A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Y se hizo la luz, y la luz era Roma

Fotos: Gabriela Guerra Rey (tomadas de celular)

Cada hombre es del tamaño de su jaula…

Cada hombre es del tamaño de su jaula. Hoy he empujado los barrotes hasta hacerlos retroceder tanto, que he viajado en el tiempo. He ido a la Roma antigua, entre cuyas piedras, hombres y bestias se destrozaban en enfrentamientos sin equivalente, dentro de la obra más magnífica construida por los mismos hombres. La crueldad y la estupidez humana no tienen memoria ni tiempo, de eso no cabe dudas.

imagen-general-de-la-plaza-navona

He descubierto en Roma, a Roma… He atrapado, si eso es posible, la luz de esta ciudad. Durante las dos o tres inaugurales horas pensé que se trataba de eso, del momento del día, uno especial que hacía que la luz penetrara por los mosaicos, las columnas, entre los contornos de las estatuas esculpidas en mármol. Pero no, con el transcurrir de la primera jornada romana, vi que la luz llega siempre y enceguece un paisaje que no podría ser dibujado. Siempre un rayo de sol atraviesa el firmamento y convierte en imagen difuminada la belleza inaccesible de la pomposa ciudad.

fuente-de-plaza-navona

Roma suena a campanas, a música clásica, a Ave María y a hombres anónimos que se desarman con las notas de Doménico Modugno, en un “Volaré, Cantaré, Oh oh oh…” o con las estrofas de Sting, “Englishman in New York”, tratando de cautivar al viajero presuroso. Estas melodías me sorprendieron en las veras del inaugural paisaje, que me llevó de la Plaza de San Pedro, por el camino del Tíber, hasta la Plaza Navona, en cuyas esculturas blancas nacen los ríos y se hace definitivamente esa luz de la que hablo.

ruinas-romanas

He descubierto allí cuánto he cambiado, al presentirme viajera impávida, aunque doliente, ante toda la belleza que mis ojos atesoran. Me ha dolido descubrir la magnificencia, pero sin angustias, así, lento y lacerante, como duelen los verdaderos amores. Me he enamorado de Roma a muy pocas horas de haber llegado, y tengo la sospecha irreparable de que es para siempre.

el-coliseo

A unas contadísimas cuadras de la Plaza Navona, el Panteón se armó con su derroche de antigüedad que yo creía imposible (118 a 125 años después de Cristo), en la Plaza de la Rotonda. Pareciera que te va a caer encima la historia del mundo, cuando bajo sus imperiales columnas y columnatas descubres el templo de paz que fue Roma, mientras no lejos los hombres se batían hasta la sangre y la muerte para deleite de sus emperadores.

el-nacimiento-en-plaza-san-pedro

Andando, siempre andando, porque solo así hay que tratar de conocerla a Roma, se alza la blanca y reluciente Piazza Venezia. Detrás, escondidas al pasante, perviven las ruinas de lo antiguo: El Foro romano, el Coliseo, Palatino, en un paseo que al principio parece poco por el precio de una sola entrada, pero que no se recorre en menos de tres horas. Si es la primera vez que visitas Roma no podrás detenerte hasta que tus ojos hayan consumido todo lo que tus piernas te permitan. La grandilocuencia de la tradición se escribe en esas ruinas, en los pasadizos laberínticos donde las fieras engullían prisioneros y los gladiadores conquistaban la oportunidad de pelear las grandes batallas de la antigüedad.

atardecer-en-el-tiber

De regreso, todo el camino del Tíber, pasando los puentes desde el Palatino, con un alto en la Isola Tiberina, hasta S. Angelo, donde se impone el castillo del mismo nombre, y a cuya izquierda vuelve a estar, incólume, la Plaza y la Basílica de San Pedro. En Roma, desde ahora la verdadera ciudad luz, destronando a París de este inmerecido título (que por supuesto ostenta por otras razones menos naturales pero bien justificas), pareciera que todo lo que ocurre es lo más importante del mundo.

la-luz-en-el-tiber

Cuando la noche anterior, sin tiempo para más, puse los pies en la Piazza St. Pietro, y vi el nacimiento gigante, que por las fechas navideñas figura en medio de la plaza, sentí eso, que casi todo lo que ocurre acá es, al menos, lo más importante del mundo cristiano. Esta mañana la peregrinación del Angelus ocupó la plaza para recibir la bendición del papa. ¿Qué otros seres en el universo religioso de nuestro planeta tienen ese privilegio un domingo cualquiera?

plaza-navona-2

Cada hombre es del tamaño de su jaula. El papa es del tamaño de su religión, que nace en San Pedro, Ciudad del Vaticano, y alcanza distantes confines y eras. Los hombres comunes son de esta u otras ciudades. Los emperadores romanos, del gigante imperio que construyeron, oficialmente desde el Atlántico hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico; desde el Sahara hasta las tierras boscosas a orillas del Rin y del Danubio y en la frontera con Caledonia. Alrededor de 6.5 millones de kilómetros cuadrados, según la enciclopedia.

vista-desde-el-tiber

Es por esta razón que hoy es posible encontrar columnatas romanas, y hasta templos, en muchas ciudades de Europa. A diferencia de estas, en donde cualquier trozo de mármol o piedra antigua es venerada, en Roma la antigüedad convive con la modernidad en una armonía asombrosa. Si no está marcada en los mapas y las guías turísticas, nadie se detiene a mirar una piedra dura de larguísimos siglos de existencia. Yacen ahí, las ruinas, como si no existieran, desapercibidas para los naturales y los viajeros veloces, interesados más en la foto junto a la imagen vendida que en los verdaderos orígenes de este imperio fenecido.

el-coliseo-y-sus-sombras

Hoy yo he sido del tamaño del tiempo, he luchado contra los barrotes, las cárceles, contra la ignorancia y la infinita estupidez humana. He visto, a través de la luz, las partículas de piedra que la historia ha puesto a mis pies. He temblado, me he conmovido y, aunque eso parecía extraviado en los vericuetos del corazón, he vuelto a enamorarme. Hágase pues, la luz, y rómpanse las cadenas en esta alma peregrina.

Subirme al barco…

Subirme al barco, no volver el rostro, olvidarme de lo que dejo atrás, no pensar más que en el océano infinito y las aventuras que él me guarda, buenas, grandiosas, malas, terribles, desoladoras, escalofriantes…, tal es mi deseo.

También es mi opción a la bala o la espada, hacerme al mar y olvidarme por un tiempo de que yo misma tengo memoria de algo que alguna vez existió.

Navegar, con la frente en dirección al horizonte inalcanzable, con la emoción agazapada de llegar a nuevos puertos, y entonces encontrar una computadora y una conexión a internet, y enviarte toda las páginas que llené durante el trayecto, donde verás que no es tan magnífico el viaje como lo imaginamos, y que por momentos la única cosa que desearía es estar encerrada en esa habitación contigo, donde nunca tuvimos el tiempo de quitarnos de verdad las libertades mutuas.

Y luego levantar los papeles, tomarme alguna bebida local en un bar de esos de marineros borrachos, hacer el amor con el que se haya bañado más recientemente, comer un chorizo de dudosa procedencia, y regresar al barco que se convertirá en mi cárcel, del cual querré escapar hacia una nada que ya no existe, porque el océano ya es la nada.

Tal vez vendrá una tormenta que nos saque de la parsimonia marítima, y remueva el barco por unas horas, y nos haga pensar en el fin de todo, allí, en medio de ese oasis de soledad, en el vacío sin nombre, y ese miedo quizás no nos produzca tanto espanto, porque ya lo hemos visto casi todo o casi nada.

Entonces vuelva la calma, y llegue a otro puerto, y te escriba, y tú te asustes con lo de la tormenta, y me pidas regresar.

Y es posible que después de muchos puertos y mucho amor de marinero borracho, y hasta demasiadas tormentas, yo regrese al jardín escondido por edificios, donde no se ve el horizonte ni el mar ni nada, y entonces, solo entonces, volvamos a ser felices por un tiempo limitado.

Tiburón Ballena / Foto: Gabriela Guerra

Volver a ser pez

Yo que siempre me he preciado de ser nativa del mar, isleña, hija bastarda de Yemayá, pez en las aguas y alga en los océanos, insignificante como todas las criaturas; yo que he pretendido conocer todos los mares, y nadar en sus corrientes, apenas había descubierto “La Paz”.
El agua se corta fría sobre la frente. La luz penetra la superficie en forma de cono y estimula todas las luminiscencias que para el ojo humano son mágicas; para las criaturas del mar, seguro parte de su profunda cotidianidad. Miro hacia abajo, me impulso de unas aletas para las que, por falta de costumbre, soy torpe. Intento respirar ordenadamente a través del esnórquel, y de evitar que me entre agua en la careta, que de todas formas penetra por algún resquicio invisible.
Debajo de mi cuerpo, a nunca más cerca que un metro de distancia (porque esa es la indicación de los guías), nada un animal gris, pintado, moteado, rayado, biselado, magnífico. Su ojo izquierdo, pequeñísimo, parece mirarme cuando me le acerco por ese costado. Se voltea con sus varios metros de longitud y toneladas de peso sobre mí, o yo creo que se voltea hacia mí. Trato de no perder la calma, de que el agua no entre mal, de que la respiración mantenga el ritmo, de que las burbujas, que en mis movimientos lerdos provoco, no me tapen la mejor imagen que mis ojos, estos que la tierra han de tragar, han observado jamás. Un tiburón ballena nada junto a mí en el Mar de Cortés, en la Baja California Sur. Yo pienso en lo afortunada que soy, y en lo afortunado que son, acaso, los miles de turistas que cada año pasan por aquellas aguas. Muy cerca, perviven delfines, ballenas jorobadas, lobos marinos, alcatraces, peces de colores, garzas grises, marlines, mantarrayas y toda una fauna marina fascinante. Entonces sí, de veras, me siento heredera del océano, retoño de sus líquidos, liquen de sus profundidades.
Muchas más fueron las experiencias de unos días en que atravesamos velozmente Los Cabos, y hasta La Paz, para regresar a San José por la ruta prohibida, la que solo acepta aventureros dispuestos a descubrir los arroyuelos tibios y las piedras lisas y brillosas bajo el sol de finales de invierno. Nos sentimos eso: viajeros, arriesgados, todo nos provocaba vivir, todo nos llenaba las células entumecidas por las rutinas citadinas. Nada, sin embargo, nada, se compara hoy a la experiencia inolvidable de haber compartido minutos de la existencia con una criatura divina, gris, mansa, hermosísima, como casi nada que ojos humanos puedan haber visto.
Solo allí, en las templadas aguas del norte, en el mar Bermejo, pude volver a ser pez.

Puerta de Alcalá en la Primavera de 2015

“La primavera sabe que la espero en Madrid”

Foto: Gabi Guerra

“A mitad de camino, entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”.

Yo me bajo en Atocha, Joaquín Sabina

Madrid era para mí una canción. Una y mil canciones españolas, que convertían aquella tierra, a la cual pertenecieron mis antepasados, en un lugar cercano y familiar. Por eso, cuando bajé los pies de un tren, en el centro de sus avenidas, yo sentía también que me bajaba en Atocha y me quedaba en Madrid.

Alguna vez, escuchando que “un taxista que pasaba, quedó, mudo al ver como empezaban las Cibeles a llorar”, yo soñé con verlas derramar esas lágrimas. Pero fueron mis suspiros, emocionados, los que agobiaron la esquina de las estatuas.

Ahí estaba, viendo pasar el tiempo, aún, la puerta de Alcalá, y a su alrededor, innumerables necios que como yo querían entrar por sus arcos, como si allí comenzara el mundo. Y estaba la Puerta del Sol, barrida por infinidad de olas de manifestantes, y que no es, por ninguna esquina, una puerta. Y unas calles más abajo se remozaba la Plaza Mayor, en cuyos adoquines una vuelve a poner las plantas como si pisara una plaza habanera, de muchas maneras similar.

Me deben haber faltado pocos lugares que visitar; o al menos visité no pocos, porque mis amigos, cubanos, emigrantes como yo, que han encontrado en la tierra de las canciones un espacio de vida, me hicieron conocer cada sitio, cada monumento, cada puesta de sol, cada noche encendida, cada barriecito muy madrileño, con sus aceras repletas, sus restaurancitos y cafés, sus mercados, sus estatuas y museos, sus manjares, ¡ah, sus manjares! Mis memorias llegan ahora atravesadas por la conmoción de lo vivido, por la evocación del reencuentro con la gente que he querido desde siempre, y que un día, sin quererlo ni unos ni otros, nos tuvimos que abandonar.

Esta noche no hay una razón para que Madrid vuelva a mis neuronas y a mi sangre, excepto que su olor, traspasado por la nostalgia, se aviva en mis células, embriagado por las cañitas, los sabores ibéricos y la soledad de las despedidas.

Atocha es, desde entonces, un paradero de vida, y los trenes de cercanía, animales que brotan de una canción y tocan la puerta de mi casa sin avisar, una noche cualquier.

Hoy hace un mes que regresé de ese viaje sin nombre, y apenas comprendo cuánto de mujer dejé en las calles de Barcelona, Madrid, París, y cuánto me traje, apeñuscado en el alma, de todas ellas. Lo peor de todo, es que ya no es primavera ni las cigüeñas vuelan sobre nuestros brazos de decir adiós.

Puerto de Barcelona

“Amigas para siempre”

Foto: Gabi Guerra

Crónicas de España

“Cuando apenas teníamos 15 años, o incluso algunas de nosotras aún no los habíamos cumplido, llegamos al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, Vladimir Ilich Lenin, Calabazar, La Habana, Cuba. Era imposible saber entonces los destinos que tomarían nuestras vidas, pero de algo estábamos seguras, seríamos amigas para siempre”.

Es genial cuando uno tiene esa edad tierna y cree en la felicidad eterna y en las bellezas más fácilmente corrompibles, como las del tiempo… Mi sorpresa fue mayúscula cuando 18 años después de aquella pubertad, más de 10 de la todavía mejor vida universitaria, y a 7 del último reencuentro, descubrí que más allá de las memorables calles de una ciudad española, en Barcelona me esperaba un amiga que había cumplido la promesa adolescente: la de ser amigas para siempre.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica catalana a Antonio Gaudí, porque en aquella villa modernista, con más historia de la que soy capaz de contar aquí, todo es Gaudí. También porque cuando el sol salía, y el cielo de Barcelona se ponía de ese azul templado que algunos de sus admiradores han inmortalizado en letras, yo salía de la calle Padilla, número 723, doblaba la esquina, y lo primero que se estrellaba en mi iris era la más grande obra del arquitecto: La Sagrada Familia, un templo siempre inacabado donde se respira densamente, en cada arquitrabe, el espíritu genialmente excéntrico de Gaudí.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica a Gaudí, pero no lo haré; quizás esos terribles fantasmas que son el tiempo y la nostalgia me obliguen a hacerlo en una futura ocasión. Ahora, y aunque resulte cursi, quiero hablar de los sentimientos de esos días pasados. De cualquier manera en este espacio yo tengo el privilegio de hablar de lo que se me antoje, y los lectores el derecho a elegir si lo leen o no. Esa cofradía venturosa que, por desgracia, logro establecer con muy poca gente.

En Barcelona sentí que yo era un pedacito de ciudad; me regresó allí ese sentimiento de creer que uno pertenece al suelo que pisa, que tal vez estoy olvidando, tal vez renovando a cada instante. Quizás esa sensación respondía a la compañía de la amiga de la juventud; es muy posible que el aire salitroso del mar me cegara otra vez con sus promesas de marinos y pescadores; pienso que gaviotas y alcatraces devolvieron a mis ojos los paisajes difusos frente al malecón habanero.

Tuve la doble, triple, cuádruple satisfacción de pisar las piedras de un nuevo puerto, de descubrir otro mar soberbio, rabioso, el Mediterráneo, y juntarlo en el pecho a la lista de océanos que se han vertido por mis venas de pez en todos los años de vivir sin sal.

Las playas de Barcelona circunnavegan la ciudad, y son faro como en mi Habana. Cuando yo, cubana siempre desorientada, preguntaba hacia dónde estaba el mar, lo mismo en Las Ramblas, que en el barrio Gótico, que en los alrededores, enseguida mi brújula antiquísima de isleña ponía norte al camino y echaba a andar, confiada de que hacia adelante no siempre se llega a ninguna parte.

Una tarde, frente a los veleros detenidos en el puerto, que inmortalicé en decenas de fotos inservibles, con las gaviotas sobrevolándome la cabeza, me senté y fui consciente de que era feliz. Nada hay más poderoso en mi corazón de viajera que ese estremecimiento.

Se me acabó pronto la semana; entre paseos, charlas interminables con Yudet, cigarros compartidos con las personas que hoy son parte importante de su vida, y el tan profundo respirar marino, que me dejó casi ahogada de felicidad y dolor. Por los caminos de la Cataluña partí a recorrer los de La Mancha y Castilla, pero esa es otra historia, u otra crónica. Esta, que escribo desde un avión que después de mes y medio europeo me regresa a América, al norte, a otros muchos reencuentros, me sale de lo más profundo de las vísceras, y espero que con ese mismo hedor llegue a mis lectores.

 

 

Por quién vuelan las cigueñas

Por quién vuelan las cigüeñas

Puerta de Madrid, Alcalá de Henares

Puerta de Madrid, Alcalá de Henares

Fotos: Gabriela Guerra Rey

Hace apenas unas horas tomé un autobús rumbo a un aeropuerto hasta entonces desconocido, el Barajas de Madrid, y remonté vuelo en un avión que me trajo de vuelta a París. En todas las semanas que he pasado aquí nunca vi una cigüeña, desdiciendo aquel mito romántico de que a ellas se les encargan los niños, desde esta ciudad transparente.

Hace apenas dos semanas yo encontraba, o más bien reencontraba, a muchos amigos despedidos años atrás. Cuando en Cuba decimos adiós, la mayoría de las veces tememos que sea para siempre, aunque siempre decimos hasta pronto. Estos reencuentros convirtieron los viejos “hasta prontos” en largos “hasta algún día”, porque ese día llegó.

La primera de mis citas fue con la Madre Patria de mis ancestros; una tierra a la que nunca pertenecí, pero de la cual me sentí parte no más mi gran amiga de la preparatoria, Yudet, me gritó desde el otro lado de la barda en el Prat de Barcelona: “Gabi”, y me hizo un gesto, con las manos abiertas, de que me estaba esperando. Hay guiños que borran de un plumazo cualquier duda acumulada en los años de separación. Cuando la Yuyu –como le decíamos a los 15 años y le seguimos diciendo ahora- me hizo ese movimiento de brazos, yo supe que nada había cambiado. Camino a casa barrimos los temas más importantes y urgentes, y en la semana subsecuente sostuvimos una charla ininterrumpida que nos puso al día de los últimos siete años de no vernos, en que su vida y mi vida cambiaron tanto. Rememoramos las viejas anécdotas compartidas; actualizamos datos, fechas, instantes, amigos comunes, conocidos, y desentrañamos juntas la gran madeja de hilarachas que ha sido nuestro destino de emigrantes. Muy pronto pude comprobar que mi primera impresión en el aeropuerto barcelonés no estaba errada; ella seguía siendo la misma amiga, yo seguía siendo igual, aunque el tiempo nos había convertido en otras mujeres muy diferentes a las de aquella adolescencia tardía.

Unos días después nos abrazamos y volvimos a decir hasta pronto. Subí a un autobús que me llevó por las tierras de Don Quijote, hasta llegar al lugar donde nació su creador, Alcalá de Henares. Allí me esperaba Cervantes, me esperaba Minerva, una vieja y grande amiga de mi madre, y me esperaban las cigüeñas.

Alcalá es una ciudad preciosa, que bebe de numerosas tradiciones históricas y culturales, desde romanos y árabes hasta las grandes letras de los escritores españoles que pasaron por su magnífica universidad. Las mejores tapas, las buenas cañas, los espacios sagrados, la historia vívida, los inmensos nidos de cigüeñas empollando en lo alto de sus torres, palacios y monasterios… eso es Alcalá de Henares. En una fachada de una pequeña sala -hoy de exposiciones- yace la tarja que cuenta aquel primer encuentro entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos, que precedió los viajes del Almirante a América y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Unos pocos años después el genovés llegaría a suelo cubano para pronunciar la frase que llevamos los antillanos en el bolsillo a fin de exhibirla a la menor oportunidad (esta es una de esas): “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieran”.

Varios días pasé en Alcalá de Henares, con Minerva y su familia, que me acogió como si fuera de la casa y de siempre. Caminé hasta la última de sus calles –es solo una mala metáfora- y comí los más exquisitos platillos españoles que un aragonés, entusiasmado de tener con quien compartir arte e historia, hizo para mí a lo largo de una semana. También algunos días de esta estancia los pasé en Madrid, donde abracé a más amigos, pero esos paseos los dejo para una próxima crónica -como los caminos de Barcelona-, porque tanto sueño no cabe en estas precarias líneas.

Ayer, cuando la familia anfitriona me dijo “hasta prontos” apresurados a la puerta del autobús que me llevaría al aeropuerto, una de esas decenas de cigüeñas que habitan las cúpulas de las catedrales de Alcalá atravesó el cielo del amanecer, y yo sentí que todas las cigüeñas que no van de París a ninguna parte cargadas de recién nacidos, volaban en Alcalá de Henares, y este viernes de finales de mayo volaban por mí.

Las cigueñas

Las cigueñas

 

Atardecer a la orilla del Sena

Atardecer a la orilla del Sena

Esa tarde, dispuesta a reconciliarme con el río, con sus aguas y mis recuerdos, atravesé las Tullerías, los alrededores del Louvre, crucé el puente de los artistas, bajé la cuesta, caminé piedra sobre piedra, y encontré un sol cayendo levemente como sucede en esta época del año. A unos centímetros de mis pies, la corriente seguía presurosa su curso ancestral. Mis ojos encontraban la calidez de las vistas inolvidables. (La foto fue tomada aproximadamente a las 8 pm.)

 

Atardecer a la orilla del Sena

Atardecer a la orilla del Sena

"Perdidas en París"

“¡Llegó carta del abuelo!”

Hoy iba a contarles que fui tía-mamá-cocinera-niñera; que llevé a Agnés a la escuela y la busqué; que juntas encontramos unos caracoles en el camino y los trajimos a casa (y mamá, la de verdad, luego nos regañó porque están sucios); que le hice de comer, y de paso le di la comida, y luego de la siesta retozamos como niñas. Hasta les iba a contar que jugamos a Tango. Tango es el nombre de un perro imaginario representado por Agnés, al que le tiro la pelota y me la trae con la boca, y me mueve la colita y hasta me da la panza para hacerle cosquillas.

Sin embargo, cuando pensaba cómo compartir este día, llegó carta de mi viejo, que es también el viejo de Agnés, y no me quedó otra opción que sustituir mis líneas del día por lo sublime de sus letras, que vienen desde Regla, un pueblito de La Habana, pegado al mar, donde mi padre sueña con abrazarnos a todas nosotras tan lejos acá en París.

Mientras  se la leía a las mujeres con quienes vivo en este viaje, Norka se quedó con un plato a medio lavar, suspendido en la mano, y Agnés sobre mi regazo, recostó la cabecita para hacer unos minutos de silencio y escuchar lo que abuelo Pello nos mandaba a decir desde La Habana:

 

G:

Me da un gusto increíble leer tus textos. Atrapando situaciones y ambientes con precisión y  humanidad.

Y no puedo sustraerme, como viejo periodista, narrador y editor además, a que me parezca que ahí hay un gran tema. Son textos muy propios del mundo que habitamos hoy. Un poco cuento, un poco novela, mucha poesía, mucha crónica, una visión íntima y tierna del mundo contemporáneo.

Hace 126 años Martí cruzó por paisaje similar y redactó aquella crónica famosa sobre la Torre Eiffel, inaugurando una época.

Ahora tú vas por ahí de la mano de una niña y de la mamá de la niña: las tres emigrantes extraviadas brevemente en un territorio lejano (a nosotros, a mí) aunque cada vez menos ajeno. País “extraño” donde alternan maravillas de todas clases, paisajes sorprendentes, hermosas arquitecturas, legendarias historias, paisajes deslumbrantes, arte extraordinario, amistad, hermandad y hasta xenofobia. Sin ignorar crisis humanitarias, sociales, políticas, económicas, laborales.

En derredor, Europa cambiando, y en el corazón de ese continente el pequeño hogar donde duermen, viven, filosofan, coexisten, se alimentan, repasan la aventura existencial, residen y resisten tres mujeres que protagonizan nuevas historias en un muy antiguo escenario.

En tu último viaje a Paris, según leo y releo, hay  mucha sustancia que disfruto y hace soñar.

DALE BESOS ENORMES A NORKA, GIGANTESCOS A MI NIETA. Y PARA TI BESOS HUMEDOS CON LA MIEL DE LA NOSTALGIA. Abrazos para las tres, de ustedes tres abrazadas y yo temblando de ausencia entre sus brazos.  FELIX, PELLO, PA.

Notre Dame

El camino de las iglesias

El camino extraviado que encontré esta tarde

Hoy fue un día excepcional, porque encontré en las callejuelas aledañas al barrio latino un camino extraviado por un amigo, que me lo puso en las manos antes de salir de México, con la recomendación de reencontrarlo. Era el camino de las iglesias, al cual yo agregué mi pequeña dosis creativa.

La verdad es que me perdí en más de una ocasión, pero no pretendo atormentar a mis lectores con mis despistes, así que trataré de reconstruir la ruta de manera certera. Me bajé en el metro Saint Michel, a unos pasos de Notre Dame, y por primera vez no había cola para entrar, por lo que aproveché la ocasión, muy a modo con el resto del recorrido.

No voy a decir que Norte Dame es majestuosa, porque sería reiterativa y me comería a mis lectores a perogrulladas intrascendentes. Pero entonces ¿cómo describirla? Trato de cerrar los ojos para que las imágenes vengan a mí; mas se agolpan las muchas reliquias del día, y no encuentro palabras para separar unas de otras sin que se dañen en ese saco horrible que es mi cabeza a la medianoche.

Los arcos, los vitrales, los muros, los colores que el tiempo le ha conferido, las columnas, todo ello hacen de Nuestra Señora de París un espacio sublime, casi perfecto, me atrevería a asegurar. Lo mismo se repite, aunque de manera reducida, en Saint Séverin de París, a apenas unas cuadras de distancia, cruzando el puente Double.

Saint Séverine

Saint Séverine

Antes de llegar a Saint Séverin, pasé por Saint Julien le Preuve,  una iglesia medieval y por tanto antiquísima, que me fue recomendada dentro del recorrido, pero por la que solo pude andar su patio trasero, pues estaba cerrada. Sin embargo, en la puerta cuelgan anuncios de conciertos y otras actividades, así que será cuestión de volverlo a intentar. Detrás, justo en la acogedora plaza, está plantado, y ya apuntalado, el árbol más antiguo de París. Se dice que data de 1602; es un mutilado de la primera Guerra Mundial, que al parecer recortó algo de su tamaño por las bombas. Luego el tiempo acabó por encogerlo, como a los viejitos, y ahora es una pieza de museo que pervive para sorpresa de los ojos de las miles de personas que pasan cada año por la terraza de Saint Julien.

Un mutilado de guerra

Un mutilado de guerra

La última de las paradas o fue en Saint Sulpice, a una breve caminata de allí (cuestión de ver mapas), donde no podría hablar ya de templos de tamaño menor. Es la segunda iglesia más alta de París, construida en honor a Sulpicio Pío, y posee un sistema para la determinación astronómica de los equinoccios. ¿La sensación? De belleza, de paz infinita, de sombras y colores que la lente de mi cámara retrataba sin yo estar segura de que luego fueran a verse igual, o si era que los tonos de la tarde solo se encendían a la hora de soñar.

Saint Sulpice

Saint Sulpice

En la plaza de Saint Sulpice, frente a la fuente con leones de piedra y palomas de verdad, me comí la pasta hecha por mi cuñada y los panecitos de chocolate. Con el estómago ya lleno, o quizás desde mucho antes, había empezado a lamentar no tener otros caminos extraviados que reencontrar.