A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

A México, mi primera crónica de amor

Crónica de un maratón (CDMX, 28/ 08/ 2016)

Hace apenas un trienio escribí mi primera crónica de vida en México. La titulé: “A tres años de aterrizar en México, todas las nostalgias…”. Hoy, tres años después, y naturalizada mexicana, tengo muchas cosas nuevas que decir, para mi propia sorpresa.

La nostalgia pervive, pero en el tiempo ha cambiado de forma. Dejó de ser una enfermedad incurable para convertirse en un padecimiento que algún día podría, tal vez, quedar en el olvido. En cierto momento, sin que te des cuenta, deja de ser dolorosa para ser hermosa, amén de que toda persona lejos de sus raíces sentirá siempre determinadas ausencias y soledades.

Lo que me motiva hoy a escribir esta crónica, mi primera crónica de amor a México, seis años después de mi llegada, no es que ahora soy tan cubana como mexicana, o que en unos días llevaré el doble de tiempo en este país que cuando escribí aquellas líneas. Mi verdadera motivación es que hoy México me ha dado algo grande, y yo siento que por vez inaugural también le he dado algo: un maratón, 42 km y 195 metros nos regalamos el pasado fin de semana; el privilegio de correr por las calles de la que ahora es también mi ciudad, de llegar a su estadio olímpico, de alcanzar una meta –que representa muchas metas–, y salir tambaleante entre sus gradas con una medalla colgada al cuello.

Hay muchas historias de maratonistas… los que aspiramos a serlo, leemos y vemos todo lo que nos pasa por delante. En cada una de ellas alguien asegura que después de correr un maratón ya no es el mismo; que la experiencia te cambia la vida. Parece una verdad trillada, pero nada es manido cuando te das cuenta de que algo de verdad pudo transformarte.

Mi vida fue otra cuando decidí cargar una mochila al hombro, decir adiós al mar y a todos, y tomar un avión sin boleto de regreso. Nada podía haberme transmutado más. ¡Dejar todo lo que fuiste para no saber qué serás! No puedo saber cómo sería la Gabriela que se habría quedado en el 2010 en La Habana en lugar de emprender esta aventura. Pero conozco a la Gabriela de hoy, enamorada de la vida, plena, libre, y con nuevos derroteros capaces de volver a cambiar esta existencia, ahora más rica que nunca.

El maratón sin duda me cambió, pero no cuando llegué a la meta, sino desde el mismo instante en que empecé a correr y supe que quería seguir haciendo eso por mucho tiempo. Las más de cuatro horas de carrera del día de la competencia no son sino el colofón agotador y deseado de meses de entrenamientos, de gente buena ayudándote, de situaciones que, unas veces más fácil que otras, tienes que superar. Lo que te cambia es darte cuenta de que puedes dejar de estar atada a una reja invisible, de que los miedos no te pueden paralizar, sino que están ahí para vencerlos, de que prácticamente todo es posible, más si se trata de un acto lleno de amor, como es para mi correr.

El maratón me cambió la vida porque al atravesar la meta me sabía más fuerte, resistente, acaso sabia, y por si fuera poco, querida y apoyada por amigos que encontré en alguna vereda que ahora es cruce de mis días.

Al correr, muchas sorpresas encontré en el camino: el ejemplo de mis viejos, con la voluntad de acero de mi madre y su ternura infinita; un grupo de atletas dispuestos a darlo todo en cada carrera, en cada reto, como modelo que me ayudó a seguir a diario; un coach y amigo que además de planes de entrenamiento y alimentación, me infundió lo que más necesitaba: confianza. Finalmente, encontré solidaridad, cariño y amor en algunas personas muy cercanas y en otras que fueron llegando de a poco, como un cataclismo lento que precede a la mejor de las eras. Entonces, me sobran las razones para escribir estas líneas, para decir que sí, que al vencer el último kilómetro de una larga carrera, yo era otra, al tiempo fusionada con miles de corredores por lo más esencial, la construcción de incontables nuevos sueños.

Subirme al barco…

Subirme al barco, no volver el rostro, olvidarme de lo que dejo atrás, no pensar más que en el océano infinito y las aventuras que él me guarda, buenas, grandiosas, malas, terribles, desoladoras, escalofriantes…, tal es mi deseo.

También es mi opción a la bala o la espada, hacerme al mar y olvidarme por un tiempo de que yo misma tengo memoria de algo que alguna vez existió.

Navegar, con la frente en dirección al horizonte inalcanzable, con la emoción agazapada de llegar a nuevos puertos, y entonces encontrar una computadora y una conexión a internet, y enviarte toda las páginas que llené durante el trayecto, donde verás que no es tan magnífico el viaje como lo imaginamos, y que por momentos la única cosa que desearía es estar encerrada en esa habitación contigo, donde nunca tuvimos el tiempo de quitarnos de verdad las libertades mutuas.

Y luego levantar los papeles, tomarme alguna bebida local en un bar de esos de marineros borrachos, hacer el amor con el que se haya bañado más recientemente, comer un chorizo de dudosa procedencia, y regresar al barco que se convertirá en mi cárcel, del cual querré escapar hacia una nada que ya no existe, porque el océano ya es la nada.

Tal vez vendrá una tormenta que nos saque de la parsimonia marítima, y remueva el barco por unas horas, y nos haga pensar en el fin de todo, allí, en medio de ese oasis de soledad, en el vacío sin nombre, y ese miedo quizás no nos produzca tanto espanto, porque ya lo hemos visto casi todo o casi nada.

Entonces vuelva la calma, y llegue a otro puerto, y te escriba, y tú te asustes con lo de la tormenta, y me pidas regresar.

Y es posible que después de muchos puertos y mucho amor de marinero borracho, y hasta demasiadas tormentas, yo regrese al jardín escondido por edificios, donde no se ve el horizonte ni el mar ni nada, y entonces, solo entonces, volvamos a ser felices por un tiempo limitado.

La libertad de correr

Esta mañana me desperté a las 5 am. Había mirado el reloj a las 2, a las 3 y algo, y luego cerca de las 4:45. Aunque estaba cansada y dormí profundamente, en el sueño llegaban ideas o demonios, porque así les llamó a esa hora, que me hacían dudar del tiempo. Iba a correr mi primer medio maratón de la vida, así que de ninguna manera podía quedarme dormida.

Cuando salí de casa no pensé en la trascendencia del momento, no pensé que estaba haciendo realidad un sueño, no pensé en nada que no fuera alimentarte lo suficiente para estar fuerte y resistente. Estaba ansiosa y, atrabancada como soy, loca por salir corriendo. A esa hora los jóvenes apenas regresaban de la fiesta del sábado por la noche.

Ahora escribo ya vivida la experiencia, con los rodillas aún adormiladas por el esfuerzo y las piernas agotadas, pero con una satisfacción que solo una noticia muy terrible podría borrar de mis pantorrillas endurecidas y el alma macerada de emoción.

Me había jurado que no escribiría mis primeras líneas sobre esta pasión que es correr, hasta que no corriera mi primer medio maratón, que sería oficialmente el de la Ciudad de México, el 30 de julio de 2016. Como desde finales de abril de este año soy también mexicana por naturalización, me embargaba el romanticismo de celebrar en my ciudad adoptiva los primeros méritos deportivos y el ya no tan corto camino del exilio, que ha sido cruel e intenso, doloroso y feliz.

Sin embargo, el apoyo moral de los amigos, la entrega durante los entrenamientos diarios en FNC por parte de Alejandro (quien ha sido mi entrenador personal), el equipo de coachs, y la gran familia que forman mis compañeros de spartan, me llevaron a adelantar ese instante perentorio un mes y medio. Incluyo en esta lista de gratitudes a los amigos que cada domingo corren conmigo en Ciudad Universitaria, donde dejamos el corazón detrás del sueño, nos superamos, y de paso compartimos la vida, además de los mejores desayunos de la semana.

A mis viejos, todo el agradecimiento del mundo, en esta ocasión especial a mi madre, a quien debo la fortaleza, si es que de ello puedo presumir, pero sobre todo la convicción de que no hay nada en la vida que de proponernos no podamos conseguir. Si ella no me hubiera hecho creer eso, hace unos meses me hubiera reído a pata partida de quien osara imaginarme corriendo un medio maratón a menos de 6 minutos por kilómetro; eso, para no burlarme de mi pueril pretensión de corredora.

Y heme aquí, sintiéndome corredora, mexicana, agradecida a la vida, creyendo que en el ejercicio delicioso de la carrera, en el esfuerzo extraordinario de dar todo, uno puede todavía cambiar cosas y convertir en milagro el barro, como decía ese poeta de nuestra infancia cubana.

Correr es como la vida. Durante el trayecto vives estadios similares: la ansiedad, la angustia, el dolor, la pasión, la excitación, el agotamiento extremo, la felicidad. A veces te preguntas qué diablos haces un domingo al amanecer dejando el gaznate en la pista, y otras no tienes la menor duda de que nada que hubieras hecho con esas dos horas podría ser mejor. Lo que la vida se toma años en enseñarte, la carrera te lo muestra en horas aceleradas e intensas, y en kilómetros.

Si hoy puedo decir que me siento una mujer libre, verdaderamente libre, ese sueño que me ha perseguido desde los encierros en la isla, se lo debo en parte a la carrera. Todo pasa durante las horas de volar con las piernas, alcanzar la velocidad crucero, y atravesar la frontera de lo que crees posible, hasta convencerte de que los límites de a de veras los pones tú. Es el tiempo de abandonarse a la música, de construir historias. Yo, además, pienso en los amigos lejanos que hace tanto no veo, en los amores pasados, en una niña que siempre me espera al otro lado del océano. Repaso las páginas leídas de los libros que me acompañan en la cotidianidad, y construyo sueños, porque si de algo se trata la libertad, es de soñar.

En julio correré. Y quizás en agosto. Y correré en noviembre en La Habana, cuando la villa de San Cristobal cumpla 497 años, porque antes de ser mexicana, fui, y para siempre, una cubana amantísima de su suelo. A esas ciudad he dedicado mis mejores cuartillas, mis más dolorosas penas y los mayores sueños de mi vida. En esta otra, caótica, desbarajustada, que me acogió como hija hace casi seis años, desde la libertad de pensar, de actuar, de correr y de sentir por lo que yo decida, pongo hoy mi huella, planto mi bandera y dejo el sudor en sus asfaltos, no sin cierto orgullo, o enrarecida vanidad, no sé…

 

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

El taxista y el pajarito

Una mañana cualquiera en el DF.
El tráfico estaba hasta el borde: el borde del abismo, el borde de las circunstancias, el borde de los nervios. Yo tenía que llegar a ese evento en menos de una hora, y ya estaba abusando de la flexibilidad de ciertos horarios en esta ciudad.
– ¿Nos vamos por el camino tradicional, señorita?; me preguntó el taxista. – Pues sí, ni modo; respondí.
-Y es que en esta ciudad ya nunca se sabe con el tráfico, ya no hay días mejores ni horas pico ni quincenas, siempre está hasta la m…. Solo los viernes de quincena, puente, marchas, plantones y aguaceros son la excepción, porque esos días es sencillamente intransitable. -Si, ya ve usted, señorita…, y es que uno que trabaja en este negocio, para qué le cuento: ya no hay zonas malas y buenas. Ya donde quiera está así…
Por esa línea iba nuestra conversación al principio, casi la misma que sigues cuando te das cuenta de que vas a pasar la próxima hora de tu vida con ese taxista, no te trajiste un libro para leer y más te vale conversar para que no te robe. Porque la verdad ya tampoco importa si pediste el taxi al sitio, a la aplicación o lo tomaste en la calle. Todos cobran tarifa “preferencial” y en cualquiera te sientes un poco insegura.
Pero en los primeros quince minutos pasó algo inesperado. Estábamos en una avenida grande, con el embotellamiento hasta el cuello, cuando el taxista se bajó del carro para ver algo. Lo único que me falta es que se descomponga esto justo ahora y aquí, pensé. Pero el taxista regresó al auto con un pajarito en la mano, amarillo, menudo, frágil, y si no lastimado, evidentemente trastornado. Lo dejó sobre el asiento del copiloto, y para cuando me asomé a ver, ya no estaba. Anduvo unos minutos aleteando por debajo de los asientos hasta que logré atraparlo.
El pajarito fue nuestro siguiente tema de plática obligatoria. Le conté al taxista cuando era niña en la isla, y después de cada ciclón el viejo nos llevaba a mi hermano y a mí a recoger gorriones y nidos de gorriones caídos de los árboles. Los cuidábamos unos días en casa, y algunos se recuperaban y regresaban al vuelo, apresurados.
Yo me sentía un poco mejor, porque supuse que le estaba salvando la vida al animalito, y por otro lado había una especie de sensibilidad rara en mi taxista, que había rescatado al ave de una muerte segura por apachurramiento.
De ahí saltamos a los temas de rigor, esas preguntas que todos me quieren hacer, conocidos y desconocidos: – ¿Y de dónde eres? – ¿Y desde cuándo estás en México? -¿Te gusta? (La peor de todas, porque o das una respuesta muy sencilla, o te complicas la existencia tratando de explicar de qué manera te gusta esta locura de metrópolis). – ¿Y a qué te dedicas? – ¿Y…, seguro estás casada?, -¿Cómo soltera? -¿Y no te tiran los perros?… Ya para este punto de la conversación el pajarito había recostado pico y cabeza sobre mi dedo índice y se estaba quedando dormido, en una imagen de ternura que contrastaba con el ambiente, y que nos conmovió a ambos, o eso creo.
Aproveché el hecho para cambiar el curso de la plática. – Mira, se siente confortado y creo que se está durmiendo. El taxista sonrió. -Ya tienes algo de qué escribir hoy, me dijo; como si yo no tuviera nada que hacer en todo el maldito día…
Después aquel intercambio recorrió caminos escabrosos. Me contó de la vida en las colonias en las que había vivido, de todo eso que sabemos que convive en nuestra urbe con los pajaritos caídos de los árboles o escapados de las jaulas, y que perdonarán que no detalle en estas líneas, por cuestiones de seguridad. Dio tiempo para más de una anécdota y un espanto mío. En algún momento, desde el interrogatorio, aquel taxista me había causado temor. Y en mi cabeza pasaban mil ideas por segundo: que ya estaba tarde para la conferencia a la que debía asistir; que si algo pasaba con el taxista tendría que sacrificar la seguridad del pajarito entre mis manos por la mía; que iba a tener que cambiar mis métodos cordiales con algunas personas, porque exageraban la confianza; que no le había enviado no sé qué información al editor web; que ahora no podría hacerlo porque tenía las manos ocupadas, con el pajarito…
Así, cuando llegué a mi destino, veinte minutos tarde y una hora y media después de haberme dispuesto a salir de casa, ya estaba agotada, preocupada, un poco molesta. Pero el taxista me dijo que le había gustado mucho hablar conmigo, me cobró un dineral, y le pasé la custodia del pajarito que prometió cuidar hasta que pudiera volar, porque en una jaula no valía la pena… entonces me pasó por la cabeza que lo iba a encarcelar, pero igual le habíamos salvado la vida, pensé para consolarme y me fui tratando de imaginar al ave en la rama…

Ese tema inagotable…

A veces, mirándome críticamente, y a la gente alrededor, tengo la sospecha de que el tema de la emigración y las nostalgias está agotado. Leo blogs interminables sobre cómo somos los cubanos fuera de Cuba, y con el tiempo apenas logran arrancarme una sonrisa. Los estereotipos están hechos y están en todas partes, y quizás yo en mis escritos, los publicados y los inéditos, he abusado de ellos. Solo espero que el día que los inéditos dejen de estarlo, no sea realmente tarde.
Sin embargo, hay emigrantes muriéndose en el mundo, tratando de atravesar fronteras o el mar implacable para llegar a una vida mejor. Hay niños pereciendo en playas desconocidas, que se hacen famosos después del último aliento y la posición adecuada en las arenas solitarias. Hay gente cruzando todos los días esta frontera que nos separa a los latinoamericanos del gran imperio norteamericano, y siendo secuestrada en ella, aniquilada, violada o robada. Cuando pienso en eso, cuando repaso la literatura moderna y veo innumerables títulos que siguen tratando el tema con el mismo estoicismo y simplicidad de siempre, me digo que no, que no, no está agotado, que todavía hay mucha tela por donde cortar.
Mi viejo dice que es el tema más antiguo del hombre; yo lo pondría en el primer lugar con un par de ellos. Pero sí, la trashumancia nos ha acompañado a todos los seres en el ejercicio de sobrevivir. ¿Por qué le damos ahora tanta importancia? Quizás porque antes viajaban las familias todas, juntas, o las manadas, o las bandadas o las manchas. Y hoy día, al menos los humanos, viajan solos. Y esos humanos podemos pensar y además llenar miles de líneas y fotos de nostalgias insignificantes para la mayoría. Porque no se sufre lo que no se vive.
Por eso diviso la posibilidad de escribir, si acaso, para un grupo reducido de personas; para esos que pueden entender mi sentimiento de soledad o mis padecimientos incurables de nostalgia. Y aun así me siento fuerte, porque, quizás sea yo una afortunada escritora diletante con un público cautivo, algo que a muchos les gustaría tener.
Hoy comparto un poema que me regaló una amiga, y que de mucho me ha servido en el viaje. Hoy que extraño todo lo que fui y lo que no soy, que la vida me recuerda cuán lejos están los que quiero más, sonrío, retrato un par de escenas,  y me tomo la osadía de dirigirme a los emigrantes del mundo, sabiendo que yo, posiblemente, jamás regrese a mi Itaca…

Viaje a Itaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis.

Un mundo en Guerra

Quien dijo aquello de que un mundo mejor es posible, ha de tener razón. Me resisto a pensar que los humanos hemos dado ya todo lo que teníamos. Seguro habrá más, mucho más, escondido entre los tendones, y  así como aún no hemos sabido explotar el cerebro en sus amplias dimensiones, tampoco hayamos podido sacar ese “todo” de entre los nervios, y dárnoslo unos a otros.
Esta mañana sentí que vivíamos en un mundo en guerras; en realidad, es un sentimiento que me acosa con cierta frecuencia y va más allá de las guerras tradicionales que conocemos…
Estas son Guerras cotidianas, entre: empleados y patrones; capitalistas y disque socialistas; capitalistas y verdaderos socialistas; gordos y flacos; peludos y pelones; altos y chaparros; editoriales y editores; mano de obra y dueños de los medios de producción; libro e internet; cine y televisión; revistas y multiplataformas digitales; medios de prensa con lineamientos y libertad de prensa; tecnologías y la ligereza de sobrevivir; gobiernos y pueblos; economía de los grandes bancos y los bolsillos tristes de la gente común; trabajo y ocio; ricos y pobres; desarrollo profesional y artístico; el ruido y el silencio; hijos y mascotas; sueños y realidades; amor y matrimonio; más y menos; Estado y empresa privada; libre mercado y regulaciones de gobierno; el viaje y el estarse quieto, y un infinito etcétera, que cada quien verá en su acostumbrado avatar.
Me preocupa; sí; vivo en guerra entre mis preocupaciones y mi insomnio; mis sueños y mis limitaciones; mis ambiciones y mi desvencijada humildad…,  pero a mí, mortal de apellido Guerra, no me queda otro remedio que vivir en guerra eterna contra mí misma, o vivir mi propia guerra. Ustedes quizás tengan alternativas…
Hace un tiempo escribí un mal poema que hoy comparto, para librarme de la responsabilidad individual y hacerla colectiva:

 
Guerra

Estoy en guerra
contigo, conmigo
estoy en guerra, con la metralla al hombro
asesinando sentimientos, sutilezas
estoy en guerra en mi remanso de paz
en la montaña, el rio quieto
el mar eterno
estoy en guerra
y no es por ti, ni por mí
es por el miedo
que estoy en esta guerra

Gabi Guerra/ 8 de noviembre de 2012

Puerta de Alcalá en la Primavera de 2015

“La primavera sabe que la espero en Madrid”

Foto: Gabi Guerra

“A mitad de camino, entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”.

Yo me bajo en Atocha, Joaquín Sabina

Madrid era para mí una canción. Una y mil canciones españolas, que convertían aquella tierra, a la cual pertenecieron mis antepasados, en un lugar cercano y familiar. Por eso, cuando bajé los pies de un tren, en el centro de sus avenidas, yo sentía también que me bajaba en Atocha y me quedaba en Madrid.

Alguna vez, escuchando que “un taxista que pasaba, quedó, mudo al ver como empezaban las Cibeles a llorar”, yo soñé con verlas derramar esas lágrimas. Pero fueron mis suspiros, emocionados, los que agobiaron la esquina de las estatuas.

Ahí estaba, viendo pasar el tiempo, aún, la puerta de Alcalá, y a su alrededor, innumerables necios que como yo querían entrar por sus arcos, como si allí comenzara el mundo. Y estaba la Puerta del Sol, barrida por infinidad de olas de manifestantes, y que no es, por ninguna esquina, una puerta. Y unas calles más abajo se remozaba la Plaza Mayor, en cuyos adoquines una vuelve a poner las plantas como si pisara una plaza habanera, de muchas maneras similar.

Me deben haber faltado pocos lugares que visitar; o al menos visité no pocos, porque mis amigos, cubanos, emigrantes como yo, que han encontrado en la tierra de las canciones un espacio de vida, me hicieron conocer cada sitio, cada monumento, cada puesta de sol, cada noche encendida, cada barriecito muy madrileño, con sus aceras repletas, sus restaurancitos y cafés, sus mercados, sus estatuas y museos, sus manjares, ¡ah, sus manjares! Mis memorias llegan ahora atravesadas por la conmoción de lo vivido, por la evocación del reencuentro con la gente que he querido desde siempre, y que un día, sin quererlo ni unos ni otros, nos tuvimos que abandonar.

Esta noche no hay una razón para que Madrid vuelva a mis neuronas y a mi sangre, excepto que su olor, traspasado por la nostalgia, se aviva en mis células, embriagado por las cañitas, los sabores ibéricos y la soledad de las despedidas.

Atocha es, desde entonces, un paradero de vida, y los trenes de cercanía, animales que brotan de una canción y tocan la puerta de mi casa sin avisar, una noche cualquier.

Hoy hace un mes que regresé de ese viaje sin nombre, y apenas comprendo cuánto de mujer dejé en las calles de Barcelona, Madrid, París, y cuánto me traje, apeñuscado en el alma, de todas ellas. Lo peor de todo, es que ya no es primavera ni las cigüeñas vuelan sobre nuestros brazos de decir adiós.

La culpa

La culpa, ese verdugo…

La culpa de la existencia

La culpa de pasar sin ser

La culpa de no hacer nada

O de hacer demasiado

De una vida vacía

De querer llenarla

De no mover un solo dedo

La culpa del amor

Y del sexo sin amor

La culpa de los amantes

que buscan en sus propios

cuerpos la redención

La culpa de la madre

que abandona a su cría

De la que no sabe

amar más que a su hijo

La culpa de la que no engendró

La culpa del desarraigo,

De dejar atrás tantas cosas

La culpa y la soledad

De haber dejado esas cosas

El ansia de alcanzar otras

Y la culpa de no saber llegar

 

Ah, la culpa, todas culpas

Ese verdugo…

 

Puerto de Barcelona

“Amigas para siempre”

Foto: Gabi Guerra

Crónicas de España

“Cuando apenas teníamos 15 años, o incluso algunas de nosotras aún no los habíamos cumplido, llegamos al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, Vladimir Ilich Lenin, Calabazar, La Habana, Cuba. Era imposible saber entonces los destinos que tomarían nuestras vidas, pero de algo estábamos seguras, seríamos amigas para siempre”.

Es genial cuando uno tiene esa edad tierna y cree en la felicidad eterna y en las bellezas más fácilmente corrompibles, como las del tiempo… Mi sorpresa fue mayúscula cuando 18 años después de aquella pubertad, más de 10 de la todavía mejor vida universitaria, y a 7 del último reencuentro, descubrí que más allá de las memorables calles de una ciudad española, en Barcelona me esperaba un amiga que había cumplido la promesa adolescente: la de ser amigas para siempre.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica catalana a Antonio Gaudí, porque en aquella villa modernista, con más historia de la que soy capaz de contar aquí, todo es Gaudí. También porque cuando el sol salía, y el cielo de Barcelona se ponía de ese azul templado que algunos de sus admiradores han inmortalizado en letras, yo salía de la calle Padilla, número 723, doblaba la esquina, y lo primero que se estrellaba en mi iris era la más grande obra del arquitecto: La Sagrada Familia, un templo siempre inacabado donde se respira densamente, en cada arquitrabe, el espíritu genialmente excéntrico de Gaudí.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica a Gaudí, pero no lo haré; quizás esos terribles fantasmas que son el tiempo y la nostalgia me obliguen a hacerlo en una futura ocasión. Ahora, y aunque resulte cursi, quiero hablar de los sentimientos de esos días pasados. De cualquier manera en este espacio yo tengo el privilegio de hablar de lo que se me antoje, y los lectores el derecho a elegir si lo leen o no. Esa cofradía venturosa que, por desgracia, logro establecer con muy poca gente.

En Barcelona sentí que yo era un pedacito de ciudad; me regresó allí ese sentimiento de creer que uno pertenece al suelo que pisa, que tal vez estoy olvidando, tal vez renovando a cada instante. Quizás esa sensación respondía a la compañía de la amiga de la juventud; es muy posible que el aire salitroso del mar me cegara otra vez con sus promesas de marinos y pescadores; pienso que gaviotas y alcatraces devolvieron a mis ojos los paisajes difusos frente al malecón habanero.

Tuve la doble, triple, cuádruple satisfacción de pisar las piedras de un nuevo puerto, de descubrir otro mar soberbio, rabioso, el Mediterráneo, y juntarlo en el pecho a la lista de océanos que se han vertido por mis venas de pez en todos los años de vivir sin sal.

Las playas de Barcelona circunnavegan la ciudad, y son faro como en mi Habana. Cuando yo, cubana siempre desorientada, preguntaba hacia dónde estaba el mar, lo mismo en Las Ramblas, que en el barrio Gótico, que en los alrededores, enseguida mi brújula antiquísima de isleña ponía norte al camino y echaba a andar, confiada de que hacia adelante no siempre se llega a ninguna parte.

Una tarde, frente a los veleros detenidos en el puerto, que inmortalicé en decenas de fotos inservibles, con las gaviotas sobrevolándome la cabeza, me senté y fui consciente de que era feliz. Nada hay más poderoso en mi corazón de viajera que ese estremecimiento.

Se me acabó pronto la semana; entre paseos, charlas interminables con Yudet, cigarros compartidos con las personas que hoy son parte importante de su vida, y el tan profundo respirar marino, que me dejó casi ahogada de felicidad y dolor. Por los caminos de la Cataluña partí a recorrer los de La Mancha y Castilla, pero esa es otra historia, u otra crónica. Esta, que escribo desde un avión que después de mes y medio europeo me regresa a América, al norte, a otros muchos reencuentros, me sale de lo más profundo de las vísceras, y espero que con ese mismo hedor llegue a mis lectores.