A 4 manos

Cita a Ciegas

Cinco dieciséis de la mañana, suena la alarma. Fernando se levanta con esa sonrisa que debería ser estudiada por la ciencia; no es normal que un ser humano de sesenta y siete años sea así de positivo y risueño un lunes por la madrugada. Él cree ciegamente en las inexactitudes, o como prefiere llamarlas: “imperfecciones afortunadas”. Tanto cree en esto, que cada que hay oportunidad repite: “la perfección es el juicio miedoso y aburrido que esconde la exquisita aventura de lo imperfecto”.

Fernando llega sin prisa al trabajo. Toma asiento y espera a que el teléfono suene para atender a su primer cliente. Sí, en plena era digital su única herramienta de trabajo es un teléfono de escritorio. Fernando lleva treinta y cinco años siendo el mejor vendedor de una reconocida agencia internacional de viajes. Así que nadie cuestiona su método.

Ha pasado ya la mañana y por fin suena el teléfono.

—Expedia, buenas tardes. Le atiende Fernando Oribe. ¿Con quién tengo el gusto?

—Hola, con Olivia.

—Gracias, señorita Olivia. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Pues…, transfirieron mi llamada con usted.

—Ah, entiendo. Tiene duda de qué destino elegir para su próximo viaje.

—Sí, así es —responde sorprendida.

—Muy bien. Sonará extraño lo que voy a pedirle, pero, por favor, confíe en mí y en unos minutos sabrá con seguridad qué lugar es el ideal para usted —Fernando hace una pausa y da la indicación—. Cierre sus ojos.

—Ok —aunque dudosa y un poco desconcertada, Olivia sigue la instrucción.

—Para elegir su próximo destino dejaremos fuera del juego a sus ojos. Ellos están acostumbrados a enfocarse en lo conocido y se dejan seducir por fotografías perfectas. ¿Ya están cerrados sus ojos?

—Sí

—Ahora escuche su respiración. ¿Qué oye? ¿Un viento que mece praderas? ¿Unas olas que van y vienen? ¿El eco que resuena en una montaña? Dígame, ¿a qué suena su respiración?

—¡A un bosque que respira! —responde emocionada Olivia después de unos segundos de pausa.

—¿Qué otros sonidos hay en ese bosque? Agudice el oído de su imaginación.

—Unos pájaros. Sonidos de animales. Al fondo se escucha una caída de agua, puede ser una cascada —describe con rapidez ella.

—Estire su mano y, sin tocar nada, intente percibir la temperatura de todo lo que la rodea en ese bosque. ¿Puede sentirlo?

—¡Sí! Puedo sentir la humedad.

—Imagine que no tiene zapatos, sus pies tocan la tierra y el viento le avisa de una lluvia que refrescará ese calor húmedo. No estaba planeado, pero será increíble vivirlo. Sentir las gotas, recibir ese baño del cielo y después caminar hacia una cabaña que la espera con una fogata y su libro preferido. ¿Puede verlo sin ver?

—Sí puedo, y es increíble —Olivia está emocionada.

—Bueno, muy despacio abra sus ojos. Ya está lista para elegir su destino. Le haré llegar varias recomendaciones que se ajustan perfecto a su descripción. Le espera un gran viaje que eligió con los ojos cerrados, o como digo yo: “confiar en lo que llega”.

—¡Es verdad! ¡Muchísimas gracias! —agradecida, se despide Olivia.

Fernando busca con su mano izquierda el aparato telefónico para poder colgar. Después con su mano derecha encuentra a tientas su bastón guía. Es la una con veinte minutos de la tarde, un momento imperfecto para ir a desayunar.

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Luis Guillén
Luis Guillén

Sobre el autor:

Bailarín sin ritmo, músico con talento desafinado, yogui inflexible, escritor de pocas palabras. Por otra parte, gran oyente de lo ajeno, inventor de lenguajes de lo inanimado, extraordinario espectador de la naturaleza, insistente encuestador de los misterios de la vida y tímido fisgón de los tropiezos humanos.

Osiris Gaona

Magnolia Tango

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

La tristeza

Llega

desgarra córneas

hiere párpados

tose sin pudor en mis narices

aletea en el borde de los labios

rasca la espalda de mis dientes

tiembla en la barbilla

lame el cuello

recorre el pecho con su hocico

baja

como siempre baja la tristeza

en su camino predecible hacia las tripas

encuentra el ombligo trasnochado

descarga allí su desaliento

se detiene en el olor de tu cuerpo

que inunda terco mis entrañas

recorre muslos

identifica un lunar

            dos cicatrices

roza indecisa mis rodillas

resbala un poco

se detiene en los tobillos

toma aliento

Llega a los pies

Me inmoviliza

El gran Gonzo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.

Échale un vistazo a ese caminante

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.

Un lugar común / Cadáver exquisito

Se conocieron la noche anterior en una discoteca local. Débora fingió pecar de inocencia adolescente. Escondió sus negras intenciones bajo un vestido rojo entallado. Hombres de todas las edades la cortejaron; ella solo tuvo ojos para Roberto, un tipo corpulento que se esforzaba por agradarla.

Luego de la primera pieza de baile Roberto se sacó el saco. A la tercera, tuvo que aflojar la corbata dejando a la vista su papada grasienta. Presa del oscuro deseo que le provocaba aquel hombre, Débora comenzó a seducirlo. Lamió con inusual fervor las gotas de sudor que le escurrían por la mejilla.

—Eres perfecta  —le susurró Roberto al oído, apretándole las nalgas.

Antes de la media noche ya estaban en un motel a las afueras de la ciudad. Débora no opuso la menor resistencia cuando el gordo la montó a horcajadas. Por primera vez en muchos años sintió que un desbordado cúmulo de alegría le brotaba por los poros.

Por la mañana se vistió alegre. Contempló a Roberto, que roncaba sin pudor con el miembro al aire. La profunda mirada de Débora lo despertó. Se levantó aliviado al ver que la muchacha no había abandonado la habitación. Mientras se bañaba le saltó una duda. Nunca había conseguido tanto sin el menor esfuerzo. “¿Sería una infiltrada del gobierno? ¡Qué va! Esas cosas no pasan en México. No hay que desafiar al destino”.

Roberto la invitó a desayunar. Antes de arrancar el auto, entre besos mustios le juró amor eterno. Dijo sentirse el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra. Luego, tomó el celular para responder mensajes.

—¿A quién le escribes?

Roberto tartamudeó unos segundos, guardó el teléfono entre sus gruesas piernas y puso el Ford Fiesta blanco en marcha.

—A nadie, mi amor. Cosas de trabajo.

Débora parecía recobrar la compostura cuando el celular comenzó a vibrar frenéticamente anunciando la entrada de mensajes.

—¿No vas a contestar?

—Ahora que lleguemos. Estoy manejando.

—Puedo contestar por ti si quieres.

—No es necesario, amor.

Sumida en una repentina tristeza, Débora dejó escapar lágrimas amargas entre suspiros. Bajó el vidrio y se dejó acariciar por la suave brisa otoñal.

—Pensé que eras diferente.

—Pero ¿de qué hablas? Si casi acabamos de conocernos.

Se adentraron en el sinuoso camino arbolado. En un intento por romper el hielo, Roberto prendió el estéreo. La música aligeró la tensa calma que casi podía olerse dentro del auto.

Alargó su mano rechoncha para acariciarle la pierna. La muchacha la tomó entre las suyas, la olfateó cariñosa y la condujo hacia sus senos. Él sonrió aliviado, relajó el cuerpo. Débora se acercó para besarle la mejilla y aprovechando el descuido le robó el celular.

Roberto reaccionó bruscamente; en un intento por recuperar el aparato le golpeó la cara. Abrasada por la ira, Débora jaló el volante. El Ford giró en su propio eje y salió despedido rumbo al  acantilado.

Cuando la chica recobró el sentido, el auto se tambaleaba al borde del abismo. Una minúscula flama se abría paso entre los circuitos eléctricos. Detenido por el cinturón de seguridad, Roberto colgaba inconsciente. Su vida pendía de un hilo. Débora tomó el regordete dedo pulgar inerte y lo presionó en la pantalla para desbloquearla.

Los últimos mensajes provenían de un tal Juan. Por un instante se le iluminó el rostro. Leyó apurada:

¿A qué hora llegas?

¿Traes mi encargo?

Pues ¿qué tanto haces que no llegas?

No me la vayas a traer cansada.

Quería calarla primero, pero ya llegó el cliente

Débora se estremeció, jamás entendería a los humanos. ¿Cómo pudo cautivarla su sonrisa? Aquella apacible mirada la había desarmado por completo la noche anterior.

Salió ágil por la ventana. Con un aullido agudo se convirtió en dragón. Extendió las alas escarlatas. En ese preciso instante, Roberto abrió los ojos extrañado. La hermosa bestia exhaló un fuego fatuo que envolvió entre gritos a su amante.

Antes de dejar caer el Ford Fiesta blanco al precipicio, sacó el cuerpo ahumado que todavía gemía, pegó la nariz en el miembro achicharrado y sonrió.

Tal como lo imaginé, un cadáver exquisito.

Zoom

Porque al final, sólo te quedas tú contigo…

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La rapidez del golpe te dejó atontada. Si no hubieras estado en reunión virtual quizás no te hubiesen podido sorprender. Todavía te permites sentir asco de la sangre a medio coagular. El aroma se te antoja un hedor animal que no identificas como tuyo. En la neblina que se dibuja ante tus ojos aún persiste la imagen de los colegas online gesticulando alterados. Un último grito en los audífonos antes de terminar colgados de la laptop, a medio camino entre el buró y el piso. Tratas de defenderte con fiereza del brazo atenazador sobre la tráquea, de los embistes del puño libre. Son tres, pero semejan un batallón. Tu carcelero parece tener la fuerza de todos ellos. Suben, bajan, husmean, destruyen, agarran, llevan. Sus cabezas cubiertas, las palabras atropelladas, en tono bajo. Pateas, muerdes, rasguñas desde tu prisión del suelo. Sientes un calor quemante a la altura de las costillas. Las propias contracciones musculares impiden que la hoja metálica penetre profundo entre ellas. Otro tajo, más limpio, en algún pedazo de cuerpo blando y tibio.

Entra el sol por los ventanales del salón, hay una paz inalterable. Yaces en posición fetal, con los brazos apretados entre las piernas. Ni siquiera el instinto de supervivencia hace que pongas las manos sobre el agujero del cual mana tu vida. Sólo quieres retener con último vigor el minúsculo ser que amenaza con escaparse a través de tus muslos moribundos. Duele pensar. No lo sabes, pero lloras. No alcanzas el celular. Confías con desesperación en que alguien llame al 911. Dios, te ruego, haz que no sea demasiado tarde.

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Elizabeth Feito.
Foto cortesía de la autora.

“Quedé atrapada desde pequeña en la magia de la lectura. Comencé a anhelar escribir historias propias para volcar en ellas ambición, voluntades, energía.  Ahora en el intento, la realidad cotidiana se troca en fantasías que se agitan en mi interior, en un deseo ineludible de ser contadas.  La ciencia es mi profesión; las letras, mi camino. La naturaleza y en especial el mar, fuente perdurable de inspiración”.

Le radeau de la Meduse

Imago Dei ó Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit*

Emerge la bestia

Temor de ser hombre

Palabras brotan

Basura

***

Escupo ácido

Brea

Quemando

Abrazando

***

Tus lágrimas buscan

Conmover

Rastro humano

***

Por segundos

Se unen

Desconoces a la oveja

Ojos de lobo

***

El animal rey devora

Saborea

Babea

Te repugna

***

Saciado

duerme

Tripas afuera

***

Y Resucita

Y Ansía

Y Odia

La luna llena

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* Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el Otro

Quieren besarse

Terremoto

EL —De tanto escuchar se creen sabias.

ELLA —¿Quiénes?

EL —Las paredes. Presta atención a sus susurros.

ELLA —Sólo crujen

EL —No crujen. Se han llenado. Las fisuras escurren recuerdos de otros tiempos.

ELLA —Tal vez sean los niños.

EL —¿Qué niños?

ELLA —Se sabe que en estos claustros sepultaban a los recién nacidos entre el adobe.

EL —No. Son las paredes. Ahora que lo dices podrían estar pidiendo más sacrificios. Para mí que se cansaron de escuchar lamentos. Hasta yo suelo venir a desahogarme.

ELLA —¿Por qué aquí?

EL —Creía que era Dios quien me escuchaba. Ahora lo sé. Son las paredes.

ELLA —Pensé que venías a hablar conmigo.

EL —¿Por qué habría de querer tu consejo?

ELLA —¿Por qué no?

EL —¡Shh! Ahora entiendo. Están hartas de mirarse en paralelo. Quieren tocarse.

El viejo retrato de su madre cae al piso.

EL —¡¿Qué te han hecho? ¿Cómo es que no las escuchas? ¿Qué te pasa? ¡Háblame!

La imagen de la foto abre los ojos asustada.

ELLA —Tenías razón. ¡Quieren besarse! El techo está furioso. ¡Corre!