A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cuentos del conde

El día en que las pulgas de mi perro se enfermaron

Caminaba con martillo en mano por el patio de mi casa. Llegué hasta el rincón donde descansaba mi perro (un bóxer llamado Hamlet), me agaché para acariciarle el lomo. Fue entonces que descubrí el cadáver, el cuerpo inmóvil de una pulga colgada de un pelo en la oreja del animal. La tomé entre mis dedos y me puse a examinarla. Estaba seca, como si le hubieran chupado la sangre o lo que fuese que tuvieran dentro esos bichos. Por un momento pensé que se trataría de un fenómeno biológicamente normal, que las pulgas se secaban cuando dormían la siesta. Para salir de dudas, le apreté suavemente la cabecita con una paja de escoba; no vi que se moviera. Le busqué el pulso pero no se lo encontré por ningún lado.

Ya había decidido realizar un solemne y rápido funeral tirándola al inodoro, cuando descubrí otro cuerpo a la altura de los cachetes del perro. Eso fue suficiente para alarmarme. Dos muertes en un mismo día, eso descartaba la posibilidad de accidente o suicidio. Empecé a investigar, removiendo cuidadosamente el corto pelo del bóxer. Con lágrimas en los ojos fui encontrando dos, cinco, nueve cadáveres. A cada pasaje de mi dedo descubría más cuerpecitos colgados. Una verdadera catástrofe. Inexplicable. Sin causa aparente. ¿Intoxicación por sangre en mal estado? ¿Rascada feroz por parte de mi perro? ¿Crímenes seriales desatados por una pulga loca?

Por fin, con inocultable alegría, divisé una pulga que caminaba por entre la espesura capilar. La agarré. Se movió sobre mis dedos tambaleando, como borracha, sin poder dar un salto, hasta que tropezó precipitándose al vacío sin decir ni ay. Vi en el espejo de la pared mi propia cara tornarse sombría. Epidemia. La peste negra pulguera. Urgente llevé a Hamlet al veterinario; el tipo lo subió a una camilla, lo revisó, le palpó la panza, le puso un termómetro en la cola (normal, murmuró acariciándose la pera), me interrogó sobre si se rascaba mucho, si vomitaba, si hacía caca blanda, etc., etc., etc. Yo a todo dije que no. Por último, me preguntó qué era entonces lo que le pasaba al perro.

-Al perro nada –contesté-. A las pulgas. ¡Se me mueren, sálvelas doctor!

El veterinario me miró como si yo fuese un canguro rabioso. Se le puso la cara roja y empezó a gritar que si yo no tenía otra cosa que hacer que andar jodiendo a la gente y que mejor me fuera o iba a sacarme a patadas. Ahí pasé a explicarle, sin perder la calma, lo importante que para mí era pulga sana en perro sano y “que no tiene por qué faltarme el respeto porque yo vengo por su consejo profesional y usted tiene la obligación de escucharme porque soy miembro de esta comunidad y…”. De pronto, el veterinario dijo que todo estaba bien, que atendería el caso. Sin duda impresionado por mis ardorosos y justos argumentos había cambiado su actitud negativa. Después de todo, era realmente un caballero. Entonces lo solté del cuello y empezó a examinar el pelaje del animal.

Pasado un rato dijo que posiblemente las pulgas murieron anémicas y me preguntó cada cuánto bañaba al perro. Yo le dije: una vez al año con Sarnol. Movió la cabeza negativamente y recomendó que probase con Baby Johnson y también que masajeara el lomo del perro para mejorar la circulación sanguínea, eso facilitaría la alimentación de las pulgas.

-Vuelva en tres años para ver cómo siguen –dijo despidiéndome desde la puerta.

Fueron meses de sacrificio, levantándome a las cuatro de la mañana para agarrar a Hamlet dormido y meterlo en una palangana con Baby Johnson, masajeándolo hasta despellejarme los dedos, dándole a cada rato vitaminas para la sangre, tejiéndole un sweater para que las pulgas no pasaran frío en invierno. Pero el esfuerzo no fue en vano. Por fin llegó la primavera. Las pulgas desbordaban salud. Fuertes, ágiles, saltarinas. Yo estaba excitado. Fui con Hamlet al patio, -échese- ordené, y él obedeció. El corazón palpitándome con fuerza. Me senté en el piso. Removí el pelo hasta encontrar una pulga. Fue difícil, ya dije que andaban muy ágiles, pero al final la pude cazar. Sentí que me moría de placer. La coloqué cuidadosamente sobre una baldosa, y la reventé de un martillazo. Empecé a buscar una nueva presa, silbando alegremente. Todo volvía a la normalidad.