A 4 manos

Relatos y Cuentos modernos

La inspiración y yo

Tantas noches en busca de la inspiración, horas y jornadas perdidas. Tanto tiempo he tratado de alcanzarla con diferentes historias y resultados, pero lo que no cambia es el carácter, la naturaleza de la inspiración, idénticos a los de una mujer caprichosa, veleidosa, impredecible que, sin embargo, en contadas ocasiones parece hartarse de su propio comportamiento y busca compañía, un apapacho, un recibimiento como el de una amante que regresa arrepentida a los brazos que la esperan y anhela encontrar cobijo en ellos a pesar de que sabe que se portó mal, que fue ingrata, pero que piensa que con su silencio y cara triste será suficiente para alcanzar el perdón sin merecer reproche. Tal ha sido mi historia con la Inspiración. La he perseguido en tantas partes y alcanzado pocas veces; otras más se me ha presentado en los lugares y momentos menos esperados: delante mío en medio de una multitud que camina despreocupadamente una tarde de domingo y yo en el intento de llegar hasta ella aprovechando que la gente se ha detenido en espera de que cambie la luz del semáforo. Pero cuando estoy a punto de conseguirlo, la muchedumbre reanuda su marcha y, entre la confusión con aquellos que vienen del otro lado de la avenida, la pierdo de vista. En ocasiones he coincidido con ella en el transporte público, cuando, ya de noche, regreso del trabajo. Vamos sentados uno al lado del otro en el vagón del metro. Yo siento dentro mío un mar que se revuelve y golpea contra las paredes de mi pecho al tenerla cerca; ella parece incluso más harta y aburrida que una oficinista que ha pasado las últimas doce horas redactando informes que nadie leerá o mandando correos electrónicos al por mayor sin oportunidad de tomarse un café. Por más que le hablo, que intento ser simpático o interesante a pesar de mi propio cansancio, no consigo sacarle una sonrisa, no existe conversación posible. Cuando bajo del carro, ni siquiera una mirada, ninguna intención de ser amable para por lo menos cumplir con los convencionalismos. Mi frustración ha sido tal que he pensado que la Inspiración me odia, que le caigo mal sin motivo aparente, y esa suposición me entristece.

          Una mañana, sin embargo, las cosas parecían distintas. Aquella vez, como tantas otras, me senté frente a la computadora. Mi propósito era escribir un poema de largo aliento. Me esforzaba por enlazar las mejores ideas cuando, inesperadamente, vi a la Inspiración sentada en un sillón. Sin mostrar entusiasmo por su aparición, noté que me miraba, pero yo seguía sobre el teclado para darle a entender que su presencia me resultaba indiferente. Continué mi labor y por un momento me olvidé de mi huésped. A medida que avanzaba en mi escritura, los versos fluían y llenaban la pantalla. Entusiasmado, mi cerebro trabajaba a mayor velocidad y los resultados me satisfacían. No pude evitar una sonrisa al percatarme de cómo aquellas ideas que llevaban tanto tiempo guardadas en la bodega de la imaginación tomaban forma. Estaba emocionado ante ese inesperado éxito personal cuando la escuché acercarse. Alcé la vista y encontré a la Inspiración a mi lado, con un brillo indescriptible en la mirada y una sonrisa maravillosa que mostraba su dentadura perfecta. Con un movimiento lento y mágico a la vez, se alisó el cabello sin dejar de sonreír, como para demostrar el gusto que le daba que yo al fin hubiera alcanzado mi esplendor creativo, que mi mente brillara en medio de una apoteosis imaginativa. Era tanta la felicidad que la Inspiración parecía experimentar, que subió a mi escritorio y se recostó frente a mí, en una imagen tan sugerente como jamás había soñado. Entonces me vi a mí mismo como a aquellos músicos de las viejas películas de Hollywood que tocan con una hermosa mujer posada sobre un piano. Me imaginaba vestido de esmoquin, con una copa de champán sobre el piano, sacando las más hermosas notas de las teclas y con esa musa que se me había negado tanto tiempo al fin rendida por la belleza que yo era capaz de transmitir a través de mi arte. La Inspiración estaba extasiada; la había conquistado. Era mía y jamás la dejaría escapar. Con cada palabra que escribía, con cada nota que interpretaba, ella parecía a punto de gritar “¡Toca más alto! ¡No te detengas!”. Estábamos en medio del éxtasis, envueltos en su torbellino, cuando un ruido discordante interrumpió nuestro delirio. Desconcertados, volteamos a vernos y luego miramos hacia la puerta. Dejé mi asiento para averiguar quién hacía sonar el timbre; la Inspiración permaneció en su lugar encima del escritorio. Al abrir, me encontré con la vecina de junto, una mujer entrada en años y en carnes que dijo con voz chillona: “Señor, disculpe. Quería saber si a usted ya le llegó el recibo del teléfono, porque se me hace raro que estemos a finales de mes y aún no nos haya llegado. Digo: no vaya a ser que lo corten, ¿verdad? Porque ya sabe usted cómo son los de la compañía: pueden atrasarse lo que quieran con la entrega del recibo pero, si uno se retrasa en la fecha de pago, le cortan el servicio. ¿Usted ya lo tiene?”. Vi que la Inspiración continuaba en su sitio tras escuchar a la vecina y la miraba con extrañeza. Amable pero firme, le contesté a la señora: “No, tampoco lo he recibido. Pero no se preocupe: así ha sucedido antes. No hace falta el recibo para pagar. Basta con que se presente en la compañía y explique el problema. Le cobrarán sin necesidad de tener el papel. Ahora, si me disculpa…”. “Sí, vecino, lo sé, pero tampoco se vale que no entreguen el recibo o que lo dejen en una dirección equivocada, porque fíjese que a mi comadre…”. Desesperado, me volví para ver lo que hacía la Inspiración mientras intentaba evadir a la molesta mujer. Con angustia, me percaté de que había abandonado el escritorio y se dirigía a la cocina, tal vez en busca, pensé para tranquilizarme, de algo que comer mientras la vecina dejaba de importunar, para después reanudar nuestro idilio creativo. “Discúlpeme. No puedo platicar: estoy ocupado”. Y le cerré la puerta en las narices. Imaginé la cara de sorpresa mezclada con indignación que pondría, mas no me importó. Presa de la angustia, fui hacia la cocina en busca de la bella, pero no estaba. Corrí a las demás habitaciones; revisé debajo de la cama, en el baño, detrás de las cortinas… Todo fue inútil: la Inspiración me había abandonado. Como último recurso, intenté reanudar la escritura del poema que, creía, me daría fama internacional y haría que la Inspiración nunca se fuera de mi lado. Vana ilusión: no me salían las palabras, me resultaba imposible retomar el hilo de mis pensamientos, la creatividad se había cortado sin esperanza de regreso. En los días posteriores, de nada sirvió que llenara de flores las habitaciones, que pusiera las más hermosas melodías para atraerla: la Inspiración no volvió. Ha transcurrido un tiempo de aquello. Desde esa infausta mañana no he vuelto a encontrarme con ella ni en la calle ni en el metro, mucho menos en mi casa, en ninguna parte. Temo haberla perdido para siempre. A partir entonces, por mucho que insista, no le abro la puerta a ninguna vecina impertinente.