A 4 manos

Periodismo, literatura y artes

De amor hablan los vivos

BAJO LA LLUVIA

La cojera del gato descansa

en el cojín de sosegada penumbra.

La humedad arremete contra la fachada,

los horcones se resienten durante

esos fragmentos de humedad.

La estación suelta frío humo de difunto,

de arrabal brumoso. De la bocina emerge

la estantigua figura de bardo:

voz novísima ardía en operetas, pero

ahora gotea y cesa

de repente, tose y calla despectivamente.

 

Qué ardid de las mangas.

Campanas dobladas: tañidos bajo la saya

de la madre, aun cuando madre es un falso péndulo

con resfrió. Narices de estaño no tiemblan.

Pero estornudos suyos estremecen los horcones.

De la pared cuelga su retrato adolescente. La vieron

sacar un pañuelo de colores que no acostumbra

a lágrimas. Con ese lujo se sopla estornudos.

 

El juego de cartas españolas abre

en abanico. Toca madera grasienta y

ruido de vasijas. Muerte es la continuación

del viaje: ella pretende ser pasajero y nave.

Juegan a ganar o perder los sobrevivientes:

ríen a ratos sin dejar de contemplar,

con el rabillo del ojo: la suerte real acontece

en los naipes. De amor hablan los vivos.

 

Alguien anuncia café de la velada.

Observan cartas y monedas, parece rezo y

ovillo de pecadores. Madre fue maravilla asomada

a los balcones. Madre ahora es dama antigua

con un As de trébol debajo de la lengua.

LÓGICA DE LA RECONSTRUCCIÓN

Ilustración: Félix Guerra

 

             Para Gabi,  mi hija inspirada.

                                    Y amada cada segundo.

 

Construí inspirado una choza, invención formidable. Y

los dioses se mudaron conmigo.

Construí altar. Y llegó la duda a instalarse entre nosotros.

Fabriqué escalera. Escepticismos bajaban y subían tropezando

por los escalones.

Publicaron libros. Tradición oral comenzó a perder colinas.

Se movían al unísono instinto y lógica. Método e imaginación.

Llegó el aliento de las letras y los conceptos. Algo leí.

Fabricaron sobre 4 ruedas y la muerte se aventuró  a pasear

por las calles.

Vi teléfono: comuniqué con los recuerdos. Esquina de dinosaurios no respondió la llamada.

Prensa convirtió al lector en tiro al blanco. Por lógica desconfié

de la palabra impresa.

Según raciocinio de la época, bastaba con un corte de cabello

al año y tres afeitadas de por vida.

Fabricaron jabón, pero ya había contraído otros deberes

y extraviado cualquier vanidad.

Soñé sin rumbo. Atrás, adelante. Arriba, abajo.

Choza sin más claridad que una ventana. Luz de Sol y agua

de Aguacero pugnaban por el mismo hueco.

Lógicas contrapuestas en la vorágine y a cada paso un desconcierto.

Fuego, pero con mucho gasto de energías.

No imaginaba fósforos  Menos cigarrillo o smog industrial. Ni

el humo genocida de siglos venideros.

Soplé hogueras sin saber que inventaba el carbón.

Invierno insinuó abrigos y piel alcanzó elevados precios

en el mercado del frio.

Nervios de lógica ayudó a hacer cuentas y anotar fechas.

Presentí filo y corte. Iluminación repentina venía de las llamas.

Rebaños acarreaban toneladas de alimento vivo.

Soñé sin rumbo. Instinto perseguía lógicas demenciales teñidas

con el rojo de la sangre.

La tormenta desarboló la choza. Reconstruí con novedosos

accesorios y utensilios.

Soñé al norte, al sur. Abajo, arriba. Por caminos de lodo.

Fantaseé con puntas afiladas. Especies y olores.  Luego

de una pesada digestión.

Noche y día. Lógicas enfrentadas o desenfrenadas.

Lógica del venablo. Lógica del filo. Lógica sin lógica de apoyo.

Presencia lógica del árbol y otro árbol. A continuación presencia

halagüeña del bosque. Hierva en la paciencia natural del pasto.

Aire de atardecer arrastrando un raciocinio saludable.

Crepúsculos no encuentran su propia sensatez.

¿A dónde fueron inventivas y artes de Sol? ¿A dónde invierno

que hace retemblar el movimiento?

Paisaje obliga a imaginar. Ejercicio acarrea dudas y razones.

Sombras crecen bajo el juicio imprescindible del follaje.

Río corre necesariamente en dirección de la lógica.

Final de agua alejándose, va rumbo a una lógica incomprensible.

Se incorporan instintos de la duermevela.

Mar escapa en dirección incierta y solo deja ver horizontes

inalcanzables.

Lógica, como látigo, tensa paladar y tacto.

Imagino distancias. Calculo sabor de otros pájaros y del agua que no vemos.

Llegan recientes estaciones. Palpitan lógicas desiguales.

Falta encontrar en cada episodio venidero el hilo indudable

de la corriente. O conjeturar a dónde escapa la ruidosa humedad

del mar que nos va.

 

Félix Guerra. POEMAS DE LA SANGRE COTIDINA.

REVOLUCIÓN ES

Creo en la revolución. ¿Creo en la revolución?

INCLUSO creo en esta revolución porque la creí antes desde épocas remotas.

Creo en la revolución sin fin, con poesía clandestina y perdurable que no se somete a censor o censura, linotipos o editoriales. Creo, porque ayer la disfrute como aguardiente o helado que chorreó fama, que desbordó sensualidad y solidaridad y creó corajes para no dejarse intimidar por ningún demonio. Fue temporada, existida o ilusionada, en que revolución irradió los aromas insustituibles del arcoíris y la adornaban diversos bizcochos de sabores. Si hubo puede haber, si hubo la debemos reencontrar o reinventar.

Sobre todo creo en la revolución de los minutos transformando los colores del crepúsculo, en la mutación incruenta de la conciencia, en la crueldad debatida y consensuada de las evoluciones. Creo en la revolución del individuo, en las metamorfosis del alma y en la circulación de los riñones, así como en la locomoción venosa y arterial del corazón. Creo en la retención de líquidos que fertiliza las células, en la sangre que marcha a toda prisa a recorrer neuronas y vuelve con las buenas nuevas.

Creo en la reforma agraria al arcaico polvo latifundista y centralizador.

Creo en las leyes revolucionarias que manden los salarios al Museo de la Explotación, instaure la participación en todo acto creador y reparta con justicia las riquezas producidas y reproducidas.

Creo en San Jorge si mata a diario el dragón de los dogmas. En Santa Bárbara y Changó si suministran fuerzas renovadas para a vencer los egoístas monopolios de Poder y Riqueza y al supraEstado narcisista que intenta secuestrar la Historia de Todos.  A la Virgen de la Caridad si da astucia y habilidad colectiva para administrar con éxitos la propiedad social. Al señor sincrético de los indivisos cielos y suelos, si ofrece sabiduría y tenacidad para preservar al único Dueño no expropiable: el Planeta Tierra.

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DIARIO DE LOS DIAS

Muralla se colma de laureles. No es anomalía congénita.

Es viento, soplo, resurrección, succión,

erección, erupción.

Entorno interior de cuya recorrido llegan conspiraciones

y aliento espiritual.

Se departe conciencia y mente, vociferan almas silenciosas,

escarceo a voluntad, nefandas palabras, somero balbuceo.

No predecibles intuiciones de la lengua.

Hacienda, permanencia, extensión, vibración, nostalgia.

Demencia equilibrada. Dignidad lírica. Prosperidad animal.

Universo Diverso y Hablado y Transfigurado.

Natural,  tanteamos a espejos, cojeamos a ojo,

se fomentan asociaciones indestructibles. Y destruibles

hasta el borde de las cenizas.

Entre superficies y esencias y particularidades, estallidos

de arrojo horizontal. Tal unicidad confabula y duplica,

cohesión cotidiana palpable que exige, adjetiva

con atrevimiento o mesura, a palpitar o morir.

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HIPOPÓTAMO LÍRICO

Ilustración  Félix Guerra

Hubo una vez un hipopótamo con alma de bijirita. Vivía bien adentro de sus carnes, alimentando

un resplandor de antípodas y serpientes. Fue ruidoso, sibilante, adelantaba una chimenea vertical y se derramaba como fuente barroca, como papagayo gótico.

Hubo una vez un hipopótamo con alma de león. Vivía amurallado, con los huesitos entre grandes paredes

de carga y oscuras praderas, pero en los cimientos había barro manso, un café con aromas, un sillón dando rueda por el aire. Fue un diccionario

de sinónimos, con más noches que Sherezada

y más planetas sorpresivos y titilantes

que los de una infancia estrellada.

Fue el humo que destila la brisa en la penumbra

de una sala, movido también por la humareda oscilante

de los sillones. Conversaba largo,

como quien dispone de gran cabalgadura y

un enorme prado. Tosía. Cuando parloteaba, enviando señales a otras partes, un ángel desplumado pero

no menos ángel, regaba con niebla la tonsura probable

e improbable de los interlocutores.

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ASTRO SE DESPRENDE

El astro se desprende y viene.  Cae al abismo. Entretanto cae, semeja un pájaro de cien millones

de toneladas de plumas: suavidad intocable.

Para que el astro caiga hacen falta

 

cielo, noche y despeñaderos.

Al caer, circunscribe su tamaño,

aunque de cualquier manera se ofrece agigantado, desmedido a esa hora, sombra que rivaliza con la luz. Nadie es presa del pánico, nadie es prosa ni silencio, nadie expresa, ni nadie de ficción, se arranca

los cabellos. Antes alguien soñaba con  comestibles coles y otro alguien con un ahumado pernil

de mi tamaño. Para aguardar el final, la muchedumbre

 

mira, no se espanta,  aguarda,

no se aterra, solo vira la cabeza en las almohadas. Cae el astro, como algodón de azúcar, como nieve retrospectiva de profusos inviernos. Al abismo soñador. A la ansiosa madrugada y sus faroles.

 

Estrepitosos mutismos, astillas insonoras. Como

si el planeta contrajera nupcias con el firmamento.

Como si lo increado se creara, como si  lluvias

de la infancia se derrumbaran sobre cabezas

de repente curadas de alopecia. Como

si cada cual fuera lo presente y lo ulterior

de su propia esencia. El individuo despierta

como torbellino de ojos saliendo

de la confusión. Desayuno aterrador,

pero inmensamente ligero cae al espíritu.

La soledad no es obligatoria, el odio es solo contraveneno momentáneo contra la iniquidad. La sangre recupera su color. Las manos

 

tamizan arena entre los dedos y logran calcular edad y longitud del tiempo. Y separar el caos primordial

del caos perdurable. Las criaturas gastan lisonjas

en admirar y cantar a las criaturas. Los náufragos

de espalda regresan a nosotros. Ola de trigo llena

las despensas. Hilo de quimeras ensarta

la generalidad de las orejas. Es un viaje

de estrellas a la profundidad del pecho. Mejor

o peor que el amor, pero no es más que el mismo amor.

 

Al amanecer, la presencia  fosca

se adormece. Menos: es apenas  fosforescencia residual entre dispersas toneladas de oscuridad.

Pero aún así inspira a poetas rurales y también a otros citadinos que se desperezan en las azoteas

 

 

 

POR QUÉ NO SOMOS EXTRATERRESTRES

¿Por qué no somos extraterrestres? Repito: ¿por qué no  somos ni  podemos ser de otra parte o dimensión?

El furor de la pregunta renovada refuerza el extrañamiento. La sinrazón aquí tiene huecos, en cuanto insistimos en interrogar y volver a interrogarnos. ¿De qué estoy hecho yo? ¿De qué no están hechos los demás?

¿No somos extraterrestres por la misma razón de que no somos extranjeros, ni por asomo, cuando permanecemos en la localidad, en algún municipio del propio país y dormimos en la propia cama de la propia habitación nuestra?

¿Por otro lado, resulta una ventaja  convertirnos en extranjeros en cuanto logramos poner un pie fuera del terruño? ¿O una desventaja permanecer nativos cuando no aparecen oportunidades de poner el pie fuera del aire cotidiano?

¿No somos extraterrestres porque somos punto y aparte del firmamento, por habitar el único Valle de Lágrimas en tan extenso territorio? ¿O porque alguien nos desplumó  y envió aquí con la previsión vengativa de ponerle el nombre de Tierra al planeta que  habitamos?

EL EXTRANJERO

Ahora no dudo para nada. Pero antes sucedió que cuando puse el pie, por primera vez, en un avión que hizo escala en Moscú, trabajo me costó comprender que no estaba rodeado de extranjeros, sino esencialmente de rusos. Parloteaban un idioma muy distinto, sin suponer ellos ni remotamente que mi idioma era algo bien diferente. Y ajenos ellos a mi estupor, lo empleaban con tanta habilidad y destreza como yo el mío cuando estaba aquí, en mi ciudad, y hablaba del clima o del beisbol. Resultaba impresionante.

Un minuto después, el sonido de las voces nos distanció hasta  límites inmensos. Lo más  seguro es que ellos pensaron, -Este bicho es un extranjero. Y yo pensé: -Estas raras almas de Gogol sin duda son extranjeros. Bueno, para mí eran extranjeros y luego de nacionalidad rusa hablando su lengua propia en su propio exótico país.

Albert Camus, de estar presente, me hubiera advertido: –El “Extranjero” eres tú. Y de momento, el único exótico.

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FUEGO DE LO PROHIBIDO

Quieren que trague relojes, cubo

de relojes. Escapo. Río salta y amenaza inundar mi fuga. Me defiendo empuñando sentimientos de cangrejo. Salgo a descubierto, soy perseguido. Cruzo puentes, remo con horizontalidad

desesperada. Presiento abismo al final

de los pies. Freno llegando al acueducto: agua acorralada, atrapado estoy

en la humedad sin salidas. Arrinconado

entre pórticos y tapias

al fondo. Las campanadas anuncian prosperidad de catedrales, inminente cercanía de sacerdocios y castidades. Tropiezo, caigo, resbalo: pelotón de badajos

se acerca. Decido, mientras apuro o ensueño, limpiar, simplificar, depurar la vida. Sacar costras, transparentar conducta, acicalar decisiones. Me arrepiento

ante el poste de la luz. Imploro a las luminarias del alumbrado.

En plena carrera abandono tabacos, recordando el daño de brea, alquitrán y nicotina. Me persigue una docena de dobermans, pero uno tropieza, cae por una pendiente y estalla

en llamas. Sigo, jadeo. Sauce corta

la respiración, eludo follajes. Mando

a paseo el ron y la tequila, incluida su parentela. Brinco sobre muros, salto sobre vías férreas, monto vagones en plena galopada. Abandono dados y naipes

y los inconvenientes de la suerte,

me sumo al club de pacifistas. Abjuro

de hidromancias e Infiernos. Condeno aguas albañales, pestilencia infame. Del desdén y el asco, hago sogas para huir

por las ventanas. Ruego

que se hagan tersos mis futuros, lustro

el fango de los zapatos. Limpio el café

de los bigotes. Estampo firma

en el club de los poetas muertos,

llamo a casa y juro amor eterno a mi mujer. En lo adelante me apoyaré solo

en músculos e inteligencias. En

la exposición crítica y autocrítica desprejuiciada. En lo adelante no mataré u odiaré

ni en sueños. En las bocacalles me detengo a perdonar, indulto de pecados, aunque

de momento no encuentre quien perdone los míos (intuyo que resultaría tan

imposible como el pregonado curso

de magia por TV). El prodigio de mis derrotas crea milagros. Decido también, lágrimas

y sudor en las mejillas, que mi palabra

de poeta, algo sagrado, portará además

el fuego de lo prohibido y lo risueño (si

es que Cielo y Ley me dejan ostentar tantas

virtudes juntas). Caigo de rodillas

ante la gran lámpara

verde

de la avenida: torrentes de lágrimas

siguen borrando tapujos de mi cuerpo.