A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cuentos del conde

El joven soldado

Por ahí por donde ande, se lo dedico a ese hombre que conocí antes de que fuera hombre, que me besó de niña, y que se fue de nuestro pequeño mundo antes de que la vida le diera alguna oportunidad… A RCM, el joven soldado

 

“La guitarra del joven soldado, es recluta también. La guitarra del joven soldado revela secretos, se desata por una mirada, en arpegios de amor”.

                                      La guitarra del joven soldado, Silvio Rodríguez

 

Se amarró el cordón de la bota de cadete al gatillo de la escopeta, un AKM ruso muy utilizado por terroristas y guerrilleros. Se acomodó el pie a cierta distancia, y puso la boca del AK sobre la lengua. Haló del pie y se voló los sesos.

Tenía 17 años y estaba cumpliendo los primeros meses de dos años de servicio militar que el gobierno obligaba, para forjar a los jóvenes que construirían el futuro glorioso de la tierra.

Un mes antes, un coronel había ofendido su hombría, llamándolo maricón, y el impetuoso muchacho había desbaratado su mano contra la nariz del militar. El impulso le costó 30 días de calabozo. Llevaba tres fueras cuando haló del gatillo. Era su primera guardia; la primera vez que volvían a poner un arma de fuego en sus manos.

Un conocido pasó en la tarde, a la hora en que el polvo hierve, y así, como quien no quiere las cosas, dejó caer la notica: ¿sabes quién se mató? Los detalles vendrían después, tergiversados por el morbo pueblerino, sin la anuencia de una familia desintegrada, escasa de ánimos para andar recomponiendo rumores históricos.

La única funeraria se llenó de cadetes, militares y desconocidos que fueron tras la imagen de la cabeza reventada. El cuerpo no estaba a la vista. No obstante, En una sala gris, con olor a muerte, un militar de alto rango leyó una despedida de duelo ante la concurrencia, pronunciando palabras que solo había dicho en otras despedidas anteriores, resaltando méritos que el joven suicida nunca tuvo. Era el protocolo y debía volver rápido a las oficinas de la comandancia.

Las únicas lágrimas auténticas salían de los ojos viejos de sus abuelos, que lo habían criado desde que su padre lo abandonó y la madre empezó sus ires y venires, sin volver a encontrarse a sí misma.

La gente pasaba por la calle con nombre de patriota y preguntaba ¿quién murió? Y siempre alguien estaba dispuesto a hacerle la historia del pi al pa, hasta conmover al curioso, que terminaba quedándose un rato. Entrada la noche, la gente llegaba a la funeraria porque no habían visto nunca una congregación tal. El negocio de Joaquín, en la acera de enfrente, al punto de la quiebra, se agilizó de pronto. Esa noche, además de los añejos panes con croquetas, ofrecieron panes con frita, tortillas, chicharrones y con guayaba. Esa noche, Joaquín, de tan contento, se llevó a Nubia, su esposa, al cuarto y la puso en cuatro patas frente al colchón viejo. En esa posición se la singaría como ella ya había perdido la memoria que pudiera hacerlo. Después le subió los blumers, le acomodó la saya, le dio un par de nalgadas y la mandó a hacer más tortillas. -¡Que esto va pa largo!, le dijo.

El difunto impulsaría el negocio de Joaquín durante la siguiente mitad del año, aunque la calidad iría decayendo, quizás hasta que otro muerto célebre volviera a inspirar la cama y la cocina de la señora Nubia.

Los sillones de tiras de suiza se repletaban de gente que iba a tomar café aguado a la casa de la muerte, y de paso un pancito de Joaquín. Los bancos se volvieron salones de reuniones, donde todas las viejas familias del pueblo se pusieron al corriente de los acontecimientos ocurridos desde el último fallecimiento que provocó cierto revuelo. Las señoras llegaban con sus vestidos negros, que no habían podido usar en años, y en los que casi no cabían. Los niños correteaban por la calle aglomerada, reencontrando antiguos amigos de escuelas anteriores.

A determinada altura de la noche, la gente estaba tan ocupada en sus intercambios sociales, que había olvidado al joven soldado asesinado por su propio pie. Nadie lamentaba ya las condiciones degradantes en que había perdido la vida, y los abuelos se habían quedado solos en una silla de hierro y madera astillada, al lado del ataúd. Se miraban con ojos vacíos, como a quien se le acabó la comprensión de lo insólito.

Llegaron coronas de flores y cajas con medallas, que irían a parar, unas horas más tarde, al hueco polvoriento del cementerio. Un poco después del amanecer, alguien avisó que ya venía el carro a buscar el cuerpo. La procesión era tan larga, que llegaba de la funeraria al cementerio, sin necesidad de movilizar a nadie. Como la circulación era imposible para el carro, alguien elevó el ataúd forrado de pana azul, y lo fueron pasando de mano en mano por las calles y el gentío, hasta la puerta del cementerio. Allí tuvieron que ponerlo un rato en el piso, porque el sol comenzaba a levantar, y nadie había llegado para decir en qué fosa sería sumergido.

Siempre hubo quien se aventuró a buscar al custodio de aquel pequeño paraíso, pero el hombre podía estar perdido en la multitud, sin que nadie pudiera distinguirlo. A esa hora de la mañana todos se veían exactamente iguales, como cadáveres vivientes, expectantes, aferrados al pavimento, porque el que se iba al infierno era otro.

Cuando por fin se supo qué puesto ocuparía el joven soldado en aquella planicie de tumbas, desmembradas de sus losas, sus bancos y ladrillos, la gente se había vuelto a olvidar de él. Sentados en el asfalto, con sus vestidos negros y sus guayaberas, mujeres y hombres se merendaban los últimos insumos de la cocina de doña Nubia.

Los abuelos del suicida siguieron lentamente al sepulturero hasta el espacio que les habían asignado. Derramaron las últimas lágrimas mientras bajaban la caja y echaban la tierra. No se escuchó una palabra siquiera.