A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

Cumbre Pico El Fraile, Nevado de Toluca

Cambiamos la geografía de la montaña

Fotos: Gabi Guerra y cortesía Flavio C. García

Cumbre en el Nevado de Toluca

Sentada sobre una laja filosa, sin mucho de qué aguantarse a los costados, con los pies colgando al vacío, a 4660 metros sobre el nivel del mar y con una de las vistas más impresionantes que ojos humanos hayan visto… Así quisiera vivir más horas de mi vida. Pero las sorpresas grandes siempre duran poco, aunque perduran en el recuerdo.

Un poco atontados por la falta de oxígeno que a esas alturas se comienza a sentir, no cabíamos, no obstante, dentro de nuestros cuerpos emocionados y temblorosos también por el esfuerzo de más de tres horas subiendo montaña. Bajo nuestras pisadas las grava rodaba, haciendo lenta la subida y pesado el camino. Pero cuando entornábamos la vista arriba, donde el pico El Fraile nos esperaba, la cumbre más alta del Nevado de Toluca, sentíamos que todo era posible. Los pies entonces se aligeraban y sin pensarlo comenzábamos a movernos todos, desde los pies hasta los neurotransmisores que son responsables de la felicidad. Éramos felices.

Al fondo, el Pico El Fraile

Al fondo, el Pico El Fraile

Yo estaba viviendo un sueño, yo que mucho he soñado. Pero cada uno de nosotros, un grupo de quince personas, traía a cuestas sus propias ilusiones, metas, deseos, sueños… en las laderas de los peñones, arenales de diversos colores hacían franjas como arcoíris, mientras abajo, las lagunas del Nevado reflejaban todos esos matices del paisaje. “Yo que tanto lo había soñado, descubrí algo más bello de lo que pude imaginar”.

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Flavio y Tina nos guían, con piernas fuertes, por entre rocas y gravas, sobre las losas finas, y nos hacen tocar una cima, que en ese momento se antoja la cresta del mundo. El aire golpea fuerte, nos apegamos más a nuestros rompevientos, y nos compartimos, entre risas y fotos, los sándwiches de alguien y el té de coca de Flavio que nos va a hacer resistentes. Abrazamos la piedra cumbre como antes abrazamos el camino. Ante nuestros ojos, ese sistema de escarpados, laderas, bosques, lagunas multicolores se revela y no podemos parar de mirar. He sacado 40 fotos casi iguales, porque tengo la sensación de que es un espectáculo irrepetible y se me va a ir más pronto que tarde.

El Nevado de Toluca

El Nevado de Toluca

Arriba, sin embargo, lo que impera, a pesar del grupo, es la paz. Esa paz infinita que te regala la montaña y te hace grande. Esa paz que te va a permitir vivir los siguientes días o semanas, hasta la próxima aventura.

Cumbre en el Nevado de Toluca

Cumbre en el Nevado de Toluca

El regreso es una procesión de humanos cuasi arrastrándose por la grava floja que se desliza bajo los tenis o las botas de viajero. Las piernas deben tomar su forma más concreta para resistir el descenso, al final del cual nos esperan las orillas acuosas y coloridas. Tanto se ruedan las rocas pequeñas y piedras bajo nuestros talones, que tengo la sensación de estar cambiando la geografía de la montaña. Pienso, ¿si miles de viajeros no hubieran caminado estas laderas, cuán diferente serían sus parajes? No tengo respuestas. La montaña es como el río, que corre todo el tiempo, que se expone a los vientos, a los tacones de los caminantes, a los tenis de los corredores, a las tormentas y los soles, a la nieves (aunque ahora es verano y no hay blanco a nuestro alrededor). La montaña es un ser vivo cuyo cuerpo se transforma cada día con los sueños de sus exploradores. Nosotros también somos responsables de eso…

Cambiamos la geografía de la montaña

Cambiamos la geografía de la montaña

Conoce más y ve el álbum completo en:

https://www.facebook.com/pg/siguetusinstintosviaja/photos/?tab=album&album_id=1630991270254481

 

Comala

Largo viaje a Comala

Libro: Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá iba a encontrar la inspiración que llevaba buscando ya tantos años, cuando leí, por la adolescencia, las historias de un tal Pedro Páramo, creación de otro tal Juan Rulfo. Yo ya era una buena lectora y los relatos de un pueblo por cuyo polvo murmullaban los fantasmas, y se fabulaban en vidas que a veces eran no más que apariciones, me laceraban cada poro de piel, compadecida por aquellos personajes que se me antojaban reales. Entonces no tenía idea de esta magia rara en la que un libro puede cambiarte la vida. Pero Pedro Páramo ya estaba haciendo sus estragos en mis entrañas de escritora diletante.

Aquella realidad cruenta y a la vez real, en donde descansa la historia de un país que por adopción me cambió luego los destinos, fue lo que me hizo atravesar los mares y, en un andar que no acaba, buscar la Comala de mis sueños. No me puedo imaginar la vida de un escritor sin haber bebido de los pozos secos donde don Pedro dejó sus vástagos; y yo, antes de cargar siquiera la mochila o algún libro de cabecera, me eché al lomo la certeza de que había nacido para escritora.

Al salir a mi exilio definitivo, con la conciencia del no regreso, los derroteros del camino me trajeron a esta tierra mexicana a la que aprendí a querer desde las páginas de un libro, por las que transitaban cerros yertos y cielos vacíos. Entonces estaba ya inexorablemente ligada a Comala. Yo había sufrido mis propios Comalas en la isla —Cuba—; entendía aquellos parajes inclementes, y por mis venas fluían, sin saber cómo llegaron allí, los fantasmas vivientes de hombres y mujeres que habían merodeado los plantíos desiertos de los altos de Colima. Pero sobre todo, mi pluma revivía los pasajes de aquellas memorias que me reventaban dentro, tan fuertes, como goterones en el polvo de los agros baldíos.

Un día, dispuesta a desafiar mi romántica alma con historias de aparecidos, el camino me llevó finalmente a ese pueblo donde nacieron los personajes de Rulfo, porque su escenario, ya había comprendido, era el de las vastas serranías mexicanas, donde el sol y el campo yermo transforman a su gente, hasta convertirlas en ánimas.

En la Comala de hoy, con muchos años de peregrinaje a cuestas, encontré un pueblo caliente, donde las cenizas del volcán han provocado la apostura de las flores y la fecundidad de los cultivos; por cuyas calles coloridas se pasea el gentío y las comaltecas, que, aseguran, son las mujeres más bellas. “Si Rulfo volviera a vivir, en estos cien años de su nacimiento, tendría que escribir otra novela, caray”, pensé. Pero casi inmediatamente me di cuenta de que era yo quien ahora estaba investida de tal suerte.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo vine a Comala por la encomienda que me diera el hijo de don Pedro, de describir, pretensiosamente escribir, la vida de un país en el que no nací, pero que ya está ligado a mi corazón por hebras de acero. La danza onírica de las ánimas rulfianas me acompaña, aunque mi pluma sea demasiado frágil para los encumbrados anhelos a los que me siento obligada. Sin embargo, me aprehendo al principio de que el autor debe estar, al menos, en la misma ladera de montaña que su obra, y continúo este camino solitario atada a la certidumbre de reconstruir esos “paraísos” con los que algunos grandes maestros lograron trastocar el viaje de los nobles mortales, acaso quijotes de sueños imposibles, como hoy me siento.

 

Gabi Guerra, palabras premio Juan Rulfo primera novela 2016, Tlaxcala

Palabras Gabi Guerra premio Juan Rulfo a primera novela 2016

Foto: Jorge Ruiz Esparza

 

Hace un par de semanas, reunidos en mi casita de La Habana,

mis viejos y yo recordamos aquella tarde,

cuando todavía iba a la escuela primaria,

en que llegué a casa y les recité un poema de un escritor

que hoy sigue siendo conocido solo en Cuba

–Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé–,

que me dejó conmovida hasta las entrañas de niña.

Entonces, mi padre recorrió la casa en busca de algo

que habría de cambiarme la vida.

Un par de minutos más tarde, me ponía en las manos

una antología del primer poeta siboneyista,

desaparecido antes de cumplir los 30 años.

Así, más o menos, sucedió con Martí, con Vallejo, Darío,

Neruda, Benedetti, Borges, Sor Juana;

de la poesía al cuento, a la novela, hasta atravesar una lista de autores

que me han acompañado en los desvelos

y que casi siempre encontré en los anaqueles y libreros de mi hogar.

Yo me sentía entonces protegida,

y pensaba que no había mejor lugar en el mundo

que entre esas líneas y versos donde se me acurrucaba el alma.

 

Hace un par de semanas, en mi casita de La Habana,

sentados en el balcón de las reflexiones, mi padre,

Félix Guerra, poeta y escritor, y Roberto Manzano,

otro distinguido poeta de la isla, hablaban de la necesidad

de crear una especie de logia mundial en rescate de la literatura

y la poesía, que hoy parecen importar cada vez menos.

De ese encuentro nacieron grandes ideas que espero podamos impulsar,

pero también fue el instante en que supe que recibir un premio literario

no se trataba más que de reconfigurar la manera de ver las letras

y hacer un réquiem para que esos viejos poemas de amor

no agonicen en el recuerdo.

 

En diferentes momentos, los poetas han sido sofocados o asesinados,

en muchos lugares del mundo, por escribir sus versos.

Así de peligrosos se les consideraba: Sor Juana Inés de la Cruz,

Miguel Hernández, Federico García Lorca.

Hubo una época en que eran perseguidos por el poder que tenían

de mover a las masas: José Martí, Rubén Darío, Pablo Neruda.

Hoy, poetas y escritores mueren prematuramente

por la falta de interés de la industria editorial.

Convertimos este arte,

que solía mover masas y hacía temblar reinos,

en un negocio… un entretenimiento comercial.

Tenemos mucho que trabajar, en una logia

como proponen los poetas cubanos, o cada quien desde su trinchera,

para que la literatura vuelva a ser la fuerza que mueva al mundo…

y al hombre.

 

Decía Walt Whitman en “No te detengas”:

“Aprende de quienes puedan enseñarte.

Las experiencias de quienes nos precedieron

de nuestros ‘poetas muertos’,

te ayudan a caminar por la vida

La sociedad de hoy somos nosotros:

Los ‘poetas vivos’.

No dejes que tu vida pase

sin que vivas eso.”

 

Este, conmemoramos cien años del nacimiento

del escritor mexicano Juan Rulfo. El suceso es grande.

Rulfo ha inspirado a muchos desde El llano en llamas, y se ganó

un pedestal en la literatura universal con solo dos libros,

incluida su novela Pedro Páramo. Una metáfora más para reconocer

el valor de las letras en la vida de esta humanidad que nos anda al lado.

Si en algún pueblo mexicano pude inspirarme para escribir Bahía de Sal,

fue en su Comala.

A lo mucho que se dice y hace este año en su memoria,

solo puedo agregar el orgullo de recibir esta distinción

que lleva el nombre del maestro.

 

Bahía de Sal es la historia de un pueblo cualquiera de nuestro continente,

ubicada en el siglo XX, pero sin tiempo exacto ni lugar preciso.

Allí todo ocurre de manera cíclica: las lluvias, las sequías,

las migraciones, los retornos, las crisis, la vida, el amor, la muerte…

Aunque el pueblo deviene protagonista, la narradora y personaje central,

María de la Sal, contará su historia y la de su gente como el último recurso

para rescatar un pasado que convertirá el futuro en un sueño promisorio,

dándoles a los habitantes de Bahía de Sal un derrotero allende el mar.

 

Comencé a escribir esta novela a principios de 2015

en la oficina de la editorial donde trabajaba.

Mi director editorial, Jorge Ruiz Esparza, no sabía entonces

que yo me escapaba de vez en cuando para escribirla.

En aquel momento editábamos un bookazine

sobre la historia de reyes y reinas europeos

en un período de varias centurias, y yo me entretenía

poniendo por apodo a cada miembro del equipo

el nombre de un soberano famoso de la historia.

Un día, Jorge pasó por mi lado y me dijo: tú eres Leonor de Aquitania.

Me encantó, al punto de que comencé a buscar más

sobre la vida de esta reina medieval y lectora,

que vivió entre 1154 y 1189 después de Cristo,

y llegó a ser soberana consorte de Francia e Inglaterra.

Al poco tiempo nos cerraron la revista que editábamos,

así que me vi obligada a seguir escribiendo.

Una vez concebida, Bahía de Sal crecía dentro de mí.

Me robaba vida, días y sueños,

y yo era Aquitania detrás de un teclado que no paraba de sonar.

 

No fue difícil, pues, decidir que el seudónimo con el que quería competir era este.

Jorge se había convertido, además, en editor de Bahía de Sal.

A él debo la limpidez y coherencia de esa prosa,

si es que puedo hablar de tal.

 

Actualmente, Jorge y yo estamos creando nuestra editorial-agencia de contenidos,

a la que llamamos… Aquitania.

Es ambicioso pedirle tanto a los reyes muertos,

pero ojalá nos dé la misma suerte que con Bahía de Sal.

En todo este proceso, salí ganadora: pues no solo hoy recibo,

plena de honor, agradecimiento y orgullo este reconocimiento,

sino que además gané al colaborador más cercano,

al mejor editor y a un amigo entrañable.

A ti, Jorge, quiero dedicar, en primera instancia, este premio.

 

Quiero agradecer a todos los que han hecho posible este momento,

desde el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Instituto Tlaxcalteca

de la Cultura y la Secretaría de Cultura y Turismo de Puebla,

todos auspiciantes del premio y que han estado cerca en estos meses.

En especial a Dalia, que tuvo tantas consideraciones y paciencia.

También, por supuesto, al jurado: Maritza Buendía, Ethel Krauze

y José Luis Martínez. Gracias por haber elegido Bahía de Sal,

y por haberme hecho creer nuevamente que los escritores

todavía tenemos oportunidad.

 

Agradezco a todos los amigos que me acompañan esta tarde,

a los lectores, los amantes de la literatura, y a los que no pudieron venir,

pero me han amparado en esta carrera solitaria;

a todos los que han creído en mí.

 

Quiero darle las gracias a mi viejo, poeta y escritor cubano,

que ha sido mi tutor intelectual desde mi nacimiento.

Él me formó en los oficios del periodismo y la escritura

sin que haya manera de retribuirle tal aporte.

Finalmente, dedico todo lo importante de mi vida a mi Marina,

porque ha sido la mejor madre y amiga,

porque ha estado de mi lado en cada acto de vida y creación,

ayudándome en esta tarea infinita que es creer en el arte,

en el milagro y en el amor.

 

Termino pidiéndoles a los escritores jóvenes, a los no publicados,

a los noveles como yo, que no pierdan la fe.

Escribir es un acto de voluntad, y es una necesidad imperiosa.

Cuando te das cuenta de que, si no puedes escribir, no puedes vivir,

entonces no hay nada que hacer: la suerte está echada.

Las glorias, lleguen o no, son efímeras.

Solo las obras perduran.

 

Muchas gracias.

 

El mejor regalo para comenzar abril

Acuérdate de abril…

Fotos: Beto Coyote

Subimos la escarpada montaña, estamos llegando al kilómetro 12, donde nos anunciaron, siete kilómetros atrás, que estaría el siguiente punto de hidratación. El sol está impertérrito sobre nuestras cabezas, el agotamiento nos amenaza, caminamos, porque en este punto se nos hace imposible correr, pero por dentro seguimos corriendo, seguimos dejando el corazón en un peñasco.

Rouse, así la llamo, es una amiga reciente de estas aventuras y no sé bien su nombre, viene detrás de mí. Está haciendo los primeros 18 kilómetros de su vida, más tarde me entero de eso, y ¡en el Cañón del Paraíso!, que buena elección. Está agotada, pero me sigue sin chistar. A veces soy un poco loca en la montaña, o cuando corro, y me olvido que el mundo existe, sola estoy contra el mejor paisaje del universo y eso me sobrecoge de una forma enceguecedora. Pero Rouse se ha quedado conmigo cuando un calambre me tiró al suelo unos kilómetros atrás. La solidaridad de la montaña nos une por esas horas. Me acuerdo de mi amiga Agustina, cuando me habla del montañismo, y me dice que allí, en las cimas del mundo, lo que más importa es saber que estás acompañada, porque el sentido de grupo en este medio naturalmente salvaje, es imprescindible.

Rouse ha sido mi pequeño grupo, pero adelante y atrás viene el grupo grande, el que me acompaña cada fin de semana, el que sueña junto a mí cada día en las carreras que vamos a correr, los obstáculos que vamos a superar y los paisajes que nuestros ojos se han de tragan, antes de que la tierra se los trague a ellos.

“Mira Rouse, mira esto que tenemos delante, esto es lo que nos vamos a llevar”, le digo para darle ánimos mientras observamos atónitas una pared inmensa de cañón, de tonos marrones, donde los siglos de la piedra se van cortando en dibujos de cierta uniformidad, hasta romper su estructura al final de una ladera, con vista al vacío.

Es el mejor regalo para empezar abril, me dice ella. Y yo ya tengo esta crónica en la cabeza, con el título que Rouse acaba de regalarme. Es cierto, abril está comenzando y de qué manera tan hermosa… Le aviso que ya tengo título, y me pregunta, “¿en serio?”. Yo asiento. Entonces todo cobra sentido. Estamos allí para recorrer las canteras duras, para recrear unos parajes que ojalá pudieran mis manos dibujar, porque describir es un acto ilusorio; estamos allí, porque allí todo tiene sentido: la vida, la fundación, el amor, y eso que hacemos, en grupo grande, con tanta pasión: el deporte, la aventura…, soñar…

Peña de Bernal, aventureros de FNC

 

Unas horas más tarde, un grupo mugroso, hambriento, adolorido, pero pleno, avanza el último kilómetro y medio de piedra hosca para llegar al coche que nos llevará de la montaña queretana a la Peña de Bernal, un pueblito mágico en cuyo centro yace el monolito más grande de México y el tercero del planeta. En tanto la roca íntegra descansa cerca, nuestras almas aventureras, agotadas por la jornada, devoran los platillos del lugar, entre risas e historias que acabamos de vivir, pero que, sabemos, nos van a guiar siempre, ahora a nuevas montañas. Calificamos de 10 la carrera, terminamos la chela y nos disponemos a emprender el viaje de regreso. En el camino, el fotógrafo del grupo me hace llegar algunas fotos, que le he pedido para esta crónica. Me revienta el cuerpo de cansancio y el corazón de felicidad, la crónica sola se ha escrito. Ahora la comparto con ustedes. Llegan a mi cabeza las notas de esa canción de un poeta de mi tierra, Acuérdate de abril:

Acuérdate de abril, recuerda

la limpia palidez de sus mañanas;

no sea que el invierno vuelva

y el frío te desgaje el alma.

 

Y pienso: caray, nos ha llegado la primavera… aún me tiembla la montaña en los ojos.

Huyen los caballos salvajes

He visto los caballos partir

Han abandonado mis entrañas de forma mordaz

Me he quedado vacía, de tan acostumbrada ya a su galope

Inquebrantable retumbar que ha decapitado mi paz

Han regresado por el mar, de entre la espuma azul

Y remontado la margen blanca en un trote sudoroso

Al frente, va un viajero empinado, desnudo

cuya piel brilla con el sol que se tumba en el horizonte

Es joven, apenas veinte años, y se yergue triunfante

Pero no hay batallas aún en sus espaldas

Solo candidez, y esa hermosura que hace que

Hombre y bestia se confundan en un sola esculpida pieza

 …

Los últimos rayos le golpean el rostro límpido

Que ya no puedo ver, y atraviesan la cabeza

El caballero cabalga, y solo una vez, quizás un accidente

Voltea hasta la orilla donde he quedado varada

 …

Al final de la escena, soy una sombra

un perfil junto a la espuma que mira ansiosa los caballos partir

me he quedado vacía; yo era esos caballos,

y toda la belleza que se llevaron, mi sola esperanza

Las intermitencias del tiempo

A veces tú, tan cercano

Y a veces tan distante

Que no puedo rozarte ni con el pétalo

No de una rosa, de la imaginación

 

A veces, yo toda de ti…

Otras, tan sola, tan sola

Como abandonado el mar

En el remanso de los intensos crepúsculos

 

Quedo, entonces, despojada de todo

Huérfana, miserable

Ardiendo de pasión no consumada

Con las viejas penas atragantándome las sienes

La garganta, las mucosas y las glándulas de querer

 

Camino así, sola, en la noche

Con las vestiduras de haber llegado al mundo

Y me pierdo en los tiempos de nadie

En los tiempos que nunca fueron míos

A esperar que el sol regrese al horizonte

 

Pienso, temo, imagino que volverás

A este amor que quema las entrañas

A esta mujer abierta a seducciones

A estas tardes frívolas y devastadas, sin ti

Y se hizo la luz, y la luz era Roma

Fotos: Gabriela Guerra Rey (tomadas de celular)

Cada hombre es del tamaño de su jaula…

Cada hombre es del tamaño de su jaula. Hoy he empujado los barrotes hasta hacerlos retroceder tanto, que he viajado en el tiempo. He ido a la Roma antigua, entre cuyas piedras, hombres y bestias se destrozaban en enfrentamientos sin equivalente, dentro de la obra más magnífica construida por los mismos hombres. La crueldad y la estupidez humana no tienen memoria ni tiempo, de eso no cabe dudas.

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He descubierto en Roma, a Roma… He atrapado, si eso es posible, la luz de esta ciudad. Durante las dos o tres inaugurales horas pensé que se trataba de eso, del momento del día, uno especial que hacía que la luz penetrara por los mosaicos, las columnas, entre los contornos de las estatuas esculpidas en mármol. Pero no, con el transcurrir de la primera jornada romana, vi que la luz llega siempre y enceguece un paisaje que no podría ser dibujado. Siempre un rayo de sol atraviesa el firmamento y convierte en imagen difuminada la belleza inaccesible de la pomposa ciudad.

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Roma suena a campanas, a música clásica, a Ave María y a hombres anónimos que se desarman con las notas de Doménico Modugno, en un “Volaré, Cantaré, Oh oh oh…” o con las estrofas de Sting, “Englishman in New York”, tratando de cautivar al viajero presuroso. Estas melodías me sorprendieron en las veras del inaugural paisaje, que me llevó de la Plaza de San Pedro, por el camino del Tíber, hasta la Plaza Navona, en cuyas esculturas blancas nacen los ríos y se hace definitivamente esa luz de la que hablo.

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He descubierto allí cuánto he cambiado, al presentirme viajera impávida, aunque doliente, ante toda la belleza que mis ojos atesoran. Me ha dolido descubrir la magnificencia, pero sin angustias, así, lento y lacerante, como duelen los verdaderos amores. Me he enamorado de Roma a muy pocas horas de haber llegado, y tengo la sospecha irreparable de que es para siempre.

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A unas contadísimas cuadras de la Plaza Navona, el Panteón se armó con su derroche de antigüedad que yo creía imposible (118 a 125 años después de Cristo), en la Plaza de la Rotonda. Pareciera que te va a caer encima la historia del mundo, cuando bajo sus imperiales columnas y columnatas descubres el templo de paz que fue Roma, mientras no lejos los hombres se batían hasta la sangre y la muerte para deleite de sus emperadores.

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Andando, siempre andando, porque solo así hay que tratar de conocerla a Roma, se alza la blanca y reluciente Piazza Venezia. Detrás, escondidas al pasante, perviven las ruinas de lo antiguo: El Foro romano, el Coliseo, Palatino, en un paseo que al principio parece poco por el precio de una sola entrada, pero que no se recorre en menos de tres horas. Si es la primera vez que visitas Roma no podrás detenerte hasta que tus ojos hayan consumido todo lo que tus piernas te permitan. La grandilocuencia de la tradición se escribe en esas ruinas, en los pasadizos laberínticos donde las fieras engullían prisioneros y los gladiadores conquistaban la oportunidad de pelear las grandes batallas de la antigüedad.

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De regreso, todo el camino del Tíber, pasando los puentes desde el Palatino, con un alto en la Isola Tiberina, hasta S. Angelo, donde se impone el castillo del mismo nombre, y a cuya izquierda vuelve a estar, incólume, la Plaza y la Basílica de San Pedro. En Roma, desde ahora la verdadera ciudad luz, destronando a París de este inmerecido título (que por supuesto ostenta por otras razones menos naturales pero bien justificas), pareciera que todo lo que ocurre es lo más importante del mundo.

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Cuando la noche anterior, sin tiempo para más, puse los pies en la Piazza St. Pietro, y vi el nacimiento gigante, que por las fechas navideñas figura en medio de la plaza, sentí eso, que casi todo lo que ocurre acá es, al menos, lo más importante del mundo cristiano. Esta mañana la peregrinación del Angelus ocupó la plaza para recibir la bendición del papa. ¿Qué otros seres en el universo religioso de nuestro planeta tienen ese privilegio un domingo cualquiera?

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Cada hombre es del tamaño de su jaula. El papa es del tamaño de su religión, que nace en San Pedro, Ciudad del Vaticano, y alcanza distantes confines y eras. Los hombres comunes son de esta u otras ciudades. Los emperadores romanos, del gigante imperio que construyeron, oficialmente desde el Atlántico hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico; desde el Sahara hasta las tierras boscosas a orillas del Rin y del Danubio y en la frontera con Caledonia. Alrededor de 6.5 millones de kilómetros cuadrados, según la enciclopedia.

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Es por esta razón que hoy es posible encontrar columnatas romanas, y hasta templos, en muchas ciudades de Europa. A diferencia de estas, en donde cualquier trozo de mármol o piedra antigua es venerada, en Roma la antigüedad convive con la modernidad en una armonía asombrosa. Si no está marcada en los mapas y las guías turísticas, nadie se detiene a mirar una piedra dura de larguísimos siglos de existencia. Yacen ahí, las ruinas, como si no existieran, desapercibidas para los naturales y los viajeros veloces, interesados más en la foto junto a la imagen vendida que en los verdaderos orígenes de este imperio fenecido.

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Hoy yo he sido del tamaño del tiempo, he luchado contra los barrotes, las cárceles, contra la ignorancia y la infinita estupidez humana. He visto, a través de la luz, las partículas de piedra que la historia ha puesto a mis pies. He temblado, me he conmovido y, aunque eso parecía extraviado en los vericuetos del corazón, he vuelto a enamorarme. Hágase pues, la luz, y rómpanse las cadenas en esta alma peregrina.

El último de los poetas malditos…

Foto: Gabriela Guerra

El último de los poetas malditos, ese ser de luz y de tinieblas, que lucía con autenticidad todos los rasgos del primero de los calificativos, ha muerto. Paco (Francisco Martínez Negrete), querido, amigo, príncipe entre las mujeres hermosas, poeta del corazón, entrañable, ya no está.

Puedo recordar muchos momentos; Paco era de esas personas que siempre te hacen sentir que estás asistiendo a un instante único: en un concierto de Santana, en una borrachera triste de fin de año, en una obra de teatro, entre las líneas lacerantes de sus poemas… Un día me dijo que él no tenía imaginación, por eso escribía poemas de su vida real. Pero la vida de Paco no fue nunca real. O fueron tantas vidas, que ni él mismo podía contabilizar las que había salvado, siempre por accidente.

“Hace años debí haberme muerto”, me dijo también, y se vino a morir cuando ya había creído que era de verdad inmortal. Quedaron sus versos, su risa ronca siempre atorada por un ataque de toz o un cigarrillo, sus cuentos fabulosos de la Ayahuasca y de la India, el brillo de unos profundos ojos verdes que en más de una ocasión presentí podía fenecer.

Paco se ha ido. Me niego a decirle adiós. Sostendremos ese diálogo interminable, y dejaré que sea parte de esa sucesión de fantasmas que me visitan, que llegan sin avisar, que se beben hasta la última esencia de vida y hacen de ella un hermoso poema de amor.

Correr en La Habana

…Matar un enano, pero más que eso, ¡descubrir que puedo ver a mi ciudad de siempre desde otra mirada, a pesar de tantos años y tantas cosas! No podía imaginar que correr en La Habana me iba a dejar tan dulces sabores en el paladar, reseco del salitre y las muchas despedidas de los años del exilio. Es, aunque en terreno conocido, la primera vez que corro sola.

Cuando frente al Capitolio, apretujada por unos pocos miles de corredores ansiosos por volar, sintonizaron Radio Reloj, esa emisora de la Revolución que da la hora, las noticias y, en esta ocasión, la arrancada, me brincó la panza junto con las entrañas porque, por fin, iba a correr el Marabana.

— Estoy nerviosa, le dije a mi “compañero” de carrera, un amigo que me dejó atrás en los primeros 50 metros. — Yo también, respondió él. Nos deseamos suerte, esa suerte que todo corredor necesita o cree que necesita para vencer los 21 kilómetros que todavía tiene por delante, y nos volvimos a concentrar en música, aplicaciones, tiempo, calentamiento, respiración…

¿En qué piensa un corredor de fondo antes de iniciar una carrera? No lo sé. Presumo que unos minutos antes empieza esa soledad obligatoria que te acompañará para siempre, y que no quieres trocar en nada más. Esa soledad implica todo y nada, la vida, el futuro, lo cierto, lo incierto, el pasado, los pasados; entraña tantas cosas que ni siquiera el corredor, a punto de pisar la línea de salida, es capaz de resumir pensamientos en una sola oración.

Radio Reloj marca el minuto 59, de las 6 de la mañana del 20 de noviembre de 2016. Fecha que va a pasar a la historia personal, suceso que en ese instante escapa a mi consciencia. El último minuto se va en fuga bajo elucubraciones aún más efímeras. Respiro una vez más, como si no lo fuera a hacer en los siguientes segundos, minutos, horas, y pongo los pies en movimiento. Estoy advertida de que tan cerca de la línea de salida, los corredores desesperados se empujan unos a otros para sacar esa irreparable ventaja que hace la diferencia entre un campeón y otro solitario corredor.

Yo me sé solitaria corredora, pero me aventuro en esa idea de partir desde la frontera entre lo que no ha pasado y todo lo que está por suceder. Avanzo como puedo los primeros metros, y antes de que me dé cuenta mi amigo de camiseta azul ya no está, y yo estoy corriendo, nuevamente, en un año de muchas carreras que va a acabarse, pero esta vez en La Habana. Cuando un sueño se hace realidad, es difícil comprenderlo justo en el instante en que está ocurriendo. Sabedora de eso, fui consciente del sueño antes de echarme a dormir.

Correr en la ciudad que conozco como la palma de mi mano tiene ventajas y desventajas. Puedo, como atleta, calcular las condiciones del camino: la humedad, el sol, las subidas, los accidentes geográficos y humanos, lo que quiero ver, lo que no. ¿La desventaja? Es exactamente la misma. Me lanzo con la sensación de que no hay nada nuevo; nada va a sorprenderme. No es así.

Entre tantos kilómetros de ensoñaciones, aparece el mar de mis nostalgias, en una cuenca infinita de cuyos fondos emerge esa Yemayá que invoco, ahora más que nunca, en una súplica desesperada y repetida por otros miles como yo: “Ayúdame a correr como quisiera”. Después de ocho kilómetros muy húmedos y pesados, pero sin duda los más bellos, abandono las marismas del malecón habanero. Ya no me acuerdo de esa reina de la que soy hija bastarda, porque delante tengo el reto grande: cinco kilómetros de elevaciones, desde Calzada y 12 hasta la Ciudad Deportiva, que deberé bordear para emprender eso que se parece al regreso.

Un mulato alto, de trencitas, de nacionalidad incierta, quizás cubano, tal vez de cualquier lugar, está todavía a mi lado, y parece que me espera cuando la loma de 12 me obliga a reducir la velocidad. En 23, dejo que las piernas se suelten y recuperen el tiempo perdido. Cuando volteo en la esquina cinematográfica y revolucionaria, he extraviado al hermoso ejemplar masculino, pero sé que no hay nada que hacer. Agradezco haber podido sostener su ritmo por 10 kilómetros, y retorno la concentración a esa tarea repetida miles de veces: mover una pierna hacia delante, la otra y así, en un ciclo sin fin.

Trato de imaginar qué sienten los corredores ajenos a esta urbe perdida en el tiempo. Aparecen, sin orden ni concierto, los barrios donde nací, me hice mujer, tuve mi primer amor, mi primer adiós, las postreras lágrimas. Voy dejando atrás las esquinas de mi vida; esquinas donde nunca más estaré, que solo significan eso, recuerdos, efímeros unos, perdurables otros, pero que al final tendrán la misma suerte que las memorias hartas le deparan a las pequeñas cosas, solo instantes.

Llego al coliseo deportivo y le doy una vuelta completa de dos kilómetros. Ahora solo quedan seis. Me siento fuerte, pero para mejorar el último récord personal tengo que meterle la pata a la calzada. Calculo cuándo debo hidratarme; cuándo subir la velocidad, y reprogramo la música para la distancia que queda. Todo incentivo es insuficiente.

Se retrasan algunos corredores que no me pueden seguir el ritmo, pero se aventajan otros que, como yo, han reservado las últimas gotas de combustible para el tramo conclusivo. Me voy marchando sin rastro, hasta desaparecer en la esparcida muchedumbre. Toco las cumbres de Boyeros, y presiento que solo queda esa bajada finita de Carlos III, la calle Reina, para dar vuelta nuevamente en ese Paseo del Prado que abandoné hace un rato.

El reto es hacerlo en menos de dos horas. Ese sería mi mejor tiempo de nunca jamás, pero tengo, literalmente, los minutos contados. Miro ansiosa el reloj y trato de aumentar una velocidad que ya alcanzó su máximo impulso.

Faltan cuatro minutos, y me separan unos cientos de metros de la meta. Pienso que vale la pena echarle al último de los esfuerzos, el spring definitivo, aunque lo hago con el temor de gastarme lo que queda dentro y tener que aminorar antes del fin.

Me olvido de todo y de mí. Delante hay un arco que dice “meta”. Tengo que atravesarlo. Al acercarme, el reloj marca los segundos como si se me estuviera yendo la vida, y yo sigo, sigo, no veo nada, no pienso nada, me olvido incluso de que mi mejor amiga, mi hermana, por primera vez está esperándome en la línea de llegada. Clavo la vista en el reloj y dejo que las piernas hagan lo que ellas crean conveniente.

Piso la base justo en el instante que marca el minuto 59. Lo he hecho, 1:59`. Al menos seis minutos por debajo de mi récord personal. Camino un poco perturbada, y recuerdo que debo buscar a una muchacha de cabello largo, que me espera en la esquina del cine Pairé, para una cita planeada por muchos meses, que va a llenar esa mañana mi corazón del único regocijo que no había tenido como corredora: compartir el triunfo con la vieja que espera verme regresar a casa con una medalla al cuello.

A Diego, mi adiós

Ya no estaré, nunca más, esperándolo en un bar del centro de París, molesta porque va a llegar tarde. Ya no volveremos a caminar desesperados y sin justificación por las calles nocturnas de un barrio de esas ciudad luz donde nos vimos por última vez. Ya no volverá a poner el taxi a mi cuenta, ni a gastarse el último peso en un libro de Hemingway para mis recuerdos o en una botella de vino a la hora del desayuno.

No volveremos a encontrarnos tampoco en un bar de la Ciudad de México, como habíamos quedado, ni bailaremos en una antigua casona colonial cuyas paredes y techos están llenos de la historia y el arte que a él lo conmovían. Ya no volveré a preocuparme de dejarlo borracho en medio de la madrugada, ni de decir adiós sin saber si lo dejo con su poesía, o simplemente en el infierno.

Ya jamás volveré a estar en una línea de un poema suyo, ni lo escucharé cantar con muy mal tono viejas canciones tradicionales cubanas, que me enseñó solo porque yo era cubana, o para presumirme su mala melodía. Ya no leeré sus novelas que no llegó a enviarme, ni sus crónicas artísticas que me mandaba todo el tiempo.

Todos esos recuerdos morirán en mi memoria, algún día tarde o temprano, como Diego murió en el mar, aunque hoy revivan descabezados por la pena insondable de su partida sin haber dejado un verdadero y último adiós.

A él le habría gustado que yo escribiera estas líneas, porque su vanidad era tan grande como su ingenio…