A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Ese tema inagotable…

A veces, mirándome críticamente, y a la gente alrededor, tengo la sospecha de que el tema de la emigración y las nostalgias está agotado. Leo blogs interminables sobre cómo somos los cubanos fuera de Cuba, y con el tiempo apenas logran arrancarme una sonrisa. Los estereotipos están hechos y están en todas partes, y quizás yo en mis escritos, los publicados y los inéditos, he abusado de ellos. Solo espero que el día que los inéditos dejen de estarlo, no sea realmente tarde.
Sin embargo, hay emigrantes muriéndose en el mundo, tratando de atravesar fronteras o el mar implacable para llegar a una vida mejor. Hay niños pereciendo en playas desconocidas, que se hacen famosos después del último aliento y la posición adecuada en las arenas solitarias. Hay gente cruzando todos los días esta frontera que nos separa a los latinoamericanos del gran imperio norteamericano, y siendo secuestrada en ella, aniquilada, violada o robada. Cuando pienso en eso, cuando repaso la literatura moderna y veo innumerables títulos que siguen tratando el tema con el mismo estoicismo y simplicidad de siempre, me digo que no, que no, no está agotado, que todavía hay mucha tela por donde cortar.
Mi viejo dice que es el tema más antiguo del hombre; yo lo pondría en el primer lugar con un par de ellos. Pero sí, la trashumancia nos ha acompañado a todos los seres en el ejercicio de sobrevivir. ¿Por qué le damos ahora tanta importancia? Quizás porque antes viajaban las familias todas, juntas, o las manadas, o las bandadas o las manchas. Y hoy día, al menos los humanos, viajan solos. Y esos humanos podemos pensar y además llenar miles de líneas y fotos de nostalgias insignificantes para la mayoría. Porque no se sufre lo que no se vive.
Por eso diviso la posibilidad de escribir, si acaso, para un grupo reducido de personas; para esos que pueden entender mi sentimiento de soledad o mis padecimientos incurables de nostalgia. Y aun así me siento fuerte, porque, quizás sea yo una afortunada escritora diletante con un público cautivo, algo que a muchos les gustaría tener.
Hoy comparto un poema que me regaló una amiga, y que de mucho me ha servido en el viaje. Hoy que extraño todo lo que fui y lo que no soy, que la vida me recuerda cuán lejos están los que quiero más, sonrío, retrato un par de escenas,  y me tomo la osadía de dirigirme a los emigrantes del mundo, sabiendo que yo, posiblemente, jamás regrese a mi Itaca…

Viaje a Itaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis.

Un mundo en Guerra

Quien dijo aquello de que un mundo mejor es posible, ha de tener razón. Me resisto a pensar que los humanos hemos dado ya todo lo que teníamos. Seguro habrá más, mucho más, escondido entre los tendones, y  así como aún no hemos sabido explotar el cerebro en sus amplias dimensiones, tampoco hayamos podido sacar ese “todo” de entre los nervios, y dárnoslo unos a otros.
Esta mañana sentí que vivíamos en un mundo en guerras; en realidad, es un sentimiento que me acosa con cierta frecuencia y va más allá de las guerras tradicionales que conocemos…
Estas son Guerras cotidianas, entre: empleados y patrones; capitalistas y disque socialistas; capitalistas y verdaderos socialistas; gordos y flacos; peludos y pelones; altos y chaparros; editoriales y editores; mano de obra y dueños de los medios de producción; libro e internet; cine y televisión; revistas y multiplataformas digitales; medios de prensa con lineamientos y libertad de prensa; tecnologías y la ligereza de sobrevivir; gobiernos y pueblos; economía de los grandes bancos y los bolsillos tristes de la gente común; trabajo y ocio; ricos y pobres; desarrollo profesional y artístico; el ruido y el silencio; hijos y mascotas; sueños y realidades; amor y matrimonio; más y menos; Estado y empresa privada; libre mercado y regulaciones de gobierno; el viaje y el estarse quieto, y un infinito etcétera, que cada quien verá en su acostumbrado avatar.
Me preocupa; sí; vivo en guerra entre mis preocupaciones y mi insomnio; mis sueños y mis limitaciones; mis ambiciones y mi desvencijada humildad…,  pero a mí, mortal de apellido Guerra, no me queda otro remedio que vivir en guerra eterna contra mí misma, o vivir mi propia guerra. Ustedes quizás tengan alternativas…
Hace un tiempo escribí un mal poema que hoy comparto, para librarme de la responsabilidad individual y hacerla colectiva:

 
Guerra

Estoy en guerra
contigo, conmigo
estoy en guerra, con la metralla al hombro
asesinando sentimientos, sutilezas
estoy en guerra en mi remanso de paz
en la montaña, el rio quieto
el mar eterno
estoy en guerra
y no es por ti, ni por mí
es por el miedo
que estoy en esta guerra

Gabi Guerra/ 8 de noviembre de 2012

Puerta de Alcalá en la Primavera de 2015

“La primavera sabe que la espero en Madrid”

Foto: Gabi Guerra

“A mitad de camino, entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”.

Yo me bajo en Atocha, Joaquín Sabina

Madrid era para mí una canción. Una y mil canciones españolas, que convertían aquella tierra, a la cual pertenecieron mis antepasados, en un lugar cercano y familiar. Por eso, cuando bajé los pies de un tren, en el centro de sus avenidas, yo sentía también que me bajaba en Atocha y me quedaba en Madrid.

Alguna vez, escuchando que “un taxista que pasaba, quedó, mudo al ver como empezaban las Cibeles a llorar”, yo soñé con verlas derramar esas lágrimas. Pero fueron mis suspiros, emocionados, los que agobiaron la esquina de las estatuas.

Ahí estaba, viendo pasar el tiempo, aún, la puerta de Alcalá, y a su alrededor, innumerables necios que como yo querían entrar por sus arcos, como si allí comenzara el mundo. Y estaba la Puerta del Sol, barrida por infinidad de olas de manifestantes, y que no es, por ninguna esquina, una puerta. Y unas calles más abajo se remozaba la Plaza Mayor, en cuyos adoquines una vuelve a poner las plantas como si pisara una plaza habanera, de muchas maneras similar.

Me deben haber faltado pocos lugares que visitar; o al menos visité no pocos, porque mis amigos, cubanos, emigrantes como yo, que han encontrado en la tierra de las canciones un espacio de vida, me hicieron conocer cada sitio, cada monumento, cada puesta de sol, cada noche encendida, cada barriecito muy madrileño, con sus aceras repletas, sus restaurancitos y cafés, sus mercados, sus estatuas y museos, sus manjares, ¡ah, sus manjares! Mis memorias llegan ahora atravesadas por la conmoción de lo vivido, por la evocación del reencuentro con la gente que he querido desde siempre, y que un día, sin quererlo ni unos ni otros, nos tuvimos que abandonar.

Esta noche no hay una razón para que Madrid vuelva a mis neuronas y a mi sangre, excepto que su olor, traspasado por la nostalgia, se aviva en mis células, embriagado por las cañitas, los sabores ibéricos y la soledad de las despedidas.

Atocha es, desde entonces, un paradero de vida, y los trenes de cercanía, animales que brotan de una canción y tocan la puerta de mi casa sin avisar, una noche cualquier.

Hoy hace un mes que regresé de ese viaje sin nombre, y apenas comprendo cuánto de mujer dejé en las calles de Barcelona, Madrid, París, y cuánto me traje, apeñuscado en el alma, de todas ellas. Lo peor de todo, es que ya no es primavera ni las cigüeñas vuelan sobre nuestros brazos de decir adiós.

La culpa

La culpa, ese verdugo…

La culpa de la existencia

La culpa de pasar sin ser

La culpa de no hacer nada

O de hacer demasiado

De una vida vacía

De querer llenarla

De no mover un solo dedo

La culpa del amor

Y del sexo sin amor

La culpa de los amantes

que buscan en sus propios

cuerpos la redención

La culpa de la madre

que abandona a su cría

De la que no sabe

amar más que a su hijo

La culpa de la que no engendró

La culpa del desarraigo,

De dejar atrás tantas cosas

La culpa y la soledad

De haber dejado esas cosas

El ansia de alcanzar otras

Y la culpa de no saber llegar

 

Ah, la culpa, todas culpas

Ese verdugo…

 

Puerto de Barcelona

“Amigas para siempre”

Foto: Gabi Guerra

Crónicas de España

“Cuando apenas teníamos 15 años, o incluso algunas de nosotras aún no los habíamos cumplido, llegamos al Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas, Vladimir Ilich Lenin, Calabazar, La Habana, Cuba. Era imposible saber entonces los destinos que tomarían nuestras vidas, pero de algo estábamos seguras, seríamos amigas para siempre”.

Es genial cuando uno tiene esa edad tierna y cree en la felicidad eterna y en las bellezas más fácilmente corrompibles, como las del tiempo… Mi sorpresa fue mayúscula cuando 18 años después de aquella pubertad, más de 10 de la todavía mejor vida universitaria, y a 7 del último reencuentro, descubrí que más allá de las memorables calles de una ciudad española, en Barcelona me esperaba un amiga que había cumplido la promesa adolescente: la de ser amigas para siempre.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica catalana a Antonio Gaudí, porque en aquella villa modernista, con más historia de la que soy capaz de contar aquí, todo es Gaudí. También porque cuando el sol salía, y el cielo de Barcelona se ponía de ese azul templado que algunos de sus admiradores han inmortalizado en letras, yo salía de la calle Padilla, número 723, doblaba la esquina, y lo primero que se estrellaba en mi iris era la más grande obra del arquitecto: La Sagrada Familia, un templo siempre inacabado donde se respira densamente, en cada arquitrabe, el espíritu genialmente excéntrico de Gaudí.

Yo hubiera querido dedicarle esta crónica a Gaudí, pero no lo haré; quizás esos terribles fantasmas que son el tiempo y la nostalgia me obliguen a hacerlo en una futura ocasión. Ahora, y aunque resulte cursi, quiero hablar de los sentimientos de esos días pasados. De cualquier manera en este espacio yo tengo el privilegio de hablar de lo que se me antoje, y los lectores el derecho a elegir si lo leen o no. Esa cofradía venturosa que, por desgracia, logro establecer con muy poca gente.

En Barcelona sentí que yo era un pedacito de ciudad; me regresó allí ese sentimiento de creer que uno pertenece al suelo que pisa, que tal vez estoy olvidando, tal vez renovando a cada instante. Quizás esa sensación respondía a la compañía de la amiga de la juventud; es muy posible que el aire salitroso del mar me cegara otra vez con sus promesas de marinos y pescadores; pienso que gaviotas y alcatraces devolvieron a mis ojos los paisajes difusos frente al malecón habanero.

Tuve la doble, triple, cuádruple satisfacción de pisar las piedras de un nuevo puerto, de descubrir otro mar soberbio, rabioso, el Mediterráneo, y juntarlo en el pecho a la lista de océanos que se han vertido por mis venas de pez en todos los años de vivir sin sal.

Las playas de Barcelona circunnavegan la ciudad, y son faro como en mi Habana. Cuando yo, cubana siempre desorientada, preguntaba hacia dónde estaba el mar, lo mismo en Las Ramblas, que en el barrio Gótico, que en los alrededores, enseguida mi brújula antiquísima de isleña ponía norte al camino y echaba a andar, confiada de que hacia adelante no siempre se llega a ninguna parte.

Una tarde, frente a los veleros detenidos en el puerto, que inmortalicé en decenas de fotos inservibles, con las gaviotas sobrevolándome la cabeza, me senté y fui consciente de que era feliz. Nada hay más poderoso en mi corazón de viajera que ese estremecimiento.

Se me acabó pronto la semana; entre paseos, charlas interminables con Yudet, cigarros compartidos con las personas que hoy son parte importante de su vida, y el tan profundo respirar marino, que me dejó casi ahogada de felicidad y dolor. Por los caminos de la Cataluña partí a recorrer los de La Mancha y Castilla, pero esa es otra historia, u otra crónica. Esta, que escribo desde un avión que después de mes y medio europeo me regresa a América, al norte, a otros muchos reencuentros, me sale de lo más profundo de las vísceras, y espero que con ese mismo hedor llegue a mis lectores.

 

 

Por quién vuelan las cigueñas

Por quién vuelan las cigüeñas

Puerta de Madrid, Alcalá de Henares

Puerta de Madrid, Alcalá de Henares

Fotos: Gabriela Guerra Rey

Hace apenas unas horas tomé un autobús rumbo a un aeropuerto hasta entonces desconocido, el Barajas de Madrid, y remonté vuelo en un avión que me trajo de vuelta a París. En todas las semanas que he pasado aquí nunca vi una cigüeña, desdiciendo aquel mito romántico de que a ellas se les encargan los niños, desde esta ciudad transparente.

Hace apenas dos semanas yo encontraba, o más bien reencontraba, a muchos amigos despedidos años atrás. Cuando en Cuba decimos adiós, la mayoría de las veces tememos que sea para siempre, aunque siempre decimos hasta pronto. Estos reencuentros convirtieron los viejos “hasta prontos” en largos “hasta algún día”, porque ese día llegó.

La primera de mis citas fue con la Madre Patria de mis ancestros; una tierra a la que nunca pertenecí, pero de la cual me sentí parte no más mi gran amiga de la preparatoria, Yudet, me gritó desde el otro lado de la barda en el Prat de Barcelona: “Gabi”, y me hizo un gesto, con las manos abiertas, de que me estaba esperando. Hay guiños que borran de un plumazo cualquier duda acumulada en los años de separación. Cuando la Yuyu –como le decíamos a los 15 años y le seguimos diciendo ahora- me hizo ese movimiento de brazos, yo supe que nada había cambiado. Camino a casa barrimos los temas más importantes y urgentes, y en la semana subsecuente sostuvimos una charla ininterrumpida que nos puso al día de los últimos siete años de no vernos, en que su vida y mi vida cambiaron tanto. Rememoramos las viejas anécdotas compartidas; actualizamos datos, fechas, instantes, amigos comunes, conocidos, y desentrañamos juntas la gran madeja de hilarachas que ha sido nuestro destino de emigrantes. Muy pronto pude comprobar que mi primera impresión en el aeropuerto barcelonés no estaba errada; ella seguía siendo la misma amiga, yo seguía siendo igual, aunque el tiempo nos había convertido en otras mujeres muy diferentes a las de aquella adolescencia tardía.

Unos días después nos abrazamos y volvimos a decir hasta pronto. Subí a un autobús que me llevó por las tierras de Don Quijote, hasta llegar al lugar donde nació su creador, Alcalá de Henares. Allí me esperaba Cervantes, me esperaba Minerva, una vieja y grande amiga de mi madre, y me esperaban las cigüeñas.

Alcalá es una ciudad preciosa, que bebe de numerosas tradiciones históricas y culturales, desde romanos y árabes hasta las grandes letras de los escritores españoles que pasaron por su magnífica universidad. Las mejores tapas, las buenas cañas, los espacios sagrados, la historia vívida, los inmensos nidos de cigüeñas empollando en lo alto de sus torres, palacios y monasterios… eso es Alcalá de Henares. En una fachada de una pequeña sala -hoy de exposiciones- yace la tarja que cuenta aquel primer encuentro entre Cristóbal Colón y los Reyes Católicos, que precedió los viajes del Almirante a América y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Unos pocos años después el genovés llegaría a suelo cubano para pronunciar la frase que llevamos los antillanos en el bolsillo a fin de exhibirla a la menor oportunidad (esta es una de esas): “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieran”.

Varios días pasé en Alcalá de Henares, con Minerva y su familia, que me acogió como si fuera de la casa y de siempre. Caminé hasta la última de sus calles –es solo una mala metáfora- y comí los más exquisitos platillos españoles que un aragonés, entusiasmado de tener con quien compartir arte e historia, hizo para mí a lo largo de una semana. También algunos días de esta estancia los pasé en Madrid, donde abracé a más amigos, pero esos paseos los dejo para una próxima crónica -como los caminos de Barcelona-, porque tanto sueño no cabe en estas precarias líneas.

Ayer, cuando la familia anfitriona me dijo “hasta prontos” apresurados a la puerta del autobús que me llevaría al aeropuerto, una de esas decenas de cigüeñas que habitan las cúpulas de las catedrales de Alcalá atravesó el cielo del amanecer, y yo sentí que todas las cigüeñas que no van de París a ninguna parte cargadas de recién nacidos, volaban en Alcalá de Henares, y este viernes de finales de mayo volaban por mí.

Las cigueñas

Las cigueñas

 

"Perdidas en París"

“¡Llegó carta del abuelo!”

Hoy iba a contarles que fui tía-mamá-cocinera-niñera; que llevé a Agnés a la escuela y la busqué; que juntas encontramos unos caracoles en el camino y los trajimos a casa (y mamá, la de verdad, luego nos regañó porque están sucios); que le hice de comer, y de paso le di la comida, y luego de la siesta retozamos como niñas. Hasta les iba a contar que jugamos a Tango. Tango es el nombre de un perro imaginario representado por Agnés, al que le tiro la pelota y me la trae con la boca, y me mueve la colita y hasta me da la panza para hacerle cosquillas.

Sin embargo, cuando pensaba cómo compartir este día, llegó carta de mi viejo, que es también el viejo de Agnés, y no me quedó otra opción que sustituir mis líneas del día por lo sublime de sus letras, que vienen desde Regla, un pueblito de La Habana, pegado al mar, donde mi padre sueña con abrazarnos a todas nosotras tan lejos acá en París.

Mientras  se la leía a las mujeres con quienes vivo en este viaje, Norka se quedó con un plato a medio lavar, suspendido en la mano, y Agnés sobre mi regazo, recostó la cabecita para hacer unos minutos de silencio y escuchar lo que abuelo Pello nos mandaba a decir desde La Habana:

 

G:

Me da un gusto increíble leer tus textos. Atrapando situaciones y ambientes con precisión y  humanidad.

Y no puedo sustraerme, como viejo periodista, narrador y editor además, a que me parezca que ahí hay un gran tema. Son textos muy propios del mundo que habitamos hoy. Un poco cuento, un poco novela, mucha poesía, mucha crónica, una visión íntima y tierna del mundo contemporáneo.

Hace 126 años Martí cruzó por paisaje similar y redactó aquella crónica famosa sobre la Torre Eiffel, inaugurando una época.

Ahora tú vas por ahí de la mano de una niña y de la mamá de la niña: las tres emigrantes extraviadas brevemente en un territorio lejano (a nosotros, a mí) aunque cada vez menos ajeno. País “extraño” donde alternan maravillas de todas clases, paisajes sorprendentes, hermosas arquitecturas, legendarias historias, paisajes deslumbrantes, arte extraordinario, amistad, hermandad y hasta xenofobia. Sin ignorar crisis humanitarias, sociales, políticas, económicas, laborales.

En derredor, Europa cambiando, y en el corazón de ese continente el pequeño hogar donde duermen, viven, filosofan, coexisten, se alimentan, repasan la aventura existencial, residen y resisten tres mujeres que protagonizan nuevas historias en un muy antiguo escenario.

En tu último viaje a Paris, según leo y releo, hay  mucha sustancia que disfruto y hace soñar.

DALE BESOS ENORMES A NORKA, GIGANTESCOS A MI NIETA. Y PARA TI BESOS HUMEDOS CON LA MIEL DE LA NOSTALGIA. Abrazos para las tres, de ustedes tres abrazadas y yo temblando de ausencia entre sus brazos.  FELIX, PELLO, PA.

Notre Dame

El camino de las iglesias

El camino extraviado que encontré esta tarde

Hoy fue un día excepcional, porque encontré en las callejuelas aledañas al barrio latino un camino extraviado por un amigo, que me lo puso en las manos antes de salir de México, con la recomendación de reencontrarlo. Era el camino de las iglesias, al cual yo agregué mi pequeña dosis creativa.

La verdad es que me perdí en más de una ocasión, pero no pretendo atormentar a mis lectores con mis despistes, así que trataré de reconstruir la ruta de manera certera. Me bajé en el metro Saint Michel, a unos pasos de Notre Dame, y por primera vez no había cola para entrar, por lo que aproveché la ocasión, muy a modo con el resto del recorrido.

No voy a decir que Norte Dame es majestuosa, porque sería reiterativa y me comería a mis lectores a perogrulladas intrascendentes. Pero entonces ¿cómo describirla? Trato de cerrar los ojos para que las imágenes vengan a mí; mas se agolpan las muchas reliquias del día, y no encuentro palabras para separar unas de otras sin que se dañen en ese saco horrible que es mi cabeza a la medianoche.

Los arcos, los vitrales, los muros, los colores que el tiempo le ha conferido, las columnas, todo ello hacen de Nuestra Señora de París un espacio sublime, casi perfecto, me atrevería a asegurar. Lo mismo se repite, aunque de manera reducida, en Saint Séverin de París, a apenas unas cuadras de distancia, cruzando el puente Double.

Saint Séverine

Saint Séverine

Antes de llegar a Saint Séverin, pasé por Saint Julien le Preuve,  una iglesia medieval y por tanto antiquísima, que me fue recomendada dentro del recorrido, pero por la que solo pude andar su patio trasero, pues estaba cerrada. Sin embargo, en la puerta cuelgan anuncios de conciertos y otras actividades, así que será cuestión de volverlo a intentar. Detrás, justo en la acogedora plaza, está plantado, y ya apuntalado, el árbol más antiguo de París. Se dice que data de 1602; es un mutilado de la primera Guerra Mundial, que al parecer recortó algo de su tamaño por las bombas. Luego el tiempo acabó por encogerlo, como a los viejitos, y ahora es una pieza de museo que pervive para sorpresa de los ojos de las miles de personas que pasan cada año por la terraza de Saint Julien.

Un mutilado de guerra

Un mutilado de guerra

La última de las paradas o fue en Saint Sulpice, a una breve caminata de allí (cuestión de ver mapas), donde no podría hablar ya de templos de tamaño menor. Es la segunda iglesia más alta de París, construida en honor a Sulpicio Pío, y posee un sistema para la determinación astronómica de los equinoccios. ¿La sensación? De belleza, de paz infinita, de sombras y colores que la lente de mi cámara retrataba sin yo estar segura de que luego fueran a verse igual, o si era que los tonos de la tarde solo se encendían a la hora de soñar.

Saint Sulpice

Saint Sulpice

En la plaza de Saint Sulpice, frente a la fuente con leones de piedra y palomas de verdad, me comí la pasta hecha por mi cuñada y los panecitos de chocolate. Con el estómago ya lleno, o quizás desde mucho antes, había empezado a lamentar no tener otros caminos extraviados que reencontrar.

 

Niña otra vez

Anoche tuve que cambiar de cama con mi sobrina de 4 años, Agnés. Ella hoy empezaba la escuela, y transformamos los espacios de dormir para que no me despertara en sus arrebatos matutinos. Mi cuñada dispuso todo. Cuando yo llegué de mi paseo del día, la cama estaba hecha.

Antes de irse a la cama, la nena me dijo: “tía te dejé un muñequito para que no durmieras sola”. No presté mayor atención en el momento. Pero ya bien tarde, porque fue de esos días en que los pensamientos se roban las horas de dormir, vi que el cambio de cama era mucho más que eso, era una experiencia nueva.

Subí por una escalerita de algún metal indeterminado, de no más de 50 cm de ancho, que solo Agnés sube como si se tratara de un paseo por el Prado. Antes había lanzado mi libro, una botella de agua, el celular, había acomodado la lamparita y estaba lista para pasar la noche en las alturas. Al llegar a la cima descubrí que no solo dormiría en una cama de niña, sino que me taparía con una colcha de muñequitos de niña y que me esperaba, como me lo anunció Agnés, un osito de peluche: Winnie de Pooh.

Entre las tantas cosas que pensé antes de que el sueño me alcanzara, me vino a la cabeza aquella dedicatoria de Antoine de saint-Exupéry en El principito. Dedicatoria que de pequeña me leyó mi madre, y luego de adulta leí yo en todas las formas y los idiomas comprensibles: “…Todas las personas mayores fueron niños, pero muy pocos lo recuerdan…”. Búsquenla, por favor, y si tienen niños, léanle ese libro.

Me pregunté entonces si yo todavía tengo algo de niña; si aún puedo ver, en vez de sombreros, boas gigantes que se tragan elefantes; si soy merecedora de la cama de Agnés y del Winnie de Pooh que dejó sobre ella para mí. Me atrapó el desconcierto de estar preocupada por demasiadas cosas de adultos, y cierta tristeza me embargó, lo cual atrasó aún más el sueño.

Agnés es una niña capaz de descubrir no solo boas y elefantes, sino animales salvajes en el jardín o debajo de la cama; cuenta historias que a quienes la enseñamos a inventar mundos nos deja patidifusos, dignas de Carroll y algunas de Maupassant. Me dije entonces, si Agnés está tan cerquita de mí, en especial en estos días, por qué no aprovechar sus sabias enseñanzas, y volver a ser un poco niña otra vez. Me alegré de tener un osito al que asirme, cerré los ojos, pensé en sus ojitos pícaros profundamente cerrados a unos metros de mí, bajé los párpados, y me perdí en no sé qué historias de reyes y dragones de las que ella me estuvo hablando durante el día.

Ojalá alguna vez mis torpes dedos sean capaces de reproducir esas historias que esta niña narra, con ánimos interminables, desde que se levanta, hasta que deja en mi cama un muñequito para que me acompañe, en el sueño, o en la vigilia.

París… el reencuentro

Foto: Gabriela Guerra Rey

Esta mañana, mi quinto día en Francia, y como todas las anteriores, amaneció lloviendo. Yo había decidido ya que me iba al Louvre, lloviera, tronara o relampagueara, expresión que usamos en Cuba, donde todas estas cosas ocurren frecuentemente.

Agarré mi bolsa, mi cámara, mis guantes, mi gorro, mi abrigo, mi sombrilla, un mapa y una botella de agua -además de mi fatiga-, dispuesta a emprender la travesía que fuera bajo la lluvia. Y bien que no me equivoqué. Hice una cola aproximada de dos horas y media bajo el agua, luego de hacer el trayecto bajo el agua, para entrar al museo bajo el agua.

Los amantes de Sabina recordarán aquella canción tan linda que dice: “Yo no quiero París con aguacero, ni Venecia sin ti”. Por esa rola mi madre me enseñó hace años la de Charles Asnavour, Venecia sin ti, una triste melodía que termina: “Solo queda el adiós / Que no puedo olvidar / Hoy Venecia sin ti / Que triste y sola está. Pues hoy entendí la primera línea citada de Sabina, la de París con aguacero, y por romántico que parezca, no es bueno, créanme. París es hermoso de cualquier manera, pero en días como hoy, los aguaceros le van sobrando.

Sin embargo, después de caminar por los vastos corredores del Louvre, de quedarme fascinada con obras que no había tenido la oportunidad de ver, de acariciar el frío mármol del arte y la historia, y conmoverme ante las ya viejas pinturas de franceses e italianos, empecé a sentir algún ahogo bajo los abrigos y las bufandas y los gorros y guantes. Me había perdido tanto en la búsqueda insaciable de los ojos, que no solo me había olvidado de comer, sino que me había enajenado del mundo.

Casi a la hora de cerrar, exhausta ya por las horas de cola, las de recorrido y la pesada bolsa, débil y agotada, me extravié entre varias salas griegas que ya no me interesaba ver. Se me hacía tortuosa la salida, porque la fatiga me alcanzaba, cuando descubrí los carteles de “Sortie”. Y allá seguí sin miramientos, para encontrar entre los magníficos edificios del Louvre la única cosa que a esa altura del día ya no esperaba: el sol.

Qué ánimos, qué bríos me llegaron con los primeros rayos en tantos días. Me senté en una esquina de Rivolí a comer algo, y luego anduve, anduve, y volví al lugar de mis nostalgias en París -porque ya mis nostalgias se desperdigan también por este mundo-: el Sena. De ahí a Chatelet, no hice más que entrecerrar los ojos, respirar y comerme el sol con toda la fuerza de mis pulmones.

Camino de la estación a la casa, descubrí que Lagny-sur-Marne es un lugar sublime, que los cisnes blancos y apacibles a la orilla del río, cuando cae el sol, parecen otros muy diferentes a esos que yo vi ayer bajo la lluvia, y que se morían de pena y frío. Fue la magia de este día lo que me despertó. Por fin, casi una semana después de mi llegada, me había reencontrado con París.