A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

San-Telmo https://hoornvintage.com/

El Gran Danés

Publicado en revista La Mascarada

Imagen: San-Telmo, tomada de  https://hoornvintage.com/

Lo conocí en una pulpería porteña con herencia gaucha explotando por los largos corredores y los espacios abiertos y en penumbra. En una plataforma de madera, a tres o cuatro escalones de altura, una mujer canosa, moño fijo y edad indeterminada tocaba una melodía del barroco alemán, Johann Sebastian Bach, en un viejo piano de cola traído de Italia medio siglo atrás. De las paredes se desprendían objetos de los más diversos destinos, pampeanos o asiáticos, sin orden ni concierto, pero que armonizaban agradablemente con el ambiente bohemio de aquella tarde de verano tórrido.

Me fui a la terraza, buscando la brisa. Bancos de piedra, troncos cortados y mesas convencionales de madera formaban el mobiliario. De los corroídos muros colgaba otra sarta de objetos antiguos que embriagaban a los curiosos: poleas; armatrostes de hierro que alguna vez tuvieron una utilidad, hoy vacua; un pequeño estanque mugriento de peces de colores, que parecían olvidados pero que continuaban respirando y tomando el sol agudo después del mediodía.

Él estaba sentado a una de las mesas bajo una carpa verde botella de la que también caían cafeteras, cascos, botas viejas, ábacos, brújulas y hasta tornos y piezas de máquinas de coser corroídas, también alemanas, como las notas de fondo. Traía una remera blanca debajo de un saco azul de hilo por cuyo bolsillo asomaba un pañuelo de flores tenues. Lentes oscuros tras los cuales se escondía el misterio de aquel rostro grande, blanco, adornado con un sombrero de ala corta y cinta marrón sobre los visos. En la boca, un oscuro y aromático puro cubano. Se tragaba a mordidas gigantescas y en pocos segundos un vil choripán de cancha, como un gran danés delante de un plato de croquetas. Yo había tenido uno de esos aristocráticos perros, que al morir hube de enterrar en una tumba humana, por el amor tan grande que le entregué, y porque era un desastre abrir un hueco en el jardín para tan enorme animal. Entre mordida y mordida, se metía el cigarro a la boca y echaba una bocanada densa.

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Retrato Íntimo: El Gran Danés

 

Iztaccihuatl al amanecer del 5 de mayo 2018

Las cumbres de la vida

Crónica de una aficionada

Fotos: Argenis Pérez

Hace unos poquitos años que, ya ciudadana de este país, aunque no oficialmente, visité la primera montaña: ese volcán con nombre de mujer, escarpado y rotundo que a tantos amantes de la naturaleza nos ha embrujado. Desde ese día inaugural he atestiguado una intensa pasión con la mujer blanca, y he vuelto a sus faldas, a sus piernas y rodillas una y otra vez.

Este jueves me comuniqué con Argenis, compañero de aventuras, con quien he estado en el camino de sus cumbres: sus pechos, en más de una ocasión, sin que “se nos diera”, como dicen acá en tierra adoptiva:

—¿Nos vamos mañana?

—Sííí. —El plan estaba armado y por primera vez íbamos solos.

El viernes a las 4 de la tarde, bajo lluvias luminosas y truenos que en la montaña son siempre aterradores, emprendimos la subida con el temor silencioso de estar lanzándonos a una desmesurada aventura. Pero el acontecimiento real todavía no estaba a la vista. Cerca de las 8 pm llegamos al Refugio de los Cien, bajo la nieve ligera, con las mochilas pesadísimas y atestadas de vituallas, equipo técnico y ropa para soportar el frío que se nos venía encima. Allí nos dimos cuenta de que estábamos completamente solos en la montaña, a excepción de un coyote cuyas huellas entrevimos en el camino y que los rumores cuentan que anda allí por las noches, aunque pocos lo han visto.

Las sensaciones de soledad, humildad, lejanía son tan abrasadoras desde la recóndita noche nevada a más de 4,700 metros sobre el nivel del mar (msnm), que no puedo recordar nada más bello, excepto las escenas que mis ojos vivieron a la mañana siguiente en medio de la blancura perpetua del glaciar.

Después de una madrugada de ruidos desconocidos, donde la imaginación en soledad vuela hasta rozar los límites de lo fantástico, mi compañero y yo emprendimos el ascenso a cumbre, un poco menos pesados que el día anterior, pero con más de 10 cm de nieve bajo nuestras botas húmedas y armadas para la cruzada impía que habría de esperarnos.

El amanecer nos sorprendió llegando a la Cruz de Guadalajara, ese monumento a los once jóvenes que perdieron allí la vida hace varias décadas, y que siempre nos impone respecto. La ascensión hasta esas rocas fue más peliaguda que de costumbre debido al hielo, el frío, la niebla y la duda ante lo desconocido. Confieso haber sido presa de la fragilidad humana ante lo inabarcable: cuando se me enfriaban las manos, los pies, la piel, cuando llegaba el desconcierto mental al rozar los cinco mil metros de altura y no poder ver, en ocasiones, a más de cinco metros hacia delante. Tuve, para mi fortuna, el mejor compañero, conocedor y solidario ante cada situación que amenazaba con convertir una expedición hermosa en una odisea. Tengo tanto agradecimiento por eso, que esta es la mejor forma que encuentro ahora de expresárselo, y con estas líneas, espero, sabrá que cuenta conmigo ante cualquier vicisitud de la vida. Largas horas en aislamiento junto a otro ser humano acercan inevitablemente las almas. Muchas fueron las reflexiones de las horas juntos, y muchos también los silencios, donde se dicen las cosas más importantes.

Las condiciones del clima fueron relativamente adversas en las primeras horas de la mañana del ascenso definitivo, e inclementes durante el camino de regreso: nos llovió sobre las cabezas, nos nevó, nos granizó, para dejar en la Joya, 24 horas después de la salida, a un hombre y una mujer deshechos de cansancio, aunque con el espíritu pulido y puro.

¿Pero que pasó esa fría mañana de sábado? No por gusto he decidido dejar para el final de esta crónica el momento más especial. Lo hice así porque no quiero que se empañe con nada más esta dicha que hoy me acompaña: haber conocido la infinitud de la belleza, haber caminado con mis pies de aventurera por la panza hermosa y blanca de esta mujer que me ha enseñado tantas cosas; entre ellas, el privilegio inconmensurable de la existencia.

A unos pocos metros de las cimas más altas, aunque todavía a un buen rato de camino por las condiciones extremas, y al otro lado del glaciar, Argenis y yo decidimos regresar, porque apenas podíamos divisar los pechos hermosos, la cumbre que esta vez tampoco “se me daría”. Aunque era mi meta, y yo planeaba salir de México rumbo a España —donde próximas aventuras literarias y de vida me esperan— con ese sueño cumplido, debo decir que una vez allí no me importó lo más mínimo. Estaba conmocionada por la perfección del volcán, estaba distraída en el amor a la vida y atravesada por la exuberancia de la naturaleza en ese páramo salvaje donde lo inevitable se concentra y muestra aceleradamente, y las grandes batallas tienen lugar. Estaba conquistada por la mujer a la que yo aspiraba conquistar. El Iztaccihuatl había tocado mis propias cumbres.

(Gracias a los amigos que me han ayudado a realizar estos sueños: Griselda, Bruno, Cindy, Flavio, Agustina, Iván, Rafael. Gracias especialmente a Argenis que me llevó hasta esa pradera perpetua y blanca que ahora anida en mi corazón).

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La chica del otoño

Tomado de: “Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio)”, Ediciones de La Flor, Argentina.

Descubrí que la llamaban Rita, “la chica del otoño”, y que triunfaba como vedette en un teatro pornográfico de cuarta categoría. Eso de “la chica del otoño” le venía por el acto que la hiciera famosa en el ambiente de la noche: aparecía en el escenario cubierta por hojas de árbol y las dejaba caer, poco a poco, una por una, mientras contoneaba su cuerpo al ritmo de una melodía cadenciosa y sensual. Cuando terminaba el acto permanecía con los brazos abiertos, dejando a la vista su tronco desnudo, hermoso, apetecible, rematado por una cabellera rubia y salvaje que encendía los sueños de muchos hombres solitarios. Si alguien dijese que era la mujer más bella de Buenos Aires se quedaría corto.

Esa noche la esperé en su camarín, sentado en una silla desvencijada junto al espejo. Ella entró después de su número, estaba por completo desnuda pero eso no parecía incomodarla. Resultaba increíble que pudiera manejar ese cuerpo con tanta naturalidad, un cuerpo capaz de provocar más de un infarto a cualquier desprevenido.

-¡Eh! ¿Quién es usted? –dijo en cuanto me vio.

-Hola, linda –respondí, sin dejarme impresionar.

-¿Cómo entró aquí? ¡Salga inmediatamente!

Me puse de pie.

-Tranquila, piba –y la tomé de la muñeca para obligarla a sentarse en un sillón tapizado con terciopelo rojo, algo descosido.

-¡Suélteme, bruto! ¡Suélteme o grito!

Le di un cachetazo. Sus ojos verdes lagrimearon veneno.

-¿Qué quiere de mí? –llorizqueó.

-Así está mejor –dije, y encendí un cigarrillo-. Vine para arreglar un negocio.

-¡Yo no tengo ningún negocio con usted! –protestó cruzando una pierna. Y cuando notó que yo miraba sus tentadores muslos, agregó-: ¡Por favor, váyase! ¡Yo a usted no lo conozco!

-Pero yo sí te conozco a vos, muñeca.

-¿Qué quiere decir con eso?

Noté que le temblaban los labios.

-Lo sé todo, flaca. Te investigué de arriba abajo. Sé que tu verdadero nombre no es Rita, y mucho menos “la chica del otoño”.

Ella se puso roja, casi como el terciopelo del sillón.

-No… no sé de qué me habla –trató de eludir.

-Vos te llamás Raquelita Jakubovicz, sos licenciada en Economía y trabajás como vicedirectora en una fábrica de heladeras, ¿No te cansás de esta doble vida, nena?

-¡Usted no tiene pruebas! –dijo desafiándome.

Fue entonces que saqué un sobre del bolsillo de mi saco, y se lo di. Ella lo abrió nerviosamente. Sus labios se contrajeron cuando tuvo ante sí la serie de fotos que le había tomado, fotos en donde ella aparecía totalmente vestida y con un portafolios bajo el brazo. Al verlas, avergonzada, se puso a llorar.

-Es verdad… –dijo moqueando-. Pero no es lo que usted piensa.

-Yo no pienso, chiquita.

-Es cierto que en esa empresa de heladeras me pagan muy bien, ¡pero no lo hago por dinero! ¡Se lo juro!

-No tenés que jurar, bebé.

-Todo empezó cuando yo tenía 16 años. Hasta ese entonces me ganaba la vida de una manera decente, como prostituta en Plaza Flores. Pero después… usted sabe… las malas compañías… Empecé a salir con un estudiante de Arquitectura, luego empecé a frecuentar ingenieros, abogados, contadores públicos… incluso… llegué a comprarme una tabla de logaritmos…

Sentí lástima por ella. Pero supe que debía endurecer el corazón si quería lograr mi objetivo.

-Poco a poco entré en un círculo vicioso del que no pude salir –prosiguió-. Y cuando me quise dar cuenta, ya había aprobado mi primera materia en Ciencias Económicas.

-¿Por qué no pediste ayuda? –pregunté.

Ella me miró, y su sonrisa fue una mueca de amargura.

-Nadie ayuda a una estudiante de Economía –dijo, para entonces agregar con desesperación-: ¡Ya estoy metida en esto y no se puede volver atrás! ¡Por favor, no me delate! ¡Si en el teatro se enteran… me echarían a la calle… perdería lo único decente que me queda en la vida!

La miré largamente, gozando del poder que ejercía sobre ella.

-No voy a contar nada –dije pasando mis dedos por su cabello dorado-. Es decir, si llegamos a un arreglo, mami.

Ella pareció comprender. Cerró los ojos y asintió con la cabeza.

-¿Es usted detective?

-No. Soy neurocirujano, pero me gano la vida vendiendo pantimedias en el barrio de Once.

-Entiendo.

Desde esa noche ella me “visita” una vez por semana, según mis necesidades. Y lo que es mejor, no me cobra. Admito que me siento un poco sucio por utilizar de esta manera a “la chica del otoño”. Pero… qué se le va a hacer. Realmente necesitaba que alguien llevase la contabilidad en mi negocio de pantimedias.

 

 

gotas-de-agua- ondas

Mundanal ruido

El carrito arrastra tras de sí a un hombre,

Trae mangos, guayabas y torticas,

Maní tostado y en granos,

Y el blando pregón de los recuerdos.

Trae panes de dulce o tamales oaxaqueños,

Compra colchones y equipos electrodomésticos.

 

Un pájaro corta el cielo,

Pero el sonido de su batir es imperceptible,

Los ruidos de ciudad lo acallan.

El camión de la basura retoca campanas,

No hay nadie junto a la sonaja de bronce,

Mientras el taca taca hiere la alborada.

 

Llueve, y retumba el aguacero entre las piedras,

Los infantes chirrían las hamacas en el parque,

Los gritos se levantan en un eco unánime.

En medio de la madrugada calma,

La alarma sísmica atraviesa el mundo,

Se mete al cuerpo, y ensordece la paz.

Café de Buenos Aires

Vieja fotografía

Esta esquina es una entrañable conocida. Sencillos y sobrios los grandes ventanales dejan pasar la luz que da el sentido antiguo de las paredes del café, recubiertas de madera. La certeza viene con aire mediterráneo. El dios que profesa su melancolía es de un puerto del sur; adentro la sensación vital es la queja, la protesta; es espera, música que ya nadie entiende. Aroma la tarde a tabaco cuando entro y miro al hombre que espera sin saber quién soy. Es la tercera o cuarta vez que lo veo ahí; que, de alguna manera, intento el encuentro que, bien lo sé, no ocurrirá. Pero está ahí, supongo que mi rostro ya le será familiar por repetición, habitué del barrio salobre del silencio, es decir, de la ausencia.

Aunque hoy tampoco lo haré, es la tercera o cuarta vez que intento acercarme para decirle: disculpe señor, usted no me conoce, soy Jorge Morán, quisiera hablarle de los días y los años; de los amores  y la soledad que los marca. Sí, yo lo sé, usted no sabe quién soy y piensa que soy un intruso. No lo dude, lo soy. Solo que… para mi es usted una especie de mito, de cercanía en la nebulosa de lo que a veces no es. Cómo decirle: amo a su hija y, por añadidura, para mí usted es importante.

—Somos, a veces, inquilinos de la misma infamia; de la misma histórica rabia que se desboca apresurada al arribo de la noche. Somos una prolongación de la pérdida que por destino se prolonga. No señor, no por favor, no estoy loco. No se alarme, solo quiero compartir con usted esta sensación de frustración incesante.

Su mirada, se convierte, de pronto, en cobijo compasivo. Él sabía que yo necesitaba hablar con él. Y lo hice. La suavidad de su gesto me ofrece una dulce misericordia porque, en realidad, me considera uno de tantos delirantes.

Parece enterarse de lo que digo. Su rostro comienza a volverse un tigre solitario, melancólico, irritado. Los dedos de la mano, tensos, sostienen una fotografía de colores viejos, desgastada. La observa con ternura que limita casi en la lágrima. Por momentos sus ojos son los del tigre.

—Retírese, por favor, señor. —me dijo. Quiero estar solo. No sé de qué me habla y la verdad no tengo humor para sinsentidos. Con una mano acariciaba la foto boca abajo. Con la otra se apretaba la frente.

Mudo por la contundencia con que me largó, caminé entre las mesas del café. Aturdido. Ya en la calle debí tomar camino hacia otra parte, pero volví sobre mis pasos. Es decir, recorrí por fuera las ventanas del café. El hombre adusto extendía su mano frenéticamente, con el pedazo de papel pegado al vidrio, ese papel que antes acariciaba. Desde la fotografía una niña me miraba. Asustado, sin saber qué hacer caminé unos metros. No podía regresar, ni siquiera voltear. De pronto el sonido estruendoso de un cristal roto. Una parvada de gorriones cambió el rumbo cuando el cielo rompió en un sonido estrepitoso. Un tigre rugía anunciando la lluvia.

 

Monumento a Alfonsina Storni, Mar del Plata, Argentina. Foto: Lucho Walter.

Nostalgias de Buenos Aires

Este octubre, como lo había soñado, como lo había anticipado desde hace años, me fui a Buenos Aires a presentar mis Nostalgias… —Nostalgias de La Habana—. Esas páginas malditas que escribí en una habitación del centro de la Ciudad de México, cuando parecía que la vida se me estaba acabando —emigrada y heredera de lo cubano—, fueron el impulso para seguir sonriendo, la certeza de haber encontrado aquel camino, además del viaje sin retorno, en el que habría de vivir irremediablemente: las letras.

Vencido el tiempo y todos sus desastres, esas Nostalgias… habrían de llevarme por los senderos de la fe, a descubrir una ciudad que he amado en viejos tangos y gritos melódicos, en los versos de sus cantoras y cantores, en las líneas de sus poetas, en las estrofas del alma ardiente que me ha dejado un Borges.

Hoy reivindico al poeta y a mis propias palabras desesperadas: “He cometido el peor de los pecados que una mujer puede cometer, he sido feliz”.

En los caminos de Buenos Aires me he reconciliado con mi historia, he abrazado a una mujer hermosa, que muy de cerca, desentrañó los vericuetos de mis memorias ante un público que parecía conmovido por algo de lo que no tenía la menor idea. Ella, a quien escribo, sabe que estas líneas son también por ella. Un editor que nos miraba en la distancia de una librería hermosa, hizo realidad este sueño, y en el bregar de los días, sin saberlo, me regalaba un par de nuevas ilusiones, aunque yo todavía no las hubiera vislumbrado.

Buenos Aires me reencontró con los queridos amigos de la primera juventud, con los anhelos, con los paisajes coloridos que la memoria inventa y las explosiones de un tango que se respira más de lo que se baila. Pero también me reconcilió con esa Plaza de mayo donde yo también me puse a gritar, ¿dónde estás?

De sus aromáticas avenidas, en el Alto Palermo, emprendí el camino a Mar del Plata, donde habría de dejar las lágrimas no vertidas por una Alfonsina Storni que los presuntos poetas del siglo XXI tanto hemos lisonjeado. Ese rumor de caracolas, que la Sosa inmortalizó, fue escuchado bajo la lluvia, mientras las olas grises se arrinconaban entre los sueños de otra poeta rota.

Yo que fui allí a depositarle mis Nostalgias… a un público ajeno, me he llevado todas las Nostalgias de Buenos Aires, las vividas y las que no. Me he dejado el corazón en una esquina cualquiera, y también junto a Mafalda, Alfonsina, Borges, Gardel. Confieso amor a esa tierra, ¡escúchenme los porteños!, donde se han roto todas las corolas de mi vida. Esta no es una crónica. Es un réquiem. Es una elegía.

Presentación de Nostalgias de La Habana, noviembre 2017, Buenos Aires, Argentina.

Presentación de Nostalgias de La Habana, octubre 2017, Buenos Aires, Argentina. Presenta Griselda Moreno, amiga entrañable.

Por los caminos de La Boca, Buenos Aires, Argentina.

Tangueros en una calle del centro de Buenos Aires.

Junto a Borges y Bioy Casares, Recoleta, Buenos Aires.

En esta playa, justo aquí, Alfonsina Storni se fue a dormir el sueño profundo de los poetas malditos. Mar del Plata, Argentina.

Poema Dolor, de Alfonsina Storni, en su monumento en Mar del Plata. Argentina.

 

Sierra de Guadarrama, Madrid

Regreso a mi México lindo y querido

Amigos, lectores nuevos y viejos, ya estoy de regreso, en México, en mi patria adoptiva, en mi tierra. Septiembre ha sido un mes grandísimo, muy bueno y muy malo casi en la misma magnitud. Nuestro suelo tembló y dejó piedras y muertes, y yo no estaba. Pero mi corazón no salió de las calles mexicanas en esas horas difíciles, ni en las peores que vinieron después. Confieso que me asoló el sentimiento de alegría por no tener que haber vivido la hecatombe y a la misma vez la tristeza de no estar donde estaba mi corazón y mi gente. Nunca me había sentido más mexicana, yo cubana nostálgica que descubro las trampas de la vida en las calles de esta ciudad.

En septiembre también me pasó la maravilla por el lado y a veces me rozó un instante y me hizo perfectamente feliz. Nació mi Bahía de Sal. Recorrí tierras nuevas junto a ella, lugares históricos excepcionales, y conocimos a muchas personas y les hablamos de nuestros derroteros. Algunas de esas personas esencialmente llegaron para traspasar la piel y habitar dentro. Otras dejaron el sabor agridulce de los reencuentros, que también van sucedidos de nuevas despedidas. Gracias Mayda, Huso, por todo lo lindo que le han legado a mi Bahía… y por el cariño profundo. Gracias amigos de siempre en suelo madrileño, y amigos nuevos en tierras holandesas y españolas. Gracias a la vida, que me ha dado tanto…

México volvió a recibirme, con más páginas desgarradoras leídas, con ausencias…, con dolor, con alegrías. Mi familia por decisión, como ella misma llama a esto que hemos hecho juntas, me esperó en el andén con un abrazo cargado de amor. En la casa, la despensa estaba hecha gracias a G. La otra familia, la del círculo virtuoso, me espera el fin de semana. Yo trato de canalizar las muchas emociones para poder pasar del plano de las ilusiones al de la realidad, esta realidad atormentada que hoy vivimos los mexicanos, que de cualquier forma no está exenta de belleza, la rara belleza del ser humano y sus muchas solidaridades.

Este es mi último parte de guerra, no el definitivo, claro.

 

 

Reminiscencias mojadas en ternura

Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,

querido Juan, has muerto finalmente.

De nada te valieron tus pedazos

mojados en ternura.

Gotán, 1962; Juan Gelman

Hoy, muchos años después, recuerdo aquella temporada que pasé en lo que denominábamos escuela al campo en la isla, siendo adolescente, cuando mi padre me llevó el domingo una carta hermosa que decía algo como: “Desde que te fuiste los días parecen semanas y las semanas meses, y entonces hace como un siglo que no te veo…”. Obvio, abuso de la memoria; es mi padre mucho mejor poeta y con su carta hizo llorar a todo el campamento, que pasó por mi cubículo, uno por uno, a leer aquella carta milagrosa de llantos.

De alguna forma rara esa anécdota viene hoy a la memoria, encontrada con muchos sentimientos entre los que siempre pervive de soslayo la nostalgia. Esta, sin embargo, ha sido de esas semanas felices en las que pasa casi una vida dentro. He vuelto a trabajar en esa Historia inconfesable, que amenaza con convertirse en una nueva novela que, de seguro, me dará también muchos dolores de cabeza. Esta semana del otro lado del mar, de la España, llegó la noticia de que Bahía de Sal se iba a imprenta, y de que pronto habrá que presentarla, y de que trae una portada hermosa, de un pintor segoviano, Amadeo.

Además, este proyecto nuestro, de Jorge y mío, de echar a andar una maquinaria cuyos motores se mueven con técnicas narrativas como el storytelling, da pasos seguros, que requieren esfuerzos pero dejan complacencias en el alma.

A mediados de semana la sorpresa me atrapó en New Orleans, una ciudad loca, donde sentí que las cosas pasaban diferentes a otros destinos norteamericanos. Conocí el río Mississippi, corrí por sus orillas, atravesé sus aguas, y me regalé un par de lindas carreras por el French Quarter, donde la gente me miraba estupefacta, borrachas ya de alcohol y de música, mientras yo me afanaba en darle a una pierna tras otras a más de 30 grados de temperatura. Al final…, unos minutos de recuperación de yoga en la azotea de un rascacielos (mi hotel), y a mis pies la hermosa ciudad de músicas, hombres y mujeres de todas partes, carteles iluminados y el fondillo de una trompeta, un trombón o un saxo, que recordaban una tonada triste de la historia de estas ciudades templos.

Una noche fui a The Spotted Cat, a escuchar a la banda de ocasión, y fue magnífico ver que en esta metrópolis, pequeña y por momentos peligrosa, la gente baila el jazz como yo bailo la salsa. Era imposible, por el ambiente y por la gente misma, no imaginarme dentro de una película viejita que ocurría más de medio siglo atrás en el sur de la Louisiana: un asiático y una negra con todo el estilo; un gringo con una mujer de rostro posiblemente árabe; un músico trasnochado con una chica que podría ser de cualquier parte… Al final de la escena yo, esta cubano-mexicana, convertida en muchas cosas y en ninguna, observando como espectadora de una vida que no parecía ser la mía propia…

El último día de la semana me sorprendió en la Ciudad de México, esta loca urbe a la que ya pertenezco irremediablemente, después de casi siete años de haber cruzado el mar, y corriendo por el Paseo de la Reforma para terminar, armoniosamente, mi quinto medio maratón y mi décima medalla desde que empecé a dar los primeros pasos en este mundo solitario y maravilloso de las carreras. Me acompañé de viejos amigos y amigas, con los que he corrido muchas veces y que siempre dejan cosas buenas en cada jornada con aquello de ser un equipo. ¡Qué inevitable esto de pertenecer a un grupo, querer y dejar que te quieran!

Cuando la semana casi termina, para dar entrada a otro ciclo que, por fortuna, no espero menos intenso, me encuentro rebuscando en la memoria aquellas líneas extraviadas de mi viejo y unos versos de Juan Gelman que dicen: “Tu cuerpo era el único país donde me derrotaban”. Una amiga querida me escribe desde las montañas y anuncia su próxima llegada. Desde la ventana de mi estudio, un atardecer revienta detrás de los edificios que me han construido y obstaculizan mi vista. En el cielo, un avión surca el azul, porque a las aves no les gusta la contaminación de esta cité. Otros amigos llegan con noticias gratas vía mail, y yo no entiendo bien cómo se juntan tantas cosas buenas en tan pocos segundos. Han de ser las dopaminas de la carrera que están haciendo sus efectos en este cuerpo de mujer, que todavía no se deja derrotar.

 

Cumbre Pico El Fraile, Nevado de Toluca

Cambiamos la geografía de la montaña

Fotos: Gabi Guerra y cortesía Flavio C. García

Cumbre en el Nevado de Toluca

Sentada sobre una laja filosa, sin mucho de qué aguantarse a los costados, con los pies colgando al vacío, a 4660 metros sobre el nivel del mar y con una de las vistas más impresionantes que ojos humanos hayan visto… Así quisiera vivir más horas de mi vida. Pero las sorpresas grandes siempre duran poco, aunque perduran en el recuerdo.

Un poco atontados por la falta de oxígeno que a esas alturas se comienza a sentir, no cabíamos, no obstante, dentro de nuestros cuerpos emocionados y temblorosos también por el esfuerzo de más de tres horas subiendo montaña. Bajo nuestras pisadas las grava rodaba, haciendo lenta la subida y pesado el camino. Pero cuando entornábamos la vista arriba, donde el pico El Fraile nos esperaba, la cumbre más alta del Nevado de Toluca, sentíamos que todo era posible. Los pies entonces se aligeraban y sin pensarlo comenzábamos a movernos todos, desde los pies hasta los neurotransmisores que son responsables de la felicidad. Éramos felices.

Al fondo, el Pico El Fraile

Al fondo, el Pico El Fraile

Yo estaba viviendo un sueño, yo que mucho he soñado. Pero cada uno de nosotros, un grupo de quince personas, traía a cuestas sus propias ilusiones, metas, deseos, sueños… en las laderas de los peñones, arenales de diversos colores hacían franjas como arcoíris, mientras abajo, las lagunas del Nevado reflejaban todos esos matices del paisaje. “Yo que tanto lo había soñado, descubrí algo más bello de lo que pude imaginar”.

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Las lagunas reflejan los colores de la montaña

Flavio y Tina nos guían, con piernas fuertes, por entre rocas y gravas, sobre las losas finas, y nos hacen tocar una cima, que en ese momento se antoja la cresta del mundo. El aire golpea fuerte, nos apegamos más a nuestros rompevientos, y nos compartimos, entre risas y fotos, los sándwiches de alguien y el té de coca de Flavio que nos va a hacer resistentes. Abrazamos la piedra cumbre como antes abrazamos el camino. Ante nuestros ojos, ese sistema de escarpados, laderas, bosques, lagunas multicolores se revela y no podemos parar de mirar. He sacado 40 fotos casi iguales, porque tengo la sensación de que es un espectáculo irrepetible y se me va a ir más pronto que tarde.

El Nevado de Toluca

El Nevado de Toluca

Arriba, sin embargo, lo que impera, a pesar del grupo, es la paz. Esa paz infinita que te regala la montaña y te hace grande. Esa paz que te va a permitir vivir los siguientes días o semanas, hasta la próxima aventura.

Cumbre en el Nevado de Toluca

Cumbre en el Nevado de Toluca

El regreso es una procesión de humanos cuasi arrastrándose por la grava floja que se desliza bajo los tenis o las botas de viajero. Las piernas deben tomar su forma más concreta para resistir el descenso, al final del cual nos esperan las orillas acuosas y coloridas. Tanto se ruedan las rocas pequeñas y piedras bajo nuestros talones, que tengo la sensación de estar cambiando la geografía de la montaña. Pienso, ¿si miles de viajeros no hubieran caminado estas laderas, cuán diferente serían sus parajes? No tengo respuestas. La montaña es como el río, que corre todo el tiempo, que se expone a los vientos, a los tacones de los caminantes, a los tenis de los corredores, a las tormentas y los soles, a la nieves (aunque ahora es verano y no hay blanco a nuestro alrededor). La montaña es un ser vivo cuyo cuerpo se transforma cada día con los sueños de sus exploradores. Nosotros también somos responsables de eso…

Cambiamos la geografía de la montaña

Cambiamos la geografía de la montaña

Conoce más y ve el álbum completo en:

https://www.facebook.com/pg/siguetusinstintosviaja/photos/?tab=album&album_id=1630991270254481

 

Comala

Largo viaje a Comala

Libro: Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá iba a encontrar la inspiración que llevaba buscando ya tantos años, cuando leí, por la adolescencia, las historias de un tal Pedro Páramo, creación de otro tal Juan Rulfo. Yo ya era una buena lectora y los relatos de un pueblo por cuyo polvo murmullaban los fantasmas, y se fabulaban en vidas que a veces eran no más que apariciones, me laceraban cada poro de piel, compadecida por aquellos personajes que se me antojaban reales. Entonces no tenía idea de esta magia rara en la que un libro puede cambiarte la vida. Pero Pedro Páramo ya estaba haciendo sus estragos en mis entrañas de escritora diletante.

Aquella realidad cruenta y a la vez real, en donde descansa la historia de un país que por adopción me cambió luego los destinos, fue lo que me hizo atravesar los mares y, en un andar que no acaba, buscar la Comala de mis sueños. No me puedo imaginar la vida de un escritor sin haber bebido de los pozos secos donde don Pedro dejó sus vástagos; y yo, antes de cargar siquiera la mochila o algún libro de cabecera, me eché al lomo la certeza de que había nacido para escritora.

Al salir a mi exilio definitivo, con la conciencia del no regreso, los derroteros del camino me trajeron a esta tierra mexicana a la que aprendí a querer desde las páginas de un libro, por las que transitaban cerros yertos y cielos vacíos. Entonces estaba ya inexorablemente ligada a Comala. Yo había sufrido mis propios Comalas en la isla —Cuba—; entendía aquellos parajes inclementes, y por mis venas fluían, sin saber cómo llegaron allí, los fantasmas vivientes de hombres y mujeres que habían merodeado los plantíos desiertos de los altos de Colima. Pero sobre todo, mi pluma revivía los pasajes de aquellas memorias que me reventaban dentro, tan fuertes, como goterones en el polvo de los agros baldíos.

Un día, dispuesta a desafiar mi romántica alma con historias de aparecidos, el camino me llevó finalmente a ese pueblo donde nacieron los personajes de Rulfo, porque su escenario, ya había comprendido, era el de las vastas serranías mexicanas, donde el sol y el campo yermo transforman a su gente, hasta convertirlas en ánimas.

En la Comala de hoy, con muchos años de peregrinaje a cuestas, encontré un pueblo caliente, donde las cenizas del volcán han provocado la apostura de las flores y la fecundidad de los cultivos; por cuyas calles coloridas se pasea el gentío y las comaltecas, que, aseguran, son las mujeres más bellas. “Si Rulfo volviera a vivir, en estos cien años de su nacimiento, tendría que escribir otra novela, caray”, pensé. Pero casi inmediatamente me di cuenta de que era yo quien ahora estaba investida de tal suerte.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo vine a Comala por la encomienda que me diera el hijo de don Pedro, de describir, pretensiosamente escribir, la vida de un país en el que no nací, pero que ya está ligado a mi corazón por hebras de acero. La danza onírica de las ánimas rulfianas me acompaña, aunque mi pluma sea demasiado frágil para los encumbrados anhelos a los que me siento obligada. Sin embargo, me aprehendo al principio de que el autor debe estar, al menos, en la misma ladera de montaña que su obra, y continúo este camino solitario atada a la certidumbre de reconstruir esos “paraísos” con los que algunos grandes maestros lograron trastocar el viaje de los nobles mortales, acaso quijotes de sueños imposibles, como hoy me siento.