A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cuentos del conde

Me dejé caer

Foto: Vanessa Patiño

JORGE MONJARÁS SE LANZÓ DE UN PARACAIDAS Y “SOBREVIVIÓ”. AQUÍ VA SU HISTORIA

“¡¡¿Vienes rezando?!!”, me dice el Conde. Se ve más sonriente y confiado que yo, sin duda. Está sentado junto a la puerta de la avioneta, que asciende poco a poco por encima de Tequesquitengo. Venimos sentados en el suelo de esta cosa sin asientos, en formación de cebollitas, para caber los ochos pasajeros, cuatro con mochilas llenas a la espalda, cuatro con 10 toneladas de nervios de primerizo. Marthita viene junto al piloto, hecha bolita, trajo a su hijo rockero pero, respetuosa de los lugares, no trató de subirse en la misma tanda que él. Viene en el primer vuelo, con el esposo de Mireille, el Conde y yo. Si ha de tronar, que truene, pensé cuando saqué el número ocho del sorteo pero alguien me lo cambió por el dos, a la mexicana.

“Nomás me falta el rosario”, le contesto, un poco asombrado de poder sonreír. No vengo orando, pero si meditando. Como todos, apenas creo haber llegado hasta aquí, atrás del asiento del piloto de una avioneta azul propulsada a turbina, sabiendo que no voy a bajar dentro de ningún aparato.

No son nervios nada más, hay mucho de culpa envuelta en remordimiento, más preocupación en una mezcladora, shaken not stirred. Rebota en mi mente todo aquello de emprender una locura: cuánta gente depende de mí, la ausencia de un seguro que cubra paracaidismo, las niñas, etc.  Es un hecho que cuando deje de tener dependientes a lo mejor ya ni me lo permiten, pero este razonamiento impecable no queda tan claro a partir del momento que el avión acelera para ascender por los cielos.

“Mta… encima de alto vamos hechos la m…”

Estoy tratando de buscar mi centro otra vez, esa persona que dijo que sí, que decidió que ahora o nunca y guardó la calma los días que siguieron. Nunca soñé cosas, ni padecí desvelos por esto, ni siquiera la noche anterior. Claro, no es lo mismo imaginarlo que estarlo viviendo. Ese golpe era el que estaba tratando de procesar, con el instructor delante de mí, un hombrón rechoncho y pelo cortísimo entrecano que habló de pasar ya de los 12,300 saltos. El consuelo: no pudo haber fallado ninguno, qué no.

Supongo que asignan al instructor de acuerdo a la complexión del aspirante. No puedo evitar notar que soy el más pesado de los 27 de este grupo, con mis 84 kilitos (menos dos de ropa, me consuelo). La bendita juventud que me rodea anda por ahí, ligerita y llena de vida. Algunos todavía con esa convicción de que van a vivir para siempre. Me gusta este grupo, organizado con rigor científico por Mini, la imprescindible, la incansable, en este esfuerzo por transformarnos de godínez a extremos, de extremos a personas, de personas a amigos. Algún lacito invisible quedará entre los que salimos del trajín diario de esta empresa adolorida; un optimismo que necesitamos.

La avioneta sigue ascendiendo, sin turbulencias ni nubarrones. Es un día soleado y muy caluroso allá abajo, en el lago, en las casas, las albercas, los hotelitos pequeños y carísimos. Más allá se extiende el café regado de verde, el campo guerrerense. Todo se vuelve azul en la lejanía del horizonte. El tiempo de reflexión termina cuando nos dan la señal de proceder como nos explicaron apresuradamente en tierra. Fueron cinco minutos de explicación, cuando mucho, luego de llegar, como suizos, a las 9:30 de la mañana, en punto, firmar una cartita en donde por supuesto asumimos toda la responsabilidad, sortearnos el orden y la grabación de un solo salto (muero por ver a Nano en el mero momento).

Te ponen un arnés que asegura tus piernas y pecho, bien apretadito, ajustadito; de este va a quedar colgando tu vida, así que no protestas por tener que caminar como astronauta (o como Pinocho sin hilos), bien derechito. Tu instructor asignado te describe dos cosas: las posiciones que debes asumir en caída libre (básicamente agarrado del arnés o con las manos extendidas, las piernas siempre dobladas en ángulo recto), así como la forma de amarrarte a él y saltar del avión.

Y ya.

Deben existir miles de preguntas adicionales; nadie, ni los más nerviosos, las hacen. En este grupo, al parecer, no hay obsesionados con el detalle, nadie ventila su angustia jorobando a los instructores. Nadie quiere ser un pain in the ass; la cosa es tirarse de una vez.

– ¿Bueno?

– Qué onda, oye estoy en Tequesquitengo, me voy a aventar en paracaídas, ahí nomás para que sepas.

Si todo sale bien te hablo al rato.

– (somnoliento) Ok.

Las neuronas de mi hermano comienzan a hacer sinapsis cuando cuelgo. Me habla cinco minutos después, antes de dejar el celular en tierra y meterme a la avioneta.

– ¡De pelos! ¡Ahí me cuentas!

– Ok.

Escogí no decirle a nadie. Especialmente no a mis hijas, no a Karla. Ahora creo que gran parte del motivo es la culpa que emana de mi mismo. No quise involucrarlas, que imaginasen escenas terribles, quitarles un minuto de sueño. Creo que al final, el que se estaba reprochando todo esto era yo mismo, y con eso era suficiente.

Abren la puerta del avión.

Aire a toda velocidad se cuela en la cabina, nos ensordece. Por primera vez, estás a cientos de metros por encima del mundo que caminas, sin nada que se interponga entre tu cuerpo y la Tierra que te llama, un tanto molesta y apresurada. Qué haces allá arriba, te pregunta, como una madre atribulada: te regresas, pero ya.

Ya casi. Estás hincado viendo hacia la puerta, hacia el cielo y el horizonte. Terminas de amarrarte al instructor, detrás de ti. Jalas las cintas con todas tus fuerzas; te vuelves a construir un cordón umbilical que te mantendrá vivo y dependiente de otro por los próximos minutos. El instructor dice que estás listo: confías ciegamente porque no hay tiempo para nada.

El bueno del Conde sale de repente por la puerta, con su instructor. Toma una velocidad difícil de explicar, lejos y hacia atrás del avión, como en película, pero más irreal porque es real. Se hace pequeñito en segundos. Sigo yo.

Me acerco a esa boca abierta, todavía agarrado del avión. Ayuda no creer lo que está pasando, es demasiado irreal. Sigo una instrucción muy sencilla: me suelto y me sujeto de mi propio arnés. Elijo ver hacia el horizonte y seguir la vieja canción: dejarme caer. No pensé en mi madre, no pensé en nada; sólo observo al cielo, al avión, a mí mismo.

Resulta impensadamente placentero, es un deleite. El hombre de los 12,000 saltos se tira conmigo en la panza, damos una vuelta en el aire, quizá dos. Veo la avioneta desde fuera alejarse mientras miro hacia el cielo. Luego nos estabilizamos boca abajo. El viento se agolpa en la cara, te rodea, te grita, se mete en tu nariz. Estoy seguro que no mantuve la posición con la cabeza hacia atrás. Volteo a un lado, al otro, arriba, abajo. Veo el horizonte, la tierra, estoy completamente tranquilo, estoy admirando, estoy en plena contemplación.

Estoy centrado totalmente, consciente desde lo más profundo, pruebo respirar en este ambiente que parece impedirlo. No es así, lo consigo con cierta facilidad. No lo sabré a ciencia cierta, pero podría asegurar que mi corazón late tranquilo, estoy relajado, tanto que no me cuesta soltar el arnés y extender los brazos. Caigo, lo sé, a toda velocidad, pero no hay alarmas prendidas en mi cuerpo. No sé si la adrenalina hace esto, no la advierto. Quizá está, escondida, actuando, pero no la siento. No hay aquí la furia de una batalla, ni la tensión de un momento difícil. Eso es: no hay tensión. Si me preguntaran, más que adrenalina, me siento atascado de dopamina.

Transcurren esos segundos inolvidables. Se abre el paracaídas. El tirón tampoco es desagradable. Estamos ahora en posición vertical, con un ala sobre nuestras cabezas. El aire se ha detenido, el ruido termina, descendemos lentamente. Se puede conversar como en un cafecito; o mejor, no hay ruido.

– ¿Cómo vas?

– ¡Poca madre!  -Respondo eufórico, sincero, satisfecho.

– ¿Quieres dar vueltas?

– ¡Venga!

Estoy pensando que esta cosa ya abrió, ya la voy librando, ya pueden pasar menos cosas. Finalmente es una satisfacción vivir para contarla.

Contemplo las casas, las albercas, una buena cantidad llenas con agua verde del lago, supongo, no se ven muy bien. Me señala un círculo que aún se ve pequeño.

– Ahí tenemos que caer.

– Ok (se ve lejos)

– Toma los controles

Son las cuerdas que dirigen al paracaídas. Con ellas das vueltas hacia un lado u otro. Inclinas mucho el ala y recuperas velocidad, el viento vuelve, giras a buena velocidad.

– ¿No estás mareado?

– No, dale.

Quieres verlo todo, pasear con tu ala de dragón por el cielo azul de Tequesquitengo, bajo un sol que aún no se siente como allá abajo, duro, quemador. Estás flotando y puedes ver finalmente a otros: por ahí debe ir el resto de la tripulación. Todo bien.

Te vuelves consciente de que no estás flotando cuando te acercas al círculo, que ahora es grande. Tienes una buena velocidad horizontal, más que vertical. Das vueltas a su alrededor, como un zopilote guerrerense. Este compadre sabe lo que hace: llegas al lugar preciso donde unas tiras de plástico evitan que te manches el trasero.

Me pide alzar los pies y caer sentado. Confío. Aterrizamos como plumas, ni una resbaladilla es tan tranquila. Me alegrará más haber levantado las piernas al ver a otros, a lo largo del día, tratar de correr, sólo para tropezarse y caer de forma no muy agraciada.

El paracaídas está en el suelo y tú increíblemente quieto, apenas puedes creer que tu cuerpo pueda estar tan quieto, después de la forma en que se movió en el espacio. El instructor se desata con facilidad, y comienza a doblar su ala. Le das la mano, te tomas una foto, le agradeces infinitamente.

Caminas hacia el resto del grupo. Te llueven preguntas. Mini y Vane toman fotos. Todos quieren saber si la experiencia es desagradable. Les respondes que no, que para nada. Ahora sé que esta puede no ser una ocasión única en mi vida. Lo puedo volver a hacer y quiero. Quién sabe, ya la vida dirá.

Griselda, de online, me pregunta algo que quizá le viene de muy dentro: ¿Tienes ganas de llorar? Interesante pregunta: no, en realidad, me estoy riendo a carcajadas. La risa siempre me ha sido fácil y llega, como de costumbre, a terminar de dibujar mi estado actual y permanente. Quiero que mi risa tome al viento y lo cabalgue para viajar muy lejos.

Es una carcajada de satisfacción, descubrimiento y avance. Estoy completamente en paz.