A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

CARTA A MIS HIJOS. Respuesta a preguntas. DE CUBA Y EL CUBANO DÍA A DÍA.

Con respecto a los asuntos preguntados, respondo: No pertenezco a ninguna organización y mi ánimo es no pertenecer a ninguna.

Eso, aún si mañana hay otros partidos, o el que existe se reforma en esencias, hasta que en sus fundamentos proclame autonomía y libertad gradual y plena de ciudadanos e individuos, dentro de un socialismo no estatista, que satisfaga a Pueblo, País y Nación. E incluya toda la libertad que necesita el país hoy para salir de atolladeros y desvíos e implementar rectificaciones, conciliaciones, reconstrucciones y construcción de infraestructuras imprescindibles. Así como una política que por necesidad se encamine al desarrollo económico, aunque con vocación de propiedad social genuina, independencia soberanía, solidaridad, democracia.

La decisión de no pertenecer a organizaciones es, en parte, mi desconfianza en las supuestas vanguardias y en general por los partidos políticos, la política y los líderes de cabecera. También porque por fortuna las vanguardias reales, se crean y recrean fugazmente a sí mismas, continuamente desde inventores o descubridores de fuego, hasta artistas o científicos o filósofos que dejan una eventual cicatriz en el rostro del Mundo.

En la Revolución francesas y la Comuna de París hubo vanguardia, creo yo. En la Revolución bolchevique de l917 en Rusia, hubo vanguardia ideológica, pero en menos de un lustro devino en un perverso mecanismo político que desvió a la URSS por los peores caminos, para fatalidad de aquellos pueblos bajo zarismo prolongado. Y para desgracia de las utopías socialistas.

Mi criterio más serio acerca de las vanguardias, creo, lo dejo por escrito en Oda a las Vanguardias, publicado en el SPD 199, de marzo o abril de 2016. Los partidos o grupos que fueron eso que denominan vanguardias políticas, son relámpagos que se apagan rápidamente en cielo terrenal. Luego pueden derivar hasta en burocracias muy corruptas, absolutistas, totalitaristas, porque siempre el Poder vitalicio corrompe de una u otra forma.

Son forma de avance embozados, con disfraces múltiples de la realidad histórica. Evolucionamos para adaptarnos y sobrevivir. Adaptación se presenta con muchas formalidades y devaneos, avances y retrocesos, secretamente quizás para evitar caudillos, profetas o mesías (aunque no lo logra). Y para preservar sorpresas y alentar de nuevo a los supuestamente fracasados. O desestimular rutinas y dogmas (aunque no lo logra).

Soy poeta. Poeta y pretensión de ser. Con ideologización y pensamientos científicos, humanistas y socialista, que desean ser contemporáneos. Es suficiente en vida.

Esa gaceta, SPD (siglas de Socialismo Participativo y Democrático), que reciben a veces, es un boletín on line, pobre en recursos, que sale cuando puede y que compilan otros compañeros de forma casi anónima. En estrechez económicas y dificultades técnicas. Somos entre 4 y 18 o 27 gatos. A veces hasta un centenar o más. Depende de fechas y época del año.

Publico igualmente en otros medios digitales prestigiosos (Compendio, Observatorio Crítico (también pobres y esporádicos y editado por casi desconocidos, en precarias situaciones), Por Esto, A4MANOS, de Cuba y el mundo, incluido México, e incluso Europa, donde igual izquierda crítica y nuevas izquierdas, se apartan de modelos viciados y retóricas en desuso, dogmas y ortodoxias rancias, y abren espacio a conceptos que intentan retomar en sus esencias las ideas humanistas más legítimas, aplicadas a la contemporaneidad, desde antes del Renacimiento, de Moro, Saint Simon y Fourier, la Ilustración y otros, con sangre a la vez clásicas, modernas y creadoras. No quiere decir cien por ciento de acuerdo con tales insignes pensadores y revolucionarias, unas veces seguramente por crítico y otras por ignorante, sino que intento acercarme por aquí y por allá y me alejo cuando no entiendo o no convencen.

A veces, también, estoy de acuerdo o no con lo que dicen amigos y compañeros o desconocidos presentes o no presentes en las reuniones, otras no o muy no. Hay confusiones diversas, incluyo las mías, porque no existe información suficiente ni siempre clara ni verificable, y los medios nacionales y mundiales están aún en fase oficialista a pulso, placentarias o abortando un modus operandi infantil o descarriado. O resuman, las nos oficialistas, exceso de rencor y un no reconocimiento exasperado acerca del adversario y cada detalle nuevo o bueno o noble en los entornos. Solo algunas páginas, aquí y allá, extraviadas o puntuales, llegan con sonrisa y algo natural y saludable que se puede deglutir.

El debate en los medios que cité, de todas maneras, es mucho, diverso y mundial. Es pluralidad y flexibilidad convenientes de practicar, son discusiones y argumentos sin cortapisas. Es un sistema de dudas permanentes con muchas poleas. Y son personas de muchas tendencias, socialistas casi siempre, incluso miembros o ex miembros de la UJC o el PCC, también trotskistas y anarquistas, guevaristas, optimistas, exaltados, pacifistas, socialdemócratas, pesimistas, diletantes, curiosos, apolíticos, personas de centro izquierda y hasta de centro derecha o como se le llame. Hay sordos mudos que se expresan naturalmente con señas.

Cada huella de pulgar es diferente: cómo no lo iba a ser, en mayor proporción, todo lo demás que nos habita. Entre otras cosas, evitamos además puertas y ventanas cerrada.

Nos reunimos de vez en cuando para compartir opinión, reflexionar, y de alguna manera trazar pautas elementales que nos permitan coincidir temáticamente, o como ahora reciente, concordar en la cobertura a la visita de Obama a Cuba y el congreso último del PCC. Y así influir en la opinión pública cubana y mundial, con la mayor objetividad posible o imposible, en favor del socialismo que deseamos y los ideales originarios, hoy muy distorsionados, como lo fue antes el cristianismo. Socialismo no con propiedad estatal ni dirigentes vitalicios ni partido vanguardia ni pensamientos únicos.

Tampoco con elecciones populares solo en la base o primer escalón, al estilo Arabia Saudita. Sin posibilidad nunca de elegir candidatos en niveles superiores, incluido los supremos del País. No con esa escuadra ideológica en que hasta los sindicatos defienden primero al Estado que al trabajador y criatura estatalizada por estructuras férreas y aparentemente inmutables.

Ese fue el esquema aproximadamente del “socialismo real”, según sabemos, que existió en la ex URSS y el llamado “campo socialista”, que como también conocen naufragó a finales del siglo XX. Y casi sin que nadie previera inminencia, magnitud del desastre y hecatombe para las utopías. Y sin que aquellos pueblos salieran a defender el “nuevo” status vigente, pero al mismo tiempo ya muy repleto de anacronismos.

Cuba optó por acercase a aquel bloque del “socialismo real”, a causa de asedios, amenazas, bloqueos, intentos de aislamientos, supresión de cuotas azucareras y otras, provenientes principalmente de gobiernos sucesivos de Estados Unidos, que no aceptaba una revolución al parecer genuina en las cercanías de su territorio.

El problema, en realidad, estuvo en calcar, con escasa creatividad, y persistir con eso casi al pie de la letra, a aquel “socialismo” viciado de distorsiones y autoritarismos que, aunque denominado “marxista leninista”, tenía muy poco de un espíritu redentor extraviado en los avatares de la historia. Nos homologamos, la islita, con un gigante intercontinental, generando muchos burocratismos y sin sentidos innecesarios. Copiamos de aquellos modelos mariscales y aprendimos de cuasi manuales de filosofía y economía muy alejados del buen socialismo legítimo y sus raíces y fundadores.

Contra viento y marea, volvíamos a depender de un solo país para sobrevivir. Y eso por supuesto tiene sus costos históricos perdurables.

Una presunta vanguardia política cayó en moldes estereotipados y encrucijadas históricas, y se acomodó allí, en una época en que en Cuba se conocía poco de la realidad económica e ideológica del mundo.

El confort que emana para los dirigentes del hecho que el estado es el dueño de todo, por un lado, y la campaña anticomunista y los bloqueos y embargos desde Norteamérica, por otro lado, nos inclinó a pensar que si no estábamos con un lado había que sumarse homologada, fanática y completamente al otro.

Ocurría en medio de un bache profundo, producto de repetidas crisis económicas y guerra mundiales y regionales, en que izquierda e ideólogos de izquierdas, con excepciones y honrosas, aceptaban sin cuestionarse o cuestionaban mal lo que ocurría exactamente en grandes extensiones del planeta. No hubo debates políticos-ideológicos creadores durante décadas, sino a veces solo tiempo para gestión de sobrevivencia. Y en nuestra tierra, además, círculos de estudio machacones con vulgarizaciones “marxistas” y muchas distorsiones.

Así, lo que hoy llamamos “estalinismo” se adueñó del tiempo, y aunque en su momento la URSS jugó rol histórico decisivo en la derrota del fascismo, desvió por un curso catastrófico precisamente para la sobrevida del “socialismo real”.

Algunos no despertaron y siguen por oportunismo, comodidad o fanatismo, o porque no ven salidas, a aquellos modelos que aterrizaron contra arrecifes y no dejaron casi ni estela. Y solo sumieron en crisis varias al impulso de construir sociedades superiores, tanto en propiedad y economía como en libertades y democracia. Dos pasos atrás luego de un paso hacia adelante.

Otro es el socialismo que anticipamos y argumentamos de forma pacífica. Que desea utilizar la mejor tradición marxista y martiana, humanista y cristiana, entre otras, así como también la visión contemporánea de las ciencias en cualquier terreno. Sin olvidar grandes logros de pasados anteriores. Sin fanatismos ni intolerancias, sin dogmas ideológicos. Democrático. Libre, realmente ensanchado por la decisión y calidad cien por cien de legitima voluntariedad de los ciudadanos, activistas y colectividades. Abierto, con banderas de ternura desplegadas en toda dirección. Tratando de espantar la doble moral crónica que actualmente permea nuestra realidad nacional y mundial.

Pero cumpliendo, porque de otra manera no es posible, con postulados de propiedad social predominantes (no estatal), en primer lugar, y siempre mixtas, cooperativas, autogestionarias, cogestionarias, particulares, privadas, entre otras, y algunas por argumentar y dar cuerpo y solidez teórica para que vean luz en el marco de las realidades actuales.

Junto con el Estado tal (muy renovado con respecto a cualquier otros anteriores), en mi opinión particular, lógicamente se irán a bolina políticos y política que hoy ocupan excesivos espacios en desmedro de pueblos, colectivos, científicos, artistas, investigadores, creadores de todas las ramas, especialistas, ancianos sabios, talentos jóvenes, mujeres y hombres de cualquier edad, criaturas con boca y no solo orejas, ciudadanos e individuos, opinantes desperdigados.

Todos tenemos urgencia de participar siempre, tener voto oral y sufragio universal en las cuestiones, para que la sociedad camine hacia adelante. Sin inclusión no hay democracia, sin democracia no hay participación verdadera y posible.

Las sociedades hoy, en general, son manejadas en exceso por políticos intermediarios y taimados y burocracias oportunistas y tontas, en alianzas con élites de Poder, financieras y bancarias, ideológicas, mediáticas, enemigas o controladoras del Estado. Así como dirigentes inamovibles llegados siempre de la misma dirección, igual cantera y plegados a sus intereses personales y de grupo. Ellos copan y compran cada vez más protagonismos, sustituyendo con sus atribuciones el reservorio irremplazable de experiencias y capacidades acumulada por el gran banco genético de la Humanidad.

Socialismo en favor de una sociedad efectivamente más libre, autónoma, pluralista, emancipada de cualquier traba. Redimida de luchas no éticas o a la sombra, dilatorias, regresivas, siempre individualistas y malvadas, ciegas y egoístas de Poder. Con el ánimo venidero y estratégico de reducir el mal ego intuitivo, alimentado y miope. Al mismo tiempo, ampliar a límites impensados la integridad individual y ciudadana. Transitar del aupado y falso carisma de los caudillos y superlíderes a la franqueza pública.

Con democracia y libertad reales, descentralizada, depositaria y compartida, al alcance a de mayorías, no solo de clases o grupos favorecidos. Por supuesto, clases y grupos de Poder, dicho sea de paso, desaparecerían lógicamente en una sociedad tal, ellas solas, en transición pacífica, sin que nadie las eche.

Sin imperio de burocracia y corrupción, que hasta ahora son secuelas del “socialismo” vertical, absolutista, controlador y dueño por decreto de todos los recursos de la Nación. También existe en cualquier parte, porque todavía el mundo es esencialmente capitalista y aún no tiene voz ni una sola una hectárea socialista en el planeta Tierra. Presentimos como inminente esa Tierra pródiga, pero aun no logramos verla asomados a ninguna ventana.

Sería una sociedad donde productividad y creatividad alcanzaría rangos mayores, alucinantes desde nuestras perspectivas aún colonizadas. Colapsarían racismos, prejuicios, nacionalismos estrechos, chovinismos, excepcionalismos, discriminaciones y otras distinciones absurdas que hoy crean grandes conflictos nacionales, regionales mundiales. Conocimiento e investigación, interpretación, tolerancias, ocuparían los sitios vacíos que dejen tales atavismos.

Y entonces avanzaríamos con respeto superlativo sobre nuestro y nuestros planetas, dentro y fuera del sistema solar, creando un espacio inmenso de vida y bienestar para el gran conglomerado de los seres vivos donde quiera que residan.

Parece una utopía noble y bella. Y lo es hasta el día de hoy. Pero teórica e imaginariamente existe. Está quizás todavía más en el corazón que en el cerebro.

No es tarea solo de razonar ni de un año o diez. De pluralismos legítimos, comprensiones a fondo, gradualidades no formales, aperturas consistentes, solidaridades sin sectarismos, en particular con los porciones más dañados o desengañados, o ausentes o invisibilizados .

Pero un proyecto, sí, de cambiar en bien de la sociedad, las relaciones sociales, las personas humanas y todos los que habitamos el planeta en calidad de muertos o vivos. Historia del pasado sería otra, vista con otros ojos de entendimiento y cariño. Presente, un reservorio de potencialidades de cambios soñados y no soñados. Y el siempre futuro, algo mejor, más justo, fabuloso y en manos de todos por igual.

La historia escaló sin excepciones por lentos peldaños, a veces quebradizos, pero cada vez enroló a más individuos y multitudes.

Contradicciones nuevas surgirán y esos entornos serán lo que cambiarán y darán color a la épica de venideras estaciones.

La tierra es redonda y no plana, como se creyó hace apenas unos siglos. Evolución y tiempo inventó e inventa y saca especies de la materia prima universal. No las divinidades, como se afirmaba hasta hace menos de una centuria.

Creencias y dioses, fuego, armas y municiones, caudillos y guerras, herramientas, pólvora, agricultura, milagros, supersticiones e ideas renovadoras, astrología y astronomía, arquitectura gótica o barroca, revoluciones, electricidad y teléfono y avión y barco, cantos gregorianos, sinfonía, danzón, rock, estaban potencialmente contenidos en planes neuronales del Homo sapiens desde el primer día. La capacidad de mejorar es siempre virtual y posible siempre de ver nueva luz.

Sí hoy tenemos radio, cine, TV, informática, vida y cultura digital, mayor plétora individual, sueños de viajar por el planeta, sistema solar y cosmos, respeto a toda religiosidad o escuela filosófica, también tendremos ese socialismo.

Hasta ahora, la criatura humana, líderes en particular y multitudes en general, no estuvieron aún preparados para tal aventura galáctica. Inteligencia y sabiduría remontan con las marejadas sociales. Cojeras humanas un día tras otro desembocan en nuevas habilidades.

Las cosas no llegan por complacer o suavemente. Porque aquí estoy y tenía que suceder. Hay que luchar y arriesgar. Conocimiento se generó y está ahí con ese propósito múltiple y complejo, no para crear grandes distingos humanos, donde unos disponen de cien platos diferente y repletos, otros tienen cincuenta, otros una décima y otros no tienen plato.

Historia gira en dirección que le impriman la voluntad y el amor humanos. Quimeras y utopías, siempre estarán fundando realidades.

Con lentitud y al mismo tiempo con velocidad inusual, con respecto a eras anteriores, se crea alrededor del mundo comprensión y una confraternidad y alianza de los más huérfanos de poder y riqueza. De los mayoritarios. De los más conscientes. De las personas más nobles, bondadosas y generosas. De los que aspiran a apreciar y disfrutar efectivamente de avances de las ciencias y la cultura más que a lujos superfluos, aun cuando no estén excluidos magnificencias, fuegos artificiales, pompas fantásticas u orondas lentejuelas en blusas y camisas o festejos.

Capitalismo sucedió a feudalismo, feudalismo a esclavismo. Vamos hacia adelante, cada día, de formas evolutivas y relativas. Capitalismo, que luego de sacarnos con éxitos de estancos esclavitas y feudales, se torna depredador y despilfarrador, reparte sin equidad, devora riquezas, fuerza de trabajo humana y recursos naturales, genera además guerras, invasiones y genocidios, migraciones aniquilantes, tendría que ser sustituido con algo superior en algún momento venidero.

Ese nuevo orden y desorden social, donde continuaría ininterrumpida la aventura social, tendría que ser nombrado de alguna forma. Incluyo la palabra Socialismo. Aunque igual yo estaría de acuerdo con cualquier otro sinónimo o vocablo que lo interpretara.

Ese algo, al no ser palpable, es utopía aún.

Pero Lógica, sin muchas dudas, continúa detrás de las palabras. Como con respecto a aviones y barcos, trasplantes de órganos, viajes al cosmos, internet, etcétera. Nosotros podemos intercalar, de forma adicional y creciente, para apresurar en lo posible, dominio de la imaginación y preparación teórica. Combate sereno a cegueras ideológicas y mediáticas, abusos de poder, provocaciones elitistas, engañifas ideológicas y electorales, que se esparcen hoy en terrenos por los que ahora tienen riendas.

Fin de la irracional explotación del trabajo asalariado y los recursos otros, incluido el propio planeta que nos alberga, es lógica inexorable, imposible de parar. A no ser que antes se desaten autodestrucción nuclear o ecológica.

Demorará el prodigio poco más o menos. Aunque no siempre es posible divisar con exactitud desde estos bajos horizontes en que a veces nos detenemos a contemplar. Lo que a veces creemos una óptima atalaya técnomediatica, es en realidad un bajío insuficiente.

Lo que llamamos Futuro es todo utopías. Siempre fue así, desde las cavernas.

Giordano Bruno, religioso visionario, percibió un universo diferente, desmesurado, en movimiento constante y repleto de vida interestelar. Pero era el siglo XVI y por eso fue quemado en postes de la Inquisición.

F

A México, mi primera crónica de amor

Crónica de un maratón (CDMX, 28/ 08/ 2016)

Hace apenas un trienio escribí mi primera crónica de vida en México. La titulé: “A tres años de aterrizar en México, todas las nostalgias…”. Hoy, tres años después, y naturalizada mexicana, tengo muchas cosas nuevas que decir, para mi propia sorpresa.

La nostalgia pervive, pero en el tiempo ha cambiado de forma. Dejó de ser una enfermedad incurable para convertirse en un padecimiento que algún día podría, tal vez, quedar en el olvido. En cierto momento, sin que te des cuenta, deja de ser dolorosa para ser hermosa, amén de que toda persona lejos de sus raíces sentirá siempre determinadas ausencias y soledades.

Lo que me motiva hoy a escribir esta crónica, mi primera crónica de amor a México, seis años después de mi llegada, no es que ahora soy tan cubana como mexicana, o que en unos días llevaré el doble de tiempo en este país que cuando escribí aquellas líneas. Mi verdadera motivación es que hoy México me ha dado algo grande, y yo siento que por vez inaugural también le he dado algo: un maratón, 42 km y 195 metros nos regalamos el pasado fin de semana; el privilegio de correr por las calles de la que ahora es también mi ciudad, de llegar a su estadio olímpico, de alcanzar una meta –que representa muchas metas–, y salir tambaleante entre sus gradas con una medalla colgada al cuello.

Hay muchas historias de maratonistas… los que aspiramos a serlo, leemos y vemos todo lo que nos pasa por delante. En cada una de ellas alguien asegura que después de correr un maratón ya no es el mismo; que la experiencia te cambia la vida. Parece una verdad trillada, pero nada es manido cuando te das cuenta de que algo de verdad pudo transformarte.

Mi vida fue otra cuando decidí cargar una mochila al hombro, decir adiós al mar y a todos, y tomar un avión sin boleto de regreso. Nada podía haberme transmutado más. ¡Dejar todo lo que fuiste para no saber qué serás! No puedo saber cómo sería la Gabriela que se habría quedado en el 2010 en La Habana en lugar de emprender esta aventura. Pero conozco a la Gabriela de hoy, enamorada de la vida, plena, libre, y con nuevos derroteros capaces de volver a cambiar esta existencia, ahora más rica que nunca.

El maratón sin duda me cambió, pero no cuando llegué a la meta, sino desde el mismo instante en que empecé a correr y supe que quería seguir haciendo eso por mucho tiempo. Las más de cuatro horas de carrera del día de la competencia no son sino el colofón agotador y deseado de meses de entrenamientos, de gente buena ayudándote, de situaciones que, unas veces más fácil que otras, tienes que superar. Lo que te cambia es darte cuenta de que puedes dejar de estar atada a una reja invisible, de que los miedos no te pueden paralizar, sino que están ahí para vencerlos, de que prácticamente todo es posible, más si se trata de un acto lleno de amor, como es para mi correr.

El maratón me cambió la vida porque al atravesar la meta me sabía más fuerte, resistente, acaso sabia, y por si fuera poco, querida y apoyada por amigos que encontré en alguna vereda que ahora es cruce de mis días.

Al correr, muchas sorpresas encontré en el camino: el ejemplo de mis viejos, con la voluntad de acero de mi madre y su ternura infinita; un grupo de atletas dispuestos a darlo todo en cada carrera, en cada reto, como modelo que me ayudó a seguir a diario; un coach y amigo que además de planes de entrenamiento y alimentación, me infundió lo que más necesitaba: confianza. Finalmente, encontré solidaridad, cariño y amor en algunas personas muy cercanas y en otras que fueron llegando de a poco, como un cataclismo lento que precede a la mejor de las eras. Entonces, me sobran las razones para escribir estas líneas, para decir que sí, que al vencer el último kilómetro de una larga carrera, yo era otra, al tiempo fusionada con miles de corredores por lo más esencial, la construcción de incontables nuevos sueños.

Subirme al barco…

Subirme al barco, no volver el rostro, olvidarme de lo que dejo atrás, no pensar más que en el océano infinito y las aventuras que él me guarda, buenas, grandiosas, malas, terribles, desoladoras, escalofriantes…, tal es mi deseo.

También es mi opción a la bala o la espada, hacerme al mar y olvidarme por un tiempo de que yo misma tengo memoria de algo que alguna vez existió.

Navegar, con la frente en dirección al horizonte inalcanzable, con la emoción agazapada de llegar a nuevos puertos, y entonces encontrar una computadora y una conexión a internet, y enviarte toda las páginas que llené durante el trayecto, donde verás que no es tan magnífico el viaje como lo imaginamos, y que por momentos la única cosa que desearía es estar encerrada en esa habitación contigo, donde nunca tuvimos el tiempo de quitarnos de verdad las libertades mutuas.

Y luego levantar los papeles, tomarme alguna bebida local en un bar de esos de marineros borrachos, hacer el amor con el que se haya bañado más recientemente, comer un chorizo de dudosa procedencia, y regresar al barco que se convertirá en mi cárcel, del cual querré escapar hacia una nada que ya no existe, porque el océano ya es la nada.

Tal vez vendrá una tormenta que nos saque de la parsimonia marítima, y remueva el barco por unas horas, y nos haga pensar en el fin de todo, allí, en medio de ese oasis de soledad, en el vacío sin nombre, y ese miedo quizás no nos produzca tanto espanto, porque ya lo hemos visto casi todo o casi nada.

Entonces vuelva la calma, y llegue a otro puerto, y te escriba, y tú te asustes con lo de la tormenta, y me pidas regresar.

Y es posible que después de muchos puertos y mucho amor de marinero borracho, y hasta demasiadas tormentas, yo regrese al jardín escondido por edificios, donde no se ve el horizonte ni el mar ni nada, y entonces, solo entonces, volvamos a ser felices por un tiempo limitado.

La libertad de correr

Esta mañana me desperté a las 5 am. Había mirado el reloj a las 2, a las 3 y algo, y luego cerca de las 4:45. Aunque estaba cansada y dormí profundamente, en el sueño llegaban ideas o demonios, porque así les llamó a esa hora, que me hacían dudar del tiempo. Iba a correr mi primer medio maratón de la vida, así que de ninguna manera podía quedarme dormida.

Cuando salí de casa no pensé en la trascendencia del momento, no pensé que estaba haciendo realidad un sueño, no pensé en nada que no fuera alimentarte lo suficiente para estar fuerte y resistente. Estaba ansiosa y, atrabancada como soy, loca por salir corriendo. A esa hora los jóvenes apenas regresaban de la fiesta del sábado por la noche.

Ahora escribo ya vivida la experiencia, con los rodillas aún adormiladas por el esfuerzo y las piernas agotadas, pero con una satisfacción que solo una noticia muy terrible podría borrar de mis pantorrillas endurecidas y el alma macerada de emoción.

Me había jurado que no escribiría mis primeras líneas sobre esta pasión que es correr, hasta que no corriera mi primer medio maratón, que sería oficialmente el de la Ciudad de México, el 30 de julio de 2016. Como desde finales de abril de este año soy también mexicana por naturalización, me embargaba el romanticismo de celebrar en my ciudad adoptiva los primeros méritos deportivos y el ya no tan corto camino del exilio, que ha sido cruel e intenso, doloroso y feliz.

Sin embargo, el apoyo moral de los amigos, la entrega durante los entrenamientos diarios en FNC por parte de Alejandro (quien ha sido mi entrenador personal), el equipo de coachs, y la gran familia que forman mis compañeros de spartan, me llevaron a adelantar ese instante perentorio un mes y medio. Incluyo en esta lista de gratitudes a los amigos que cada domingo corren conmigo en Ciudad Universitaria, donde dejamos el corazón detrás del sueño, nos superamos, y de paso compartimos la vida, además de los mejores desayunos de la semana.

A mis viejos, todo el agradecimiento del mundo, en esta ocasión especial a mi madre, a quien debo la fortaleza, si es que de ello puedo presumir, pero sobre todo la convicción de que no hay nada en la vida que de proponernos no podamos conseguir. Si ella no me hubiera hecho creer eso, hace unos meses me hubiera reído a pata partida de quien osara imaginarme corriendo un medio maratón a menos de 6 minutos por kilómetro; eso, para no burlarme de mi pueril pretensión de corredora.

Y heme aquí, sintiéndome corredora, mexicana, agradecida a la vida, creyendo que en el ejercicio delicioso de la carrera, en el esfuerzo extraordinario de dar todo, uno puede todavía cambiar cosas y convertir en milagro el barro, como decía ese poeta de nuestra infancia cubana.

Correr es como la vida. Durante el trayecto vives estadios similares: la ansiedad, la angustia, el dolor, la pasión, la excitación, el agotamiento extremo, la felicidad. A veces te preguntas qué diablos haces un domingo al amanecer dejando el gaznate en la pista, y otras no tienes la menor duda de que nada que hubieras hecho con esas dos horas podría ser mejor. Lo que la vida se toma años en enseñarte, la carrera te lo muestra en horas aceleradas e intensas, y en kilómetros.

Si hoy puedo decir que me siento una mujer libre, verdaderamente libre, ese sueño que me ha perseguido desde los encierros en la isla, se lo debo en parte a la carrera. Todo pasa durante las horas de volar con las piernas, alcanzar la velocidad crucero, y atravesar la frontera de lo que crees posible, hasta convencerte de que los límites de a de veras los pones tú. Es el tiempo de abandonarse a la música, de construir historias. Yo, además, pienso en los amigos lejanos que hace tanto no veo, en los amores pasados, en una niña que siempre me espera al otro lado del océano. Repaso las páginas leídas de los libros que me acompañan en la cotidianidad, y construyo sueños, porque si de algo se trata la libertad, es de soñar.

En julio correré. Y quizás en agosto. Y correré en noviembre en La Habana, cuando la villa de San Cristobal cumpla 497 años, porque antes de ser mexicana, fui, y para siempre, una cubana amantísima de su suelo. A esas ciudad he dedicado mis mejores cuartillas, mis más dolorosas penas y los mayores sueños de mi vida. En esta otra, caótica, desbarajustada, que me acogió como hija hace casi seis años, desde la libertad de pensar, de actuar, de correr y de sentir por lo que yo decida, pongo hoy mi huella, planto mi bandera y dejo el sudor en sus asfaltos, no sin cierto orgullo, o enrarecida vanidad, no sé…

 

La tormenta

He esperado veintisiete años por este día. Desde el amanecer oscuro, como si estuviera atardeciendo; desde que el aire violento entró por la ventana y echó abajo las pocas flores del jardín artificial, supe que había llegado. No estoy triste…, algún día todos vamos a morir.

Llevo más de dos décadas pensando en esto y no veo alternativa. No soportaría que enterraran mi cuerpo bajo tierra, y que los gusanos me devoraran ni con la bendición de Dios. No creo en la vida más allá de la muerte, pero este cuerpo pálido, solitario y torpe, ha sido mi residencia por treintaicinco años. Me importa su destino tanto como el mío. Morirá conmigo, al viento. Nos perderemos por algún resquicio de la tormenta y haremos lo que juntos hemos deseado: abandonar este mundo como aves de paso.

Lo siento, huele a polvo. El instante crucial se aproxima. Tiembla la tierra y los animales huyen, saltan, corren, vuelan, gimen. He visto el sol intentar sacar un rayo de esperanza, pero las nubes tenaces se han interpuesto. En el cielo se han dibujado esos colores, el naranja que cae contra el gris profundo. A lo lejos una rapaz vuela, asustada, como una anticipación del fin.

En casa no hay nadie. Se han ido a vacacionar a las playas. A mí el agua de mar ya no me entusiasma. Me he quedado a trabajar en una nueva historia, que será la última. Si no muriera hoy habría, posiblemente, otras historia, pero ya yo no querría contarlas. No me sirve de nada andar contando cosas a gente que de todas formas no entiende.

Desde pequeña sabía que iba a morir en la tormenta. No se puede haber nacido en una región como esta y morir, por ejemplo, de enfisema pulmonar o diabetes. El día que llegué a la vida hubo uno de los peores vendavales del siglo. Nací en un sótano porque a mi madre se le presentaron los dolores cuando era imposible salir de casa o llamar a un médico. Era tan poderosa aquella tempestad, que dio a luz antes de que el castigo hubiera terminado.

Los nativos de este suelo creen que tenemos una maldición que viene de nuestros ancestros. Según cuentan, desafiaron a los dioses para vivir en una región baldía porque se hartaron de un peregrinaje de centurias, donde muchos quedaron al borde de un camino que no existía. Un día ya no pudieron caminar, y contra los designios divinos plantaron su pueblo en este piso yermo donde no crecía nada, y se pusieron a invocar deidades ajenas para que cayera agua del cielo. Tal fue la respuesta, que desde entonces no para de llover. La tierra impregnada hasta el tuétano es tan infértil como la desértica que encontraron. Pero ni la razón ni las fuerzas les alcanzaron para optar nuevamente por el andar.

La muerte por acá no es tan terrible como parece. No cuando sucede a una vida mordaz y gris como el cielo que observo. Cuando regresen, y los que ya se guardaron en los refugios salgan de sus madrigueras, yo ya no estaré; acaso mi historia, si no se vuela fortuitamente. No importa, escribo solo por esa necesidad soberbia de no quedar muda, de decir la última palabra, aunque no sea la última.

He hecho todo lo que he querido o lo que he podido. Jugué de pequeña con las niñas en el refugio. Viví bajo y sobre la tierra estéril. He cantado alguna vez, y mis historias han sido leídas por este pueblo olvidado. He alcanzado toda la fama que me estaba permitida. Vi nacer una flor en el patio de casa, milagro inconmensurable en piso que no da más que polvo y sangre. Reí cuando conocí el mar, y comprendí que era prisionera de mis predios vacíos. Fui testigo de más tormentas de las que ningún humano haya visto jamás. Casi tuve un hijo, que murió en mis entrañas antes de tener cerebro y corazón. No quiso mi naturaleza hostil que naciera. Bailé un son una noche, sin saber bailarlo, cuando alguien trajo por azar un equipo para reproducir música. He olido una y mil veces el aroma impetuoso de la lluvia donde he de perderme. Sus gotas han bañado mi cuerpo anémico de sol y mi rostro confundido con las lágrimas de mis antepasados peregrinos. He visto un ave volar, migrando a mejores paraísos, y atravesar el firmamento abarrotado de esos pequeños y brillante puntos de luz que llegan con la calma. El viento me ha arrastrado como una hoja de los árboles que nunca tuvimos, y ha jugado conmigo como un animal abandonado. He sido parte de esta naturaleza muerta, de este cuadro bello que quedará para la posteridad en la pared de algún coleccionista enamorado de parajes imposibles.

Termino mi café, mientras el torbellino en el que he de partir se acerca. Espero el instante crucial en que la tormenta rodee y pueda, dentro de su ojo, caminar plácidamente hasta sus ruinas. Mientras llega ese minuto perentorio, estaré frente al vidrio, dejando unas palabras de más o de menos en este papel donde ya las letras se van desdibujando. Cuando esté lista, caminaré hacia el gris en tonos revueltos del tornado, y me dejaré llevar, otra vez como hoja, como grano de polen, a vivir la vida que ya no existe. Si un águila cruza el atardecer en medio de las gotas pesadas, y es batuqueada por el viento, nadie crea que fue un pájaro de mal agüero; he sido yo que logré la libertad.

Me despido; dejo mis últimas cartas para que mi familia tenga su duelo. Me enrumbo a mi viaje, porque la calma, el centro de todo, el ojo del huracán, ha tocado a mi puerta.

El taxista y el pajarito

Una mañana cualquiera en el DF.
El tráfico estaba hasta el borde: el borde del abismo, el borde de las circunstancias, el borde de los nervios. Yo tenía que llegar a ese evento en menos de una hora, y ya estaba abusando de la flexibilidad de ciertos horarios en esta ciudad.
– ¿Nos vamos por el camino tradicional, señorita?; me preguntó el taxista. – Pues sí, ni modo; respondí.
-Y es que en esta ciudad ya nunca se sabe con el tráfico, ya no hay días mejores ni horas pico ni quincenas, siempre está hasta la m…. Solo los viernes de quincena, puente, marchas, plantones y aguaceros son la excepción, porque esos días es sencillamente intransitable. -Si, ya ve usted, señorita…, y es que uno que trabaja en este negocio, para qué le cuento: ya no hay zonas malas y buenas. Ya donde quiera está así…
Por esa línea iba nuestra conversación al principio, casi la misma que sigues cuando te das cuenta de que vas a pasar la próxima hora de tu vida con ese taxista, no te trajiste un libro para leer y más te vale conversar para que no te robe. Porque la verdad ya tampoco importa si pediste el taxi al sitio, a la aplicación o lo tomaste en la calle. Todos cobran tarifa “preferencial” y en cualquiera te sientes un poco insegura.
Pero en los primeros quince minutos pasó algo inesperado. Estábamos en una avenida grande, con el embotellamiento hasta el cuello, cuando el taxista se bajó del carro para ver algo. Lo único que me falta es que se descomponga esto justo ahora y aquí, pensé. Pero el taxista regresó al auto con un pajarito en la mano, amarillo, menudo, frágil, y si no lastimado, evidentemente trastornado. Lo dejó sobre el asiento del copiloto, y para cuando me asomé a ver, ya no estaba. Anduvo unos minutos aleteando por debajo de los asientos hasta que logré atraparlo.
El pajarito fue nuestro siguiente tema de plática obligatoria. Le conté al taxista cuando era niña en la isla, y después de cada ciclón el viejo nos llevaba a mi hermano y a mí a recoger gorriones y nidos de gorriones caídos de los árboles. Los cuidábamos unos días en casa, y algunos se recuperaban y regresaban al vuelo, apresurados.
Yo me sentía un poco mejor, porque supuse que le estaba salvando la vida al animalito, y por otro lado había una especie de sensibilidad rara en mi taxista, que había rescatado al ave de una muerte segura por apachurramiento.
De ahí saltamos a los temas de rigor, esas preguntas que todos me quieren hacer, conocidos y desconocidos: – ¿Y de dónde eres? – ¿Y desde cuándo estás en México? -¿Te gusta? (La peor de todas, porque o das una respuesta muy sencilla, o te complicas la existencia tratando de explicar de qué manera te gusta esta locura de metrópolis). – ¿Y a qué te dedicas? – ¿Y…, seguro estás casada?, -¿Cómo soltera? -¿Y no te tiran los perros?… Ya para este punto de la conversación el pajarito había recostado pico y cabeza sobre mi dedo índice y se estaba quedando dormido, en una imagen de ternura que contrastaba con el ambiente, y que nos conmovió a ambos, o eso creo.
Aproveché el hecho para cambiar el curso de la plática. – Mira, se siente confortado y creo que se está durmiendo. El taxista sonrió. -Ya tienes algo de qué escribir hoy, me dijo; como si yo no tuviera nada que hacer en todo el maldito día…
Después aquel intercambio recorrió caminos escabrosos. Me contó de la vida en las colonias en las que había vivido, de todo eso que sabemos que convive en nuestra urbe con los pajaritos caídos de los árboles o escapados de las jaulas, y que perdonarán que no detalle en estas líneas, por cuestiones de seguridad. Dio tiempo para más de una anécdota y un espanto mío. En algún momento, desde el interrogatorio, aquel taxista me había causado temor. Y en mi cabeza pasaban mil ideas por segundo: que ya estaba tarde para la conferencia a la que debía asistir; que si algo pasaba con el taxista tendría que sacrificar la seguridad del pajarito entre mis manos por la mía; que iba a tener que cambiar mis métodos cordiales con algunas personas, porque exageraban la confianza; que no le había enviado no sé qué información al editor web; que ahora no podría hacerlo porque tenía las manos ocupadas, con el pajarito…
Así, cuando llegué a mi destino, veinte minutos tarde y una hora y media después de haberme dispuesto a salir de casa, ya estaba agotada, preocupada, un poco molesta. Pero el taxista me dijo que le había gustado mucho hablar conmigo, me cobró un dineral, y le pasé la custodia del pajarito que prometió cuidar hasta que pudiera volar, porque en una jaula no valía la pena… entonces me pasó por la cabeza que lo iba a encarcelar, pero igual le habíamos salvado la vida, pensé para consolarme y me fui tratando de imaginar al ave en la rama…

Ese tema inagotable…

A veces, mirándome críticamente, y a la gente alrededor, tengo la sospecha de que el tema de la emigración y las nostalgias está agotado. Leo blogs interminables sobre cómo somos los cubanos fuera de Cuba, y con el tiempo apenas logran arrancarme una sonrisa. Los estereotipos están hechos y están en todas partes, y quizás yo en mis escritos, los publicados y los inéditos, he abusado de ellos. Solo espero que el día que los inéditos dejen de estarlo, no sea realmente tarde.
Sin embargo, hay emigrantes muriéndose en el mundo, tratando de atravesar fronteras o el mar implacable para llegar a una vida mejor. Hay niños pereciendo en playas desconocidas, que se hacen famosos después del último aliento y la posición adecuada en las arenas solitarias. Hay gente cruzando todos los días esta frontera que nos separa a los latinoamericanos del gran imperio norteamericano, y siendo secuestrada en ella, aniquilada, violada o robada. Cuando pienso en eso, cuando repaso la literatura moderna y veo innumerables títulos que siguen tratando el tema con el mismo estoicismo y simplicidad de siempre, me digo que no, que no, no está agotado, que todavía hay mucha tela por donde cortar.
Mi viejo dice que es el tema más antiguo del hombre; yo lo pondría en el primer lugar con un par de ellos. Pero sí, la trashumancia nos ha acompañado a todos los seres en el ejercicio de sobrevivir. ¿Por qué le damos ahora tanta importancia? Quizás porque antes viajaban las familias todas, juntas, o las manadas, o las bandadas o las manchas. Y hoy día, al menos los humanos, viajan solos. Y esos humanos podemos pensar y además llenar miles de líneas y fotos de nostalgias insignificantes para la mayoría. Porque no se sufre lo que no se vive.
Por eso diviso la posibilidad de escribir, si acaso, para un grupo reducido de personas; para esos que pueden entender mi sentimiento de soledad o mis padecimientos incurables de nostalgia. Y aun así me siento fuerte, porque, quizás sea yo una afortunada escritora diletante con un público cautivo, algo que a muchos les gustaría tener.
Hoy comparto un poema que me regaló una amiga, y que de mucho me ha servido en el viaje. Hoy que extraño todo lo que fui y lo que no soy, que la vida me recuerda cuán lejos están los que quiero más, sonrío, retrato un par de escenas,  y me tomo la osadía de dirigirme a los emigrantes del mundo, sabiendo que yo, posiblemente, jamás regrese a mi Itaca…

Viaje a Itaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

C. P. Cavafis.

Un mundo en Guerra

Quien dijo aquello de que un mundo mejor es posible, ha de tener razón. Me resisto a pensar que los humanos hemos dado ya todo lo que teníamos. Seguro habrá más, mucho más, escondido entre los tendones, y  así como aún no hemos sabido explotar el cerebro en sus amplias dimensiones, tampoco hayamos podido sacar ese “todo” de entre los nervios, y dárnoslo unos a otros.
Esta mañana sentí que vivíamos en un mundo en guerras; en realidad, es un sentimiento que me acosa con cierta frecuencia y va más allá de las guerras tradicionales que conocemos…
Estas son Guerras cotidianas, entre: empleados y patrones; capitalistas y disque socialistas; capitalistas y verdaderos socialistas; gordos y flacos; peludos y pelones; altos y chaparros; editoriales y editores; mano de obra y dueños de los medios de producción; libro e internet; cine y televisión; revistas y multiplataformas digitales; medios de prensa con lineamientos y libertad de prensa; tecnologías y la ligereza de sobrevivir; gobiernos y pueblos; economía de los grandes bancos y los bolsillos tristes de la gente común; trabajo y ocio; ricos y pobres; desarrollo profesional y artístico; el ruido y el silencio; hijos y mascotas; sueños y realidades; amor y matrimonio; más y menos; Estado y empresa privada; libre mercado y regulaciones de gobierno; el viaje y el estarse quieto, y un infinito etcétera, que cada quien verá en su acostumbrado avatar.
Me preocupa; sí; vivo en guerra entre mis preocupaciones y mi insomnio; mis sueños y mis limitaciones; mis ambiciones y mi desvencijada humildad…,  pero a mí, mortal de apellido Guerra, no me queda otro remedio que vivir en guerra eterna contra mí misma, o vivir mi propia guerra. Ustedes quizás tengan alternativas…
Hace un tiempo escribí un mal poema que hoy comparto, para librarme de la responsabilidad individual y hacerla colectiva:

 
Guerra

Estoy en guerra
contigo, conmigo
estoy en guerra, con la metralla al hombro
asesinando sentimientos, sutilezas
estoy en guerra en mi remanso de paz
en la montaña, el rio quieto
el mar eterno
estoy en guerra
y no es por ti, ni por mí
es por el miedo
que estoy en esta guerra

Gabi Guerra/ 8 de noviembre de 2012

Puerta de Alcalá en la Primavera de 2015

“La primavera sabe que la espero en Madrid”

Foto: Gabi Guerra

“A mitad de camino, entre el infierno y el cielo, yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid”.

Yo me bajo en Atocha, Joaquín Sabina

Madrid era para mí una canción. Una y mil canciones españolas, que convertían aquella tierra, a la cual pertenecieron mis antepasados, en un lugar cercano y familiar. Por eso, cuando bajé los pies de un tren, en el centro de sus avenidas, yo sentía también que me bajaba en Atocha y me quedaba en Madrid.

Alguna vez, escuchando que “un taxista que pasaba, quedó, mudo al ver como empezaban las Cibeles a llorar”, yo soñé con verlas derramar esas lágrimas. Pero fueron mis suspiros, emocionados, los que agobiaron la esquina de las estatuas.

Ahí estaba, viendo pasar el tiempo, aún, la puerta de Alcalá, y a su alrededor, innumerables necios que como yo querían entrar por sus arcos, como si allí comenzara el mundo. Y estaba la Puerta del Sol, barrida por infinidad de olas de manifestantes, y que no es, por ninguna esquina, una puerta. Y unas calles más abajo se remozaba la Plaza Mayor, en cuyos adoquines una vuelve a poner las plantas como si pisara una plaza habanera, de muchas maneras similar.

Me deben haber faltado pocos lugares que visitar; o al menos visité no pocos, porque mis amigos, cubanos, emigrantes como yo, que han encontrado en la tierra de las canciones un espacio de vida, me hicieron conocer cada sitio, cada monumento, cada puesta de sol, cada noche encendida, cada barriecito muy madrileño, con sus aceras repletas, sus restaurancitos y cafés, sus mercados, sus estatuas y museos, sus manjares, ¡ah, sus manjares! Mis memorias llegan ahora atravesadas por la conmoción de lo vivido, por la evocación del reencuentro con la gente que he querido desde siempre, y que un día, sin quererlo ni unos ni otros, nos tuvimos que abandonar.

Esta noche no hay una razón para que Madrid vuelva a mis neuronas y a mi sangre, excepto que su olor, traspasado por la nostalgia, se aviva en mis células, embriagado por las cañitas, los sabores ibéricos y la soledad de las despedidas.

Atocha es, desde entonces, un paradero de vida, y los trenes de cercanía, animales que brotan de una canción y tocan la puerta de mi casa sin avisar, una noche cualquier.

Hoy hace un mes que regresé de ese viaje sin nombre, y apenas comprendo cuánto de mujer dejé en las calles de Barcelona, Madrid, París, y cuánto me traje, apeñuscado en el alma, de todas ellas. Lo peor de todo, es que ya no es primavera ni las cigüeñas vuelan sobre nuestros brazos de decir adiós.

La culpa

La culpa, ese verdugo…

La culpa de la existencia

La culpa de pasar sin ser

La culpa de no hacer nada

O de hacer demasiado

De una vida vacía

De querer llenarla

De no mover un solo dedo

La culpa del amor

Y del sexo sin amor

La culpa de los amantes

que buscan en sus propios

cuerpos la redención

La culpa de la madre

que abandona a su cría

De la que no sabe

amar más que a su hijo

La culpa de la que no engendró

La culpa del desarraigo,

De dejar atrás tantas cosas

La culpa y la soledad

De haber dejado esas cosas

El ansia de alcanzar otras

Y la culpa de no saber llegar

 

Ah, la culpa, todas culpas

Ese verdugo…