A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

París… el reencuentro

Foto: Gabriela Guerra Rey

Esta mañana, mi quinto día en Francia, y como todas las anteriores, amaneció lloviendo. Yo había decidido ya que me iba al Louvre, lloviera, tronara o relampagueara, expresión que usamos en Cuba, donde todas estas cosas ocurren frecuentemente.

Agarré mi bolsa, mi cámara, mis guantes, mi gorro, mi abrigo, mi sombrilla, un mapa y una botella de agua -además de mi fatiga-, dispuesta a emprender la travesía que fuera bajo la lluvia. Y bien que no me equivoqué. Hice una cola aproximada de dos horas y media bajo el agua, luego de hacer el trayecto bajo el agua, para entrar al museo bajo el agua.

Los amantes de Sabina recordarán aquella canción tan linda que dice: “Yo no quiero París con aguacero, ni Venecia sin ti”. Por esa rola mi madre me enseñó hace años la de Charles Asnavour, Venecia sin ti, una triste melodía que termina: “Solo queda el adiós / Que no puedo olvidar / Hoy Venecia sin ti / Que triste y sola está. Pues hoy entendí la primera línea citada de Sabina, la de París con aguacero, y por romántico que parezca, no es bueno, créanme. París es hermoso de cualquier manera, pero en días como hoy, los aguaceros le van sobrando.

Sin embargo, después de caminar por los vastos corredores del Louvre, de quedarme fascinada con obras que no había tenido la oportunidad de ver, de acariciar el frío mármol del arte y la historia, y conmoverme ante las ya viejas pinturas de franceses e italianos, empecé a sentir algún ahogo bajo los abrigos y las bufandas y los gorros y guantes. Me había perdido tanto en la búsqueda insaciable de los ojos, que no solo me había olvidado de comer, sino que me había enajenado del mundo.

Casi a la hora de cerrar, exhausta ya por las horas de cola, las de recorrido y la pesada bolsa, débil y agotada, me extravié entre varias salas griegas que ya no me interesaba ver. Se me hacía tortuosa la salida, porque la fatiga me alcanzaba, cuando descubrí los carteles de “Sortie”. Y allá seguí sin miramientos, para encontrar entre los magníficos edificios del Louvre la única cosa que a esa altura del día ya no esperaba: el sol.

Qué ánimos, qué bríos me llegaron con los primeros rayos en tantos días. Me senté en una esquina de Rivolí a comer algo, y luego anduve, anduve, y volví al lugar de mis nostalgias en París -porque ya mis nostalgias se desperdigan también por este mundo-: el Sena. De ahí a Chatelet, no hice más que entrecerrar los ojos, respirar y comerme el sol con toda la fuerza de mis pulmones.

Camino de la estación a la casa, descubrí que Lagny-sur-Marne es un lugar sublime, que los cisnes blancos y apacibles a la orilla del río, cuando cae el sol, parecen otros muy diferentes a esos que yo vi ayer bajo la lluvia, y que se morían de pena y frío. Fue la magia de este día lo que me despertó. Por fin, casi una semana después de mi llegada, me había reencontrado con París.

 

Otra esquina del mundo

Fotos: José Jiménez

Guanajuato

En México hay una especie rara de ciudad, que no se parece a la autóctona, o se parece tanto, tan bien perfilada, que trasmite una magia diferente.

Desde aquella ya distante primera vez que llegué a este país, había soñado visitar Guanajuato. Entonces terminó siendo imposible, por la brevedad de los días –seis meses que se consumieron como agua– y por la porfía malsana de quien entonces era el jefe, que no nos daba tiempos ni respiros.

Otro Arco del triunfo

Pasarían cinco años para que ese sueño, aparentemente simple, se deshiciera en una inesperada realidad. Y es que el tiempo ha preferido desgranarse, a veces, en meses, semanas, y otras, en días compuestos de milisegundos apresurados. Cuando tocas dedos de una mano, enumerando, sucede que pasaron cinco años, así, como pasan de moda las canciones.

Túneles

Hace unos días, apenas, pisé por vez inaugural aquellas calles previamente visualizadas, que se dividen en túneles de piedra antigua, por debajo de la urbe, y en praderas de construcciones alucinantes, justo donde esta pervive. Otra ciudad, tan rara como la visible, permanece sepultada por la marcha y el lodo debajo de cada paso, nos cuenta la chica de aquel hotel (El 1850, en el boulevard que se enfrenta al Teatro Juárez), donde se esforzaron por hacernos sentir en casa, y lograron que fuera mejor.

Teatro Juárez

Debo confesar que mi estancia fue tan breve, que todo lo que recuerdo del solemne centro histórico, imitación más que real de una minúscula urbe europea, es su cascarón. No visité museos ni el interior de los edificios que deslumbraron mis pupilas ni las iglesias; tampoco me adentré más allá de lo que todo el mundo tiene que ver. Y aún así, desde la entrada inicial bajo arcos de canto, grises y a la vez luminosos, el sobrecogimiento me llevó el alma y me regresó el brillo. Lo poderoso de sus edificios, de su eclecticismo, me hizo sospechar que ahora deberé volver a Guanajuato para encontrar  lo perdido en cinco años de experiencia mexicana. ¿Será posible? “Unas por otras”. Esa metrópolis te hace sentir que lo es.

Otra esquina maldita

Más allá de que el mini-viaje fue, sobre todo, romántico, la noche guanajuatense es alegre y encendida. La callejoneada te espera en cada costado. Bajo la planta de los pies, se arman los escalones de un diminuto pasadizo, que ha recogido los besos de miles o millones de visitantes, solo por contradecir aquella saña de que alguna vez, en Guanajuato, estuvo prohibido besarse en público, o porque allí, como en tantos parajes de esta nación, aconteció una trágica historia de amor.

Al despertar

Templos y museos entregan un espectáculo al oscurecer, y otro bien distinto con el sol; La Universidad de Guanajuato, dicen que entre las más bellas del planeta, es una joya blanca y escalonada, como han de ser las buenas alma máters. De la comida no me quejo, porque paladeé manjares de mi infancia, pero pude haber probado muchas otras novedades íntimamente ligadas a las tradiciones citadinas.

La callejoneada

Comparando sensaciones: el paseo entre los túneles arcaicos me llevó a las caminatas por el Sena. La vista inmensa desde el Pípila me encumbró a los legendarios miradores de mi vida, desde los que he observado, también, los años pasar. El color de las columnas de teatros y edificios me remontó a una Habana donde nací, varias décadas atrás, y cuyos olores todavía perviven en mi memoria. Lo apasionado del andar trajo del pasado a aquella adolescente que solía soñar con conocer cada esquina del mundo, sin saber entonces que el mundo está, justo, a la vuelta de la esquina.

Vista desde el Pípila

Ensenada, Baja California

¿La Habana, Nueva York o París?

Este año me reuní con un viejo amigo. Fue un encuentro ameno, en un rascacielos a la orilla de Río Hudson. Este amigo me llevó a pasear por Central Park, y mientras nuestros pies se enfriaban con una nevada caída recientemente, hablamos de las ciudades del mundo. No soy una experta, pero Nueva York me había fascinado. A los cinco minutos de recorrer sus calles, iluminadas hasta la saciedad, me sentía parte de ellas. En ese paseo en el que me fue imposible averiguar a dónde iban los patos de Central Park, mientras estaba congelado, mi amigo, originario de Washington, me dijo que había tres ciudades donde él podría vivir: Nueva York, París y La Habana con unos cuantos cambios…(risas). Unas semanas después volví a La Habana de mis nostalgias y me enamoré por vez postrera. Para colmo de dichas, a finales de mayo aterricé en París a visitar a la sobrina de mis ojos y encontrarme con lo inexplicable: el río Sena en medio de una metrópolis museo, que me dejó el corazón hecho trizas a la hora de las largas despedidas. Largas, porque aún no termino de decir adiós.

A pocos días de volver a mi querida ciudad natal, les comparto tres fotos que me hieren el recuerdo y les pregunto: ¿La Habana, Nueva York o París?

Bahía de La Habana

Bahía de La Habana

El Sena

El Sena

Central Park

Central Park

Este curioso fenómeno se dio hoy en La Habana. Una amiga emocionada me envió las fotos cuya autoría desconozco (un compañero suyo del trabajo), pero me pareció bueno compartirlo. Es un arcoíris, en círculo cuasi perfecto, alrededor del sol.

Disfrútenlo

arcoiris sol la habana 2

Ri loq’oläj maya’ q’aq’ – El fuego sagrado maya

Ri loq’oläj maya’ q’aq’ – El fuego sagrado maya

Un grupo de Guías Espirituales mayas kaqchiqueles realiza cuatro ceremonias en diversos cerros sagrados de los alrededores de Iximché, Guatemala, donde explican y muestran su visión del mundo y la función espiritual del rito, en el que a través del fuego sagrado se comunican con sus abuelas y abuelos, mediante la ofrenda de velas, inciensos, tabaco y alcohol, entre otros objetos.

Y allí arriba, en medio de la naturaleza, cuentan y demuestran como las prácticas ancestrales, a pesar de lo fuerte que fue la conquista hace 500 años, y a pesar de lo fuerte que fue el reciente conflicto armado que sufrió Guatemala y que los tuvo como foco de exterminio, siguen vivas en este famoso 2012.

LA COLUMNA DE LA VICTORIA, BERLIN, ALEMANIA

Foto René Palacios

Sobreviviente a los bombardeos aliados que durante la Segunda Guerra Mundial dejaron muy poco en pie en Berlín, la Columna de la Victoria o Siegessäule, erigida originalmente para conmemorar las victorias prusianas en las llamadas guerras de unificación alemana en la segunda mitad del Siglo XIX, se alza majestuosa en mitad del Tiergarten, parque emblemático de la hoy nuevamente capital teutona.

CRIADOR DE CAMELLO, VALLE DE GIZA, EGIPTO

Foto René Palacios

Criador de camellos del Valle de Giza en Egipto. Tanto en el Magreb africano como en la Península Arábiga, el camello sigue ocupando un lugar muy importante como medio de transporte y de carga. La omnipresencia de este camélido en la mayoría de las naciones integrantes del mundo árabe ha hecho que este ser sea ya parte de la identidad cultural de las mismas.

LA SANGRE DEL VOLCÁN

Mi pasión por la montaña (sobre todo los volcanes) me llevó a acercarme a su sangre hace un par de años. El Volcán Pacaya, de los más activos en Centro América, me daba esa chance. Yo quería caminar sobre roca ardiente, sabiendo que debajo ríos de lava se suscitaban. Quería apreciar las heridas pétreas y que ellas me mostraran el  material incandescente de su simiente. Quería estar a centímetros de algo estremecedoramente natural, confirmar cual es nuestro lugar en la naturaleza, saberme ínfima y vulnerable ante aquello que jamás los seres humanos habremos de controlar. Y de repente mis mejillas ardían como esa lava, el calor me entraba desde los tobillos hasta la frente acelerando mis latidos, la suela de mis zapatos parecían derretirse, mi botella de agua comenzaba a retorcerse.

Sensaciones dantescas se despiertan en este tipo de experiencias, posibles circunstancias inmediatas acometen a la mente: salir volando por algún cambio intempestivo de presión o hundirse junto al fuego por el quiebre del terreno. Circunstancias fantasmagóricas que solo duran segundos, porque el impacto visual, porque ser partícipe de tanta verdad, supera el temor a las probabilidades reales. No me es posible describir el instante en que se siente cuando el índice de la montaña se apoya en tu hombro y te revela cuan vivo te puedes sentir.

Texto y fotos de Griselda Moreno, Periodista y Fotógrafa de Aveturas

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