A 4 manos

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

Rodrigo Alaniz
Rodrigo Alaniz

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

Donceles

Donceles

Cuando entró a la librería sintió alivio y sensación de nostalgia. El olor a libro viejo y la lluvia que caía lo obligó a entrar en el primer puesto de antiguas letras. Una de esas librerías que se extienden desde Allende hasta República de Brasil. La lluvia tiene esa virtud de pintar el paisaje con su gama de grises que a Joaquín le provoca una melancolía adictiva; se deja seducir por esos tonos.

De todas las calles del Centro Histórico prefería Donceles. Ahí se conjuntan sus dos pasiones, los libros y la fotografía. Podía pasarse horas en la acera sur mirando los anaqueles de cámaras, impresoras, filtros, carretes, lentes, y luego cruzarse a la acera norte para entrar a husmear los estantes con libros de hojas amarillas y olor a benzaldehído.

Recorrió un par de pasillos con la vista. Miró sin buscar un título específico. Alzó la cámara y tomó un par de fotos del marco que daba a la calle. Un primer plano de libros en un fondo de ventanas y personas con sombrillas en barrido. Las gotas deformaban el plano general a medida que la tromba arreciaba. Caminó entre los pasadizos. Títulos de ciencia y superación personal no le despertaban interés absoluto. A punto de irse a refugiar, mejor, en la acera de las cámaras, el ruido de una escalera lo llevó a la parte trasera y oculta de la librería. En la escalera una enorme cabellera le hizo recorrer el rollo de 36 exposiciones de su Canon y apuntó con el visor hacia la fusión de letras y melena lacia que llegaba a la cintura de la mujer. El sonido del disparador hizo que volteara a verlo.

—¿Por qué estás haciendo fotos? —preguntó con amabilidad y sorpresa.

—Perdona, pero me gustó mucho la imagen de tu cabello fundida entre tantos títulos de libros.

—¡Ah! muy bien. ¿Entonces la foto me la tomaste a mí?, pero ni siquiera me conoces.

—Eso se resuelve pronto. ¿Cómo te llamas? Además, siendo completamente honesto, la foto que tomé fue en parte a ti y otra a los libros —dijo Joaquín con descaro.

—Pues por haberlo hecho, ahora vas a decirme ¿cómo te llamas tú? Y luego vas a tener que traerme una impresión de esa foto. Yo me llamo Mariana.

La sonrisa de ella le dio cierto confort de no haber incomodado; descendió de la escalera y siguió con el juego del interrogatorio. Afuera la lluvia parecía que arreciaba, porque el ruido los hacía acercarse cada vez más. La plática fue tomando un rumbo entre Sebastiao Salgado y el Marqués de Sade.

—¿Qué tipo de lectura es la que prefiere un fotógrafo?

—No sé a los demás, a mí me gustan las novelas de Saramago o la poesía de Gonzalo Rojas.

—Me encanta ese autor.

Joaquín tomó un libro y leyó un verso de Gonzalo:

…juro que ella perdura, porque ella sale y entra
como una bala loca,
me sigue adonde voy y me sirve de hada,
me besa con lujuria
tratando de escaparse de la muerte,
y, cuando caigo al sueño, se hospeda en mi columna
vertebral, y me grita pidiéndome socorro,
me arrebata a los cielos, como un cóndor sin madre
empollado en la muerte.

A mitad del poema ella le dibujó un corazón con la lengua en los labios y la mano izquierda de él tomó un primer paso de reconocimiento de yemas y nudillos hasta sortear los senderos del cuello y la espalda baja. El fuego entre las piernas se había encendido. Joaquín soltó el libro de la mano derecha, las metió por debajo del pantalón y con la punta le araño las nalgas. La vieja mesa de páginas y carátulas se convirtió en una cama de letras que iban soltando el perfume de almendras y vainilla que tienen los viejos libros. El bálsamo se les arremolinaba en la nariz, él lo aspiraba como una droga mientras todo iba perdiendo existencia. Uno que otro trueno rugía y flasheaba en el interior de la sala de novelas, devolviéndoles la noción del espacio.  Ella fantaseaba con la imagen cenital desde el candelabro: dos cuerpos desnudos sobre una mesa de pastas verdes en medio de un cubo de lomos de letras doradas. Ese sacrilegio la excitaba aún más. Las manos de ambos siguieron la ruta húmeda de sus deseos. La blusa transparente de tirantes de Mariana tenía expuesta la protuberancia aurea de sus pechos. Joaquín afanó sus dientes con pequeños mordiscos, para después recorrer con la nariz y la lengua el camino de vellos que anuncian remolinos de placer. Saboreó sus grietas y succionó la semilla agridulce. Mariana entonó un canto de versos deformados en gemidos. Los cuerpos contonearon una danza sin música al ritmo de una coreografía disonante que subía, bajaba y se dibujaba en la penumbra. Relámpago y lluvia confundieron el sonido de la primer cascada tibia que explotó desde las entrañas de ella. Las letras comenzaron a derretirse entre sus piernas. Un sonido de pasos arrebató el trance y ambos corrieron a esconderse para vestirse. Él salió corriendo a hurtadillas sin despedirse. El viento en la cara y la brisa que le soplaba en los ojos lo hizo llorar de placer.

Lo quemaba la ansiedad de llegar al cuarto oscuro y revelar el rollo que le daría el perfecto pretexto para ir a buscarla. Mientras encarretaba el celuloide, el agua tibia y la memoria de sus dedos lo regresaban a la librería. El dibujo de la impresora sobre el Ilford le dio la certeza. Era cuestión de horas; correr a llevarle la copia. Se encaminó sin esperar a que el papel fotográfico secara del todo.

Salió del metro. Sintió la nube gris que se posó sobre él como una señal. Vuelta en Eje Central.  Corrió sobre la acera del Teatro de la Ciudad.  Siguió entre baldosas enormes, puertas rojas y antiguas ventanas. Al llegar a República de Chile, el corazón punzaba con ganas. A lo lejos, la marquesina naranja Librería Inframundo le entrecortó el aliento. Respiró profundo, se limpió el sudor y caminó más sereno. Llegó a la puerta gritando con los ojos. Sacó la foto, entró sin saludar a la anciana que custodiaba la caja registradora. Caminó cada uno de los pasillos hasta llegar a la sala de novelas. La mesa repleta de portadas verdes le regresó la imagen. Ella no estaba. Guardó la foto con un dolor entre la garganta y las piernas y a punto de cruzar el marco de la entrada, la voz de la anciana lo detuvo:

—¿Por qué tardaste tanto en traer la foto?

Christian Palma
Christian Palma

Christian Palma

Fotógrafo, editor y productor audiovisual mexicano, que hace 20 años se enamoró de la fotografía y comenzó su carrera en torno a la imagen, inicialmente como fotoperiodista, para después incursionar en la cinefotografía. Le apasiona trabajar retratando, contando y creando historias.

En el cine

Me gusta el turno de la mañana. A esa hora suelen ir lo mismo cinéfilos solitarios que parejas interesadas en otra trama. Corto escasos boletos y me sumerjo en la oscuridad de la sala. Recargada en la pared del fondo le doy un par de caladas al casi inoloro vape de THC. Escucho las bocinas funcionar apropiadamente, el foco del lente, los subtítulos encuadrados. La proyección convierte a los espectadores en sombras que poco a poco voy perdiendo de vista.

Sé de memoria los primeros cinco minutos, tal vez hoy pueda llegar hasta los besos. Es lunes, no viene el gerente. Me aseguraron que la famosa escena de sexo empieza un cuarto de hora después de que se apagan las luces. La última vez calculé mal los tiempos, terminé descubriendo al asesino. Jamás puedo quitarme de la cabeza la revelación de un final.

Han pasado diez minutos sin que suene mi radio. Bajo el volumen, estoy a un click de apagarlo. Me emociona llegar al minuto quince. La gente se arremolina en sus asientos, se pone nerviosa, tose. Juntos presenciamos un momento de intimidad ajeno. Imagino que los espío por una rendija. Espero noten mi presencia.

Camino hasta recargarme en la última fila. La marquesina presume ser la sala más grande de la ciudad. Contengo la respiración. Ahí están las pieles lisas, curvas perfectas en posiciones inverosímiles contra la pared, en el aire, en el piso. Los gemidos, la música. No hay secreciones molestas, caídas inesperadas ni risas nerviosas.

El calor de una presencia a mis espaldas me crispa la piel. Una mano se desliza entre mis piernas hasta las nalgas. Un temor, más parecido al deseo, me paraliza. Intento voltear la cabeza. La otra mano la regresa suave hacia el frente. Besa mi nuca. Los ágiles dedos apartan la ropa interior, se hunden en un cuerpo que ya no me pertenece. Obedezco sin palabras. Abro las piernas. Otros dedos exprimen mi seno derecho, pellizcan el pezón. Entrecierro los ojos, no quiero perderme la secuencia, me agacho sobre la butaca. Mis jadeos se confunden con los de la actriz. Las piernas tiemblan, convulsionan de ganas porque los asistentes prefieran el espectáculo vivo.

La mano tira de la coleta que recogí esta mañana. Los balazos del thriller opacan mi grito. Un bombeo tibio supura placer, se desborda. El radio me devuelve a la realidad llamándome desde el suelo. Lo busco a tientas. Respondo con la voz entrecortada.

—Adeeelante

—¿Dónde te metes? Te necesito en la taquilla.

Levanto la cabeza; solo sombras, no alcanzo a ver a nadie. Me abotono la blusa. Otro día sin terminar de ver la película. No importa, ya sé quién es el asesino.

Foto de Andreina García

LIMBO

“¿Me estás escuchando?”, era la pregunta que él siempre le hacía cuando se daba cuenta de su mirada perdida y sus balbuceos como interlocutora. Su cuerpo estaba ahí, pero claramente su cabeza no. Ella le respondía que sí y le repetía la última frase que él había dicho para que no sospechara nada, mientras entraba lentamente en el limbo.

A este lugar llegan todos los que sueñan despiertos o necesitan evadir la realidad. Seguramente tú también has pasado algún tiempo aquí, a menos que seas un monje budista o practiques mindfulness.

Después de varios años entrando y saliendo del limbo a voluntad ya había hecho muchos amigos. Seguro era miércoles, pensó cuando se cruzó con Julián en un pasillo. Julián llegaba al limbo cada que vez que tenía clases de cálculo avanzado. Dio algunos pasos más y vio a Marina con su pareja sentada en un sofá. Lo más probable es que estuvieran en su terapia semanal con el psicoanalista. Y en este momento pensó que quizá era hora de llamar a su psicóloga para seguir explorando sus traumas infantiles. Siguió caminando y vio a un personaje con el que nunca se había topado y le llamó la atención. La única regla que existe en el limbo es “no les digas que están en el limbo”, ellos deben darse cuenta por sí mismos, de otra manera regresan de inmediato a la realidad y puede costarles mucho tiempo volver. Por lo general, las personas que se encuentran en el limbo no se conocen en la vida real. Vamos, es un lugar tan grande que las probabilidades son bastante bajas.

¿Quién era este hombre?, ¿por qué me sentía atraída hacia él?, pensaba mientras escuchaba la voz de su esposo a lo lejos.

¡Aló!, ¿me estás escuchando?, llevo diez minutos hablando solo, fue su cable a tierra. Esta vez no pudo repetir su última frase, se había enfocado demasiado en este misterioso personaje del limbo. Moría de ganas por regresar y descubrir quién era, pero antes debía terminar su conversación en el mundo real y decidir qué iban a preparar de cena.

Andreina García
Andreina García

Caraqueña viviendo en Ciudad de México. Publicista y fotógrafa amateur. Me gusta echar cuentos y a veces los escribo.

Cita a Ciegas

Cinco dieciséis de la mañana, suena la alarma. Fernando se levanta con esa sonrisa que debería ser estudiada por la ciencia; no es normal que un ser humano de sesenta y siete años sea así de positivo y risueño un lunes por la madrugada. Él cree ciegamente en las inexactitudes, o como prefiere llamarlas: “imperfecciones afortunadas”. Tanto cree en esto, que cada que hay oportunidad repite: “la perfección es el juicio miedoso y aburrido que esconde la exquisita aventura de lo imperfecto”.

Fernando llega sin prisa al trabajo. Toma asiento y espera a que el teléfono suene para atender a su primer cliente. Sí, en plena era digital su única herramienta de trabajo es un teléfono de escritorio. Fernando lleva treinta y cinco años siendo el mejor vendedor de una reconocida agencia internacional de viajes. Así que nadie cuestiona su método.

Ha pasado ya la mañana y por fin suena el teléfono.

—Expedia, buenas tardes. Le atiende Fernando Oribe. ¿Con quién tengo el gusto?

—Hola, con Olivia.

—Gracias, señorita Olivia. ¿Cómo puedo ayudarle?

—Pues…, transfirieron mi llamada con usted.

—Ah, entiendo. Tiene duda de qué destino elegir para su próximo viaje.

—Sí, así es —responde sorprendida.

—Muy bien. Sonará extraño lo que voy a pedirle, pero, por favor, confíe en mí y en unos minutos sabrá con seguridad qué lugar es el ideal para usted —Fernando hace una pausa y da la indicación—. Cierre sus ojos.

—Ok —aunque dudosa y un poco desconcertada, Olivia sigue la instrucción.

—Para elegir su próximo destino dejaremos fuera del juego a sus ojos. Ellos están acostumbrados a enfocarse en lo conocido y se dejan seducir por fotografías perfectas. ¿Ya están cerrados sus ojos?

—Sí

—Ahora escuche su respiración. ¿Qué oye? ¿Un viento que mece praderas? ¿Unas olas que van y vienen? ¿El eco que resuena en una montaña? Dígame, ¿a qué suena su respiración?

—¡A un bosque que respira! —responde emocionada Olivia después de unos segundos de pausa.

—¿Qué otros sonidos hay en ese bosque? Agudice el oído de su imaginación.

—Unos pájaros. Sonidos de animales. Al fondo se escucha una caída de agua, puede ser una cascada —describe con rapidez ella.

—Estire su mano y, sin tocar nada, intente percibir la temperatura de todo lo que la rodea en ese bosque. ¿Puede sentirlo?

—¡Sí! Puedo sentir la humedad.

—Imagine que no tiene zapatos, sus pies tocan la tierra y el viento le avisa de una lluvia que refrescará ese calor húmedo. No estaba planeado, pero será increíble vivirlo. Sentir las gotas, recibir ese baño del cielo y después caminar hacia una cabaña que la espera con una fogata y su libro preferido. ¿Puede verlo sin ver?

—Sí puedo, y es increíble —Olivia está emocionada.

—Bueno, muy despacio abra sus ojos. Ya está lista para elegir su destino. Le haré llegar varias recomendaciones que se ajustan perfecto a su descripción. Le espera un gran viaje que eligió con los ojos cerrados, o como digo yo: “confiar en lo que llega”.

—¡Es verdad! ¡Muchísimas gracias! —agradecida, se despide Olivia.

Fernando busca con su mano izquierda el aparato telefónico para poder colgar. Después con su mano derecha encuentra a tientas su bastón guía. Es la una con veinte minutos de la tarde, un momento imperfecto para ir a desayunar.

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Luis Guillén
Luis Guillén

Sobre el autor:

Bailarín sin ritmo, músico con talento desafinado, yogui inflexible, escritor de pocas palabras. Por otra parte, gran oyente de lo ajeno, inventor de lenguajes de lo inanimado, extraordinario espectador de la naturaleza, insistente encuestador de los misterios de la vida y tímido fisgón de los tropiezos humanos.

Osiris Gaona

Magnolia Tango

Nació en verano por la noche. En ese instante dos autos se estrellaron en Avenida Nonoalco frente al hospital. Las enfermeras y doctores se aproximaron a la ventana para enterarse del zafarrancho. La madre quedó pujando sola, mientras el feto sacaba las extremidades inferiores. Con dolor insoportable, gritó a los doctores para que atraparan lo que su vientre expulsaba. Jalón de piernas, instrumento metálico. El desgarre vaginal. Llanto lastimero y olor a piña. Afuera, en la acera, los restos de autos destrozados y contrastantes, con letras groovy y multicolor “Espectáculos Tropicales”, Ninon Sevilla y Tongolele, ambulancia, carroza fúnebre.

Elisa siempre fue diferente al resto de la familia, física e interiormente. El padre dudaba de su paternidad. No perdía la oportunidad de herir: a la madre y a la hija.  Ese pie que no baila no es mío, decía. Su progenitora se la quedaba viendo horas enteras, tratando de descubrir de dónde venían tales diferencias. Desde su nacimiento, no paraba de llorar, siempre llamando la atención.

En una comida familiar, la abuela preguntó a los hermanos: ¿Qué quieren ser cuando sean grandes? Contestaron yo quiero ser bombero; yo quiero ser doctora; yo, maestra. Al llegar el turno de Elisa, respondió sin titubeos, yo quiero ser del arrabal. La madre y la abuela quedaron sin aliento, con la mueca de quien ve al diablo. La mano certera de la abuela golpeó con fuerza la boca de la niña. Elisa no entendió el porqué del bofetón.

Magnolia Tango, bailarina de rumba, salsa, merengue y chachachá. Deseaba sentir y descubrir pasiones intensas como las que veía en la televisión en blanco y negro. Nada más real, las pasiones intensas no son multicolores.

En ocasiones bailaba ritmos cubanos, con el tocado de telas a lunares, piñas y mangos colgando. A la salida del espectáculo, un auto la esperaba frente al antro lujoso cuya entrada de neón anunciaba el show de la gran bailarina de Cabaret: “La espectacular, la única, de piernas esbeltas y largas, Magnoliaaaaa Tango”. El chofer le abría la puerta con reverencias y admiración, sensaciones que ocultaba bajando los ojos sumisos. Dentro, un hombre misterioso, la mayoría de las veces comprometido, la esperaba relamiéndose los bigotes y ansioso por tener muy cerca a la bella Magnolia. Ella lo besaba con cierta malicia. Lucía carmín rojo, pestañas pesadas que enmarcaban la mirada y la hacían misteriosa y sensual, escondía su pie pequeño para que no se lo viera. A propósito dejaba manchas de colorete en el cuello de la camisa de sus acompañantes. Los besos en el cuello la enloquecían. Hoy Luis, mañana Carlos, en el futuro otros, y autos más bonitos,  grandes y ostentosos. Los perfumes de sus conquistas: Aramís, Vetiver, Franela Gris. Magnolia sonreía llena de vanidad, audacia y coquetería.  

Elisa regresaba de ese mundo tecnicolor. La luz de su mirada iba apagándose poco a poco. Los ojos se posaban con rabia y frialdad en su pierna izquierda, que desmentía lastimeramente sus sueños de gloria; piernas antagónicas, disimiles como ella y su familia.

Evadía en sus viajes espectaculares ese miembro izquierdo, muerto e inerte. Un muñón, primordio amorfo con extremidad pequeñísima, pie de loto, como el de las mujeres chinas. Escóndelo, oyó decir desde su infancia. En su recuerdo repasaba la cantidad de noches que su madre y su abuela le embadurnaban el pie con remedios de todas las yerbas: ruda, romero, salvia y alcanfor. El desfile de médicos, yerberas y santeros veían el minúsculo órgano, no encontraban explicación. Quizá no sea de ella, sino de una hermana gemela, la lleva dentro, y lo único que asoma es ese pie raro. En los cientos de discursos que escuchó, había de todo. Unos creían en un castigo; otros lo relacionaban con un milagro. Llevaban ofrendas a la niña del pie de loto. También maldiciones en la puerta de la casa, insignias alusivas a la maldita niña deforme.  La pequeña Elisa abría sus cuadernos y dibujaba vestuarios multicolores, tocados de plumas exóticas y frutas tropicales, pero no para ella, sino para su hermana. La tengo dentro, decía. Me baila dentro. La gente cree que soy yo, es mi hermana. Es ella con su pie pequeñito. Todo el mundo me ve a mí moviéndome, porque ese pie suyo lo escondo, no lo muestro a  nadie. Pero es ella la bailarina compulsiva e impertinente.  La hermosa Magnolia Tango es ella, créanlo o no. Ella desarrolla en carboncillo los escenarios y agenda la siguiente cita para el romance encriptado de la estrella. Brilla más en lo oculto, en lo oscuro.  Gira y gira. Con ese pequeño tramo de piel y huesos se mueve. No le hace falta luz y ninguna otra cosa si se escucha de fondo la música de “La pollera colorá”.

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Osiris Gaona

Nació en 1969 en Distrito Federal, México. Aunque por capricho paterno su acta de nacimiento la define como Guerrerense. Un año maravilloso para nacer: el hombre pisó por primera vez la luna.

Es doctora en Ciencias Biológicas. Especialista en murciélagos y microbiota de vida silvestre. Creó y dirige Soluciones Ambientales ITZENI, asociación preocupada por la naturaleza y el medio ambiente. Amante de la vida. Su orgullo mayor son sus dos hijas Fandilla e Itzayana.

En la lectura encuentra la evasión perfecta, viajando por universos recónditos y lejanos. Recorridos fantásticos a galaxias diferentes, cambiando de cuerpo, es amante, madre, espía, geisha, reina, periodista. Sus sueños ocultos han sido ser bailarina rumbera y escritora. Aunque siempre ha escrito, escondía los borradores entre las páginas de sus libros de Ciencia.

Escribir para ella es un ejercicio de introspección, los resultados sorprenden. Es mover en un caldero, crear mágicamente personajes amorosos, monstruosos, llenos de ambigüedades. Con pasiones llenas de matices. Es sacar de la entraña la parte más oscura y mezclarla con el dulzor inventando historias. Es parir personajes llenos de sentimientos controversiales. Escribir para ella es magia vibrante.

La tristeza

Llega

desgarra córneas

hiere párpados

tose sin pudor en mis narices

aletea en el borde de los labios

rasca la espalda de mis dientes

tiembla en la barbilla

lame el cuello

recorre el pecho con su hocico

baja

como siempre baja la tristeza

en su camino predecible hacia las tripas

encuentra el ombligo trasnochado

descarga allí su desaliento

se detiene en el olor de tu cuerpo

que inunda terco mis entrañas

recorre muslos

identifica un lunar

            dos cicatrices

roza indecisa mis rodillas

resbala un poco

se detiene en los tobillos

toma aliento

Llega a los pies

Me inmoviliza

El gran Gonzo

Se vistió de payaso para salir.  Zapatones largos como aletas. Nariz redonda y roja, peluca verde, maquillaje en la cara, embarrado en grasa, aspecto de arrabal. Dibujó una sonrisa y salpicó el rostro con diamantina. Iba de prisa, tanto, que tropezó un par de veces. Saco oscuro con huecos y la camiseta desgarrada complementaban su indumentaria. Así es como viste Betoso, elpayaso que sale en la televisión dando las noticias.

Comenzó su andar en Tlalpan, a la altura de la estación del metro San Antonio Abad. Aún era de noche y el metro abría a las 5:30. Pasó por Pino Suárez, donde, a pesar de la hora ya había movimiento de gente. Los curiosos lo miraban divertidos. Más de uno le gritó “¡traidor!” por criticar al gobierno. Otros se burlaban cada vez que trastabillaba y no paraban de reír cuando caía. “¡Álzalas!”,  “ponte zapatillas de ballet”, “ya no tiren basura en las calles”, fueron  las frases que escuchó a su paso.

La caminata terminó en Palacio Nacional. ¿Su intención? Colarse a la conferencia del presidente para pedirle ayuda, tenía tantas deudas que estaba a punto de perder su casa. Se formó en la fila que hacían los periodistas y los youtubers no acreditados. Sabía que sólo necesitaba paciencia. Tuvo suerte.

Se sentó en la última fila. Imposible pasar inadvertido. Los asistentes lo saludaron. Algunos le pidieron la selfie y hasta firmó autógrafos. El dueño del circo lo saludó con un movimiento de cabeza antes de empezar el show. La conferencia duró dos horas. Se le notaba el fastidio en los ojos, que más de una vez se cerraron. Sólo le faltó roncar. Reaccionó cuando un camarógrafo dejó caer una pluma en su cabeza. Justo en ese momento se despidió el presidente. De un salto quiso ponerse en pie, pero una vez más tropezó con sus zapatones. La peluca salió disparada y cayó tres metros adelante, dejándolo en evidencia. Algunos corrieron para ayudarlo a levantarse, pero al ver que era un imitador, lo dejaron caer de nuevo. Tan avergonzado estaba que olvidó a qué había ido. Como perro apaleado agachó la cabeza y se encaminó a la salida.

Una vez afuera se calzó la peluca y trató de actuar con naturalidad. En la calle brillaba el sol, la gente seguía saludándolo y eso le gustaba. Quiso repetir al día siguiente. Esta vez la fortuna lo dejó solo. Dos policías le salieron al paso. Gonzalo quiso entrar a la fuerza al palacio presidencial. Repartió golpes a diestra y siniestra. Lo acusaron de faltas a la autoridad. Sentenciado a un año en prisión.

Fue la mejor etapa de su existencia. El disfraz del payaso zapatero se había poseído de él, lo hacía sentirse en libertad. Los días de visita, especialmente los sábados, ofrecía un show para los internos y sus familias.

—¿Quieren que les cuente un cuento?

—¡Nooooo!!

—¡Pues ahora se chingan! —respondía al tiempo que soltaba un carcajada que le celebraban sus compañeros.

Al cumplir seis meses fue liberado. Había sobrepoblación y le otorgaron libertad condicional. Él no quería, pero la Ley es la Ley y debe cumplirse. Fue enviado de nuevo a la soledad de su casa. El gato había desaparecido; nadie lo esperaba. La peste a humedad y a encierro eran fuerte. Gonzalo era libre. Para él no era suficiente. Desesperado, intentó suicidarse, con tan mala suerte que la cuerda de la que se colgó terminó por romperse. Intentó cortarse las venas, aunque no podía mirar la sangre y canceló la tarea.

Un día leyó sobre un frustrado asalto a mano armada al Oxxo de su cuadra. Gonzalo supo lo que tenía que hacer. Compró una pistola de juguete, se vistió de payaso, se puso los zapatones, la peluca, la nariz, maquilló su rostro y caminó a tropezones a la tienda. Al cruzar la puerta gritó:

—¡Ya se la saben mi gente, yo soy El gran Gonzo, y esto es un asalto!.

Del atraco consiguió tres mil pesos, una cajetilla de cigarros y un refresco. Antes de irse dio media vuelta, apuntó con la pistolita y ordenó al encargado llamar al 911. Los azules no tardaron en llegar. Los esperó en la esquina, fumando, con la soda en la mano.

Lo sentenciaron a dos años, pero como reincidente le sumaron otros dos. Así, con esa misma sonrisa dibujada en el rostro regresó al reclusorio. Volvió a ser feliz. Ahí se sentía en familia. Era alguien. Ahí era El Gran Gonzo, el payaso del calabozo.

Échale un vistazo a ese caminante

Soy como el junco que se dobla,

pero siempre sigue en pie.

Canción “Resistiré”

Hermes, échale un vistazo a ese caminante, dijo Zeus desde su poltrona de nubes tronantes. El aludido entrecerró los ojos para hacer foco en el pequeño bulto que zigzagueaba un rastro de huellas cerca de la cima. Y aún consciente de la futilidad de cualquier ardid, fingió sorpresa. Zeus lo miraba con el ceño amontonado arriba de la nariz y el refulgente halo de laureles torcido sobre la cabeza.

Cuando las plumas de ganso llegaron de China, ya habían cocido las primeras bolsas de dormir. Los desvencijados esqueletos de varios asientos de automóvil se apilaban en un rincón del improvisado taller. El camión del correo se detuvo frente a la casa, Junko se llevó el índice embutido en dedal a los labios. Hicieron silencio. Los pasos fueron el preámbulo del timbrazo que desató la algarabía de estrenados gritos, el mutuo entendimiento de ojos biselados por las lágrimas.  

A los pocos días, otro timbrazo, el del teléfono, trajo el desahogo definitivo: tenemos un sponsor, anunció a sus compañeras después de colgar. El “sí” que se había postergado en un reiterado “no” cargado de convencionalismos: “deberían estar criando niños” o —el que más le pellizcaba a ella— “lo hace para buscar esposo”, había llegado para disipar sus propias dudas. Alimentadas hasta el empacho por el descredito y la subestimación. Por la noche Junko desdobló la nota que guardaba en las páginas de Annapurna: primer ochomil, la leyó por última vez y se la tragó casi sin masticarla.

Ahora, en la oscuridad insondable de la muerte, que había comenzado hacía seis minutos su reinado infinito, Junko cobra conciencia al sentir una fuerza ceñida a la muñeca. La voz profunda de la esperanza le llena la mirada de frío. Estira la mano, que se descomprime al tocar la sosa atmosfera de los seis mil metros, y la agita con la ansiedad instintiva de la presa. El sherpa, que de rodillas y resignado jadea encima del sepultado campamento, acude incrédulo a socorrerla; tira y tira sin dejar de mirar, perplejo, un torbellino de luz que se aleja.

Doce días después, el 16 de mayo de 1975, Junko Tabei presentía la cima. Ang Tsering la seguía de cerca. Pensaba en su madre, en su mujer e hija. Llevaba la sonrisa, repleta de dientes, vedada por el pasamontaña.

Te advertí que esta aventura debía terminar con la avalancha, dijo Zeus. Hermes levantó los hombros y juró no saber nada del asunto. Debajo del casco alado guardaba un arrugado papel, en letra corroída se leía: sé que estamos solas.

Lavar los trastes

Quiero que la noche se quede sin ojos

Federico García Lorca

Es lo que hago cada noche antes de dormir. Agua hipnotizante, espuma frágil, chocar de platos, uñas rotas, apatía, dolor de espalda, mente en blanco. No esta vez. Un pensamiento me acosa: ya lo viví todo. Me reconozco vacía, inútil, repetida, sin nada que agregar.

Una profesión en la que alternas playas y arrecifes. Varios amores. Un hijo que ahora vive con su novia a cinco metros de aire de mis ojos. Tres divorcios. Siete perros que ya no arruinan mis alfombras. Viajes. Muchas preguntas. Pocas respuestas.

Miro, distraída, a través de la ventana turbia de abandono. Del otro lado, un edificio de apartamentos idéntico a este hasta la última grieta de sus muros. Recorro vidas ajenas, despacio. Teje la anciana de los gatos, lee el joven vestido de tatuajes, se adivina la gimnasia del amor a través de una pálida cortina, cena la familia numerosa, una paloma dormita en la cornisa plagada de intemperie, reta músculos el adolescente pelilargo, discute mi hijo con su novia.

Gesticulan con vehemencia. Él la agarra del brazo, la sacude, el grito tiembla debajo del bigote. Ella dibuja insultos con los labios, se suelta de un tirón, abre la puerta corrediza, sale a la terraza. Él la sigue. Sujeta hombros, le da vuelta. Tsunami de gestos. Espalda contra balcón. Cuerpo doblado en cóncava pirueta. Un trozo de blusa blanca ondea sus arrugas en el muro carcomido. 

Cierro la llave. Los platos pueden quedarse como están.