A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cuentos del conde

La Azotea o Cuento de terror para adultos

Tomado de su blog personal:

http://expresocortado.blogspot.mx/

 

“Si supieras lo que yo sé, no podrías dormir nunca”, me espetó Domingo antes de hacer una pausa dramática, dándole unas chupadas a su pipa y dejando ir su voluminoso cuerpo sobre un indefenso sillón alto.

La chimenea encendida completaba el cuadro. El hombre era un fanático de los muebles barrocos y Luis X; los dos estilos juntos, sin pudor, que abarrotaban una de sus salas –porque tenía varias-; entre un sin fin de “antigüedades”, de esas que uno se pregunta quién sería capaz de comprar. Su casa entera es una buena explicación de a dónde van a parar todas las figuritas de porcelana que se han fabricado.

Como yo estaba a punto de caer fulminado por el sueño tras dos horas de interminable plática unilateral, le respondí un tanto esperanzado: “Cuéntame, pues, a ver…”

Nada le gusta más a Domingo Gutiérrez, militante de izquierda, zapatista de corazón convertido por la vida en próspero asesor en relaciones gubernamentales para una de las firmas de Relaciones Públicas más importantes de la ciudad, que ser el centro de la atención.

–  “No podría decirte todo, ya sabes, el secreto profesional.”

–  “Claro, ya sé.”

–  “Sería off the record, of course.”

–  “Ps, ¿dónde viste la grabadora? Estamos chupando tranquilos… por cierto, me voy a servir más de ese güisquito.”

Aproveché para alejar mi asiento, curiosamente más bajito que el sillón de Domingo, del fuego. Era una noche francamente calurosa, pero las llamas eran parte del escenario preferido de mi dilecto excolega, quien se había declarado tan decepcionado del periodismo que se mudó tranquilamente al dark side: el mundillo de los asesores de políticos… no al mundillo de los políticos, sino al de sus asesores, que es cosa diferente. No al lugar donde se toman las decisiones, sino al de los que pintan todos los escenarios posibles, en bonitas carpetas y presentaciones de power point; de cualquier situación, de cualquier cosa.

–  ¿Por dónde quieres que empiece?

– No sé, la explosión en ese edificio público que dices que no fue accidente.

– ¡Ja, ja, ja! ¿Tú todavía piensas que lo fue? ¿Qué de verdad no tienes fuentes ahí?

– ¿Dónde, en la paraestatal, en la Cruz Roja, entre los veladores del edificio, con los archivistas, los investigadores o la gente que iba pasando?

–  No sabes lo que guardaban ahí.

–  Como no fuera una reserva secreta de petróleo en botellas de Coca Cola, nop.

– Archivos, compañero, papeles que ahora están sepultados bajo los escombros o volando por nuestros cielos anaranjados de contaminación.

– Esa ya es vieja, Domingo. Dime qué papeles ameritan que revientes una bomba a las cuatro de la tarde por dios, cuando ya todo se hace electrónicamente. Y si eres dueño del edificio ¿qué no es más fácil robarse los documentos una noche y listo?

–  La idea es dar una razón de que ya no existan.

–  Era archivo muerto Domingo, nadie los iba a auditar nunca más.

–  ¿Ves cómo no sabes? Ay, mano.

–  Va, va, entonces quién fue, cuéntame. ¿Los azules para esconderse del partidote o al revés? Porque ya me descartaste a terceros, por lo que veo.

–  Mta, todavía crees que esos no trabajan juntos.

–  Son como uno mismo, me imagino. ¿Lo hicieron juntos? Uno mató a la vaca y el otro le detuvo la pata.

–   Ellos tienen que seguir órdenes, como todos.

La conversación ya había logrado despertarme. Por lo menos cuando Domingo se ponía conspirativo el esgrima se hacía más divertido. Aun así volví a recargar mi vaso de Chivas 18.

–   Ok, les ordena quién, los gringos, los narcos, la iglesia, la internacional socialista, la ultraderecha, la conspiración judeo-capitalista, la musulmano-petrolera, la nazi-fascista, la groucho-marxista…

–   Yo no dije que ellos soltaran una bomba.

–   De hecho no has dicho nada. O fueron los zetas, pues.

–   ¿Y la explosión sin llamas?

–   Dale, entonces cuéntame si has visto explotar a C4, metano o zutano.

–   ¿Yo? ¿Pues que crees que ando haciendo? Yo nada más recojo información de los que saben.

–   Que supongo no son los peritos de la defensa, o los gringos, o los de la UNAM que vimos todos.

–   Claro que no, a los buenos ni los ves.

–   Ok, ¿son los mismos del helicopterazo y los del avionazo, o los van cambiando?

–   No sé, a ellos los ven mis contactos.

–   Ah vaya, o sea que tu versión no es de primera mano.

–   ¡Claro que lo es, de primerísima!

–   Pero no de los que estuvieron ahí escarbando.

–   Esos nada más le tapan el ojo al macho, si las razones ya la conocen.

–   ¿Antes de investigar?

–   Pues, claro.

–   Se te está apagando la pipa.

El whisky 18 se estaba resbalando como agua, así que me levanté nuevamente, el fuego se había apagado casi, pero ese detalle decidí quedármelo calladito.

–   Bueno, cuéntame pues de Elba Esther… supongo que ya no les convino.

–   Con ella se hizo una típica carambola de tres bandas.

–   A ver, el sindicato, los petroleros y la imagen del Presi.

–   ¡No hombre! El sindicato, Televisa y la industria de bienes raíces.

–   ¿Qué qué? Me vas a salir con lo del complot para privatizar la educación… aunque ¿cómo es que entran Televisa y los bienes raíces? ¿Van a poner teles con el Chavo del 8?

–   Jajajajaja, no seas tonto, nadie habla de privatizar la educación…

–   Ah ok ¿entonces?

–   A ver, ¿quién necesita las escuelas?

–   ¿Los niños, los maestros, nadie, all of the above?

–   ¡Nadie, por supuesto!

Un trueno retumbó en la sala, parecía que habíamos invocado al mismísimo diablo con cara de doña Elba. Dios, pensé, no le sigas el juego a este hombre…

–    O…k… el plan es desaparecer las escuelas para… ¡hacer Oxxos!

–    Más o menos, ¿qué no ves? ¿quién necesita de tantos maestros cuando puedes dar todas las clases de forma interactiva, previa producción de Televisa, por supuesto, con tecnología de Google y todo pasado en banda ancha por Infinitum, por supuesto?

–   Me da gusto que no dejes fuera a don Carlos Slim.

–   …o a quienes están detrás de él…

–   Ah, claro. Entonces, a ver, el gobierno vende las escuelas para hacer centros comerciales y despide a varios millones de maestros… suena sensato.

–    ¿Tú crees que les importa un pepino? Se van a adueñar de ¡todo!

Otro trueno entró justo a tiempo para dar un gran apoyo al gesto teatral de mi amigo, que abrió sus brazos y encerró al mundo con ellos… me refiero a un globo terráqueo con la división política de 1800 que descansa junto a su sillón.

–   Me imagino que si tu sabes todo eso, estarás ahorrando para entrarle al negocio o qué.

–   ¡Claro que no me dejan! Eso es para ellos nada más.

–   Y tú calladito y aconsejándolos… o cómo.

–   Yo me sigo preparando, tu ya sabes.

–   Ah, la azotea.

A punta de ahorros y sacrificios mi amigo excomunista, experiodista logró hace tiempo conquistar un edificio. Comenzó por un departamentito, luego otro. Más tarde optó por adquirir los lugares de estacionamiento a quien se los vendiera, luego la azotea. Su obra parecía terminada cuando compró los tres departamentos restantes, pero apenas comenzaba. Tiró paredes, abrió nuevas escaleras, clausuró pasillos, instaló otro elevador, este secreto y directo al sótano. Construyó una bodega gigante, una cisterna del tamaño del lago de Texcoco y las llenó. Instaló por supuesto bombas de agua, conectadas a un supuesto manto freático que encontró en el subsuelo, y sendos generadores de energía a gasolina. A punta de mover paredes, confeccionó un laberinto en tres dimensiones, de cinco plantas, unas cinco salas de estar, 10 recámaras de diversos tamaños, baños y cocinas diversos, todo conectado por vía satelital y gruesa fibra óptica con, asegura, los nodos más importantes del país.

La cumbre de su obra está, por supuesto, en la azotea. Un invernadero horizontal y vertical, atiborrado de vegetales, árboles y arbustos frutales, alimentado por modernas técnicas hidropónicas, paneles solares y molinos de viento. Aunque asegura que es por convicción y en contra de la crueldad, uno podría pensar que se volvió vegano por falta de espacio para sostener animales. Por suerte, también va creciendo su provisión de whiskies finos.

Aquí vive Domingo Gutiérrez, su familia directa, hermanos, padres y algunos tíos. Ha pensado en invitar a algunos amigos elegidos, para que puedan sobrevivir a la catástrofe que viene.

–    Cuando ellos se adueñen de todo, y escaseé el agua, la comida, la energía, aquí podremos aguantar, sobrevivir de forma autónoma, como un presagio de la sociedad ideal que surgirá luego del colapso.

–    ¿Antes o después de los zombies?

–    Síguete burlando, sabes que estás invitado, pero no abuses. Nada más porque te estimo tanto, tienes tu lugar aquí.

–   Si sabes que todo eso va a pasar ¿porqué les ayudas? Eso sí que no lo entiendo.

–   Porque pasará de todas maneras –volvió a encender su pipa–, y yo pienso sobrevivir.

–   Eso último no me parece tan solidario Domingo.

–   Tú sabes que secretamente también estoy apoyando a la revolución.

–   Lo que no me queda claro es si se trata de altermundistas, anarquistas, comunistas, zapatistas, ecologistas de esos que persiguen balleneros o qué.

–   ¡A todos!

Afortunadamente ya no había truenos, aunque seguía lloviendo.

–   ¿No quieres apoyarme a mi? Mira que no he escrito mi libro…

–   Casi no estamos hablando de dinero, sólo les paso información.

–   Guau… los asesoras también.

–   Pero si logramos que todo esto cambie, aun así tendremos que pasar por una etapa muy difícil, mi amigo, ninguna revolución puede ser pacífica.

–   ¿No podrá ser como en Checoslovaquia?

–   ¿Acaso ves las condiciones de ese país en México?

–   Nomás decía. Pero bueno, en todo caso, está tu azotea.

–   ¡Exacto!

Dejó de llover, lo cual tomé como la señal para dejar en paz ese Chivas. Me despedí con afecto de los restos de ese amigo que estoy perdiendo bajo el peso de tanto saber. Al salir, la calle mojada, el tráfico de siempre amainando ya, los restaurantes de la Roma en pleno, me supieron extraordinariamente livianos, ingenuamente felices. Era, sin duda, hora de ir al karaoke.