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Cuentos del conde

TANGO QUE ME HICISTE BIEN

Bajé del taxi en la calle Agüero, cerca del Abasto. Me habían informado que el hombre frecuentaba ese lugar, y a juzgar por los compases de La Cumparsita que llegaban desde el interior, mi fuente resultaba fidedigna. Subí por una escalera metálica ornamentada con
indolentes manchones de óxido. Llegué a un amplísimo salón. Todo a media luz. No el tango sino la iluminación del lugar. Varias mesas, sólo unas pocas ocupadas. La barra de un bar. Un mozo aburrido apoyaba la espalda sobre el mostrador, la bandeja que pendía de sus manos parecía servirle de gran taparrabos. Un pequeño escenario, vacío. Un bafle mediano que vibraba con las notas bajas. Y lo más importante, cinco parejas bailando, cada una con su peculiar nivel de destreza en esa danza que, como en el fútbol, sólo puede jugarse en equipo.
No tardé en reconocerlo. Su barba y melena eran blancas, espumosas, tal como lo había visto en todos sus retratos. Saco también blanco. Unos anteojos oscuros le colgaban de la nariz y parecían a punto de saltar por el aire con cada uno de los cortes y quebradas. Lo observé, conmovido. No bailaba mal para su edad. La hermosa joven de vestido rojo lo seguía sin vacilar en todos los pasos y cadencias. Los amagues y firuletes que enriquecen el ritual de la danza. En un momento, la joven siguió bailando sola, en dirección al baño. El hombre dio unos pasos sin seguir el ritmo y, levemente encorvado, más por la edad que por el cansancio, se sentó en una de las mesas y retomó un vaso de tintillo a medio tomar. Aproveché la oportunidad para acercarme.
“Perdón…”, dije. “¿El señor Marx? ¿Karl Marx? ¿El padre del socialismo?”.
Él sonrió con los ojos. Me invitó a sentarme con una seña que parecía de truco, dispuesto a mi reportaje. Le concedí un sorbo del tintillo antes de comenzar, y luego encendí mi pequeña grabadora.
PERIODISTA: Señor Marx. Ante todo quiero informarle, por una cuestión de honestidad ideológica, que yo no soy marxista.
MARX: Yo tampoco.
PERIODISTA: ¿Cómo que usted tampoco?
MARX: Yo nunca quise fundar un Partido ni nada por el estilo. Lo que yo quería era tomarme una cervecita y charlar de economía con gente que pensaba como yo, como Federico Engels y mi esposa, en ese orden.
PERIODISTA: Pero hubo muchos países que se hicieron socialistas en su nombre. ¿Qué me dice de los rusos, cuando eran soviéticos? Y los chinos, y los cubanos.
MARX: Por favor, estuve a punto de demandar a los soviéticos por uso indiscriminado de marca. Esos no eran socialistas. A lo sumo, eran burócratas elegantes. Recién ahora que se hicieron francamente capitalistas están un poquito más cerca del socialismo.
PERIODISTA: Chávez decía ser socialista. ¿Qué opina de él?
MARX: Chávez era como mi tía Ruth. Se la pasaba hablando bien de mí, pero nunca supe lo que pensaba. En cuanto a Maduro, si él es socialista yo soy Michael Jackson.
PERIODISTA: ¿Y los chinos?
MARX: Esos son los que van a dar el gran golpe al capitalismo.
PERIODISTA: ¿Exportando la revolución maoísta?
MARX: No, fabricando más computadoras, y más baratas.
PERIODISTA: Quedan los cubanos.
MARX: Muy ricos con dulce de leche.
PERIODISTA: Me refiero a los de Cuba, señor Marx.
MARX: Se lo diré sin tapujos. Para mí el verdadero socialismo promueve tanto el bienestar colectivo como la libertad individual, y esto implica la libre expresión de las ideas.
PERIODISTA: Fidel hablaba libremente, sin pelos en la lengua.
MARX: Lo cual es toda una proeza para los que usamos barba. Mire, críticas para hacer no me faltan, pero concuerdo en que los cubanos han obtenido enormes logros. Ahora veamos si Raulito puede mejorar las condiciones del pueblo, pero sin ser comido por el consorcio de al lado.
PERIODISTA: Y ya que menciona a los Estados Unidos. ¿Cómo ve al capitalismo de hoy?
MARX: Tal como lo predije, el capitalismo termina convirtiéndose en el poder de los monopolios, que se lleva a las patadas con el pensamiento liberal que dio origen al capitalismo. Es como volver al feudalismo pero sin el romanticismo del rey Arturo.
PERIODISTA: Desde ese punto de vista, teniendo en cuenta las contradicciones ideológicas en el seno de la sociedad norteamericana, sumada a los movimientos aislacionistas dentro de la comunidad europea, ¿dónde colocaría a Donald Trump?
MARX: En el manicomio. Pero no solo, hay muchos candidatos para acompañarlo.
PERIODISTA: En cierta oportunidad usted se ha declarado discípulo de Hegel. ¿Siente que en todos estos años ha variado el eje de su pensamiento?
MARX: No mucho, aunque en un principio no concordaba demasiado con él. Lo fui degustando de a poco, como este tintillo.
PERIODISTA: ¿Qué recuerda de sus lecturas de juventud?
MARX: Yo de joven me la pasaba leyendo, por supuesto, a Hegel, y también a Feuerbach, Demócrito, Epicuro, Spinoza, Adam Smith…
PERIODISTA: Y en la actualidad, ¿qué es lo que lee?
MARX: Playboy. Es una asignatura que me quedó pendiente. Por supuesto, lo compro por los artículos.
PERIODISTA: Hay una frase suya que es como su marca de fábrica, esa que dice “la religión es el opio de los pueblos”. ¿Sigue pensando así?
MARX: Ya no. Míreme. A esta edad y bailando tango con esa flor de mina. Es un milagro de Dios.
PERIODISTA: ¿Algún consejo para la Argentina, señor Marx?
MARX: Sí, apliquen la dialéctica.
PERIODISTA: ¿Perdón?
MARX: Acá nadie se pone de acuerdo porque cada uno se aferra a la primera parte de la dialéctica. Es decir, no resuelven las contradicciones. Por ejemplo, uno dice “el gobierno hace todo mal”, y el otro dice “el gobierno hace todo bien”. No hay una síntesis que resuelva esa contradicción (hasta que surja otra) diciendo “bueno, el gobierno ha hecho esto bien y esto mal”. No quiere decir que todos estén de acuerdo acerca de qué es lo que hizo bien o mal, pero al menos no van a estar aferrados a antinomias y peleando como perro y gato. ¿Me entiende?
PERIODISTA: Ese instrumento que usted llama materialismo dialéctico, ¿le sirve para entender la realidad argentina?
MARX: La realidad argentina no la entiende nadie. Yo sólo hago mi mejor esfuerzo.
PERIODISTA: Pero, ¿cómo aplica la dialéctica en un tema tan obvio como los cortes de calles o rutas?
MARX: ¿Qué tiene de obvio?
PERIODISTA: Bueno, está muy claro que es fruto de la prepotencia. Hoy día cualquiera quiere resolver los conflictos tomando a la gente como rehén.
MARX: ¿Ve? Usted ha expuesto una tesis. “Los que cortan las calles son prepotentes”. ¿Cuál sería la antítesis. “Los cortes de ruta surgieron por la desesperación de la gente ante la falta de trabajo, ante la sensación de impotencia por autoridades que no les daban ni la hora”. ¿Cuál es la verdad?
PERIODISTA: ¿Cuál?
MARX: Ambas. Porque lo que empieza como una lucha legítima, motivada por la desesperación, esto es, la convicción de que se toma esa medida injusta porque no queda otro camino, se transforma en prepotencia cuando se pierde la desesperación. ¿Entiende?
PERIODISTA: Ni ahí.
MARX: Los que cortan legítimamente lo hacen porque antes lo intentaron todo. Están desesperados, pero eso no les impide solidarizarse con el sufrimiento de otros. El día que un corte de ruta no permitió pasar a una ambulancia con alguien en grave estado, bueno, ese día nació la prepotencia.
PERIODISTA: Me acuerdo de unos piqueteros que golpeaban el coche de un hombre, y en su interior había un niño llorando.
MARX: La desesperación estaba en el niño, ya no en esos piqueteros.
PERIODISTA: De acuerdo, entiendo su punto. Pero entre esa tesis y antítesis, que es una gran problemática para nuestro país, ¿cuál sería la síntesis?
MARX: ¿No pretenderá que se la busque yo? Esa es tarea de todos los argentinos.
El reportaje fue interrumpido por una espectacular rubia que se nos acercó a los saltitos. Le dio un beso a Marx en la mejilla. El filósofo me guiñó un ojo.
“Charly”, dijo la rubia. “Están pasando Margot. Me lo prometiste. Este tango es mío”.
Marx se paró de un salto sorprendentemente ágil, para tomar la mano y la cintura de la rubia.
“Por supuesto que es tuyo”, le respondió. “El tango es de quien lo baila”.
“¡Ay, Charly! ¡Me matás con esas frases!”.
Y salieron danzando hacia el centro del salón. Me quedé sentado, observando a la extraña pareja. El creador del materialismo dialéctico parecía revitalizado porque no paró de dibujar figuras tangueras de todo tipo, seguido por la entusiasmada rubia que cada tanto levantaba su puño y exclamaba: “Viva la revolución, ¿viste?”. Apagué mi grabadora y, antes de levantarme, eché una mirada al vaso con el resto de tintillo. Me lo bebí de un trago. No pensé que eso molestase al señor Marx. Después de todo, él es socialista.