A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Pueblito macondiano

Yo que nací en Maconco, escribo…

Muchos años después, atrapada por la vida y las circunstancias, habría de recordar aquella tarde remota en que mi viejo me dio a leer un libro: Cien años de Soledad. Su autor era mi tocayo, y sus historias de gitanos arrabaleros que traen el progreso las había vivido yo en un pueblo antillano, en plena crisis desde que sus habitantes tenían memoria y cualquiera pasaba vendiéndote la más inesperada miscelánea a precio de lingote de oro. Lo que traían no nos hacía una mejor sociedad, pero nos permitía subsistir.

En mi pueblo las vacas tampoco se hacían fecundas con el amor, al contrario, se les consumían las ubres en los meses de sequía por la falta del buen pasto, pero los niños sí salían con colas de puerco, pelos en la cara y pitos pequeños, a causa del cruzamiento entre familias. Allí todos se conocían desde siempre, y aunque los hombres eran capaces de matarse por una mujer, o entre alcoholes por cualquier tontería, a la mañana siguiente volvían a ser hermanos en la dura tarea de perpetuarse. Se abrazaban, perdonando las injurias de la noche anterior, y se iban arrastrando los pies hasta los sembradíos. Todo, excepto la pretensión, era olvidado.

En la casa familiar, el abuelo hacía saltar la tierra de los corredores en busca de un tesoro que le dejaron sus tatarabuelos, y que, aseguraron, estaba enterrado en alguna parte. Yo tenía la impresión de que mi abuelo había leído también aquel libro, y por eso esperaba encontrar los pescaditos de oro del coronel Aureliano Buendía. Así es que cuando enloqueció del todo, no se me hizo mal amarrarlo al castaño y leerle las historias del coronel, de Úrsula Iguarán y de toda la fantástica descendencia; de esa estirpe condenada y sus cien largos años de soledades. Entonces me miraba, con los ojos nublados y la sonrisa sin dientes de sus casi noventa años, y yo dejaba que el cielo se nos cayera encima, porque él parecía feliz y para que las madreselvas nos crecieran entre los pies.

También Maíta se estaba volviendo loca. Se la pasaba escupiendo entre los pasillos, y sus escupitajos servían de abono a las madreselvas. Había decidido no hablar desde que viera partir a los hijos de su tierra loma abajo, con balsas hechas de tanques de agua en los hombros, cantando canciones de guerras ajenas y dispuestos a echarse al mar para huir de lo que fuera que estuviera sucediendo. Sin embargo, los demonios empezaron a habitarla el día que parada en la puerta de su cuarto, con el alma hecha jirones, le dije que yo también me iba. Su mirada nunca más recuperó el brillo de las hechiceras, porque de que era bruja, nadie tuvo nunca dudas.

En mi pueblo pasaba todo. El cielo llovía como desquiciado, las mujeres se volvían putas desde los doce años, los hombres alcohólicos y los viejos dementes. Cuando las abuelas se morían, se quedaban pululando los corredores de las casas vacías, y los gatos echaban cría en las esquinas mugrosas, a expensas de alimentarse de cucarachas y moscas, porque los ratones se habían ido a vivir a otro sitio menos hambriento.

Cuando el diluvio caía, nos subíamos a los tapancos y escaparates y dejábamos el agua correr entre los tablones de las casas, que se podrían de a poco y había que cambiarlos casi todos los años, ya fuera por el agua o por el comején. El agua se llevaba los malos augurios y los conflictos del pueblo, que no tardaban en regresar con el sol y la seca y la sed.

Allí, en medio de aquella insondable soledad de pueblo que era mi Macondo, me enamoré de un Buendía y el amor me hizo comer la tierra infértil hasta que se me rompieron los dientes. Luego casi pierdo la razón cuando la abuela me dijo que no me iba a casar y que mi hombre iba a morir en una batalla. Unos meses más tarde se lo comieron los tiburones tratando de cruzar el mar para llegar a tierra firme, y yo enfermé de tristeza.

Escribo para que se me olvide que nací en ese pueblo maldito, y que sus pasos, los de mi Buendía, ya no van a aparecer entre las cañadas verdes con flores medio marchitas en las manos; que quizás yo tampoco volveré a transitar los canales desiertos de la infancia ni a angustiarme porque el abuelo tiene la intención de marcharse con el primer gitano que llegue. Escribo para que se me olvide que si los alcatraces regresan a volar sobre la bahía, no es porque Macondo se está salvando del olvido, sino porque desde que llueve, solo los pájaros son capaces de buscar refugio en esas marismas perdidas de Dios.

Comala

Largo viaje a Comala

Libro: Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá iba a encontrar la inspiración que llevaba buscando ya tantos años, cuando leí, por la adolescencia, las historias de un tal Pedro Páramo, creación de otro tal Juan Rulfo. Yo ya era una buena lectora y los relatos de un pueblo por cuyo polvo murmullaban los fantasmas, y se fabulaban en vidas que a veces eran no más que apariciones, me laceraban cada poro de piel, compadecida por aquellos personajes que se me antojaban reales. Entonces no tenía idea de esta magia rara en la que un libro puede cambiarte la vida. Pero Pedro Páramo ya estaba haciendo sus estragos en mis entrañas de escritora diletante.

Aquella realidad cruenta y a la vez real, en donde descansa la historia de un país que por adopción me cambió luego los destinos, fue lo que me hizo atravesar los mares y, en un andar que no acaba, buscar la Comala de mis sueños. No me puedo imaginar la vida de un escritor sin haber bebido de los pozos secos donde don Pedro dejó sus vástagos; y yo, antes de cargar siquiera la mochila o algún libro de cabecera, me eché al lomo la certeza de que había nacido para escritora.

Al salir a mi exilio definitivo, con la conciencia del no regreso, los derroteros del camino me trajeron a esta tierra mexicana a la que aprendí a querer desde las páginas de un libro, por las que transitaban cerros yertos y cielos vacíos. Entonces estaba ya inexorablemente ligada a Comala. Yo había sufrido mis propios Comalas en la isla —Cuba—; entendía aquellos parajes inclementes, y por mis venas fluían, sin saber cómo llegaron allí, los fantasmas vivientes de hombres y mujeres que habían merodeado los plantíos desiertos de los altos de Colima. Pero sobre todo, mi pluma revivía los pasajes de aquellas memorias que me reventaban dentro, tan fuertes, como goterones en el polvo de los agros baldíos.

Un día, dispuesta a desafiar mi romántica alma con historias de aparecidos, el camino me llevó finalmente a ese pueblo donde nacieron los personajes de Rulfo, porque su escenario, ya había comprendido, era el de las vastas serranías mexicanas, donde el sol y el campo yermo transforman a su gente, hasta convertirlas en ánimas.

En la Comala de hoy, con muchos años de peregrinaje a cuestas, encontré un pueblo caliente, donde las cenizas del volcán han provocado la apostura de las flores y la fecundidad de los cultivos; por cuyas calles coloridas se pasea el gentío y las comaltecas, que, aseguran, son las mujeres más bellas. “Si Rulfo volviera a vivir, en estos cien años de su nacimiento, tendría que escribir otra novela, caray”, pensé. Pero casi inmediatamente me di cuenta de que era yo quien ahora estaba investida de tal suerte.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo vine a Comala por la encomienda que me diera el hijo de don Pedro, de describir, pretensiosamente escribir, la vida de un país en el que no nací, pero que ya está ligado a mi corazón por hebras de acero. La danza onírica de las ánimas rulfianas me acompaña, aunque mi pluma sea demasiado frágil para los encumbrados anhelos a los que me siento obligada. Sin embargo, me aprehendo al principio de que el autor debe estar, al menos, en la misma ladera de montaña que su obra, y continúo este camino solitario atada a la certidumbre de reconstruir esos “paraísos” con los que algunos grandes maestros lograron trastocar el viaje de los nobles mortales, acaso quijotes de sueños imposibles, como hoy me siento.

 

Bahía de Sal

En La Educación Sentimental, Gustave Flaubert relata el proceso de crecimiento y maduración de un par de jóvenes franceses. En el epílogo de la novela, los amigos recuerdan una visita infructuosa al burdel, y reflexionan que no se daban cuenta entonces, pero eran felices. Esa obra es uno de los grandes ejemplos de lo que se ha dado en llamar Bildungsroman, término alemán que designa a las novelas que tratan justo sobre la educación sentimental de sus protagonistas.

Con Bahía de Sal, obra ganadora del premio Juan Rulfo a Primera Novela (INBA, México, 2016), Gabriela Guerra Rey nos entrega una novela de crecimiento y maduración en el duro contexto de un rincón del Caribe. Todo parece conjurarse para que la familia de María de la Sal, su protagonista y narradora, encare situaciones cada vez más difíciles. A pesar de las lluvias torrenciales de temporada, el lugar es árido y hostil, y contra esa naturaleza endiablada despunta la vida con todos sus ritos, sus miserias, sus hallazgos.

Como todos los libros que verdaderamente valen la pena, Bahía de Sal admite y merece diferentes lecturas, incluyendo la económica y la social, pero quizá donde más cuerdas toca en este lector es en su dimensión de género. Las mujeres de ese lugar desdichado son las que le dan estructura, vida y sentido a la población. Más importante aún, son las que libran las batallas decisivas para que permanezca en pie, y también las que deciden cuando ha llegado la hora de armarse de valor y abandonarlo, casi seguramente para siempre…

 

Leer la reseña completa en:

https://www.isliada.org/bahia-de-sal/

La metamorfosis continúa…

Fragmento de Tres en una taza, Froilán Escobar

A Lezama, los enfermeros tampoco podían sacarlo de su casa por la puerta, porque: hinchado por la fiebre y porque los riñones no le drenaban, estaba lleno de líquidos y de presagios oscuros. Ni siquiera Lezama entendía cómo aquello de lo que él había sido parte, ahora lo abandonaba. Cómo los amigos habían dejado de venir a verlo. Él, el viajero inmóvil, a pesar de su experiencia de solitario, no podía lograr que los opuestos se resolvieran en forma de cercanía para darle un sentido a lo perdido. Su verdad ya no podía ser conversada. Las cosas que se hablaban de él eran, ahora, un enemigo rumor que crecía. Por eso cuando su esposa le preguntó: Ay, Joseíto, ¿qué podemos hacer? El dijo: Tranquila, María Luisa, tranquila, porque no tenía otra respuesta. Ninguna de las eras imaginarias era suficiente para sostener su débil columna de humo. El viento aciclonado, que se lo llevaba todo, se lo estaba llevando también a él. Trastabillaba por la sala. Se sentaba en su sillón y le daba vueltas al tabaco como si descifrara la metamorfosis de la noche insular, hasta que el humo, que trepaba como enredadera, lo envolvía y lo dejaba en sus jardines invisibles. Podía verse, en el claroscuro de su casa, cuando chupaba el tabaco dándole vueltas entre sus dedos de manera acezante como si se ahogara, que el humo, en su acumulación, lo borraba del sillón, se lo tragaba. Ay, Joseíto, le decía María Luisa, la mujer, no sigas fumando así que ya casi no te veo. Pero después volvía a aparecer con una nueva imagen y se reía. No temas. La metamorfosis continúa. La única realidad es la transformación constante. Entonces saboreaba de nuevo otra bocanada haciendo girar el tabaco, y hacía gala de la ambigüedad de sus expresiones para dejar atrás cualquier significación directa. Y concluía: Parece que estamos leyendo el Libro de los Muertos, porque ya siento en la boca el sabor de los pasteles de azafrán.

Leer también:

Tres en una taza

Tres en una taza, ¿o cuatro?

Tres en una taza, ¿o cuatro?

¿— la desaparición de la memoria en

un país que invoca su historia con la misma insistencia que

la niega?

Luis Manuel García

 

Insisto: el protagonista de las obras de Froilán Escobar sigue siendo el lenguaje. Puede que la novela Tres en una taza-que acaba de publicar Ediciones Bagua, en Madrid-, trasmita un matiz ensayístico; quizá la incursión en el inconsciente, que implica ese desdoblamiento de sí mismo en dos vertientes,la conviertan en una pieza sicológica; algunos pensarían que la apoteosis definitiva de ese viaje en “guagua” que une a tres personajes en un debate de identidades, es portadora de varios elementos del thriller;otros recibirán el hilo del relato como un texto biográfico; la mayoría, creo, la va a tomar como un ejercicio literario de gran alcance en el cual conviven la poesía y la prosa tanto como lo hacen Tú, Yo, B, en términos que a veces recuerdan la crónica y otras hacen uso del más poético monólogo interior o muestran los vericuetos reflexivos en sus variados planos.

Pero al margen de cualquier clasificación, encasillamiento tal vez, Tres en una taza es una escritura libre y lo que la hace libre es el lenguaje. Sólo él puede trasmitir con tal intensidad sentimientos y emociones ligados a hechos reales, tanto como irrealidades y fantasías vinculados a la imaginación. Sólo ese particular lenguaje, que ya es estilo en Froilán,es capaz de penetrar el laberinto sicológico que se abre en dos protagonistas enfrentados en un combate por la inspiración-mujer que desean ambos amantes, y, adicionalmente, incorporar a la “guagua” como un mirador humano, inasible para los censores, desde el cual se contempla el deterioro contextual y se asumen los dolores de las despedidas. Un recorrido por la ciudad de calles íntimas, incrustadas en ese sistema circulatorio que nos mantiene despiertos frente a la lectura.

El lenguaje funciona entonces como un factor adictivo que engancha al lector hasta el final, para saber qué pasa con estos tres, incluso cuatro. El lenguaje obliga a disfrutar la descripción de los últimos momentos de Lezama, su tránsito hacia la muerte, con un desenfado que evade las lamentaciones, tal como él habría querido.

Novela de homenajes y de críticas. Saldo de una generación que hoy ha tomado el deber de preservar, incluso rescatar, la memoria; retomarla, para legar el testimonio de su experiencia a quienes habrán de juzgar lo que pasó, lo que nos pasó, sin haberlo vivido.

Novela de pensamiento y de expresión de esa necesidad de mirar la realidad desde varios ángulos para poder recuperarla, completarla, finalmente comprenderla, porque sin hacerlo hay una generación, la del autor, que no podría seguir su camino. Porque de lo que se trata es de encontrar respuesta a las mayores preguntas que muchos nos hacemos: ¿Por qué hicimos lo que hicimos? ¿Porqué nos entregamos, gozamos, creímos, convocamos, participamos, luchamos, construimos, disfrutamos, amamos, militamos, soportamos? ¿Por qué fracasamos? ¿Renunciamos? ¿Por qué?

Estos personajes responden a algunas de esas preguntas. Uno desde la realidad, el otro a partir de lo imaginado. La verdadera metáfora yace en B, la inalcanzable B, la soñada, ¿será una mujer?, ¿será la inspiración?, ¿una causa?, ¿o todo a un tiempo? La B que este autor nos pone delante tiene la posibilidad de ser creada, porque se trata de la quimera particular de cada quien. Su enigma,añade a la novela una puerta a la participación del lector en ese recorrido provocador que se proyecta al describir,en el diálogo continuo de los dos ramajes de su protagonista, los variados ángulos de un mismo camino. El intercambio establece las diferencias al tiempo que ilustra la observación de la realidad sufrida y la realidad imaginada,para arrojar una visión que se completa en un punto único: B.

Ese punto B que encarna lo imposible y, pese al clímax del ayuntamiento definitivo, es depositario de la frustración y el dolor ante lo que fue inalcanzable. Ese punto, que en su reflexivo silencio intenta descifrar la injusticia frente a una condena sin causa; porque el propio autor se niega a aceptar, por inverosímil, un pecado que sólo es explicable en la apología, el culto a la personalidad, la condición del intocable. Y el Yo escritor es acorralado en ese rincón adónde van a parar “los criminales que no han cometido ningún crimen”, tal cual dejó dicho el gran Vasili Grossman en ese tratado sobre el totalitarismo que es su novela Vida y destino.

Lectura para todos, pero imprescindible para aquellos que creen que olvidar es más sano, cuando lo verdaderamente curativo es recordar. Porque sólo la memoria hará útil la experiencia vivida como parte de esa historia integral que debemos recuperar entre todos, sin omisiones, sin ausencias, sin censura.

 

Leer también:

Tres en una taza

Tres en una taza

En los años sesenta en Cuba, tras el triunfo de la Revolución, creció una generación de intelectuales, artistas y escritores, cuyas obras, publicadas o no, marcaron una etapa fundamental en la literatura y la cultura cubanas y latinoamericanas. Con el despertar artístico, llegaron las censuras, los errores, las partidas, las migraciones; resultado de un proceso que no estaba destinado a salir bien, porque no tenía modelo que seguir. Hoy esa generación está dispersa, como todas las que le sucedieron; dispersa en el mundo y dispersa en el recuerdo.

 

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El lector de Julio Verne, Almudena Grandes

El primer libro que metí en mi maleta antes de salir a este “largo” viaje fue El lector de Julio Verne, segundo de la trilogía “Episodios de una Guerra Interminable”. Lo escogí porque son extensos libros sobre un tema que me sigue fascinando: La Guerra Civil Española y el Franquismo; también porque necesitaba algo que me durara por lo menos la mitad del viaje (en eso fallé). Mi idea era no cargar demasiado, y dejar espacio y peso a los nuevos libros que seguro compraría. La última de mis razones, y en realidad la más importante, es que yo por fin iba a conocer la Madre Patria. De hecho, los dos libros que decidí traer, hace ya varias semanas, eran de dos escritores españoles.

El Lector de Julio Verne lo terminé antes de que se acabara la segunda semana, y suficientes días antes de pisar Cataluña. Lamenté entonces habérmelo bebido tan aprisa, pero eso ya no tenía remedio. ¿Qué puedo decir?, lo aniquilé con tanto ímpetu como cuando leí el tercer libro de la trilogía: Las tres bodas de Manolita, también reseñado en este espacio.

El lector… se cuenta desde la voz de Nino, el hijo de un guardia civil, de nueve años, que vive en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra Sur de la provincia de Jaen. Un niño, que era como todos los niños hasta que conoció a Pepe el Portugués, en el verano de 1947, y su vida, aunque parezca lugar común, cambió para siempre. Un niño sensible que aprendió de cuál lado de la justicia quería estar, y hacia quién iban dirigidas sus lealtades.

Las clases de mecanografía en el cortijo de las Rubias serán decisivas en la formación de Nino, que como narrador de la novela le aporta el valor histórico y la ternura de ver hechos muy graves desde la ingenua infancia: desde la lucha por la justicia, la dictadura, la tortura, incluso el asesinato, hasta el amor a su gran amigo, sus padres o a la niña de sus primeros sueños, además de las aspiraciones, temores y anhelos frente al porvenir.

Ahora, cuando pienso en el regreso a casa, recuerdo que el primer tomo de “Episodios de una Guerra Interminable” está en mi librero, gracias a un amigo, y eso reconforta aún más la vuelta al hogar y el reencuentro con ese mundo que es mi mundo, y que por momentos se ha quedado solo en el plano de los recuerdos. Para hacerlo como me ha dado la gana, he leído los libros de atrás para adelante, pero estoy segura de que cualquiera puede leerlos en el verdadero orden. Y espero que, “aun así”, los disfruten tanto como yo. El secreto de todo está, claro, en las páginas de un libro de Julio Verne y en el propio terrible camino de Nino hacia la madurez.

Si esto es un hombre, Primo Levi

La historia se construye a medida que pasa el tiempo y nos parece un poco más absurdo lo que fuimos capaces de hacer.

Si esto es un hombre es un libro que leí por referencia de otro: El Impostor, de Javier Cercas, que recientemente reseñé para este espacio. Cercas cuenta a su hijo una anécdota de Primo Levi: que a la hora de almorzar en Auschwitz la vida dependía de la profundidad del cucharón en la sopa; si este tocaba el fondo o solo la superficie podía definir la demacrada línea entre la vida y la muerte.

Efectivamente, en Auschwitz, en los lagers, en los campos de concentración nazis, un ruido, un susurro, un olor, una presencia inesperada, la suerte, el azar, un sí, un no determinaban esa frontera delgadísima. También las simples ganas de vivir o de morir.

Hay suficiente bibliografía del espanto para tratar de comprender qué siente un hombre cuando sus esperanzas están totalmente consumidas, cuando no sabe si habrá mañana o si el mañana valga la pena; ello no ayuda, sin embargo, a eliminar nuestra obstinada ignorancia sobre lo que no hemos experimentado en carne propia. Una reflexión sobre esto abre el libro, en forma de poema, que luego va a desgajarse en el testimonio de las más terribles y temibles circunstancias que acompañaron a aquellos hombres durante los últimos meses de la guerra en el peor campo de exterminio judío…

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si esto es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal.

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas al vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Aquellos hombres retaron a la muerte sin estar seguros de ser capaces siquiera de sobrevivir el invierno. El invierno sería el penúltimo de los obstáculos antes del fin del horror; la liberación, el último. Muchos de los que desafiaron las impávidas heladas polacas sin abrigo, sin alimento, sin fuerzas, murieron camino a la libertad.

El impostor, Javier Cercas

¿Quién no ha conocido a un impostor?…, esas personas que se hacen pasar por lo que no son, casi siempre carentes de algo que buscan en otros y se lo apropian, aunque solo sea una fantasía con la que se engañan y, a lo mucho, engañan a una o un grupo de personas por algún tiempo. He conocido así a escritores que nunca armaron una línea, a fotógrafos que jamás hicieron una fotografía real, artistas de mentira, pintores que en la vida tuvieron una paleta de color en sus manos… La vida está llena de gente que quiso ser lo que no podía, y que fabuló su propia existencia a costa de otra u otras. Los que encontramos a esos humanos en nuestro camino nos sentimos estafados, sin embargo, esos impostores son víctimas de su propia personalidad, de una existencia vacía que llenaron con los talentos ajenos y la gloria que no les pertenecía, en el mejor de los casos.

Enric Marco, deportado barcelonés, sobreviviente de los campos nazis, presidió durante tres años la asociación española de los supervivientes, pronunció innumerables discursos, conferencias, pláticas, dio decenas de entrevistas y fue distinguido hasta con la Legión de Honor de la República Francesa, entre otras condecoraciones.

Luego de vivir una vida de honores, posterior a la guerra, y de llegar a conmover hasta la lágrima a sus oyentes con las terribles historias vividas en carne propia, fue descubierto como impostor. Aquel hombre encargado de rescatar la memoria histórica de los españoles nunca fue deportado, jamás estuvo en un campo de concentración nazi ni fue condenado por traición al III Reich como hizo creer durante varias décadas.

Ya nonagenario, henchido de gloria, se ve desenmascarado. Carente del estrellato que lo envolvió durante su vida, ya imprescindible para su existencia, busca desesperado la forma de volver a “estar en la foto”. La encuentra quizás con las entrevistas que le hacen sobre su impostura, y finalmente en el libro de Javier Cercas. Cercas se ve implicado en un dilema moral: ignorar la existencia de este impostor, y por tanto no escribir nada, darle lo que merece: el olvido; o escribir y contar una historia que por terriblemente absurda atraerá a los lectores como pan caliente.

El resultado es un libro real, donde la ficción, como dice Cercas, la pone Marco, que nos hace pensar en la naturaleza tosca del género humano. Eso es El impostor, una novela que nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos.

Otras obras del autor:

Soldados de Salamina

http://guerraa4manos.com/resenas-literarias/2013/05/soldados-de-salamina-javier-cercas/

 

 

 

¿HABRÍAN PODIDO LOS CHINOS DESCUBRIR AMÉRICA?

El descubrimiento del mundo, contado desde una perspectiva muy diferente a la que conocemos.

Entre 1421 y 1423, los chinos habrían rodeado África, atravesado el Atlántico, descubierto América, cruzado el estrecho de Magallanes y circunnavegado por vez primera el orbe. Eso plantea el libro 1421, el año en que China descubrió el mundo.

La obra del chino Gavin Menzies se basa en pruebas (cuestionables o no), obtenidas en 15 años de navegar el globo para demostrar que, mucho antes de que los conquistadores europeos llegaran al Nuevo Mundo, los chinos ya lo habrían hecho.

Según este antiguo oficial de la Royal Navy británica, Cristóbal Colón conocía el Atlántico y sabía cómo llegar a las Islas de las Especies antes de iniciar sus viajes. El almirante, ansioso de gloria, convencería a los Reyes Católicos de que la vía rápida era hacia el Oeste. Estos ignoraban la existencia de mapas de 1428, en manos de los portugueses, que el genovés sí conocía. Por su parte, los portugueses estaban a punto de abrir la ruta oficial hacia la India, doblando el cabo de Buena Esperanza.

Así, los hermanos (Cristóbal y Bartolomé) Colón habrían robado propiedad intelectual del gobierno portugués: el mapa de 1428 elaborado por los chinos, quienes ya habrían circunnavegado el planeta.

“Todos los exploradores europeos (Bartolomé Díaz, James Cook, Vasco de Gama, Pedro Álvarez Cabral,Fernando de Magallanes, Cristóbal Colón) –plantea el autor chino– tenían mapas que les mostraron sus caminos”; se los debían a los primeros exploradores chinos de la dinastía Ming. Contenían información de los cartógrafos de esas pioneras flotas y sus épicos viajes.

Para el autor exmarino, todo parece ser obra de los chinos. Encontró objetos y artesanías chinas de ese periodo durante su travesía, así como plantas, animales y especies endémicas de China.

Cierto es que esa civilización poseía una rica y antigua tradición marítima, siglos de exploración oceánica y navegación mediante la astronomía, y sus juncos eran más resistentes que cualquier embarcación europea.

Alrededor del año 1400, el emperador Yongle de la dinastía Ming había mandado construir la flota armada comercial más grande jamás vista: más de 300 barcos, algunos de más de 100 metros de eslora y 50 manga (ancho): “la Flota del Tesoro”.

En estos barcos, Zheng He realizaría, a partir de 1405, cinco campañas navales. Conocía el mar de Arabia, el golfo Pérsico, el Mar Rojo y el océano Índico hasta Mogadiscio (Somalia). La armada china buscaba la forma de ubicarse en alta mar, más allá de los límites conocidos, para establecer un sistema de latitud austral, cuando habría recibido la orden de llegar al “fin de la Tierra”.

La teoría no es exclusiva del autor de 1421, el año en que… Historias, pruebas y suposiciones anteriores hablaban ya de la posible presencia china en África, por ejemplo, pero sin los documentos necesarios que la validen. En somalí, “jirafa” se dice geri, más o menos como se dice en chino; ¿podría ser acaso una evidencia?

¿Nos quedamos con la probabilidad de que los enviados del emperador chino habrían realizado tal periplo alrededor de la Tierra, recorrido los 5 continentes y, en 1423, 7 de los 107 juncos (con los sobrevivientes) habrían regresado a China? ¿Por qué no?

 

Publicado originalmente en:

http://www.comofunciona.com.mx/historia/8112-habrian-podido-los-chinos-descubrir-america/