A 4 manos

Niños autodefensas

Escritores en Taller

Sin rumbo

Voy caminando sin rumbo

El cielo nublándose está

El frío que hiela mis manos

Y tú que a mi lado no estás.

“Sin rumbo”. Sensación musical.

Los hilos dibujaban una línea punteada. La velocidad de la aguja y perfección de los zurcidos seguían emocionando a Erika como el primer día. El resto de los empleados no parecían notarlo, se habían mimetizado con la maquinaria. Erika volteó a verlos, le dio la impresión de estar rodeada de robots que trabajaban al mismo compás sin descanso.

Se concentró en sus prendas, no podía cometer errores y perder el empleo. En los vestidores solía escuchar quejas: no había puertas en los baños, carecían de asistencia médica para accidentes, las batas eran demasiado grandes. Erika no agregaba nada a las conversaciones, para ella eran asuntos menores. La recolección de goma de opio le había endurecido la piel y el carácter. Al menos ahora permanecía sentada la mayor parte de su jornada y no tenía que cubrirse la piel del inclemente sol.

Sonó el timbre que anunciaba la hora de descanso. Caminaba por el pasillo hacia el comedor cuando vio a decenas de compañeros de trabajo amontonarse junto al televisor. Erika se abrió paso entre la gente que pedía silencio. El conductor de un noticiario local daba avances sobre el reporte de un tiroteo en la escuela primaria Niños Héroes, al occidente de la ciudad.

Sintió un jalón en el brazo. —Es la escuela de los niños —exclamó Betty con una voz de terror que Erika no conocía.

—También de mis hijos —escuchó decir a alguien más.

—Vámonos —gritó otra.

Las madres desesperadas corrieron hacia la puerta sin checar su salida.

—Nunca vamos a llegar en camión —escuchó decir a una mujer que no conocía.

—Vénganse, yo las llevo —les gritó un señor que escuchaba las noticias desde una pickup. Ocho mujeres entraron a la camioneta sin pensárselo, tres en la cabina y las demás en la parte de atrás, incluida Erika.

***

Esa mañana había transcurrido como casi todas las anteriores desde su llegada a Ciudad Juárez. Erika despertó primero, estaba acostumbrada a levantarse al alba para irse al campo. Se vistió a oscuras, calentó la olla de frijoles y frió un par de tortillas. Betty la alcanzó para hacer un café de olla. Ya era diciembre, por primera vez se puso medias. No creyó que algún día extrañaría el calor de Guerrero. Ambas tenían la misma talla e intercambiaban blusas y faldas para no tener que comprar más.

—Este suéter era de Angélica —le dijo Betty tapándole cariñosamente la espalda.

—Aparte de que uso su cama, ora me pongo su ropa.

—A ella le gustaría.

—¿Tú crees que ya no va a volver?

—Aquí nadie regresa cuando te llevan. Ni siquiera me dejaron denunciarla como desaparecida, que porque no soy familiar, pero pos cómo los encuentro. Si ni un teléfono tengo. Ya fui hasta al Semefo —suspiró—, no sabes qué horrible. Ya pegué carteles, pero ni para las copias me alcanza. Y pos ya mejor me ocupo de ver por el Yustin. El pobre chamaco no tiene a nadie. Nomás de pensar en mi Oliver que se quedó allá del otro lado.

—Al menos está Tomás. — y Erika le acarició el hombro.

***

Todavía era verano cuando salió de la sierra de Guerrero. Una tierra fértil, ocupada por el narcotráfico y olvidada por Dios. Tuvo que fugarse de noche con su hijo de diez años casi a rastras. No podía dejar que tomara las armas para convertirse en un autodefensa. Pasó semanas escudriñando cada rincón de su pequeña casa de techo de lámina, hasta que encontró el escondite de su marido.

Crescencio fue abonando el dinero que ganaba como acordeonista de la banda Sensación Musical detrás de un ladrillo suelto. Erika agradeció al cielo que no se lo hubiera gastado en alcohol, como le había hecho pensar durante esos años en los que la mandaba a trabajar a los campos de amapola para mantenerlos.

Cosió los billetes en sus ropas y metió otros pocos al monedero que ajustó al brasier. Planeó cautelosamente el escape. De haberse enterado, ni sus padres ni sus vecinos la hubieran dejado marcharse. No permitiría que ellos decidieran el destino de su hijo como habían hecho con el suyo.

Cuando las llantas del autobús entraron por fin a un camino pavimentado, Erika suspiró aliviada. Era libre. Miró a Pedro que dormía acurrucado en su morral.  Su cara reflejaba la inocencia de un niño, pero ella sabía que tenía el alma cargada de venganza y desolación. Era el único de sus cinco embarazos que se había logrado. No podía perderlo. En ese pueblo solo encontrarían la muerte.

***

Raúl, el novio de Betty, se había quedado esa noche. A Erika no le gustaba, los hombres tatuados le recordaban a los asesinos de su esposo. Ella podría no saber muchas cosas, pero conocía el significado de los tatuajes de lágrimas de ese hombre que la miraba con desdén.

Sin embargo, no tenía nada que reprocharle, era más servicial que Crescencio y a Pedro se le veía contento en su compañía. Raúl se llevaba a los niños cada vez que podía a pasear por la ciudad y les había enseñado a llegar a la escuela y a cuidarse entre ellos. Ahora era Pedro quien se encargaba de acompañar a Yustin a todas partes, como si fuera su hermano mayor.

Esa madrugada, como todas las anteriores, las mujeres caminaron cuatro largas calles en la penumbra. La cantina de la esquina acababa de cerrar y un par de borrachos que no lograron llegar a sus casas les silbaron al pasar. Subieron al transporte que las llevaría a la maquila. Betty recargó la cabeza en la ventana y se quedó dormida enseguida. Erika repasó fragmentos de su vida. Extrañó el olor del campo, el zumbido de los grillos, el canto del gallo.

Al pensar en su pueblo le vino a la cabeza la imagen de su hijo pecho tierra con un fusil en las manos, junto a los demás niños de su comunidad. Todos los días le rogaba a Pedro que no fuera al entrenamiento, que se alejara de las armas; pero no la escuchaba, tenía sembrada la semilla de venganza en la frente. En cuanto Los Ardillos supieran que los pobladores estaban entrenando hasta a los niños, no tardarían en regresar a reclamar obediencia. Era cuestión de tiempo para que el pueblo entero ardiera, igual que la camioneta en donde quemaron vivo a su marido y al resto de Sensación Musical.

—¡Súbanle al radio por favor! —sollozó una mujer. Al acelerar, las llantas levantaron una nube de polvo en la que se perdieron los rostros de otras trabajadoras que salían de la planta. Erika se esforzaba por escuchar al reportero que narraba la escena caótica.  

Estamos aquí en la escuela primaria Niños Héroes. Podemos ver en estos momentos cómo van saliendo los niños y maestras completamente aterrorizados. La única ambulancia que ha llegado al lugar está atendiendo a los heridos…  Vamos a tratar de acercarnos más… nos confirman que se siguen escuchando balazos al interior de la primaria… 

Erika sintió una punzada en el estómago. ¿Le habría servido a Pedro el entrenamiento militar para ponerse a salvo? Recordó el brillo que despedían sus ojos cuando tenía una pistola entre las manos. ¿Y si fue él? ¿Habrá conseguido un arma? Volteó al cielo, lágrimas negras de mugre rodaban por su rostro sin que pudiera detenerlas. “¡Te saqué demasiado tarde del puto pueblo! ¡Malditos sean Ardillos!”— ahogó un gritó entre sollozos. Nadie la consoló. Cada mujer cargaba su propio rosario de preocupaciones.

***

Los dos días que tardaron en recorrer el país desde Guerrero a Chihuahua, Pedro apenas habló. Le reprochaba a su madre que no le hubiera permitido quedarse a defender a su pueblo. Era el mejor tirador del grupo y se sentía respetado. Lo que para Erika había sido un acto de valentía, para Pedro era la peor de las cobardías.

Tres años atrás, cuando Sensación Musical comenzó a cobrar fuerza, un grupo de hombres armados se plantó en casa del líder de los músicos para exigirle una parte de sus ganancias. Además, en cada gira que la agrupación hiciera, debía transportar droga, especialmente si se dirigían a Acapulco.

Los músicos se entregaron a su público sin sospechar que sería su último viaje. Podían contar el éxito en botellas y mujeres. Estaban de suerte y decidieron probarla en un casino ilegal del puerto, donde se embriagaron con destilados baratos. Perdieron lo que habían ganado y una parte de lo que no era suyo. Una felicidad fugaz como su propia vida.

***

El camino hacia la escuela fue más largo de lo que recordaban. Las mujeres rogaban a Dios por sus hijos, la más desesperada pegaba sobre el techo de la cabina y gritaba que fueran más deprisa. La camioneta cruzó a toda velocidad por avenidas vacías, que se fueron congestionando, obligando al conductor a reducir la velocidad hasta detenerse por completo. La mujer que golpeaba la lámina bajó sin dar las gracias y echó a correr.

—Se me hace que cerraron las calles estos pendejos. No va a quedar de otra más que caminar —les dijo el hombre en tono de disculpa.

Erika bajó de un salto y siguió a la líder que parecía conocer el camino. De pronto tuvo un presentimiento, algo que nunca podría explicar. Supo que el corazón de Pedro ya no latía. Se tiró al piso destrozada, Betty la levantó de un jalón y continuaron corriendo sin hablarse. Sabían que iban en la ruta correcta porque a cada paso encontraban más gente afuera de sus casas y negocios cuchicheando.

—Pos que sí era un chamaco tú.

—¿Y ya se lo torcieron?

—Ya se lo han de haber echado los milicos, porque los putos municipales ni entraron.

—Escuchó decir a unos hombres que platicaban tranquilos en un puesto de tacos callejero.

“Y ahora qué voy a hacer sin ti… Ya estarás con tu padre que tanto querías… Y ahora para quién voy a vivir si ya se me fue Crescencio también”, se decía Erika, quien ya no sabía si mantener el paso o quedarse ahí a maldecir su destino.

—¡Ya falta poco! —la animó Betty unos pasos adelante. Algo más dijo, pero el agónico llanto de las sirenas apagó su voz.

Al doblar la siguiente esquina encontraron por fin la escuela. Sortearon el camino repleto de curiosos, ambulancias, policías, cámaras de televisión y decenas de padres de familia que rompían los cercos para buscar a sus hijos.

Erika vio salir a una maestra con un cuerpo ensangrentado en brazos.

—¡Pedro! —gritó atormentada. Y corrió a su auxilio para encontrarse con el rostro apagado de una niña. Caminó en contracorriente abriéndose paso entre un grupo de infantes que salían en estampida liderados por el profesor de deportes. Dobló por un pasillo que llevaba al patio principal. Espesas lágrimas le nublaron la vista y resbaló en un charco de sangre. Betty se arrodilló junto a ella para abrazar al cuerpo sin vida de Manuelito, un niño con el que solía jugar Yustin.

—¿Qué hacen aquí estas viejas?  ¡Sáquenlas de aquí! —espetó un hombre robusto vestido de militar.

***

Para Erika, Betty había sido muy valiente desde chica. Quedó huérfana de madre a los doce años y prefirió marcharse con su hermano Tomás a Acapulco antes de quedarse a cuidar a su abusivo padre y a sus hermanos pequeños. Hizo de todo: trencitas, pulseras, masajes, hasta que un novio la convenció para irse de mojados. Nunca perdieron el contacto. Erika era lo único que a Betty le importaba de aquel caluroso pueblo.

Tomás regresó primero cada mes, después tres veces por año, hasta que sólo se aparecía para el cumpleaños de su abuela. El muchacho llevaba dinero para ayudar con la manutención de sus hermanos menores y aprovechaba los viajes para entregarle a Erika las cartas que le enviaba Betty. Las misivas iban religiosamente acompañadas de dulces de tamarindo, que Erika disfrutaba mientras trataba de descifrar las palabras mal escritas y uno que otro dibujo, que describían las aventuras de su amiga.

Cuando Betty llegó a Estados Unidos se las ingenió para hacerle llegar las cartas por correspondencia. Los relatos, repletos de faltas de ortografía, le habían alegrado los días de intenso trabajo en el campo. Labraba la tierra pensando en lo que estaría haciendo su amiga en ese momento. La imaginó trabajando en una gran mansión como las que salían en las telenovelas. Crescencio tenía la fantasía de volverse famoso, viajaría por el mundo y podría llevarla a visitar a su amiga a cambio de que fuera una buena mujer y lo atendiera bien.

Los campos de amapola la veían sonreír cuando soñaba despierta con estar en una sala de conciertos viendo a su esposo tocar el acordeón, con su Pedro en las piernas y Betty a su lado.

El día que por fin se abrazaron le contó la verdad. Antes de que le crecieran los senos, Betty se había tenido que prostituir. Ella no volvió al pueblo porque sólo los hombres podían salir de la ciudad. Cruzó la frontera para fugarse de sus captores llevando a un niño en el vientre, que le sembró algún extranjero casado. Cuando la detuvo la migra no pudo si quiera despedirse de él. En Ciudad Juárez conoció a Angélica en la Feria del Trabajo, donde ambas llenaron solicitudes. Angélica recibió a Betty en un departamento en tierra de nadie, donde vivía junto a su hijo Yustin. Su nueva amiga tomó el turno vespertino para llevar al niño a la escuela. Cuando Betty regresaba se encontraba a Yustin jugando a la pelota, a veces con otros niños, pero casi siempre con una pandilla de salvadoreños que frecuentemente eran deportados de Estados Unidos. Betty pensó que ellos las cuidarían, pero un día Angélica no volvió.

***

Un grupo de padres de familia se abalanzó contra los militares para buscar a sus hijos entre los muertos. Las amigas aprovecharon para escabullirse del guardia que las perseguía y lograron entrar al patio principal de la primaria. Yustin amagaba a un niño más grande que él con un fusil sobre su cabeza. Arrodillado, el joven rogaba por su vida, mientras un grupo de soldados los rodeaban apuntando sus largos rifles hacia el chico armado.

—Perdón, perdón. ¡Tu mamá era una santa! —aulló el muchacho. Yustin notó la presencia de Betty y le sonrió. El soldado aprovechó el momento de distracción del menor para disparar.

El metal ardiente de la bala perforó el cráneo del pequeño y cayó sobre Pedro, que yacía muerto a sus pies.