A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Las tres bodas de Manolita, Almudena Grandes

Episodios de una guerra interminable, interminable como un libro y sus historias: Las tres bodas de Manolita pertenece a esta serie, e invita a recorrer paginas de humor, risa, amor, más los terrores de la guerra y sus torturas, en uno de los escenarios mas convulsos del siglo XX: La Guerra Civil Española y la interminable lucha de después.

Esta obra, editada en México por Tusquets, es el testimonio, ficticio y veras, tenaz y desgarrador, de un Madrid grabado en la memoria de sus habitantes.

Para mí, ya lo había dicho antes, Almudena Grandes fue una gran revelación, y no dejaré de buscar sus líneas. Les dejo un fragmento de las más conmovedoramente terribles, trazadas en esta obra de centenares de páginas magistrales:

“Habría sido mejor que me hubiera avergonzado. Habría sido mejor que me hubiera asustado del carácter ruín, casi obsceno, de aquella áspera disputa por sexo y por dinero, que hubiera recordado a tiempo un cuartucho inmundo, lleno de cucarachas, y los registros de los funcionarios, las lágrimas de Juani, un huevo de chocolate, el último deseo de dos hombres enamorados, condenados a morir. Tenía muchos motivos para avergonzarme, y el principal era proteger mi amor, mantenerlo a salvo de aquella broncas de insultos y empujones, solo por eso ya habría sido mejor, pero fue peor, porque en aquel momento era tan pobre, tan desgraciada, que en mis manos vacías no había espacio para mi dignidad, ni para la dignidad de nadie”.

Quién te supiera espejismo, Francisco Martínez Negrete

El poeta amigo y amigo poeta vuelve a las andadas, esta vez con su nuevo libro que apenas salió del cascaron para despedir el 2014: Quien te supiera espejismo.

El poemario, de “Los cuadernos de la salamandra”, publicado por Ediciones sin nombre, posee algunas joyas raras de luz blanda y pura, como dijera aquel también poeta de mi tierra:

 

“sobre los campos

con una sola mano

el viento aplaude.”

 

Otros hay que juegan con las palabras como si las palabras fueran cosas, mientras las escarba del alma, de las calles de México y de cualquier lugar, para convertirlas en melodía extraña, absurda… Uno, lector distante de esas magias, termina por hacerlas suyas:

 

“Ah Dios en bancarrota con leve tufillo

a eternidad y miasma

de tanta ardiente emputecida carne…”

 

Estos versos, estos poemas, estas palabras son mi recomendación de Año Nuevo, mientras Paco (Francisco Martínez Negrete ) sigue en la cabecera de mi cama ciertas indeterminadas noches. ¿Feliz quien en 2015 pueda vivir entre poemas?

Yo era capitán de un barco

Moby Dick, Herman Melville

 

Icen las velas, vamos a echarnos a la mar… Di la orden y mis hombres se pusieron en funciones inmediatamente. Sentí la brisa salada en el rostro, contra las orejas, fría al amanecer, y con ella llegó la infinita sensación de libertad.

Sí, eso soñé después de mi desvelo, en la espera de que llegara un lunes desesperado.

“Llamadme Ismael. Hace unos años, no importa cuánto exactamente, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala”.

Así brama el narrador de Moby Dick en las primeras líneas de ese clásico que recién pasó por mis manos, aunque haya sido un poco tarde. No los voy a engañar con cuentos maravillosos: a esta altura me resultó difícil leer a Melville, que quizás debí conocer al menos 10 años antes. Pero eso ya no tenía remedio; así que, sintiéndome marinera, pescadora y ballenera, devoré sus interminables páginas. No decepciono a nadie si digo que la gran ballena asesina no aparece hasta el final. No ánimo tampoco demasiado al confesar que Moby Dick es, más que una novela, el tratado internacional -sobre la ballena- que todo humano debe conocer antes de echarse al agua.

Esa no era mi intención, hasta esta madrugada antes de abrir los ojos y y sentir aquello que sacudía a Melville en la víspera de un largo viaje hacia el más inmenso de los abismos:

“Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano”.

Solo que esta vez, por primera vez, yo no era pez. Era capitán de un barco.

Modelos de mujer, Almudena Grandes

Siete modelos de mujer, en siete relatos, son el compendio de esta obra y de esta española que me trajo la alegría de una excelente obra, narración e historias.

Imposible que yo o cualquier mujer no se sienta identificada en sus relatos, especialmente el último: “La buena hija”, casi una novela breve, contada en diferentes épocas, y que, en la crítica real, rescata ese lugar que la historia y nuestros siglos han deparado a las féminas, sea lo que sea que ello signifique.

Lo sorprendente es que cada relato tiene una expresión profunda de muy diversas mujeres que llevan todas el nombre de Almudena Grandes, y hablan con una misma voz, pero en tonos y compases muy variados.

Hoy me enfrasco en Las tres bodas de Manolita (Episodios de una guerra interminable), que quién sabe por qué senderos me deje agotada.

Antes que anochezca, Reinaldo Arenas

Antes que anochezca es la autobiografía que Reinaldo Arenas terminó poco antes de suicidarse en Nueva York. De esas obras que te cambian la vida, sobre todo si naciste en la absurda y bella isla que nos ha dejado tanto bueno y terrible. Yo había solo “escuchado hablar” de este compatriota. En Cuba logró un nivel de censura tal que yo, niña-adolescente-joven capaz de devorar a cuando autor y obra se me posaran delante, jamás vi un libro de Reinaldo. Era de esos mitos, como Cabrera Infante, cuya obra más conocida se repetía, sin embargo, con cierta frecuencia, quizás por lo cacofónico y burlesco de su título: Tres tristes tigres.

Ahora tengo varias obras de Arenas en mi librero: me dan terror y al mismo tiempo una seducción malsana. Justo eso que me provocó su autobiografía, narrada de manera directa, pero con lenguaje que nace de dentro, como las voces de los árboles al rozarles el viento: ese que la vida y sus desgarramientos ponen en la garganta para gritar.

Reinaldo nació en la miseria de los campos cubanos, se alzó en la Sierra Maestra cuando los guerrilleros iban a hacer la Revolución (aunque no disparó un tiro) y trató de integrarse al proceso que vivía la Cuba posrevolucionaria, pero no pudo. Su forma de pensar, las letras a las que estuvo indisolublemente ligado y su homosexualidad lo apartaron definitivamente de lo que la política cultural cubana exigía entonces de sus intelectuales.

Vivió una vida loca, libre y condenada, excesiva en muchos sentidos. Fue preso político procesado por causa común, vivió en las célebres mazmorras de la fortaleza de La Cabaña, cortó caña en los campos de trabajo forzado y escribió, perseguido por sus detractores, en donde le fue posible. Salió como exiliado a Estados Unidos donde completó su obra de fugitivo, varias novelas, poesía, donde enfermó de Sida y se quitó la vida a los 49 años.

Las cabezas trocadas, Thomas Mann

Aunque yo, precisamente, no haya subido la Montaña mágica de Thomas Mann, sí he trocado mi cabeza a lo largo de un camino que no sé dónde empezó y cuyo final desconozco soberanamente. Así como a sus personajes, se me trocaron cabeza o cuerpo y, lo que es peor, no sé cuál de ambos. Ahora observo con ojos que me hacen pensar en miradas anteriores a la mía. Los recuerdos antiquísimos se mezclan a veces con imágenes propias, y ya no sé qué he vivido yo o esa con la que me troqué. ¿Quién dice que no sea el cuerpo lo que no me pertenece? Agradezco por sus senos altivos y las piernas largas, y me lamento de todos los males físicos que lo acosan y que, sin embargo, están tan vinculados con los horrores que circundan mis neuronas al despertar cada mañana o a la hora de leer a Mann.

El pintor de batallas, Arturo Pérez Reverte

La frialdad temible de la fotografía de guerra, la soledad de quien la ha ejecutado y la pasión infinita de apretar el obturador ante una imagen tal vez única se enlazan en las páginas de esta obra de Reverte, catalogada por muchos como la mejor lograda de sus novelas. No sé si es cierto, y no siempre me sentí cómoda con el libro, es mi verdad.

La trama transcurre en dos tiempos diferentes de la vida del pintor de batalla: sus 20 años como fotógrafo de guerra, y el intento, 10 años después, de pintar en un mural de un faro olvidado la imagen que nunca pudo retratar, la imagen de la vida y la muerte.

A ratos parece que el protagonista, en sus dos tiempos es, también, dos personajes disímiles.

Una historia de amor pervive, terrible y bella; es quizás lo que hace humana esta novela que me provocó pesadillas durante una semana completa, en la que sin embargo no podía dejar de sentir esa felicidad desacostumbrada de cuando el lente captura una cuadro para la posteridad.

Arte y guerra se conjugan en este libro, como si a veces se tratara de una misma cosa. La textura rugosa y descarnada de la historia, de la foto, del gran mural del pintor de batallas, termina por hacerse cotidiana.

Corazón tan blanco, Javier Marías

-¿Has leído a Javier Marías?

– No, no sé quién es…

Uta, casi me da sentimiento de culpa no conocerlo…

– Acabo de terminar un libro suyo, buenísimo; Corazón tan blanco

– ¿Y?

– Te gustaría…

Eso fue todo. Así de esa manera tan solitaria alguien te dice que hay un nuevo autor (o viejo autor) que merece ser leído y tú de ignorante ni lo conoces. Unos días después descubrí el libro referido en el librero del mismo amigo, y como soy una ladrona incontrolable (solo con los libros), lo tomé.

-Es el que me dijiste…

– Sí, ¿te lo quieres llevar? Aunque los libros no se prestan…

– Sí, me lo llevo-, dije antes de que se arrepintiera.

Luego le comenté a todos los amigos con los que hablo de literatura, que sí, que existía un Javier Marías, escritor, español, madrileño, que yo desconocía por completo y que colecciona novelas y premios. Uno de mis amigos hasta se molestó porque me había hablado de él y yo no le había hecho demasiado caso (ninguno, creo). Pero es que no lo había tenido en físico. Mi tentación de hurto y lectura desesperada empieza como con todo, con la vista. Cuando lo veo, leo la contraportada, lo acaricio, sazono con mis dedos y nariz, entonces me lo quiero llevar, con éxito en la mayoría de los casos. A quienes les gusta leer les encanta ver a alguien más apasionado ante una nueva obra.

Corazón tan blanco cumplió varios objetivos: Uno: mató mi ignorancia sobre Javier Marías, con quien sin dudas había que codearse ya. Dos: me enseñó sobre una profesión que nunca me había cuestionado: la de intérprete. Tres: me llevó una y otra vez a La Habana, ciudad de mis zapatos y crepúsculo de mis más lastimadas nostalgias.

No sentí que fuera una novela incomparable, como dice Marcel Reich-Ranicki en la nota de contracubierta. No, en absoluto es única, a pesar de que todas las obras son lógicamente únicas. Sin embargo, lo que la distingue la hace una gran novela: el análisis sicológico, vivencial y social del ser humano ante distintas situaciones, pero sobre todo en el matrimonio. Yo que he coqueteado con ese status, sentí que es una reflexión excelentemente lograda, y necesaria quizás para quienes deciden compartir vidas, camas, almohadas, futuro. Al final resulta que Javier Marías nunca ha estado casado.

¿Lo más impactante? la apertura: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto del baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”…

La Ignorancia, Milán Kundera

“Todos somos ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”. La frase es de Einstein. Sí, sigo en la dura tarea de salir de la ignorancia a través de la lectura. Cada día siento que hay más cosas que no sé. Lo dijo Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. Más allá de a qué se refería y cuál es la interpretación que la filosofía ha querido darle, para mí queda claro…

En mi insaciable necesidad de usar el tiempo en algo útil, de no permitir que la vida siga transcurriendo sin acontecimientos -como diría un poeta al que admiro-, me llevé La ignorancia, de Milán Kundera, de los anaqueles de casa de esa amiga cubana que cubre algunas de mis necesidades, aunque mi librero esté repleto de libros por leer. Ella tiene la colección completa de Kundera, y yo no puedo estarme quieta cuando voy su casa, que fue también mi casa.

Una emigrante checa en París es la protagonista. Una mujer que no sabe qué hacer cuando el comunismo soviético termina y todos parecen exigirle que regrese. La condición de emigrante y de extranjera en su propia tierra, después, marcan el hilo conductor de varias historias que se originan en diferentes ciudades y se entremezclan en Praga.

Cuando estaba recién llegada a París, con su esposo, un hijo y otro en la panza, nadie quería saber sobre los acontecimientos de su ciudad natal que los obligaron a escapar. La sociedad francesa no tenía curiosidad alguna de su drama. Al regresar a Praga, 20 años después, a sus viejas amigas y conocidos no les interesaba lo vivido en esas dos décadas fuera, sino los pocos y desintegrados recuerdos que aún compartían. “Me quieren extirpar 20 años”, pensaba ella,… A nadie parece importarle la vida de nadie, en ello se sustenta La ignorancia, ¿y acaso sea cierto?

Cómo autoexiliada no puedo no identificarme con los fenómenos sociales que ocurren en el tránsito entre una ciudad y otra, un país y otro, la vida, el tiempo, los acontecimientos (más o menos relevantes), esa sensación de que un día eres de todas partes o de ninguna.

Una obra digna de este autor, fácil de leer, corta, amena, bien narrada.

Otra reseña del autor:

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2014/06/la-vida-esta-en-otra-parte-milan-kundera/

El cuerpo expuesto, Rosa Beltrán

“Solo al final de una vida sabes a qué y para qué te has adaptado”

La teoría de Charles Darwin de la evolución de las especies a través de la selección natural (por adaptación), sus viajes a las islas donde recopiló las especies o especímenes necesarios para, 20 años después, publicar El origen de las especies son elementos que conviven con y a pesar del hombre mismo. Ni Dios niega ya lo que la capacidad de observación humana ha conseguido y la ciencia, afrontado. Este es uno de los principios de los que parte Rosa Beltrán en El cuerpo expuesto.

Sin embargo, en su obra conviven dos historias, la del maestro del naturalismo y la de su “último seguidor”, un hombre moderno que, a través de un sitio en internet, intenta completar los estudios de Darwin: las especies que no se adaptan, desaparecen, las que sí, evolucionan. Pero el hombre es la única que, “al tiempo que se expande, involuciona”.

Una novela rara, apasionante, que me llevé al Pacífico mexicano después de que un amigo la trajera a mi hogar, en calidad de préstamo, firmada por el puño de su autora. Honor que no me tocaba, pero que tuve la gracia de degustar juntos a los vinos de la Baja California.

Al término de su lectura dormí como hacía meses no lo hacía, apaciguada por la brisa del viento que entraba por el balcón de mi cuarto de hotel, en una tarde cálida. Esto, después de haber eliminado definitivamente la ilusión, acaso la presión de creer que nosotros, hombres y mujeres, somos la raza, la especie superior de este planeta.