A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

MARCELO RUBIO PRESENTA LO QUE TRAE LA NIEBLA

“Lo que trae la niebla” o el campeón que no quiere la corona

Marcelo Rubio, argentino, conductor del programa radial Kriminal Mambo, AM350, autor de varios libros de cuentos, presentó su primera novela el pasado mes de junio, publicada por Indómita Luz. La historia está atravesada por la política, el humor delirante y una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. Fractura, suplemento literario de APU, estuvo presente en el lanzamiento. Esta crónica se publicó originalmente en www.agenciapacourondo.com.ar, escrita por Claudia Sobico, y hoy ambos, la agencia y Claudia, lo comparten con A4manos. Y A4manos lo comparte con sus lectores porque es un relato que hay que leer, sobre una novela que hay que leer: LO QUE TRAE LA NIEBLA.

 

 

Lo que trae la niebla

Lo que trae la niebla

 

La cita fue el 16 de junio a las 21 en El Emergente Bar Cultural, ubicado en Gallo 333. Llego diez minutos tarde. Una pareja amiga me recibe con una sonrisa y un tinto en la mano a modo de festejo por adelantado. Sigo caminando, se suman los abrazos, somos varios. Encuentro a Marcelo Rubio y a modo de saludo me muestra su bufanda verde a tono con la camisa, marca de su elegancia y sensibilidad ajustada a lo que acontece en este invierno verde de nuestro país. Yo llevo el pañuelo atado a mi cartera. Reímos cómplices.

Marcelo está a punto de presentar Lo que trae la niebla, su primera novela.  Entramos. Hay una mesita pegada a la puerta con el libro en venta y ejemplares rojos de Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me gusta. Hay mucha gente y me cuesta avanzar. Sobre el escenario el micrófono luce tres banderas, la del aborto, la del orgullo y la de la lucha contra el cierre de los profesorados. Banderas como marco a las voces que se alzarán en unos minutos. Detrás, un contrabajo y un teclado.

La lectura de los primeros párrafos de la novela abre la velada. Escuchamos sobre Oscar Raimondi, periodista de “Segundos afuera” quien acepta “sin rezongar” cualquier tipo de cobertura por temor a ser uno más en la oleada de despidos. Esta vez lo mandan a un pueblo lejano a entrevistar a Ruiz, un boxeador que abandona una pelea a punto de vencer a Muhammad Alí hace ¡cuarenta años!

Después llegan las voces que presentan, más lecturas y música, todo como un coro que dirige Rubio con su dedo índice cuan director de orquesta, con la misma simpleza y precisión con que escribe su obra. El escritor Diego Meret dice: “Con Lo que trae la niebla, el autor practica la concentración y una determinada modestia que creo es también para Marcelo una metodología de trabajo. Si bien su prosa es rítmica y trabajada, se nota en el texto la presencia de una modestia que no es pose, porque tampoco hay alarde. Es una simpleza natural, una forma de escribir que acaba formando lo que podemos llamar un estilo propio y con el golpe de un escritor de verdad”.

Nuestro protagonista, Raimondi, es también un periodista “de verdad”. Desde el momento en que sale a la ruta con su Renault precario se centra en la tarea y lucha contra esa niebla que no le permite siquiera encontrar a Ruiz. ¿Hay complicidad entre la gente del pueblo de Laguna Profunda? ¿Qué le ocultan? ¿Qué pasó con el agua? ¿Cuándo viene el barco?  ¿Se burlan de él acaso?

La escritora Silvina Gruppo cuenta algunas de las contingencias que tendrá que atravesar Raimondi: “No hay laguna, ni Internet, ni señal de teléfono, ni agua, ni alimento que no sea a base de conejo, ni dinero, claro. Los oficios originales de ese pueblo fueron mutando. Por ejemplo, el periodista pide un remís y cuando sale a la puerta del hotel, está el patrullero y el comisario se presenta y le dice que bueno, que la cosa está difícil, que suba nomás, que está haciendo una changa con el móvil. Y así pasa con todos, la bruja ahora hace artesanías, la puta mantiene una jardinería de cotillón, los cazadores perdieron la licencia y nuestro periodista, no le queda otra, en lugar de investigar a Ruiz, se vuelve el narrador de esta historia”.

Lo que trae la niebla planta ya en el primer párrafo, lo que atravesará toda la novela: humor delirante y al mismo tiempo, una profunda empatía por los trabajadores en eterna crisis. “Voy a confesar que la risa que se me dibujaba mientras leía era amarga. Sabía que me reía por el absurdo mismo al que nos obliga la supervivencia. En el uso de esta risa rancia, Marcelo construye una novela fuertemente política que exhibe e interpela la realidad cíclica de crisis que vivimos en Argentina”, expresa Gruppo.

Después el editor Iván Ardiles describe a la editorial que tiene un costado  político potente. No es casual que Rubio haya elegido publicar su libro por Indómita Luz, editorial que forma parte de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular.

Marcelo cierra la velada con agradecimientos y la promesa de no silenciar la voz nunca. “No vamos a callarnos”, dice. Siguen los aplausos, la firma de ejemplares, la foto grupal, más abrazos y una cena que nos tendrá compartiendo charlas y risas en una pizzería de Corrientes hasta muy tarde. Nadie parece tener ganas de irse aunque haga frío y nos envuelva la niebla.

Biografía:

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Es autor de los libros de cuentos Fútbol sin tiempoNueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva, Cuentos de la Strada.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN:

http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/lo-que-trae-la-niebla-o-el-campeon-que-no-quiere-la-corona

 

Poeta Félix Guerra

Félix Guerra: el invitado al éxtasis de la mirada

El poeta es sin duda el que mira, el que lleva sus ojos a ver. Desde  las Metamorfosis de Ovidio para acá, el poeta ha sido el invitado a verse a sí mismo, a contemplarse en las aguas detentadoras del mundo, sin que —no siempre—, lograra atisbar el mundo. Pero en este trayecto de siglos aprendió a botar la cáscara, a librarse de la erótica seducción con que alguna vez se disfrazó de nenúfar blanco. Dejó de ser el simple merodeador acuático que se contagia con el  inaccesible reflejo que aparece en la fuente. Trastocó la mirada mítica en la búsqueda encarnadora de una conciencia de sí mismo más que en el regodeo de una imagen propia. Esto le permitió desculpabilizarse del error, declararse libre, metamorfosear la soledad de su visión e ir más allá, salir fuera de sí: salir de la locura narcisista, lo cual hizo posible que renaciera como poeta. Fue su salto mayor, porque encontrarse con los demás, fue encontrar nuevamente su voz, saberse parte de un universo humano que se expande, adentrarse por fin en su realidad esencial.

 

Ese tránsito de dos mil años en la poesía de occidente se ha convertido el narcisismo en una mala palabra. Sin embargo, Félix Guerra, en el poemario El invitado soy yo, lo asume y resume de un plumazo, reivindicando así, sin complejos, el acto de la creación de apariencias como fundamento necesario del arte. Qué alivio, la poesía existe. Desde el primer poema, El invitado… no tiene a menos reconocer que viene de ahí, de esa agua discursiva, de esa imagen huidiza que, en su caída, luego de una extraña resurrección, se metamorfoseó  en la flor.

 

                        nací

de una silenciosa flor,

de pausadas cáscaras

oscuras: en cada derrumbe descubrí

recientes huesos míos creciendo

entre las ruinas, como hojas

de paisaje todavía

sin árbol primordial.

 

Solo que la fuente a la que él ha sido invitado, no es aquí punto a donde se llega, sino impulso primigenio del cual se parte en este libro extraordinario, dador de hermosura. Félix parte de esa mirada que él recupera y trasciende. La hace suya. Pero, al mismo tiempo, hace algo inusitado: convoca a todas las miradas.  Como no siente vergüenza de ninguna, ensancha con la hereje la pupila, mira incluso a contracorriente, vuelve atento el ojo, como antes Valéry, Gide, Mallarmé, a las delicias introspectivas del inagotable Yo, para llegar, en apoteosis, a ese fuera con el cual, en tanto que ve, establece un fructífero intercambio, y en tanto que le posibilita verse, entraña el reconocimiento de que el otro (o la otra) es la representación de sí mismo.

 

       Cuesta

admitirme como soy.

Sin el espejo no veo la nariz, que

desvía al sur. No veo el Sur

justo cuando cruza sobre el eje de mi cuerpo.

Un ojo no ve el ojo hermano compañero.

 

Intercambio. Apasionado trasiego de lo visible y lo invisible. Asume la mirada sin ningún tipo de remilgos,  pues tal éxtasis le concede la gracia de salir al yo, al tú o al universo “con un proyecto de pulmón ajeno”. Es decir, valiéndose del otro, va, realizado, “en busca de suspiros propios”. Para él no hay culpa ni engaño. Su poesía no se debate entre la verdad y la representación de ese reflejo originario. Lo que está delante, invitándolo, es el mundo, que le permite, por un lado, gozar de la soledad y, por otro, de la compañía de todos los seres y cosas que pueblan el planeta. Y como para que no quede ningún rescoldo de ambigüedad, en el poema “Por si llegara”, lo declara categóricamente.

 

Soy parte, pues, de algo

considerablemente mayor. Cambio del

yo al tú y además movimientos de

alfiles por una diagonal.

 

No hay fronteras. Es un vaivén. Cada poema es un ir y venir por el hallazgo. La palabra rivaliza con el ojo cuando se realiza el paso de lo interior a lo exterior, o viceversa. Félix mira con la palabra, oye, hace guiños, salta, la pone a reír, a darse prisa, a cantar entre sus dedos, le pone zapatos para que camine a paso lento, anteojos para que le ponga más rápido asunto al mundo o para que, en apretada sinopsis poética, como si hiciera un zoom, alcance la plenitud por medio del humor:

 

Son rirriquísimas

las tototortas

del tartamudo.

 

O mediante sutiles paradojas:

 

Para cada abismo

un bastón diferente

de candor

 

O con  furiosas antítesis:

 

A menudo ella es más rápida

con el puñal

que yo con las heridas.

 

Son jalones de una identidad mayor. Con ellos desafía la condena con que acaba el mito de Ovidio y los valores consagrados. No hay dudas de que, como otrora Narciso se asomara a la fuente, Félix Guerra se asoma a la palabra con el fin de dar el paso completo de la mirada a la forma.

 

En el líquido percibí

imágenes que deletreaban:

aquí escribieron

río

con  agua muy larga.

 

Pueblito macondiano

Yo que nací en Maconco, escribo…

Muchos años después, atrapada por la vida y las circunstancias, habría de recordar aquella tarde remota en que mi viejo me dio a leer un libro: Cien años de Soledad. Su autor era mi tocayo, y sus historias de gitanos arrabaleros que traen el progreso las había vivido yo en un pueblo antillano, en plena crisis desde que sus habitantes tenían memoria y cualquiera pasaba vendiéndote la más inesperada miscelánea a precio de lingote de oro. Lo que traían no nos hacía una mejor sociedad, pero nos permitía subsistir.

En mi pueblo las vacas tampoco se hacían fecundas con el amor, al contrario, se les consumían las ubres en los meses de sequía por la falta del buen pasto, pero los niños sí salían con colas de puerco, pelos en la cara y pitos pequeños, a causa del cruzamiento entre familias. Allí todos se conocían desde siempre, y aunque los hombres eran capaces de matarse por una mujer, o entre alcoholes por cualquier tontería, a la mañana siguiente volvían a ser hermanos en la dura tarea de perpetuarse. Se abrazaban, perdonando las injurias de la noche anterior, y se iban arrastrando los pies hasta los sembradíos. Todo, excepto la pretensión, era olvidado.

En la casa familiar, el abuelo hacía saltar la tierra de los corredores en busca de un tesoro que le dejaron sus tatarabuelos, y que, aseguraron, estaba enterrado en alguna parte. Yo tenía la impresión de que mi abuelo había leído también aquel libro, y por eso esperaba encontrar los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía. Así es que cuando enloqueció del todo, no se me hizo mal amarrarlo al castaño y leerle las historias del coronel, de Úrsula Iguarán y de toda la fantástica descendencia; de esa estirpe condenada y sus cien largos años de soledades. Entonces me miraba, con los ojos nublados y la sonrisa sin dientes de sus casi noventa años, y yo dejaba que el cielo se nos cayera encima, porque él parecía feliz y para que las madreselvas nos crecieran entre los pies.

También Maíta se estaba volviendo loca. Se la pasaba escupiendo entre los pasillos, y sus escupitajos servían de abono a las madreselvas. Había decidido no hablar desde que viera partir a los hijos de su tierra loma abajo, con balsas hechas de tanques de agua en los hombros, cantando canciones de guerras ajenas y dispuestos a echarse al mar para huir de lo que fuera que estuviera sucediendo. Sin embargo, los demonios empezaron a habitarla el día que parada en la puerta de su cuarto, con el alma hecha jirones, le dije que yo también me iba. Su mirada nunca más recuperó el brillo de las hechiceras, porque de que era bruja, nadie tuvo nunca dudas.

En mi pueblo pasaba todo. El cielo llovía como desquiciado, las mujeres se volvían putas desde los doce años, los hombres alcohólicos y los viejos dementes. Cuando las abuelas se morían, se quedaban pululando los corredores de las casas vacías, y los gatos echaban cría en las esquinas mugrosas, a expensas de alimentarse de cucarachas y moscas, porque los ratones se habían ido a vivir a otro sitio menos hambriento.

Cuando el diluvio caía, nos subíamos a los tapancos y escaparates y dejábamos el agua correr entre los tablones de las casas, que se podrían de a poco y había que cambiarlos casi todos los años, ya fuera por el agua o por el comején. El agua se llevaba los malos augurios y los conflictos del pueblo, que no tardaban en regresar con el sol y la seca y la sed.

Allí, en medio de aquella insondable soledad de pueblo que era mi Macondo, me enamoré de un Buendía y el amor me hizo comer la tierra infértil hasta que se me rompieron los dientes. Luego casi pierdo la razón cuando la abuela me dijo que no me iba a casar y que mi hombre iba a morir en una batalla. Unos meses más tarde se lo comieron los tiburones tratando de cruzar el mar para llegar a tierra firme, y yo enfermé de tristeza.

Escribo para que se me olvide que nací en ese pueblo maldito, y que sus pasos, los de mi Buendía, ya no van a aparecer entre las cañadas verdes con flores medio marchitas en las manos; que quizás yo tampoco volveré a transitar los canales desiertos de la infancia ni a angustiarme porque el abuelo tiene la intención de marcharse con el primer gitano que llegue. Escribo para que se me olvide que si los alcatraces regresan a volar sobre la bahía, no es porque Macondo se está salvando del olvido, sino porque desde que llueve, solo los pájaros son capaces de buscar refugio en esas marismas perdidas de Dios.

Comala

Largo viaje a Comala

Libro: Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá iba a encontrar la inspiración que llevaba buscando ya tantos años, cuando leí, por la adolescencia, las historias de un tal Pedro Páramo, creación de otro tal Juan Rulfo. Yo ya era una buena lectora y los relatos de un pueblo por cuyo polvo murmullaban los fantasmas, y se fabulaban en vidas que a veces eran no más que apariciones, me laceraban cada poro de piel, compadecida por aquellos personajes que se me antojaban reales. Entonces no tenía idea de esta magia rara en la que un libro puede cambiarte la vida. Pero Pedro Páramo ya estaba haciendo sus estragos en mis entrañas de escritora diletante.

Aquella realidad cruenta y a la vez real, en donde descansa la historia de un país que por adopción me cambió luego los destinos, fue lo que me hizo atravesar los mares y, en un andar que no acaba, buscar la Comala de mis sueños. No me puedo imaginar la vida de un escritor sin haber bebido de los pozos secos donde don Pedro dejó sus vástagos; y yo, antes de cargar siquiera la mochila o algún libro de cabecera, me eché al lomo la certeza de que había nacido para escritora.

Al salir a mi exilio definitivo, con la conciencia del no regreso, los derroteros del camino me trajeron a esta tierra mexicana a la que aprendí a querer desde las páginas de un libro, por las que transitaban cerros yertos y cielos vacíos. Entonces estaba ya inexorablemente ligada a Comala. Yo había sufrido mis propios Comalas en la isla —Cuba—; entendía aquellos parajes inclementes, y por mis venas fluían, sin saber cómo llegaron allí, los fantasmas vivientes de hombres y mujeres que habían merodeado los plantíos desiertos de los altos de Colima. Pero sobre todo, mi pluma revivía los pasajes de aquellas memorias que me reventaban dentro, tan fuertes, como goterones en el polvo de los agros baldíos.

Un día, dispuesta a desafiar mi romántica alma con historias de aparecidos, el camino me llevó finalmente a ese pueblo donde nacieron los personajes de Rulfo, porque su escenario, ya había comprendido, era el de las vastas serranías mexicanas, donde el sol y el campo yermo transforman a su gente, hasta convertirlas en ánimas.

En la Comala de hoy, con muchos años de peregrinaje a cuestas, encontré un pueblo caliente, donde las cenizas del volcán han provocado la apostura de las flores y la fecundidad de los cultivos; por cuyas calles coloridas se pasea el gentío y las comaltecas, que, aseguran, son las mujeres más bellas. “Si Rulfo volviera a vivir, en estos cien años de su nacimiento, tendría que escribir otra novela, caray”, pensé. Pero casi inmediatamente me di cuenta de que era yo quien ahora estaba investida de tal suerte.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo vine a Comala por la encomienda que me diera el hijo de don Pedro, de describir, pretensiosamente escribir, la vida de un país en el que no nací, pero que ya está ligado a mi corazón por hebras de acero. La danza onírica de las ánimas rulfianas me acompaña, aunque mi pluma sea demasiado frágil para los encumbrados anhelos a los que me siento obligada. Sin embargo, me aprehendo al principio de que el autor debe estar, al menos, en la misma ladera de montaña que su obra, y continúo este camino solitario atada a la certidumbre de reconstruir esos “paraísos” con los que algunos grandes maestros lograron trastocar el viaje de los nobles mortales, acaso quijotes de sueños imposibles, como hoy me siento.

 

Bahía de Sal

En La Educación Sentimental, Gustave Flaubert relata el proceso de crecimiento y maduración de un par de jóvenes franceses. En el epílogo de la novela, los amigos recuerdan una visita infructuosa al burdel, y reflexionan que no se daban cuenta entonces, pero eran felices. Esa obra es uno de los grandes ejemplos de lo que se ha dado en llamar Bildungsroman, término alemán que designa a las novelas que tratan justo sobre la educación sentimental de sus protagonistas.

Con Bahía de Sal, obra ganadora del premio Juan Rulfo a Primera Novela (INBA, México, 2016), Gabriela Guerra Rey nos entrega una novela de crecimiento y maduración en el duro contexto de un rincón del Caribe. Todo parece conjurarse para que la familia de María de la Sal, su protagonista y narradora, encare situaciones cada vez más difíciles. A pesar de las lluvias torrenciales de temporada, el lugar es árido y hostil, y contra esa naturaleza endiablada despunta la vida con todos sus ritos, sus miserias, sus hallazgos.

Como todos los libros que verdaderamente valen la pena, Bahía de Sal admite y merece diferentes lecturas, incluyendo la económica y la social, pero quizá donde más cuerdas toca en este lector es en su dimensión de género. Las mujeres de ese lugar desdichado son las que le dan estructura, vida y sentido a la población. Más importante aún, son las que libran las batallas decisivas para que permanezca en pie, y también las que deciden cuando ha llegado la hora de armarse de valor y abandonarlo, casi seguramente para siempre…

 

Leer la reseña completa en:

https://www.isliada.org/bahia-de-sal/

La metamorfosis continúa…

Fragmento de Tres en una taza, Froilán Escobar

A Lezama, los enfermeros tampoco podían sacarlo de su casa por la puerta, porque: hinchado por la fiebre y porque los riñones no le drenaban, estaba lleno de líquidos y de presagios oscuros. Ni siquiera Lezama entendía cómo aquello de lo que él había sido parte, ahora lo abandonaba. Cómo los amigos habían dejado de venir a verlo. Él, el viajero inmóvil, a pesar de su experiencia de solitario, no podía lograr que los opuestos se resolvieran en forma de cercanía para darle un sentido a lo perdido. Su verdad ya no podía ser conversada. Las cosas que se hablaban de él eran, ahora, un enemigo rumor que crecía. Por eso cuando su esposa le preguntó: Ay, Joseíto, ¿qué podemos hacer? El dijo: Tranquila, María Luisa, tranquila, porque no tenía otra respuesta. Ninguna de las eras imaginarias era suficiente para sostener su débil columna de humo. El viento aciclonado, que se lo llevaba todo, se lo estaba llevando también a él. Trastabillaba por la sala. Se sentaba en su sillón y le daba vueltas al tabaco como si descifrara la metamorfosis de la noche insular, hasta que el humo, que trepaba como enredadera, lo envolvía y lo dejaba en sus jardines invisibles. Podía verse, en el claroscuro de su casa, cuando chupaba el tabaco dándole vueltas entre sus dedos de manera acezante como si se ahogara, que el humo, en su acumulación, lo borraba del sillón, se lo tragaba. Ay, Joseíto, le decía María Luisa, la mujer, no sigas fumando así que ya casi no te veo. Pero después volvía a aparecer con una nueva imagen y se reía. No temas. La metamorfosis continúa. La única realidad es la transformación constante. Entonces saboreaba de nuevo otra bocanada haciendo girar el tabaco, y hacía gala de la ambigüedad de sus expresiones para dejar atrás cualquier significación directa. Y concluía: Parece que estamos leyendo el Libro de los Muertos, porque ya siento en la boca el sabor de los pasteles de azafrán.

Leer también:

Tres en una taza

Tres en una taza, ¿o cuatro?

Tres en una taza, ¿o cuatro?

¿— la desaparición de la memoria en

un país que invoca su historia con la misma insistencia que

la niega?

Luis Manuel García

 

Insisto: el protagonista de las obras de Froilán Escobar sigue siendo el lenguaje. Puede que la novela Tres en una taza-que acaba de publicar Ediciones Bagua, en Madrid-, trasmita un matiz ensayístico; quizá la incursión en el inconsciente, que implica ese desdoblamiento de sí mismo en dos vertientes,la conviertan en una pieza sicológica; algunos pensarían que la apoteosis definitiva de ese viaje en “guagua” que une a tres personajes en un debate de identidades, es portadora de varios elementos del thriller;otros recibirán el hilo del relato como un texto biográfico; la mayoría, creo, la va a tomar como un ejercicio literario de gran alcance en el cual conviven la poesía y la prosa tanto como lo hacen Tú, Yo, B, en términos que a veces recuerdan la crónica y otras hacen uso del más poético monólogo interior o muestran los vericuetos reflexivos en sus variados planos.

Pero al margen de cualquier clasificación, encasillamiento tal vez, Tres en una taza es una escritura libre y lo que la hace libre es el lenguaje. Sólo él puede trasmitir con tal intensidad sentimientos y emociones ligados a hechos reales, tanto como irrealidades y fantasías vinculados a la imaginación. Sólo ese particular lenguaje, que ya es estilo en Froilán,es capaz de penetrar el laberinto sicológico que se abre en dos protagonistas enfrentados en un combate por la inspiración-mujer que desean ambos amantes, y, adicionalmente, incorporar a la “guagua” como un mirador humano, inasible para los censores, desde el cual se contempla el deterioro contextual y se asumen los dolores de las despedidas. Un recorrido por la ciudad de calles íntimas, incrustadas en ese sistema circulatorio que nos mantiene despiertos frente a la lectura.

El lenguaje funciona entonces como un factor adictivo que engancha al lector hasta el final, para saber qué pasa con estos tres, incluso cuatro. El lenguaje obliga a disfrutar la descripción de los últimos momentos de Lezama, su tránsito hacia la muerte, con un desenfado que evade las lamentaciones, tal como él habría querido.

Novela de homenajes y de críticas. Saldo de una generación que hoy ha tomado el deber de preservar, incluso rescatar, la memoria; retomarla, para legar el testimonio de su experiencia a quienes habrán de juzgar lo que pasó, lo que nos pasó, sin haberlo vivido.

Novela de pensamiento y de expresión de esa necesidad de mirar la realidad desde varios ángulos para poder recuperarla, completarla, finalmente comprenderla, porque sin hacerlo hay una generación, la del autor, que no podría seguir su camino. Porque de lo que se trata es de encontrar respuesta a las mayores preguntas que muchos nos hacemos: ¿Por qué hicimos lo que hicimos? ¿Porqué nos entregamos, gozamos, creímos, convocamos, participamos, luchamos, construimos, disfrutamos, amamos, militamos, soportamos? ¿Por qué fracasamos? ¿Renunciamos? ¿Por qué?

Estos personajes responden a algunas de esas preguntas. Uno desde la realidad, el otro a partir de lo imaginado. La verdadera metáfora yace en B, la inalcanzable B, la soñada, ¿será una mujer?, ¿será la inspiración?, ¿una causa?, ¿o todo a un tiempo? La B que este autor nos pone delante tiene la posibilidad de ser creada, porque se trata de la quimera particular de cada quien. Su enigma,añade a la novela una puerta a la participación del lector en ese recorrido provocador que se proyecta al describir,en el diálogo continuo de los dos ramajes de su protagonista, los variados ángulos de un mismo camino. El intercambio establece las diferencias al tiempo que ilustra la observación de la realidad sufrida y la realidad imaginada,para arrojar una visión que se completa en un punto único: B.

Ese punto B que encarna lo imposible y, pese al clímax del ayuntamiento definitivo, es depositario de la frustración y el dolor ante lo que fue inalcanzable. Ese punto, que en su reflexivo silencio intenta descifrar la injusticia frente a una condena sin causa; porque el propio autor se niega a aceptar, por inverosímil, un pecado que sólo es explicable en la apología, el culto a la personalidad, la condición del intocable. Y el Yo escritor es acorralado en ese rincón adónde van a parar “los criminales que no han cometido ningún crimen”, tal cual dejó dicho el gran Vasili Grossman en ese tratado sobre el totalitarismo que es su novela Vida y destino.

Lectura para todos, pero imprescindible para aquellos que creen que olvidar es más sano, cuando lo verdaderamente curativo es recordar. Porque sólo la memoria hará útil la experiencia vivida como parte de esa historia integral que debemos recuperar entre todos, sin omisiones, sin ausencias, sin censura.

 

Leer también:

Tres en una taza

Tres en una taza

En los años sesenta en Cuba, tras el triunfo de la Revolución, creció una generación de intelectuales, artistas y escritores, cuyas obras, publicadas o no, marcaron una etapa fundamental en la literatura y la cultura cubanas y latinoamericanas. Con el despertar artístico, llegaron las censuras, los errores, las partidas, las migraciones; resultado de un proceso que no estaba destinado a salir bien, porque no tenía modelo que seguir. Hoy esa generación está dispersa, como todas las que le sucedieron; dispersa en el mundo y dispersa en el recuerdo.

 

Leer texto completo en Isliada:

 

 

El lector de Julio Verne, Almudena Grandes

El primer libro que metí en mi maleta antes de salir a este “largo” viaje fue El lector de Julio Verne, segundo de la trilogía “Episodios de una Guerra Interminable”. Lo escogí porque son extensos libros sobre un tema que me sigue fascinando: La Guerra Civil Española y el Franquismo; también porque necesitaba algo que me durara por lo menos la mitad del viaje (en eso fallé). Mi idea era no cargar demasiado, y dejar espacio y peso a los nuevos libros que seguro compraría. La última de mis razones, y en realidad la más importante, es que yo por fin iba a conocer la Madre Patria. De hecho, los dos libros que decidí traer, hace ya varias semanas, eran de dos escritores españoles.

El Lector de Julio Verne lo terminé antes de que se acabara la segunda semana, y suficientes días antes de pisar Cataluña. Lamenté entonces habérmelo bebido tan aprisa, pero eso ya no tenía remedio. ¿Qué puedo decir?, lo aniquilé con tanto ímpetu como cuando leí el tercer libro de la trilogía: Las tres bodas de Manolita, también reseñado en este espacio.

El lector… se cuenta desde la voz de Nino, el hijo de un guardia civil, de nueve años, que vive en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra Sur de la provincia de Jaen. Un niño, que era como todos los niños hasta que conoció a Pepe el Portugués, en el verano de 1947, y su vida, aunque parezca lugar común, cambió para siempre. Un niño sensible que aprendió de cuál lado de la justicia quería estar, y hacia quién iban dirigidas sus lealtades.

Las clases de mecanografía en el cortijo de las Rubias serán decisivas en la formación de Nino, que como narrador de la novela le aporta el valor histórico y la ternura de ver hechos muy graves desde la ingenua infancia: desde la lucha por la justicia, la dictadura, la tortura, incluso el asesinato, hasta el amor a su gran amigo, sus padres o a la niña de sus primeros sueños, además de las aspiraciones, temores y anhelos frente al porvenir.

Ahora, cuando pienso en el regreso a casa, recuerdo que el primer tomo de “Episodios de una Guerra Interminable” está en mi librero, gracias a un amigo, y eso reconforta aún más la vuelta al hogar y el reencuentro con ese mundo que es mi mundo, y que por momentos se ha quedado solo en el plano de los recuerdos. Para hacerlo como me ha dado la gana, he leído los libros de atrás para adelante, pero estoy segura de que cualquiera puede leerlos en el verdadero orden. Y espero que, “aun así”, los disfruten tanto como yo. El secreto de todo está, claro, en las páginas de un libro de Julio Verne y en el propio terrible camino de Nino hacia la madurez.

Si esto es un hombre, Primo Levi

La historia se construye a medida que pasa el tiempo y nos parece un poco más absurdo lo que fuimos capaces de hacer.

Si esto es un hombre es un libro que leí por referencia de otro: El Impostor, de Javier Cercas, que recientemente reseñé para este espacio. Cercas cuenta a su hijo una anécdota de Primo Levi: que a la hora de almorzar en Auschwitz la vida dependía de la profundidad del cucharón en la sopa; si este tocaba el fondo o solo la superficie podía definir la demacrada línea entre la vida y la muerte.

Efectivamente, en Auschwitz, en los lagers, en los campos de concentración nazis, un ruido, un susurro, un olor, una presencia inesperada, la suerte, el azar, un sí, un no determinaban esa frontera delgadísima. También las simples ganas de vivir o de morir.

Hay suficiente bibliografía del espanto para tratar de comprender qué siente un hombre cuando sus esperanzas están totalmente consumidas, cuando no sabe si habrá mañana o si el mañana valga la pena; ello no ayuda, sin embargo, a eliminar nuestra obstinada ignorancia sobre lo que no hemos experimentado en carne propia. Una reflexión sobre esto abre el libro, en forma de poema, que luego va a desgajarse en el testimonio de las más terribles y temibles circunstancias que acompañaron a aquellos hombres durante los últimos meses de la guerra en el peor campo de exterminio judío…

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas al vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Aquellos hombres retaron a la muerte sin estar seguros de ser capaces siquiera de sobrevivir el invierno. El invierno sería el penúltimo de los obstáculos antes del fin del horror; la liberación, el último. Muchos de los que desafiaron las impávidas heladas polacas sin abrigo, sin alimento, sin fuerzas, murieron camino a la libertad.