpo argentino o brasileño. Ese dilatado universo húmedo continúa siendo cuna y patria gigante de las criaturas laboriosas y dinámicas que vieron luz.

El océano es globalización natural, tejido que conecta y une por encima de barreras, indicio de que la mundialización comenzó cuando aún el sentido de fraternidad y la virtud de la razón no habían puesto un pie aquí.

Desde el agua primitiva –dice el poeta– las sustancias vienen goteando/ vida:/ primero y muy lento mis dedos, y más tarde los ojos./ Antes de tener dedos no tocaba nada. Antes de ver mis ojos no veían/ nada: ni siquiera una gota.

Y otro, en otra lengua, asegura: El mar es origen y espejo de la vida.

Jorge Luis Borges, poeta americano, advierte que el universo requiere la eternidad y que por esa razón la conservación de este mundo es una perpetua creación.

José Lezama Lima, desde su balcón a las aguas anunció que retornar al mar… es la manera única de no quedar huérfanos. Zimmer catalogó al océano de enormidad que duerme y se sueña a sí misma. Homero avisó: El océano es fuente de todo.

Una antología de soñadores sería tal vez interminable. El mar es una entidad legendaria (tanto como las estrellas y el atardecer, el cielo y los sueños, y como el amor) permanentemente cantada por la inteligencia.

El poeta que no humedeció su pluma con las palabras océano o agua, tal vez merece el castigo de vivir en un paraje sin líquidos para beber, comer y asearse, como son tal vez el resto de los planetas del sistema solar.

Hoy la ciencia, dice, avistó agua (congelada o a grandes profundidades), en la luna y en el planeta Marte, y para ese proyecto de abastecernos de ella en el futuro, destina cuantiosos recursos.

Conversarlo es asunto de maravilla. Sin embargo, en un planeta donde el agua parece a punto de naufragar, resultaría absurdo que aquella agua lejana y cósmica nos quite el sueño y vaya a requerir más de nuestros empeños que la inmediata y vital que nos sustenta.

En este mismo instante, el 40 por ciento de la población mundial, unos 2 400 millones, que se alberga en unos 80 países de América, Asia, África, Europa y Oceanía, padecen escasez de agua, y una parte de ellos la sufren de manera crónica, afectando salud y vida.

Por citar algunos casos, en Chad, Nepal, Omán, Angola, Mozambique, Surinam, Paquistán, Etiopía, Burkina-Faso, Malí, la población paga con rigores infrahumanos esa carencia. Se especula con guerras por el agua, dado que la falta de agua y el alza de sus precios, así como su transportación, crean grandes tensiones entre países.

El mundo rico, o desarrollado como se dice, y el pobre, o subdesarrollado, también tienen un consumo desigual de agua, con perjuicios para las personas, la industria, la agricultura.

Mientras los mares se contaminan a manos de industria y agricultura, y del consumo humano, sobre todo en grandes ciudades derrochadoras, los regímenes de lluvia se alteran, se producen sequías o inundaciones, los desiertos crecen, la desertificación dañó ya casi la mitad de los suelos cultivables, los bosques disminuyen drásticamente, la distribución del agua se encarece y la población mundial aumenta a ritmo cada vez mayor.

Sabemos, con alivio, que el agua no escapa del planeta y se recicla casi por su cuenta, además de que los océanos representan el 70,8 por ciento de la superficie de la Tierra.

¿Disponemos o no, entonces, del líquido suficiente? ¿El ciclo hidrológico está seguro y a disposición perpetua? ¿Los daños ocasionados son reversibles, si se aplican conceptos de la economía sostenible? ¿El agua es un bien de que dispondremos sin conflictos, porque el océano es irreductible y generoso al tragar los millones de metros de desperdicios y venenos que allí arrojamos sin parar?