A 4 manos

Eliseo Alberto Diego -Lichi-

EL HOMBRE QUE LLORABA

Lloraba y lloraba, toda la tristeza del mundo se acumuló en sus ojos. Murió antes de haber muerto. De pena.

Comenzó a chocar con las paredes y con las hojas de papel en las que aún intentaba escribir la historia que lo llevaría a la posteridad. Ansiaba la vida después de la muerte, aunque él no estuviera.

Tropezaba las palabras, descomponía los sintagmas y estaba desgastado por el vicio de la nostalgia.

Lloraba sin quererlo, y sin quererlo expresaba la hondura de una soledad que solo fue superada por la soledad del poeta, su padre. Tenía el don, pero le faltaría tiempo.

Cocinaba para que lo quisieran, pero escribía para quererse él. Fabulaba las historias como quien cuece panecillos. Vivió todas las vidas del emigrante, murió en todas ellas. Se peleó con la Muerte a muerte, y perdió.

Llorar lo hacía sentirse vulnerable, y se negaba la fragilidad. Era un apóstata de la ternura, pero la practicaba a escondidas, en silencio, en tinta negra. Jamás hubiera perdido la oportunidad de conquistar.

El hombre que lloraba padeció un enfisema pulmonar, aunque nunca fumó. Había comido demasiado, tal vez, y había bebido. Voló de un país a otro, desasosegado, buscando la cura. Se le pudrió un riñón. Se le fermentó la culpa entre las manos.

El día que lo fueron a trasplantar, mientras los tejidos de su cuerpo se iban sumiendo en el sopor de la anestesia, los miserables personajes de sus novelas comenzaron a saltar sobre la mesa camilla. Miniaturas visibles, al parecer, solo para su creador. Fue el temido final que debía liberarlo del llanto.

Lo lincharon, le echaron en cara las penurias de un siglo que el autor sufrió antes de crearlos, por su propia cuenta. No le perdonaron algunas víctimas brutales. Cuestionaron el carácter del hombre para asumir sus destinos. Hurgaron en la realidad y en la irrealidad, y más tarde, en los fondos de tan renombrada nostalgia. No encontraron nada. En lo hondo había un hoyo enorme, un agujero negro. Custodiaba un enano negro. Sus personajes, que él pretendió entrañables, creyeron que aquel enano significaba algo. Por ejemplo, que incluso un enano negro en el agujero negro era un símbolo de ternura.

Cuando lo llevaban al salón de operaciones, las enfermeras que lo recibirían sintieron un temblor de pies. Se tocaron los tobillos con las manos, asustadas y, por unos segundos, perdieron de vista el objeto de su trabajo, un riñón estropeado. El hombre corrió sin mirar atrás. Le palpitaban las córneas en los ojos, siempre anegados, pero al límite de un largo pasillo, cayó de rodillas y luego se hizo bolita, como un feto que regresa a la semilla. Su más famoso personaje, el León de la Metro Goldwyn Mayer, le había dado una estoqueada fatal en el hueco del corazón donde, en un tiempo, escondía bailarinas.

Hoy es el fantasma que llora, que llevó la tristeza a la muerte. Es la posteridad.

Nota de la autora: Del libro de cuentos inédito: La maga del canal. En homenaje a Eliseo Alberto Diego, Lichi, que hoy cumpliría 70 años.

“Mira lo que la luz hizo ahora”. Muy breve antología de poemas de Francisco Martínez.

Tigres

A veces me siento en un cuarto vacío. Es mi mente.
Ese cuarto se convierte en un terreno baldío, sin vida, sucio, descuidado.

A veces ese baldío se convierte en una selva y estoy rodeado de maleza.
En ocasiones escucho a un tigre acechándome.
Ese tigre,

Eres tú.

Aves

Esa postal de aves que un día me regalaste es lo único que me queda de ti.

Cuando por un instante supiste que amaba a los seres
Que se mueven suave y libremente por la vida.

Como tú.

Escorpión

Pararse a la orilla del edificio y no sentir la nausea.
El avión que sube y no se desploma.
El auto que frena, el barco que arriba,
La obscuridad que llega y no atrae al temor.
Las palabras que se hablan como si fueran dictadas.
La lista sin incisos,
El hola en repetición y el adiós inalcanzable.

La belleza es un plano holandés.

Tour de France

Extrañar es un lujo.
Como el que teniendo el oro,
Subestima al tiempo.

Ofrenda de paz

Romper y armarlo, sí.
O no, reinventarlo.

El árbol no deja de crecer,
El agua le da vida de vez en cuando.

Destapar los espejos,
Perdonar el silencio.

El ave herida en tu jardín,
Que en tus manos reverdece.

Vuela.

Balún Canán

Mi casa está hecha de raíz.
Escala por las paredes.
No es de barro,
Ni siquiera de concreto.

No solo vivo yo,
También mis reflejos.
A veces mi padre,
A veces otros.

Mi hogar no tiene dirección.
Quisiera encontrarlo.
No me lamento.

ORO

Nada es más brillante que la ausencia.
El abandono del misterio,
La aceptación del lugar.

La definición del reflejo
Y el trazo del camino.
El ser y el estar,
La omnipresencia humana.

Sentir es definirse,
Aceptar la fragilidad.
Ladrillo a ladrillo
Construir la fortaleza.

La conquista de la montaña
Y la debilidad del papel.
Eso es, eso es.

Francisco Martínez
Francisco Martínez

Piscis.

Desde un remoto lugar,

Desde otra generación.

Hellena de Todas Partes

Gabriela por el laberinto para salvar a Hellena

(cómo escribí Hellena de Todas Partes)

Creo, hoy más firmemente que nunca, que las obras que escribimos quienes confiamos aún en este oficio macabro y dulce ya vivían dentro de una transparente célula adosada como Plecostomus a los muros interminables e incorregibles de un laberinto. Allí obran la infinitud del tiempo, la deslealtad de las horas y una impenetrable magia que hace verdaderas las historias.

Hellena comenzó a caminar las calles de Roma en las Navidades de 2016, cuando yo misma conocí la hermosa metrópolis de evocaciones imperiales, la verdadera ciudad donde la luz inunda los mármoles históricos y la conciencia del universo, que es la conciencia de la poesía. Como Hellena, yo venía de París, de ver a Agnès, e iba hacia ninguna parte buscando algo que nunca supe. La encontré caminando a orillas de Tíber, mientras los árboles rociaban de flores moradas las orillas acerosas. Juntas recorrimos los íntimos callejones empedrados de esculturas y pasado, visitamos El Vaticano, La Basílica de Saint Pietro y por supuestos las ruinas de aquella gloria remota y bárbara.

Hellena regresó conmigo a París. Pero en la alborada de 2017, yo volví a México y ella se embarcó en un pesquero a velas por los mares del África. Conoció el amor y la desgracia, y cruzó, como los viejos descubridores, el Cabo de Buena Esperanza, todavía llena de ilusiones.

Pasaron grandes sucesos en el tiempo de escribirla, en mi vida y en la de Hellena. Los míos quedan guardados en otro laberinto, el de la memoria, que a cada tanto se cruza en sus pabellones con el de la creación. En el de Hellena pasó el suceso mordaz y magnífico de conocer el continente negro, sus rutas pesqueras, sus arrecifes y colores. También sus miserias y guerras. Allí Hellena, embarazada y enamorada, descubre el milagro de Makar, un niño soldado con el que va a ligarla algo más profundo que la lástima, el desamparo.  

En ese tiempo yo aprendía a nivelar los túneles del desamparo propio, en casa de mis amigos Annia y Raúl, donde una vez más me daban cobijo y amor, y algo que resultó entrañable, un agujero negro en la cocina de Annia, en el que los derroteros de Hellena y su amigo Tassos iban a encontrar abrevaderos comunes.

Algunos versos memorables de Annia pasaron a ser parte de la historia, y una amiga común con el mismo nombre alumbró los días de Tassos mientras la incertidumbre de conocer a Hellena se aproximaba sin asideros.

La novela termina en Grecia, eso no es misterio, sino lo que allí ocurre. Era mediados del año 2019. Yo fantaseaba con ir a Atenas y conocer las calles donde mis personajes soñaban el encuentro. Tassos es de una de esas islas del Egeo donde se fueron a acurrucar las orfandades y tragedias de dioses y mitos.

Por esa época yo corría maratones y escribía un libro sobre mis impresiones espirituales en el cosmos de los deportes de aventuras. Fue en una de esas veladas de agujero negro que Annia me avisó, con las pupilas brillosas, que el Maratón de Atenas, el original, se corría el 10 de noviembre. En septiembre yo debía estar en España para la promoción de Los amores prohibidos de la muerte, que ese año publicó editorial Huso. Mi primera antología de cuentos había tardado diez años en salir. Todo encontraba respuesta en los caminos de Marathon a Atenas. Las estrellas de una constelación llamada Hellena se agrupaban sobre mi cabeza, elevando el sueño de lo ignoto a sus peligrosas cumbres.

Sorprendente fue que en pocas semanas Annia se había unido a la aventura. Nos encontraríamos al final de mi gira en el Barajas de Madrid para llegar como las diosas, por el cielo, a donde Hellena debía encontrar sus verdades, si es que las había. 

El 10 de noviembre, siguiendo la antiquísima ruta del soldado Filípides, Annia y yo corríamos el maratón original, The Authentic.

Al día siguiente, agobiadas de cansancio y gloria, tomamos un ferry para conocer las aguas milenarias del Egeo. Allí, en una verde campiña de pistaches en la isla de Aegina, a la sombra de la luna y los gatos, escribí el final de Hellena de Todas Partes.

El personaje era mío entonces, como Tassos y Makar. Como Constantino. Ahora, debo confesar, estoy triste. Han dejado de pertenecerme para explorar otros laberintos aún más indescifrables, los de sus lectores. Los dejo ir, pero siento que siempre serán un poco míos, aunque en Gabriela no tengan más oportunidad que ocupar su lugar en los frágiles esqueletos de la memoria.

Hyam Plutzik

Descubrir a Hyam Plutzik

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Por el camino de la amistad, mi querido Eduardo Goldman, gran novelista argentino, trajo a mis manos un libro sin título: “32 poemas”, es todo lo que lo identifica, y un nombre, Hyam Plutzik, poeta norteamericano que “empezaba a ser prominente”, cuando le llegó la muerte, hace más de medio siglo. Su hija Deborah, sus amigos y otros grandes poetas lo han traducido y han elaborado esta obra de la que hoy comparto tres poemas, inéditos en español, desconocidos en nuestra Hispanoamérica que se precia de su sabiduría poética. Las siguientes referencias al autor son tomadas del prólogo y presentación del libro. Los poemas son una selección personal, aquellos con los que creo se puede entender un poco la pluma de este hondo poeta vanguardista.

“Hyam Plutzik nació en 1911, de padres inmigrantes de Bielorrusia, en un hogar en el que se hablaba yiddish, hebreo y ruso, en medio de la dureza de los edificios de ladrillos, en Brooklyn, y el desfile constante de los autos y el ruido de sus motores, con el resplandor de las luces de las calles brillando en la ventana de su habitación…”. (Richard Blanco)

“Consideremos, pues, este “pequeño libro”, como lo llamó modestamente Edward Moran, como un gesto no solo para revivir la memoria y la obra de un brillante poeta estadounidense, sino también para hacer su obra universal…”. (George B. Henson).

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A mi hija

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Setenta siete traidores bloquearán el camino

Y quienes te aman serán pocos pero más fuertes.

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Setenta y siete traidores, hábiles y variados,

pero no les temas: no tienen importancia.

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Has de aprender pronto, pronto que a pesar de Judas

Las grandes traiciones son impersonales.

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(Aunque muchos pretendían ser Judas, con la voluntad

Y la capacidad, pero pocos con la valentía).

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Has de aprender pronto, pronto que aun el amor

No puede servir como escudo contra los demonios abstractos.

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El tiempo, el frío y el fuego, y la ley del dolor,

La ley de las cosas cayendo, y la ley del olvido.

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Los mensajeros de rostros y nombres conocidos

O de formas familiares, son inocentes.

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(Traducido por Jonathan Rose)

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Entropía

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He visto la herida que la materia provoca en el espacio,

La cavidad en la página vacía del papel blanco.

En el día que la mención de ningún demonio muerto pudo

sostenerlo

Vi la tensión del Ser en todos los objetos,

Resistiendo a la ceñida primavera

De número infinito y a los fuegos del tormento nebular

Hasta el último día, cuando se tiendan aplastados como una polilla

En las manos de un niño, o una criatura bajo el mar.

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(Traducido por Gastón Virkel)

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Los gansos

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Un alarido que viene de ningún lugar

Eleva la mirada al fin hacia la luna

En el espacio gélido, un escuadrón de gansos salvajes.

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Más allá del cañón del cazador o de su voluntad

Ellos se apresuran hacia el sur, hacia las marismas secretas

Donde marcan el paso los hombres armados

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Del momento y del vuelo. No hay fuerza más poderosa

(En el arrastre de la pasión monomaníaca, el tiempo)

Que la voluntad hacia el destino, que es la muerte.

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Valora el esplendor intermedio de las aves.

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(Traducido por Pedro Medina)

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Sitio de Hyam Plutzik: http://www.hyamplutzikpoetry.com/

Izquierda-y-derecha-guerraa4manos.com

¡Una vez yo fui de izquierda!

Una vez, hace mucho tiempo, yo fui de izquierda. Pertenecía a esa izquierda cubana que éramos todos, en la que creíamos a rajatablas, porque la alternativa era el “capitalismo feroz”. Como si el capitalismo solo pudiera ser de derecha y el socialismo de izquierda…

El tema es, para nuestro mundo actual, tan relevante como ser ateo, católico, musulmán o judío. Pareciera que de eso depende el tipo de persona que eres y la esencia de la que estás hecho.

Sin embargo, aunque históricamente los hombres y mujeres “de bien”  se identificaban con la izquierda, es relevante que después de los complejos procesos que ha vivido el mundo en las últimas décadas, avistemos un resurgimiento de las derechas y las extremas derechas. ¡Algo han de estar haciendo muy mal las izquierdas para que “la gente de bien” también vote por los terribles enemigos del pueblo! …Son comentarios no tan esporádicos en el mundillo de la política, donde en realidad ocurren pocas cosas buenas relevantes, más allá de ideologías o partidos.

Quizás vale recordar que los procesos más terribles y sangrientos de discriminación humana, al menos en Asia y Europa, han surgido de partidos “socialistas”. Quizás vale recordar que no por ello el capitalismo se salva de la gravedad de poner al poder y al dinero como centro de explotación de los hombres, esencia en la que hemos basado nuestra civilización.

Hace aproximadamente una década que vivo en México y he visto a mucha gente ilusionada con la posibilidad de que por fin la izquierda tomara el poder. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) —escuela de casi todos los políticos, incluido el actual presidente de México—, bloque de poder surgido de la Revolución Mexicana, representó durante la mayor parte del siglo XX a una aparente izquierda, y en algún momento devino derecha de forma natural. Entonces el más joven Partido de la Revolución Democrática (PRD) se convirtió en la izquierda. Obrador era entonces perredista.

Hace poco más de un lustro, Andrés Manuel formó filas y constituyó Morena (Movimiento de Regeneración Nacional). Esta es hoy la izquierda mexicana, a la que, desgraciadamente, he tenido la oportunidad de conocer. Como dijo el gran poeta y pensador cubano, José Martí: “He vivido en el monstruo y le conozco las entrañas”. A esta izquierda, debo confesar —a pesar de saber que en política nunca hay verdades ni la razón está en ninguna parte— no le encuentro diferencias con los gobiernos anteriores (PAN y PRI), o sí, la del populismo, la de escudarse bajo de un discurso que no dice nada y resuelve menos.

Veo a mi México adentrarse en el final de sus primeras dos décadas del nuevo milenio mucho peor que como yo lo conocí. No me importa lo que digan las estadísticas, que tampoco son halagüeñas. Hablo del pulso social, de ser gente de a pie, trabajador, de ver cómo crece la violencia, los crímenes, la inseguridad.

Seguí, por una amiga profesora, la huelga de la Universidad Autónoma de México (UAM), que duró tres meses porque Gobierno y sindicato no se ponían de acuerdo en diferencias menores para el primero, pero trascendentales para los trabajadores. Veo el cierre de presupuestos por aquí y por allá, en la ciencia, la educación y la cultura; en el turismo que tantos beneficios nos deja. Y veo un país que se va paralizando, que no crece, que grita desesperado, cuando los políticos siguen viviendo exactamente con la misma buena vida de siempre.

¿Esta era la lucha contra la corrupción de que nos habló AMLO? ¿Era a estas áreas a donde había que quitarle dineros o ser más restrictivos para evitar el “despilfarro”? ¿Este el México del acelerado crecimiento, trabajo y oportunidades para todos? ¿Eran de verdad estos los resultados que esperábamos a medio año de la tan anhelada izquierda? Las frases de esperanzas se han trastocado en desasosiego: “¡Y nos quedan cinco años y medio aún!”.

Hace tiempo escribí, y hoy lo acuño: cuando conozco a las izquierdas modernas, a la izquierda mexicana, me dan deseos de ser de ultraderecha. Es entonces que tengo que comenzar a elaborar mis propios estandartes para que el pesimismo no me lastre los ánimos de intentar hacer que nuestro paso por la Tierra deje una esquela memorable para la historia de la humanidad. ¡Hoy me siento políticamente huérfana! ¡No sé en qué o quién creer! Lo peor es que no estoy sola.

ontse Ordoñez presenta Luz en la piel de Gabriela Guerra

Una poeta que me habla: Montse Ordóñez sobre mi “Luz en la piel”

En el mes de septiembre tuve el gozo de presentar en Barcelona mi más reciente novela: Luz en la piel. Cinco voces de mujer. Allá, en la librería Documenta, una poeta extraordinaria, Montse Ordóñez, me recibió para hablar de mi novela y de esto que es el derecho a ser mujer y a ser mujer en el siglo XXI. A continuación les comparto las palabras que Montse escribió y dijo, una apertura con la que me quedo siempre adentro: “Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que…”.

Presentación Montse Ordóñez: Luz en la piel, de Gabriela Guerra Rey

Gabriela Guerra visita de nuevo Barcelona y en esta ocasión nos trae una novela en la que la emoción palpita en los márgenes a través de las historias de cinco mujeres que a día de hoy aún andan buscando su lugar e identidad en el mundo. Esta es una novela escrita por una mujer dirigida a ambos sexos, a la mujer porque sirve en ocasiones de espejo y al hombre porque ofrece una visión que él mismo, en muchas ocasiones, desconoce, el sentir emocional de la mujer. Aquí no hay vencedores ni vencidos, hay solo víctimas de unas sociedades que arrastran el atraso de los siglos. La condición humana tal parece condenada a no entenderse entre ambos sexos. El papel de la mujer tan traído y tan llevado en estos tiempos, es el que es, y dar a conocer la miseria de la entraña femenina es también una manera de alzar la voz, de gritar un basta. De renacer y volver a crear un camino. Insisto, esta no es una obra feminista, es un alegato a la realidad y a toda la comparsa de crudezas que solo ponen el foco en el grito del que clama y dice basta.

 

Montse Ordóñez, Barcelona 1974. Gestora cultural. Creadora del proyecto cultural Cuban Rapshody, donde se aglutinan varias disciplinas artísticas y literarias de la cultura cubana. En 2013 colabora junto al fotógrafo David Pujadó en la edición de la exposición “Fotografiant Gil de Biedma” que se realiza en la Biblioteca de Terrasa, Barcelona, que posteriormente se expone en el Instituto Cervantes de Belgrado. Colabora en la edición y prólogo del libro de Ariel B. Acosta, La balada de los suicidas, publicado en USA por Eriginal Books. En 2014, colabora en la edición y prólogo del libro del poeta cubano Delfín Prats, El esplendor de las palabras, publicado en España por Ediciones Cumbres. En 2015, presenta dos lineas editoriales en el CCE de Miami, USA. En 2016, imparte un taller de poesía y narrativa en Barcelona e impulsa el proyecto de la Libroterapia.

 

Luciano Mención Especial I Concurso de poesía Revista Qu

La Reina del Plata

 

Buenos Aires no se jacta de su gente,
alienada del trajín de la ciudad.
No se escuchan bandoneones en Abasto
ni hay peleas en el viejo Luna Park.

El gringaje marca el paso en la milonga
y no sacude un firulete El Cachafaz.
Leguizamo ya no cruza más el disco
y en el palco no hace a Carlos delirar.

Por las calles despobladas de la noche,
voy en busca de aquel mítico lugar.
Soy el sueño recurrente de la Reina,
un espectro con perfume de arrabal.

 

 

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Luciano Walter recibe el reconocimiento de QU

Hoy A4manos comparte el sueño de un hombre que ama y vive la literatura y la poesía desde lo hondo de sus entrañas: Luciano Walter. Su poema La Reina del Plata resultó Mención Especial en el I Concurso de Poesía de la revista QU, Buenos Aires, Argentina, 1ro de septiembre de 2018.

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

Iztaccihuatl al amanecer del 5 de mayo 2018

Las cumbres de la vida

Crónica de una aficionada

Fotos: Argenis Pérez

Hace unos poquitos años que, ya ciudadana de este país, aunque no oficialmente, visité la primera montaña: ese volcán con nombre de mujer, escarpado y rotundo que a tantos amantes de la naturaleza nos ha embrujado. Desde ese día inaugural he atestiguado una intensa pasión con la mujer blanca, y he vuelto a sus faldas, a sus piernas y rodillas una y otra vez.

Este jueves me comuniqué con Argenis, compañero de aventuras, con quien he estado en el camino de sus cumbres: sus pechos, en más de una ocasión, sin que “se nos diera”, como dicen acá en tierra adoptiva:

—¿Nos vamos mañana?

—Sííí. —El plan estaba armado y por primera vez íbamos solos.

El viernes a las 4 de la tarde, bajo lluvias luminosas y truenos que en la montaña son siempre aterradores, emprendimos la subida con el temor silencioso de estar lanzándonos a una desmesurada aventura. Pero el acontecimiento real todavía no estaba a la vista. Cerca de las 8 pm llegamos al Refugio de los Cien, bajo la nieve ligera, con las mochilas pesadísimas y atestadas de vituallas, equipo técnico y ropa para soportar el frío que se nos venía encima. Allí nos dimos cuenta de que estábamos completamente solos en la montaña, a excepción de un coyote cuyas huellas entrevimos en el camino y que los rumores cuentan que anda allí por las noches, aunque pocos lo han visto.

Las sensaciones de soledad, humildad, lejanía son tan abrasadoras desde la recóndita noche nevada a más de 4,700 metros sobre el nivel del mar (msnm), que no puedo recordar nada más bello, excepto las escenas que mis ojos vivieron a la mañana siguiente en medio de la blancura perpetua del glaciar.

Después de una madrugada de ruidos desconocidos, donde la imaginación en soledad vuela hasta rozar los límites de lo fantástico, mi compañero y yo emprendimos el ascenso a cumbre, un poco menos pesados que el día anterior, pero con más de 10 cm de nieve bajo nuestras botas húmedas y armadas para la cruzada impía que habría de esperarnos.

El amanecer nos sorprendió llegando a la Cruz de Guadalajara, ese monumento a los once jóvenes que perdieron allí la vida hace varias décadas, y que siempre nos impone respecto. La ascensión hasta esas rocas fue más peliaguda que de costumbre debido al hielo, el frío, la niebla y la duda ante lo desconocido. Confieso haber sido presa de la fragilidad humana ante lo inabarcable: cuando se me enfriaban las manos, los pies, la piel, cuando llegaba el desconcierto mental al rozar los cinco mil metros de altura y no poder ver, en ocasiones, a más de cinco metros hacia delante. Tuve, para mi fortuna, el mejor compañero, conocedor y solidario ante cada situación que amenazaba con convertir una expedición hermosa en una odisea. Tengo tanto agradecimiento por eso, que esta es la mejor forma que encuentro ahora de expresárselo, y con estas líneas, espero, sabrá que cuenta conmigo ante cualquier vicisitud de la vida. Largas horas en aislamiento junto a otro ser humano acercan inevitablemente las almas. Muchas fueron las reflexiones de las horas juntos, y muchos también los silencios, donde se dicen las cosas más importantes.

Las condiciones del clima fueron relativamente adversas en las primeras horas de la mañana del ascenso definitivo, e inclementes durante el camino de regreso: nos llovió sobre las cabezas, nos nevó, nos granizó, para dejar en la Joya, 24 horas después de la salida, a un hombre y una mujer deshechos de cansancio, aunque con el espíritu pulido y puro.

¿Pero que pasó esa fría mañana de sábado? No por gusto he decidido dejar para el final de esta crónica el momento más especial. Lo hice así porque no quiero que se empañe con nada más esta dicha que hoy me acompaña: haber conocido la infinitud de la belleza, haber caminado con mis pies de aventurera por la panza hermosa y blanca de esta mujer que me ha enseñado tantas cosas; entre ellas, el privilegio inconmensurable de la existencia.

A unos pocos metros de las cimas más altas, aunque todavía a un buen rato de camino por las condiciones extremas, y al otro lado del glaciar, Argenis y yo decidimos regresar, porque apenas podíamos divisar los pechos hermosos, la cumbre que esta vez tampoco “se me daría”. Aunque era mi meta, y yo planeaba salir de México rumbo a España —donde próximas aventuras literarias y de vida me esperan— con ese sueño cumplido, debo decir que una vez allí no me importó lo más mínimo. Estaba conmocionada por la perfección del volcán, estaba distraída en el amor a la vida y atravesada por la exuberancia de la naturaleza en ese páramo salvaje donde lo inevitable se concentra y muestra aceleradamente, y las grandes batallas tienen lugar. Estaba conquistada por la mujer a la que yo aspiraba conquistar. El Iztaccihuatl había tocado mis propias cumbres.

(Gracias a los amigos que me han ayudado a realizar estos sueños: Griselda, Bruno, Cindy, Flavio, Agustina, Iván, Rafael. Gracias especialmente a Argenis que me llevó hasta esa pradera perpetua y blanca que ahora anida en mi corazón).

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La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.